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miércoles, 6 de marzo de 2013

Lentes bifocales


A finales del siglo XVIII se popularizó el uso de lentes bifocales. Esas que sirven para ver de lejos y de cerca sin tener que estar cambiando de gafas continuamente.
En muchos aspectos de nuestra vida, tanto en el ámbito social como en el religioso, necesitaríamos usar lentes bifocales… y no solo para leer textos sino sobre todo para leer la realidad y movernos en ella.
Hace unos años nos costó mucho reconocer que vivíamos en una “crisis económica”… Ya nadie lo duda, pero nos cuesta reconocer que vivimos en un momento de cambio de época.
No es solo la economía, el nivel de vida o de bienestar lo que está cambiando. Son cosas mucho más profundas. Pero hay temor a enfrentarlas directamente.

Cambia una forma de entender el crecimiento económico como si éste fuera indefinido, cambia una forma de entender a la persona a la que se había identificado con el “hombre económico”, está en cambio la forma de llevar adelante la política: los movimientos y las plataformas sociales van teniendo cada vez más peso.
Cuesta más cambiar el sistema religioso… pero en algún momento no se librará de esta época de cambios.
¿Cómo afrontar esta situación?

Aquí es donde las lentes bifocales adquieren importancia y se convierten en indispensables si no queremos ser sectarios, o medio ciegos en una realidad compleja.
Las lenes bifocales nos permiten ver de cerca: es decir, no perder de vista nunca la crueldad del sufrimiento humano que está cerca de nosotros en tantas personas que viven las consecuencias de un modelo de desarrollo y de unos planteamientos económicos profundamente inhumanos.
Pero también nos permiten ver a lo lejos: si miramos al pasado, no podremos decir aquello de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, quienes ya juntamos bastantes años, sabemos que en otros tiempos vivíamos peor… y si la realidad actual deja mucho que desear, la experiencia nos dice que tenemos derecho a mirar al futuro con una actitud de esperanza… Por supuesto, siempre que seamos capaces de hacer que este sistema y este modelo económico y social que nos quieren imponer cambie y se haga más humano.
Ver a lo lejos, nos permite ver a otros pueblos, países, realidades… No vale lo de “mal de muchos…”. Pero siempre ha habido quienes cerca y lejos de nosotros (las distancias aquí no cuentan) han vivido y viven peor y, a veces, no han perdido la alegría de vivir..
Con frecuencia hemos hecho “invisible” socialmente la pobreza para que no molestara nuestro nivel de vida. Hoy es una realidad que tenemos que hacer visible, que tiene rostro y nombre… aquí, en África, en Asia… en todos los rincones del mundo. No nos quedemos en números que ocultan realidades humanas sangrantes. No podemos seguir viviendo de espaldas al sufrimiento humano.
Necesitamos reconstruir nuestro mundo, nuestros modelos de convivencia y hacerlo, no tanto a partir de teorías económicas, sino a través de una recuperación de los valores más auténticamente humanos.
Como decía San Pablo hace más de veinte siglos: “Que nadie busque su propio interés, sino el interés de los demás”. De rebote nos beneficiará a nosotros. Pero es la única salida.
Quienes hemos vivido en los países más pobres de la tierra sabemos por propia experiencia que estos valores no se enseñan, se contagian. Y los cristianos somos los primeros llamados a hacerlo. Por ahí pasa la misión hoy.

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lunes, 30 de abril de 2012

El misionero: hombre de servicio fiel



Sería bueno que las personas no olvidemos el consejo de Paulo Coelho en El peregrino de Santiago: “donde más seguros están los barcos es en el puerto, pero los barcos no fueron hechos para el puerto”.
Cuando en la vida encontramos una situación donde nos sentimos seguros, tendemos a echar el ancla y quedarnos ahí, mejor si es amarrados a tierra firme.
Pero como los barcos fuimos hechos para navegar y buscar nuevos horizontes. Dejar de hacerlo es recortar nuestra propia humanidad.

El cristiano nunca puede ser una persona que busque un “puerto seguro”, donde pueda vivir con un aceptable bienestar económico o espiritual o que le garantice la salvación más allá de la muerte.

Todo cristiano es misionero y, por ello, está llamado a adentrarse en los mares de la historia de la humanidad. Son mares con frecuencia tormentosos. Pero es ahí donde estamos llamados a anunciar una “buena noticia” que ayude a todos los hombres y mujeres a vivir con la dignidad de ser hijos de Dios.

Eso sí, conscientes de que no somos los “salvadores” del mundo, sino simples siervos que desde nuestras contradicciones internas intentamos aportar algo de luz y de sal en nuestro mundo.

Encontrar nuestro lugar
Lo decía ya el decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia, del Concilio Vaticano II, en 1965 cuando afirmaba: “Tomen parte los fieles cristianos en los esfuerzos de aquellos pueblos que, luchando contra el hambre, la ignorancia y las enfermedades, se esfuerzan en conseguir mejores condiciones de vida y en afirmar la paz en el mundo”.

Y añade: “Gusten los fieles de cooperar a este respecto con los trabajos emprendidos por instituciones privadas y públicas, por los gobiernos, por los organismos internacionales por diversas comunidades cristianas y por las religiones no cristianas”.

47 años más tarde, cuando los países ricos viven preocupados por mantener su estado de bienestar y han reducido a mínimos irrisorios la ayuda a los países pobres, las palabras del Concilio se convierten en una llamada a los cristianos para que recordemos a nuestros gobiernos su ineludible compromiso de solidaridad. Buena parte de nuestro bienestar lo hemos construido a base de empobrecer a gran parte de la humanidad.

Pero el Concilio añadía algo más que es importante: “La Iglesia, con todo, no pretende mezclase de ninguna forma en el gobierno de la comunidad terrena. No vindica para sí otra autoridad que la de servir a los hombres con amor y fidelidad” (AG 12).

Desde el servicio
La experiencia de la historia nos dice que el poder degrada humanamente a quien lo ejerce y a quien sufre sus ciegas consecuencias.

Jesús de Nazaret nos enseñó que lo que realmente engrandece a la persona humana es el servicio, un servicio ejercido con amor y que se mantiene fiel más allá de las dificultades. Un servicio que es constante y que acepta las consecuencias, con frecuencia desagradables.

Estamos en tiempo de Pascua. Durante años Jesús había intentado enseñar a los suyos cómo debían tratar a los demás, cuál era el camino para ser alguien dentro de un grupo: “El que quiera ser el primero entre vosotros, que sea el servidor de todos”. Pero los discípulos seguían buscando puestos de poder.

Horas antes de su muerte se lo quiso decir de forma más gráfica. Estaban cenando. Se levantó de la mesa y se quitó el manto. Se arrodilló delante de cada uno de ellos y les lavó los pies: a aquellos que lo iban a abandonar y a Judas que lo estaba traicionando. Y les dijo: “Haced vosotros lo mismo”.

En esa imagen queda reflejada la función del cristiano y el trabajo del misionero. Lo que vaya por otro camino poco tiene que ver con la misión de Jesús.

Invitación a navegar
Hubo un tiempo en el que salían a navegar flotas de barcos, con misioneros incluidos en el pasaje, con la finalidad de conquistar y dominar, política y religiosamente, a otros países y continentes.

Hoy se nos invita también a salir a navegar, pero no con intenciones de poder, sino para servir con amor y fidelidad, para compartir vida y pan, fe y libertad, dignidad y esperanza, donde todos crezcamos juntos aprendiendo de la riqueza humana del que es diferente, nunca inferior.
Es secundario si el viaje es de pocos metros o de miles de kilómetros.


Ernesto Duque
06/02/2012

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martes, 24 de abril de 2012

Del enfrentamiento al diálogo y a la cooperación



¿Se acuerdan de las llamadas “guerras de religión”? Son un triste capítulo de la historia de la humanidad. En algunos lugares aún existen, fruto de los fundamentalismos religiosos. Lo grave es que se hayan dado entre religiones cristianas.
El creernos dueños de las verdades absolutas nos encierra en nuestras ideas, nos incapacita para el diálogo y llega a transformarse en violencia hacia el “otro” que piensa y cree de forma distinta a la mía.
Es mucho lo que las religiones podemos aportar a la sociedad actual. No para eludir los problemas que vivimos y refugiarnos en un futuro idílico. Si no para afrontar con realismo y responsabilidad, con esperanza y visión de futuro la realidad que nos toca vivir.

Somos testigos de que no estamos solos en ese empeño. Somos testigos del valor trascendente de cada persona que es el primer bien de toda sociedad. Somos testigos de la importancia de los últimos, los pobres, los marginados porque creemos que son ellos, contra toda apariencia, quienes tiene la llave para construir una convivencia y un mundo más justo, más fraterno donde todos podamos alcanzar el nivel de felicidad que nos permita vivir de manera auténticamente humana.

A las religiones cristianas nos faltan muchos pasos por dar en ese camino. Pero constatamos con gozo que vamos avanzando.

Tras años de diálogo, de encuentros y desencuentros vamos superando suspicacias y temores. Poco a poco nos vamos dando cuenta de que es necesario pasar del enfrentamiento al diálogo sincero y de éste a la cooperación para empezar a trabajar juntos en la construcción de un mundo nuevo donde todos nos sintamos hijos del mismo Padre.

En el primer artículo de este número de Antena Misionera os presentamos algunos principios y recomendaciones fruto de la última reunión entre el Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso, el Consejo Mundial de las Iglesias y la Alianza Evangélica Mundial.

A más de uno le pueden parecer cosas de sentido común. Y no le falta parte de razón. Pero ha costado años ponerlos por escrito y aceptarlos por todos.

El gran desafío que se presenta ahora es que no se quede en un documento más que vaya a parar a las bibliotecas, se archive y vaya acumulando polvo. Se trata de poner en práctica esos principios y recomendaciones. Claro que eso supone un cambio de mentalidad que nos permita superar prejuicios, desconfianzas y condenas de muchos años. El camino es largo, pero, al menos, vamos caminando.

Más largo y difícil es el camino con otras religiones no cristianas. Desgraciadamente son pocas las que se plantean seriamente la posibilidad de un diálogo interreligioso. Pero habrá que insistir para que, respetando las diversidades y sin pretender una “religión única”, todos caminemos en la misma dirección y cumplamos la tarea común de ser servidores de los hombres y mujeres de nuestro mundo en la realidad social actual.

Importante papel estamos llamados a jugar en este proceso los misioneros. En momentos en los que buscamos cuál es el futuro de la misión, el diálogo y la colaboración interreligiosa adquieren un protagonismo importante.

Ello nos exige un cambio de mentalidad, de medios y formas de trabajo, de formas de presencia, de valoración de otras experiencias religiosas. Son cambios profundos que con frecuencia producen miedos.

Sólo apoyados en la fe en el Resucitado seremos capaces de dejar los caminos ya recorridos y conocidos para adentrarnos en caminos nuevos y desconocidos.

Bernardo Baldeón
04/04/2012

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martes, 27 de marzo de 2012

Signos de esperanza en tiempos de miedo


Publicado por Antena Misionera

Hoy se teme a un nuevo poder fáctico que denominan “la dictadura de los mercados”, que tiende a reducir los beneficios sociales y las conquistas de la ciudadanía del último medio siglo; miedo a quedarnos sin ese bien cada vez más escaso que se llama trabajo, a reducir nuestro poder adquisitivo, al subempleo, a la marginación económica y social.

Joaquín Estefanía, en su reciente libro “La economía del miedo” explica cómo el temor ciudadano al paro o al empobrecimiento contribuye a la dominación de los mercados. El temor ha sido siempre uno de los aliados más fieles del poder, que intenta que la población viva inmersa en él. La creación artificial de atmósferas de miedo obliga a los ciudadanos a blindarse frente a los contextos sociales. El miedo que anida en el cerebro quebranta la resistencia, genera pánico y paraliza la disidencia; no hay poder en la Tierra que no haya confiado en alguna forma de terror. Tras un desastre -natural, político, económico- el miedo inicial deja paso a la ansiedad; la gente teme más los riesgos que se le imponen que los que acepta. Todos los esfuerzos por liberar al hombre han sido en realidad impulsos por liberarlo del miedo, para crear las condiciones en que no sintiera la dependencia como una amenaza; cuanto más asesino y más totalitario es el poder más priva al hombre de libertad porque lo que engendra es temor. Surge así lo que algunos han denominado la ideología del miedo.

El miedo como arma de dominación política y control social; el miedo como herramienta de destrucción masiva en la guerra de clases. A lo largo de la historia ha habido todo tipo de movimientos sociales y culturales fundamentados en esa sensación provocada por la percepción de ese peligro real o supuesto, presente o futuro.

Como es omnipresente y está arraigado, produce desconfianza y conflicto con el “otro”, al que se atribuye la culpa de lo ocurrido o de lo que puede acontecer, y genera la necesidad de protegerse de él. Esa es la ideología del miedo, que llega a través de sus transmisores, los “fabricantes de miedo”, muy vinculados en la contemporaneidad a los medios de comunicación de masas y a la información, comunicación y propaganda que se transmite instantáneamente a través de Internet.

Hoy no se trata solo de los temores tradicionales a la muerte, el infierno, la enfermedad, la vejez, la indefensión, el terrorismo, la guerra, el hambre, las radiaciones nucleares, los desastres naturales, las catástrofes ambientales. El nuevo temor y desasosiego producidos por la crisis que se expande a la velocidad de la luz entre la ciudadanía paraliza las reacciones, incluso la del miedo al miedo mismo.

El temor es una emoción que inmoviliza, que neutraliza, que no permite actuar ni tomar decisiones con naturalidad. Este miedo contemporáneo hace a todos susceptibles de ser dominados, subyugados por los que poseen la capacidad de generarlo: por los que ejercen el poder, que someten a los miedosos y les inyectan pasividad y privatización de sus vidas cotidianas, los culpabilizan y, a continuación, los castigan bajándolos de la escala social en beneficio propio.

Dentro de pocos días, en medio de este mundo dominado por el miedo, los cristianos celebraremos la Pascua.

La Pascua es la fe en la esperanza, en la utopía de unas relaciones sociales marcadas por una libertad que ni la misma muerte puede apagar.

Que nuestra vida sea signo de esa esperanza es el desafío para los cristianos hoy. El testimonio de que si creemos en la resurrección de Jesús, no hay miedo que pueda matar la alegría de las personas y la certeza de un futuro en libertad.

Solo entonces seremos buena noticia para los hombres y mujeres de nuestro mundo. Por ahí va la tarea misionera de la Iglesia.

Bernardo Baldeón
06/02/2012

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jueves, 16 de febrero de 2012

¿Qué misiones hoy? Sentido de las misiones


Publicado por Por un Mundo Mejor

CHARLES DE FOUCAULD

Charles de Foucauld nació el 15 de septiembre de 1858 y murió asesinado el 1 de diciembre de 1916 con poco más de 58 años. Se puede decir que estaba en la etapa de madurez de su vida. Ya a los 43 había iniciado su opción fundamental instalándose en Beni-Abbés, en el corazón del Sahara
argelino, donde se da cuenta que hay una muchedumbre de personas por evangelizar y un ministerio muy importante que realizar. Pero durante los años que pasa en este oasis del desierto va experimentando una nueva transformación.
Rompe con su auto-impuesta clausura. Acepta con sencillez los acontecimientos que van en contra de lo que siempre había creído que era la voluntad de Dios y se deja llevar por las circunstancias, que lo conducen a los tuaregs, instalándose en medio de ellos el año 1905 en Tamanrasset.

El padre Foucauld ha sido un testigo privilegiado de la experiencia de Dios en medio del mundo. Se ha creído que su presencia en la ermita del Asekrem, el punto más alto de las montañas del Hoggar, o en Tamanrasset, fue un retiro, como antaño hicieron los Padres del Desierto, pero
fue todo lo contrario: partió para vivir la vida de Nazaret con los nómadas más aislados, por ser este un lugar de tránsito de las caravanas, que ofrecía grandes ventajas para las relaciones con los “tuareg”, a los que hospedaba estableciendo relaciones de amistad. Once años convivirá con ellos, haciéndose uno de tantos, aprendiendo su lengua, sus costumbres, etc. Con ánimo evangelizador, aunque nada más sea realizando gestos de bondad.

Así, resumiendo, Charles de Foucauld vivió dieciséis años en tierras argelinas, y especialmente once entre los “tuaregs” hasta que llegó su muerte como acto supremo de entrega a imitación de su hermano mayor Jesús de Nazaret, sin haber conseguido que ni uno de ellos se hiciera cristiano.

PARA PENSAR……

Uno de los puntos sensibles del cristianismo que resulta más sacudido por la irrupción de este nuevo espíritu pluralista es el de la «misión», el quehacer misionero. Es lógico. En el cristianismo por ejemplo, durante XIX siglos la misión ha estado fundamentada en el planteamiento
exclusivista: «fuera de la Iglesia no hay salvación». Durante largos períodos de la historia de la Iglesia se ha pensado que «ninguno de aquellos que se encuentran fuera de la Iglesia católica, no sólo los paganos, sino también los judíos, los herejes y los cismáticos, podrán participar en la vida eterna».

La misión no va a llevar la salvación a un lugar que fuese una especie de «vacío soteriológico», ayuno de salvación, porque tal lugar no existe. Como expresa una frase célebre, «el primer misionero siempre llega tarde: el Dios Trinidad llegó siempre antes». El misionero no va a llevar
la salvación como si sin su presencia la salvación no pudiera llegar o no estuviera ya allí desde siempre.

La Misión tiene sentido, sí, pero otro sentido. En un contexto pluralista, la misión está centrada en Dios, en el Dios del Reino, y en el Reino de Dios. La misión es un impulso hacia los demás pueblos y religiones, para compartir con ellos –en ambas direcciones- la búsqueda religiosa. Para enseñar y para aprender. Para anunciar nuestra buena noticia y para escuchar las buenas noticias que es seguro que los otros también tienen para ofrecernos. Sin ir pensando a priori, que los otros
deberán abandonar su religión y adoptar la nuestra para poder profundizar su encuentro
con Dios.

Hoy también continúa siendo necesaria la misión, pues el Misterio de Dios en su inabarcable riqueza y sobreabundancia de sus manifestaciones no puede ser acogido y recibido plenamente por ninguna religión. Pero la misión actualmente tiene que realizarse de otra forma y con otro estilo, he aquí algunos de sus rasgos que exigen los signos de los tiempos:

* Aceptar sincera y consecuentemente que fuera de la Iglesia hay salvación…

* Contemplar la presencia de la Historia de la salvación en cada pueblo y escuchar la Buena Nueva que se da en él…

* Distinguir claramente lo que es la fe, la religión y la cultura…

* Buscar la conversión de todos y de todo a Dios y a su voluntad, por los muchos caminos hacia Dios…

* Vivir la dinámica complementaria del “dar” y “recibir”…

* Pretender no tanto hacer Iglesia, cuanto construir el Reino en el Mundo y en la Historia…

“Formar los misioneros con horizonte del Reino”: es esta una de las conclusiones a las cuales llegó el P. Ricardo Lombardi al reflexionar sobre “La Iglesia a la luz del Reino”. Después de citar un texto del Vaticano II (AG 23) habló de la necesidad de reducir y casi anular diferencias entre misioneros indígenas y fuerzas católicas de ayuda extranjera: “Que quede totalmente el compromiso fundamental de evangelizar, principalmente el de anunciar a Cristo muerto y resucitado; sin esto, perderán el sentido esencial de su vocación. Sin embargo, aprendan también la vía extraordinaria de salvación, es decir la del amor, la que podría decirse del Reino. Numéricamente hay que considerarla la más ordinaria.” (P. Lombardi, Iglesia y Reino de
Dios, cap. V, 27, a).

PARA INTERROGARNOS

No cabe la menor duda que nos sentimos afectados e interpelados en nuestra pastoral misionera
por el Pluralismo religioso, pero creemos que también tenemos que sentirnos llamados a la conversión:

¿A qué suenan hoy las palabras de Pío XII cuando hablaba de los mil millones de seres humanos que «yacen en las tinieblas y sombras de muerte» (salmo 107)? ¿Nos atrevemos a hablar así de los hombres y mujeres que pertenecen a otras religiones? ¿Qué nueva sensibilidad o espiritualidad yace ahí debajo?
¿Qué pensamos de las siguientes expresiones?:
«La Misión tiene sentido, sí, pero otro sentido».

«La Misión es para «convertir a los infieles».

Si ya no hay que ir a convertir, ¿para qué la misión?

¿Una misión sin conversiones, tendría sentido? ¿Qué sentido?

¿Cómo vivo y me siento hoy en la tarea misionera?

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miércoles, 8 de febrero de 2012

La identidad del misionero


Publicado por Antena Misionera

Normalmente cuando pensamos en el “misionero” viene a nuestra mente la imagen de un varón, normalmente sacerdote, con larga barba, sotana blanca, que vive en países lejanos para convertir y bautizar a los no cristianos, a fin de que salven.
Durante muchos años la realidad respondía, más o menos, a esa imagen estereotipada.
A pesar de que como Iglesia nos cueste modificar nuestros esquemas ya hechos, esa imagen ha ido cambiando profundamente en los últimos años.
Sobre la figura del misionero queremos reflexionar con vosotros a lo largo de este año.

Primero fue una misionera

Si leemos los evangelios nos encontraremos con la sorpresa de que la misión la comenzó una mujer. Y no es que tuviera muy buena fama. Se llamaba María Magdalena.
Por el hecho de ser mujer su testimonio no era creíble ni aceptado en ningún tribunal. Su pasado como prostituta hacía que sus palabras tuvieran menos valor.
Y, sin embargo, fue ella la primera en conocer la resurrección de Jesús y fue a contárselo a los apóstoles encerrados en una casa por miedo a los judíos.
No la creyeron. Algunos de los apóstoles fueron al sepulcro de Jesús, lo encontraron vacío y empezaron a pensar que quizás la Magdalena tenía razón.

Los esquemas se rompen

Ese hecho, que no fue casual, hizo que se rompieran muchos esquemas.
La misión no era cosa de varones o de curas. Pero a lo largo de muchos siglos la Iglesia tuvo miedo. En una sociedad profundamente machista, reconocer el papel de las mujeres podía hacerle perder credibilidad. Era más seguro dejarlas a un lado y cuando no quedó más remedio incluir a algunas religiosas como “ayudantes de la misión”, y cuando la realidad misionera superaba las posibilidades dar algún papel secundario a algunos laicos.

La ruptura con una imagen del misionero

Los años fueron pasando. La Iglesia tuvo que aceptar a regañadientes, cuando debería haberlo hecho con alegría, un cambio profundo en la imagen del misionero.
Tuvimos que dar el paso hacia una visión de la misión donde todos son protagonistas: no sólo los curas, los religiosos o las monjas. También los laicos, varones y mujeres estaban llamados a ser protagonistas de la misión… no hacía falta larga barba ni sotana blanca. También las familias estaban llamadas a la misión y transmitir la Buena Noticia de Jesús… no hacía falta ser solteros o célibes. Las comunidades cristianas tenían un protagonismo en la misión… no era cosa exclusiva de personas o instituciones especializadas.

Y siguieron los cambios

No se trataba de adoctrinar, conseguir prosélitos y bautizar… de alguna manera Dios ya estaba presente en cada pueblo. Lo importante era desvelar ese rostro de Dios como el de un Dios Padre y Madre que ama, perdona… ni juzga ni castiga. Todos son sus hijos e hijas amados.
No era imprescindible ir a tierras lejanas, aunque eso siga siendo importante, porque la misión está en medio de nosotros. Más que traspasar fronteras geográficas… había que traspasar fronteras culturales, ideológicas, religiosas. La misión está también a la vuelta de nuestra casa.
No se trataba de imponer nuestra visión de Dios… teníamos que aprender a ver como Dios ve y buscar en diálogo con los demás el verdadero rostro de Dios. Si Jesús fue capaz de reconocer una profunda fe en los paganos (ver Mateo 8, 5-13) tenemos que dejar de lado toda actitud de superioridad y entrar en un diálogo sincero que nos enriquecerá a todos.

Los cambios dan miedo

Podríamos seguir con los cambios que han dado en la forma de entender la misión.
Quizás el problema es que todo cambio produce cuanto menos inseguridad. Nos aferramos a ideas “inamovibles” pensando que eso nos da seguridad cuando, en realidad, nos puede llevar a actitudes “fundamentalistas”.
Entre las características del misionero sin duda hablaremos de la apertura a lo nuevo, a lo desconocido. El proyecto de Dios sobre la humanidad siempre supera nuestra comprensión. Con razón el Antiguo Testamento pone en boca de Dios estas palabras: “Mis caminos no son vuestros caminos. Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros”.
Nos queda mucho camino por recorrer. Nos quedan muchos conceptos y actitudes que cambiar.
Por eso te invitamos a acompañarnos en esta reflexión. Quizás nos ayude a crecer como personas, como cristianos y como misioneros. Y, de paso, conoceremos un poco más al Dios en quien creemos.


Ernesto Duque
10/01/2012

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domingo, 9 de octubre de 2011

Acabar… ¿con qué?


Publicado por Antena Misionera

Hay actitudes “inconfesables” que procuramos no expresar… pero por ahí se escapan de forma inesperada y pueden ser más verdaderas que lo que decimos o escribimos.
Son las nueve y media, la hora del desayuno. Dejo el trabajo y voy a la cafetería que hay en el bajo del edificio.
Hay una música ambiental agradable. La televisión está encendida. Es un programa informativo. No tiene sonido, pero están los subtítulos.
En la pantalla aparecen imágenes del Cuerno de África. De repente el café se me queda atragantado a mitad del camino hacia el estómago.
Los subtítulos dicen que ha habido una reunión en Nairobi, capital de Kenia, para ver cómo “terminar con la moruna” (textual).
Evidentemente quien escribió el texto tendría que haber dicho “terminar con la hambruna”. ¿Un simple error? Sin duda fue un error, pero quizás no tan simple porque en ese tipo de equivocaciones suele salir espontáneamente lo que realmente pensamos y no nos atrevemos a decir.
Quiero se benevolente y pensar que en el error no había un trasfondo religioso, cultural o étnico… simplemente una identificación de “la moruna” con un amplio conjunto de personas pobres.
La velocidad con que tienen que escribir quienes hacen los subtítulos es normal que les lleve a errores. Pero en este caso había algo más que un simple error por falta de tiempo.
No son pocos los que piensan que la mejor forma de acabar con el hambre y la pobreza es acabar con los pobres. Claro que eso no se puede decir porque les soltarían todos los perros, incluso aquellos que, en el fondo, piensan de la misma manera.
Alguien comentaba por la radio, no hace mucho, de forma irónica algo así: “Apoyemos a los ricos que crean riqueza y terminemos con los pobres que son los que gastan en salud y educación públicas, en ayudas sociales, en la ley de dependencia”… Y añadía: “Una cierta cuota de pobres la tenemos asegurada, ya dice el evangelio: a los pobres siempre los tendréis entre vosotros, cuidemos pues a los ricos no sea que se nos vayan”.
En realidad estamos frente a una actitud bastante extendida, y no sólo frente a los países pobres del tercer mundo o los que hay que rescatar, sino también en el interior de nuestros propios estados.
Cada día nos “venden” como necesarias y urgentes nuevas medidas (léase recortes) para salir de la crisis. Al día siguiente nos damos cuenta de que esas medidas no solucionan nada, nos llevan a una mayor recesión… Lo único que se les ocurre son más medidas en la misma dirección.
Quienes pagan los mayores costes son siempre los más pobres… es la pescadilla que se muerde la cola.
Creo que nuestra sociedad sufre un déficit grave de imaginación. Algunas voces autorizadas hablan de la necesidad de una “economía humana”, pero no son escuchados por casi nadie.
No soy economista y no tengo recetas. Pero tengo la sensación de que estamos enredados en una economía inhumana de la que no sabemos cómo salir.
Quizás si pusiéramos la solidaridad por encima de la ganancia se empezarían a abrir ventanas de esperanza en nuestro mundo. Eso sí: deberíamos tener claro ¿con qué queremos acabar?

J. Altavista

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miércoles, 7 de septiembre de 2011

Espiritualidad misionera en tiempos de cambio


Publicado por Antena Misionera

Se ha repetido hasta la saciedad que estamos en una época de cambios. A esta situación corresponde también una peculiar experiencia de Dios, una nueva espiritualidad. Esta época de cambios tiene sus manifestaciones.

Las nuevas tecnologías
Nos encontramos en la sociedad de la comunicación, y esto afecta profundamente a nuestra forma de ser. Vivimos en medio de una red impresionante de relaciones. No es fácil integrar tanta complejidad en la unidad de la persona. Por eso nos sentimos más fragmentados, desorientados, enfrentados, que en otros tiempos. El ansia de una espiritualidad integradora es muy fuerte, el deseo de intimidad choca contra la superficialidad que se nos vende. No es de extrañar que nos sintamos fuertemente globalizados, pero al mismo tiempo anhelamos cultivar nuestra individualidad.

La globalización
El fenómeno de la globalización es un hecho irreversible. Y tiene muchos aspectos negativos y otros positivos a la vez. En sus aspectos negativos, la globalización del mercado distorsiona la posibilidad del intercambio y comunión de los bienes de la tierra. La ideología neoliberal condena al desamparo, a la miseria y a la muerte a la mayor parte de la población mundial y modela un tipo de ser humano marcado por el hedonismo egoísta y por la fiebre del consumo.
Este tipo de globalización y su ideología bloquea la espiritualidad del compartir, de la solidaridad y del amor efectivo. Y tienta con un estilo de vida conformista y aburguesado. Aleja del mundo de los pobres y de la espiritualidad de la pobreza evangélica.

En sus aspectos positivos vemos cómo el Espíritu impulsa a individuos y grupos a integrarse, sumar esfuerzos y asumir compromisos concretos a favor de la paz, la justicia, la integridad de la creación, el diálogo en todas sus formas. De aquí emergen nuevas formas de espiritualidad comprometida.

La interculturalidad El contexto de interculturalidad que se vive en estos momentos, debido a las comunicaciones y a los desplazamientos, lleva también en sus entrañas un deseo profundo de espiritualidad. Hablamos de una interculturalidad no exenta de tensiones. Habrá que estar muy atentos para que en este encuentro, las culturas dominantes no produzcan el aniquilamiento y la desaparición de las diversidades y, con ello, una uniformidad producto del empobrecimiento cultural.

Nuevas expresiones de la espiritualidad
La sed espiritual es algo connatural al ser humano. Por eso se tiene que ver la experiencia de Dios en un contexto nuevo. Toda persona vive inserta en una historia y en un mundo de valores, desafíos y lazos relacionales con las demás personas y con toda la creación. Podemos decir que cada uno de ello es ajeno al Espíritu y que todo entra en la trama de la espiritualidad. Por eso, la experiencia de Dios tiene hoy nuevas características.

Además, hoy se está dando una singular globalización de las creencias y una interconexión entre ellas a través del diálogo interreligioso. A pesar de la tendencia de secularización y de materialismo consumista, el mundo contemporáneo es rico en expresiones de espiritualidad en general, y de oración en particular, tanto que se puede hablar de un despertar espiritual o, como dice la Redemptoris Missio un “retorno religioso” (RMi 38). Estas expresiones de espiritualidad y de oración, no siempre están carentes de ambigüedad y contradicciones y, por ello, se construyen verdaderamente en “un nuevo areópago a evangelizar” (RMi 38).

Reacción frente a la experiencia de vacío
Expresiones de esta espiritualidad son el interés por los temas esotéricos y la búsqueda de silencio e interioridad, caminos ambiguos y muchas veces agnósticos, pero que, analizados en profundidad, no están del todo privados de significado espiritual. El fenómeno revela el movimiento interior del hombre que es incapaz de soportar el vacío espiritual causado por las situaciones deshumanizantes y secularizantes de la vida e insatisfecho, en el primer mundo, con las riquezas materiales. Es por eso que la espiritualidad misionera de hoy acentúa, sobre todo, la atención al otro, pero no como simple destinatario de una oferta, sino en lo que él es como persona. Es una espiritualidad más centrada en los aspectos más humanos de la vida: la importancia de la acogida, de las relaciones humanas, la sensibilidad hacia lo débil. El descubrimiento de un Dios con connotaciones más humanas. Si hubiera una palabra clave que pudiera expresar la nueva percepción sería la palabra “encuentro”. Encuentro con el otro, con el hermano, con los otros, con el pueblo, con el Otro…

Las formas en las que se manifiestan estas nuevas dimensiones de la espiritualidad son múltiples y muy variadas y apenas son perceptibles dado que se trata simplemente de actitudes nuevas a la hora de hacer lo mismo que se hizo en la misión, aunque con un mayor aprecio por los valores de la cultura, de la historia y de su religión y, sobre todo, a la luz de un nuevo marco teológico de la misión que es, en definitiva, fuente y reserva para dinamizar el proceso misionero.


Ángel Gutierrez Anaya

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martes, 30 de agosto de 2011

Dialogar con la vida



Ocurrió en algún lugar del trópico amazónico. Juan estaba intentando dormir en su pequeño ranchito, pero el calor y la humedad lo hacían difícil.
En algún momento de la noche, no sabría decir si estaba dormido o despierto, se le aparece la Muerte. Asustado levanta la cabeza y la Muerte le dice: “Juan, hoy a las tres de la tarde te espero para llevarte”.
Al amanecer Juan se despierta, el cuerpo empapado en sudor, recuerda la aparición… no sabe si fue real, pero decide ponerse a salvo.
Ensilla su caballo y sale corriendo. Cada vez hace que su caballo corra más y cada tanto mira su reloj. Tiene que ganar la carrera.
Cuando ve que son las 2 de la tarde golpea al caballo para que corra más. Vuelve a mirar el reloj: las 3 menos 5, las tres menos 4… acelera… falta un minuto para que sean las 3 y el caballo, ya cansado, tropieza con una piedra, cae y manda a Juan unos metros más adelante tirado en el suelo.
Juan levanta la cabeza, pensando que ha recorrido suficientes kilómetros para librase del sueño o aparición.
Con sorpresa ve frente a sí la Muerte mirando su reloj y que con una sonrisa le dice: “Ya me temía que ibas a llegar tarde a la cita”.



Si hay algo seguro que todos tenemos respecto a la vida es que la muerte forma parte necesaria de ella.

Por ello, si queremos dialogar con la vida quizás debemos hacerlo a partir de lo más seguro: la muerte.

Dialogar con la muerte
Por mucho que lo queramos ocultar todos tenemos un cierto sentimiento de miedo frente a la muerte. Es normal porque nacimos para la vida y nos cuesta asumir que esta vida tiene fecha de caducidad.

Quizás te resulte extraño que haya que “dialogar” la muerte. En algún momento de nuestra vida nos vamos a encontrar con ella y posiblemente sea mejor entablar un diálogo con ella cuanto antes, aunque no sepamos el día y la hora del encuentro.

Imagina que la muerte no existiera, que tu vida acá no tuviera un punto final, que todo tuviera su mañana indefinidamente.

Si nuestro tiempo no terminara, qué sentido tendría hacer hoy cualquier cosa, siempre puede esperar. No valdría la pena tomarse la vida en serio, siempre tendríamos tiempo para hacer las cosas y las podríamos postergar indefinidamente.

Cuando todo puede esperar, todo carece de valor, lo que hacemos hoy lo podemos cambiar mañana o pasado mañana. Toda decisión pasa a ser relativa. Nada hay que sea definitivo.

La conciencia de que nuestra vida es limitada en el tiempo es lo que nos hace tomar conciencia de que cada momento de nuestra vida tiene un valor y unas posibilidades que raramente se van a repetir.

No sé si lo que dejo de hacer ahora, pensando que ya lo haré, tendré posibilidad de realizarlo.
Cada momento, cada día es valioso. Es importante que ahora haga lo que tengo que hacer. No sé si tendré otra oportunidad. Si voy perdiendo oportunidades, posiblemente cuando me encuentre con la muerte me encontraré a mí mismo vacío y me arrepentiré de tantas oportunidades perdidas de vivir en plenitud la vida.

Engendrar vida
Jesús dijo que él había venido para que los hombres tengamos vida y vida en plenitud. Entiende su misión como “engendrar vida”, una vida donde todos puedan alcanzar la felicidad.
Eso de engendrar vida tiene un sentido elemental: tener hijos. Algo que entra en el proyecto de Dios. Con su lenguaje simbólico, la Biblia nos dice que al crear Dios al hombre y a la mujer les dice: “Creced, sed fecundos y multiplicaos” (Gn 1, 28). Deben crecer como personas, y parte de ese crecimiento es engendrar hijos e hijas. Ellos no van a vivir para siempre sobre la tierra y Dios quiere la permanencia de la humanidad.

La paternidad y la maternidad son la forma más evidente de engendrar vida. Pero no la única.
Desde el comienzo (lo muestra la historia de Caín y Abel) la vida de la humanidad está marcada por la violencia, la muerte, el dominio de unos sobre otros.

Demasiadas personas en nuestro mundo no llegan a cumplir los 4 ó 5 años de vida. Demasiadas personas viven en situaciones extremas de pobreza que les impiden vivir con dignidad. Demasiadas personas mueren antes de tiempo por hambre o por enfermedades que son curables. Demasiadas personas mueren fruto de guerras y violencia de distinto tipo en todos los rincones del planeta.

Son muchos los que se ven privados de una vida “humana”, por no decir plena, que es la voluntad de Dios.

Por eso sigue teniendo sentido que haya personas que renuncien a engendrar vida teniendo hijos. No para evitarse una “carga”. Sino para trabajar para que otros puedan tener una vida más justa, más humana, más larga, más feliz…

La opción por la vida religiosa y misionera no es renunciar al matrimonio y a tener hijos, es la opción por engendrar vida entre los últimos y los más desposeídos de la tierra.

Los misioneros optan por la vida, por engendrar vida, tratando de evitar que el inevitable encuentro con la Muerte les llegue con adelanto a otras personas. Su trabajo no es “ganar almas para el cielo” (eso está en manos de Dios) sino que las personas puedan vivir en plenitud su vida en este mundo, porque esa es la voluntad del Padre de todos.


Ernesto Duque

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martes, 2 de agosto de 2011

Dialogar con la vida

...

Publicado por Antena Misionera

Ocurrió en algún lugar del trópico amazónico. Juan estaba intentando dormir en su pequeño ranchito, pero el calor y la humedad lo hacían difícil.
En algún momento de la noche, no sabría decir si estaba dormido o despierto, se le aparece la Muerte. Asustado levanta la cabeza y la Muerte le dice: “Juan, hoy a las tres de la tarde te espero para llevarte”.
Al amanecer Juan se despierta, el cuerpo empapado en sudor, recuerda la aparición… no sabe si fue real, pero decide ponerse a salvo.
Ensilla su caballo y sale corriendo. Cada vez hace que su caballo corra más y cada tanto mira su reloj. Tiene que ganar la carrera.
Cuando ve que son las 2 de la tarde golpea al caballo para que corra más. Vuelve a mirar el reloj: las 3 menos 5, las tres menos 4… acelera… falta un minuto para que sean las 3 y el caballo, ya cansado, tropieza con una piedra, cae y manda a Juan unos metros más adelante tirado en el suelo.
Juan levanta la cabeza, pensando que ha recorrido suficientes kilómetros para librase del sueño o aparición.
Con sorpresa ve frente a sí la Muerte mirando su reloj y que con una sonrisa le dice: “Ya me temía que ibas a llegar tarde a la cita”.



Si hay algo seguro que todos tenemos respecto a la vida es que la muerte forma parte necesaria de ella.

Por ello, si queremos dialogar con la vida quizás debemos hacerlo a partir de lo más seguro: la muerte.

Dialogar con la muerte
Por mucho que lo queramos ocultar todos tenemos un cierto sentimiento de miedo frente a la muerte. Es normal porque nacimos para la vida y nos cuesta asumir que esta vida tiene fecha de caducidad.

Quizás te resulte extraño que haya que “dialogar” la muerte. En algún momento de nuestra vida nos vamos a encontrar con ella y posiblemente sea mejor entablar un diálogo con ella cuanto antes, aunque no sepamos el día y la hora del encuentro.

Imagina que la muerte no existiera, que tu vida acá no tuviera un punto final, que todo tuviera su mañana indefinidamente.

Si nuestro tiempo no terminara, qué sentido tendría hacer hoy cualquier cosa, siempre puede esperar. No valdría la pena tomarse la vida en serio, siempre tendríamos tiempo para hacer las cosas y las podríamos postergar indefinidamente.

Cuando todo puede esperar, todo carece de valor, lo que hacemos hoy lo podemos cambiar mañana o pasado mañana. Toda decisión pasa a ser relativa. Nada hay que sea definitivo.

La conciencia de que nuestra vida es limitada en el tiempo es lo que nos hace tomar conciencia de que cada momento de nuestra vida tiene un valor y unas posibilidades que raramente se van a repetir.

No sé si lo que dejo de hacer ahora, pensando que ya lo haré, tendré posibilidad de realizarlo.
Cada momento, cada día es valioso. Es importante que ahora haga lo que tengo que hacer. No sé si tendré otra oportunidad. Si voy perdiendo oportunidades, posiblemente cuando me encuentre con la muerte me encontraré a mí mismo vacío y me arrepentiré de tantas oportunidades perdidas de vivir en plenitud la vida.

Engendrar vida
Jesús dijo que él había venido para que los hombres tengamos vida y vida en plenitud. Entiende su misión como “engendrar vida”, una vida donde todos puedan alcanzar la felicidad.
Eso de engendrar vida tiene un sentido elemental: tener hijos. Algo que entra en el proyecto de Dios. Con su lenguaje simbólico, la Biblia nos dice que al crear Dios al hombre y a la mujer les dice: “Creced, sed fecundos y multiplicaos” (Gn 1, 28). Deben crecer como personas, y parte de ese crecimiento es engendrar hijos e hijas. Ellos no van a vivir para siempre sobre la tierra y Dios quiere la permanencia de la humanidad.

La paternidad y la maternidad son la forma más evidente de engendrar vida. Pero no la única.
Desde el comienzo (lo muestra la historia de Caín y Abel) la vida de la humanidad está marcada por la violencia, la muerte, el dominio de unos sobre otros.

Demasiadas personas en nuestro mundo no llegan a cumplir los 4 ó 5 años de vida. Demasiadas personas viven en situaciones extremas de pobreza que les impiden vivir con dignidad. Demasiadas personas mueren antes de tiempo por hambre o por enfermedades que son curables. Demasiadas personas mueren fruto de guerras y violencia de distinto tipo en todos los rincones del planeta.

Son muchos los que se ven privados de una vida “humana”, por no decir plena, que es la voluntad de Dios.

Por eso sigue teniendo sentido que haya personas que renuncien a engendrar vida teniendo hijos. No para evitarse una “carga”. Sino para trabajar para que otros puedan tener una vida más justa, más humana, más larga, más feliz…

La opción por la vida religiosa y misionera no es renunciar al matrimonio y a tener hijos, es la opción por engendrar vida entre los últimos y los más desposeídos de la tierra.

Los misioneros optan por la vida, por engendrar vida, tratando de evitar que el inevitable encuentro con la Muerte les llegue con adelanto a otras personas. Su trabajo no es “ganar almas para el cielo” (eso está en manos de Dios) sino que las personas puedan vivir en plenitud su vida en este mundo, porque esa es la voluntad del Padre de todos.


Ernesto Duque
01/08/2011

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domingo, 26 de junio de 2011

Una Iglesia con distintos rostros


Publicado por Antena Misionera

Lo distinto, especialmente cuando entra en nuestra casa, nos produce una sensación de miedo. Pone en cuestión formas de pensar, de actuar, un orden ya establecido que nos daba cierta seguridad. Es algo que nos pasa tanto a las personas como a las instituciones. La Iglesia no es ajena a esa realidad.

Como los apóstoles, después de la Resurrección de Jesús, tendemos a quedarnos en “nuestra casa” con las puertas y ventanas cerradas. Lo nuevo nos da miedo. Pareciera que no hemos llegado a creer plenamente en la Resurrección, y asumir todas las consecuencias. Buscamos mantener una uniformidad en todas partes que nos dé una sensación de seguridad, pero que en realidad mutila el mensaje evangélico.

La Iglesia, aun siendo una, tiene que ir adquiriendo distintos rostros: en cada continente, en cada país, en cada cultura… Somos un mosaico multicolor, donde las diversidades nos permiten mostrar juntos el rostro de un Dios que está más allá de cualquier expresión cultural o étnica.

Hace ya diez años un teólogo español escribía: Las Iglesias en Asia o en África, en las Américas del Norte o del Sur, en Europa -incluso en cada país europeo- son distintas y merecen un ámbito amplio de libertad. Respetar y fomentar esta libertad, esta búsqueda propia, es fidelidad a los orígenes cristianos, atención a la buena eclesiología, incluso el mejor camino por responder a las expectativas de cada comunidad católica. Y es, además, el único camino de futuro hacia el encuentro ecuménico con las otras Iglesias cristianas.

La reforma de la Iglesia es importante, pero no lo más importante.
Queda claro en los evangelios que la Iglesia, como comunidad de los creyentes, es importante, pero mucho más lo es el Reino. Es decir, el servicio, el amor, la ayuda concreta. La Iglesia ha de reformarse permanentemente, decía un antiguo adagio, pero no para presumir de modernidad y actualidad, sino de acogida y servicio, de testimonio y transparencia del amor de Dios.

Evidentemente nos queda mucho camino por recorrer.
El amor de Dios, entendido como acogida y servicio frente a las situaciones concretas que viven pueblo y personas diversas no puede manifestarse de manera uniforme en todos los lugares y situaciones.

Dios tiene una palabra distinta y única para persona o grupo humano. Siempre será una palabra de libertad, de vida, de fraternidad. Pero esa palabra ha de entrar en sintonía con la realidad que viven aquellos a quienes va dirigida.

Una de las tareas fundamentales de la misión universal de la Iglesia es “traducir” y hacer cercana y comprensible esa palabra de Dios en la diversidad de culturas de nuestro mundo. Las pretensiones de uniformidad van contra la razón de ser de la Iglesia, que es la evangelización. La unidad sólo es posible en la diversidad. Una diversidad asumida y aceptada por todos como enriquecimiento mutuo.

Como escribía Pablo VI hace 36 años: “Las Iglesias particulares profundamente amalgamadas, no sólo con las personas, sino también con las aspiraciones, las riquezas y límites, las maneras de orar, de amar, de considerar la vida y el mundo que distinguen a tal o cual conjunto humano, tienen la función de asimilar lo esencial del mensaje evangélico, de trasvasarlo, sin la menor traición a su verdad esencial, al lenguaje que esos hombres comprenden, y, después de anunciarlo en ese mismo lenguaje. El problema es sin duda delicado. La evangelización pierde mucho de su fuerza y de su eficacia, si no toma en consideración al pueblo concreto al que se dirige, si no utiliza su “lengua”, sus signos y símbolos, si no responde a las cuestiones que plantea no llega a su vida concreta”.

Bernardo Baldeón
01/06/2011

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jueves, 23 de junio de 2011

La casa de los mil espejos



Había una casa abandonada a las afueras de un pueblo. Un día un cachorro logró meterse por un agujero de una de las puertas. Subió por las viejas escaleras, y cuando llegó arriba se topó con una puerta semiabierta. Entró con cautela en el cuarto. Para su sorpresa, se dio cuenta de que dentro de esa habitación había mil perritos observándole tan fijamente como él los observaba a ellos. El perrito empezó a mover la cola y los mil perritos hicieron lo mismo. Y se puso a juguetear, los mil perritos también ladraban y saltaban alegremente con él.


Cuando se salió del cuarto se quedó pensando lo agradable que era aquel lugar y se dijo: volveré más veces por aquí.

Pasado un tiempo otro perro callejero entró en el mismo lugar. Pero a diferencia del primero, al ver cómo le miraban los otros perritos, se sintió amenazado, porque sentía que le miraban de manera agresiva, con desconfianza. Comenzó a ladrarles y a gruñir y los otros hacían lo mismo que él. Ladraba ferozmente y los otros mil perritos hicieron lo mismo. Salió del cuarto pensando: qué lugar tan horrible es éste. Nunca volveré a entrar aquí.

En la entrada de aquella casa había un viejo letrero que decía: La casa de los mil espejos.

Es una gran realidad que siempre proyectamos fuera lo que llevamos dentro de la manera que sea. Nuestros gestos, palabras y acciones lo proyectan hacia los demás. Toda percepción pone de manifiesto nuestro interior, nuestra manera de ser, nuestra manera de mirar. Todo es como un espejo en el que nos vemos, y se pone de manifiesto lo que somos capaces de reconocer.

Yo determino mi relación con los demás
El componente, el factor, el ingrediente más importante de toda relación no es lo que decimos o hacemos, sino lo que somos. Si nuestros gestos, palabras y acciones, derivan de soluciones y recetas externas, de técnicas superficiales de relaciones humanas, y no de nuestro interior, se dará en nosotros una duplicidad que los otros lo verán mucho más que nosotros mismos que somos más fáciles de engañar. Lo verán, pero los primeros que la sufrimos, padecemos, soportamos y vivimos, somos nosotros mismos.

La gran raíz de nuestra conducta está en el interior, seamos conscientes o no. No hay técnicas psicológicas que desde fuera, como parches externos, puedan realmente servirnos y producir en nosotros el cambio hacia lo que puede ser nuestra verdadera y grande alegría en la vida, nuestra paz, y nuestra serenidad. Toda relación humana empieza a gestarse en nuestro interior, en nuestra manera de ser. En nosotros están, esta es la gran realidad, y la gran dificultad de la vida, en nosotros están los grandes obstáculos del camino a la paz, a la independencia, a la felicidad, a la bienaventuranza, al encuentro con lo que realmente necesito. Nada, ni nadie, pueden darme, desde fuera, lo que sólo depende de mí, lo que sólo está y es consecuencia de mi manera de ser, en mi interior.

El no ver más allá de las cosas negativas en los demás es un problema completamente personal, de manera de ser. El pedir peras al olmo es una realidad constante en la vida, pedimos a los demás, inconscientemente, la solución que sólo está en nosotros mismos. Nadie puede darnos la condición de ser agradecidos, pacíficos, justos, respetuosos, limpios de corazón.

No eludir nuestra responsabilidad
Con demasiada frecuencia ponemos en los demás lo negativo que hay que nosotros. Cargar la culpa sobre los demás es una forma de eludir nuestra responsabilidad.

La conversión es entrar en una dimensión completamente nueva de nuestra vida, entramos en nuestra manera de ser y en nuestras posibilidades auténticas, toda la vida del cristiano es un santo deseo, dice S. Agustín. Es un camino, un proceso constante de cambio interior y de conocimiento del amor que Cristo nos tiene. Así abordamos nuestra verdadera realidad, y no con parches, ni arreglos transitorios. Y buscaremos dentro nuestra verdad. Sólo nuestra conversión nos abre el horizonte y a todas las posibilidades, es la luz en nuestro corazón. La conversión es cambio de vida fruto de un encuentro con Jesucristo que nos lleva a ver la vida centrada en Él.

S. Agustín retaba a los que retrasaban su conversión: si ya lo has pensado, si ya lo tiene decidido, ¿a qué esperar? Hoy es el día, ahora mismo, no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. Si ahora no te animas ¿por qué dices y crees que lo harás algún día? Hoy, si escucho su voz, no endureceré mi corazón. La conversión vence al mal en su raíz, y pone luz en nuestro corazón y en nuestras tinieblas.

El diálogo evangelizador
Evangelizar no es conseguir que más personas piensen lo que yo pienso, o crean lo que yo creo. Se trata de entrar en un diálogo, buscar un encuentro donde el elemento fundamental es lo que somos, con nuestras luces y sombras. Aportando y recibiendo. Enseñando y aprendiendo.

Eso supone dejar de lado toda pretensión de superioridad. Dejar de pensar que somos los “buenos”, los que “tenemos” la verdad.

Para el cristiano Jesús es la única verdad con la cual debemos irnos identificando cada día.
Quienes tienen una fe distinta a la nuestra tienen también mucho que aportarnos para crecer como personas y como cristianos.

Los misioneros sabemos que Dios es Padre de todos y por caminos distintos se ha ido manifestando a todos. Por eso, es fundamental no olvidar que en este camino todos somos aprendices.

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lunes, 13 de junio de 2011

Evangelizar no debe ser un encuentro de perros


Publicado por Antena Misionera

Había una casa abandonada a las afueras de un pueblo. Un día un cachorro logró meterse por un agujero de una de las puertas. Subió por las viejas escaleras, y cuando llegó arriba se topó con una puerta semiabierta. Entró con cautela en el cuarto. Para su sorpresa, se dio cuenta de que dentro de esa habitación había mil perritos observándole tan fijamente como él los observaba a ellos. El perrito empezó a mover la cola y los mil perritos hicieron lo mismo. Y se puso a juguetear, los mil perritos también ladraban y saltaban alegremente con él.

Cuando se salió del cuarto se quedó pensando lo agradable que era aquel lugar y se dijo: volveré más veces por aquí.

Pasado un tiempo otro perro callejero entró en el mismo lugar. Pero a diferencia del primero, al ver cómo le miraban los otros perritos, se sintió amenazado, porque sentía que le miraban de manera agresiva, con desconfianza. Comenzó a ladrarles y a gruñir y los otros hacían lo mismo que él. Ladraba ferozmente y los otros mil perritos hicieron lo mismo. Salió del cuarto pensando: qué lugar tan horrible es éste. Nunca volveré a entrar aquí.

En la entrada de aquella casa había un viejo letrero que decía: La casa de los mil espejos.


Es una gran realidad que siempre proyectamos fuera lo que llevamos dentro de la manera que sea. Nuestros gestos, palabras y acciones lo proyectan hacia los demás. Toda percepción pone de manifiesto nuestro interior, nuestra manera de ser, nuestra manera de mirar. Todo es como un espejo en el que nos vemos, y se pone de manifiesto lo que somos capaces de reconocer.

Yo determino mi relación con los demás
El componente, el factor, el ingrediente más importante de toda relación no es lo que decimos o hacemos, sino lo que somos. Si nuestros gestos, palabras y acciones, derivan de soluciones y recetas externas, de técnicas superficiales de relaciones humanas, y no de nuestro interior, se dará en nosotros una duplicidad que los otros lo verán mucho más que nosotros mismos que somos más fáciles de engañar. Lo verán, pero los primeros que la sufrimos, padecemos, soportamos y vivimos, somos nosotros mismos.

La gran raíz de nuestra conducta está en el interior, seamos conscientes o no. No hay técnicas psicológicas que desde fuera, como parches externos, puedan realmente servirnos y producir en nosotros el cambio hacia lo que puede ser nuestra verdadera y grande alegría en la vida, nuestra paz, y nuestra serenidad. Toda relación humana empieza a gestarse en nuestro interior, en nuestra manera de ser. En nosotros están, esta es la gran realidad, y la gran dificultad de la vida, en nosotros están los grandes obstáculos del camino a la paz, a la independencia, a la felicidad, a la bienaventuranza, al encuentro con lo que realmente necesito. Nada, ni nadie, pueden darme, desde fuera, lo que sólo depende de mí, lo que sólo está y es consecuencia de mi manera de ser, en mi interior.

El no ver más allá de las cosas negativas en los demás es un problema completamente personal, de manera de ser. El pedir peras al olmo es una realidad constante en la vida, pedimos a los demás, inconscientemente, la solución que sólo está en nosotros mismos. Nadie puede darnos la condición de ser agradecidos, pacíficos, justos, respetuosos, limpios de corazón.

No eludir nuestra responsabilidad
Con demasiada frecuencia ponemos en los demás lo negativo que hay que nosotros. Cargar la culpa sobre los demás es una forma de eludir nuestra responsabilidad.

La conversión es entrar en una dimensión completamente nueva de nuestra vida, entramos en nuestra manera de ser y en nuestras posibilidades auténticas, toda la vida del cristiano es un santo deseo, dice S. Agustín. Es un camino, un proceso constante de cambio interior y de conocimiento del amor que Cristo nos tiene. Así abordamos nuestra verdadera realidad, y no con parches, ni arreglos transitorios. Y buscaremos dentro nuestra verdad. Sólo nuestra conversión nos abre el horizonte y a todas las posibilidades, es la luz en nuestro corazón. La conversión es cambio de vida fruto de un encuentro con Jesucristo que nos lleva a ver la vida centrada en Él.

S. Agustín retaba a los que retrasaban su conversión: si ya lo has pensado, si ya lo tiene decidido, ¿a qué esperar? Hoy es el día, ahora mismo, no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. Si ahora no te animas ¿por qué dices y crees que lo harás algún día? Hoy, si escucho su voz, no endureceré mi corazón. La conversión vence al mal en su raíz, y pone luz en nuestro corazón y en nuestras tinieblas.

El diálogo evangelizador
Evangelizar no es conseguir que más personas piensen lo que yo pienso, o crean lo que yo creo. Se trata de entrar en un diálogo, buscar un encuentro donde el elemento fundamental es lo que somos, con nuestras luces y sombras. Aportando y recibiendo. Enseñando y aprendiendo.

Eso supone dejar de lado toda pretensión de superioridad. Dejar de pensar que somos los “buenos”, los que “tenemos” la verdad.

Para el cristiano Jesús es la única verdad con la cual debemos irnos identificando cada día.
Quienes tienen una fe distinta a la nuestra tienen también mucho que aportarnos para crecer como personas y como cristianos.

Los misioneros sabemos que Dios es Padre de todos y por caminos distintos se ha ido manifestando a todos. Por eso, es fundamental no olvidar que en este camino todos somos aprendices.


Ernesto Duque
01/06/2011

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lunes, 23 de mayo de 2011

Escuchar la vida


Publicado por Antena Misionera Blog
Por Ernesto Duque

Muchos conoceréis el chiste de ese hombre que se encuentra con un amigo después de mucho tiempo y le pregunta:
-¿Cómo te va?
-Muy bien. ¿O quieres que te cuente?
-No, ¡gracias!
Vivimos tan centrados en nosotros mismos que poco nos interesa lo que les pase a los demás, salvo que sean situaciones extremas.
Los medios de comunicación nos trasmiten en directo guerras, desastres naturales… alguna fibra sensible de nuestro interior se mueve. Pero en el fondo no nos sentimos implicados. Son problemas de otros.


Como mucho, tendremos algún gesto de solidaridad, pero la economía doméstica anda bastante mal como sentirnos implicados.
Vemos pasar ante nuestros ojos los aspectos más dramáticos de la vida, pero rara vez escuchamos clamor doloroso de la vida.
Mejor dar medio paso al costado para que no nos toque demasiado.

Jesús de Nazaret tenía una sensibilidad especial para percibir los signos más insignificantes de la vida de cada día.

Al anunciar la llegada del Reino de Dios lo hacía a través de parábolas tomadas de la vida cotidiana, de las experiencias comunes de sus paisanos en su relación con la naturaleza y las personas con las que convivían.

Usaba un lenguaje sencillo, al alcance de todos los que le escuchaban.
Durante los primeros siglos los cristianos usaban ese mismo lenguaje. Eran un grupo pequeño, perseguido y marginado.

El cambio de lenguaje

Terminada la persecución, reconocidos por el Imperio, pensaron que había que cambiar de lenguaje para parecerse a las demás religiones.
El cambio de lenguaje llevó a quienes tenían “autoridad” a cambiar su actitud. Aquello que había dicho el Nazareno: “el que quiera ser el primero que sea el servidor de todos”, cayó en el olvido.

Como reacción frente al autoritarismo surgió en la Iglesia la vida religiosa, era un intento de volver a la experiencia originaria del Evangelio.

Pero con el paso del tiempo, también los religiosos se convirtieron en una “clase” dentro de la Iglesia, en este caso más que la autoridad el centro estaba en un estilo de “espiritualidad”.

Al margen de todo ese proceso quedaron los laicos: aquellos que no pertenecían ni al clero ni a la vida religiosa. Una marginación de la que aún hoy seguimos siendo esclavos a pesar de los intentos por superara las diferencias.

Los laicos no tenían autoridad en la Iglesia: ésta quedó en manos del clero. Tampoco se pensó en la posibilidad de una espiritualidad laical: la espiritualidad era cosa de los religiosos.

Una visión negativa de la vida

El modelo de cómo el común de los cristianos debían vivir su vida cristiana fue una copia (menos exigente en algunos aspectos) de la vida religiosa.

En la tradición monástica se había impuesto el hacer cada noche el “examen de conciencia”. Terminado el día, los monjes tenían que analizar cuáles habían sido sus pecados ese día, era impensable que pasaran un día sin pecar.

Ese modelo se pasó a la espiritualidad de los laicos: no podían pasar un día sin pecar.Cada noche antes de dormir debían hacer su examen de conciencia y pedir perdón, no fuera a ser me murieran esa noche y se condenaran.

Se partía de una visión negativa de la persona, y que cada uno tomara conciencia de sus errores o pecados, les permitía a las autoridades de la Iglesia seguir manejando la conciencia de las personas.

Dialoga rcon la vida

Frente a esa mentalidad, que ya existía en el pueblo judío, Jesús invitó a sus contemporáneos a un diálogo abierto con la vida: llegaron algunos que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Les respondió Jesús: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo. O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé matándolos, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo» (Lc 13, 1-5).

Jesús rompe con la visión negativa de la vida


Dialogar con la vida significa reconocer lo bueno que nos pasa, alegrarnos y gozar con ello. Reconocer lo negativo que vivimos, aceptarlo si no podemos cambiarlo o modificarlo si está en nuestras manos. En todo caso no asistir pasivamente al camino de nuestra existencia.

Sin duda encontraremos más cosas positivas, a veces tapadas por el sufrimiento de lo negativo. El no dejar pasar por alto lo bueno que nos sucede a diario nos ayudará a tener un diálogo –con frecuencia doloroso- con la vida donde encontraremos fuerza y esperanza para seguir luchando y buscar la felicidad.

Hagamos cada noche nuestro examen de conciencia. Pero preguntémonos: ¿qué he vivido de bueno, gozoso y feliz hoy?
Nos ayudará a crecer.

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domingo, 15 de mayo de 2011

En misión compartida: superando el modelo carismático y eclesio-céntrico (2ª parte)


Publicado por Vida Religiosa

Habría un nuevo sentido de “misión compartida”, en la cual lo que más resalta no es lo carismático y peculiar del instituto, sino la “misión eclesial” en cuanto tal, o incluso la “misión”.
La misión, así entendida nos supera a todos. Nadie tiene el monopolio de ella. Por lo tanto, nadie se arroga el poder de permitir a otro compartir la misión. Todos la comparten en clave de igualdad, pero desde funciones y carismas diferentes.
Es obvio que no actúa en la misión de la misma forma el presbítero que el laico, el religioso que pertenece a una comunidad que la persona casada que pertenece a una familia o el soltero. Es claro que en esta última acepción, la “misión compartida” no tiene un predeterminado color carismático: no es jesuítica, ni salesiana, ni claretiana. Ese tono carismático puede estar dentro pero diluido con otros tonos. Nadie puede imponer una identidad carismática. Diríamos que ahí la misión tiene una identidad carismática “compleja”, no única.
De aquí surgen algunas preguntas:
¿estarán los institutos de vida consagrada dispuestos a diluir de esta forma su aportación carismática a la misión de la iglesia?
¿Sería eficaz y práctico un modelo así de misión compartida?
¿No llevaría a la anarquía y a la disolución a la corta o a la larga?
¿No será mejor una distribución de tareas, de competencias, y mantener el modelo uni-carismático de misión compartida, en lugar del modelo católico de misión compartida?
Más allá del modelo carismático: hacia la misión eclesial compartida
Para el modelo católico la misión no es monopolio de ningún grupo en la iglesia. Se rige por el principio conciliar: “Est in Ecclesia unitas missionis, pluralitas autem ministerii (“Hay en la Iglesia unidad de misión, pero pluralidad de ministerio)” (AA, 2). Si en la iglesia la misión es una sola y lo que es plural son los servicios y ministerios a través de los cuales, la misión se realiza en cada tiempo y lugar, entonces no podemos ni debemos hablar únicamente de misión compartida en sentido carismático, sino sobre todo en sentido católico. Por lo tanto, es inadecuado hablar de la misión que llevan adelante los agustinos, o los carmelitas, o los presbíteros diocesanos, o los obispos, o las religiosas de clausura, o los laicos comprometidos. La misión es una sola. La llevamos adelante todos, todos los bautizados, todas las iglesias particulares, la iglesia universal.
Jesús no nos confió diversas misiones. El Señor Resucitado nos confió una sola misión, una gran Misión, en la que habríamos de participar todos los que creamos en Él a través de los siglos y de los espacios.
Por lo tanto, que nadie, ni persona, ni grupo, hable de “su” misión. Lo único de lo que está autorizado a hablar con verdad es de su forma peculiar de colaborar y servir a la única misión de la Iglesia. Y, para que esto sea así, se hace necesario integrarse en el cuerpo eclesial, compartir con todos la única misión. Cada creyente, cada grupo, aporta su propio don, su peculiar servicio, sus carismas y ministerios.
Más allá del modelo católico: hacia la misión ecuménica, misión del Reino de Dios
Podríamos dar un paso más adelante y preguntarnos: ¿tiene la iglesia católica el monopolio de la misión? Esta pregunta es especialmente importante en este tiempo en que la humanidad es cada vez más consciente de su misión a través de múltiples recursos, grupos, culturas, religiones y naciones. El panorama mundial es plural desde muchísimas perspectivas.
El tema de la única misión nos confronta ineludiblemente con el ecumenismo interconfesional e interreligioso. Con toda verdad, debemos decir, afirmar, que la única misión de la iglesia no se confunde con la misión de la iglesia católica, sino con la misión de la Iglesia en sus diversas denominaciones. Entendernos y sentirnos como “hermanos” los miembros de todas las confesiones cristianas es un gran paso hacia la consecución de la misión única. La única misión de la Iglesia no es ecuménica, sino que debe partir del ecumenismo: “que sean uno para que el mundo crea”.
¿Se diferencia nuestra misión radicalmente de la misión que las grandes religiones quieren realizar en este mundo?
¿Y qué decir de tantos hombres y mujeres de buena voluntad que, o bien se han alejado de la fe cristiana o religiosa, o que viven en el indiferentismo religioso, en el agnosticismo o en el ateísmo?
¿Están todas estas personas, a veces grandes pensadores, artistas, políticos etc. al margen de la misión?
Algunos teólogos, yo creo que con gran acierto, han dicho que hay algo más profundo y amplio que la misión de la iglesia o eclesiástica y es la misión del Reino de Dios. En esa misión participan y se sienten llamados a participar todos los hombres y mujeres de buena voluntad. La misión del Reino de Dios es única; pero se realiza a través de múltiples servicios y ministerios; es sagrada y secular, escatológica e histórica, trascendente e inmanente.
Esta es la misión que el Abbá creador confió al ser humano, a los seres humanos, desde el inicio de la creación del Mundo. Esta es la misión relanzada por Jesús de Nazaret, el Hijo del Dios Creador, al inaugurar el Reino y al morir en sacrificio por la llegada e instauración del Reino y enviar el Espíritu a la tierra, a toda la tierra, a toda carne.
Si esto es así ¿tiene la iglesia o las iglesias el monopolio de la misión? ¿No es la misión algo mucho más fundante y amplio? ¿No será “el movimiento de los pueblos, de los grupos proféticos de cualquier tipo, hacia el reino de Dios, tal como Michael Amaladoss lo describe? “Misión compartida” significa, entonces participar del movimiento de los pueblos hacia el Reino de Dios y colaborar con hombres y mujeres de buena voluntad –desde el propio don- en todo aquello que sea necesario para acelerar el movimiento o sostenerlo.
En ese movimiento conjunto cada grupos, cada ser humano, cada religión, cada confesión cristiana, la Iglesia católica y dentro de ella cada grupo carismático, aporta el don que le ha sido concedido. A nosotros, los cristianos nos ha sido concedido el don de un Revelación, destinada a todos los seres humanos, nos ha sido concedido la conciencia y la vivencia de la Alianza definitiva de Dios con la humanidad, en Cristo Jesús y en el Espíritu, que por desgracia todavía muchos seres humanos desconocen y, por lo tanto, no actualizan en su vida. Por eso, nosotros, como Iglesia, queremos entrar en la gran red de la única misión para ofrecer humildemente pero también con la gran convicción de nuestra fe y esperanza y amor, el gran don que nos ha sido concedido para que sea gratuitamente compartido por todos.

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martes, 10 de mayo de 2011

No somos tan distintos como pensabamos

Publicado por Antena Misionera

Vivimos en un mundo cada vez más difícil de entender. La velocidad de las informaciones que nos llegan no nos dan tiempo a pensar, a crear una opinión propia.
Asumimos la opinión de otros, por afinidad afectiva o ideológica. No nos dan tiempo para pensar lo que pasa en nuestro mundo. Nos convierten en espectadores.


Leía hace unos días una frase de Dolores Aleixandre que en pocas palabras era capaz de resumir el drama de nuestro mundo, decía así: “vivimos en un mundo que se divide entre los que comen y los que son comidos”. La frase es dura, pero no deja de reflejar una situación real.
Los países ricos hemos vivido a base en engullir las riquezas naturales, a las personas con formación profesional y a la mano de obra barata de los países pobres. A cambio les dábamos unas migajas de pan para que no protestaran mucho y numerosas armas para que crearan sus conflictos. De todo ello salíamos ganando y de paso nos dejaban tranquilos.

El abismo entre países pobres y países ricos ha ido creciendo y me temo que seguirá haciéndolo. Pero los hechos –desgraciadamente dolorosos- nos llevan a replantear la relación mundial.

El drama de Japón nos ha venido a recordar que no somos tan distintos, que la riqueza no nos deja al margen del sufrimiento, la muerte y el dolor.

El sistema de crecimiento que hemos creado puede derrumbarse de la noche a la mañana, de forma no esperada, haciendo temblar no sólo la tierra, sino también las bases de nuestro desarrollo.

Intentamos crecer y vivir mejor llevando a la naturaleza a puntos extremos. Y la naturaleza reacciona.

En este caso la Madre Naturaleza ha reaccionado con terremotos y Tsunamis devastadores. Se llevaban por delante no sólo lo que habíamos construido o creado, sino también un impresionante número de vidas humanas.

Pero también reaccionó la “Suegra Tecnología” y empezaron las explosiones de las centrales nucleares cuyas consecuencias siguen siendo imprevisible a la hora es escribir estas líneas.
La acción de la Naturaleza escapa a nuestras manos, la reacción de la Tecnología –que sin duda tendrá otros efectos a más largo plazo- es fruto de nuestro afán por aumentar el grado de bienestar de nuestras sociedades hasta límites inimaginables.

Caímos en la tentación de no pensar que todo tiene su precio y en algún momento la realidad nos pasaría su factura.

Hemos querido crear un mundo a dos velocidades. Había que retrasar el desarrollo de los pobres para acelerar el desarrollo de los ricos. Pueblos pobres y pueblos ricos son como dos “placas tectónicas” que en determinados chocan y, como en Japón provocan destrucción.

¿Seguiremos creando un mundo de muerte y destrucción? La única solución está en crear un mundo solidario donde cada día haya menos dolor, menos sufrimiento, menos muertes prematuras.

No estaría de más revisar nuestro modelo y ritmo de desarrollo… y hacer que sea más humano para todos los pueblos de la tierra. Corremos el riesgo de que la Naturaleza y la Tecnología nos coman a todos.


J. Altavista

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miércoles, 4 de mayo de 2011

La gratuidad de la misión


Por Bernardo Baldeón
Publicado por Antena Misionera

Hace unos días volvía a una ciudad a la que no había ido hace bastantes años.
Buscaba una calle, sabía en qué zona estaba, allí dirigí mis pasos, pero llegado al lugar era incapaz de encontrar la calle.

Di vueltas y vueltas sin resultado. Así que cansado de buscar por mi cuenta pregunté a la primera persona que encontré: “Perdone, usted sabe dónde está la calle…”
La respuesta me sorprendió: “No está lejos, ¿si quiere le acompaño?” Evidentemente acepté. Recorrimos más de 1 kilómetro, mientras charlábamos de distintos temas, hasta que me dejó al inicio de la calle.

Cuando le quise dar las gracias… no me las aceptó. Me dijo: “es lo mínimo que podía hacer”.
A la noche pensando en lo que me había pasado, recordé la experiencia de un misionero en una isla de Oceanía que publicamos en las páginas de esta revista hace más de 20 años.
El misionero contaba que llevaba años en su misión. Sentía con dolor que casi nadie hiciera caso al mensaje que él llevaba.

Convocó a las comunidades de su misión y les soltó una reflexión consecuencia de su frustración.

Era algo así: “Yo dejé mi país, mi cultura, mi nivel de vida para compartir mi fe y mi vida con ustedes. Sin embargo ustedes, erre que erre, siguen con sus tradiciones y no me hacen caso”.
Uno de los ancianos le respondió: “Perdone, pero ninguno de nosotros le pedimos que viniera aquí. Fue su decisión. Los resultados, o lo que usted sienta, no son responsabilidad nuestra. Si la opción fue suya, asuma las consecuencias”.

Comentaba el misionero que se quedó sin palabras. Y aprendió una gran lección.
No tenía derecho a exigir o pedir algo a cambio de su opción.

La acción misionera de la Iglesia ha de ser totalmente gratuita. Como gratuita es la acción de Dios a favor de los hombres.

En tiempos en que la misión de la Iglesia se está replanteando su forma de actuar, la gratuidad es uno de los valores esenciales a recuperar.

La Pascua nos recuerda la gratuidad de Dios al enviar a su Hijo, la gratuidad de su Hijo al dar la vida por amor a la humanidad.

Pero en nuestra sociedad lo gratuito ha perdido todo su valor. Nos mueven valores económicos y comerciales: te doy, me das…

Actuar pensando “te doy sin esperar nada a cambio”, rara vez se encuentra.

Sin embargo ésa es la lógica del Evangelio y la lógica de la misión: te doy lo que soy y lo que tengo sin importarme cuál sea tu respuesta.

Quisiera que tu respuesta fuera positiva, porque de esa manera tú serías más feliz. Pero lo que te ofrezco no depende de tu respuesta, es la expresión natural de mi amor incondicional.

En la misión debemos recuperar ese sentido de gratuidad. Y si en nuestras relaciones personales, familiares y sociales lo recuperásemos, sin duda todos saldríamos ganando.

Hay quienes siguen identificando la misión con la ayuda a los pobres (y lo es), pero los valores que encierra la misión nos ayudan a nosotros a vivir de forma más humana nuestra existencia de cada día. Vivir desde la gratuidad, sin duda nos haría más felices.

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lunes, 25 de abril de 2011

Escuchar más allá del eco


Publicado por Antena Misionera

Todo lo que nos dicen y escuchamos provoca un “eco emocional” en nosotros.

De hecho dos personas distintas, en momentos distintos nos pueden decir la misma cosa y pueden producir en nosotros reacciones totalmente opuestas. Lo que dijo uno en un momento concreto lo podemos aceptar positivamente; lo mismo, dicho por otra personas en otro momento nos puede producir un rechazo absoluto.

Sin duda cuenta el cómo valoramos y la credibilidad que damos a cada persona. Pero el mensaje es el mismo. Lo que en el fondo determina la aceptación o el rechazo es el momento, somos nosotros mismos, es nuestro estado de ánimo, nuestra capacidad de escuchar de forma objetiva.

Cuentan que un hombre llegó a la conclusión de que vivía muy condicionado tanto por los halagos como por la aceptación de los demás, como por sus críticas o rechazos. Dispuesto a afrontar la situación, visitó a un sabio. Éste, oída la situación, le dijo:

- Vas a hacer, sin formular preguntas, exactamente lo que te ordene. Ahora mismo irás al cementerio y pasarás varias horas vertiendo halagos a los muertos; después vuelve.

El hombre obedeció y marchó al cementerio, donde llevó a cabo lo ordenado.
Cuando regresó, el sabio le preguntó:

- ¿Qué te han contestado los muertos?
- Nada, señor; ¿cómo van a responder si están muertos?
- Pues ahora regresarás al cementerio de nuevo e insultarás gravemente a los muertos durante horas.
Completada la orden, volvió ante el sabio, que lo interrogó:
- ¿Qué te han contestado los muertos ahora?
- Tampoco ha contestado en esta ocasión; ¿cómo podrían hacerlo?, ¡están muertos!
- Como esos muertos has de ser tú. Si no hay nadie que reciba los halagos o los insultos, ¿cómo podrían éstos afectarte?

Sólo desde la libertad se escucha
Cuando nos convertimos en “esclavos” de la imagen y cómo nos ven los demás resulta difícil escuchar.

Mientras otro habla, en vez de escuchar estamos pendientes de cuándo podremos hablar nosotros y de qué argumentos usar. Poco nos importa lo que diga el otro. El objetivo es salir ganando.

Mientras vamos preparando nuestra respuesta nos perdemos la riqueza que puede encerrar la aportación del otro.

Sólo saltarán nuestras alertas cuando nos sintamos alagados o criticados. Los argumentos que pueda aportar para defender su punto de vista, poco o nada nos interesan.

No es que tengamos que ser como muertos, pero la preocupación de lo que opinan de nosotros nos hace perder la libertad para asumir lo que hay de positivo en otras formas de pensar. Nos cerramos a la escucha.

La escucha exige ser coherentes
Es curioso comprobar cómo en un diálogo o en una reunión te encuentras con personas que en un momento dado defienden una opinión y minutos más tarde ponen toda su capacidad de razonamiento para defender exactamente lo contrario.

Quien siempre pretende “llevarse el gato al agua” y que su postura sea la que prevalezca, ni siquiera se da cuenta de las contradicciones en las que cae. No tiene problema en contradecirse a sí mismo. Lo único importante es ganar la discusión.

La capacidad de escucha no sólo pasa por la apertura a lo que el otro dice, sino también por la coherencia con lo que nosotros pensamos.

La coherencia no es una “defensa numantina” de nuestras ideas. Hay que estar abiertos a cambiar de opinión, pero sin traicionar lo que pensamos simplemente para salir “vencedores” en el diálogo.

Hay muertos y muertos
Volviendo al relato del principio hay distintos tipos de muertos. Aquellos a los que no les afecta lo que digan, porque encerrados en su egoísmo les da igual todo (viven encerrados en sus tumbas). Y aquellos que han llegado a ese grado de libertad donde el prestigio personal, o la pérdida del prestigio, no les hace cambiar su opinión. Su preocupación no es qué lugar ocupan en la estructura familiar, en la estructura empresarial, social o religiosa.

La fidelidad a sí mismo está por encima del prestigio y la imagen. Sólo desde ahí se puede establecer un diálogo fructífero.

De hecho, Jesús de Nazaret, una vez que pasó por la muerte… y superó la muerte, entra en diálogo con todas las culturas y religiones. Tiene algo original que aportar a todos y su figura se va enriqueciendo con las aportaciones que vienen de otras tradiciones.

Una Iglesia que no sea capaz de pasar por la experiencia de la muerte (del martirio) es difícil que pueda aportar algo a una humanidad que en medio del sufrimiento busca una vida más humana.

“El que intente guardar su vida la perderá, el que la pierda la ganará”. Extrañas palabras dichas por Jesús. Lo cierto es que una Iglesia que busque defenderse está perdida, una Iglesia dispuesta a morir en la escucha se convertirá en misionera y evangelizadora.


Por Ernesto Duque

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WebJCP | Abril 2007