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lunes, 18 de abril de 2011

El altar al Dios desconocido

«Hoy día da la impresión de que las cosas han vuelto al punto en que las encontró el infatigable viajero Pablo de Tarso cuando, al acercarse a Atenas, divisó el altar del dios desconocido e interpretó, con razón, que el trono estaba vacío. Ninguna fuerza crea valores de ilusión, acaso con la excepción de la codicia; pero la codicia, por sí sola, únicamente reproduce el baile alrededor del Becerro de Oro al ritmo de un frenético presente continuo».

En el desconcierto de nuestros días siempre resurge la misma duda: ¿estamos ante un nuevo Renacimiento o ante una nueva Edad Oscura? Los más pesimistas no tienen dudas con respecto a la inminencia de un tiempo tenebroso, y ven en signos e indicios el anuncio inminente de la catástrofe, en tanto que los más optimistas -o simplemente menos pesimistas- se tranquilizan presagiando una era dorada, gracias especialmente a la ciencia y a la técnica. Lo cierto es que hay argumentos para reivindicar ambas posiciones, y quizá esto sea lo propio de cada época y de cada presente: la ambigüedad extrema del futuro y la imposibilidad de formular profecías, a no ser que uno se ampare en doctrinas religiosas o ideológicas, que siempre tienen una perspectiva visionaria del porvenir.

Bajo la advocación de un dios -fuera este de la religión o de la ideología-, el hombre se atreve al pronóstico porque la doctrina que abraza necesariamente le reclama un futuro mejor, cuando menos a largo plazo (el cristianismo ofrecía la salvación; el comunismo dibujaba la igualdad; la Ilustración se consolaba de las penurias del presente con promesas de libertad y progreso). El problema surge cuando el dios está ausente, y el altar vacío. Cuando los templos, también laicos, están deshabitados, como sucede en nuestros días, el pronóstico se hace imposible. ¿A qué juego vamos a apostar si ni siquiera sabemos las reglas del juego? Cuando el altar está vacío podemos, como máximo, adorar a los ídolos del presente -en los estadios, por ejemplo, o en los festejos lúdicos-, pero nos representa una gran temeridad, o nos produce una insoportable pereza, ir más allá de esto. Y esta indolencia, esta apatía, para bien o para mal, nos deja indiferentes ante lo que pueda suceder en un futuro siempre demasiado lejano y con escasas ilusiones de intervención en su modelaje.

Si nos interesara el pasado -que tampoco nos interesa demasiado, en estricta simetría con nuestro desinterés por el porvenir- descubriríamos hasta qué punto es decisivo el tipo de dios que ocupará el altar vacío. Porque de lo que no hay duda es de que siempre hay un dios desconocido que acaba ocupando el trono de los viejos dioses.

Hace 2.000 años Pablo de Tarso vio esto con una claridad difícil de superar. Entre sus muchos méritos el mayor era la capacidad de observación, fruto de su extraordinaria energía nómada. San Pablo, como todo observador lúcido de un mundo en transición, sabía que las ideas y los mitos circulaban con las caravanas y se discutían en las tabernas y posadas del camino. No hubo caminante capaz de competir con Pablo de Tarso, de quien se calcula que entre la conversión al cristianismo, cuando se dirigía a Damasco, y su martirio en Roma recorrió 30.000 kilómetros. De la Arabia profunda a Macedonia, de Corintio a Roma, y según alguna leyenda también a España. Viajaba casi siempre a pie, solo o con algún discípulo, a un promedio de 30 kilómetros por día.

San Pablo, hombre de convicciones firmes, no era un gran orador, pero al parecer, con su actitud y su fe, tenía una enorme capacidad de persuasión. Se impuso en las ciudades de Oriente Medio y Asia Menor. Sin embargo, tuvo grandes dificultades en Atenas. Konstantino Kavafis, en un precioso poema, ha evocado el enfrentamiento entre el predicador cristiano y los filósofos atenienses. Aunque Atenas era ya tan solo una pequeña ciudad de provincias del Imperio Romano seguía contando con potentes escuelas estoicas, epicúreas y cínicas. Los filósofos, grandes argumentadores, desarmaban al infatigable Pablo.

Hasta que este tuvo una ocurrencia genial: recordó haber visto, a las afueras de la ciudad, el altar al dios desconocido. En realidad, en la antigua Grecia, este tipo de altares no eran insólitos y en ellos se conmemoraba a los dioses sin nombre propio, un poco como en nuestra Fiesta de Todos los Santos o en nuestra Tumba al Soldado Desconocido. Pero Pablo se agarró a lo que le pareció una oportunidad y explicó que él, precisamente, anunciaba la venida de aquel dios desconocido. La estratagema surgió, al parecer, cierto efecto entre los oyentes y, aunque san Pablo abandonó Atenas sin el predicamento obtenido en otras ciudades, había logrado colocar la piedra angular del edificio en construcción. El altar estaba vacío pero pronto se llenaría con un nuevo dios que despertaría el entusiasmo de las multitudes.

Antes que Kavafis, otro poeta, Giacomo Leopardi, se había preguntado cómo una doctrina del talante de la cristiana, mucho menos sofisticada que la clásica, había terminado por imponerse en todo el Imperio Romano, y cómo fervorosos pero poco avezados predicadores, encabezados por Pablo de Tarso, habían desplazado a maestros de la palabra y del discurso de la talla de los filósofos griegos.

La respuesta la da el propio Leopardi: este mundo -el de los filósofos griegos-, pese a su decadencia imparable, era todavía brillante pero carecía de lo que el poeta italiano califica como valores de ilusión. En otras palabras, estaba falto de fuerza en medio de su exquisitez. Era un mundo sin ilusión, sin mística, la refinada sombra de una grandeza perdida. No estaba en condiciones de hacer frente a una invasión espiritual entusiasta.

Por el contrario, al mundo predicado por san Pablo, tosco en muchos aspectos, le sobraba entusiasmo y era capaz de ofrecer a la multitud el espejismo de la salvación. Tenía valores de ilusión, tenía fuerza: podía hacerse con el altar del dios desconocido. Lo ocuparía durante los 2.000 años siguientes, si bien en una parte de este periodo tuvo que compartirlo con otras ideologías que se presentaron como nuevos dioses. Las utopías sociales o ilustradas, por ejemplo.

Hoy día da la impresión de que las cosas han vuelto al punto en que las encontró el infatigable viajero Pablo de Tarso cuando, al acercarse a Atenas, divisó el altar del dios desconocido e interpretó, con razón, que el trono estaba vacío. Ninguna fuerza crea valores de ilusión, acaso con la excepción de la codicia; pero la codicia, por sí sola, únicamente reproduce el baile alrededor del Becerro de Oro al ritmo de un frenético presente continuo.

En el horizonte, aparentemente, no hay pretendientes capaces de ocupar el altar vacío. Podría suceder que el altar ya se hubiera quedado vacío para siempre y que nos hayamos adentrado en una humanidad ajena a las ilusiones, por apatía, por escarmiento o por sano escepticismo.

Sin embargo, también es posible -y probable- que ahora mismo, a pesar de nuestra ignorancia al respecto, se esté incubando el nuevo aspirante a ocupar el altar del dios desconocido. Y que de la naturaleza de ese dios dependa que nos encaminemos a una Edad Oscura o pongamos rumbo hacia un Renacimiento.

Rafael Argullol
Artículo publicado en el diario El País, el sábado 16 de abril de 2011.

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martes, 21 de julio de 2009

Oremos con San Pablo


La lectura paulina del domingo (19-07-2009) adquiere una viva actualidad para nosotros. Les ofrezco mi oración con el deseo de que cada uno la prolongue personalmente.
Ahora estáis en Cristo Jesús. Él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, derribando con su carne el muro que los separaba: el odio.
…Reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, al odio.
Vino y trajo la noticia de la paz… (Ef. 2,13-18)

Ahora veo crecer el odio. Ahora la paz se aleja. Ahora crece la desigualdad. Ahora la injusticia se envalentona. Ahora el pecado paga en muerte… Ahora estoy en Cristo Jesús. Ahora él es de nuestra carne. Ahora se alza su cruz. Ahora resuena su noticia de la paz.

Ahora, aquí, sé que el reino de Dios no es cuestión de palabras, sino de eficacia. Ahora, aquí, sé que lo del reino se manifiesta en una vida recta, alegre y pacífica que procede del Espíritu Santo. Ahora, aquí, sé que debo discernir para quedarme con lo bueno y evitar toda clase mal porque ahora, aquí, nuestro Señor Jesucristo nos concede la victoria.

Ahora, por Cristo Jesús, reconozco que no hay más camino para derribar el odio que el de su carne solidaria, redentora; que sólo desde el vaciarme y pasar por uno de tantos puedo hacer posible que nazca nueva humanidad; que sólo desde su pobreza nace la alegría y la paz.
Ahora, crucificado con Cristo Jesús, confieso que la sabiduría del mundo es necedad ante Dios y que andar presumiendo de quien no pasan de ser seres humanos o poner la confianza eterna en textos o personas pasajeras es camino de muerte.

Ahora, en Cristo Jesús, estoy en paz y puedo experimentar el poder de su resurrección y compartir sus padecimientos y conformar mi muerte con la suya para dar muerte al odio y esperar, impaciente, al único Salvador.

P. Fernando Ibáñez

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lunes, 29 de junio de 2009

San Pablo y San Pedro / Finalización año paulino / Altercados que hacen Iglesia


Finaliza hoy el año paulino comenzado el 29 de junio de 2008, y convocado por el Papa Benedicto XVI. Finaliza, justamente, con la celebración litúrgica de San Pedro y San Pablo, en recuerdo vívido y litúrgico de dos columnas de la Iglesia. La tradición que cada año se remonta a ellos, suele hacer una distinción clara, pero demasiado simplista, titulando a Pedro como el apóstol de los judíos y a Pablo como el apóstol de los gentiles, separando políticamente una tarea evangelizadora que, en la realidad práctica, fue mucho más complicada y con menos límites precisos de lo que nos parece hoy. Una clave para introducirnos a esta situación es un fragmento de la Carta a los Gálatas, escrita por Pablo, donde se narra el altercado de Antioquía:

Mas, cuando vino Cefas a Antioquía, me enfrenté con él cara a cara, porque era censurable. Pues antes que llegaran algunos de parte de Santiago, comía en compañía de los gentiles; pero una vez que aquéllos llegaron, empezó a evitarlos y apartarse de ellos por miedo a los circuncisos. (Gal. 2, 11-12)

Para hacer un panorama rápido, constatemos lo siguiente: Santiago es la autoridad máxima de la Iglesia de Jerusalén, considerada por mucho tiempo la Iglesia Madre, por estar ubicada geográficamente en el sitio de la muerte de Jesús. La visión de esta comunidad, su teología, es judeo-cristiana, apegada aún al Templo y las legislaciones judías de pureza de las comidas y respeto del sábado, por ejemplo. En paralelo, en Antioquía, existía otra comunidad cristiana pujante, con una teología o visión un tanto distinta de Jerusalén, más heleno-cristiana si se quiere, en clave de ruptura y superación del Templo, la pureza de las comidas y el sábado. La referencia en la cita superior a Cefas (Pedro), que viene a Antioquía, es probablemente porque ha abandonado su actividad comenzada en Jerusalén y, ciertamente, se ha instalado en Antioquía. En la teología judeo-cristiana, sigue siendo signo de impureza compartir la mesa con paganos; en la teología heleno-cristiana, esas leyes de pureza son obsoletas, y todos pueden compartir la misma mesa. Cefas (Pedro) entiende esta mesa compartida e, instalado en Antioquía, come con paganos tranquilamente. El altercado surge cuando Santiago, desde Jerusalén, envía delegados a Antioquía, quienes incomodan a Pedro y, por miedo a ellos, deja de compartir la mesa, rechazando por cobardía esta nueva teología que había asimilado.

Pablo se lo dice claramente: es censurable. Pedro no actúa ni siquiera por convicción, sino por miedo. Los enviados de Santiago lo intimidan, y prefiere simular por un tiempo, comiendo separado de los paganos, antes que hacerse cargo de esta teología que lo ha convencido, pero por la que no está dispuesto a jugarse. Para Pablo, esa actitud de Pedro era una burla, una falta de respeto, y un rechazo del Evangelio, que implica un Reino donde todos son iguales y la mesa es la misma. El problema era mucho más que una costumbre alimenticia; estaba en disputa la Iglesia, la forma de entenderla, la sustancia de la Buena Noticia.

Pablo estaba convencido de su teología, convencido de la universalidad eclesial, y bajo ese convencimiento se enfrentó con Pedro. Pablo no había sido unos de los Doce, no había conocido físicamente al Jesús de Palestina, no lo había escuchado en su prédicas de Galilea o Judea. Pedro sí. Pedro había hablado con Él, lo había confesado Mesías e Hijo de Dios, lo había negado, había visto su tumba vacía e inclusive lo vio resucitado. Pero nada de eso le impidió ser cobarde, tener miedo de los enviados de Santiago. No fue un altercado menor. Fue una discusión sobre la Iglesia, sobre la salvación, sobre el Evangelio. Pablo se tomó la libertad de reprender la actitud, esa libertad que viene de Cristo. Se tomó la libertad de reprender a uno de los Doce, porque entendió que la autoridad para decir las cosas es mucho más que una investidura; la autoridad la da el mismo Evangelio del Reino, que siendo proclamado por grandes reyes o por humildes paisanos, mientras sea Evangelio, es Verdad.

Hoy finalizamos el año paulino, hoy recordamos a Pedro y a Pablo, hoy recordamos el altercado de Antioquía. Debería esto plantearnos el tema de la libertad para hablar, para cuestionar, para debatir. Deberíamos meditar nuestra libertad en Cristo, y nuestra mirada sobre la Iglesia. Hay muchas cuestiones y preguntas para hacernos hoy, muchas vías para actualizar el problema que relata Gálatas con nuestra Iglesia actual. Enumerando exhaustivamente nos quedaremos cortos. Pero valga el intento de soñar con una mesa donde los judíos y los paganos actuales se sientan tranquilos, sin observadores externos, donde Pedro se queda compartiendo la comida sin cobardía, donde no es necesaria la reprimenda de Pablo. Valga el intento de soñar con una Iglesia en comunión, sin miradas teológicas tan opuestas, pero tampoco con miradas teológicas uniformes. Una Iglesia donde Pedro y Pablo tengan igual cabida, donde todos nos sintamos libres de decir y defender el Evangelio, donde no haya censores o vigilantes de Santiago. Una Iglesia donde es posible hacerse preguntas:
a) ¿Cuál es nuestra libertad en Cristo? ¿Cuál es la libertad que tenemos los cristianos para decir lo que pensamos? ¿A dónde están los vigilantes actuales de Santiago?
b) ¿Es nuestra Iglesia una mesa compartida entre puros e impuros? ¿Qué tipo de comunidades fomentamos? ¿Encerradas en templos, leyes de pureza e instituciones rígidas? ¿O más bien en contacto con el mundo, quitando el estigma de aquello que es considerado intocable?
c) ¿Nos permitimos los altercados? ¿O creemos que es mejor callar, dejar pasar, para no escandalizar? ¿Qué le pasa hoy a los Pablos que se animan a censurar actitudes equívocas? ¿Dónde están los Pedro que, por cobardía, abandonan la mesa compartida?

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Y a tí, ¿Ya te tiró del caballo?

Publicado por Esquila Misional

En la actualidad, como en otras épocas de crisis, es común que los seres humanos centren su visión del mundo según sus propias creencias o status quo. Esta posición nos puede llevar a perseguir opositores, como lo hizo el joven Saulo, hasta que: ¡se cayó del caballo!


¿No te ha pasado que durante una charla familiar o con amistades, alguien con «ciertos» valores éticos, políticos, culturales o religiosos, cree firmemente que, «con todo y crisis, el mundo está bien»; sobre todo si a esa persona «le va bien» económica y socialmente? Pero ¿te ha tocado experimentar cuando a «ese alguien» (incluso tú o yo) a quien «la vida le sonríe», es «tirado del caballo», como vulgarmente decimos cuando se presenta un problema, y haciendo alusión al instante en que Jesús se manifiesta ante Saulo de Tarso y lo deja parcialmente ciego y, al parecer, sin esperanza y sin su «gran futuro»?

A este punto, muchos de ustedes, supersticiosamente, ya estarán «tocando madera» para que «nadie» los «tire». Si Jesús «tiró del caballo» a una persona tan «preparada y estable» como Pablo, ¿por qué creer que si «caemos» es para derribar nuestro prominente futuro; un momento para perder la fe y la esperanza? Hoy, a este tipo de «caídas», algunos estudiosos las llaman: «áreas de oportunidad», es decir, un problema que se presenta, se supera, y casi siempre se aprende algo nuevo de él. ¿Por qué no aprender de esta gran «área de oportunidad» que es Jesús para salir de la ceguera de nuestras comodidades y trabajar por un mundo más justo e igualitario como lo hizo san Pablo?

En tiempos de Pablo, había muchas crisis en «el mundo»; él era un hombre perteneciente a tres culturas: la judía, la romana y la griega; y ante su propia «caída», medita lo acontecido, aprende sobre Jesús y sale adelante. Es como si un policía de nacionalidad norteamericana, pero de ascendencia mexicana persiguiera hoy migrantes y de repente, los defendiera...

Actualmente creemos que somos la única sociedad en crisis (y vaya que la globalidad las ha hecho muy extensas e intensas), y frente a nuestras «caídas», en lugar de entenderlas como una misión que nos pide Jesús, nos deprimimos en el «¿por qué a mí?». Parece como si para los católicos que somos «tirados del caballo», Jesús fuera un «mal», y que en lugar de entender las caídas como «nuevas misiones», nos encerramos en nuestras «doctrinas» para combatir duramente a los «opositores», incluyendo padres, hermanos, hijos o amigos...

Culpamos a otros o a los sistemas económicos, cuando en realidad, como personas «sostenemos y reproducimos» los esquemas actuales «porque, a la mala, pero funcionan»; somos igual de injustos al momento de compartir «lo nuestro» con los demás. Quizá algunos de nosotros pensemos que nada cambiará; otros, cómodamente desde nuestra pasiva cristiandad, sólo nos limitaremos a «orar» por el mundo, sin envolvernos en esa «atrevida radicalidad paulina». La «visualización de nuevas estructuras» es la enseñanza que deja esta caída y ceguera temporal de Pablo dentro de su propia «crisis global».

Parece que hemos mordido el anzuelo publicitario de que «si alguien “cae” o es pobre, es por su culpa», porque no aprendió de sus «áreas de oportunidad», ¿por qué como cristianos no nos comprometemos, con todos nuestros valores multiculturales y globales, con los más pobres y perseguidos, aunque sean «opositores»?, ¿necesitamos que nos tiren del caballo?, ¿hemos visualizado e implementado nuevas estructuras para hacer un mundo más justo?

Más allá de las crisis, Pablo «vivió en Jesús», esto lo llevó a entender que ese «nuevo orden radical y espiritual», cambiaba incluso la «economía comunitaria»; una sólida propuesta financiera basada en «compartir con el que sufre», un proyecto del amor de Dios. ¿para alguien más se puede vivir? No nos deprimamos, construyamos la esperanza, alegrémonos en el Señor. ¡Cambiemos de canal!, porque ni las crisis ni los sistemas ni las epidemias... «podrán separarnos del amor de Cristo», ¿por qué nos avergüenza testimoniar esto?

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domingo, 28 de junio de 2009

La Santa Sede celebra el final del Año Paulino como un paso adelante por la unidad de los cristianos.


El Papa ha enviado delegados a Tierra Santa, Damasco, Tarso, Chipre, Atenas, Malta y Líbano para reforzar lazos con otras iglesias

Un "nuevo estímulo para la Evangelización" y una nueva "exigencia" de las Iglesias Ortodoxas y otras muchas comunidades Cristianas por la recomposición de la unidad de los cristianos". Es el balance del cardenal Andrea Cordero Lanza di Montezemolo, arcipreste de la basílica papal de San Pablo Extramuros, en la clausura hoy del Año Paulino. Con ese motivo, recordó Montezemolo, "el Santo Padre ha enviado siete delegaciones pontificias, presididas por un cardenal, a los siete lugares particularmente ligados con el apóstol: Tierra Santa, Damasco, Tarso, Chipre, Atenas, Malta y Líbano".

El cardenal recordó que el Año Paulino nació como un "año temático", con dos motivos fundamentales: "dar a conocer mejor y meditar el riquísimo mensaje del Apóstol de las Gentes en sus escritos que, a menudo son difíciles y poco conocidos o interpretados mal" y "desarrollar varios programas de dimensión ecuménica, o sea poner en marcha cada vez más con las Comunidades Cristianas no católicas todos los eventos de oración, estudio y cultura que se pueden llevar a cabo juntos mejor que solos".

Montezemolo recordó que a lo largo del Año Paulino, inaugurado por el Papa el 28 de junio de 2008, la basílica ha acogido decenas de miles de peregrinos. "Baste pensar que sólo en la jornada del 1 de mayo se registró una afluencia de 18.000 personas y estas últimas semanas han venido más de diez mil cada día".

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sábado, 27 de junio de 2009

29 de Junio de 2009: San Pedro y San Pablo. Transformado por un Encuentro

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29 de Junio de 2009: San Pedro y San Pablo. De la mano de San Pablo

Publicado por Ecclesia Digital

Coincidiendo con la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, hace un año se inauguraba el Jubileo del Año Paulino, convocado por Benedicto XVI con motivo del dos mil aniversario del nacimiento del “Apóstol de los gentiles”. Llegado el momento de su clausura, damos gracias a Dios porque, pasados estos doce meses, nos hemos familiarizado más con la vida y el legado espiritual de San Pablo, cuyas Cartas escuchamos con tanta asiduidad en las Eucaristías dominicales.

A lo largo de este año, se ha realizado un notable esfuerzo a distintos niveles, para dar a conocer su figura y su doctrina: homilías dominicales, publicación de biografías, conferencias divulgativas, congresos académicos, cursillos formativos sobre sus diversas Cartas, peregrinaciones tras las huellas de San Pablo por la llamada Ruta Paulina, películas, etc. De una forma especial, cabe destacar las veinte catequesis impartidas por el Papa, en los habituales encuentros que mantiene los miércoles con los peregrinos que acuden a Roma. La editorial de la Conferencia Episcopal Española (Edice), ha publicado estas bellísimas y profundas catequesis en un libro titulado Aprender de San Pablo, que bien pudiera servirnos para dejar grabado en nosotros el legado de este Año Paulino que ahora finaliza. Mención aparte merece la incorporación de las iglesias ortodoxas a este Jubileo convocado por el Papa, tal y como anunció el Patriarca Ecuménico de Constantinopla, Bartolomé I.

Sólo los enamorados enamoran

La fuerza de San Pablo nace de su profunda experiencia interior: "Vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Ga 2, 20). Fundado en la conciencia de saberse amado incondicionalmente por Cristo, Pablo vive con radicalidad los consejos evangélicos: “Por mi parte, muy gustosamente me daré y me desgastaré totalmente por vosotros” (2 Co 12, 15). La consecuencia lógica de todo esto es que la figura de Pablo “arrastró” en su tiempo –y lo sigue haciendo en el presente- a muchísimas personas, al seguimiento de Cristo: “Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo” (1 Co 11, 1).

He aquí una de las intuiciones que más ha sido subrayada en este Año Paulino que llega a su fin: La Nueva Evangelización sólo podrá ser acometida con éxito por quienes estén “enamorados de Cristo”. Las características del momento en que vivimos acentúan más, si cabe, esta convicción. La secularización interna de la Iglesia se caracteriza por un estilo de vida relajada, “alérgico” a cualquier sacrificio y renuncia, que se expresa con un discurso plano, en el que sólo se desarrollan los puntos de consenso con la cultura dominante. La experiencia nos demuestra que por este camino, todos los proyectos pastorales están condenados a la esterilidad.

San Pablo no buscó gratuitamente conflictos, pero tampoco los rehuyó cuando se presentaron. Nunca cedió a la tentación de procurar una falsa armonía con su entorno, sino que “combatió” decididamente con la espada de la palabra. En su ministerio apostólico no faltaron incomprensiones y disputas, tal y como él mismo reconoce: "Tuvimos la valentía de predicaros el Evangelio de Dios entre frecuentes luchas... Como sabéis, nunca nos presentamos con palabras aduladoras" (1 Ts 2, 2. 5).

Sin embargo, no podemos olvidar que la clave del ministerio de San Pablo no está en su espíritu combativo; sino que, más bien hemos de decir que, la clave del espíritu combativo de Pablo se explica por su “encuentro” con el Resucitado: “Todo lo juzgo como pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús. Por Él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo” (Flp 3, 8). Lo que motiva a San Pablo es el hecho de ser amado por Cristo, de donde se deriva un celo apostólico inagotable. El espíritu de lucha que muestra el Apóstol de los gentiles en sus Cartas, así como su capacidad de sufrimiento, es proporcional a su amor por Cristo.

La sabiduría de la cruz, cumbre del amor

La vida de San Pablo es un ejemplo práctico del mensaje evangélico que nos introduce en la sabiduría de la cruz: “Nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para nosotros (…), fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1 Co 11, 23). Aunque pueda parecer paradójico, la cruz es “sabiduría” para los judíos, porque revela el auténtico rostro de Dios, que el Antiguo Testamento sólo había podido mostrar parcialmente. Al mismo tiempo, la cruz es “sabiduría” frente a la filosofía griega, demasiado segura de sí misma y de su lógica.

Gracias a Jesucristo, la cruz se ha convertido en la llave humilde que nos abre al misterio de la gracia divina. Así lo ha experimentado San Pablo a lo largo de toda su vida: “«Te basta mi gracia, porque mi fuerza se manifiesta en la flaqueza». Por tanto, con sumo gusto seguiré gloriándome en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo (…) porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Co 12, 10).

Este es el regalo que nos da San Pablo como conclusión de su Año Jubilar: la sabiduría de la cruz, reveladora del amor. La cruz es el camino que certifica y autentifica el amor… ¡No te tengamos miedo a la cruz, porque sería tanto como tenerle miedo al amor! Es imposible acercarse a la figura de San Pablo sin recibir una invitación a la conversión. ¡Glorifiquemos a Dios por la vida de Saulo de Tarso, testigo del amor apasionado de Dios por cada uno de nosotros y de la respuesta ardiente de quienes se dejan alcanzar por la llamada divina!

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martes, 23 de junio de 2009

El apóstol San Pablo, genial teólogo e intrépido misionero

Por José Barros Guede
Publicado por Ecclesia Digital

Ante la clausura del Año Jubilar del nacimiento bimilenario del apóstol Pablo, heraldo enamorado y apasionado de Cristo, genial teólogo e intrépido misionero, celebrada el próximo día 28 de este mes junio, quiero expresarle mi más profunda admiración y rendirle mi mayor homenaje de afecto, estima y consideración por su enérgica y valiente personalidad, por sus geniales enseñanzas y por sus viajes apostólicos de intrépido misionero en medio de unas circunstancias difíciles y adversas dentro y fuera de la primitiva Iglesia cristiana.

Pablo nace entre los años 7 al 10 de la era cristiana, en Tarso, entonces una hermosa, culta y próspera colonia griega. Sus padres eran ricos comerciantes judíos de la secta fariseo, de habla y ascendencia aramea, quienes le imponen el nombre hebreo de Saúl, en griego Saulo. Le educan en su religión judía de carácter fariseo y en la cultura helenista. Obtiene el oficio de tejedor de telas y consigue el “jus civitatis romani” (el derecho de ciudadanía romana).

A los quince años, sus padres le envían a Jerusalén para que estudie la religión judía en la escuela del sabio rabí Gamaliel, convirtiéndose en un fanático judío persiguiendo a los discípulos de Jesús y participando en la muerte de Esteban, primer mártir cristiano, por hablar contra el Templo y contra la Ley Mosaica.

Enfurecido, pide cartas de recomendación para perseguir a los cristianos en Damasco y llevarlos atados a Jerusalén. Por el camino, una luz lo derriba del caballo y se le aparece Jesús resucitado que le dice: “yo soy a quien tú persigues”. Llegado a Damasco, le visita Ananías manifestándole: “el Señor que te apareció en el camino, me envía para que recobres la vista y recibas el Espíritu Santo”. Desde entonces, Pablo “se convierte en el mayor defensor suyo”, como enseña Don Quijote. Pequeño de estatura y débil de salud, pero todo un líder religioso y un gran dialéctico que utilizaba las antítesis Dios-mundo, pecado-justicia, cuerpo-alma, hombre viejo-hombre nuevo, espíritu-letra, y sus conclusiones iban de menos a más.

Era un hombre de pensamiento con genial discurso y con una intrépida acción misionera conquistadora y propagandística que brotaba de su enérgica personalidad que no se arredraba ante nadie ni ante nada. Tenía un alma fuerte, atrevida, entusiasta e independiente con un temperamento de jefe, con una voluntad de hierro, con un carácter apasionado y polémico que movía al amor o al odio, con un corazón lleno de ternura y compasión que despertaba fuerte atracción y guía en los demás,

Pablo es un genial teólogo, o como enseña Don Quijote “el doctor de las gentes, a quien sirvieron de escuela los cielos y de catedrático y maestro el mismo Jesucristo”. Ciertamente, es el fundador de la teología cristiana sistematizada y expresada divinamente en sus cartas, escritas por su mano o dictadas a Timoteo o Lucas, llenas de unción, ternura y encanto que respiran salvación divina y amor humano por toas partes.

Sus catorce cartas contienen geniales enseñanzas sobre la existencia de Dios, el origen y remisión del pecado en el mundo, la salvación del ser humano por medio de Cristo Jesús, la resurrección de los muertos y la vida eterna; y hermosas doctrinas sobre la caridad, el amor, los sacramentos, los dones del Espiritu Santo, el matrimonio, el trabajo, la Iglesia y el sacerdocio

En su famoso discurso a los atenienses que adoraban al Dios desconocido, les manifiesta: “pasando por vuestras calles y mirando vuestros sagrados objetos, he hallado un altar en el cual había escrito al Dios desconocido. Pues bien, de Él vengo hablaros y dároslo a conocer. Ese Dios desconocido es el que ha hecho el cielo y la tierra y todo lo que contiene. Es el Señor del cielo y de la tierra, que no habita en los templos ni necesita nada, puesto que a todos nos la vida, el aliento y cuanto existe, y en él vivimos, nos movemos, existimos y somos”.

Pablo no conoció al Cristo histórico, al que muchos judíos cristianos, sobre todo, de Jerusalén, le seguían como a un gran Profeta, pero conoció en el camino de Damasco al Cristo resucitado, Jesús de Nazaret, el Hijo unigénito de Dios Padre, que redime, salva, justifica y santifica al hombre. Desde entonces, se convierte en su heraldo enamorado y apasionado. Todas sus cartas tienen la misma finalidad: predicar y enseñar a “Cristo Jesús muerto y resucitado, escándalo para los judíos y necedad para los griegos, pero para los cristianos salvación eterna del ser humano”.

De este modo, el Pablo que siendo judío daba la vida por la Ley Mosaica, convertido cristiano escribe: “el hombre no se salva ni se justifica por la Ley Mosaica, sino por la fe en Cristo Jesús. Confiaba y le amaba tanto que dice: “mi vida es Cristo Jesús”, y “quien vive en mí, no soy yo, sino Cristo Jesús que vive en mí”.

Pablo creía firmemente en la resurrección de los muertos, cuya garantía es la resurrección de Jesús, el Cristo. A la pregunta, ¿cómo resucitarán los muertos?, solía responder con el ejemplo del grano de trigo que muere para renacer en la forma de tallo y dar fruto. Así, dice: “lo mismo ocurrirá con la resurrección de los muertos, cuyos cuerpos corruptibles y mortales se revistarán de incorruptibilidad y de inmortalidad”. Su expresión constante de origen sirio en sus labios era: “maran atha” (el Señor va a venir).

Para Pablo, la caridad y el amor es la ley suprema de la Iglesia y de todas las escuelas. Inspirado por el Espíritu Santo escribe una admirable página en la línea de los inmortales discursos de Jesús de Nazaret sobre el amor: “si yo tuviera lenguas de hombres y de ángeles, el don de la profecía, toda la fe que traspasase las montañas y conociera todos los misterios, si no tengo caridad o amor nada soy y nada me aprovecha”.

Define la caridad y el amor diciendo: “es paciente, benigno, no es envidioso, no obra precipitadamente, ni se ensoberbece, no es ambicioso, no busca su provecho, no es iracundo, no piensa mal, no goza en la iniquidad sino en la verdad, todo lo sobrelleva, todo lo crea, todo lo espera y todo lo soporta”. Continúa: “la caridad o el amor nunca termina, aunque se acaben las profecías, cesen las lenguas y se destruya la ciencia; ahora permanecen en este mundo tres cosas, fe, esperanza y caridad, pero la mayor es la caridad o amor que es lo único que permanece en la vida eterna”.

Pablo era un nato trabajador y buen obrero. Criticaba enérgicamente la pereza y la ociosidad, y repetía constantemente “el no trabaja no coma”. Procuraba no ser gravoso a las comunidades cristianas que visitaba y fundaba. Su práctica constante, salvo excepciones, era subsistir y vivir de su oficio y trabajo de tapicero. Para él, la Iglesia era la asociación de buenos obreros, joviales y contentos que creen, esperan y aman entrañablemente a Cristo Jesús, como su tabla de salvación.

Para Pablo, el bautismo cristiano borra los pecados personales, infunde el Espiritu santo e incorpora a la Iglesia. La Eucaristía es Cuerpo y la Sangre de Cristo Jesús que da como alimento espiritual a los miembros de la Iglesia, su cuerpo místico, junto con los poderes de Dios Padre y los dones del Espíritu Santo para servicio de la humanidad. El matrimonio es la unión de un hombre y de una mujer, simbolizados en la unión entre Cristo y su Iglesia; y el sacerdocio es un servicio sacramental a la comunidad eclesial.

Pablo fue un intrépido misionero o como dice Don Quijote: “un incansable trabajador en la viña del Señor”, padeciendo y sufriendo muchas fatigas, trabajos, vigilias, hambre, sed, frío, desnudez, naufragios, azotes, pedradas y peligros de muerte por la fe cristiana. En este sentido, escribe: “cinco veces los judíos me han aplicado treinta y nueve azotes con cuerdas, tres veces he sido apaleado, una vez apedreado, he naufragado tres veces, he tenido peligros sin número en el mar, en los ríos, en el desierto, en la ciudad y en todas partes por parte de los judíos y de los falsos hermanos”.

Los apóstoles Pedro, Santiago Alfeo, hermano del Señor y muchos cristianos judíos de la diáspora eran partidarios de la circuncisión judía como requisito previo para ser bautizado y ser cristiano, a lo que Pablo se oponía, y los religiosos judíos no aceptaban su discurso y predicación contra la Ley Mosaica.

Pablo inicia sus tres viajes apostólicos de misionero trepidante, en el año 45, partiendo de Jerusalén, trabajando de telonero para obtener los recursos materiales necesarios para afrontar sus gastos. En su primer viaje que dura del año 45 al 49, recorre Chipre, Asia Menor, Pamfilia, Pisidia, Licoania, Derbe, Antioquia de Pisidia, Iconio, Listres y Antioquia regresando a Jerusalén.

En su segundo viaje, que dura del año 50 al 53, visita las comunidades cristianas creadas por él en Asia Menor y Galacia, recorre Filipo de Macedonia, Tesalónica, Atenas y Corinto, Éfeso y Antioquia regresando a Jerusalén. En su tercer viaje, que dura desde el año 53 al 58, vuelve a Éfeso, Grecia, Corinto, llega a las orillas del Adriático, retrocede a las islas de Mitilene, Chíos, Samos y Rodas y Siria regresando a Jerusalén.

Pablo, apenas llegaba a una ciudad, se informaba si había cristianos en dicho lugar. Se alojaba en su casa, trabajaba por su oficio de telonero y esperaba llegase el sábado para ir a la sinagoga. Como era una persona instruida, el jefe le invitaba a dirigir unas palabras sobre la Ley Mosaica y los Profetas a los asistentes.

Entonces, Pablo aprovechaba la ocasión para hablarles de Cristo Jesús, como fundador de una religión nueva, llamada cristiana, nacida en Israel para salvación del pueblo judío y de todas las gentes. Ello les producía asombro y desconcierto. Los jefes de las sinagogas al ver que algunos judíos se convertían al Cristianismo, empleaban toda la violencia contra él, utilizando castigos vergonzosos que las normas judías ordenaban a los heréticos o bien le denunciaban a las autoridades políticas para que fuese apaleado o excusado del país o ciudad.

Quizás el número de judíos y gentiles convertidos por el apóstol Pablo en sus viajes de intrépido misionero o trabajador incansable de la viña del Señor no pasasen de mil personas, pero este pequeño número de fieles fue la fuerza indestructible y la semilla cristiana que fructificaría en millones de cristianos por todo el mundo a través de los siglos y de la historia.

Pablo sintiendo próxima su muerte y como inmediata despedida de esta vida, escribe conjurando con instancia a su discípulo Timoteo: “predica la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con paciencia y doctrina; porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que arrastrados por sus propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades, apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas”.

Continúa: “tú, en cambio pórtate en todo con prudencia, soporta los sufrimientos, realiza la función de evangelizador, desempeña a la perfección tu ministerio, porque yo estoy apunto de ser inmolado y mi partida es inminente. Competí en noble competición y he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe; y desde hora me aguarda la corona de justicia que aquel día me entregará el Señor, el justo juez, y no solo a mi, sino a todos aquellos que hallan esperado su manifestación”.

Según afirma una antigua tradición, el 28 o 29 de junio del año 67, muere ejecutado a espada en el camino de Ostia, conforme a un privilegio que se concedía a los ciudadanos romanos, ordenado por el loco emperador Nerón en su persecución contra los cristianos, a quienes culpó maliciosamente del incendio de Roma.

Tácito escribe en sus Anales: “según un rumor siniestro, el emperador Nerón había incendiado la ciudad de Roma y para disipar esta creencia y culpar a otros, martirizándolos, acusó a los cristianos”. Pedro fue crucificado, el mismo día o un día después, con la cabeza hacia abajo, pues había pedido a sus verdugos serlo de este modo recordando humildemente la crucifixión de su divino maestro, Jesús Nazareno

En el segundo siglo apenas se hablaba Pablo por medio a sus enemigos, pero en los siglos III, IV y V su memoria renace y crece grandemente, considerándolo como el doctor por excelencia, el fundador de la teología cristiana y el inspirador de los grandes concilios, en los cuales se establecen casi todos los dogmas y doctrinas de fe cristiana.

En la Edad Media, sobre todo en Occidente, su memoria y doctrina no dice nada a los pueblos bárbaros y sufre un olvido fuera de Roma. Queda eclipsado por san Pedro, a quien sus millones de devotos le dedican miles de catedrales y templos por todas partes. Pablo, apenas se le recuerda, sin embargo es el inspirador de san Agustín y de santo Tomás de Aquino.

La Reforma protestante y la Contrarreforma de la Iglesia Católica, en la Edad Moderna, restablecen sus enseñanzas, su doctrina, autoridad y gloria. Desde entonces, el nombre del apóstol Pablo está por todos lados y por todas partes en las lecturas litúrgicas eclesiales, en las homilías, predicaciones, publicaciones, libros y en la boca de cristianos y no cristianos, de creyentes y ateos o agnósticos.

¡La memoria de su enérgica personalidad, de su genial y divina doctrina y de intrépido ejemplo de misionero permanece vivamente en todos los fieles cristianos, siendo fuente de vida y salvación!


José Barros Guede. - A Coruña, junio de 2009

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martes, 16 de junio de 2009

Pablo de Tarso: Discípulo y Misionero


Publicado por Esquila Misional

Llegamos al final del «año paulino» proclamado así por el papa Benedicto XVI con motivo del segundo milenio del nacimiento de san Pablo. Mucho se ha escrito y hablado sobre este singular personaje, pero aquí sólo recordaremos algunas etapas de su vida y buscaremos evidenciar lo que pueda ayudarnos a renovar nuestro compromiso misionero.

Iniciamos con algunas preguntas: Al concluir el «año paulino», ¿con qué me quedo?, ¿me he dejado cuestionar por Pablo en su radical seguimiento de Cristo y en su entrega incondicional a sus hermanos?, ¿se ha removido en mi corazón y en mi comunidad la urgencia misionera para evangelizar a los más pobres, a los más alejados y a los que todavía no conocen a Jesucristo?

Un hombre «a carta cabal»

Lo que más me llama la atención de Pablo es su humanidad tan exuberante de cualidades y límites. Ciudadano romano de nacimiento (cf He 22,28), nació en Tarso de Cilicia, alrededor del año 8 dC. Recibió el nombre judío de «Saulo» y también el latino de «Paulus». En casa, hablaba hebreo y arameo; y afuera, en la ciudad, griego. Su familia lo educó en la Ley de Moisés como judío de estricta observancia. En cambio, el ambiente social que respiró fue helénico cosmopolita, lleno de nuevas ideas. Así el futuro misionero se formó en tres culturas diferentes: judía, romana y griega. Pablo aprendió a fabricar tiendas con lana ruda de cabra o fibra de lino. Más tarde, él mismo nos cuenta: «De nadie he codiciado plata, oro o vestidos. Miren mis manos, con ellas he conseguido lo necesario para mí y para mis compañeros» (He 20,33-34).

El joven Pablo siente una especial devoción por el estudio de la Torá: «Estaba más apegado a la religión judía que muchos compatriotas de mi edad y defendía con mayor fanatismo las tradiciones de mis padres» (Gal 1,14). Por ese motivo viaja a Jerusalén, para ponerse bajo la guía del más apreciado rabino, Gamaliel, «El Viejo». Orgulloso de las tradiciones de sus ancestros declara: «Nací de la raza de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo e hijo de hebreos, y fui circuncidado a los ocho días. ¿Observaba yo la Ley? Por supuesto, pues era fariseo, y convencido, como lo demostré persiguiendo a la Iglesia, y en cuanto a ser justo según la Ley, fui un hombre irreprochable» (Fil 3,5-6).

Lo encontramos cuando se realiza el martirio de Esteban: «Entonces empezaron a gritar, se taparon los oídos y todos a una se lanzaron contra él... Los testigos habían dejado sus ropas a los pies de un joven llamado Saulo» (He 7,57-58). Guiado por sus convicciones religiosas y su carácter férreo, pronto se transforma en perseguidor de los cristianos: «Saulo no desistía de su rabia, proyectando violencias y muerte contra los discípulos del Señor. Se presentó al sumo sacerdote y le pidió poderes escritos para las sinagogas de Damasco, pues quería detener a cuantos seguidores del Camino encontrara, hombres y mujeres, y llevarlos presos a Jerusalén» (He 9,1-2).

Encuentro personal con Jesucristo vivo
El encuentro de Pablo con Cristo por el camino de Damasco es el punto central de su vida: queda polarizado por Jesucristo. «Lo envolvió de repente una luz que venía del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”. Preguntó él: “¿Quién eres tú, Señor?”. Él respondió: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (He 9,3-6).

Entonces Pablo se retira y pasa largos períodos en completo silencio y escucha de la Palabra: tres años en Arabia después de su conversión (cf Gal 1,17-19); cuatro años de reflexión en Tarso, después de su tormentosa predicación en Jerusalén; dos años de prisión en Cesarea antes de embarcarse hacia Roma, y finalmente los largos años de encarcelamiento domiciliario previos a su martirio.

La dimensión contemplativa de Pablo se basa en dos convicciones que sustentan toda su vida misionera: a) la certeza de haber sido llamado «directamente» por Cristo: «enviado no por los hombres ni por intervención de hombres, sino por Cristo Jesús y por Dios Padre que lo resucitó de entre los muertos» (Gal 1,1); y b) la certeza de haber encontrado el tesoro más valioso: «Al tener a Cristo consideré todas mis ventajas como cosas negativas. Más aún, todo lo considero al presente como peso muerto en comparación con eso tan extraordinario que es conocer a Cristo Jesús, mi Señor» (Fil 3,7-8).

En comunión con la Iglesia
La gracia de Dios no hace de Pablo una marioneta, sino lo invita a emprender un proceso de maduración. Para ello cuenta con la ayuda de personas pacientes que saben acompañarlo. La primera situación complicadísima que debe superar es: Por un lado, los cristianos lo miran con miedo, y por otro, los judíos lo consideran un traidor. Se encuentra así entre dos trincheras. Otra de las dificultades se la produjo su carácter fogoso que raya en intransigencia. Recién convertido se dirige al centro de Jerusalén para predicar sobre Jesucristo; lo hace con tal pasión que despierta la ira de quienes lo escuchan, logrando apenas escapar, arriesgando seriamente su vida.

Pablo vence estos obstáculos a través de un gran amor a la Iglesia. Comprende día tras día que la misión no le pertenece sino que es un don eclesial, que el diálogo sincero es la clave para la superación de los conflictos y, en particular, que lo más precioso es el cariño fraterno en la comunidad para manifestar así la verdad de la fe.

Pablo siempre sostiene la visión de una Iglesia como comunión de corazones. Esto lo demuestra, en primer lugar, en su respeto a Pedro y al colegio de apóstoles: «Santiago, Cefas y Juan reconocieron la gracia que Dios me ha concedido. Estos hombres, considerados pilares de la Iglesia, nos estrecharon la mano a mí y a Bernabé en señal de comunión: nosotros nos dirigiríamos a los paganos y ellos a los judíos» (Gal 2,9-10). La Iglesia que Pablo anhela es igualitaria (ni judío ni griego ni esclavo ni libre ni varón ni mujer) y, al mismo tiempo, cuidadosa de las distintas funciones de liderazgo, ministeriales y carismas.

Para Pablo la colaboración de todos es indispensable. Bernabé tiene el enorme mérito de creer en Pablo y sacarlo de su anonimato. En adelante, siempre lo vemos acompañado de otros discípulos: Marcos, Silas, Lucas, Tito, Timoteo y otros más. Y diversas mujeres que son claves para llevar adelante la evangelización: Priscila (mujer de Aquila), Lidia (vendedora de telas de púrpura), Febe (diaconisa de Cencreas), la madre de Rufo, Trifenia y Trifosa... Nunca se desliga de la comunidad de Antioquia, de la que se sabe actuar en su nombre y por su mandato.

Pablo ama entrañablemente a las comunidades por él fundadas: «Nos hicimos pequeños entre ustedes, imitando a la madre que juega con su criatura. Y era tal nuestra preocupación por ustedes, que estábamos dispuestos a darles no sólo el Evangelio, sino también nuestra propia vida» (1Te 2,7-8). En Mileto, ante la inminente despedida de Pablo, sucede una escena de intenso amor fraterno: «Entonces empezaron todos a llorar y le besaban abrazados a su cuello. Todos estaban muy afligidos porque les había dicho que no le volverían a ver» (He 20,37-38).

Viajes misioneros: Apertura «ad gentes»
Antioquia es donde por primera vez los discípulos de Cristo reciben el nombre de cristianos (cf He 11,26). Esa comunidad mandó en misión a Bernabé y Pablo. «Un día, el Espíritu Santo les dijo: “Sepárenme a Bernabé y a Saulo y envíenlos a realizar la misión para la que los he llamado”. Ayunaron e hicieron oraciones, les impusieron las manos y los enviaron» (He 13,2-3). Después de zarpar del puerto de Seléucida, atravesaron la isla de Chipre de Salamina a Pafos, de aquí llegaron a las costas del sur de Anatolia pasando por Atalia, Perge de Panfilia, Antioquia de Pisidia, Iconio, Listra y Derbe. Así nace la Iglesia de los paganos.

Por estas fechas se reúne el Concilio de los Apóstoles en Jerusalén (año 48 o 49) para dirimir una cuestión de suma importancia: se busca la necesaria autonomía de la Iglesia cristiana respecto al judaísmo, creyendo que la fe en Cristo es la causa de la salvación más que las obras de la Ley. Sobre este problema dependía el fundamento de la Iglesia universal.

El segundo viaje misionero lleva a Pablo hacia Siria y Cilicia (cf He 15,36–18,22). Nueve años que cambian el rostro de la Iglesia primitiva. Es el tiempo en que escribe la mayoría de sus 14 Epístolas. Desde Éfeso hasta Corinto. En Listra encuentra a Timoteo (hijo de una judía y un pagano), luego continúa a Frigia, Galacia y en Macedonia visita Filipos. Sigue Tesalónica y Atenas. En Triade, ve en sueños a un macedonio en la otra parte del mar, que le decía: «¡Ven a ayudarnos!» (cf He 16,9). Esta es la apertura misionera a otras fronteras culturales.

Su tercer viaje (cf He 18,23–21,16) comienza como siempre en Antioquia; se dirige a Frigia, Galacia, Éfeso (cf He 19,23-40). Da vuelta recorriendo sus antiguas misiones y se dirige hacia Jerusalén. Lleva consigo las limosnas recogidas para ayudar a la comunidad de Judea como importante signo de comunión eclesial.

Experiencia de la Cruz
Toda la misión de Pablo está marcada por el sufrimiento. Nos lo narra dramáticamente: «...Más por mis numerosas fatigas, más por el tiempo en cárcel, más por los golpes recibidos, muchas veces me encontré en peligro de muerte. Cinco veces fui condenado por los judíos a los 39 azotes, tres veces fui apaleado, una vez fui apedreado, tres veces naufragué y una vez pasé un día y una noche perdido en alta mar. Viajes frecuentes, peligros de ríos, peligros de bandidos, peligros por parte de mis compatriotas y por parte de los paganos, peligros en la ciudad y en lugares despoblados, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos. Trabajos y agotamiento, con noches sin dormir, con hambre y sed, con frío y sin abrigo...» (2Co 11,23-31).

Apenas llega a Jerusalén, llevando la colecta, los judíos se apoderan de él en el templo. Los soldados romanos lo protegen teniéndolo tres días en la fortaleza herodiana Torre Antonia. La condena a muerte es levantada gracias a la intervención del tribuno. Pablo apela al César y el procurador sucesivo, Porcio Festo, le envía a Roma custodiado militarmente. Tradiciones sucesivas hablan de una liberación, de que habría emprendido un viaje a España, así como un regreso a Asia Menor. Luego, un segundo arresto, otro encarcelamiento en Roma y, finalmente, su muerte.

A manera de epílogo: su martirio
Pablo es decapitado en Roma durante la persecución de Nerón. Tiene alrededor de 60 años de edad. Es posible que haya sido acusado por personas que bramaban de odio en contra de su predicación. Es martirizado en un lugar conocido como Aquae Silviae, pantano donde conducían a los prisioneros más detestables. Es sepultado junto a la Via Ostiense, donde hoy se levanta la basílica que honra su nombre.

Pablo de Tarso es el discípulo y misionero de Cristo que más destaca como faro de luz para aquellos que no pueden menos que gritar la buena noticia del amor de Dios a todos y por todos los rincones de la Tierra. Por eso, el papa Benedicto XVI resume así la vida de Pablo: «Vemos que su compromiso sólo se explica con un alma verdaderamente fascinada por la luz del Evangelio, enamorada de Cristo, un alma basada en una convicción profunda: es necesario llevar al mundo la luz de Cristo, anunciar el Evangelio a todos».

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lunes, 15 de junio de 2009

Id y proclamad

Por José Manuel Berruete, agustino recoleto
Parroquia Santa Rita, Madrid

El lenguaje es el vehículo mágico que nos permite acercarnos a los otros. En la tarea evangelizadora es necesario un lenguaje directo, claro y acomodado a los tiempos y lugares.

Pablo se dirigía a los cristianos de Corinto y les argumentaba: «Nosotros creemos y por eso hablamos» (2Cor 4, 13). El seguimiento del Evangelio es comunión con Jesús vivo y resucitado; y es comunicación misionera de su esperanza vivificante y resucitadora. Quienes nos confesamos creyentes sabemos que la barca de nuestra fe navega –con más preguntas abiertas que respuestas cerradas– en la superficie de las aguas profundas del misterio. Hablar de Dios a los compañeros de travesía vital no es un simple ejercicio piadoso de oratoria de a bordo. Tampoco se trata de una cuña publicitaria que se difunde religiosamente al amanecer, al mediodía y al atardecer por la red de megafonía del buque, desde la sala de máquinas hasta el puente de mando, pasando por los camarotes y la cubierta. Más bien, consiste en la transmisión de un fuego de sentido que nos enciende el corazón, nos ilumina la mirada, nos orienta los pasos y nos mueve las manos del cuerpo y del alma en dirección compasiva y solidaria.

El discurso supremo que Dios ha dirigido a toda la humanidad es una Palabra de carne y se llama Jesús de Nazaret. En Jesús su decir va siempre unido a su hacer. Anuncia y realiza, prescinde por completo de las locuciones con guión de monserga interminable y usa pocos conceptos y muchas imágenes, símbolos y metáforas. No suelta etéreas teorías sobre «las pigmentaciones del pagurus bernhardus (o sea, el cangrejo ermitaño) y sus semejanzas cromáticas con el arco iris dibujado en la bóveda celeste tras el Diluvio universal por los pinceles laboriosos del Dios Creador, según la literatura sagrada del Génesis». Jesús lanza al aire su voz a la vez que pone en juego sus entrañas y sus brazos para acoger a los proscritos y rehacer a los rotos por dentro y tronchados por fuera. Semejante proceder tiene una única finalidad: abrir de par en par las puertas de una vida nueva para todos aquellos que libremente acepten su invitación y entren en la corriente humanizadora de su Proyecto de las Bienaventuranzas.

El lenguaje de Jesús –pegado siempre al suelo concreto del vivir cotidiano– sugiere, atrae, inquieta, fascina, provoca, reanima, mueve a la decisión, transforma. Quizá no pueda decirse lo mismo de la gramática que empleamos buena parte de sus discípulos, tipos solemnes aquejados de aburrida obesidad conceptual y vacunados por nuestra acartonada madurez contra la frescura de esa lógica de la infancia que tanto alababa Jesús. El Principito de Antoine de Saint-Exupéry lo expresaba con cristalina sabiduría: «Las personas mayores son incapaces de comprender nada por sí solas, y es muy fastidioso para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones. Entienden mejor cuando se les habla de bridge, de golf, de política y de corbatas que cuando se les habla de la serpiente boa, de la selva virgen y de las estrellas».

En el hoy de aquí y ahora hay voceros de etiqueta cristiana que suenan como aquel remilgado pianista que ejecutaba melodías de rancio abolengo peliculero en el famoso programa televisivo Cine de barrio. Las partituras lo aguantan todo. Pero los espectadores no. La música del Evangelio no precisa sedas mohosas, requiere solfeos.

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jueves, 4 de junio de 2009

El Décimo Tercer Apóstol


Por Mons. Vittorino Girardi Stellin mccj
Publicado por Esquila Misional

Asomarse al «abismo de gracia» que es san Pablo, da vértigo. Él brilla como una «gran estrella» en la historia de la Iglesia. Así nos lo recuerda san Juan Crisóstomo, que lo exalta por encima de los Ángeles al afirmar que el «corazón de Pablo es el corazón de Cristo»; otros lo han llamado el «décimo tercer» apóstol, y alguien aún más atrevido, le ha dado el título de «primero después del Único».
Por su parte, Pablo, después de presentarse como el «aborto de Dios» (lCor 15,8), y a la vez como «prisionero de Cristo» (Flm 9), insiste en que él es «apóstol por voluntad de Dios» (1Cor 1,1). Esa es su tarjeta de presentación y aprovecha toda oportunidad para exhibirla. Según él mismo, posee todos los requisitos para que se le reconozca como apóstol. Se trata de exigencias que en Pablo se dan de modo paradigmático, pero que cualquier cristiano que se disponga a la noble aventura de ser un «enviado», un apóstol, debería poseer.

1. Pablo insiste en que es un verdadero apóstol, en nada inferior a los Doce ni al resto de los heraldos del Evangelio, porque él también ha visto al Señor resucitado. «¿No soy yo apóstol?», «¿acaso no he visto a Jesús, Señor nuestro?» (1Cor 9,1). En la carta a los Gálatas recuerda una vez más su experiencia transformadora en el camino a Damasco, y escribe: «cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo para que lo anunciara a los gentiles...» (1,15-16).

Un apóstol es un testigo, y debe dar testimonio de lo que él mismo ha visto y oído si quiere que su mensaje sea creíble. El verdadero testigo no se conforma con lo que sabe de oídas, da testimonio de lo que le ha impactado y de lo «acontecido» en su vida. Así lo resalta Benedicto XVI, en la encíclica Deus caritas est: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona que da un nuevo horizonte a la vida, y con ello, una orientación decisiva» (1).

2. En la carta a los Gálatas, Pablo escribe: «Hasta cuando yo vivo, vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (2,20). Todo lo que Pablo hace, sufre, goza, espera... se alimenta y sostiene por esta experiencia que es el centro de su existencia. Su fe es la respuesta a la vivencia de sentirse amado por Jesús de modo absolutamente personal. Jesús enfrenta a la muerte, y la muerte en cruz (Flp 2,8), no por algo impersonal, anónimo, sino por amor a él, y que en cuanto que resucitado y vivo, lo sigue amando, con un amor incondicional, absolutamente gratuito, infinito. Su fe consiste ante todo en haber sido sorprendido por el amor de Jesucristo, un amor que le asombra, que casi lo «trastorna», y lo transforma desde dentro. Su fe no es una teoría, una opinión acerca de Dios y del mundo; sino el impacto del amor de Dios sobre su corazón que le va exigiendo profesar su amor a Jesús, con quien se siente co-crucificado, co-resucitado, co-glorificado.

3. San Pablo, no sólo se siente «guiado por el Espíritu Santo» (Rom 8,14) sino como «atado» y prisionero suyo (He 22,22). No tiene proyecto propio: su vida de apóstol está puesta incondicionalmente a disposición de las mociones del Espíritu Santo. Los Apóstoles lo habían recibido en el Cenáculo en el que «perseveraban en oración, con María, la Madre del Señor». Desde entonces, cualquier heraldo del Evangelio, cualquier misionero, vive en la convicción de que el «protagonista de la misión» es el Espíritu Santo, un «soplo» que nos lleva lejos, que abre a la Iglesia y a cada comunidad a nuevos horizontes. El Espíritu Santo es el mismo amor dado y recibido en el corazón del Misterio Trinitario, y quien lo recibe, siente que no puede detenerse, ya que es propio del amor, romper fronteras, comunicarse.

El apóstol no sólo tiene al Espíritu Santo, sino que es capaz de darlo a otros. Y esto significa ante todo ser capaces de transformar corazones y la vida de los demás con el poder de la propia palabra y con el poder de la oración. Pablo rezaba muchísimo para sostener su apostolado. No hay carta en que no afirme que «reza sin cesar». Así, los dones que todo discípulo-misionero quiera participar a los demás, no se pueden comunicar con meras palabras, ya que son dones sobrenaturales que superan todo esfuerzo humano; sólo cabe pedirlos con la oración.

El camino nos queda señalado... Que el Señor nos conceda verlo, amarlo y tener a su Espíritu para advertir la urgencia de la misión, y hacer nuestro el grito de san Pablo: «¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1Cor 9,16).

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viernes, 6 de marzo de 2009

Vocación misionera de San Pablo

Por Heliodoro del Cerro
Misionero Paúl

Pablo, nacido hace ahora 2.000 años —Año Paulino— es el apóstol de los paganos. El camino recorrido por el misionero del Evangelio se contabiliza en unos 13.600 kilómetros. Son cifras impresionantes si se tienen presente los medios de transporte de la época. A pesar de todo, semejante proeza resulta incluso insignificante cuando se compara con el poder extraordinario de su personalidad y su enorme importancia histórica.
Esta relevancia histórica de Pablo ha hecho que algunos le consideren como el verdadero fundador del cristianismo. Pero tal consideración no se corresponde con la conciencia que Pablo tuvo de sí mismo ni con la historia de Jesús en relación con la Iglesia pagano-cristiana. Pablo se presentó siempre como servidor de Jesucristo y apóstol de su Señor. La Iglesia fue fundada en Pascua. Precedió a Pablo y éste fue, en un principio, su perseguidor. Ciertamente su impulso misionero contribuyó a que el cristianismo se estableciese fuera del territorio sirio-palestino y se enraizara en el mundo occidental: Malta, Chipre, Grecia, Turquía, Roma (¿España?).
El gran aporte de Pablo fue su visión estratégica de la predicación del Evangelio en el mundo conocido. Cuando se examinan con cuidado sus viajes descubrimos a un hombre dotado de un extraordinario talento para la ­irradiación del mensaje cristiano. Las ciudades que eligió para la predicación, la elección de colaboradores, la continuación de la obra tras sus primeros pasos, la búsqueda de nuevos objetivos ponen de manifiesto una mente verdaderamente privilegiada. En un par de décadas, Pablo dejó establecida una red de Iglesias que iban desde Asia Menor (Turquía) a España. Todo esto, junto con el legado de sus cartas y su propia personalidad, tuvo una gran influencia en la vida de la Iglesia, de la teología y de la cultura.
Los estudiosos se preguntan cómo fue posible que en tan poco tiempo se extendiese el mensaje de Jesús por todo el Imperio Romano e incluso fuera de sus fronteras. La respuesta es diversa según a quién se la preguntemos, pero si se la hacemos a un hombre de fe, a un hombre que se haya encontrado con Cristo, como Pablo, la respuesta es clara: esto es cosa de Dios.
Y asunto de Dios fue el llamar a Pablo a ser apóstol de Cristo. Dios tomó la iniciativa, como en toda conversión, y le salio al encuentro a la edad de 28 años, cuando iba camino de Damasco de Siria. Mientras iba hacia allá, de repente aparece una luz. Pablo cae y oye una voz: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” No hay caballo en la historia de la conversión de Pablo. Sólo hay una caída mucho más violenta que caer de un caballo. La caída en el camino de Damasco que hizo de la vida de Pablo un antes y un después de este hecho. La entrada de Cristo en su vida no fue pacífica, sino una tempestad violenta.
La Biblia usa las imágenes de caída, ceguera, aborto, lazo para describir lo que pasó. Estas imágenes hablan por sí mismas. Dejan transparentar algo de lo que Pablo vivió. Sugieren la ruptura que hubo. Revelan el fracaso del sistema en que vivía. !Apareció la “nada” de Pablo, de donde iba a nacer el “todo” de Dios! “Sin mí, no podéis hacer “nada”. “Todo lo puedo en aquel que me conforta”.
La experiencia en el camino a Damasco fue como un diamante que recibe la luz del sol y fracciona la luz en múltiples colores y revela las diferentes cualidades. El diamante es la experiencia de Jesús resucitado. Sus innumerables facetas refractan la luz y en ella se revelan las infinitas cualidades: experiencia de la fidelidad de Dios; experiencia de la victoria sobre la muerte; experiencia de la propia nada; experiencia de su pertenencia al pueblo de Dios; identificación mística; experiencia de la propia vocación y misión; experiencia de la pasión, muerte y resurrección con Cristo; experiencia profunda del amor gratuito de Dios. Ésta —la gratuidad— fue la marca en el camino de Damasco, que renovó por dentro su forma de relacionarse con Dios.
En adelante, aquella experiencia de la gratuidad del amor de Dios va a orientar la vida de Pablo y le va a sustentar en las crisis que le llegarán. Ella es la nueva fuente de espiritualidad, que hace brotar en su interior una poderosa energía; energía mucho más fuerte y más exigente que su voluntad anterior de practicar la ley y de conquistar la justificación (salvación). Así pues, al sentirse acogido y justificado por Dios, ya podía olvidarse de sí y de su propia justificación para pensar sólo en los demás y servirles a través de la práctica del amor “que es la plenitud de Ley”.
El servicio gigante de Pablo al evangelio —su obra misionera— en su tercer periodo de vida, que va desde los 41 a 56 años, sólo se puede valorar bien si consideramos al apóstol como un hombre de transición. Transición compleja y conflictiva: Del mundo judío al mundo griego. Del mundo rural al mundo urbano, del mundo más o menos armonioso y coherente del judaísmo al mundo conflictivo de las grandes ciudades del Imperio Romano; de las comunidades sueltas y casi sin organización, en Siria y en Palestina, a las comunidades organizadas en Asia Menor (Turquía) y en Europa; de una Iglesia cerrada, sólo de judíos convertidos, a una Iglesia abierta a todos los que aceptaban el Evangelio en su vida; del período de los apóstoles, a la Iglesia post-apostólica de la segunda generación de lideres que no habían conocido a Jesús personalmente.
De una Iglesia cuya liturgia, doctrina y disciplina venían en gran parte del judaísmo, a una Iglesia que comenzaba a elaborar y organizar su propia liturgia, doctrina y disciplina; de una religión relacionada con las sinagogas de la diáspora, socialmente mejor situadas, a una religión más relacionada con el pobre y trabajador de las periferias; de una religión que cultivaba el ideal de la clase dominante, a una religión que tenía el coraje de presentar un nuevo ideal de vida a los trabajadores: ocuparse de sus propias cosas y trabajar con sus propias manos, así no pasarán más necesidades de ningún tipo; de una religión donde la mujer a penas si tenía ningún papel, a una religión abierta a los ministerios de las mujeres-lideres, diaconisas; de una religión relacionada con un pueblo determinado, a una religión abierta a toda la humanidad.
¡La transición del antiguo modo al nuevo modo fue un parto doloroso! Nacer de nuevo asusta a quien ya tiene cierta edad —Nicodemo—. En sus trece años de vida itinerante, Pablo aprendió muchas cosas. La propia vida y los acontecimientos se volvieron fuente de un nuevo conocimiento sobre Dios y sobre su proyecto misionero.

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domingo, 25 de enero de 2009

Señor, enséñame tus caminos

III Domingo del T.O. - ciclo B
Por Angel Moreno

Hoy, al coincidir este domingo con el 25 de enero, conmemoración de la conversión de san Pablo, se da una coincidencia providencial. Las lecturas de la Liturgia llaman a la conversión desde dos extremos coincidentes en la transitoriedad o finitud, por una parte la llamada, un tanto apocalíptica: “¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!” “La representación de este mundo se acaba”. Por otra parte, el anuncio de la llegada del Reino: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios”. Por ambas razones se nos invita, a ejemplo de lo ninivitas, y como respuesta al Evangelio, a la conversión.

Si tenemos en cuenta la coincidencia con la fiesta paulina, el salmo resulta la súplica más adecuada: “Señor, enséñame tus caminos”. El recuerdo del camino de Damasco, en el que san Pablo se encontró con Jesús, momento en el que la vida del Apóstol cambió totalmente, nos ayuda y anima a descubrir el mejor sendero.

La conversión no debería hacerse por miedo, por escepticismo o desengaño. Dios ha hecho todo bueno. La vida es un don, los bienes de la tierra son mediaciones que ayudan a atravesar la existencia, la familia es una gracia. El Papa Benedicto XVI repite constantemente -lo vemos en su encíclica Deus caritas est y en sus catequesis- que la conversión es a una persona. El cristianismo no es una ideología, ni un código moral. Es un encuentro con Cristo de cada uno de los cristianos lo que afecta definitivamente su conducta. Esto les sucedió a los discípulos hermanos Simón y Andrés, y a Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo. Ellos dejaron las redes, las barcas y a su padre. Y a san Pablo.

La conversión tiene repercusiones efectivas en el comportamiento personal, en el uso de los bienes, en la solidaridad, en el despojo de aquello que merma la disponibilidad para el seguimiento. Un ejercicio concreto que se puede hacer, a la luz de la Palabra, es el de descubrir qué redes, ataduras, esclavitudes, dependencias o afectos detienen o merman el seguimiento de Jesús.

El texto del Evangelio ha cambiado la vida a amuchas personas. Una de las últimas vivencias que he conocido en el acompañamiento espiritual tiene que ver con este pasaje. Una joven, ahora consagrada, estaba enamorada de un joven, que también sentía la llamada del Señor; ambos gozaban el don de la amistad, al tiempo que sentían la vocación. Por razón de sus estudios debieron separarse. La joven, un día, leyendo el texto de Marcos, se dijo: “Debo dejar las redes, debo desprenderme de lo que me ata”, pensando en su afecto por el joven. Al mismo tiempo, recibió una carta de su amigo que le decía: “Siento que no tengo derecho a impedir que seas de Dios”. Hoy goza cada uno de la libertad del corazón en el seguimiento vocacional.

¿Cuáles son tus redes, tu barca, tu “padre”?
¿Cuáles son tus afectos, tus dependencias, tus esclavitudes?
¿Qué te hace ir como ciego por el camino?
¿En qué descubres mayor luz, mayor paz?
Sigue la senda luminosa con lealtad y cuenta siempre con la misericordia de Dios.

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sábado, 24 de enero de 2009

Primera Carta de Pablo a los Cristianos del Siglo XXI

Por Pedro José GÓMEZ SERRANO en Sal Terrae 96 (2008)
Publicado por Ciudad Redonda

«Queridos hermanos:
Os veo un tanto deprimidos por el declive del cristianismo en el Occidente desarrollado y el progresivo envejecimiento de vuestras Iglesias. Algo de este desaliento se percibe en vuestras publicaciones, acciones y asambleas, que deberían estar empapadas de la alegría del Resucitado. ¡Estad siempre alegres en el Señor! Comprendo vuestros sentimientos, porque yo también quería con locura a mis comunidades; pero creo que habéis perdido la perspectiva de las cosas. Dios es más grande que nosotros y es capaz de hacer brotar la vida y la energía de nuestra debilidad. Habita en el corazón de todos los seres humanos, aunque ellos no hayan caído aún en la cuenta.

Veo que no estáis acostumbrados como yo a vivir la fe en la intemperie, en minoría, sin presupuestos, teniendo que dar cada día razón de vuestra esperanza. Quizá esa falta de práctica había anquilosado o dado por segura una experiencia que siempre será frágil y que tiene algo de riesgo, apuesta, asombro, fuego, regalo... Veo que los nuevos tiempos os han pillado desentrenados, pero no penséis en absoluto que estáis abandonados de la mano de Dios.

No os escudéis en vuestra pobreza para no poner toda la carne en el asador a la hora de vivir y anunciar a Jesucristo –Dios se encuentra a gusto en ella–, ni justifiquéis vuestra pereza, vuestro conformismo o vuestro miedo, a la hora de afrontar la imprescindible renovación de la Iglesia, apelando a vuestra fidelidad. Preocupaos, más bien, de buscar nuevos caminos para impulsar la justicia en el mundo y la evangelización, sin esperar que todo el mundo los vaya a ver bien. La creatividad es el don que más debemos implorar al Espíritu.

Sin duda, los problemas podrán aumentar, y vuestra capacidad para afrontarlos podrá bloquearse en algún momento; pero a vosotros, como a mí, os basta con esta convicción: ¡Nada nos separará del amor de Dios! (Rm 8,35-39)».

Pedro José GÓMEZ SERRANO
Sal Terrae 96 (2008) 709-721

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viernes, 23 de enero de 2009

El cuarto viaje de San Pablo


Publicado por OMP España

En la primera jornada de su viaje, San Pablo va a visitar a Benedicto XV. Lo encuentra enfrascado en la preparación de un texto con el que quiere lanzar el primer gran llamamiento del siglo XX en favor de la causa misionera. Estamos en 1919 y el Papa confía en que, sobreponiéndose al abatimiento causado por la Primera Guerra Mundial, las mejores energías de cada cual contribuyan a construir “el siglo de las misiones”. Sin andarse por las ramas, el documento, la carta apostólica Maximum illud, va a comenzar con el “mandato misionero” del Señor: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a todas las naciones...”. La Iglesia es católica, es decir, universal, y por eso no es extraña a ningún pueblo, dice el Papa. ¡Qué bien le suena esto a San Pablo!

La llama se reaviva

En pocas páginas, el Pontífice quiere dar normas a los obispos, vicarios y prefectos apostólicos; aconsejar y animar a los misioneros; pedir a todos los fieles que colaboren en la misión de la Iglesia... Una de sus preocupaciones es cómo insistir a superiores de misiones y misioneros para que se olviden de particularismos y nacionalismos que les hagan parecer embajadores de su país antes que de Jesucristo. San Pablo le da las claves para persuadirlos: ellos son ministros de una religión abierta a la humanidad, “donde no hay distinción de gentil y judío [...] porque Cristo lo es todo en todos” (Col 3,11, en MI 48), de modo que hay que renunciar a exclusivismos “con tal que de cualquier modo Cristo sea anunciado” (Flp 1,18, en MI 26). Mientras Benedicto XV recoge convencido esas palabras, su ilustre visitante vuelve a ponerse en marcha.

Al Apóstol le alegra saber que su siguiente anfitrión, Pío XI, va a ser conocido como el “Papa de las misiones”. Sólo en este año de 1926 ya va a ganarse el título: va a establecer el Domingo Mundial de las Misiones —sí, nuestro DOMUND—, a consagrar a los primeros obispos chinos y a publicar el documento que ahora tiene entre manos: la encíclica Rerum Ecclesiae. El Papa explica a San Pablo sus propósitos: quiere poner de relieve los grandes y poderosos motivos para que se vuelquen en la misión todos los católicos y, con algunas obligaciones específicas, los obispos y sacerdotes; y, siguiendo a su predecesor, también desea ofrecer normas a los vicarios y prefectos apostólicos, entre otras cosas, para cuidar con mimo el tesoro del clero nativo.

San Pablo se sonríe cuando entrevé sus propias palabras en la confesión de que al Papa le es imposible dar descanso a su corazón (cf. 2Co 7,5, en RE 17) sabiendo la magnitud de la tarea misionera pendiente. Bien conoce él la hondura de ese sentimiento. Y cuando el Pontífice señala que hay que ponerse en marcha, impulsados por el amor a Dios y al prójimo, como el mejor modo de agradecer al Señor ese regalo que es la fe, el Apóstol no puede estar más de acuerdo: a Dios “nada le agrada tanto como el que los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad” (cf. 1Tm 2,4, en RE 19). Ahora es Pío XI el que se sonríe: precisamente ha recogido esa frase de San Pablo para explicarlo... Y con esa complicidad se despiden, porque el viaje continúa...

Dos corazones misioneros

... Y continúa con un salto de veinticinco años. En 1951 Pío XII va a ofrecer una encíclica encabezada por estas palabras: Evangelii praecones. O en román paladino, “los heraldos del Evangelio”, esos misioneros “que trabajan fatigosamente en inmensos campos de apostolado para que «la palabra de Dios se propague y sea glorificada» (2Ts 3,1)” (EP 1). Sí, nada más comenzar, una cita de San Pablo, huésped ahora de este Papa que, tras repasar el cuarto de siglo transcurrido desde Rerum Ecclesiae, quiere sentar unos principios de acción misionera. A las Iglesias locales y a todos los miembros de la Iglesia nos pide ser una retaguardia activa; a los evangelizadores de vanguardia, que se preparen a fondo y tengan bien presente esto: “El misionero no busca sus propios intereses, sino los de Jesucristo (cf. Flp 2,21). El misionero considera como suyas estas palabras del Apóstol de las Gentes: «Somos embajadores de Cristo» (2Co 5,20) «porque aunque vivimos en carne, no militamos según la carne» (2Co 10,13). «Me hice débil con los débiles, por ganar a los débiles» (1Co 9,22)” (EP 20). ¡De una tacada, cuatro frases de San Pablo! Pero ¿quién mejor que él para ser propuesto como modelo de misionero?

El visitante sabe que la inquietud misionera de este Papa, que se desvive por conducir a todos a Dios, volverá a desbordarse ante la efervescencia de África a mediados del siglo, con sus procesos de independencia y sus nuevas circunstancias sociales: “Más que nunca la «solicitud por todas las Iglesias» (cf. 2Co 11,28) del vasto continente africano llena nuestro espíritu de angustia” (FD 3), confesará. Para que el Evangelio pueda iluminar las nuevas realidades del mundo, escribirá Fidei donum (1957), donde animará a la Iglesia entera a movilizarse, recurriendo incluso a iniciativas como alentar a los sacerdotes diocesanos a ser misioneros. “Predicar el Evangelio no es para mí un título de gloria, es una necesidad que me incumbe. ¡Ay de mí si no predicase el Evangelio!” (1Co 9,16), dirá con San Pablo quien, como Vicario de Jesucristo, sabe que ha sido establecido en “calidad de heraldo y de apóstol [...] con la misión de enseñar a las naciones paganas la fe y la verdad” (1Tm 2,7) (FD 19). Esta encíclica será el gran testamento misionero de Pío XII, a quien ahora nuestro viajero dice adiós.

Un nuevo aniversario, los cuarenta años de Maximum illud, vendrá que ni pintado al siguiente Pontífice al que el Apóstol visita. Poca excusa necesitaba para lanzarse a hablar de las misiones quien, primero como sacerdote, había sido llamado por Benedicto XV para colaborar en Roma en la Obra de la Propagación de la Fe, y luego, con el nombre de Juan XXIII, vibraba con su hermosa responsabilidad como Papa en lo tocante a mostrar a todos la importancia y el valor de la obra misional.

El nuevo interlocutor de San Pablo ha preparado una encíclica, Princeps Pastorum (1959), con temas siempre importantes para la misión: el papel del clero local, fundamental para que la Iglesia se integre y arraigue en los pueblos de los países recién independizados; la labor de los laicos; el anuncio misionero como llamada a una conversión que se traduce en el ámbito de lo concreto... Sobre esto, el Papa ha escrito que profesar la fe cristiana “ha de revestir y modificar al hombre en su profundidad (cf. Ef 4,24), dando significado y valor a todas sus acciones” (PP 15). Si aquí hay un guiño a su visitante y a su exhortación a revestirse del “hombre nuevo”, después le menciona por las claras: “El mayor de los misioneros, San Pablo apóstol, [...] en el momento en que se disponía a evangelizar el extremo Occidente, exhortaba a la «caridad sin ficción» (Rm 12,9ss), luego de haber elevado un himno sublime a esta virtud, sin la cual el cristiano es nada (cf. 1Co 13,2)” (PP 17). Y ese San Pablo misionero vuelve a ponerse en camino, recordando la afabilidad del Beato Juan XXIII.

Pablo... y Pablo

Tras una magnífica “escala intermedia” en el Concilio, el Apóstol va a encontrarse con otro Pablo: el Papa Pablo VI. Si el objetivo del Vaticano II había sido “hacer a la Iglesia del siglo XX cada vez más apta para anunciar el Evangelio a la humanidad de este siglo”, el de este Pontífice, en su exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (1975), es dar “un impulso nuevo, capaz de crear tiempos nuevos de evangelización en una Iglesia todavía más arraigada en la fuerza y poder perennes de Pentecostés” (EN 2). San Pablo, tan preocupado por cómo comunicar la Palabra de forma inteligible para sus oyentes, observa el lenguaje claro, didáctico, directo de este documento pontificio, que se cuenta entre los más importantes y recordados del siglo XX. El Papa insiste en él en que la Iglesia tiene el testigo de la misión evangelizadora de Cristo, y por eso se para a profundizar en la esencia de esa evangelización: su definición, sus contenidos, los medios para desarrollarla, sus agentes y destinatarios, la espiritualidad que ha de animarla...

Era natural acudir continuamente a las cartas paulinas. San Pablo explica con lógica aplastante que sin predicación quedaría desatendida el hambre de Dios que hay en todos los seres humanos: “¿Cómo invocarán a Aquel en quien no han creído? Y ¿cómo creerán sin haber oído de Él? Y ¿cómo oirán si nadie les predica? [...] Luego la fe viene de la audición, y la audición, por la palabra de Cristo” (Rm 10,14.17, en EN 42). Y los evangelizadores y misioneros, “¿cómo predicarán si no son enviados?” (Rm 10,15, en EN 59). Así pues, hay que ponerse en acción para dar respuesta a las multitudes de no cristianos, que “tienen derecho a conocer la riqueza del misterio de Cristo” (cf. Ef 3,8, en EN 53).

Pablo VI ha tomado también del Apóstol una frase que es como el programa para todo evangelizador con respecto a aquellos a los que evangeliza: “Así, llevados de nuestro amor por vosotros, queríamos no solo daros el Evangelio de Dios, sino aun nuestras propias vidas: tan amados vinisteis a sernos” (1Ts 2,8; cf. Flp 1,8; en EN 79). Y no extraña que también con palabras suyas, y dejando al descubierto su corazón paternal, el Papa termine así: “Testigo me es Dios de cuánto os amo a todos en las entrañas de Cristo Jesús” (Flp 1,8, en EN 82). Acaba este gran documento, pero no el viaje de San Pablo, que tiene aún otra etapa pendiente.

La “penúltima” etapa

El Apóstol, al que le gusta comparar la vida cristiana con una carrera de las competiciones deportivas, va a encontrarse ahora con todo un “atleta de Dios”, llamado Juan Pablo II. Es un Papa que ya ha dejado ver su incontenible afán misionero en palabras, en viajes y en Slavorum apostoli (1985), una encíclica sobre los santos evangelizadores de los pueblos eslavos, Cirilo y Metodio, presentados como modelo de misioneros. De ellos, como elogio, ha escrito precisamente que “se dejaron guiar por el ideal apostólico de San Pablo: «Todos, pues, sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. [...] Todos sois uno en Cristo Jesús» (Ga 3,26-28)” (SA 9).

Pero la campanada la va a dar con otra encíclica, a 25 años del decreto Ad gentes. Se titula Redemptoris missio (1990), y en ella el Papa se muestra inquieto y esperanzado ante la labor misionera pendiente. Es una tarea urgente, porque buena parte de la humanidad aún espera recibir el anuncio de la salvación, e ineludible, porque es la Iglesia la que tiene la misión de proponer ese mensaje. San Pablo observa todo lo que el Papa ha reunido en el texto: de la fundamentación teológica de la misión a la espiritualidad misionera; de los responsables y agentes de la misión a las formas de colaboración en ella; de las nuevas situaciones en que se desarrolla, a los caminos que debe seguir.

Lo que la Iglesia debe proclamar es, con palabras del Apóstol, que “hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús” (1Tm 2,5, en RM 5). Esta verdad no es para callarla, sino para anunciarla, eso sí, con todo respeto y sencillez. Lo decía San Pablo: “No me avergüenzo del Evangelio, que es una fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree” (Rm 1,16, en RM 11). Y la valentía y libertad necesarias para ese anuncio vienen de la confianza en el Espíritu Santo, el “protagonista de la misión”, insiste el Papa.

El Apóstol se fija también en que, al hablar de “los inmensos horizontes de la misión ad gentes”, el gran Pontífice que ahora le acoge ha introducido un concepto novedoso: el de las “áreas culturales o areópagos modernos”. Lo explica así: “Pablo, después de haber predicado en numerosos lugares, una vez llegado a Atenas se dirige al areópago, donde anuncia el Evangelio usando un lenguaje adecuado y comprensible en aquel ambiente (cf. Hch 17,22-31). El areópago representaba entonces el centro de la cultura del docto pueblo ateniense, y hoy puede ser tomado como símbolo de los nuevos ambientes donde debe proclamarse el Evangelio” (RM 37c). Esta adaptación a las nuevas realidades le parece a San Pablo tan conveniente como enfocar así la espiritualidad misionera: “Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo [...]” (Flp 2,5, en RM 88). Sentimientos que laten con fuerza en los corazones del Papa y del Apóstol, que ya debe poner fin a su viaje...

¿“Fin” hemos dicho? San Pablo, siempre interesado en los medios de comunicación, ve en ellos las noticias relativas a que el Papa Benedicto XVI ha proclamado un Año Paulino y se ha referido a él como modelo de empeño apostólico en su mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones del 2008. Quién sabe si estará próxima una nueva singladura suya por otra encíclica misionera... Él, en todo caso, está siempre pronto para partir, ceñida la cintura con la verdad, calzado con el celo por el Evangelio de la paz, revestido del amor, que es el broche de la perfección...

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jueves, 22 de enero de 2009

Catequesis - 25 de Enero: Conversión de San Pablo

Publicado por Catequistas.org

1. Lecturas de la palabra de Dios

El tiempo ordinario recuerda la iniciación y desarrollo de la vida publica de Jesús. Es el tema central de los domingo de tiempo ordinario. Pero en este 25 de Febrero se celebra la Conversión del gran Apóstol de las gentes que fue San Pablo. Por eso la atención preferente de Iglesia se vuelve hoy sobre este gran maestro del cristianismo primitivo y de todos los tiempos.

Primera lectura. Jonás 3. 1-5 (o Isaías 49. 3 y 5-6)

La conversión de los habitantes de Nínive ante le predicación de Jonás queda vinculada a la Historia de todos a los convertidos a lo largo de los siglos

La palabra del Señor fue dirigida por segunda vez a Jonás, en estos términos: "Parte ahora mismo para Nínive, la gran ciudad, y anúnciale el mensaje que yo te indicaré".
Jonás partió para Nínive, conforme a la palabra del Señor. Nínive era una ciudad enormemente grande: se necesitaban tres días para recorrerla.
Jonás comenzó a internarse en la ciudad y caminó durante todo un día, proclamando: "Dentro de cuarenta días, Nínive será destruida".
La conversión de Nínive y el perdón de Dios
Los ninivitas creyeron en Dios, decretaron un ayuno y se vistieron con ropa de penitencia, desde el más grande hasta el más pequeño.
Cuando la noticia llegó al rey de Nínive, este se levantó de su trono, se quitó su vestidura real, se vistió con ropa de penitencia y se sentó sobre ceniza.
Además, mandó proclamar en Nínive el siguiente anuncio: "Por decreto del rey y de sus funcionarios, ningún hombre ni animal, ni el ganado
mayor ni el menor, deberán probar bocado: no pasten ni beban agua; 8 vístanse con ropa de penitencia hombres y animales; clamen a Dios con todas sus fuerzas y conviértase cada uno de su mala conducta y de la violencia que hay en sus manos.
Tal vez Dios se vuelva atrás y se arrepienta, y aplaque el ardor de su ira, de manera que no perezcamos".
Al ver todo lo que los ninivitas hacían para convertirse de su mala conducta, Dios se arrepintió de las amenazas que les había hecho y no las cumplió.


Segunda lectura. Hechos 22. 3-16 (Hech 9 1-22)

San Pablo recordó toda su vida el encuentro con el misterioso Jesús que se le apareció en el camino de Damasco. En uno de sus discurso así lo demostraba

"Hermanos. Yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero educado en esta ciudad, instruido a los pies de Gamaliel en la exacta observancia de la Ley de nuestros padres; estaba lleno de celo por Dios, como lo estáis todos vosotros el día de hoy.
Yo perseguí a muerte a este Camino, encadenando y arrojando a la cárcel a hombres y mujeres, como puede atestiguármelo el Sumo Sacerdote y todo el Consejo de ancianos. De ellos recibí también cartas para los hermanos de Damasco y me puse en camino con intención de traer también encadenados a Jerusalén a todos los que allí había, para que fueran castigados.
"Pero yendo de camino, estando ya cerca de Damasco, hacia el mediodía, me envolvió de repente una gran luz venida del cielo; caí al suelo y oí una voz que me decía: "Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?
Yo respondí: "¿Quién eres, Señor?" Y él a mí: "Yo soy Jesús Nazoreo, a quien tú persigues."
Los que estaban vieron la luz, pero no oyeron la voz del que me hablaba. Yo dije: "¿Qué he de hacer, Señor?" Y el Señor me respondió: "Levántate y vete a Damasco; allí se te dirá todo lo que está establecido que hagas."
Como yo no veía, a causa del resplandor de aquella luz, conducido de la mano por mis compañeros llegué a Damasco "Un tal Ananías, hombre piadoso según la Ley, bien acreditado por todos los judíos que habitaban allí vino a verme, y presentándose ante mí me dijo: "Saúl, hermano, recobra la vista." Y en aquel momento le pude ver.
El me dijo: "El Dios de nuestros padres te ha destinado para que conozcas su voluntad, veas al Justo y escuches la voz de sus labios,
pues le has de ser testigo ante todos los hombres de lo que has visto y has oído.
Y ahora, ¿qué esperas? Levántate, recibe el bautismo y lava tus pecados invocando su nombre”



Tercera lectura. Marcos 16. 15-18

La palabra del Señor, que con toda seguridad le llegó a Pablo a través de los Apóstoles, le hizo conocer el mandato del Señor de ir por el mundo anunciando la salvación.

En aquel tiempo, Jesús les dijo: "Id por todo el mundo, anunciad la Buena Noticia a todo el mundo. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará.
Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos; y, si beben un veneno mortal, no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán".
Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios.



2. Comentario

Pablo fue el nombre romano del fariseo celoso, apasionado, juvenil y cautivador, que había nacido en Tarso, en el Norte de Siria de entonces, ciudad comercial en la cercanía del mar y ya romanizada, por lo que desde el nacimiento tuvo la ciudadanía romana. Era Saulo de nombre. Pero después romanizó su nombres y con él pasó a la Historia cristiana

Era más bien bajo, de espaldas anchas y cojeaba algo. Fuerte y macizo como un tronco. Su carácter fogoso le llevaba al fanatismo. Tuvo que ser de familia desahogada, pues de joven fue enviado a Jerusalén para instruirse en la Ley con un famoso Rabino, Gamaliel, que en la ciudad santa recibía discípulos para hacerlos buenos judíos.

En su ciudad de Tarso seguramente habló el griego y entendió sin duda el latín. Pero en el estudio de la ley, tuvo que hacerse experto en hebreo, aunque la lengua popular de Judea fuera el arameo.

Fue de inteligencia clara. Rápido de reacciones y listo como un sabio en las escuelas griegas de Tarso, familiarizado con los poetas y filósofos que habían pasado el tiempo escribiendo en tablillas o pensando. Para los griegos solo era un judío, miembro de aquellas familias judía que vivían y progresan en los ámbitos mercantiles de la Diáspora, o dispersión de judíos por todo el Mediterráneo.

Había nacido al tiempo de Jesús, hacia el 5 antes de Cristo, aunque bien pudo nacer hacia el 5 después del Señor. Lo cual quiere decir que, cuando a los dieciocho años aproximados, fue a Jerusalén, todavía Jesús trabajaba oculto en Galilea. No tuvo ocasión, pues de conocer a Jesús y acaso oyó hablar de él más tarde, cuando sus seguidores empezaron a parecer una secta entre los diversos grupos que existieron en los años de Jesús predicador. Acaso pudo verle cuando iba por la Pascua a la fiesta, `pero juntaban en la ciudad santa un millón de peregrinos, si los tiempos eran buenos. Por eso casi seguro que nunca coincidió con el en las calles o en el templo, ya que de haberlo visto alguna vez hubiera luego hablado de él en primera persona y eso Pablo nunca lo hizo.

Gamaliel lo formo bien. Pablo le pagó los honorarios que eran exigidos por el grandes escribas y rabinos. Aprendió las cosas yendo a la raíz, no como las entendía a la gente popular. Supo más y mejor del poder del Dios único; aprendió a darle honra y alabanza en el mayor de los respetos y malamente soportaba con su pueblo el presente dominio del imponente invasor. Los profetas daban pistas para un resurgimiento y los salmos cantaban la victoria de Dios sobre otros pueblos y culturas

Tuvo la certeza de que el Libertador de Israel no podría tardar y por eso se alegró cuando supo que una secta de cismáticos seguía la doctrina de un tal Cristo, que había sido crucificado por el Procurador Pilatos. Incluso participó en las represión y estuvo presente cuando se apedreo a uno de los seguidores del crucifica, el conocido Esteban, aunque el hizo el gesto de guardar las ropas de los que le apedreaban, ya que un maestro como probablemente él había llegado a ser no se manchaba con sangre las manos, pero si se hacia responsable de la ejecución de las sentencias.

De hecho, tuvo que tener cierto prestigio social en los ámbitos fariseos de Jerusalén, pues le dieron poder para traer luego cristianos presos desde Damasco para juzgarles y acaso ejecutarles en Jerusalén. En esa misión estaba camino de Damasco, ciudad interior de Siria, hacia el año 36 o 37.

+ + + + +

La conversión de San Pablo fue clave en la biografía colectiva del cristianismo. Sin su figura, la historia cristiana probablemente sería bien distinta. El impulsó la apertura a los gentiles, aunque fue Pedro el que la inició. El llamaba en sus epístolas "vocación" a su conversión.

Curiosamente, en las obras de arte y en la creencia popular se tiene la imagen de que Pablo se cayó de su caballo, cuando ni en las epístolas ni en los Hechos de los Apóstoles se menciona un viaje señorial, que sólo romanos solían hacer en sus legiones. Saulo era más bien el adversario de los enemigos de la ley, perteneciente al fariseísmo radical

Lo que sí es cierto es que iba “respirando amenazas y muerte contra los discípulos del Señor” y que el mismo había ido al Sumo sacerdote, y le había pedido cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de que si hallase algunos hombres o mujeres de este Camino, los trajese presos a Jerusalén.”,. No era un mandado del Sanedrín. Iba de forma agresiva como protagonista.

Dios le esperaba en el camino para convertirle en un vaso de elección.

Lo más cautivador de su conversión es el breve dialogo con Jessús que se le presente en forma de luz, que los demás no veían y de orden, no de consulta, que los acompañantes no oyen

1. Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?
2. ¿Quién eres, Señor?
3. Yo soy Jesús, a quien tú persigues; duro es para ti dar coces contra ti mismo
4. Señor, ¿qué quieres que yo haga?
5. Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer.

En el recuerdo de Pablo quedó esto sin más. Y en el fondo de su espíritu quedó un cambio radical. El perseguidor se transformó en un defensor. Pablo dirá siempre que en ese momento nació a una nueva vida.

+ + + + +

Es ingenuo pretender explicar la conversión de Pablo, como tantas veces han intentado hacerlo los adversarios al cristianismo.

Pablo tiene un encuentro y un cambio. Las cosas son muy sencillas. No cabe duda que, fanático o no, es sincero y está su profunda personalidad al servicio de la verdad. Con el mismo ardor que la ha defendido cuando creyó el los cristianos eran uno sectarios, lo defenderá cuando tiene la suerte de descubrir que ese Jesús es alguien que vive y tiene otros planes sobre la vida, sobre la Historia, sobre sus seguidores y sobre el mismo
Pablo se transformó en el principal difusor del cristianismo que nosotros conocemos. No debemos olvidar que los otos apóstoles, Pedro, Santiago, Tomás, Mateo, Judas Tadeo, o los demás también hicieron lo suyo. Y no debemos olvidar que el hecho de conocer tanto a Pablo se debía a que la Providencia divina quiso que su discípulo Lucas escribiera los Hechos de los Apóstoles por haber sido su compañero

Lo interesante de la conversión de Pablo no es el conocimiento histórico de un hecho cristiano, sino el descubrimiento de un signo misterioso de presencia y de permanencia. Pablo escribió luego cartas, pues tenia una cultura humana muy aprovechable para los cristianos. Y Dios Providente quiso que las que llegaron a nosotros fueran un soporte del mensaje salvador. Sin son todas de su pluma o si responden rigurosamente a sus ideas personales, no nos interesa. Lo que importa es que son los soportes del mensaje de Cristo , es decir que son la Palabra divina que Dios nos quiso regalar.

Al celebrar la Iglesia la fiesta de la conversión de San Pablo ni recuerda simplemente un hecho en la vida de un santo. Lo que recuerda y proclama es la última aparición del Resucitado, la presencia divina del Padre en la marcha de la Historia, la certeza de que el Espíritu Santo camina en la vida, en la tierra y en los hombres como un ser real que actúa en medio de las circunstancias terrenas.

Entre tantas conversiones del santoral cristiano, la de Pablo es singular, diferente, portentosa. Es el ejemplar y paradigma de todas las demás. Ahí radica su importancia.
3. Esquema directivo para una Catequesis

4. Ejercicios para realizar con los catequizandos



3. Modelo de Catequesis

1. Experiencia

Buscar imágenes, gráficos o figuras de arte en que aparezca la figura de San Pablo. Y luego de tener cuatro o cinco de ellas (interesante es usar un buscador si se dispone de conexión a Internet) se puede explorar las 14 Epístolas que se le atribuyen y sacar frases que hagan referencias a esas figuras,
Las mejores de las frases que se saquen se pueden escribir en una pizarra o en un papel grande para que estén presentes en la mente y en la atención

2 Reflexion

El catequista o profesor puede narrar siguiendo muy literalmente el texto bíblico, la conversión de Pablo, resaltando las tres ideas ejes del relato:

1. Pablo es adversario de los cristianos, pero es sincero
2. Es el mismo Jesús el que se le presenta, pero no es él el que le dice lo que tiene que hacer, sino que le remite a los hermanos de Damasco, en concreto a Ananías
3. Pablo es coherente toda su vida. Si Pablo se convirtió hacia el año 36 (tenia entre 30 y 40 años) y si murió en tiempo de Nerón, hacia el 66, Pablo fue coherente unos 30 años

3 Acción

Interesante es hacer una biografía de la vida de Pablo, tomando los datos que van diciendo en los Hechos de los Apóstoles y en sus cartas. Se busca, se distribuyen las etapas por grupos: nacimiento, juventud, tiempo de perseguidor, primer viaje, segundo viaje, tercer viaje, especulaciones sobre su final. Cada grupo informa, aporta, y todos hacen una síntesis clara y personal.

4. Participación

Se pueden añadir otros datos de algunas biografías o libros tratando de añadir datos al a minibiografía lograda con el manejo de los textos bíblicos. Dar libertad para que los alumnos o catequizandos exploren, busquen, se interesen…

5. Interiorización

Una buena plegaria personal puede terminar la catequesis, tratando de que se despierte la simpatía por el mensaje del Apóstol y haciendo lo posible por que salga del corazón.




4. Ejercicios para la catequesis.

- Para Pequeños

Se puede dramatizar el hecho de la conversión de Pablo. Uno hace de Saulo perseguidor, otros dos o tres de acompañantes, otro de Sumo sacerdote que da autorización, otro de Jesús que habla, otro de Ananías, otros dos o tres de cristianos atemorizados de Damasco…
Se lee el texto de los Hechos de los Apóstoles. Se ensaya, se comenta, se apoya la dramatización con algunos adornos, se reproduce el texto, se escriben en un papel o en la pizarra las palabras más significativas

Para medianos

Se puede hacer una simulación de algunos de los viajes de Pablo, intentando hacer recuerdos del camino de Damas. Si se puede usar el buscador Google Earth y hay conexión fácil con Internet, se puede seguir hermosamente el camino de Jerusalén a Damasco, primero siguiendo el plano y luego recorriendo el espacio con perspectiva de satélite.,..
El profesor o catequista procura ir comentando los sentimiento de Pablo antes y después de la aparición o iluminación: Jerusalen, primera ruta, Galilea, segunda ruta, encuentro cerca de Damasco, despuesdel hecho, ya en Damasco.

Para mayores

Ecos de la conversión en las Epístolas de Pablo. Se narra o lee en los Hechos la conversión. Se explora la Biblia, en las cartas paulinas, se construye un conjunto de frases o datos sobre Jesús…Se sacan consecuencia… y se presenta la doctrina cristocéntrica de Pablo



5. Complementos para la reflexión

Términos del Diccionario de Catequesis.Conversión. Visión. Iglesia. Milagro. Epístolas. Viajes paulinos. Teología. Cristocentrismo. Hechos apostólicos.

Libros interesantes

El aborto de Dios: una vida de San Pablo. Alain Decaux. Madrid. Ediciones Apóstrofe. 2005

La catequesis más consoladora de San Pablo José Miguel Garcia. Ediciones Encuentro. 2002

El caminote San Pablo . Carlo Ghidelli Madrid. Sociedad de San Pablo. 2008

San Pablo Apóstol de Jesús . Alvaro Ginel Madrid. CCS. 2008

La oración pastoral de San Pablo Jean Léveque. Burgos. Monte Carmelo 2008

San Pablo cuenta su vida: : vida, cartas y personaldiad de San Pablo.
Luis López de las Heras Madrid. Edibesa. 2006

Por las rutas de San Pablo: ciudadano romano, apóstol , mártir. Salvador Muñoz Iglesias Madrid. Ed. Palabra. 2008

Las más bellas páginas de San Pablo Felipe Ramos. Burgos. Monte Carmelo. 2004

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WebJCP | Abril 2007