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Un Dios Prohibido (Película completa) - Link de descarga: http://es.gloria.tv/?media=575466&connection=screen Verano de 1936, inicios de la Guerra Civil española. La película narra el martirio d...Hace 12 años
miércoles, 8 de mayo de 2013
... en la vida a cuestas
miércoles, 20 de febrero de 2013
Espiritualidad Afectiva
sábado, 21 de abril de 2012
Seguid invocándolo
seguid invocándolo,
invocándolo sin cesar
bajo las bóvedas de la asidua oración.
Tanto si viene como si no,
confiad:
se acerca cada vez más a vosotros
en cuanto percibe un gesto amoroso del corazón.
Tanto si os habla como si no,
no os canséis de implorarlo.
Aunque no os dé la respuesta que esperáis,
no dudéis de que, de un modo u otro,
veladamente, se dirigirá a vosotros.
En la oscuridad
de vuestras oraciones más profundas,
sabed que juega al escondite con vosotros.
Y en medio de la danza de la vida,
de la enfermedad y de la muerte,
si seguís invocándolo,
sin caer en la desconfianza
por su aparente silencio,
obtendréis su respuesta.
viernes, 6 de abril de 2012
6 de Abril. Viernes Santo. El límite
Cuando se toca el límite de la propia estabilidad interior por causa de circunstancias inesperadas, que afectan a la dimensión emocional, a la situación económica, a las relaciones sociales, y hasta pastorales; cuando no se puede dominar la mente y se siente la tormenta desatada por el torbellino de pensamientos descontrolados, que se precipitan y que afectan al corazón con repercusiones afectivas de rechazo por verte acosado injustamente, al menos desde la subjetividad, sintiéndote víctima de especulaciones.
Cuando la naturaleza dicta el rechazo, la ruptura de pertenencias, o la huída y evasión, más allá del trabajo que supone saber gestionar la crisis de manera positiva y controlar los sentimientos, que siempre será bueno intentarlo, más allá de decidir históricamente algún cambio o modo de actuar, tanto a nivel privado como público, más allá de la necesidad del desahogo verbal en algún espacio amigo, donde no suponga riesgo de extroversión o juicio, desde la fe y el deseo de madurar en el camino espiritual, conviene mirar a Jesús, y en su presencia, atreverse a mirarse uno a sí mismo, para descubrir los motivos que han producido el cataclismo emocional.
En esas circunstancias, es muy posible que se encuentren razones dolorosas no sólo por causas externas, sino por descubrir efectos del amor propio herido, movimientos sutiles de orgullo, encubierto en el argumento de que se sufre la falta de sensibilidad de quienes se creía que eran amigos y compañeros.
Ante Cristo en la Cruz, es momento de saberse serenar en el Señor, de llegar a valorar la crisis como circunstancia favorable para adorar al único Dios, y crecer en el despojamiento necesario para purificar la intención en todo lo que se lleva a cabo.
Es momento de parar la mente, y llegar a invocar al Señor en favor de los que crees insensibles a tu sentimiento y hasta adversarios.
Es momento de centrar la mirada en el Señor, y agradecer, aunque se resista la naturaleza, el momento de la prueba, porque gracias a ella se descubren pliegues ocultos en el propio interior, con los que se habría convivido de manera inconsciente, de no haber sucedido la desestabilización.
Sin dejar de ser crítico con la posible injusticia sufrida, no puedes quedar víctima, ni menos atrincherado, dispuesto para la batalla o la refriega.
Es momento de dejar que Dios actúe, hasta por mediaciones que pueden parecer contrarias al deseo y a lo que se piensa que es mejor. ¡Tantas veces la Providencia se manifiesta a través de paradojas!
miércoles, 4 de abril de 2012
Jueves Santo (Jn 13, 1-15) - ciclo B: Dios continúa crucificado en la cruz de la miseria
Jesús era visto como el símbolo de la humildad: un rey vestido de pobreza. Como conocía perfectamente la situación de su pueblo insistió constantemente en la urgencia de apoyar a quienes carecían de lo mínimo para vivir: "Pues tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber; estuve sin ropa y ustedes me vistieron; enfermo y me visitaron" (Mt 25, 35-36). En cada ser humano empobrecido, sin techo, sin ropa y enfermo Jesús nos dejó su indeleble imagen. Porque Dios continúa crucificado en la cruz de la miseria. "Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más humildes, por mí mismo lo hicieron" (Mt 25, 40).
Jesús se impone a la dureza de lo inevitable. El conocía perfectamente la suerte de los profetas que le precedieron. Juan Bautista fue asesinado por veleidades de la reina en la corte de Herodes. Otros muchos murieron por reivindicaciones menores. La muerte que los gobernantes infligían a los profetas buscaba el escarnio del pueblo. Intentaban silenciar la voz de Dios. En medio de esa situación, Jesús encuentra el momento propicio para demostrar que la entrega por la causa del reino comienza y termina en los pequeños y cotidianos gestos de entrega, perdón y generosidad.
Jesús realiza con gusto y convicción una actividad reservada para los sirvientes: toma los pies encallecidos de sus discípulos y los lava y limpia uno a uno. Los callos de la incertidumbre que se formaron camino a Jerusalén son objeto de su caricia. La mano que sirve, la mano que acaricia, es la misma mano que esta dispuesta a dejarse traspasar por la injusticia para reclamar justicia. Jesús no comienza su testimonio extendiendo sus brazos en la cruz. Sus brazos y sus manos ya han anticipado la autenticidad de su testimonio. Su mano ya se ha extendido hacia el enfermo para rescatarlo de la postración; su mano ha auxiliado al indigente y lo ha ayudado a reencontrar su dignidad; su mano ha rescatado de la muerte y ha otorgado nuevamente la vida.
Pero el servicio, la ayuda desinteresada y la generosidad no son una respuesta fácil y evidente. Requieren un camino largo y decidido, forjado a partir de los gestos cotidianos.
A veces pensamos que es fácil dejarse ayudar por los otros, pero la realidad es diferente. La mayoría de nosotros no aceptamos que los demás nos sirvan, especialmente si pensamos que las personas que consideramos más importantes para nosotros se ponen a nuestro servicio. Esto parece contradictorio, pero así es la realidad humana. Lo mismo sucede con el perdón y la reconciliación. Estamos dispuestos, no sin esfuerzo, a perdonar a los que nos han ofendido. Este gesto nos parece lo máximo; sin embargo, no estamos dispuestos a perdonarnos a nosotros mismos nuestros errores y mucho menos somos capaces de aceptar el perdón de Dios.
Esta es la historia de Pedro, uno de los apóstoles que queriendo hacer más, hizo menos. Estaba dispuesto a entregar su vida por Jesús y por el evangelio, sin embargo, no comprendía las intenciones de Jesús y no aceptaba su mensaje.
Para Pedro, el Maestro era el jefe y el discípulo un simple subalterno. Jesús, como siempre, los sorprende con una terrible novedad: el Maestro es el servidor de todos y el discípulo es digno de las mayores atenciones. La única manera de reinar es el servicio. De otro modo, el cristianismo lo único que hace es multiplicar al infinito la eterna desigualdad de cualquier institución. Lavarle los pies al compañero de jornada significa compartir sus dificultades, comprender sus limitaciones, aceptar su oferta. Lavar los pies a los amigos implica un contacto inmediato con una parte del cuerpo que está sumergida en el barro de la existencia cotidiana, en las sandalias que los acompañan al trabajo, en los callos y asperezas de la vida ordinaria. Este gesto tan singular y sorprendente no es fácil de entender ni es fácil de aceptar.
Lavar los pies significa inclinarse delante del otro, aceptar que el servicio es la única entrega. Los discípulos se habían preparado para predicar, para enseñar, para expulsar demonios; labores arduas y complicadas que exigían mucha preparación y dedicación. Sin embargo, no estaban preparados para asumir una tarea humilde, la misma que realizan los empleados de las casas más pudientes, porque esta tarea implicaba postrarse, entrar en contacto con la tierra, el barro y la suciedad. Sobre todo, los discípulos no estaban dispuestos a dejarse servir y ayudar de los otros, especialmente en los oficios humildes. Los discípulos deberán pasar por muchas dificultades y peripecias antes de comprender lo que significa prestar un servicio generoso y desinteresado sin hacer alarde de humildad, y de dejarse servir por los demás sin menospreciar el servicio ajeno.
Bueno sería hacer un reajuste crítico de algunos clichés que han sido creados por la tradición piadosa, pero que no honran la veracidad histórica de lo que hoy sí estamos en condiciones de asegurar:
-es seguro históricamente que el marco y el contexto de la celebración de la pascua de Jesús, en el Jueves Santo, dista mucho de lo que sugiere la estampa clásica, fundamentalmente acuñada en el cuadro de la “última cena” de Leonardo Da Vinci: ni una magnífica sala de bella arquitectura, ni lujosas vestiduras, ni una amplia mesa, ni suculentos manjares...
-es muy verosímil históricamente que la cena de Jesús fue la reunión clandestina de un grupo perseguido que ya está viviendo en el clímax de una tensión conflictiva con las fuerzas políticas y religiosas, como evidenciará el desenlace del día siguiente;
-se puede afirmar hoy casi con total seguridad que no es cierto el dato también puesto por la tradición de que sólo varones participaron en aquella cena; si era la cena pascual, fue la cena de Jesús y sus discípulos, sin discriminación. Lo más verosímil es que María, la madre de Jesús, y otras mujeres formaban parte de esa comunidad de discípulos participaran en la cena. (De aquí no se deben dar saltos gratuitos hacia conclusiones del sacerdocio de la mujer -cuyos argumentos podrían ser más serios-).
El Jueves santo, primer día del triduo sacro, marca una celebración capital dentro de todo el año litúrgico, celebración solemne y grandiosa, enmarcada en el contexto dramático de la proximidad de la pasión y muerte del Señor. Es el día cumbre de la despedida y del amor extremo hecho servicio humilde y generoso.
Muchas son las dimensiones que se suman en un día como éste. Veamos las principales.
-Día del amor fraterno. Hoy resuena en la comunidad el mandamiento nuevo, mandamiento del amor, del amor "como yo los he amado". "Los amó hasta el extremo", hasta lo inimaginable, hasta hacerse siervo y esclavo en un tipo de servicio considerado humillante y propio de esclavos (lavar los pies). "Les he dado ejemplo". "Ustedes también deben lavarse los pies unos a otros". Se trata de una proclamación del mandamiento del amor hecha no con palabras sino con el signo práctico -que entra por los ojos- del servicio. Amar es servir. Ama quien sirve. Obras son amores.
-Institución de la Eucaristía. El lavatorio de los pies hace en el evangelio de Juan el papel que la "institución de la Eucaristía" cumple en los otros tres evangelios. Para Juan, en algún sentido, "es lo mismo". La Eucaristía expresa y constituye el sacramento del amor, también de una manera "visible" (como corresponde a todo sacramento, que es un "signo sensible"). Jesús "parte y reparte" el pan y el vino, y dice: "hagan esto en memoria mía", o sea; para recordarme (para guardar mi memoria) hagan esto; o también: partir y repartir su propia existencia será la forma de seguirme que mejor dé testimonio y haga memoria de mí. "Celebrar" la Eucaristía, la fracción del pan, será siempre mucho más que "oír misa": "cada vez que comemos de este pan... anunciamos la muerte del Señor hasta que venga".
-Institución del sacerdocio. Tradicionalmente se ubica en este día. Es claro que Jesús no instituyó "sacerdotes". De hecho el Nuevo Testamento no utiliza esa palabra más que aplicada a Jesús y al Pueblo de Dios como conjunto, nunca la aplica a cristianos individuales; sólo a partir del siglo IV se introduciría esa palabra en el vocabulario cristiano. Lo que Jesús dejó fueron discípulos y apóstoles. El "clero", en cuanto tal, es decir, en cuanto casta o sector aparte diferenciado por un estatus superior privilegiado... es claramente ajeno (y hasta contrario) al Evangelio. Lo que se apoya en Jesús es un ministerio ordenado de servicio a la comunidad cristiana, que reproduce y da continuidad a su presencia en medio de la comunidad. (En todo caso, para un replanteamiento crítico del tema recomendamos vivamente el librito "¿Qué Iglesia quería Jesús?", de Herbert HAAG, Herder, Barcelona 1998, para no seguir abonando tópicos cuya base bíblica y neotestamentaria no está clara. Así mismo, del mismo autor, «Sobre la crisis actual del sacerdocio en la Iglesia católica», en la Revista Electrónica Latinoamericana de Teología, RELaT nº 2001, disponible en http://www.servicioskoinonia.org/relat/201.htm).
En la serie «Un tal Jesús» (http://www.untaljesus.net) los capítulos 110 y 111 se refieren al Jueves Santo
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martes, 27 de marzo de 2012
El sufrimiento
En su libro “Encuentro con la realidad”, Vicente Ferrer comenta: “Tal vez nunca llegaremos a entender el sufrimiento en toda su complejidad, pero en la práctica, más que entender, lo que si podemos es remediar. Continuamente se nos llama a la acción”.
No valen excusas: yo no puedo, yo no sé, a mi edad… Porque todos podemos hacer algo por pequeño que sea según nuestras capacidades, nuestras fuerzas.
Una buena práctica cuaresmal podría ser la de saber mirar a nuestro alrededor quien necesita de nuestra ayuda para aliviar su sufrimiento y también para tender una mano a tantos pueblos que están bajo la opresión del sufrimiento. Si no tienes medios, busca quien los tiene, si no puedes dar mil euros da uno o medio. La limosna es una de las prácticas cuaresmales. Ora por los que sufren y por los que hacen sufrir. La oración es también junto con el ayuno otra de las prácticas cuaresmales. Contemplemos los sufrimientos de Cristo en el sufrimiento humano.
Si lo hacemos así la fiesta de Pascua será luminosa para nosotros y para los que hemos intentado ayudar.
Publicado por Mi Vocación
jueves, 16 de febrero de 2012
VERBOS PARA ORAR: "Creer"
Juan 11,40
Es imposible vivir sin creer en algo o en alguien. La cuestión fundamental es a quién creerle…
Creer no es lo contrario de pensar. Dios quiere que creamos no que no pensemos. Nos invita con sus palabras y señales a que tengamos fe, no a que dejemos de tener razones.
En el creyente, la razón no elimina a la fe, ni demuestra la fe, ni disminuye el mérito de la fe, sino que la defiende, purificándola de fábulas e ingenuidades…Ayuda a estructurarla y a exponerla.
Dice Santo Tomás de Aquino que en su núcleo mismo Creer es pensar con asentimiento. Y lo explica así: creer tiene de suyo la firme adhesión a algo, y en esto el que cree se parece al que tiene su certeza a la vista. Por eso dice: “con asentimiento”. Pero por otro lado, el conocimiento de la fe no es el de la perfecta visión, y en esto el que cree se parece al que duda… Diríamos que creer es un “saber en camino”, es una luz indispensable pero no aún plena; es un claroscuro…
Creer es un don de Dios. Los argumentos o los milagros o los testimonios pueden remover los obstáculos pero sólo Dios puede levantarnos por sobre nosotros mismos…Creer es una gracia, un regalo, un deleite y un auxilio que nos llega de lo Alto. Es como respirar, es oxígeno para vivir…
“Creo que eres el Dios vivo bajado del cielo…”
Preguntas para la oración:
1)A quién/ quiénes le crees?
2)Por qué te parece que son creíbles?
3)A quién le creíste en un momento dado, y ya hoy no? Por qué?
4)Cómo relacionas creer y esperar?
5)A ti quién te cree?
6)Crees en ti mismo?
7)Qué le has creído y qué le crees a Dios?
Jesús invita a creer; su primer anuncio es: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviértanse y crean en la Buena Nueva” (Mc 1,15). Y al enseñarnos cómo orar insiste: “Todo cuanto pidan en la oración, crean que ya lo han recibido y lo obtendrán” (Mc 11,24). La fe abre ampliamente las puertas de su inmenso poder, como constatamos en el caso de aquellos ciegos que se acercan a Él, a quienes solamente les pregunta: “Crees que puedo hacerlo?” (Mt 9,28).
La fe en Jesucristo actualiza para el creyente las obras propias de Aquel Espíritu que resucitó al Señor de entre los muertos (Hch 3,16; 14,9; 16,31). Esta fe nace de la predicación (Rom 10,17); por ella son purificados nuestros corazones (Hch 15,9), fortalecidos (Hch 27,25) y dispuestos para toda obra buena ( Hch 6,5; 11,22-24; 16,5).
Creo posible que un hombre, mirando la tierra, se vuelva ateo. Me parece, en cambio, inconcebible que ese mismo individuo, mirando al cielo, diga que no existe un Creador. A. Lincoln.
Dios nos concede tanta libertad de pensar, que nos permite hasta el derecho de negarlo. Plácido Alfonso.
Publicado por El Evangelio En casa
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miércoles, 1 de febrero de 2012
La banda sonora de tu vida
Por Teresa del Hoyo Alonso Pimentel
Cada uno de nosotros tenemos algo así como la banda sonora de nuestra vida. Acompaña etapas, momentos, relaciones y emociones. Ahí está, a las duras y a las maduras, para arrancarnos una sonrisa, provocarnos un flashback inmediato con apenas unos acordes o sacarnos de la cama los lunes por la mañana.
Crecimos con aquellas cintas regrabadas, ¿quién no se acuerda de su primer disco?, los conciertos irrepetibles, esas tardes de verano con amigos y una guitarra, éxitos de radio y viajes en coche con tu padre como dj de turno...
Y van evolucionando (afortunadamente) nuestras preferencias, unos se decantarán por un estilo determinado al que seguirá una estética y un campo de cultura propio, otros tantos adoptarán el gusto de los 40 principales o la MTV y hoy, gracias a valiosísimas herramientas como YouTube, Spotify, Myspace o last.fm muchos iremos en busca de más y más sintonías con las que seguir caminando.
La música nos permite sentir emociones colectivas, nos lleva al encuentro, multitudinario o personal, para compartir ritmos y letras.
Palabras de amor, historias de vida, mensajes de esperanza y canciones que nos mantienen una noche de fiesta y destrozan cada articulación del esqueleto... que hacen que nos salten los fusibles y dejan que las corcheas se mezclen con nuestros glóbulos rojos recorriendo arterias y venas hasta llegar al corazón.
En un mundo cada vez más global, algunos artistas componen en inglés para llegar a más público, otros permanecen fieles a su lengua materna para llegar mejor, y lo mismo ocurre con los oyentes: ¿Entendemos el discurso que con tanta fuerza cantamos? ¿Te transmite lo mismo Dylan que
Britney? ¿Vetusta morla que Keane? ¿Quique Gonzalez que Jack Johnson? Cada uno irá recopilando sus temas especiales, sus catalizadores, sus grandes éxitos, canciones que llenan nuestros iPods y, en definitiva, a nosotros también.
Alabad al Señor que la música es buena.
Desde la Biblia, en el Salmo 150 se nos invita a alabar al Señor con todos los instrumentos. La música acompañará nuestra oración en múltiples momentos, ayudando en nuestra disposición a la reflexión, dando luz a tramos de penumbra, uniendo nuestras voces, animando la Eucaristía (donde caben órganos de tubos y guitarras españolas). "El canto se convierte así en la respuesta de un corazón rebosante de alegría, reconoce a su lado la presencia de Dios" nos dijo Juan Pablo II tras compartir escenario con Bob Dylan en un encuentro de jóvenes.
A continuación ahí va un pequeño set list de música de hoy y siempre en la que yo he encontrado una conexión con la oración, la inspiración y la fe.
1. Hola a todo el mundo.
Hatem prayer team
2.Sufjan Stevens.
God'll ne'er let you down.
3.R.E.M.
Losing my religion.
(Porque las dudas también están ahí)
4.Lori Meyers.
Mi realidad.
5.Coldplay.
Don´t panic.
6.Florence and the Machine.
You´ve got the love.
7.U2.
Sometimes you can´t make i ton your own.
8.Bob Dylan.
Knockin' on heaven's door
(Link a la actuación con el Papa en 1997)
9.Wilco.
Jesus, etc.
10.Mercedes Sosa.
Solo le pido a Dios.
11.Leonard Cohen versión de Jeff Buckley.
Hallelujah.
12.Bon Iver.
Skinny Love.
13.Crystal Fighters.
Follow.
14.The verve.
Bittersweet Symphony.
¿Y tú? ¿Qué temas incluirías en la banda sonora de tu vida?
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jueves, 6 de octubre de 2011
Cuidar el luto y las pérdidas
Pero hay también rupturas que quiebran ese fluir natural. Son las pérdidas producidas por eventos traumáticos como la traición del amigo, la pérdida del empleo, la pérdida de la persona amada por el divorcio o por la muerte repentina. La tragedia también es parte de la vida.
Representa un gran desafío personal hacer frente a las pérdidas y alimentar la resiliencia, es decir, el aprendizaje de las crisis. Especialmente dolorosa es la vivencia del luto, pues muestra todo el peso de lo Negativo. El luto posee una exigencia intrínseca: exige ser sufrido, atravesado, y superado positivamente.
Hay muchos estudios especializados sobre el luto. Según la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross, su vivencia y superación consta de varios pasos.
El primero es el rechazo: ante el hecho paralizante, la persona de un modo natural exclama: «no puede ser», «es mentira». Irrumpe el lloro desconsolado que ninguna palabra puede contener.
El segundo paso es la rabia que se expresa: « ¿por qué justamente conmigo? No es justo lo que ha pasado». Es el momento en que la persona percibe los límites incontrolables de la vida y no quiere reconocerlos. No es raro que se culpe por la pérdida, por no haber hecho o por haber dejado de hacer lo que debía.
El tercer paso se caracteriza por la depresión y el vacío existencial. Nos cerramos en nuestra propia cápsula y nos apiadamos de nosotros mismos. Nos resistimos a rehacernos. Aquí todo cálido abrazo y toda palabra de consuelo, aunque suene convencional, ganan un sentido insospechado. Es el anhelo del alma de oír que hay un sentido y que las estrellas-guía se oscurecieron solamente pero no han desparecido.
El cuarto es el autofortalecimiento mediante una especie de negociación con el dolor de la pérdida: «no puedo sucumbir ni hundirme totalmente; tengo que aguantar este desgarro hasta criar a mi familia o hasta licenciarme». En medio de la noche oscura se anuncia un punto de luz.
El quinto se presenta como la aceptación resignada y serena del hecho insoslayable. Acabamos incorporando en nuestra trayectoria existencial esa herida que deja cicatrices. Nadie sale del luto igual que entró. La persona madura forzosamente y experimenta que la pérdida no es necesariamente total, sino que trae siempre alguna ganancia existencial.
El luto es una travesía dolorosa, por eso tiene que ser cuidado. Me permito un ejemplo autobiográfico que aclara mejor la necesidad de cuidar el luto. En 1981 perdí a una hermana con la que tenía una afinidad especial. Era la última de las hermanas de los 11 hermanos. Como profesora, una mañana hacia las 10, estando delante de los alumnos, dio un inmenso grito y cayó muerta. Misteriosamente, a los 33 años, la aorta se había roto.
Todos los de la familia, venidos de varias partes del país, quedamos desorientados por el choque fatal. Lloramos copiosas lágrimas. Pasamos dos días viendo fotos y recordando, entristecidos, hechos de la vida de la hermanita querida. Los demás pudieron cuidar del luto y de la pérdida. Yo tuve que partir poco después hacia Chile, donde tenía que dar conferencias a todos los frailes del Cono Sur. Fui con el corazón partido. Cada charla era un ejercicio de autosuperación. De Chile seguí para Italia donde tenía charlas de renovación de la vida religiosa para toda una congregación.
La pérdida de mi querida hermana me atormentaba como un absurdo insoportable. Comencé a desmayarme dos, tres veces por día sin una razón física manifiesta. Me tuvieron que llevar al médico. Le conté el drama que estaba pasando. Él intuyó todo y me dijo: «tú todavía no has enterrado a tu hermana ni has guardado el luto necesario; mientras no cuides tu luto y no la sepultes, no vas a mejorar; algo de ti murió con ella y necesita ser resucitado». Cancelé todos los demás programas. En el silencio y la oración cuidé el luto. A la vuelta, en un restaurante, mientras recordábamos a nuestra hermana querida, mi hermano teólogo Clodovis y yo escribimos en una servilleta de papel lo que luego pusimos en el recordatorio de su bendita memoria:
«Fueron treinta y tres años, como los de Jesús/Años de mucho trabajo y sufrimiento/pero también de mucho fruto/Claudia cargaba con el dolor de los otros/En su propio corazón, como rescate/Era límpida como la fuente de la montaña/Amable y tierna como la flor del campo/Tejió, punto por punto, y en silencio/Un brocado precioso/Dejó dos pequeños, fuertes y hermosos/Y un marido orgulloso de ella/Feliz tú, Claudia, pues el Señor al volver /Te encontró de pie, trabajando/Lámpara encendida/Y tú caíste en su regazo/Para el abrazo infinito de la Paz».
Entre sus papeles encontramos esta frase: «Hay siempre un sentido de Dios en todos los eventos humanos: es importante descubrirlo». Hasta hoy seguimos buscando ese sentido que solamente en la fe podemos sospechar.
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miércoles, 7 de septiembre de 2011
Espiritualidad misionera en tiempos de cambio
Las nuevas tecnologías
Nos encontramos en la sociedad de la comunicación, y esto afecta profundamente a nuestra forma de ser. Vivimos en medio de una red impresionante de relaciones. No es fácil integrar tanta complejidad en la unidad de la persona. Por eso nos sentimos más fragmentados, desorientados, enfrentados, que en otros tiempos. El ansia de una espiritualidad integradora es muy fuerte, el deseo de intimidad choca contra la superficialidad que se nos vende. No es de extrañar que nos sintamos fuertemente globalizados, pero al mismo tiempo anhelamos cultivar nuestra individualidad.
La globalización
El fenómeno de la globalización es un hecho irreversible. Y tiene muchos aspectos negativos y otros positivos a la vez. En sus aspectos negativos, la globalización del mercado distorsiona la posibilidad del intercambio y comunión de los bienes de la tierra. La ideología neoliberal condena al desamparo, a la miseria y a la muerte a la mayor parte de la población mundial y modela un tipo de ser humano marcado por el hedonismo egoísta y por la fiebre del consumo.
Este tipo de globalización y su ideología bloquea la espiritualidad del compartir, de la solidaridad y del amor efectivo. Y tienta con un estilo de vida conformista y aburguesado. Aleja del mundo de los pobres y de la espiritualidad de la pobreza evangélica.
En sus aspectos positivos vemos cómo el Espíritu impulsa a individuos y grupos a integrarse, sumar esfuerzos y asumir compromisos concretos a favor de la paz, la justicia, la integridad de la creación, el diálogo en todas sus formas. De aquí emergen nuevas formas de espiritualidad comprometida.
La interculturalidad El contexto de interculturalidad que se vive en estos momentos, debido a las comunicaciones y a los desplazamientos, lleva también en sus entrañas un deseo profundo de espiritualidad. Hablamos de una interculturalidad no exenta de tensiones. Habrá que estar muy atentos para que en este encuentro, las culturas dominantes no produzcan el aniquilamiento y la desaparición de las diversidades y, con ello, una uniformidad producto del empobrecimiento cultural.
Nuevas expresiones de la espiritualidad
La sed espiritual es algo connatural al ser humano. Por eso se tiene que ver la experiencia de Dios en un contexto nuevo. Toda persona vive inserta en una historia y en un mundo de valores, desafíos y lazos relacionales con las demás personas y con toda la creación. Podemos decir que cada uno de ello es ajeno al Espíritu y que todo entra en la trama de la espiritualidad. Por eso, la experiencia de Dios tiene hoy nuevas características.
Además, hoy se está dando una singular globalización de las creencias y una interconexión entre ellas a través del diálogo interreligioso. A pesar de la tendencia de secularización y de materialismo consumista, el mundo contemporáneo es rico en expresiones de espiritualidad en general, y de oración en particular, tanto que se puede hablar de un despertar espiritual o, como dice la Redemptoris Missio un “retorno religioso” (RMi 38). Estas expresiones de espiritualidad y de oración, no siempre están carentes de ambigüedad y contradicciones y, por ello, se construyen verdaderamente en “un nuevo areópago a evangelizar” (RMi 38).
Reacción frente a la experiencia de vacío
Expresiones de esta espiritualidad son el interés por los temas esotéricos y la búsqueda de silencio e interioridad, caminos ambiguos y muchas veces agnósticos, pero que, analizados en profundidad, no están del todo privados de significado espiritual. El fenómeno revela el movimiento interior del hombre que es incapaz de soportar el vacío espiritual causado por las situaciones deshumanizantes y secularizantes de la vida e insatisfecho, en el primer mundo, con las riquezas materiales. Es por eso que la espiritualidad misionera de hoy acentúa, sobre todo, la atención al otro, pero no como simple destinatario de una oferta, sino en lo que él es como persona. Es una espiritualidad más centrada en los aspectos más humanos de la vida: la importancia de la acogida, de las relaciones humanas, la sensibilidad hacia lo débil. El descubrimiento de un Dios con connotaciones más humanas. Si hubiera una palabra clave que pudiera expresar la nueva percepción sería la palabra “encuentro”. Encuentro con el otro, con el hermano, con los otros, con el pueblo, con el Otro…
Las formas en las que se manifiestan estas nuevas dimensiones de la espiritualidad son múltiples y muy variadas y apenas son perceptibles dado que se trata simplemente de actitudes nuevas a la hora de hacer lo mismo que se hizo en la misión, aunque con un mayor aprecio por los valores de la cultura, de la historia y de su religión y, sobre todo, a la luz de un nuevo marco teológico de la misión que es, en definitiva, fuente y reserva para dinamizar el proceso misionero.
Ángel Gutierrez Anaya
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domingo, 15 de mayo de 2011
VER A DIOS
De niño, unos pocos individuos protectores llenaban su universo, en el que él ocupaba el centro absoluto; ahora descubre que el mundo lo pueblan seis mil millones y que él solo es uno más en una muchedumbre innumerable.
Y por primera vez desea contemplar las cosas con objetividad, incluida su propia posición relativa en el conjunto, y enjuiciar autónomamente las ideas que ha recibido por educación y por cultura.
Y eso también afecta a la visión religiosa que le han transmitido. Poco a poco, deberes profesionales, familiares y ciudadanos de urgente cumplimiento van difuminando la religiosidad que adquirió en el colegio o en casa.
Mientras su experiencia de la vida y sus conocimientos del mundo han crecido y madurado con la edad, su idea de Dios ha quedado detenida en la infancia sin progresar en paralelo y, al contrastarla con la realidad que conoce, le resulta obligado, en conciencia, retirarle su íntimo asentimiento.
Mira a su alrededor y comprueba que, en la cultura contemporánea, la existencia de Dios ha dejado de ser evidente y que los más prestigiosos nombres de la filosofía, la literatura, la ciencia y el arte no son hoy cristianos.
Y en cuanto a la naturaleza, las miserias de la vida y la abundancia de sufrimiento irracional le convencen, con Hume, de esta «grande y melancólica verdad»: el mundo está mal hecho. ¿Quién lo imaginaría así si, antes de entrar en él, le dijeran que lo ha confeccionado una voluntad omnipotente y bondadosa? Una inteligencia mediana podría mejorarlo.
Si de algo adoleciera la doctrina cristiana tradicional —magisterio, definiciones dogmáticas, teología—, sería de exceso de optimismo: no es que no explique el mundo, es que lo explica demasiado. Con sus razones voluntaristas, ofrecen conciliaciones apresuradas de las contradicciones, aporías y tensiones no resueltas de nuestro doliente mundo.
La experiencia nos familiariza con el absurdo, el sinsentido o simplemente el misterio de la vida, que no se dejan explicar tan fácilmente.
Cada época histórica tiene un particular «sentido común» que determina lo que es verosímil o creíble en ella. Para muchos, la verdad cristiana ha perdido veracidad y ya no es creíble como antes porque, habiendo adquirido su forma clásica en época patrística-medieval, su presentación conceptual, demasiado tributaria del momento de su cristalización, resulta poco convincente para el hombre moderno, el cual piensa que no le es exigible confesar algo tan inverosímil.
Y le desgarra un dilema: ser cristiano o ser hombre (emancipado, crítico y libre). Y cuando opta por ser hombre, recuerda lo que dice el evangelista: «¿Nadie ha visto jamás a Dios?» (1 Jn 4,12), y se pregunta, como han hecho otros a propósito de la «mano invisible» de Adam Smith, si no ve a Dios debido a su invisibilidad o, más sencillamente, porque no existe.
Un método, no nuevo pero sí renovador, está contribuyendo a dulcificar las tensiones entre evangelio y ciencia, Dios y modernidad, fe y mayoría de edad. Me refiero al método histórico-exegético que, aplicado al Nuevo Testamento, recupera la figura humana de Jesús, el profeta de Galilea.
Los redactores de los evangelios, además de suministrarnos datos históricos de su vida, proyectaron sobre esta la impresión que les produjeron los acontecimientos pascuales y bañaron esos datos de teología y misión.
El mencionado método —una asombrosa combinación de filología, teología, historia y arqueología— separa con cuidado lo pascual y lo histórico y, aislando esto último, con lo resultante devuelve veracidad a lo que nunca dejó de ser verdad.
Emerge con fuerza extraordinaria la figura de una individualidad rigurosamente única, sin comparación con otras personalidades, religiosas o no, de la Historia universal. Cuanto más se le despoja de elementos legendarios y maravillosos, la ejemplaridad del galileo luce más universal y perenne.
Incluso las conceptualizaciones teológicas de Pablo de Tarso a veces acusan añejo anacronismo (legitimación de la esclavitud o de estereotipos patriarcales), en tanto que la ejemplaridad jesuánica es siempre contemporánea. Detractores del cristianismo y de los cristianos se detienen sin excepción ante el galileo: imposible criticarlo sin desprestigiarse.
El método nos provee de la imagen de un hombre comedor y bebedor que compartía mesa con impuros, pecadores, prostitutas y extranjeros; un curador de enfermedades y exorcista del dolor; un profeta igualitario abierto a todos, rodeado de mujeres y de niños, con inmensa preferencia por pobres y marginados; un creador de parábolas de indecible compasión, perdón y humilde servicio, subvertidoras de los valores establecidos; un hombre de extraña autoridad gastada en anunciar a los oprimidos las bienaventuranzas y las obras de misericordia; un itinerante que iba por las aldeas haciendo el bien y predicando la alegría, la salud, la vida y la ternura de un Dios bien distinto del bélico, vengativo y autoritario al que los judíos rendían culto.
La gente le escuchaba y se preguntaba, soñadora: ¿será verdad que Dios es así? Y se llenaba de presentimientos sobre Dios.
El eterno —y muchas veces incomprensible— silencio de Dios se interrumpe por una vez: quienes siguieron al profeta en vida entrevieron en su persona cómo la invisibilidad divina se materializaba en él.
Sufrimos las heridas de la vida, pero ¡realmente Dios enjugará algún día las lágrimas de nuestros ojos!
El galileo no sobrevuela olímpicamente las deficiencias estructurales del mundo porque experimenta hasta el extremo el absurdo del existir humano: condenado por los hombres por blasfemo y abandonado de Dios, esta ejemplaridad azotada y coronada de espinas, que contempla desde lo alto de la cruz el fracaso de su misión, suelta un grito desgarrado que la comunidad cristiana primitiva no olvidará jamás.
Y así, en la noche de los tiempos, cuando la nube del horror le impide —a él también— ver al Padre, el ejemplo de su confianza incondicional en Él es tan sobrehumano que hace a Dios, en medio de la desolación, aún más visible a los ojos de los hombres.
El mundo sigue estando mal hecho y ninguna teodicea explica convincentemente el dolor inocente y gratuito que lo inunda. Dios no intervino para salvar al buen galileo y tampoco alterará el curso de la historia por nosotros. Ni dogmas, ni magisterios, ni teologías, ni ritos ni sacrificios logran conjurar toda esta negatividad excesiva.
Pero ahora nos es dado contemplar con esperanza una ejemplaridad aún más excesiva, que personifica una posibilidad suprema de lo humano tan perfecta, tan radical, tan sobreabundante, que sugiere un plus sobre lo humano (un plus que recibiría tras la pascua diferentes títulos: Hijo, Mesías, Señor).
No más dilema: es creíble, es verosímil, no contradice el sentido común, que una ejemplaridad de esta magnitud contenga una imagen visible del Dios invhttp://www.blogger.com/img/blank.gifisible.
Comparándose con ella, el hombre percibe la vertiginosa distancia que lo separa del modelo y, avergonzado por su vulgaridad, abrumado, siente la necesidad de limpiar su corazón de la negrura que lo espesa.
Y solo en ese momento, «toda ciencia trascendiendo», se le manifiesta por fin el Dios oculto, pues, como dijo el galileo cierto día, «bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios» (Mt 5, 8).
Javier Gomá Lanzón
Filósofo, autor de “Ejemplaridad pública”
ABC_Sevilla
domingo, 10 de abril de 2011
Vivir en la luz o vivir en las tinieblas
El barro nos representa a nosotros, los hombres, cuando vivimos al margen de Dios. Somos barro si vivimos desde nosotros mismos. Somos hombres y mujeres con vida y con luz, cuando vivimos acogiendo la Vida del Señor. Unir el barro a la saliva es una manera de expresar que la saliva es signo de vida y que, cuando se une con el barro, trae siempre salvación y luz. No se te ocurra vivir sin el soplo de la vida: serás barro sin vida y sin luz. Vive tu humanidad con el soplo de vida que siempre el Señor te ofrece, como ofreció al ciego de nacimiento.
Haz una composición de lugar: tú eres el ciego y seguirás siendo ciego mientras no dejes que Jesús se acerque a tu vida, como lo hizo con el ciego de nacimiento. Deja por un momento que se acerque. Él te ve y sabe cómo estás cuando vives al margen de Él o sin una comunión plena con Él. Te interesa descubrir lo que sucedió con el ciego de nacimiento. Puede hacer lo mismo contigo. “En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento”. Es Jesús quien le ve. Es Jesús quien nos ve a nosotros, quien te ve a ti y a mí. Es Jesús quien se interesa por nosotros. Y su interés es para entregarnos la salvación, que en este caso se traduce por tener luz y poder ver. Continúa el Evangelio diciendo: “escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: Ve a lavarte a la piscina de Siloé. Él fue, se lavó, y volvió con vista”. El Señor lo que hace es entregarle su Vida, su Amor. ¡Qué fuerza tiene en nuestra vida percibir que Jesús se aproxima a nosotros como si fuésemos unos náufragos a los que Él les acerca el salvavidas! Somos náufragos y Jesús es nuestra salvación, la mano firme que nos libra de las tinieblas.
¡Cuánto han crecido las posibilidades materiales y técnicas en nuestra vida histórica, pero qué raquítica se ha quedado en ella la experiencia de Dios! Por eso Jesús se acerca a nosotros como al ciego de nacimiento, quiere hacernos entender que sin Él no vemos y estamos en las tinieblas. Sin Él no nos conocemos, no sabemos quiénes somos, no tenemos identidad. Recordemos lo que decía la gente del ciego y lo que él dice de sí mismo después de entrar en comunión con Jesús y así recobrar la vista: “¿No es ése el que se sentaba a pedir? Unos decían: El mismo. Otros decían: no es él pero se le parece. El respondía: Soy yo”. ¡Qué maravilla, ese “soy yo” dicho con fuerza por el ciego! Es lo mismo que decir: ahora sí que soy yo, ahora sí que veo, ahora sí que he salido de la tiniebla a la luz maravillosa que me ha sido regalada por Jesucristo.
Todos tenemos en lo más profundo de nuestra existencia nostalgia de Dios que se manifiesta de modos diferentes en la vida. Y es que hemos salido de sus manos, ha sido Él quien nos ha dado el aliento para vivir. Habíamos perdido la Vida y ha venido Jesucristo a devolvernos esa Vida. De tal modo que la urgencia del encuentro del hombre con Jesucristo es muy grande. Sí, es urgente que los hombres conozcan a Jesucristo. Que conozcan a quien da la Vida, a quien puede regalarla y entregarla. Necesitamos descubrir la verdad profunda de nuestra existencia y esa solamente nos la regala Jesucristo.
¡Qué belleza tiene el Evangelio del ciego de nacimiento! Nos enseña que hay que llegar hasta lo más profundo de la existencia humana para que la vida sea verdaderamente bella y a esa profundidad solamente puede llegar Jesucristo. Cuando llega, la vida queda iluminada. El ser humano hoy necesita de esa Luz. Porque está padeciendo lo que más le hace sufrir, vivir en la ausencia de Dios verdadero, en un silencio que no puede aguantar y que le angustia. Necesita, como el ciego de nacimiento, tener experiencia fuerte del amor de Dios y confiar en Él, contar con Él, poner la confianza de toda su vida en Él. ¿Tendrá el atrevimiento y la osadía el ser humano de reconocer que por sí mismo no ve y que necesita de quien le da la luz? ¿Tendremos el atrevimiento de dejar que Jesús se acerque a nuestra vida, precisamente en esta hora en que los hombres y mujeres de este mundo tienen la experiencia existencial de que nos quedamos solos y a merced de nosotros mismos? Jesús nos da un horizonte para vivir diferente. Acerquemos nuestra vida a la Vida y a la Luz.
¡Qué hondura tiene el Evangelio de San Juan que, ciertamente, nos ayuda a entender esta página del ciego de nacimiento! En el centro del Evangelio aparece siempre la persona de Jesús, el Hijo de Dios y la salvación que Él anuncia y ofrece a los hombres y al mundo. Y todo ello se describe a través del vocabulario de la luz y de la vida. En cambio, el rechazo de la salvación se plantea siempre a través del vocabulario de las tinieblas, de la mentira, de la oscuridad, de la ceguera, de la muerte, de la noche. Por eso la luz y las tinieblas no tienen un significado simplemente físico o neutro, sino que están cargados de un significado profundamente religioso y teológico. La luz es símbolo de lo que Dios es en sí mismo y de lo que Él hace por el hombre a través de Jesús. Las tinieblas son el conjunto de falsos valores, de ideologías y de sistemas contaminados por el pecado que siempre están moviendo al hombre a cerrarse al interés que Dios tiene por él y a su proyecto de salvación. ¡Qué gracia más especial para nosotros ver a un ciego que es curado de su ceguera por el Señor y al que le es dada la Luz de Dios! Porque ese ciego ¡somos también tú y yo!
Con gran afecto, os bendice
Carlos Osoro, Arzobispo de Valencia
Esas manos…
Sorprende que la denuncia sea tan lenta, y que nosotros estemos tan ajenos y tan lejanos, mientras hay jóvenes que esperan a que se les haga justicia.
Ese cuerpo que baila está mal alimentado y usado por otros.
Esas manos que se mueven no reciben el sueldo de su trabajo.
Esos pies enredados en el ritmo y la música caminan despacio.
Esa piel nueva y tersa está marcada por la mala alimentación.
Ese canto a la vida tiene cadencia de dolor y fatiga.
Esa juventud es explotada desde el nacimiento hasta la muerte.
Ese corazón acurrucado necesita otro patrón que sea justo.
Esas noches en vela sueñan que el día sea mejor.
Esos ojos están cansados de haber visto la tierra que no cambia.
Esa risa callada guarda dentro las puertas de la vida.
Y son sus manos dos alas que bailan y a la vez vuelan.
Tere Iribarren
Cristianismo y Justicia
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Etiquetas: actualidad, espiritualidad, reflexiones
martes, 15 de marzo de 2011
Fe, ¿aceptas el reto?
Hablar de fe es hablar de confianza, de fiarse. A veces se puede pensar que por uno mismo se consigue todo pero es bueno que no dejemos adormecer nuestra capacidad de ver el sentido trascendente de la realidad, que nos permite auscultar la presencia de un Dios empeñado en acompañarnos. No hay que irse muy lejos, ni ascender demasiados peldaños en la escalera de la sabiduría para descubrir que el camino de encuentro con Dios tiene como ruta obligada la familia, los compañeros de trabajo, de estudios…; todas aquellas personas con las que nos relacionamos a diario.
La palabra “reto” es por sí misma sugerente pero vamos a intentar interpretarla desde nuestra parte de liebre y de tortuga. La libre es ágil, despierta. La tortuga es lenta, reflexiva, previsora (lleva la casa “a cuestas”). Cada uno de nosotros tenemos algo de la una y de la otra. Tenemos que intentar armonizar ambas. No podemos caminar a toda prisa sin pensar las cosas, ni tampoco pasar por la vida a paso de tortuga, dando vueltas a las cosas, apresados por los temores y los miedos, sin decidirnos por nada. Durante esta semana y también durante todo el año te invitamos a aceptar:
el reto de vivir
el reto de no caer en la rutina
el reto de sonreír todos los días
el reto de sostener a los más débiles
el reto de cuidar de la familia, los amigos…
el reto de ser generoso con tu tiempo
el reto de creer en este Dios que no quiere que te alejes.
Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)
lunes, 28 de febrero de 2011
La espiritualidad de la vida consagrada
La Exhortación sinodal sobre la vida consagrada indica: “La vida espiritual, por tanto, debe ocupar el primer lugar en el programa de las familias de vida consagrada, de tal modo que cada instituto y cada comunidad aparezcan como escuelas de auténtica espiritualidad evangélica. De esta opción prioritaria, desarrollada en el compromiso personal y comunitario, depende la fecundidad apostólica, la generosidad en el amor a los pobres y el mismo atractivo vocacional ante las nuevas generaciones. Lo que puede conmover a las personas de nuestro tiempo, también sedientas de valores absolutos, es precisamente la cualidad espiritual de la vida consagrada, que se transforma así en un fascinante testimonio“(V C 93).EL ESPÍRITU ES EL PROTAGONISTA
Afirmar esto significa leer toda la realidad de la vida consagrada a la luz de la espiritualidad. Se trata, pues, de comprender, a la luz de la espiritualidad, la misión, la vida fraterna, la formación, las estructuras de gobierno, la relación con los laicos.
Cuando se habla de espiritualidad, se hace referencia, obviamente, al Espíritu, y, cuando se habla en la Biblia de Espíritu, se habla de soplo y de viento, se hace referencia a una realidad vital que es fecundación y nacimiento. Por tanto, pararse a reflexionar sobre la espiritualidad de la vida consagrada significa entrar en su mismo corazón y encontrar en él las huellas de las actuaciones del Espíritu, en sus orígenes y a lo largo de su historia. Con otras palabras, es hablar de su esencia, de su más profundo significado.
El Espíritu es el verdadero protagonista, que sigue realizando “cosas grandes” en nuestra frágil humanidad. El Espíritu abre el corazón del hombre al encuentro con el Señor que le llama, le consagra y le confía una misión.
La llamada a seguir a Jesús exige renuncias radicales, que conllevan la superación de las más radicales inclinaciones de la naturaleza; por ello se comprende la necesidad de una presencia y de una actividad absolutamente especial del Espíritu de Jesús. El consagrado, superando la fragilidad de la propia carne, está llamado a hacer transparente la presencia del Reino y a demostrar” “ante todos los hombres la soberana grandeza del poder de Cristo glorioso y la potencia infinita del Espíritu Santo, que obra maravillas en la Iglesia.”(LG 44c), así como a convertirse en un ámbito donde el Espíritu Santo actúe – y se le deje actuar – con la más absoluta libertad.
LLAMADOS A UNA ESPIRITUALIDAD DE COMUNIÓN
El fin último de la vida consagrada es realizar en plenitud el misterio de comunión al que el consagrado está llamado, cuyo camino ha trazado Jesús. La Constitución Lumen Gentium ha subrayado explícitamente la llamada universal a la santidad de todos los cristianos en la radicalidad del Evangelio, en el cumplimiento del mandamiento del amor y en el seguimiento de Jesús.
Pero todo esto no excluye lo que el mismo Evangelio presenta, o sea, la posibilidad de un seguimiento particular, diferente del que se le pi-de a todo cristiano, seguimiento que se concreta en la profesión de los consejos evangélicos y en la incorporación a una nueva forma de vida.
“Jesús le dijo a Simón: No temas, de ahora en adelante serás pescador de hombres. Ellos atracaron las barcas a la orilla y, abandonándolo todo, lo siguieron“(Lc 5,10-11). “Después Jesús salió y vio a un publicano llamado Leví, que es-taba sentado junto a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: «Sígueme. Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. “(Lc 5,27-28).
A cada uno se le concede un carisma diverso, que no se contrapone de los demás, sino que, dentro de una eclesiología de comunión, se complemente con ellos. Cristo “no sólo ha conferido el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino también, con amor de hermano, ha elegido a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión“ (PDV 15).
De la misma manera, el carisma de la vida con-sagrada no se contrapone a ninguna otra vocación, sino que la completa mediante la radicalidad del seguimiento y el nuevo estado de vida en el que el religioso se encuentra incorporado. Los consagrados, en primer lugar, están llamados a vivir en comunión con Dios. Un “primer” que expresa una prioridad y no una temporalidad, ya que la vida del consagrado halla sentido y significado solamente a partir de esta comunión íntima y personal.
SEGUIMIENTO RADICAL DE CRISTO
La llamada de Dios y la respuesta del hombre constituyen una alianza de amor, una verdadera consagración que se realiza, antes que en ningún otro y de manera perfecta y definitiva, en el Hijo: efectivamente, Cristo es el ungido, el consagrado por excelencia, el enviado por el Padre.
Este misterio de alianza, que depende total-mente de Cristo, se realiza en la Iglesia, pueblo elegido y consagrado por Dios para ser signo de salvación para el mundo entero. Cristo hace de la Iglesia un instrumento visible de su amor, y consagra a sus miembros en su nombre. Todo miembro del pueblo de Dios es hecho partícipe de la consagración de Cristo y de la Iglesia a través de los sacramentos de la iniciación cristiana, que imprimen en él un carácter indeleble, o sea, una consagración definitiva.
La consagración derivada de la profesión de los consejos evangélicos se sitúa en el contexto y como actuación del seguimiento radical de Cristo, que es objeto de una llamada particular que, a su vez, conlleva un don particular que hace capaz de dar una respuesta. La consagración es el acto con el cual Cristo casto, pobre y obediente, a través de la acción de su Espíritu y la mediación de la Iglesia, configura a sí, de manera particular, al fiel que le responde.
Pablo VI, hablando del don de la virginidad, había subrayado que “ella alcanza, transforma y penetra el ser humano hasta lo más íntimo mediante una misteriosa semejanza con Cristo“ (ET 13). Es el Espíritu “quien forma y plasma el ánimo de los llamados, configurándolos a Cristo casto, pobre y obediente, y moviéndolos a acoger como propia su misión“ (VC 19).
Esto quiere decir que los dinamismos fundamentales del sujeto son asumidos y orienta-dos hacia los bienes del Reino. Por tanto, vivir la consagración religiosa no es sino vivir el particular seguimiento, participando a la misma consagración de Cristo. Él es el consagrado por excelencia, y así, corren parejas la configuración con Él y la consagración (cf. VC 31).
“MÁS PLENAMENTE”
La consagración religiosa es una actualización de la dimensión real, sacerdotal, profética que la consagración bautismal imprime en toda existencia cristiana. En virtud de la “nueva y especial” consagración, se hace a la persona capaz de revivir en sí la dimensión subjetiva del sacerdocio de Cristo, que no solamente ofrece un sacrificio, sino que se ofrece a sí mismo en sacrificio.
Al mismo tiempo, se le hace capaz de ejercer de manera singular su función real, a través de la superación y el dominio sobre las inclinaciones naturales. En particular, ejerce la función profética, precisamente porque representa en su vida el modo de vida del Señor (cf. VC 21-22).
Podemos añadir, con el Concilio (PC 5), que la consagración religiosa, frente a las demás vocaciones cristianas, “expresa más plenamente” las virtualidades de la consagración bautismal, ya que las pone en acto y las extiende a todas las dimensiones de la vida.
La consagración propia de la profesión de los consejos evangélicos mediante el voto de castidad, pobreza y obediencia y el compromiso a vivir en comunidad, abarca todas las dimensiones de la vida, que se convierte en propiedad del Señor, configuración con Él y disposición a acoger el proyecto de salvación.
Los consagrados han de vivir esta comunión en todos los niveles de su existencia cotidiana: entre ellos, en las comunidades locales, en comunión con toda la Iglesia y con los hermanos y hermanas del mundo, para la construcción de una nueva cultura.
TESTIGOS
Cristo, a través de su actividad apostólica, nos ha manifestado cómo es Dios, un Dios misericordioso y solidario con el hombre. La vi-da consagrada, como configuración con Cristo, participa de su consagración y de su misión.
Para el consagrado, ser misionero no es simplemente una opción, sino, por el contrario, un imperativo que nace de su misma configuración con Cristo. Tener “la mirada fija en el rostro del Señor no atenúa en el apóstol el compromiso por el hombre; más bien lo potencia, capacitándole para incidir mejor en la historia y liberarla de todo lo que la desfigura.” (VC 75).
“La búsqueda de la belleza divina mueve a las personas consagradas a velar por la imagen divina deformada en los rostros de tantos hermanos y hermanas, rostros desfigurados por el hambre, rostros desilusionados por promesas políticas; rostros humillados de quien ve des-preciada su propia cultura; rostros aterroriza-dos por la violencia diaria e indiscriminada; rostros angustiados de menores; rostros de mujeres ofendidas y humilladas; rostros cansados de emigrantes que no encuentran digna acogida; rostros de ancianos sin las mínimas condiciones para una vida digna” (Ib.).
De la configuración con la persona de Cristo, fruto de la consagración, deriva la plena participación en la obra de Cristo mediante la misión. La vida consagrada se define, efectiva-mente, por la relación con Dios en Jesucristo, del cual brota el amor al hombre. “«El amor de Cristo nos apremia» (2 Co 5, 14): los miembros de cada Instituto deberían repetir estas palabras con el Apóstol, por ser tarea de la vida consagrada el trabajar en todo el mundo para consolidar y difundir el Reino de Cristo, llevando el anuncio del Evangelio a todas partes, hasta las regiones más lejanas“ (VC 78).
El consagrado es capaz de amar con el mismo amor de Dios en la medida en que se dona y se deja aferrar por Él. Así se convierte en testigo, como Cristo lo ha sido del Padre. Se podría decir que el fin y el contenido de la misión de Cristo es precisamente el testimonio. Cristo es mandado para ser testigo del Padre, de su voluntad y de su designio de amor redentor. Cristo se presenta en el mundo como el testigo del ágape del Padre.
TOTALMENTE DE DIOS Y DE LOS HERMANOS
Igual que Cristo, también los apóstoles son enviados sobre todo para ser testigos. De la misma manera, el consagrado no puede ni debe separar su misión de su testimonio. Solamente así su servicio caritativo no será solamente correcto a nivel profesional y participado a nivel humano, sino que será signo, manifestación, profecía del amor de Dios, que no sólo está al origen de todo amor, sino que es también su fin, como cumplimiento de la vocación a la que Dios llama.
“La aportación específica que los consagra-dos y consagradas ofrecen a la evangelización está, ante todo, en el testimonio de una vida totalmente entregada a Dios y a los herma-nos“(VC 76ª). “Quien ama a Dios, Padre de todos, ama necesariamente a sus semejantes, en los que reconoce otros tantos hermanos y hermanas”(VC 77). El don a Dios y a los hermanos mediante la práctica de los consejos evangélicos, permite a la vida consagrada cumplir su misión de signo permanente, de comunión plena, a la que la Iglesia está llamada en favor de toda la humanidad. Se trata de un testimonio profético, porque despierta la atención hacia lo invisible, accesible solamente mediante la fe.
El profetismo de la vida consagrada, funda-do sobre los dones de la castidad, pobreza y obediencia, asumidos por amor de Cristo, es el servicio específico que ella presta a la Iglesia y al mundo. “El profetismo nace de la experiencia de Dios y de su designio frente a las circunstancias históricas de la vida” (Sínodo de los Obispos sobre la Vida Consagrada, Propositiones, n. 39).
“Toda palabra y todo gesto profético nacen del diálogo de amistad con Dios, que lleva al conocimiento de su voluntad y al discernimiento de espíritus”. No podía faltar, además, la referencia a una doctrina que ya es tradicional, o sea, que “el apostolado de todos los religiosos es, en primer lugar, la misma vida consagrada” (Ib.).
“La verdadera profecía nace de Dios, de la amistad con Él, de la escucha atenta de su Pa-labra en los muchas circunstancias de la historia. El profeta siente arder en el corazón la pasión par la santidad de Dios y, después, haber acogido de ello en el diálogo, del ruego la palabra, la proclama con la vida, con los labios y con los gestos, haciéndose portavoz de Dios contra el mal y el pecado”, (VC 85).
PROFECÍA DE LA MISERICORDIA
La vida consagrada se convertirá en “lugar” de fe vivida, y por tanto será capaz de acoger los retos del mundo, en la medida en que sepa des-cubrir nuevamente y vivir su propia identidad en la consagración, o sea, en esa relación de alianza y pertenencia a Dios en Cristo y en el Espíritu.
Solamente partiendo de su configuración con Cristo sabrá el consagrado dar a su seguimiento el rostro misericordioso de Dios, solamente dejándose vencer por su amor sabrá cultivar la esperanza y se convertirá en lugar de refugio para quien tiene el corazón herido.
El consagrado, dejando todo para entrar en la vida de Cristo, para seguirlo y para ser ab-sorbido totalmente por Él, ofrece a sus herma-nos el primer y fundamental servicio, el más radical y creíble anuncio de la primacía de Dios en la vida del hombre. Así han vivido los Apóstoles, que, siguiendo a Cristo, han dejado todas las cosas para anunciar la Buena Noticia, compartiendo su vida y su misión.
De la misma manera, también el consagra-do ha encontrado a Cristo, que le ha llamado a seguirlo para estar con Él y ser su testigo; cuan-do el corazón se llena de Dios, cuando la mira-da está purificada por su amor, es posible amar y servir como Dios ama y sirve.
PERFUME DE BETANIA
Escribe el P. Cabra: “Como conclusión de la Exhortación Apostólica aparece el espléndido icono de la unción de Betania. Es una elocuente ilustración de la misión de la Vida Consagra-da, que debe estar, ante todo, entregada plenamente a la persona de Jesús, con un amor único e incontenible, amor que procede de la comprensión del misterio de su persona divina, de su amor que se entrega hasta el final”.
He aquí la consagración, que quisiera ser una imitación del “derroche” de la propia vida a ejemplo del Señor. De ese derroche se difunde el perfume por toda la casa: la comunidad de los cercanos y la muchedumbre de los lejanos, a ve-ces sin que lo deseen, son alcanzadas por este perfume. La consagración, el derroche de una vida, se convierte en misión, porque la entrega a Cristo expande el “buen olor de Cristo” por toda la casa. ¿Es posible expresar mejor la fuerza misionera de la consagración?
martes, 22 de febrero de 2011
lunes, 21 de febrero de 2011
Carta de san Francisco Javier
"Muchos cristianos se dejan de hacer en estas partes, por no haber personas que en tan pías y santas cosas se ocupen. Muchas veces me mueve pensamientos de ir a los estudios de esas partes, dando voces, como hombre que tiene perdido el juicio, y principalmente a la universidad de París, diciendo en Sorbona a los que tienen más letras que voluntad, para disponerse a fructificar con ellas: ¡cuántas ánimas dejan de ir a la gloria y van al infierno por la negligencia de ellos!Y así como van estudiando en letras, si estudiasen en la cuenta que Dios nuestro Señor les demandará de ellas, y del talento que les tiene dado, muchos de ellos se moverían, tomando medios y ejercicios espirituales para conocer y sentir dentro en sus ánimas la voluntad divina, conformándose más con ella que con sus propias afecciones, diciendo: "Señor, aquí estoy, ¿qué quieres que yo haga? Envíame adonde quieras; y si conviene, aun a los indios".
¡Cuánto más consolados vivirían, y con gran esperanza de la misericordia divina a la hora de la muerte, cuando entrarían en el particular juicio, del cual ninguno puede escapar, alegando por sí: "Señor, cinco talentos me entregaste, he aquí cinco más que he ganado con ellos"! Témome que muchos de los que estudian en universidades, estudian más para con las letras alcanzar dignidades, beneficios, obispados, que con deseo de conformarse con la necesidad que las dignidades y estados eclesiásticos requieren.
Está en costumbre decir los que estudian: deseo saber letras para alcanzar algún beneficio, o dignidad eclesiástica con ellas, y después con la tal dignidad servir a Dios. De manera que según sus desordenadas afecciones hacen sus elecciones, temiéndose que Dios no quiera lo que ellos quieren, no consintiendo las desordenadas afecciones dejar en la voluntad de Dios nuestro Señor esta elección. Estuve casi movido de escribir a la universidad de París, a lo menos a nuestro Maestre de Cornibus y al doctor Picardo, cuántos mil millares de gentiles se harían cristianos, si hubiese operarios, para que fuesen solícitos de buscar y favorecer las personas que no buscan sus propios intereses, sino los de Jesucristo."
domingo, 6 de febrero de 2011
Rezando con los Refugiados de Iraq
Muchos de estos refugiados iraquíes son trabajadores altamente cualificados — el 40% de los profesionales de Iraq han huido del país desde 2003 — pero normalmente los refugiados no tienen el derecho legal de trabajar en los países a los que han huido. Tratan entonces de vivir con lo que han ahorrado, la asistencia humanitaria, o ingresos que ganan de forma informal haciendo trabajos que nada tienen que ver con su formación profesional. Es habitual que ingenieros o doctores acaben trabajando como conserjes o cocineros.
El impacto en las familias es importante. En Iraq, muchos de quienes se encargaban de mantener a sus familias han muerto, y en el exilio, los padres sienten una gran frustración al no poder hacerse cargo de sus familias. Muchos niños iraquíes han abandonado la escuela para ayudar a sus familias con trabajos manuales que a menudo no pueden hacer los adultos mayores de 40.
Si bien algunos de estos iraquíes desplazados se han podido reasentar en un tercer país como Estados Unidos, siguen pasando dificultades. No sólo deben adaptarse a una cultura extraña y a un nuevo idioma, sino que a pesar de tener un estatuto oficial de refugiado y el derecho legal a trabajar, encontrar un empleo, especialmente en las profesiones liberales que tenían, es a menudo extremadamente difícil.
Tu reflexión
Farrah, una madre soltera que huyó de Bagdad con su hijo después de que éste consiguiera escaparse tras ser secuestrado, vivió en Jordania durante cuatro años. Su experiencia es una muestra de la lucha de muchos refugiados iraquíes.
Aunque se licenció en derecho en Iraq, no podía trabajar en Jordania y dependía de sus ahorros y de la ayuda de familiares, amigos y ONG. Su hijo pudo ir a la escuela, pero, como muchos niños iraquíes que vivían en países vecinos, tuvo grandes dificultades para adaptarse a la vida como extranjero en Jordania.
Si bien Farrah tenía muchos familiares y amigos en Jordania y se sentía más cómoda viviendo en un contexto cultural parecido, volvió a partir de nuevo con su hijo, esta vez hacia los Estados Unidos, para que él pudiera tener un empleo mejor.
Aquí no hay nada para mí, dijo. No tengo amigos en Estados Unidos, pero me vine para que mi hijo pudiera salir adelante y tener una nueva vida.
Farrah demuestra los tremendos sacrificios y las penalidades por las que han pasado muchos refugiados pensando en sus seres queridos.
El hijo de Farrah, ahora con 16 años, ha recibido una beca para ir a una escuela superior católica y ya ha hecho muchos amigos en su nuevo hogar. Si bien su familia ha recibido asistencia pública y a pesar de que ella habla bastante bien el inglés, siente una frustración parecida a la que tenía en Jordania a la hora de encontrar trabajo, y mucho menos un trabajo relacionado con su formación jurídica.
El amor de los padres refugiados por sus hijos en mitad de una inseguridad tan grande y el deseo de cubrir las necesidades de sus seres queridos puede servir como ejemplo del amor de Dios por toda la gente de Dios. El deseo de los padres refugiados de sacrificarlo todo por sus hijos refleja en cierta manera el ejemplo del propio Jesús que se ofreció a si mismo para que todos podamos tener la vida.
Lectura sugerida para la oración
martes, 1 de febrero de 2011
La oscuridad espiritual de la Madre Teresa
Piensen en la Madre Teresa. Una vez que sus escritos y cartas personales se hicieron del dominio público, supimos que la Madre Teresa experimentó una oscuridad espiritual intensa que la acompañó en sus últimos años. Éste es un hecho no muy conocido de su vida. Su diario fue recientemente publicado bajo el título Ven. Sé mi luz.
“En mi alma”, escribió, “siento un terrible dolor de pérdida, de que Dios no me quiere, o de que Dios no es Dios, de Dios como alguien inexistente”. Ésta es la Madre Teresabatallando con sentimientos de la no existencia de Dios. Con el paso del tiempo, comenzó a ver que este sentido de abandono era una manera en la que Dios la acercaba aún más a la figura de Cristo abandonado y a los pobres abandonados.
¡Aquí lo tienen! Muchos de nosotros pensamos que los santos pudieron haber tenido vidas difíciles –todos los que trabajan con los pobres y los fundadores de órdenes religiosas–, pero pensamos que la tuvieron muy fácil cuando se trataba de la fe y la oración. Y esa clase de actitud o pensamiento en ocasiones funciona como un pretexto. Decimos: “Puesto que los santos tuvieron algún tipo de unión mística, el vivir el Evangelio fue muy fácil para ellos. Así pues, dejemos la radicalidad del cristianismo para ellos”.
Pero como nos lo manifiestan Santa Teresita del Niño Jesús y la Madre Teresa, esto no siempre es el caso. Algunas veces batallanmás que nosotros mismos. Esto hace que su ejemplo de vida sea aun más inspirador para nosotros y nos ayude a sentirnos mucho más cerca de ellos. Nos ayuda saber esto cuando estamos batallando en nuestra propia vida de fe, tanto como los mismos santos batallaron.
Publicado por CAMINO MISIONERO en 20:49 0 comentarios
Etiquetas: espiritualidad, madre teresa de calcuta, reflexiones
miércoles, 19 de enero de 2011
Contactar con lo cotidiano
Lo otro,"lo que es", "lo que pasa" cada día (tener buena salud o perderla, pasar por un bache económico o por una etapa próspera, enamorarse , sufrir una decepción o un fracaso, temer el paro, experimentar alegría de vivir , estar agobiado por pequeños problemas...) nos parece que tiene que ver menos con "lo de Dios", como si perteneciera a las pequeñas informaciones y anécdotas que vienen por el revés de las hojas de los almanaques, en comparación con las densas elucubraciones que nos ofrece el último best-seller teológico (2 volúmenes) que acabamos de comprar.
Tendemos a colocar la realidad cotidiana en la categoría de lo irrelevante, bien separada de lo que consideramos trascendente, profundo y valioso que es de lo que merece la pena hablar y escribir y predicar. No fue ese el caso de los profetas de Israel y nunca su predicación estuvo apartada de las experiencias, las imágenes, el lenguaje de aquellos a los que se dirigían. La palabra no se les comunica solamente en su interioridad: está incorporada a un mundo que está más allá del profeta y por eso se le llama a mirar fuera, no para ser confirmado en lo que ya sabía, sino para ser sorprendido, maravillado como en la primeras mañanas de la creación.
“¿Qué ves Jeremías?- Veo una rama de almendro. Y me dijo el Señor:- Tienes una buena vista..."(Jer 1,11). El Señor pone a Jeremías ante algo banal, algo que todo el mundo puede ver. Pero allí donde los demás no ven mas que una rama florecida, el profeta aprende a escuchar una palabra: "Así soy yo, vigilo sobre mi palabra para cumplirla". “Levántate y baja a casa del alfarero que allí te haré oí mis palabras" (18,1).
No es, por tanto, en la reflexión ni en la sola interioridad donde se escucha la palabra sino bajando, acercándose a los lugares en apariencia intrascendentes de la vida humana donde se revela al profeta.
Dolores Aleixandre RSCJ *
Religiosa y teóloga








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