-
Un Dios Prohibido (Película completa) - Link de descarga: http://es.gloria.tv/?media=575466&connection=screen Verano de 1936, inicios de la Guerra Civil española. La película narra el martirio d...Hace 12 años
viernes, 7 de junio de 2013
7 de junio: Sagrado Corazón de Jesús
martes, 27 de septiembre de 2011
La empleada de correos
Jesuitas: 471 años de historia
Publicado por CAMINO MISIONERO en 19:12 0 comentarios
Etiquetas: corazon de jesus, recomendados, videos
martes, 16 de junio de 2009
El Corazón de Jesús en África y Daniel Comboni
La primera es más bien de tipo histórico. Comboni vivió en el siglo XIX, un siglo que en la espiritualidad católica estuvo marcado por “conceptos” más que por “hechos bíblicos”. Fue el siglo en el que se desarrollaron conceptos teológicos como Cristo Rey, la Inmaculada Concepción y también el Sagrado Corazón. Por todo África se puede uno encontrar con abundantes iglesias, colegios y congregaciones religiosas que llevan estos nombres. Esta última devoción se extendió en la Iglesia sobre todo por Santa Margarita María Alacoque y de esta fuente bebió sin duda Daniel Comboni, pero con una diferencia: mientras que para la santa francesa la devoción al Sagrado Corazón se centraba en hacer reparaciones por los pecados cometidos, Comboni vivió este símbolo como una experiencia del amor de Dios que quiere llegar a todos los seres humanos. Y como él vivía inquieto porque el Evangelio de Jesús no había llegado a los africanos, para él el corazón de Jesús se convirtió en un impulso misionero para ir a evangelizar a los que aún no conocían el mensaje de salvación.
Comboni enriquece además la espiritualidad del corazón de Jesús al relacionarlas con dos imágenes bíblicas: Jesús traspasado en la cruz y el buen pastor que da la vida por las ovejas. Para él esto no fue cuestión de puro estudio teológico. Los misioneros que iban al África central a mediados del siglo XIX morían a muy temprana edad víctimas de las fiebres tropicales, y él mismo (que murió apenas con 50 años) tuvo sobrada experiencia de lo que significaba viajar en condiciones penosas. Era aquella una época en la que la esclavitud campaba por sus fueros en aquellas regiones de Sudán, a pesar de haber sido abolida. Comboni, que luchó con todas sus fuerzas contra esta lacra, sufrió en su interior por ver la condición penosa de los africanos, de los que incluso algunos teólogos en aquella época dudaban que tuvieran alma. Esta espiritualidad ha seguido viva en los muchos misioneros y misioneras de Comboni que han muerto en territorio de misión víctimas de ataques violentas, han sido heridos, encarcelados, expulsados o han sufrido como consecuencia de permanecer al lado de la gente durante tiempos difíciles.
Lo segundo que me gustaría comentar se refiere al valor del corazón de Jesús como símbolo del amor de Dios manifestado en su Hijo. Como todos los símbolos, tienen su poder de expresar pero también sus limitaciones culturales. En los pueblos bantúes de África la sede de los sentimientos se expresa también con el corazón (“mutima”), pero en los pueblos nilóticos –que habitan el norte de Uganda y el sur de Sudán- las emociones se expresan con el hígado (“cwiny”). En la lengua acholi, por ejemplo, para decir que uno está feliz se dice que “mi hígado está blando”, y si uno está triste, “mi hígado está goteando”, y si uno está enfadado entonces habrá que afirmar que “mi hígado se quema”, etc, etc.
En este contexto cultural, el corazón es sólo un órgano anatómico como podría serlo el bazo o los riñones y no tiene la significación de ser el centro de las emociones. Por eso la idea del corazón de Jesús expresada así no dice nada a la gente. Si se hubiera traducido de otra manera, la cosa sería distinta. En fin, este es uno de los muchos ejemplos que se pueden poner sobre cómo una inculturación del mensaje cristiano bien hecha haría que en otras culturas africanas la gente entendiera y viviera su espiritualidad de forma más natural.
Por lo demás, les transmito con humildad pero con convicción que durante mis años en África he aprendido que este símbolo bíblico del “corazón traspasado” es la fuente de una espiritualidad que nos impulsa a ser más misioneros y a trabajar más por los que viven la existencia como una carga pesada. Leo que ahora la Iglesia española quiere realizar un nuevo acto de consagración al corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles. Sería bueno que ese gesto ayudara a tantas diócesis que viven bastante cerradas en sí mismas a salir de ellas hacia los más alejados y los que viven crucificados en su vida diaria. Por ellos latió el corazón de Jesús en la cruz y hacia ellos tiene que orientarse la acción de la Iglesia si de verdad se inspira en esta devoción.
jueves, 12 de marzo de 2009
Jesús, apasionado por el Reino
Según los Evangelios, el Reino de Dios es la clave de los propósitos, del proceder y de la psicología de Jesús. Como si las imágenes del Reino dominaran tanto su conducta que sólo ellas bastaran para explicar de raíz lo que quiso hacer en su vida, y los choques y adhesiones entre los que vivió.Lo que quiso hacer, desde luego. Mateo y Marcos dicen que anunciando el Reino es como empezó: «Se han cumplido los tiempos y se acercó el Reino de Dios; convertíos y creed en el Evangelio». Y Lucas, que describe esos comienzos como una enseñanza que hace famoso a Jesús, sin más especificar, concreta en seguida 10 pretendido en ella: .. Querían retenerle ... pero El les dijo: "También a otras ciudades tengo que anunciar el Evangelio del Reino de Dios"· (4,4-25.).
El Reino es para Jesús la felicidad de los pobres (Mt 5,3) y lo primero que tenemos que pedirle a Dios (ibid. 6, 10), es como un tesoro O una perla maravillosa por la que uno vendería todo lo que tiene; es lo que vale la pena buscar antes que la comida y el vestido y si Dios se complace en darle el Reino a uno, entonces ya no hay nada que temer (ibid. 12, 22-32).
Estaba en Daniel dicho que los designios de Dios culminarían al llegar su Reino, un Reino indestructible (2,44, 7, 27). Jesús ve ese momento, pero con un matiz de ternura que no estaba en Daniel: con toda su grandeza el Reino es cuestión de pobres (Lc 6,20), de niños (Mt 19,24), de enfermos (10,9), de atormentados por el demonio (1 1,20).
De antiguo estaba el Reino ofrecido a los judíos. Pero Jesús nos descubre que Dios lo abre a todos y que incluso publicanos y prostitutas entrarán antes que los que estaban en principio llamados (Mt 21,31).
Y esto lo dice Jesús porque ve que al anunciar el Reino divide a sus compatriotas en vez de arrastrarles.
La manera como empezaron los conflictos no se nos cuenta con pormenor en los Evangelios, sin duda porque las tradiciones recogidas en ellos son de una época en el que el por qué de los conflictos estaba claro y no necesitaba explicación ninguna.
Pero la clave está sin duda en la cuestión del Reino. Decenios antes de que se presentara Jesús los escritos más populares había hecho de la idea del Reino de Dios el centro de las esperanzas de la gente, de sus preocupaciones de re y de la religiosidad multitudinaria. Lo que ocurría es que había muchas maneras de entender lo del Reino de Dios.
Había, por ejemplo zelotas, que querían promover la acción violenta contra los romanos; ellos apoyaban su ideología y su violencia en la voluntad de instaurar el Reino. Había grupos más reservados, pero no menos nacionalistas, los cuales se organizaban en una especie de asociaciones comprometidas a especiales observancias de la ley y hasta se unían en comunidades como monacales, separándose de la sociedad establecida; no faltaban entre ellos quienes despreciaban al sacerdocio tradicional y lo desprestigiaban ante la gente: todo en el nombre del Reino de Dios. y luego estaban los grandes sacerdotes de Jerusalén y todo el sector de escribas cercano a ellos, a quienes más bien molestaba que se hablara del Reino por el significado subversivo que la palabra en la práctica había ido adquiriendo.
Jesús no se echó atrás del uso de la palabra Reino por estar ella en boca de muchos subversivos. Esto ya le costó las suspicacias y odiosidad de las altas instancias sacerdotales. Pero tampoco aceptó de ninguna manera que el Reino se malentendiera como banderín de enganche para la violencia, el nacionalismo, la soberbia de grupos cerrados sobre sí, la autosuficiencia farisaica de alguien.
La rabia contra Jesús se iba extendiendo más cuanto más Jesús iba conquistando el prestigio y la autoridad de ser el buen intérprete del Reino. Si el Reino de Dios era lo que decía Jesús, entonces no tenían justificación ni los amigos de la violencia, ni los nacionalistas, ni los que se atribuían la exclusiva de ser en sus grupos cerrados los únicos depositarios de la esperanza del Reino.
Y a Jesús, en su pasión por el Reino, todo se le volvía explicar cómo tenía que verse correctamente el Reino en la perspectiva de Dios: como algo que necesitaba más justicia que la de escribas y fariseos (Mt 5,20), de crecimiento oculto como una semilla (Mc 4,26-29), pequeño al principio como grano de mostaza, pero bueno al fin para nidos de toda clase de pájaros (Mt13, 31-32), como red con mil peces malos y buenos necesitados de escogerse bien (ibid. 47-50), como campo de trigo y cizaña (ibid. 24-30).. Y, sobre todo, como lo que se da gratis (Mt 20,1-15) y se les va a quitar a los judíos de entonces (ibid. 21-43).
Esto ya colmaba el vaso y muchísimos fueron contra Jesús. Y Jesús no se echó atrás aunque vio venir la muerte. Se despidió, hasta un encuentro en el Reino (Mc 14,25) y murió viéndose reconocido como quien tiene el poder del Reino, por uno de aquellos malditos a quienes se excluía de la entrada en el Reino (ver Lc 23,42s.).
Publicado por CAMINO MISIONERO en 21:53 0 comentarios
Etiquetas: catequesis, claretianos, corazon de jesus
domingo, 1 de junio de 2008
El Dios de los culpables
A propósito de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús.Pero he aprendido que el culpable también sufre. La cárcel es un lugar de maltrato y humillación. Si sabemos (o suponemos) lo que ahí ocurre, nunca se lo desearíamos a alguien que realmente queremos. Quizás por eso, porque Dios realmente nos quiere, y porque sabe en carne propia lo que ahí se padece, es que nos invita a visitarlo y consolarlo, a Él mismo, en los que están presos.
Digo esto porque en una sociedad como la nuestra, en que los medios de comunicación nos mueven a odiar a los delincuentes, esta invitación de Dios parece contradictoria. ¿Por qué amar por igual a inocentes y culpables? O bien: ¿cómo amar a los que nos dañan y no renunciar al Estado de Derecho? Aunque parezca obvio, creo que la clave de la invitación de Dios es que nos llama a amar y no a odiar. Es decir, a debatir normas con un contenido de justicia orientado hacia la reconciliación y no de penas encaminadas a la venganza.
En un Estado de Derecho, las víctimas de un delito deben exigir que se juzgue y sancione a los culpables. Amar no significa renunciar a que se respeten los acuerdos contenidos en las normas. Amar es renunciar a desearle al otro un mal. Es entender el derecho como un medio para solucionar conflictos y restituir la paz social, no para tomar venganza.
De la misma manera, amar es buscar la justicia no sólo en el conflicto específico, sino que en la construcción de un sistema normativo responsable del complejo entramado social que, como nos indica la Comisión para la Equidad, busque la ampliación del acceso a los bienes que la sociedad produce y distribuye (educación, salud, dinero, reconocimiento, etc.). La justicia que brota del amor es de reconciliación, porque es de igualdad y de inclusión. El amor quiere ampliar la participación, mientras que el odio discrimina.
Etty Hillesum, una mujer judía que se quedó por propia voluntad dentro de un campo de concentración nazi, reflexionó brillantemente sobre este asunto. Sus palabras explican muy bien el sentir del Sagrado Corazón: “En el campamento pude experimentar con vívida concreción que cualquier partícula de odio que añadamos a este mundo, lo hace aún más inhóspito de lo que ya es. Y creo, quizás puerilmente, pero también de manera tenaz, que si esta tierra se convierte en un lugar más habitable, será tan solo a través del amor, amor del que el judío Pablo habla a los Corintios.”
Publicado por CAMINO MISIONERO en 0:01 0 comentarios
Etiquetas: chile, corazon de jesus, jesuitas, pensamientos, reflexiones
miércoles, 28 de mayo de 2008
EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
1.- Hoy, en este viernes siguiente al Corpus Christi, irrumpe de nuevo y con especial fuerza las entrañas de Jesús: su voluntad, su esencia, su poder, su pensamiento, su sensibilidad. ¡Cuántas cosas! ¡Pero cuántas, reflejan y simbolizan el Corazón de Jesús!
Todo lo que hizo Jesús nos conmueve, nos atrae y es objeto de admiración:
- Sus pies nos recuerdan los caminos emprendidos para encontrarse con el hombre…
- Sus ojos, entre otras cosas, nos seducen cuando nos miran con amor y hasta con persuasión: “sígueme”
- Sus lágrimas nos recuerdan nuestras traiciones, negaciones y deserciones….
- Sus manos, nos traen instantes de bendición y de entrega, montes de cruz y de pasión, lagos y llanuras de pan multiplicado y de fraternidad….
Pero ¿y su corazón? Su corazón es mucho más. Su corazón nos dice muchísimo más. Es la imagen más divina, la más certera y límpida, de lo que Jesús fue y pretendió: amor que se partía, amor que obedecía, amor que se humillaba, amor dado hasta la saciedad.
2.- La festividad del Corazón de Jesús nos lleva inmediatamente al encuentro con Dios. El sístole y el diástole de Jesucristo fue el cumplir la voluntad de Dios y hacerla visible a los hombres. Y, por ello mismo, entrar en el Corazón de Jesús es adentrarse en el Misterio de la Trinidad; es ponerse en las manos de Dios; es saber que, Dios, habita y actúa en Cristo.
El Corazón de Jesús es el corazón de Dios que ama. El Corazón de Jesús es un camino que nos lleva al encuentro con el Padre. El Corazón de Jesús nos empuja a amar con locura a Aquel que tanto El amó: Dios.
¿Seremos capaces de ver el secreto de la vida del Corazón de Cristo? ¿No nos estaremos quedando en el simple concepto de “corazón” cuando, el de Jesús esconde, lleva y nos atrae con una fuerza poderosa y penetrada por el Misterio?
¿Seremos valientes de meternos de lleno en el Corazón de Jesús y saber cómo son sus sentimientos para intentar que los nuestros vayan al mismo compás que los suyos?
3.- Decir “Corazón de Jesús en Ti confío” es saber que, Jesús, nos lleva hacia el Padre. Es comprender que sus miradas, afectos, deseos, pasión y vida, estuvieron totalmente capitalizadas y orientadas desde Dios.
Decir “Corazón de Jesús en Ti confío” es aproximarse a una fuente de la que brota algo, tan esencial como escaso en nuestro mundo y en las personas: amor desbordante. ¿De dónde viene? De Dios ¿Por qué brota? ¡Por amor! ¿Para quién? ¡Para el hombre!
Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. El viejo adagio “amor con amor se paga” cobra actualidad en este día. Contribuyamos con amor, el inmenso amor que el Corazón de Cristo nos entrega. Y, a la vez, le pidamos que nuestro latir sea el suyo, que nuestro vivir sea el suyo, que nuestro querer y voluntad sean las suyas. No podemos decir “Corazón de Jesús en Ti confío” y, a continuación, perder la paciencia cuando no hay proporción entre esfuerzo y cosecha o entre oración y respuesta.
4.- En cuántos momentos preguntamos a los niños: Tú, ¿a quién quieres parecerte? Hoy, también a nosotros, pequeños en definitiva también, el Señor nos pregunta: ¿Quieres tener los mismos sentimientos de mi corazón? ¿Quieres amar como yo amo? ¿Quieres tener y descubrir a Dios como yo lo he descubierto y quiero? ¿Quieres obedecer aunque te cueste? ¿Quieres entregarte con ganas o sin ellas? ¿Quieres perdonar aunque te parezca que pierdas? ¿Quieres…quieres…quieres? Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. ¿Es nuestro corazón de Jesús o de otros señores?
5- ¿CÓMO SOY CAPAZ, SEÑOR?
¿De no amarte cuando Tú, tanto me amas?
¿Qué sientes, Corazón de Jesús,
cuando el amor no es amado;
cuando el amor no es correspondido:
cuando el amor es rechazado;
cuando tanto amor divino es ridiculizado?
Corazón de Jesús:
Lleno de aquello que en el mundo no se tropieza
Respuesta ante el interrogante que nunca el hombre se hace
Mano que, en el surco de cada jornada,
se hace necesaria e imprescindible.
¡Dínos, Señor! ¿Qué se siente?
Cuando ofreces y el hombre mira hacia otro lado
Cuando eres Rey, y nosotros nos apresuramos
a cabalgar y escapar en carrozas y cortejos reales
que no van ni llegan a ninguna parte
Cuando abres tu Corazón y, ante el tesoro que él encierra,
preferimos la ceniza o la polilla
a la que quedarán reducidos nuestros capitales
¡Respóndenos, Corazón de Cristo!
¿Qué sientes cuando tanto regalo jamás es abierto?
¿A dónde miras cuando el hombre a Ti no mira?
¿Cómo haces para amar, ante tanta indiferencia?
¿En qué piensas, cuando nuestros pensamientos
son tan superficiales e interesados?
Sí, mi Señor:
¡Cómo he sido capaz!
¡Cómo somos capaces!
De no decirte “gracias” por tantos bienes
De llenarme de el agua de un pequeño estanque,
cuando Tú eres la fuente de un agua viva e inagotable
De haberte ofrecido un amor superficial,
débil, inconstante, vacío, raquítico y frío.
Señor, ahora entiendo todo.
Sé que, ante Ti, jamás triunfará el odio ni la mentira
Se que, nuestras deslealtades y desamores,
Jamás serán más grandes que tu fidelidad y promesas
Se que, tu corazón, sólo sabe hacer eso: amar
Se que, en tu corazón, vibra, se mueve, habita,
brota, emerge, triunfa, se desborda y se regala
el amor de Dios que viene de Ti, lleva a Ti y al Padre.
Amén.
Publicado por CAMINO MISIONERO en 22:15 0 comentarios
Etiquetas: corazon de jesus, devociones, reflexiones
SAGRADO CORAZÓN
Deuteronomio 7, 6-11. 1
Juan 4, 7-16.
Mateo 11, 25-30.
¿De dónde viene esto de hablar, precisamente, del corazón de Jesús ? ¿Por qué, precisamente, hablar del “corazón” y no de cualquier otra parte de la persona de Jesús ?Porque, para el ser humano, el corazón designa el lugar en donde están las fuerzas vitales, decirle a alguien : “te amo con todo mi corazón”, tiene sentido. Es una forma de decirle a alguien : “te amo con lo esencial mío, te amo con todo mi ser”. Decirle a alguien “corazón”, es decirle : “eres algo esencial para mí”.
Decir que vamos a hablar del corazón de Cristo es una forma bien gráfica de decir que Dios nos revela el sentimiento que lo mueve. Es una forma de decir que Dios es amor. Es una forma de decir que conocemos lo esencial de Dios y que lo esencial de Dios no es otra cosa que el amor. El que ama conoce a Dios porque lo que hace que Dios sea Dios es que Dios es amor.
Esto, desde luego, tiene una consecuencia inmediata : ni los cristianos ni los sacerdotes somos defensores de la Ley, sino del amor ; no somos defensores de la Ley, sino de la misericordia. Puesto que somos, cristianos en general y sacerdotes, mensajeros de Dios, somos mensajeros del amor, no de la Ley.
Sabemos muy bien, por nuestra experiencia diaria, que hay palabras que dividen y que hay palabras que unen. Amor es una palabra que habla de unión; amor es una palabra que une.
Nada más bello se puede decir de Dios, que decir que Dios es amor. Nada más profundo se puede decir del amor, que decir que el amor es Dios.
El corazón es, por oposición a la cara (a la que vemos con sólo abrir los ojos), lo escondido, lo que corresponde a los sentimientos. Decimos de alguien que tiene cara de bueno, o buena cara, pero mal corazón, o que tiene un corazón duro. Así, pues, mientras el hombre, el ser humano, tenga corazón tendrá que hablar del corazón, y precisamente con la palabra “corazón”. Dios, en Cristo Jesús, tiene corazón humano, sabe lo que encierra el corazón humano, comprende el corazón humano. El Dios que nosotros adoramos es comprensible y agarrable solamente en lo humano, porque nuestro Dios está encarnado y no le podemos quitar la carne.
Contra todo lo que parece decirnos cada día la vida moderna, el amor no es simplemente dos en una cama. No se debiera poder decir : “hagamos el amor”, como si el amor fuera una cosa, como si el amor fuera cosificable. El amor es una actitud total, el amor es para vivirlo, el amor es para inspirar, llenar, mover la vida toda, la vida entera. El amor debe llenar de vida todo lo que es vida. Eso es lo que significa que Dios es amor, y que el corazón de Dios está lleno de amor y solamente de amor.
Finalmente, el corazón de Jesús nos garantiza, como idea teológica, que la última palabra de Dios en el mundo y hacia el mundo es el amor, y no la cólera ; el amor y no la Ley ; el amor y no la pura justicia.
Publicado por CAMINO MISIONERO en 20:49 0 comentarios
Etiquetas: corazon de jesus, devociones, pensamientos, reflexiones, teologia de la liberación
Consagración de la Familia a los Sagrados Corazones de Jesús y María
unidos en el amor perfecto,
como nos miráis con misericordia y cariño,
consagramos nuestros corazones,
nuestras vidas, y nuestras familias a Vosotros.
Conocemos que el ejemplo bello
de Vuestro hogar en Nazaret fue un modelo
para cada una de nuestras familias.
Esperamos obtener, con Vuestra ayuda,
la unión y el amor fuerte y perdurable
que Os disteis.
Qué nuestro hogar sea lleno de gozo.
Qué el afecto sincero, la paciencia, la tolerancia,
y el respeto mutuo sean dados libremente a todos.
Qué nuestras oraciones
incluyan las necesidades de los otros,
no solamente las nuestras.
Y qué siempre estemos cerca de los sacramentos.
Bendecid a todos los presentes
y también a los ausentes,
tantos los difuntos como los vivientes;
qué la paz esté con nosotros,
y cuando seamos probados,
conceded la resignación cristiana
a la voluntad de Dios.
Mantened nuestras familias cerca
de Vuestros Corazones;
qué Vuestra protección
especial esté siempre con nosotros.
Sagrados Corazones de Jesús y María,
escuchad nuestra oración.
Amen
SOLEMNIDAD DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS: LITURGIA VIVA
Dios nos amó con amor infinito
antes de que nosotros pudiéramos amarle a él.
Nos envió a su Hijo como nuestro Salvador
y nos hizo partícipes de su Santo Espíritu.
Que este amor de Dios esté siempre con ustedes.
Introducción por el Celebrante
Cuando celebramos la fiesta del Sagrado Corazón, o siempre que honramos al Corazón de Jesús, celebramos el amor que Dios Padre nos mostró en su Hijo. Por pura iniciativa suya, Dios Padre, fuente y origen de todo auténtico amor, nos busca y se nos da a sí mismo. ¿Y quiénes se abren a su amor? No los auto-satisfechos y autosuficientes, porque no sienten necesidad ni de Dios ni de los hombres. Su orgullo les impide aceptar el amor. Pero, por el contrario, los débiles y humildes pueden abrirse al amor de Dios, porque son conscientes de la pobreza de su amor; saben que son frágiles y vulnerables. --- Dios busca nuestra respuesta de amor. Esta respuesta debe incluir necesariamente el que mostremos a los que viven con nosotros un poco del calor del amor que recibimos de él. Deberíamos permitir a los hermanos acercarse a nosotros, como Cristo dejaba a todos acercarse a sí para aliviar sus cargas.
Acto Penitencial
¿Estamos abiertos nosotros al amor de Dios?
¿Qué dispuestos estamos a compartir amor con otros y a recibirlo de ellos?
Antes de celebrar esta eucaristía hagámonos estas preguntas en la presencia de Dios y de los hermanos.
(Pausa)
* Señor, con frecuencia estamos tan pagados de nosotros mismos que no prestamos atención a tu amor.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
* Cristo Jesús, de algún modo nos sentimos molestos cuando la gente intenta ayudarnos, porque eso nos recuerda que dependemos de otros, que no somos auto-suficientes.
R/ Cristo, ten piedad de nosotros.
* Señor, con frecuencia no tenemos tiempo para los hermanos porque tampoco reservamos tiempo para ti.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Que Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados, sobre todo contra el amor, y nos lleve a la vida eterna.
Oración Colecta
Demos gracias a Dios, nuestro Padre,
por el infinito amor que nos ha mostrado
en el Corazón de su Hijo Jesús.
(Pausa)
Oh Dios Padre, Dios con corazón:
Tú has hecho visible tu amor en tu Hijo,
hombre como nosotros excepto en el pecado,
y por medio de él te has unido a nosotros
con un vínculo de amor fiel.
Acepta nuestra acción de gracias
y ayúdanos a reflexionar sobre tu mismo amor,
para que, como tú y como tu Hijo Jesús,
no tengamos miedo de mostrar
afecto y preocupación por nuestros hermanos
y de prestarles generoso servicio
aunque el hacerlo nos traiga inconvenientes.
Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.
Primera Lectura (Dt 7,6-11): La Iniciativa de Amor de Dios
Esta es la verdad fundamental: La iniciativa de amor arranca de Dios. Su amor es gratuito y fiel. El pueblo de Dios está llamado a dar una respuesta libre y gratuita al amor recibido gratuita y generosamente.
Segunda Lectura (1 Jn 4,7-16): Dios Nos Amó Primero
La primera carta de Juan repite y profundiza el mensaje del Antiguo Testamento: Todo amor proviene de Dios, ya que Dios es amor. Su amor nos impulsa a entregarnos unos a otros. Si no nos amamos mutuamente, el amor de Dios no puede morar en nosotros.
Evangelio (Mt 11,25-30): Solamente los Humildes Están Abiertos al Humilde Jesús
¿Quiénes comprenden y aceptan a Jesús y su Buena Noticia de amor? No los auto-suficientes y los soberbios, que confían en sus propios éxitos, sino los humildes, que son conscientes de la pobreza de sus propios corazones.
Oración de los Fieles
Oremos a Jesucristo, Señor nuestro, cuyo amor de entrega no tiene límites, y digámosle: R/ Quédate con nosotros, Señor.
1. Señor, te pedimos por tu Iglesia. Que sea una comunidad donde las personas se encuentren como amigos y hermanos, y se entreguen unas otras en servicio y amor, y así te decimos: R/ Quédate con nosotros, Señor.
2. Señor, te pedimos por todos los que tienen la misión de proclamar tu evangelio. Que sepan proclamar tu palabra como Buena Noticia de amor y alegría para todos los hombres, y así te decimos: R/ Quédate con nosotros, Señor.
3. Señor, te pedimos por los que se encuentran solos, por los desorientados y perdidos en la vida. Que ojalá encuentren hermanos que les lleven tu luz y tu amor, y así te decimos: R/ Quédate con nosotros, Señor.
4. Señor, te pedimos por los que se encierran en sí mismos, atrapados en muros de superioridad, soberbia, lujuria, avaricia y rencor. Tócales el corazón con tu Espíritu de amor, para que se abran de nuevo a sus hermanos y aprendan de nuevo a apreciar, servir y amar a todos, y así te decimos: R/ Quédate con nosotros, Señor.
5. Señor, te pedimos por nuestras familias y hogares, para que todos los que vivimos bajo el mismo techo compartamos armoniosamente unos con otros nuestras penas y alegrías, seamos pacientes y vivamos los unos para los otros, y así te decimos: R/ Quédate con nosotros, Señor.
Escucha nuestra oración, Señor, y danos un corazón bueno y generoso para los demás, para que construyamos comunidad y vivamos en tu amor, ahora y por los siglos de los siglos.
Oración de Ofertorio
Señor Dios nuestro:
Tu Hijo Jesús se entregó a sí mismo totalmente a ti
y se nos da ahora a nosotros
en esta celebración eucarística.
Danos la gracia de aprender de él
a ayudar a otros a llevar sus cargas y cruces
y a despertar y activar lo mejor que hay en ellos;
y que nuestro amor sea tan fiel y gratuito como el suyo,
para que él viva entre nosotros
ahora y por los siglos de los siglos.
Introducción a la Plegaria Eucarística
Es una gracia inmensa para nosotros poder unirnos a Jesús nuestro Señor en gratitud al Padre por todo su amor.
Introducción al Padrenuestro
Oremos a Dios nuestro Padre,
la fuente y el poder de todo amor,
con las palabras de Jesús nuestro Señor.
R/ Padre nuestro…
Líbranos, Señor
Líbranos, Señor, de todos los males
y guárdanos de todo pecado
por el que rehusamos
darte una respuesta de amor agradecido.
Danos la paz que procede de vivir en tu amistad
y ayúdanos a trabajar constantemente
por el crecimiento de tu reino;
que es reino de amor y justicia,
y así preparar la venida gloriosa entre nosotros
de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
Introducción a la Comunión
Éste es Jesucristo, el Señor,
el Hijo del Dios vivo y lleno de amor,
que nos mostró cuánto nos ama Dios Padre
por el Espíritu Santo.
Por medio de él hemos creído
que Dios está cerca de nosotros.
Dichosos nosotros de recibirle en comunión.
R/ Señor, no soy digno…
Oración después de la Comunión
Señor Dios nuestro:
Tu amor latió en un corazón humano
cuando tu Hijo vivió entre los hombres
y fue uno de nosotros.
Ayúdanos a llegar a ser uno con él
y danos corazones tan sabios como el suyo.
Que, como él, amemos con preferencia
a los menos amados,
mucho más necesitados de amor.
Que sepamos llevarles un poco de tu calor
y amar en ellos a quien es nuestro Señor
ahora y por los siglos de los siglos.
Bendición
Hermanos: Ya que Dios nos amó antes de que nosotros pudiéramos amarle, que nuestra vida cristiana sea un himno de gratitud a su iniciativa de amor.
Pidamos a Dios que nos bendiga y que llene y enriquezca la pobreza de nuestro amor. Que el Dios de amor nos bendiga a todos:
el Padre, que es la fuente de todo amor, el Hijo que nos mostró su amor hasta la muerte, y el Espíritu Santo, que perfecciona el amor.
Y que esta bendición, en la fiesta de la Trinidad, permanezca para siempre.
Publicado por CAMINO MISIONERO en 0:39 0 comentarios
Etiquetas: corazon de jesus, devociones, liturgia
martes, 27 de mayo de 2008
Las promesas del Sagrado Corazón de Jesús

Jesús le prometió a Santa Margarita de Alacoque, que si una persona comulgaba los primeros viernes de mes, durante nueve meses seguidos, le concedería lo siguiente:
1. Les daré todas las gracias necesarias a su estado (casado(a), soltero(a), viudo(a) o consagrado(a) a Dios).
2. Pondré paz en sus familias.
3. Los consolaré en todas las aflicciones.
4. Seré su refugio durante la vida y, sobre todo, a la hora de la muerte.
5. Bendeciré abundantemente sus empresas.
6. Los pecadores hallarán misericordia.
7. Los tibios se harán fervorosos.
8. Los fervorosos se elevarán rápidamente a gran perfección.
9. Bendeciré los lugares donde la imagen de mi Corazón sea expuesta y venerada.
10. Les daré la gracia de mover los corazones más endurecidos.
11. Las personas que propaguen esta devoción tendrán su nombre escrito en mi Corazón y jamás será borrado de Él.
12. La gracia de la penitencia final: es decir, no morirán en desgracia y sin haber recibido los Sacramentos.
Por su parte, la Virgen María hizo a Lucía la siguiente promesa: “A todos aquellos que, durante cinco meses seguidos, en el primer sábado se confiesen y reciban la Sagrada Comunión, recen el Santo Rosario y me hagan 15 minutos de compañía meditando en los misterios del Rosario, con el fin de desagraviarme, yo prometo asistirlos en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para su salvación”.
Las intenciones que debemos ofrecer en reparación al Corazón Inmaculado de María fueron reveladas por Jesús mismo a Sor Lucía, el 30 de mayo de 1930. Cuando por instrucciones de su confesor ella preguntó a Nuestro Señor por qué Él pedía cinco sábados y no nueve o siete, en honor de los Dolores de Nuestra Señora, y Jesús le explicó que cada sábado correspondería a una particular intención reparadora de las cinco ofensas que con frecuencia recibe Su Madre:
1. Las blasfemias contra la Inmaculada Concepción de María.
2. Las blasfemias contra su Virginidad.
3. Las blasfemias contra Su Divina Maternidad, rehusando al mismo tiempo a aceptar a María como madre de toda la humanidad.
4. La indiferencia sembrada en los corazones de los niños, el desprecio e incluso el odio contra la Madre Inmaculada.
5. Los sacrilegios cometidos contra las Sagradas imágenes de María.
¡Las promesas se cumplirán si nosotros cumplimos!, ¿qué estás esperando?
El sagrado Corazón de Jesús y la Piedad Popular
Entendida a la luz de la sagrada Escritura, la expresión "Corazón de Cristo" designa el misterio mismo de Cristo, la totalidad de su ser, su persona considerada en el núcleo más íntimo y esencial: Hijo de Dios, sabiduría increada, caridad infinita, principio de salvación y de santificación para toda la humanidad. El "Corazón de Cristo" es Cristo, Verbo encarnado y salvador, intrínsecamente ofrecido, en el Espíritu, con amor infinito divino-humano hacia el Padre y hacia los hombres sus hermanos.
Como han recordado frecuentemente los Romanos Pontífices, la devoción al Corazón de Cristo tiene un sólido fundamento en la Escritura.
Jesús, que es uno con el Padre (cfr. Jn 10,30), invita a sus discípulos a vivir en íntima comunión con Él, a asumir su persona y su palabra como norma de conducta, y se presenta a sí mismo como maestro "manso y humilde de corazón" (Mt 11,29). Se puede decir, en un cierto sentido, que la devoción al Corazón de Cristo es la traducción en términos cultuales de la mirada que, según las palabras proféticas y evangélicas, todas las generaciones cristianas dirigirán al que ha sido atravesado (cfr. Jn 19,37; Zc 12,10), esto es, al costado de Cristo atravesado por la lanza, del cual brotó sangre y agua (cfr. Jn 19,34), símbolo del "sacramento admirable de toda la Iglesia".
El texto de san Juan que narra la ostensión de las manos y del costado de Cristo a los discípulos (cfr. Jn 20,20) y la invitación dirigida por Cristo a Tomás, para que extendiera su mano y la metiera en su costado (cfr. Jn 20,27), han tenido también un influjo notable en el origen y en el desarrollo de la piedad eclesial al sagrado Corazón.
Estos textos, y otros que presentan a Cristo como Cordero pascual, victorioso, aunque también inmolado (cfr. Ap 5,6), fueron objeto de asidua meditación por parte de los Santos Padres, que desvelaron las riquezas doctrinales y con frecuencia invitaron a los fieles a penetrar en el misterio de Cristo por la puerta abierta de su costado. Así san Agustín: "La entrada es accesible: Cristo es la puerta. También se abrió para ti cuando su costado fue abierto por la lanza. Recuerda qué salió de allí; así mira por dónde puedes entrar. Del costado del Señor que colgaba y moría en la Cruz salió sangre y agua, cuando fue abierto por la lanza. En el agua está tu purificación, en la sangre tu redención".
La Edad Media fue una época especialmente fecunda para el desarrollo de la devoción al Corazón del Salvador. Hombres insignes por su doctrina y santidad, como san Bernardo (+1153), san Buenaventura (+1274), y místicos como santa Lutgarda (+1246), santa Matilde de Magdeburgo (+1282), las santas hermanas Matilde (+1299) y Gertrudis (+1302) del monasterio de Helfta, Ludolfo de Sajonia (+1378), santa Catalina de Siena (+1380), profundizaron en el misterio del Corazón de Cristo, en el que veían el "refugio" donde acogerse, la sede de la misericordia, el lugar del encuentro con Él, la fuente del amor infinito del Señor, la fuente de la cual brota el agua del Espíritu, la verdadera tierra prometida y el verdadero paraíso.
En la época moderna, el culto del Corazón de Salvador tuvo un nuevo desarrollo. En un momento en el que el jansenismo proclamaba los rigores de la justicia divina, la devoción al Corazón de Cristo fue un antídoto eficaz para suscitar en los fieles el amor al Señor y la confianza en su infinita misericordia, de la cual el Corazón es prenda y símbolo. San Francisco de Sales (+1622), que adoptó como norma de vida y apostolado la actitud fundamental del Corazón de Cristo, esto es, la humildad, la mansedumbre (cfr. Mt 11,29), el amor tierno y misericordioso; santa Margarita María de Alacoque (+1690), a quien el Señor mostró repetidas veces las riquezas de su Corazón; San Juan Eudes (+1680), promotor del culto litúrgico al sagrado Corazón; san Claudio de la Colombiere (+1682), San Juan Bosco (+1888) y otros santos, han sido insignes apóstoles de la devoción al sagrado Corazón.
Las formas de devoción al Corazón del Salvador son muy numerosas; algunas han sido explícitamente aprobadas y recomendadas con frecuencia por la Sede Apostólica. Entre éstas hay que recordar:
- la consagración personal, que, según Pío XI, "entre todas las prácticas del culto al sagrado Corazón es sin duda la principal";
- la consagración de la familia, mediante la que el núcleo familiar, partícipe ya por el sacramento del matrimonio del misterio de unidad y de amor entre Cristo y la Iglesia, se entrega al Señor para que reine en el corazón de cada uno de sus miembros;
- las Letanías del Corazón de Jesús, aprobadas en 1891 para toda la Iglesia, de contenido marcadamente bíblico y a las que se han concedido indulgencias;
- el acto de reparación, fórmula de oración con la que el fiel, consciente de la infinita bondad de Cristo, quiere implorar misericordia y reparar las ofensas cometidas de tantas maneras contra su Corazón;
- la práctica de los nueve primeros viernes de mes, que tiene su origen en la "gran promesa" hecha por Jesús a santa Margarita María de Alacoque. En una época en la que la comunión sacramental era muy rara entre los fieles, la práctica de los nueve primeros viernes de mes contribuyó significativamente a restablecer la frecuencia de los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. En nuestros días, la devoción de los primeros viernes de mes, si se practica de un modo correcto, puede dar todavía indudable fruto espiritual. Es preciso, sin embargo, que se instruya de manera conveniente a los fieles: sobre el hecho de que no se debe poner en esta práctica una confianza que se convierta en una vana credulidad que, en orden a la salvación, anula las exigencias absolutamente necesarias de la fe operante y del propósito de llevar una vida conforme al Evangelio; sobre el valor absolutamente principal del domingo, la "fiesta primordial", que se debe caracterizar por la plena participación de los fieles en la celebración eucarística.
La devoción al sagrado Corazón constituye una gran expresión histórica de la piedad de la Iglesia hacia Jesucristo, su esposo y señor; requiere una actitud de fondo, constituida por la conversión y la reparación, por el amor y la gratitud, por el empeño apostólico y la consagración a Cristo y a su obra de salvación. Por esto, la Sede Apostólica y los Obispos la recomiendan, y promueven su renovación: en las expresiones del lenguaje y en las imágenes, en la toma de conciencia de sus raíces bíblicas y su vinculación con las verdades principales de la fe, en la afirmación de la primacía del amor a Dios y al prójimo, como contenido esencial de la misma devoción.
La piedad popular tiende a identificar una devoción con su representación iconográfica. Esto es algo normal, que sin duda tiene elementos positivos, pero puede también dar lugar a ciertos inconvenientes: un tipo de imágenes que no responda ya al gusto de los fieles, puede ocasionar un menor aprecio del objeto de la devoción, independientemente de su fundamento teológico y de contenido histórico salvífico.
Así ha sucedido con la devoción al sagrado Corazón: ciertas láminas con imágenes a veces dulzonas, inadecuadas para expresar el robusto contenido teológico, no favorecen el acercamiento de los fieles al misterio del Corazón del Salvador.
En nuestro tiempo se ha visto con agrado la tendencia a representar el sagrado Corazón remitiéndose al momento de la Crucifixión, en la que se manifiesta en grado máximo el amor de Cristo. El sagrado Corazón es Cristo crucificado, con el costado abierto por la lanza, del que brotan sangre y agua (cfr. Jn 19,34).
Publicado por CAMINO MISIONERO en 21:26 0 comentarios
Etiquetas: corazon de jesus, devociones, pensamientos, reflexiones
Consagración al Sagrado Corazón de Jesús
¡Mira que soy muy débil, y caigo a cada momento y necesito tu apoyo para no desfallecer!
Sé todo para mí, Sagrado Corazón de Jesús: socorro de mi miseria, fuego de mis ojos; sostén de mis pasos, remedio de mis males; auxilio en toda necesidad. De ti lo espera todo mi pobre corazón. Tú lo animas y lo invitas repetidas veces como lo dijiste en tu Evangelio: "venid a mí; aprended de mí; pedid; llamad..." A las puertas de tu Corazón vengo hoy; y llamo, y pido, y espero. El mío, te lo entrego Señor, firme, formal y para siempre.
Tómalo tú, y dadme en cambio lo que sabes me conviene para vivir bien en la tierra y feliz en la eternidad. Amén.
Publicado por CAMINO MISIONERO en 10:39 0 comentarios
Etiquetas: corazon de jesus, devociones, jesuitas
EL CORAZÓN DE JESÚS: MI FIEL CONSEJERO

(Mt. XI)
I Dulce para con Dios
No prepara una madre el cuarto, en que su hijo ha de pasar el día, con más cuidado que Dios prepara cada hora que pone delante de mí.
Lo que se presenta que hacer, quiere que yo lo haga, y tengo para hacerlo bien todo cuanto necesito de tiempo, de inteligencia de aptitud, de saber.
Lo que se presenta que sufrir quiere que yo lo sufra, aun cuando entonces no sepa la razón de ello; y si el dolor me arranca una queja, me dice: Ánimo, hijo mío, que soy Yo quien lo quiere.
Lo que me detiene en mi trabajo y lo que me contraría en mis proyectos, Él lo pone expresamente, porque ve que el demasiado éxito me haría vanidoso, o la demasiada felicidad me haría sensual, y me hace comprender que no es el éxito el que lleva al cielo, sino la buena voluntad y el trabajo.
Así, ante estos pensamientos, ¡cómo se apagan las pasiones! ¡Cómo el trabajo que empieza, se interrumpe, se vuelve a tomar, y se acaba con paz!
De este modo son rechazados con energía estos enemigos, que a todas horas nos asedian: la pereza, la impaciencia, la preocupación del éxito, el disgusto a causa de las dificultades.
A veces viene el pasado a atormentarme por el resultado triste de tantos años lejos de mi buen Jesús.
jOh!, sin duda hay en mi corazón una impresión muy viva de confusión y de pesar; pero ¿porqué perder la paz? ¿No me ha dicho Dios por boca del sacerdote depositario de su poder: yo te perdono? ¿No he hecho lo que me pedía; confesión sincera, sumisión completa; y no estoy pronto a hacer todo lo que me pidiera en su nombre aquel a quien ha confiado mi alma?
El porvenir, a su vez, trata de asustarme –Sonrío ante estos desvaríos de mi imaginación: ¿es que Dios no está encargado de mi porvenir?
¡Que lo que sucederá mañana, dentro de diez, de veinte años, ¿no está preparado por Dios? ¿Y tendré miedo de que esto no sea bueno para mí? ¡Oh, Dios mío, haced de mí en lo sucesivo según vuestra voluntad!
Los sucesos son los mensajeros de la bondad, o de la justicia divina. Cada uno de ellos tiene una misión que llenar cerca de mí; y esta misión que ha recibido de Dios, ¿por qué no dejar que se cumpla en paz?
Penosos, dolorosos, desgarradores, los sucesos no son más que lo que Dios permite que sean.
Enfermedades, malevolencia, pérdidas de fortuna, separaciones, olvido de la amistad, menosprecio, mal éxito, humillaciones... Dios los ha permitido todos. Y cuando hayan cumplido su misión, pasarán. Y mi alma, si ha conservado la mansedumbre, quedará más pura y santa.
Míralos pasar con un poco de espanto acaso, y con un sentimiento bien natural de temor –los santos sonreían ante ellos a través de sus lágrimas–, pero no permitir jamás que arrebaten la más pequeña parte, ni de mi confianza, ni de mi resignación.
Ser dulce para los sucesos, no es esperarlos con firmeza estoica, que es un efecto del orgullo, ni obstinarse contra ellos reprimiendo todo genio, ¡no!
Dios permite prevenirlos, alejarlos, huirlos, si es posible, buscar consuelo para ellos, o al menos dulcificarlos.
Y este buen Padre, al mismo tiempo que los envía como mensajeros de justicia, envía los medios de hacerlos soportables, y a veces, de evitarlos.
Medicinas en la enfermedad. Amistad en los penas del corazón. Consuelos en el abatimiento. Lágrimas en los dolores. Dios es el que ha permitido todo esto, y Él, previendo que acaso yo no sabría encontrarlo, ha dado orden a almas privilegiadas de amarme, de consolarme, de animarme, de servirme, y les ha dicho: «Lo que hagáis al más pequeño de los míos, lo miraré como hecho a Mí».
Ceder, doblegarse, retirarse un poco, dejar hacer, he aquí la conducta ordinaria que debe seguirse con los miembros de la familia y con los que llamamos nuestros amigos.
Cuanto más les dejes facilidad de hacer lo que crean bueno; cuanto más abundes en el sentimiento que ellos tienen de su importancia; cuanto más te ocultes para dejar libre el camino que quieran seguir, más te dejarán la paz y la facilidad de serles útil. Es admirable cómo las personas a las que no molestamos, nos abren su alma.
No te ocupes demasiado al ver las acciones de tus amigos en sus pequeños detalles, ni en los motivos que les impelen; si su manera de proceder no es delicada, tu afecta no comprenderlo, o piensa que se han equivocado.
Un medio seguro para combatir la antipatía que sentimos contra alguno es hacer por él algo bueno todos los días, y el medio de disipar la antipatía que alguno siente contra nosotros, es decir de él algo bueno todos los días.
¿Son malos los que te rodean? Toma precauciones sin dudad, pero permanece en paz; no te harán daño, sino hasta el grado que Dios quiera.
El que pone un freno al furor de las olas, sabe también contener los designios de los malos.
Ser dulce consigo, no es lisonjearse, permitirse todo, excusarse en todo, sino animarse, levantarse, fortificarse.
Animarse durante el trabajo monótono, cansado, ingrato: «Dios quiere que lo haga y me ve. –Este trabajo ocupa mi inteligencia, perfecciona mi alma, aleja el mal».
Animarse en las tristes horas de completo decaimiento; cuando nadie piensa en nosotros, cuando nadie nos manifiesta la menor señal de simpatía: ¿qué, no te basta hacer tu deber? –Dios no quiere más que esto de ti, y este deber te llevará al Cielo.
Levantarse después de una caída, una falta, una falta humillante, una debilidad que aterra: pero levantarse caritativo. «Vamos, pobre alma mía, esto no es nada»; Tienes un buen padre y un Señor generoso. –Conságrate, humíllate a Él, y en tanto que obtienes el perdón del sacerdote, vuelve a tomar tu vida con la misma actividad.
Fortalecerse contra el abandono contra la desanimación, contra el olvido de los otros.
Se fortalece con la oración ante el Sagrario, que alegra nuestra alma; y el trabajo que da reposo al espíritu.
Se levanta con la confianza en Dios, nuestro Padre, y con el agradecimiento a sus inmensos beneficios.
Estos remedios están siempre a mi alcance.
1. — Permaneciendo habitualmente delante de Él como un niño, o más bien como un pobre que pide, que ama, que espera, que sabe que nada se le debe, pero que sabe también que, hora por hora, a medida que lo necesite, Dios bondadosísimo, pondrá en él cuanto le haga falta y algo más.
Vive en paz bajo esta paternal providencia: cuanto más te sientas pequeño, débil, humillado, impotente, desgraciado por tu falta, más derecho tendrás a la piedad y al amor del Señor.
Únicamente reza bien; que tu oración sea piadosa, y un poco lenta, dulce, y llena de esperanza. El pobre no tiene más que la oración que le pertenezca; pero esta oración, cuando sube hasta Dios, humilde y suplicante, ¡oh!, ¡cuán benignamente es escuchada!
No tengas muchas oraciones variadas; que el padrenuestro suba o menudo de tu corazón a tus labios. Complácete en repetir lo que el mismo Jesús nos enseñó para obligarse en cierto modo a no rechazarnos jamás.
2.—Mírate también como a un servidor asalariado, a quien Dios ha ajustado, y a quien ha prometido una magnífica recompensa al fin de esta jornada, que se llama vida eterna, y ponte cada mañana a su disposición para hacer «cuanto y como Él quiera, y con los medios que juzga a tu alcance»
El trabajo de cada día no te será mandado directamente por el Señor (sería demasiado dulce obedecer directamente a Dios mismo), sino por los enviados del Señor. Estos enviados se llaman superiores, iguales, inferiores, y hasta enemigos. Cada uno de ellos ha recibido orden, aunque él no se dé cuenta de ello, de santificarte; el uno doblegando tu amor a la independencia, el otro aguijoneando tu dejadez.
Cumple, pues, tu deber como puedas, como sepas, como se te mande; de tiempo en tiempo di a Dios: ¿estáis contento, Señor? Y a pesar del tedio, a pesar de la fatiga, a pesar de la repugnancia, continúa hasta el fin.
Repite con frecuencia estas palabras de la Santísima Virgen: He aquí la esclava del Señor; o estas otras de Jesucristo: Yo no he venido para ser servido, sino para servir, y obra con todos los que te rodean como si realmente estuvieras a su servicio ayudándoles, escuchándoles, estando casi confuso de lo que hacen por ti, y mostrándote siempre feliz cuando te mandan alguna cosa.
¡Oh, si tú supieras lo que todas estas palabras valen de méritos para el Cielo, de alegría y de paz sobre la tierra, ¡cuánto las amarías!
¡Oh!, si tomases de ellas la regla de tu conducta, ¡cuán feliz serías y cuanto más felices harías a los demás!
Feliz por el testimonio de tu conciencia, que te diría: Has hecho lo que habría hecho Jesucristo.
Feliz por el pensamiento de la recompensa prometida al que da un vaso de agua en nombre de Jesucristo.
Feliz, en fin, por la seguridad de que Dios hará por ti lo que tú hayas hecho por los demás.
¡Oh! ¿qué importaría entonces la ingratitud, el olvido, el mal éxito y el menosprecio mismo? Lo sentirías, pero no podrían jamás entristecerte.
¡Preciosos consejos inspirados por el Corazón de Jesús, yo os bendigo por el bien que me habéis hecho! A menudo, lo prometo, vendré a volver a leerlos al pie del altar, arrodillado delante de la Santa Eucaristía
¡Virgen Santísima!, ¡Madre mía!, que esclavo tuyo, todo lo quiero según tu querer, manda a tu siervo. Ilumina mi entendimiento para que conozca mi pequeñez, mueve mi corazón a la imitación de la dulzura y mansedumbre del tuyo, dirige mis pasos por los caminos del Señor, a la segura posesión de su amor en el cielo. Así sea.
¡Corazón divino de Jesús, Rey de amor! Por medio de la Sma. Virgen nuestra Madre, me consagro sin reserva a Ti, poniendo a tu disposición y bajo tu amparo mi alma, cuerpo, familia, obras, asuntos, todo cuanto soy y poseo. «En Ti confío», «cuida Tú de mi y de mis cosas».
Yo, como deseas, «cuidaré de Ti y de las tuyas», haciendo cuanto pueda por que reines en el mundo.
Con la oración: pidiendo muchas veces al día «¡Venga a nos tu reino! »,
Con las acciones: cumpliendo lo mejor posible mis deberes, aceptando y ofreciéndote «porque reines» todas mis penas, sacrificios y trabajos.
Con la propaganda: trabajando para que te conozcan, te amen y se consagren a Ti muchos almas, especialmente mi familia y amigos.
Te prometo: recibirte y visitarte con frecuencia en la Eucaristía, sobre todo los Primeros Viernes de mes, para desagraviarte por las ofensas e ingratitudes con que tantas veces correspondemos a tu amor.
Concédeme vivir unido a Ti y en tu Corazón exhalar mi último suspiro. Amén.
lunes, 26 de mayo de 2008
Hora Santa dedicada al Sagrado Corazon de Jesus
Primera postración de Jesús
Primera consideración
Considera, alma compasiva, a tu dulcísimo Salvador, orando postrado y como anonadado, solitario en aquel triste jardín, abandonado de sus apóstoles, pues se habían entregado al sueño… Olvidado de todos… y quizá olvidado de tu mismo corazón… Dirige tus miradas hacia este Dios afligido… Permanece de rodillas y pídele perdón por tus extravíos, rezando cinco Padre nuestros y agregando esta aspiración: ¿Por qué, oh buen Jesús oh benigno Salvador, te he abandonado tanto tiempo? ¡Oh hijos de los hombres, vengan y manifiesten sincero amor a su divino Redentor!
Segunda consideración
En seguida, considera cuán grande debió ser la aflicción del Corazón de Jesús al ver que los ángeles lo habían dejado, que su Madre Santísima se hallaba lejos de él, y que su Padre Celestial lo miraba con indignación a casa de tus pecados con los cuales se había cargado voluntariamente… Un silencio espantoso rodea a Jesús por todas partes, y no ve más que la imagen de la muerte más cruel… ¡Ah! Compadécete de su dolor, consuélalo, haciendo de todo corazón cinco actos de contrición, en unión de los santos penitentes,
Tercera consideración
Figúrate que Jesús se levanta a duras penas, y se adelanta hacia sus discípulos… Piensa que te mira con bondad y repite nueve veces con el fervor de los ángeles: ¡Oh Jesús! Yo te amo; sí te amo de todo corazón.
Segunda postración
Primera consideración
Jesús, después de haber dejado a sus apóstoles, vuelve a orar por segunda vez. , alma fiel que oyes s dulce voz que exclama, agobiado del dolor más profundo: triste está mi alma hasta la muerte… y que volviéndose hacia ti añade: Tus innumerables ingratitudes son las causas de mis tormentos… Redoblado de fervor, dile excitándote a un verdadero arrepentimiento de tus pecados, y uniendo tus oraciones y tus lágrimas a las de san Pedro después de su caída: ten piedad de mí, Oh Dios mío, según tu gran misericordia, y según la multitud de tu clemencia, borra mi iniquidad.
Segunda consideración
Considera al buen Jesús afligido de más en más, sucumbiendo bajo el peso de su profunda aflicción. Imagínate que ves su divina cabeza inclinada hacia la tierra… su sagrado rostro, en cuyo semblante se ve estampada la imagen de su extremo dolor. Este amorosísimo Salvador se halla de más en más afligido a la vista del endurecimiento de los hombres que no quieren volver hacia él, prefiriendo la senda de la iniquidad a la de la justicia: lo que aumenta su pena es tu falta de energía en vencer tus pasiones.
Tercera consideración
Figúrate estar de rodillas cerca de Jesús agonizante, y dile tres veces: ¡Yo soy, Oh Salvador mío, aquella ingrata oveja que buscaste, llamaste y que, por tanto tiempo, ha permanecido sorda a tu voz! Heme aquí, ¡Oh amable Pastor mío! No llores más por tu rebelde hijo. ¿Deseas mi alma? Aquí la tienes, cubierta de miserias y herida por sus propios pecados. Pero Tú, Oh Médico caritativo, has dicho: vengan a mí los que están cargados y yo los aliviaré. Animado de esta confianza, cedo gustoso a tus amorosas solicitaciones y nuevamente te ofrezco mi alma: haz que sea tuya para siempre. Vengan pecadores, vengan ovejas descarriadas; vengan todos los que como yo se han alejado del Buen Pastor; consolémosle con nuestra sincera conversión y apresurémonos a tomar parte en sus dolores.
Cuarta consideración
Mira, sobrecogida de admiración, a tu Dios en el colmo de la aflicción, y cómo entra en agonía: apenas respira y parece sucumbir de dolor previendo que sus sufrimientos serán inútiles a un sinnúmero de hombres ingratos, que se perderán a pesar de todo lo que hace por ellos… Tú mismo también lo ofenderás… dile pues de todo corazón: Dios mío, prefiero morir mil veces antes que ofenderte. Añade cinco actos de caridad y al decir, amo a mi prójimo como a mí mismo, haz intención de prometer a Jesús, que trabajarás en ganar almas a su servicio
Quinta consideración
En seguida, dirige tus miradas con amorosa confianza hacia Jesús…óyele poseído del dolor más profundo, pero resignado: Padre mío, si es posible, has que este cáliz se aleje de mí; sin embargo que no se haga mi voluntad, sino la tuya. Únete a este divino Maestro, y repite con él las mismas palabras.
Jesús se levanta y va a sus apóstoles; más hallándolos dormidos, vuelve penetrado de tristeza al lugar de su oración.
Tercera postración
Primera consideración
Contempla, alma cristiana, a tu amante Salvador nuevamente postrado, pálido y desfigurado, cubierto de un sudor de sangre, y casi a punto de dar el último aliento… Su alma angustiada ve de antemano con el más profundo abatiiento los sufrimientos que se le preparan.
Repasa, en compañía de Jesús los dolorosos pasos de su pasión. En primer lugar, el beso del traidor Judas… ¡Ah! Llora amargamente por haber sido pérfida tu también, hacia Jesús por tus comuniones tibias, tal vez sacrílegas, Erré como oveja como oveja que se perdió, ¡Oh mi Dios, mi Salvador y el más paciente de todos los padres! Perdóname y no me castigues según el rigor de tu justicia.
Segunda consideración
Mira a Jesús cuya agonía se prolonga… piensa con él en su cruel flagelación: ya su cuerpo no es más que una llaga y sus pies nadan en su sangre… La columna en que está atado se halla cubierta de sangre y los pedazos de su carne están esparcidos por el suelo… ¡Ah! Es para expiar tus inmodestias, tus vanidades, tu gula y pereza que el inocente Jesús sufre tantos tormentos… Permanece al lado de Jesús y di siete veces, uniéndote a María, Madre de dolores la siguiente aspiración: ¡Oh amabilísimo Jesús! ¿por qué no me es permitido recibir yo mismo los golpes que despedazan tan cruelmente en tu carne virginal? Misericordiosísimo Salvador, por mí has recibido tantas heridas! ¿Por qué te he amado tan poco? Divino redentor mío, sí, prometo amarte con todo mi corazón: desde ahora quiero vivir, sufrir y morir por ti”.
Mira aun al dolorosísimo Jesús, une tus pensamientos a los suyos… Figúrate que lleva la cruz a cuestas… ¡Oh que cruz tan pesada! Nuestros pecados aumentan de tal modo su peso que cae tres veces bajo esa terrible carga… repite tres veces: ¡Oh cruz santa! Esperanza mía, no agobies al inocente Jesús; yo soy la culpable; yo soy la que debe sufrir y morir.
Tercera consideración
Considera, alma compasiva, a tu divino Salvador, que llegando al calvario, es despojado de sus vestidos, le traspasan sus manos y pies, levantan la cruz… Míralo con amor y escucha sus últimas palabras…Abraza la cruz y di cinco veces con el buen ladrón (por ti y tus parientes): Dulcísimo Jesús, concédenos la gracias de una sincera conversión y la perseverancia final. En seguida, dí tres veces uniéndote con las santas mujeres: Oh Jesús! Soberano Maestro y amorosísimo Padre, mi corazón siente un vivo pesar al recordar los crueles dolores que has sufrido en la cruz. No, jamás me separaré de ti: la bondad con que derramas hasta la última gota para expiar mis innumerables pecados, penetra mi ama de gratitud, a fin de manifestarte mi reconocimiento quiero entregarme a ti para siempre.
Toma el crucifijo y besa con amor y respeto las cincos llagas del Salvador, diciendo a cada una de ellas: Jesús, amor mío, siempre te amaré.
Cuarta consideración
Considera cómo se sobrecoge de espanto la santa humanidad de Jesús a vista del amargo cáliz que se le presenta y del que ha de beber hasta las heces… He aquí que vuela el ángel consolador y que, acercándose respetuosamente a su Señor y Creador, lo levanta. Piensa que te muestra a Jesús, diciéndole: ¡Ah! ¿Quieres dejar de perecer eternamente esta pobre alma? Y que Jesús, mirándote con ternura, le responde; “No, por ella moriré gustoso… Aquí guarda un profundo silencio; pues, ¿qué podrías decir para corresponder a tal exceso de amor? Mas entrega tu corazón a los sentimientos de gratitud que te inspira la generosidad de tu bondadosos Redentor.
Quinta consideración
Oye ahora los pasos del traidor Judas que, entrando en el jardín, viene a apoderarse de Jesús.. Besa la tierra como si besaras los helados pies de tu Salvador… Ve como se levanta y te consuela con la mirada llena de dulzura, y como deja su oración y va morir para salvarte… síguelo, repitiendo siete veces: ¡Oh buen Jesús! Pues que vas a morir por mí, yo también quiero morir por ti!
Puesto de rodillas, como si estuvieras en el lugar justo donde el Salvador estuvo en agonía, haz doce actos de amor uniéndote a la Magdalena penitente. Retírate dando gracias a Dios, reflexionando en la felicidad que has tenido de pasar una hora en compañía de Jesucristo agonizante, y en los intervalos del sueño, recuerda el lugar sangriento de su agonía. Al otro día repasa en la memoria las reflexiones que más conmovido tu alma durante la Hora Sanra y permanece en un piadoso recogimiento.
Oración al acostarse
Ábreme tu corazón, oh Jesús, pues él es el lugar de mi descanso; en él quiero morar toda mi vida y dar el último suspiro. ¡Ojalá que en él pudiese ofrecerte continuamente el mío! Haz, o amable Salvador, que mi corazón se una tan estrechamente al tuyo, que yo pueda decir, como la esposa de los Cantares: “Yo duermo, mas mi corazón vela…” ¡Oh Jesús! Vela sobre mí mientras duermo. Uno el reposo que voy a tomar al santo descanso que tú tomaste en este mundo; quiero tomarlo con los mismos fines que tú, Oh Jesús, y para mayor gloria de tu Eterno Padre, a fin de que permaneciendo siempre unido a ti, esté siempre ocupado de Dios.
En tus manos, señor encomiendo mi espíritu.
Publicado por CAMINO MISIONERO en 20:39 0 comentarios
Etiquetas: corazon de jesus, devociones, dinamicas
HAURIETIS AQUAS - ENCÍCLICA SOBRE EL CULTO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

HAURIETIS AQUAS
ENCÍCLICA SOBRE EL CULTO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
PIO XII
15 de mayo de 1956
Haurietis Aquas constituye la teología y el apoyo oficial de la Iglesia al culto del Sagrado Corazón de Jesús.
El papa vibra con los latidos del Corazón de Jesús, en los que se manifiesta su «triple amor»: amor divino, humano espiritual y humano sensible (1418). Afirma la gozosa necesidad de darle culto, pues ese Corazón sagrado, «al ser tan íntimo participante de la vida del Verbo Encarnado... es el símbolo legítimo de aquella inmensa caridad que movió a nuestro Salvador» a dar su sangre por nosotros (21). Nosotros hemos de adorar el Corazón de Jesús, porque es «el símbolo natural, el más expresivo, de aquel amor inagotable que nuestro Divino Redentor siente aun hoy hacia el género humano» (24). Queda claro, por todo ello, que necesariamente el culto al Corazón de Cristo «termina en la persona misma del Verbo Encarnado» (28).
Pío XII escribe aquí páginas muy bellas en la contemplación del amor de Jesucristo, manifestado en los diversos misterios de su vida terrena pasada y de su vida actualmente celestial: en él se nos revela el amor que nos tiene la Santísima Trinidad (17-24). Estas son, quizá, las páginas de la encíclica de más alto vuelo contemplativo.
Apoyándose en las consideraciones expuestas, el papa define con toda precisión teológica el sentido exacto del culto al Corazón de Cristo, que «se identifica sustancialmente con el culto al amor divino y humano del Verbo Encarnado, y también con el culto al amor mismo con que el Padre y el Espíritu Santo aman a los hombres pecadores» (25).
Por eso mismo, «el culto al Sagrado Corazón se considera, en la práctica, como la más completa profesión de la religión cristiana» (29),y ha de considerarse «la devoción al Sagrado Corazón de Jesús como escuela eficacísima de la caridad divina» (36).
Notemos, por último, que esta encíclica vincula profundamente el culto al Corazón de Jesús y el culto a la Eucaristía (20 y 35), aspecto en el que también Pablo VI insistirá en su carta apostólica Investigabiles divitias .
SUMARIO
Introducción: el culto al Corazón de Jesús, 1-2.
I. Fundamentación teológica. Dificultades y objeciones, 3. Doctrina de los papas, 4. Fundamentación del culto, 5. Culto de latría, 6. Antiguo Testamento, 7-8.
II. Nuevo Testamento y Tradición, 9-10. Amor divino y humano, 11-12. Santos Padres, 13. Corazón físico, 14. Símbolo del triple amor de Cristo, 15-16.
III. Contemplación del amor del Corazón de Jesús, 17-19; Eucaristía, María, Cruz, 20; Iglesia, sacramentos, 21; Ascensión, 22; Pentecostés, 23. Sagrado Corazón, símbolo del amor de Cristo, 24.
IV. Historia del culto al Corazón de Jesús, 25. Santos, Sta. Margarita María, 26. 1765, Clemente XIII, y 1856, Pío IX, 27. Culto al Corazón de Jesús, culto en espíritu y en verdad, 28. La más completa profesión de la religión cristiana, 29.
V. Sumo aprecio por el culto al Corazón de Jesús, 30-31. Difusión de este culto, 32. Penas actuales de la Iglesia, 33-34. Un culto providencial, 35. Final, 36-37.
El culto al Corazón de Jesús
1. Beberéis aguas con gozo en las fuentes del Salvador(1). Estas palabras con las que el profeta Isaías prefiguraba simbólicamente los múltiples y abundantes bienes que la era mesiánica había de traer consigo, vienen espontáneas a nuestra mente, si damos una mirada retrospectiva a los cien años pasados desde que nuestro predecesor, de i. m., Pío IX, correspondiendo a los deseos del orbe católico, mandó celebrar la fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús en la Iglesia universal.
Innumerables son, en efecto, las riquezas celestiales que el culto tributado al Sagrado Corazón de Jesús infunde en las almas: las purifica, las llena de consuelos sobrenaturales y las mueve a alcanzar las virtudes todas. Por ello, recordando las palabras del apóstol Santiago: Toda dádiva buena y todo don perfecto de arriba desciende, del Padre de las luces(2), razón tenemos para considerar en este culto, ya tan universal y cada vez más fervoroso, el inapreciable don que el Verbo Encarnado, nuestro Salvador divino y único Mediador de la gracia y de la verdad entre el Padre celestial y el género humano, ha concedido a la Iglesia, su mística Esposa, en el curso de los últimos siglos, en los que ella ha tenido que vencer tantas dificultades y soportar pruebas tantas. Gracias a don tan inestimable, la Iglesia puede manifestar más ampliamente su amor a su divino Fundador y cumplir más fielmente esta exhortación que, según el evangelista San Juan, profirió el mismo Jesucristo: En el último gran día de la fiesta, Jesús habiéndose puesto en pie, dijo en alta voz: «El que tiene sed, venga a mí y beba el que cree en mí». Pues, como dice la Escritura, «de su seno manarán ríos de agua viva». Y esto lo dijo El del Espíritu que habían de recibir los que creyeran en El(3). Los que escuchaban estas palabras de Jesús, con la promesa de que habían de manar de su seno ríos de agua viva, fácilmente las relacionaban con los vaticinios de Isaías, Ezequiel y Zacarías, en los que se -profetizaba el Reino mesiánico, y también con la simbólica piedra, de la que, golpeada por Moisés, milagrosamente hubo de brotar agua(4).
2. La caridad divina tiene su primer origen en el Espíritu Santo, que es el Amor personal del Padre y del Hijo, en el seno de la augusta Trinidad. Con toda razón, pues, el Apóstol de las Gentes, como haciéndose eco de las palabras de Jesucristo, atribuye a este Espíritu de Amor la efusión de la caridad en las almas de los creyentes: La caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado(5).
Este tan estrecho vínculo que, según la Sagrada Escritura, existe entre el Espíritu Santo, que es Amor por esencia, y la caridad divina que debe encenderse cada vez más en el alma de los fieles, nos revela a todos en modo admirable, venerables hermanos, la íntima naturaleza del culto que se ha de atribuir al Sacratísimo Corazón de Jesucristo. En efecto, manifiesto es que este culto, si consideramos su naturaleza peculiar, es el acto de religión por excelencia, esto es, una plena y absoluta voluntad de entregarnos y consagramos al amor del Divino Redentor, cuya señal y símbolo más viviente es su Corazón traspasado. E igualmente claro es, y en un sentido aún más profundo, que este culto exige ante todo que nuestro amor corresponda al Amor divino. Pues sólo por la caridad se logra que los corazones de los hombres se sometan plena y perfectamente al dominio de Dios, cuando los afectos de nuestro corazón se ajustan a la divina voluntad de tal suerte que se hacen casi una cosa con ella, como está escrito: Quien al Señor se adhiere, un espíritu es con El(6).
1. FUNDAMENTACIÓN TEOLÓGICA
Dificultades y objeciones
3. La Iglesia siempre ha tenido y tiene en tan grande estima el culto del Sacratísimo Corazón de Jesús: lo fomenta y propaga entre todos los cristianos, y lo defiende, además, enérgicamente contra las acusaciones del naturalismo y del sentimentalismo; sin embargo, es muy doloroso comprobar cómo, en lo pasado y aun en nuestros días, este nobilísimo culto no es tenido en el debido honor y estimación por algunos cristianos, y a veces ni aun por los que se dicen animados de un sincero celo por la religión católica y por su propia santificación.
Si tú conocieses el don de Dios(7). Con estas palabras, venerables hermanos, Nos, que por divina disposición hemos sido constituido guardián y dispensador del tesoro de la fe y de la piedad que el divino Redentor ha confiado a la Iglesia, consciente del deber de nuestro oficio, amonestamos a todos aquellos de nuestros hijos que, a pesar de que el culto del Sagrado Corazón de Jesús, venciendo la indiferencia y los errores humanos, ha penetrado ya en su Cuerpo místico, todavía abrigan prejuicios hacia él y aun llegan a reputarlo menos adaptado, por no decir nocivo, a las necesidades espirituales de la Iglesia y de la humanidad en la hora presente, que son las más apremiantes. Pues no faltan quienes, confundiendo o equiparando la índole de este culto con las diversas formas particulares de devoción, que la Iglesia aprueba y favorece sin imponerlas, lo juzgan como algo superfluo que cada uno puede practicar o no, según le agradare; otros consideran oneroso este culto, y aun de poca o ninguna utilidad, singularmente para los que militan en el Reino de Dios, consagrando todas sus energías espirituales, su actividad y su tiempo a la defensa y propaganda de la verdad católica, a la difusión de la doctrina social católica, y a la multiplicación de aquellas prácticas religiosas y obras que ellos juzgan mucho más necesarias en nuestros días. Y no faltan quienes estiman que este culto, lejos de ser un poderoso medio para renovar y reforzar las costumbres cristianas, tanto en la vida individual como en la familiar, no es sino una devoción, más saturada de sentimientos que constituida por pensamientos y afectos nobles; así, la juzgan más propia de la sensibilidad de las mujeres piadosas que de la seriedad de los espíritus cultivados.
Otros, finalmente, al considerar que esta devoción exige, sobre todo, penitencia, expiación y otras virtudes, que más bien juzgan pasivas porque aparentemente no producen frutos externos, no la creen a propósito para reanimar la espiritualidad moderna, a la que corresponde el deber de emprender una acción franca y de gran alcance en pro del triunfo de la fe católica y en valiente defensa de las costumbres cristianas; y ello, dentro de una sociedad plenamente dominada por el indiferentismo religioso que niega toda norma para distinguir lo verdadero de lo falso, y que, además, se halla penetrada, en el pensar y en el obrar, por los principios del materialismo ateo y del laicismo.
Doctrina de los papas
4. ¿Quién no ve, venerables hermanos, la plena oposición entre estas opiniones y el sentir de nuestros predecesores, que desde esta cátedra de verdad aprobaron públicamente el culto del Sacratísimo Corazón de Jesús? ¿Quién se atreverá a llamar inútil o menos acomodada a nuestros tiempos esta devoción que nuestro predecesor, de i. m., León XIII, llamó práctica religiosa dignísima de todo encomio, y en la que vio un poderoso remedio para los mismos males que en nuestros días, en forma más aguda y más amplia, inquietan y hacen sufrir a los individuos y a la sociedad? Esta devoción -decía-, que a todos recomendamos, a todos será de provecho. Y añadía este aviso y exhortación que se refiere a la devoción al Sagrado Corazón: Ante la amenaza de las graves desgracias que hace ya mucho tiempo se ciernen sobre nosotros, urge recurrir a Aquel único que puede alejarlas. Alas ¿quién podrá ser Este sino Jesucristo, el Unigénito de Dios? «Porque debajo del cielo no existe otro nombre, dado a los hombres, en el cual hayamos de ser salvos»(8). Por lo tanto, a El debemos recurrir, que es «camino, verdad y vida(9)»
No menos recomendable ni menos apto para fomentar la piedad cristiana lo juzgó nuestro inmediato predecesor, de f. m., Pío XI, en su encíclica Miserentissimus Redemptor: ¿No están acaso contenidos en esta forma de devoción el compendio de toda la religión y aun la norma de vida más Perfecta, Puesto que constituye el medio más suave de encaminar las almas al profundo conocimiento de Cristo Señor nuestro y el medio más eficaz que las mueve a amarle con más ardor y a imitarte con mayor fidelidad y eficacia?(10)
Nos, por nuestra parte, en no menor grado que nuestros predecesores, hemos aprobado y aceptado esta sublime verdad; y cuando fuimos elevado al sumo pontificado, al contemplar el feliz y triunfal progreso del culto al Sagrado Corazón de Jesús entre el pueblo cristiano, sentimos nuestro ánimo lleno de gozo y nos regocijamos por los innumerables frutos de salvación que producía en toda la Iglesia; sentimientos que nos complacimos en expresar ya en nuestra primera Encíclica(11). Estos frutos, a través de los años de nuestro pontificado -llenos de sufrimientos y angustias, pero también de inefables consuelos-, no se mermaron en número, eficacia y hermosura, antes bien se amentaran. Pues, en efecto, muchas iniciativas, y muy acomodadas a las necesidades de nuestros tiempos, han surgido para favorecer el crecimiento cada día mayor de este mismo culto: asociaciones, destinadas a la cultura intelectual Y a promover la religión y la beneficencia; publicaciones de carácter histórico, ascético y místico para explicar su doctrina; piadosas prácticas de reparación y, de manera especial, las manifestaciones de ardentísima piedad promovidas por el Apostolado de la Oración, a cuyo celo y actividad se debe que familias, colegios, instituciones y aun, a veces, algunas naciones se hayan consagrado al Sacratísimo Corazón de Jesús. Por todo ello, ya en Cartas, ya en Discursos y aun Radiomensajes, no pocas veces hemos expresado nuestra paternal complacencia(12).
Fundamentación del culto
5. Conmovidos, pues, al ver cómo tan gran abundancia de aguas, es decir, de dones celestiales de amor sobrenatural del Sagrado Corazón de nuestro Redentor, se derrama sobre innumerables hijos de la Iglesia católica por obra e inspiración del Espíritu Santo, no podemos menos, venerables hermanos, de exhortaros con ánimo paternal a que, juntamente con Nos, tributéis alabanzas y rendida acción de gracias a Dios, dador de todo bien, exclamando con el Apóstol: Al que es poderoso para hacer sobre toda medida con incomparable exceso más de lo que pedimos o pensamos, según la potencia que despliega en nosotros su energía, a El la gloria en la Iglesia y en Cristo y Jesús por todas las generaciones, en los siglos de los siglos. Amén(13). Pero, después de tributar las debidas gracias al Dios eterno, queremos por medio de esta encíclica exhortaros a vosotros y a todos los amadísimos hijos de la Iglesia a una más atenta consideración de los principios doctrinales -contenidos en la Sagrada Escritura, en los Santos Padres y en los teólogos- sobre los cuales, como sobre sólidos fundamentos, se apoya el culto del Sacratísimo Corazón de Jesús. Porque Nos estamos plenamente persuadido de que sólo cuando a la luz de la divina revelación hayamos penetrado más a fondo en la naturaleza y esencia íntima de este culto, podremos apreciar debidamente su incomparable excelencia y su inexhausta fecundidad en toda clase de gracias celestiales; y de esta manera, luego de meditar y contemplar piadosamente los innumerables bienes que produce, encontraremos muy digno de celebrar el primer centenario de la extensión de la fiesta del Sacratísimo Corazón a la Iglesia universal.
Con el fin, pues, de ofrecer a la mente de los fieles el alimento de saludables reflexiones, con las que más fácilmente puedan comprender la naturaleza de este culto, sacando de él los frutos más abundantes, nos detendremos, ante todo, en las páginas del Antiguo y del Nuevo Testamento que revelan y describen la caridad infinita de Dios hacia el género humano, pues jamás podremos escudriñar suficientemente su sublime grandeza; aludiremos luego a los comentarios de los Padres y Doctores de la Iglesia; finalmente, procuraremos poner en claro la íntima conexión existente entre la forma de devoción que se debe tributar al Corazón del Divino Redentor y el culto que los hombres están obligados a dar a su amor y al amor de la misma Santísima Trinidad a todo el género humano. Porque juzgamos que, una vez considerados a la luz de la Sagrada Escritura y de la Tradición los elementos constitutivos de esta devoción tan noble, será mas fácil a los cristianos beber con gozo las aguas en las fuentes del Salvador(14), es decir, podrán apreciar mejor la singular importancia que el culto al Corazón Sacratísimo de Jesús ha adquirido en la liturgia de la Iglesia, en su vida interna y externa, y también en sus obras: así podrá cada uno obtener aquellos frutos espirituales que señalarán una saludable renovación en sus costumbres, según lo desean los Pastores de la grey de Cristo.
Culto de latría
6. Para comprender mejor, en orden a esta devoción, la fuerza de algunos textos del Antiguo y del Nuevo Testamento, precisa atender bien al motivo por el cual la Iglesia tributa al Corazón del Divino Redentor el culto de latría. Tal motivo, como bien sabéis, venerables hermanos, es doble: el primero, común también a los demás miembros adorables del Cuerpo de Jesucristo, se funda en el hecho de que su Corazón, por ser la parte más noble de su naturaleza humana, está unido hipostáticamente a la Persona del Verbo de Dios, y, por consiguiente, se le ha de tributar el mismo culto de adoración con que la Iglesia honra a la Persona del mismo Hijo de Dios encarnado. Es una verdad de la fe católica, solemnemente definida en el Concilio ecuménico de Efeso y en el II de Constantinopla(15). El otro motivo se refiere ya de manera especial al Corazón del Divino Redentor, y, por lo mismo, le confiere un título esencialmente propio para recibir el culto de latría: su Corazón, más que ningún otro miembro de su Cuerpo, es un signo o símbolo natural de su inmensa caridad hacia el género humano. Es innata al Sagrado Corazón, observaba León XIII, de f. m., la cualidad de ser símbolo e imagen expresiva de la infinita caridad de Jesucristo, que nos incita a devolverle amor por amor(16).
Es indudable que los Libros Sagrados nunca se hace mención cierta de un culto de especial veneración y amor tributado al Corazón físico del Verbo encarnado por su prerrogativa de símbolo de su encendidísima caridad. Pero este hecho, que hay que reconocer abiertamente, no nos ha de admirar ni puede en modo alguno hacernos dudar de que el amor de Dios a nosotros -razón principal de este culto- es proclamado e inculcado tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento con imágenes con que vivamente se conmueven los corazones. Y estas imágenes, por encontrarse ya en los Libros Santos cuando predecían la venida del Hijo de Dios hecho hombre, han de considerarse como un presagio de lo que había de ser el símbolo y signo más noble del amor divino, es a saber, el sacratísimo y adorable Corazón del Redentor divino.
Antiguo Testamento
7. Por lo que toca a nuestro propósito, al escribir esta Encíclica, no juzgamos necesario aducir muchos textos de los libros del Antiguo Testamento que contienen las primeras verdades reveladas por Dios; creernos baste recordar la Alianza establecida entre Dios y el pueblo elegido, consagrada con víctimas pacíficas -cuyas leyes fundamentales, esculpidas en dos tablas, promulgó Moisés(17) e interpretaron los profetas-; alianza ratificada por los vínculos del supremo dominio de Dios y de la obediencia debida por parte de los hombres, pero consolidada y vivificada por los más nobles motivos del amor. Porque aun para el mismo pueblo de Israel la razón suprema de obedecer a Dios era no ya el temor de las divinas venganzas que los truenos y relámpagos fulgurantes en la ardiente cumbre del Sinaí suscitaban en los ánimos, sino más bien el amor debido a Dios: Escucha Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás, pues, al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Y estas palabras que hoy te mando estarán en tu corazón(18).
No nos extrañemos, pues, si Moisés y los profetas, a los que con toda razón llama el Angélico Doctor los «mayores» del pueblo elegido(19), comprendiendo bien que el fundamento de toda la ley se basaba en este mandamiento del amor, describieron las relaciones todas existentes entre Dios y su nación recurriendo a semejanzas sacadas del amor recíproco entre padre e hijo, o entre los esposos, y no representándolas con severas imágenes inspiradas en el supremo dominio de Dios o en nuestra obligada servidumbre llena de temor.
Así, por ejemplo, Moisés mismo, en su celebérrimo cántico, al ver liberado su pueblo de la servidumbre de Egipto, queriendo expresar cómo esa liberación era debida a la intervención omnipotente de Dios, recurre a estas conmovedoras expresiones e imágenes: Como el águila que adiestra a sus polluelos para que alcen el vuelo y encima de ellos revolotea, así (Dios) desplegó sus alas, alzó (a Israel) y le llevó en sus hombros(20). Pero ninguno, tal vez, entre los profetas, expresa y descubre tan clara y ardientemente como Oseas el amor constante de Dios hacia su pueblo. En efecto, en los escritos de este profeta que entre los profetas menores sobresale por la profundidad de conceptos y la concisión del lenguaje, se describe a Dios amando a su pueblo escogido con un amor justo y lleno de santa solicitud, cual es el amor de un padre lleno de misericordia y amor, o el de un esposo herido en su honor. Es un amor que, lejos de disminuir y cesar ante las monstruosas infidelidades y pérfidas traiciones, las castiga, sí, como lo merecen, en los culpables, no para repudiarlos y abandonarlos a sí mismos, sino sólo con el fin de limpiar y purificar a la esposa alejada e infiel y a los hijos ingratos para hacerles volver a unirse de nuevo consigo, una vez renovados y confirmados los vínculos de amor. Cuando Israel era niño, yo le amé; y de Egipto llamé a mi hijo... Yo enseñé a andar a Efraín, los tomé en mis brazos, mas ellos no comprendieron que yo los cuidaba. Los conducía con cuerdas de humanidad, con lazos de amor... Sanaré su rebeldía, los amaré generosamente, pues mi ira se ha apartado de ellos. Seré como el rocío para Israel, florecerá él como el lirio y echará sus raíces como el Líbano(21).
Expresiones semejantes tiene el profeta Isaías, cuando presenta a Dios mismo y a su pueblo escogido como dialogando y discutiendo entre sí con opuestos sentimientos: Mas Sión dijo: Me ha abandonado el Señor, el Señor se ha olvidado de mí. ¿Puede, acaso, una mujer olvidar a su pequeñuelo, hasta no apiadarse del hijo de sus entrañas? Aunque ésta se olvidaré, yo no me olvidaré de ti(22). Ni son menos conmovedoras las palabras con que el autor del Cantar de los Cantares, sirviéndose del simbolismo del amor conyugal, describe con vivos colores los lazos de amor mutuo que unen entre sí a Dios y a la nación predilecta: Como lirio entre las espinas, así mi amada entre las doncellas... Yo soy de mi amado, y mi amado es para mí; El se apacienta entre lirios... Ponme como sello sobre tu corazón, como sello sobre tu brazo, pues fuerte como la muerte es el amor, duros como el infierno los celos; sus ardores son ardores de fuego y llamas(23).
8. Este amor de Dios tan tierno, indulgente y sufrido, aunque se indigna por las repetidas infidelidades del pueblo de Israel, nunca llega a repudiarlo
definitivamente; se nos muestra, sí, vehemente y sublime; pero no es, en sustancia, sino el preludio a aquella muy encendida caridad que el Redentor prometido había de mostrar a todos con su amantísimo Corazón y que iba a ser el modelo de nuestro amor y la piedra angular de la Nueva Alianza.
Porque, en verdad, sólo Aquel que es el Unigénito del Padre y el Verbo hecho carne lleno de gracia y de verdad(24), al descender hasta los hombres, oprimidos por innumerables pecados y miserias, podía hacer que de su naturaleza humana, unida hipostáticamente a su Divina Persona, brotara un manantial de agua viva que regaría copiosamente la tierra árida de la humanidad, transformándola en florido jardín lleno de frutos. Obra admirable que había de realizar el amor misericordiosísimo y eterno de Dios, y que ya parece pre- nunciar en cierto modo el profeta jeremías con estas palabras: Te he amado con un amor eterno, por eso te he atraído a mí lleno de misericordia... He aquí que vienen días, afirma el Señor, en que pactaré con la casa de Israel y con la casa de Judá una alianza nueva; ... éste será el pacto que yo concertaré con la casa de Israel después de aquellos días, declara el Señor: Pondré mi 1ey en su interior y la escribiré en su corazón; yo les seré su Dios, y ellos serán mi pueblo ... ; porque les perdonaré su culpa y no me acordaré ya de su pecado(25).
II. NUEVO TESTAMENTO Y TRADICIÓN
9. Pero tan sólo por los Evangelios llegamos a conocer con perfecta claridad que la Nueva Alianza estipulada entre Dios y la humanidad -de la cual la alianza pactada por Moisés entre el pueblo y Dios fue tan sólo una prefiguración simbólica, y el vaticinio de jeremías una mera predicción es la misma que estableció y realizó el Verbo Encarnado, mereciéndonos la gracia divina. Esta Alianza es incomparablemente más noble y más sólida, porque, a diferencia de la precedente, no fue sancionada con sangre de cabritos y novillos, sino con la sangre sacrosanta de Aquel a quien aquellos animales pacíficos y privados de razón prefiguraban: el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo(26). Porque la Alianza cristiana, más aún que la antigua, se manifiesta claramente como un pacto fundado no en la servidumbre o en el temor, sino en la amistad que debe reinar en las relaciones entre padres e hijos. Se alimenta y se consolida por una más generosa efusión de la gracia divina y de la verdad, según la sentencia del evangelista San Juan: De su plenitud todos nosotros recibimos, y gracia por gracia. Porque la 1ey fue dada por Moisés, mas la gracia y la verdad por Jesucristo han venido(27).
Introducidos por estas palabras del discípulo al que amaban Jesús, y que, durante la Cena, reclinó su cabeza sobre el pecho de Jesús(28), en el mismo misterio de la infinita caridad del Verbo Encarnado, es cosa digna, justa, recta y saludable que nos detengamos un poco, venerables hermanos, en la contemplación de tan dulce misterio, a fin de que, iluminados por la luz que sobre él proyectan las páginas del Evangelio, podamos también nosotros experimentar el feliz cumplimiento del deseo significado por el Apóstol a los fieles de Efeso: Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, a, modo que, arraigados y cimentados en la caridad, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la alteza y la profundidad, hasta conocer el amor de Cristo, que sobrepuja a todo conocimiento, de suerte que estéis llenos de toda la plenitud de Dios(29).
10. En efecto, el misterio de la Redención divina es, ante todo y por su propia naturaleza, un misterio de amor, esto es, un misterio del amor justo de Cristo a su Padre celestial, a quien el sacrificio de la cruz, ofrecido con amor y obediencia, presenta una satisfacción sobreabundante e infinita por los pecados del género humano: Cristo sufriendo, por caridad y obediencia, ofreció a Dios algo de mayor valor que lo que exigía la compensación por todas las ofensas hechas a Dios Por el género humano(30). Además, el misterio de la Redención es un misterio de amor misericordioso de la augusta Trinidad y del Divino Redentor hacia la humanidad entera, puesto que, siendo ésta del todo incapaz de ofrecer a Dios una satisfacción condigna por sus propios delitos, Cristo, mediante la inescrutable riqueza de méritos que nos ganó con la efusión de su preciosísima Sangre, pudo restablecer y perfeccionar aquel pacto de amistad entre Dios y los hombres, violado por vez primera en el paraíso terrenal por culpa de Adán y luego innumerables veces por las infidelidades del pueblo escogido.
Por lo tanto, el Divino Redentor, en su cualidad de legítimo y perfecto Mediador nuestro, al haber conciliado bajo el estímulo de su caridad ardentísima hada nosotros los deberes y obligaciones del género humano con los. derechos de Dios, ha sido, sin duda, el autor de aquella maravillosa reconciliación entre la divina justicia y la divina misericordia, que constituye esencialmente el misterio trascendente de nuestra salvación. Muy a propósito dice el Doctor Angélico: Conviene observar que la liberación del hombre, mediante la pasión de Cristo, fue conveniente lanzo a su misericordia como a su justicia. A la justicia ciertamente, porque por su pasión Cristo satisfizo por el pecado del linaje humano: y así fue el hombre liberado por la justicia de Cristo. Y a la misericordia, porque, no siéndole posible al hombre satisfacer por el pecado, que manchaba a toda la naturaleza humana, Dios le dio un Redentor en la persona de su Hijo(31). Ahora bien: esto fue de parte de Dios un acto de más generosa misericordia que si El hubiese perdonado los pecados sin exigir satisfacción alguna. Por ello está escrito: Dios, que es rico en misericordia, movido por el excesivo amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos por los pecados, nos volvió a dar la vida en Cristo(32).
Amor divino y humano
11. Pero a fin de que podamos, en cuanto es dado a los hombres mortales, comprender con todos los santos cuál es la anchura y longitud, la alteza y la profundidad(33) del misterioso amor del Verbo Encarnado a su celestial Padre y hacia los hombres manchados con tantas culpas, conviene tener muy presente que su amor no fue únicamente espiritual, como conviene a Dios, puesto que Dios es espíritu(34). Es indudable que de índole puramente espiritual fue el amor de Dios a nuestros primeros padres y al pueblo hebreo; por eso, las expresiones de amor humano conyugal o paterno, que se leen en los Salmos, en los escritos de los profetas y en el Cantar de los Cantares, son signos Y símbolos, del muy verdadero amor, pero exclusivamente espiritual, con que Dios amaba al género humano; al contrario, el amor que brota del Evangelio, de las cartas de los Apóstoles y de las páginas del Apocalipsis, al describir el amor del Corazón mismo de Jesús, comprende no sólo la caridad divina, sino también los sentimientos de un afecto humano. Para todos los católicos, esta verdad es indiscutible. En efecto, el Verbo de Dios no ha tomado un cuerpo ilusorio y ficticio, como ya en el primer siglo de la era cristiana osaron afirmar algunos herejes, que atrajeron la severa condenación del apóstol San Juan: Puesto que en el mundo han salido muchos impostores: los que no confiesan a Jesucristo como Mesías venido en carne. Negar esto es ser un impostor y el anticristo(35). En realidad, El ha unido a su Divina Persona una naturaleza humana individual, íntegra y perfecta, concebida en el seno purísimo de la Virgen María por virtud del Espíritu Santo(36). Nada, pues, faltó a la naturaleza humana que se unió el Verbo de Dios. El la asumió plena e íntegra tanto en los elementos constitutivos espirituales como en los corporales, conviene a saber. dotada de inteligencia y de voluntad y todas las demás facultades cognoscitivas, internas y externas; dotada asimismo de las potencias afectivas sensibles y de todas las pasiones naturales. Esto enseña la Iglesia Católica, y está sancionado y solemnemente confirmado por los Romanos Pontífices y los concilios ecuménicos: Entero en sus propiedades, entero en las nuestras(37); Perfecto en la divinidad y El mismo perfecto en la humanidad»(38); todo Dios [hecho] hombre, y todo el hombre [subsistente en] Dios(39).
12. Luego si no hay duda alguna de que Jesús poseía un verdadero cuerpo humano, dotado de todos los sentimientos que le son propios, entre los que predomina el amor, también es igualmente verdad que El estuvo provisto de un corazón físico, en todo semejante al nuestro, puesto que, sin esta parte tan noble del cuerpo, no puede haber vida humana y menos en sus afectos. Por consiguiente, no hay duda de que el Corazón de Cristo, unido hipostáticamente a la Persona divina del Verbo, palpitó de amor y de todo otro afecto sensible; mas estos sentimientos estaban tan conformes y tan en armonía con su voluntad de hombre esencialmente plena de caridad divina, y con el mismo amor divino que el Hijo tiene en común con el Padre y el Espíritu Santo, que entre estos tres amores jamás hubo falta de acuerdo y armonía(40).
Sin embargo, el hecho de que el Verbo de Dios tomara una verdadera y perfecta naturaleza humana y se plasmara y aun, en cierto modo, se modelara un corazón de carne que, no menos que el nuestro, fuese capaz de sufrir y de ser herido, esto, decimos Nos, si no se piensa y se considera no sólo bajo la luz que emana de la unión hipostática y sustancial, sino también bajo la que procede de la Redención del hombre, que es, por decirlo así, el complemento de aquélla, podría parecer a algunos escándalo y necedad, como de hecho pareció a los judíos y gentiles Cristo crucificado(41). Ahora bien: los Símbolos de la fe, en perfecta concordia con la Sagrada Escritura, nos aseguran que el Hijo Unigénito de Dios tomó una naturaleza humana capaz de padecer y morir principalmente por razón del Sacrificio de la cruz, donde El deseaba ofrecer un sacrificio cruento a fin de llevar a cabo la obra de la salvación de los hombres. Esta es, además, la doctrina expuesta por el Apóstol de las Gentes: Pues tanto el que santifica como los que son santificados todos traen de uno su origen. Por cuya causa no se desdeña de llamarlos hermanos, diciendo: «Anunciaré tu nombre a mis hermanos ... ». Y también: «Heme aquí a mí y a los hijos que Dios me ha dado».Y por cuanto los hijos tienen comunes la carne y sangre, El también Participó de las mismas cosas... Por lo cual debió, en todo, asemejarse a sus hermanos, a fin de ser un pontífice misericordioso y fiel en las cosas que miren a Dios, para expiar los pecados del pueblo. Pues por cuanto El mismo fue probado con lo que padeció, por ello puede socorrer a los que son probados(42).
Santos Padres
13. Los SANTOS PADRES, testigos verídicos de la doctrina revelada, entendieron muy bien lo que ya el apóstol San Pablo había claramente significado, a saber, que el misterio del amor divino es como el principio y el coronamiento de la obra de la Encarnación y Redención. Con frecuente claridad se lee en sus escritos que Jesucristo tomó en sí una naturaleza humana perfecta, con un cuerpo frágil y caduco como el nuestro, para procurarnos la salvación eterna, y para manifestarnos y darnos a entender, en la forma más evidente, así su amor infinito como su amor sensible.
SAN JUSTINO, que parece un eco de la voz del Apóstol de las Gentes, escribe lo siguiente: Amamos y adoramos al Verbo nacido de Dios inefable y que no tiene principio: El, en verdad, se hizo hombre por nosotros para que, al hacerse partícipe de nuestras dolencias, nos procurase su remedio(43). Y SAN BASILIO, el primero de los tres Padres de Capadocia, afirma que los afectos sensibles de Cristo fueron verdaderos y al mismo tiempo santos: Aunque todos saben que el Señor poseyó los afectos naturales en confirmación de su verdadera y no fantástica encarnación, sin embargo, rechazó de sí como indignos de su purísima divinidad los afectos viciosos, que manchan la pureza de nuestra vida(44). Igualmente, SAN JUAN CRISÓSTOMO, lumbrera de la Iglesia antioquena, confiesa que las emociones sensibles de que el Señor dio muestra prueban irrecusablemente que poseyó la naturaleza humana en toda su integridad: Si no hubiera poseído nuestra naturaleza, no hubiera experimentado una y más veces la tristeza(45).
Entre los Padres latinos merecen recuerdo los que hoy venera la Iglesia como máximos Doctores. SAN AMBROSIO afirma que la unión hipostática es el origen natural de los afectos y sentimientos que el Verbo de Dios encarnado experimenté: Por lo tanto, ya que tomó el alma, tomó las pasiones del alma; pues Dios, como Dios que es, no podía turbarse ni morir(46).
En estas mismas reacciones apoya SAN JERÓNIMO el principal argumento para probar que Cristo tomó realmente la naturaleza humana: Nuestro Señor se entristeció realmente, para poner de manifiesto la verdad de su naturaleza humana(47).
Particularmente, SAN AGUSTÍN nota la íntima unión existente entre los sentimientos del Verbo encamado y la finalidad de la Redención humana: Jesús, el Señor, tomó estos afectos de la humana flaqueza, lo mismo que la carne de la debilidad humana, no por imposición de la necesidad, sino por conmiseración voluntaria, a fin de transformar en sí a su Cuerpo que es la Iglesia, para la que se dignó ser Cabeza; es decir, a fin de transformar a sus miembros en santos y fieles suyos; de suerte que, si a alguno de ellos le aconteciere contristarse y dolerse en las tentaciones humanas, no se juzgase por esto ajeno a su gracia, antes comprendiese que semejantes afecciones ni eran indicios de pecados, sino de la humana fragilidad; y como coro que canta después del que entona, así también su Cuerpo aprendiese de su misma Cabeza a padecer(48).
Doctrina de la Iglesia que con mayor concisión y no menor fuerza testifican estos pasajes de SAN JUAN DAMASCENO: En verdad que todo Dios ha tomado todo lo que en mí es hombre, y todo se ha unido a todo para procurar la salvación de todo el hombre. De otra manera no hubiera podido sanar lo que no asumió(49). Cristo, pues, asumió los elementos todos que componen la naturaleza humana, a fin de que todos fueran santificados(50).
Corazón físico
14. Es, sin embargo, de razón que ni los Autores sagrados ni los Padres de la Iglesia que hemos citado y otros semejantes, aunque prueban abundantemente que Jesucristo estuvo sujeto a los sentimientos y afectos humanos y que por eso precisamente tomó la naturaleza humana para procurarnos la eterna salvación, no refieran expresamente dichos afectos a su corazón físicamente considerado, hasta hacer de él expresamente un símbolo de su amor infinito.
Por más que los evangelistas y los demás escritores eclesiásticos no nos describan directamente los varios efectos que en el ritmo pulsante del Corazón de nuestro Redentor, no menos vivo y sensible que el nuestro, se debieron indudablemente a las diversas conmociones y afectos de su alma y a la ardentísima caridad de su doble voluntad -divina y humana, sin embargo frecuentemente ponen de relieve su divino amor y todos los demás afectos con él relacionados: el deseo, la alegría, la tristeza, el temor y la ira, según se manifiestan en las expresiones de su mirada, palabras y actos. Y principalmente el rostro adorable de nuestro Salvador sin duda debió aparecer como signo y casi como espejo fidelísimo de los afectos, que, conmoviendo en varios modos su ánimo, a semejanza de olas que se entrechocan, llegaban a su Corazón santísimo y determinaban sus latidos. A la verdad, vale también a propósito de Jesucristo cuanto el Doctor Angélico, amaestrado por la experiencia, observa en materia de psicología humana y de los fenómenos de ella derivados: La turbación de la ira repercute en los miembros externos y principalmente en aquellos en que se refleja más la influencia del corazón, como son los ojos, el semblante, la lenguas(51).
Símbolo del triple amor de Cristo
15. Luego, con toda razón, es considerado el corazón del Verbo Encarnado como signo y principal símbolo del triple amor con que el divino Redentor ama continuamente al Eterno Padre y a todos los hombres. Es, ante todo, símbolo del divino amor que en El es común con el Padre y el Espíritu Santo, y que sólo en El, como Verbo Encarnado, se manifiesta por medio del caduco Y frágil velo del cuerpo humano, ya que en El habita toda la plenitud de la Divinidad corporalmente(52).
Además, el Corazón de Cristo es símbolo de la ardentísima caridad que, infundida en su alma, constituye la preciosa dote de su voluntad humana y cuyos actos son dirigidos e iluminados por una doble y perfectísima ciencia, la beatífica y la infusa(53).
Finalmente, y esto en modo más natural y directo, el Corazón de Jesús es símbolo de su amor sensible, pues el Cuerpo de Jesucristo, plasmado en el seno castísimo de la Virgen María por obra del Espíritu Santo, supera en perfección, y, por ende, en capacidad perceptiva a todos los demás cuerpos humanos(54).
16. Aleccionados, pues, por los Sagrados Textos y por los Símbolos de la fe sobre la perfecta consonancia y armonía que reina en el alma santísima de Jesucristo y sobre cómo El dirigió al fin de la Redención las manifestaciones todas de su triple amor, podemos ya con toda seguridad contemplar y venerar en el Corazón del Divino Redentor la imagen elocuente de su caridad y la prueba de haberse ya cumplido nuestra Redención, y como una mística escala para subir al abrazo de Dios nuestro Salvador(55). Por eso, en las palabras, en los actos, en la enseñanza, en los milagros y especialmente en las obras que más claramente expresan su amor hacia nosotros- como la institución de la divina Eucaristía, su dolorosa pasión y muerte, la benigna donación de su Santísima Madre, la fundación de la Iglesia para provecho nuestro y, finalmente, la misión del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y sobre nosotros-, en todas estas obras, decimos Nos, hemos de admirar otras tantas pruebas de su triple amor, y meditar los latidos de su Corazón, con los cuales quiso medir los instantes de su terrenal peregrinación hasta el momento supremo, en el que, como atestiguan los Evangelistas, Jesús, luego de haber clamado de nuevo con gran voz, dijo: «Todo está consumado». E inclinando la cabeza, entregó su espíritu(56). Sólo entonces su Corazón se paró y dejó de latir, y su amor sensible permaneció como en suspenso, hasta que, triunfando de la muerte, se levantó del sepulcro.
Después que su Cuerpo, revestido del estado de la gloria sempiterna, se unió nuevamente al alma del Divino Redentor victorioso ya de la muerte, su Corazón sacratísimo no ha dejado nunca ni dejará de palpitar con imperturbable y plácido latido, ni cesará tampoco de demostrar el triple amor con que el Hijo de Dios se une a su Padre eterno y a la humanidad entera, de la que con pleno derecho es Cabeza mística.
III. CONTEMPLACIÓN DEL AMOR DEL CORAZÓN DE JESÚS
17. Ahora, venerables hermanos, para que de estas nuestras piadosas consideraciones podamos sacar abundantes y saludables frutos, parémonos a meditar y contemplar brevemente la íntima participación que el Corazón de nuestro Salvador Jesucristo tuvo en su vida afectiva divina y humana, durante el curso de su vida mortal. En las páginas del Evangelio, principalmente, encontraremos la luz con la cual iluminados y fortalecidos podremos penetrar en el templo de este divino Corazón y admirar con el Apóstol de las Gentes las abundantes riquezas de la gracia [de Dios] en la bondad usada con nosotros por amor de Jesucristo(57).
18. El adorable Corazón de Jesucristo late con amor divino al mismo tiempo que humano desde que la Virgen María pronunció su Fíat, y el Verbo de Dios, como nota el Apóstol, al entrar en el mundo dijo: «Sacrificio y ofrenda no quisiste, pero me diste un cuerpo a propósito; holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: Heme aquí presente. En el principio del libro se habla de mí. Quiero hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad ... » Por esta «voluntad» hemos sido santificados mediante la «oblación del cuerpo» de Jesucristo, que él ha hecho de una vez para siempre(58).
De manera semejante palpitaba de amor su Corazón, en perfecta armonía con los afectos de su voluntad humana y con su amor divino, cuando en la casita de Nazaret mantenía celestiales coloquios con su dulcísima Madre y con su padre putativo, San José, al que obedecía y con quien colaboraba en el fatigoso oficio de carpintero. Este mismo triple amor movía su Corazón en su continuo peregrinar apostólico, cuando realizaba innumerables milagros, cuando resucitaba a los muertos o devolvía la salud a toda clase de enfermos, cuando sufría trabajos, soportaba el sudor, hambre y sed; en las prolongadas vigilias nocturnas pasadas en oración ante su Padre amantísimo; en fin, cuando daba enseñanzas o proponía y explicaba parábolas, especialmente las que más nos hablan de la misericordia, como la parábola de la dracma perdida, la de la oveja descarriada y la del hijo pródigo. En estas palabras y en estas obras, como dice San Gregorio Magno, se manifiesta el Corazón mismo de Dios: Mira el Corazón de Dios en las palabras de Dios, para que con más ardor suspires por los bienes eternos(59).
Con amor aun mayor latía el Corazón de Jesucristo cuando de su boca salían palabras inspiradas en amor ardentísimo. Así, para poner algún ejemplo, cuando viendo a las turbas cansadas y hambrientas, dijo: Me da compasión esta multitud de gentes(60); y cuando, a la vista de Jerusalén, su predilecta ciudad, destinada a una fatal ruina por su obstinación en el pecado, exclamó: Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que a ti son enviados: ¡cuántas veces quise recoger a tus hijos, como la gallina recoge a sus polluelos bajo las alas, y tú no lo has querido(61)! Su Corazón palpitó también de amor hacia su Padre y de santa indignación cuando vio el comercio sacrílego que en el templo se hacía, e increpó a los vendedores con estas palabras: Escrito está: «Mi casa será llamada casa de oración»; mas vosotros hacéis de ella una cueva de ladrones(62).
19. Pero particularmente se conmovió de amor y de temor su Corazón cuando, ante la hora ya tan inminente de los crudelísimos padecimientos y ante la natural repugnancia a los dolores y a la muerte, exclamó: Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz(63); vibró luego con invicto amor y con amargura suma cuando, aceptando el beso del traidor, le dirigió aquellas palabras que suenan a última invitación de su Corazón misericordiosísimo al amigo que, con ánimo impío, infiel y obstinado, se disponía a entregarlo en manos de sus verdugos: Amigo, ¿a qué has venido aquí? ¿Con un beso entregas al Hijo del hombre?(64); en cambio, se desbordó con inmenso amor y profunda compasión cuando a las piadosas mujeres, que compasivas lloraban su inmerecida condena al tremendo suplicio de la cruz, les dijo así: Hijas de Jerusalén, no lloráis por mí, llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos..., pues si así tratan al árbol verde, ¿en el seco qué se hará?(65)
Finalmente, colgado ya en la cruz el Divino Redentor, es cuando siente cómo su Corazón se trueca en impetuoso torrente, desbordado en los más variados y vehementes sentimientos, esto es, de amor ardentísimo, de angustia, de misericordia, de encendido deseo, de serena tranquilidad, como se nos manifiestan claramente en aquellas palabras tan inolvidables como significativas: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen(66); Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?(67); En verdad te digo: Hoy estarás conmigo en el paraíso(68); Tengo sed(69); Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu(70).
Eucaristía, María, Cruz
20. ¿Quién podrá dignamente describir los latidos del Corazón divino, signo de su infinito amor, en aquellos momentos en que dio a los hombres sus más preciados dones: a Sí mismo en el sacramento de la Eucaristía, a su Madre Santísima y la participación en el oficio sacerdotal?
Ya antes de celebrar la última cena con sus discípulos, sólo al pensar en la institución del Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, con cuya efusión había de sellarse la Nueva Alianza, en su Corazón sintió intensa conmoción., que manifestó a sus apóstoles con estas palabras: Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer(71); conmoción que, sin duda, fue aún más vehemente cuando tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a ellos, diciendo: «Este es mi cuerpo, el cual se da por vosotros; haced esto en memoria mía». Y así hizo también con el cáliz, luego de haber cenado, y dijo: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que se derramará por vosotros(72).
Con razón, pues, debe afirmarse que la divina EUCARISTÍA, como sacramento por el que El se da a los hombres y como sacrificio en el que El mismo continuamente se inmola desde el nacimiento del sol hasta su ocaso(73)», y también el SACERDOCIO, son clarísimos dones del Sacratísimo Corazón de Jesús.
Don también muy precioso del Sacratísimo Corazón es, como indicábamos, la SANTÍSIMA VIRGEN, Madre excelsa de Dios y Madre nuestra amantísima. Era, pues, justo fuese proclamada Madre espiritual del género humano la que, por ser Madre natural de nuestro Redentor, le fue asociada en la obra de regenerar a los hijos de Eva para la vida de la gracia. Con razón escribe de ella San Agustín: Evidentemente, Ella es la Madre de los miembros del Salvador, que somos nosotros, porque con su caridad cooperó a que naciesen en la iglesia los fieles, que son los miembros de aquella Cabeza(74).
Al don incruento de Sí mismo bajo las especies del pan y del vino quiso Jesucristo nuestro Salvador unir, como supremo testimonio de su amor infinito, el sacrificio cruento de la Cruz. Así daba ejemplo de aquella sublime caridad que él propuso a sus discípulos como meta suprema del amor con estas palabras: -Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos(75). De donde el amor de Jesucristo, Hijo de Dios, revela en el sacrificio del Gólgota, del modo más elocuente, el amor mismo de Dios: En esto hemos conocido la caridad de Dios: en que dio su vida por nosotros; y así nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos(76). Cierto es que nuestro Divino Redentor fue crucificado más por la interior vehemencia de su amor que por la violencia exterior de sus verdugos: su sacrificio voluntario es el don supremo que su Corazón hizo a cada uno de los hombres, según la concisa expresión del Apóstol: Me amó y se entregó a sí mismo por mí(77).
Iglesia, sacramentos
21. No hay, pues, duda de que el Sagrado Corazón de Jesús, al ser participante tan íntimo de la vida del Verbo encarnado, y al haber sido por ello asumido como instrumento de la divinidad, no menos que los demás miembros de su naturaleza humana, para realizar todas las obras de la gracia y de la omnipotencia divina(78), por lo mismo es también símbolo legítimo de aquella inmensa caridad que movió a nuestro Salvador a celebrar, por el derramamiento de la sangre, su místico matrimonio con la Iglesia: Sufrió la pasión Por amor a la Iglesia, que había de unir a si comoEsposa(79). Por lo tanto, del Corazón traspasado del Redentor nació la Iglesia, verdadera dispensadora de la sangre de la Redención; y del mismo fluye abundantemente la gracia de los sacramentos que a los hijos de la Iglesia comunican la vida sobrenatural, como leemos en la sagrada Liturgia: Del Corazón abierto nace la Iglesia, desposada con Cristo... Tú, que del Corazón haces manar la gracia(80).
De este simbolismo, no desconocido para los antiguos Padres y escritores eclesiásticos, el Doctor común escribe, haciéndose su fiel intérprete: Del costado de Cristo brotó agua para lavar y sangre para redimir. Por eso 1a sangre es propia del sacramento de la Eucaristía; el agua, del sacramento del Bautismo, el cual, sin embargo, tiene su fuerza para lavar en virtud de la sangre de Cristo(81). Lo afirmado del costado de Cristo, herido y abierto por el soldado, ha de aplicarse a su Corazón, al cual, sin duda, llegó el golpe de la lanza, asestado precisamente por el soldado para comprobar de manera cierta la muerte de Jesucristo.
Por ello, durante el curso de los siglos, la herida del Corazón Sacratísimo de Jesús, muerto ya a esta vida mortal, ha sido la imagen viva de aquel amor espontáneo por el que Dios entregó a su Unigénito para la redención de los hombres, y por el que Cristo nos amó a todos con tan ardiente amor, que se inmoló a sí mismo como víctima cruenta en el Calvario: Cristo nos amó, y se ofreció a sí mismo a Dios, en oblación y hostia de olor suavísimo(82).
Ascensión
22. Después que nuestro Salvador subió al cielo con su cuerpo glorificado y se sentó a la diestra de Dios Padre, no ha cesado de amar a su esposa, la Iglesia, con aquel inflamado amor que palpita en su Corazón. Aun en la gloria del cielo, lleva en las heridas de sus manos, de sus pies y de su costado los esplendentes trofeos de su triple victoria: sobre el demonio, sobre el pecado y sobre la muerte; lleva además en su Corazón, como en arca preciosísima, aquellos inmensos tesoros de sus méritos, fruto de su triple victoria, que ahora distribuye con largueza al género humano ya redimido. Esta es una verdad consoladora, enseñada por el Apóstol de las Gentes cuando escribe: Al subirse a lo alto llevó consigo cautiva a una gran multitud de cautivos, y derramó sus dones sobre los hombres... El que descendió, ese mismo es el que ascendió sobre todos los cielos, para dar cumplimiento a todas las cosas(83).
Pentecostés
23. La misión del Espíritu Santo a los discípulos es la primera y espléndida señal del espléndido amor del Salvador, después de su triunfal ascensión a la diestra del Padre. De hecho, pasados diez días, el Espíritu Paráclito, dado por el Padre celestial, bajó sobre los apóstoles reunidos en el Cenáculo, como Jesús mismo les había prometido en la última cena: Yo rogaré al Padre y él os dará otro consolador para que esté con vosotros eternamente(84). El Espíritu Paráclito, por ser el Amor mutuo personal por el que el Padre ama al Hijo y el Hijo al Padre, es enviado por ambos, bajo forma de lenguas de fuego, para infundir en el alma de los discípulos la abundancia de la caridad divina y de los demás carismas celestiales. Pero esta infusión de la caridad divina brota también del Corazón de nuestro Salvador, en el cual están encerrado todos los tesoros de la sabiduría y la ciencia(85).
Esta caridad es, por lo tanto, don del Corazón de Jesús y de su Espíritu. A este común Espíritu del Padre y del Hijo se debe, en primer lugar, el nacimiento de la Iglesia y su propagación admirable en medio de todos los pueblos paganos, dominados hasta entonces por la idolatría, el odio fraterno, la corrupción de costumbres y la violencia. Esta divina caridad, don preciocísimo del Corazón de Cristo y de su Espíritu, es la que dio a los Apóstoles y a los Mártires la fortaleza para predicar la verdad evangélica y testimoniarla hasta con su sangre; a los Doctores de la Iglesia, aquel ardiente celo por ilustrar y defender la fe católica; a los Confesores, para practicar las más selectas virtudes y realizar las empresas más útiles y admirables, provechosas a la propia santificación y a la salud eterna y temporal de los prójimos; a las Vírgenes, finalmente, para renunciar espontánea y alegremente a los goces de los sentidos, con tal de consagrarse por completo al amor del celestial Esposo.
A esta divina caridad, que redunda del Corazón del Verbo encarnado y se infunde por obra del Espíritu Santo en las almas de todos los creyentes, el Apóstol de las Gentes entonó aquel himno de victoria, que ensalza a la par el triunfo de Jesucristo, Cabeza, y de los miembros de su Místico Cuerpo sobre todo de cuanto algún modo se opone al establecimiento del Reino del amor entre los hombres: Quien podrá separarnos del amor de Cristo? La turbación?, la angustia?, el hambre?, la desnudes?, el riesgo, la persecución?, la espada?... Mas en todas estas cosas soberanamente triunfamos por obra de Aquel que nos amo. Porque seguro estoy de que ni muerte ni vida, ni angeles ni principados, ni lo presente ni lo venidero, ni poderío, ni altura, ni profundidades, ni otra alguna criatura sera capaz de separarnos del amor de Dios que se funda en Jesucristo nuestro Señor(86).
Sagrado Corazón, símbolo del amor de Cristo
24. Nada, por lo tanto, prohíbe que adoremos el razón Sacratísimo de Jesucristo como participación y símbolo natural, el más expresivo, de aquel amor inagotable que nuestro Divino Redentor siente aun hoy hacía el género humano. Ya no está sometido a las perturbaciones de esta vida mortal; sin embargo, vive y palpita y está unido de modo indisoluble a la Persona del Verbo divino, y, en ella y por ella, a su divina voluntad. Y porque el Corazón de Cristo se desborda en amor divino y humano, y porque está lleno de los tesoros de todas las gracias que nuestro Redentor adquirió por los méritos de su vida, padecimientos y muerte, es, sin duda, la fuente perenne de aquel amor que su Espíritu comunica a todos los miembros de su Cuerpo místico.
Así, pues, el Corazón de nuestro Salvador en cierto modo refleja la imagen de la divina Persona del Verbo, y es imagen también de sus dos naturalezas, la humana y la divina; y podemos considerar no sólo el sino también, en cierto modo, la síntesis de todo el misterio de nuestra Redención. Luego, cuando adoramos el Corazón de Jesucristo, en él y por él adoramos así el amor increado del Verbo divino como su amor humano, con todos sus demás afectos y virtudes, pues por un amor y por el otro nuestro Redentor se movió a inmolarse por nosotros y por toda la Iglesia, su Esposa, según el Apóstol: Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola con el bautismo de agua por la palabra de vida, a fin de hacerla comparecer ante sí llena de gloria, sin mancha ni arruga ni cosa semejante, sino siendo santa e inmaculada(87).
Cristo ha amado a la Iglesia, y la sigue amando intensamente con aquel triple amor de que hemos hablado(88); y ése es el amor que le mueve a hacerse nuestro Abogado para conciliarnos la gracia y la misericordia del Padre, siempre vivo para interceder por nosotros(89). La plegaria que brota de su inagotable amor, dirigida al Padre, no sufre interrupción alguna. Como en los días de su vida en la carne(90), también ahora, triunfante ya en el cielo, suplica al Padre con no menor eficacia: a Aquel que amó tanto al mundo que dio a su Unigénito Hijo, a fin de que todos cuantos eran en El no perezcan, sino que tengan la vida eterna(91). El muestra su Corazón vivo y herido, con un amor más ardiente que cuando, ya exánime, fue herido por la lanza del soldado romano: Por esto fue herido [tu Corazón], para que por la herida visible viésemos la herida invisible del amor(92).
Luego no puede haber duda alguna de que, ante las súplicas de tan grande Abogado hechas con tan vehemente amor, el Padre celestial, que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros(93), por medio de El hará descender siempre sobre todos los hombres la exuberante abundancia de sus gracias divinas.
IV. HISTORIA DEL CULTO AL CORAZÓN DE JESÚS
25. Hemos querido, venerables hermanos, proponer a vuestra consideración y a la del pueblo cristiano, en sus líneas generales, la naturaleza íntima del culto al CORAZÓN de Jesús, y las perennes gracias que de él se derivan, tal como resaltan de su fuente primera, la revelación divina. Estamos persuadidos de que estas nuestras reflexiones, dictadas por la enseñanza misma del Evangelio, han mostrado claramente cómo este culto se identifica sustancialmente con el culto al amor divino y humano del Verbo Encarnado, y también con el culto al amor mismo con que el Padre y el Espíritu Santo aman a los hombres pecadores; porque, como observa el Doctor Angélico, el amor de las tres Personas divinas es el principio y origen del misterio de la Redención humana, ya que, desbordándose aquél poderosamente sobre la voluntad humana de Jesucristo y, por lo tanto, sobre su Corazón adorable, le indujo con un idéntico amor a derramar generosamente su Sangre para rescatarnos de la servidumbre del pecado(94): Con un bautismo tengo que ser bautizado, y ¡qué angustias hasta que se cumpla(95)!
Por lo demás, es persuasión nuestra que el culto tributado al amor de Dios y de Jesucristo hacia el género humano, a través del símbolo augusto del CORAZÓN traspasado del Redentor crucificado, jamás ha estado completamente ausente. de la piedad de los fieles, aunque su manifestación clara y su admirable difusión en toda la Iglesia se haya realizado en tiempos no muy remotos de nosotros, sobre todo después que el Señor mismo reveló este divino misterio a algunos hijos suyos, y los efigio para mensajeros y heraldos suyos, luego de haberles colmado con abundancia de dones sobrenaturales.
De hecho, siempre hubo almas especialmente consagradas a Dios que, inspiradas en los ejemplos de la excelsa Madre de Dios, de los Apóstoles y de insignes Padres de la Iglesia, han tributado culto de adoración, de gratitud y de amor a la Humanidad santísima de Cristo y en modo especial a las heridas abiertas en su Cuerpo por los tormentos de la Pasión salvadora.
Y ¿cómo no reconocer en aquellas palabras ¡Señor mío y Dios mío(96)!, pronunciadas por el apóstol Tomás y que revelan su espontánea transformación de incrédulo en fiel, una clara profesión de fe, de adoración y de amor, que de la humanidad llagada del Salvador se elevaba hasta la majestad de la Persona Divina?
Mas si el CORAZÓN traspasado del Redentor siempre ha llevado a los hombres a venerar su infinito amor por el género humano, porque para los cristianos de todos los tiempos han tenido siempre valor las palabras del profeta Zacarías, que el evangelista San Juan aplicó a Jesús Crucificado: Verán a Quien traspasaron(97), obligado es, sin embargo, reconocer que tan sólo poco a poco y progresivamente llegó ese CORAZÓN a constituir objeto directo de un culto especial, como imagen del amor humano y divino del Verbo Encamado.
Santos, Sta. Margarita María
26. Si queremos indicar siquiera las etapas gloriosas recorridas por este culto en la historia de la piedad cristiana, precisa, ante todo, recordar los nombres de algunos de aquellos que bien se pueden considerar corno los precursores de esta devoción que, en forma privada, pero de modo gradual, cada vez más vasto, se fue difundiendo dentro de los Institutos religiosos. Así, por ejemplo, se distinguieron por haber establecido y promovido cada vez más este culto al CORAZÓN Sacratísimo de Jesús: San Buenaventura, San Alberto Magno, Santa Gertrudis, Santa Catalina de Siena, el Beato Enrique Suso, San Pedro Canisio y San Francisco de Sales. San Juan Eudes es el autor del primer oficio litúrgico en honor del Sagrado CORAZÓN de Jesús, cuya fiesta solemne se celebró por primera vez, con el beneplácito de muchos Obispos de Francia, el 20 de octubre de 1672.
Pero entre todos los promotores de esta excelsa devoción merece un puesto especial Santa Margarita María Alacoque, porque su celo, iluminado y ayudado por el de su director espiritual -el Beato Claudio de la Colombiere-, consiguió que este culto, ya tan difundido, haya alcanzado el desarrollo que hoy suscita la admiración de los fieles cristianos, y que, por sus características de amor y reparación, se distingue de todas las demás formas de la piedad cristiana(98).
Basta esta rápida evocación de los orígenes y gradual desarrollo del culto del CORAZÓN de Jesús para convencernos plenamente de que su admirable crecimiento se debe principalmente al hecho de haberse comprobado que era en todo conforme con la índole de la religión cristiana, que es la religión del amor.
No puede decirse, por consiguiente, ni que este culto deba su origen a revelaciones privadas, ni cabe pensar que apareció de improviso en la Iglesia; brotó espontáneamente, en almas selectas, de su fe viva y de su piedad ferviente hada la persona adorable del Redentor y hacia aquellas sus gloriosas heridas, testimonio el más elocuente de su amor inmenso para el espíritu contemplativo de los fieles. Es evidente, por lo tanto, cómo las revelaciones de que fue favorecida Santa Margarita María ninguna nueva verdad añadieron a la doctrina católica- Su importancia consiste en que -al mostrar el Señor su CORAZÓN Sacratísimo- de modo extraordinario y singular quiso atraer la consideración de los hombres a la contemplación y a la veneración del amor tan misericordioso de Dios al género humano. De hecho, mediante una manifestación tan excepcional, Jesucristo expresamente y en repetidas veces mostró su CORAZÓN como el símbolo más apto para estimular a los hombres al conocimiento y a la estima de su amor; y al mismo tiempo lo constituyó como señal y prenda de su misericordia y de su gracia para las necesidades espirituales de la Iglesia en los tiempos modernos.
1765, Clemente XIII, y 1856, Pío IX
27. Además, una prueba evidente de que este culto nace de las fuente-,mismas del dogma católico está en el hecho de que la aprobación de la fiesta litúrgica por la Sede Apostólica precedió a la de los escritos de Santa Margarita María. En realidad, independientemente de toda revelación privada, y sólo accediendo a los deseos de los fieles, la Sagrada Congregación de Ritos, por decreto del 25 de enero de 1765, aprobado por nuestro predecesor Clemente XIII el 6 de febrero del mismo año, concedió a los Obispos de Polonia y a la Archicofradía Romana del Sagrado Corazón de Jesús la facultad de celebrar la fiesta litúrgica. Con este acto quiso la Santa Sede que tomase nuevo incremento un culto, ya en vigor y floreciente, cuyo fin era reavivar simbólicamente el recuerdo del amor divino(99), que había llevado al Salvador a hacerse víctima para expiar los pecados de los hombres.
A esta primera aprobación, dada en forma de privilegio Y aún limitada para determinados fines, siguió otra, a distancia casi de un siglo, de importancia mucho mayor y expresada en términos más solemnes. Nos referimos al decreto de la Sagrada Congregación de Ritos del 23 de agosto de 1856, anteriormente mencionado, por el cual nuestro predecesor Pío IX, de i. m., acogiendo las súplicas de los Obispos de Francia y de casi todo el mundo católico, extendió a toda la Iglesia la fiesta del Corazón Sacratísimo de Jesús y prescribió la forma de su celebración litúrgica(100). Fecha ésta digna de ser recomendada al perenne recuerdo de los fieles, pues, como vemos escrito en la liturgia misma de dicha festividad, desde entonces, el culto del Sacratísimo Corazón de Jesús, semejante a un río desbordado, venciendo todos los obstáculos, se difundió por todo el mundo católico.
De cuanto hemos expuesto hasta ahora aparece evidente, venerables hermanos, que en los textos de la Sagrada Escritura, en la Tradición y en la Sagrada Liturgia es donde los fieles han de encontrar principalmente los manantiales límpidos y profundos del culto al Corazón Sacratísimo de Jesús, si desean penetrar en su íntima naturaleza y sacar de su pía meditación sustancia y alimento para su fervor religioso. Iluminada, y penetrando más íntimamente mediante esta meditación asidua, el alma fiel no podrá menos de llegar a aquel dulce conocimiento de la caridad de Cristo, en la cual está la plenitud toda de la vida cristiana, como, instruido por la propia experiencia, enseña el Apóstol: Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo..., para que, según las riquezas de su gloria, os conceda por medio de su Espíritu ser fortalecidos en virtud en el hombre interior, y que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, estando arraigados y cimentados en caridad; a fin de que podáis... conocer también aquel amor de Cristo, que sobrepuja a todo conocimiento, para que seáis plenamente colmados de toda la plenitud de Dios(101). De esta universal plenitud es precisamente imagen muy espléndida el Corazón de Jesucristo: plenitud de misericordia, propia del Nuevo Testamento, en el cual Dios nuestro Salvador ha manifestado su benignidad y amor para con los hombres(102); pues no envió Dios su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que por su medio el mundo se salve(103).
Culto al Corazón de Jesús, culto en espíritu y en verdad
28. Constante persuasión de la Iglesia, maestra de verdad para los hombres, ya desde que promulgó los primeros documentos oficiales relativos al culto del Corazón Sacratísimo de Jesús, fue que sus elementos esenciales, es decir, los actos de amor y de reparación tributados al amor infinito de Dios hacia los hombres, lejos de estar contaminados de materialismo y de superstición, constituyen una norma de piedad, en la que se cumple perfectamente aquella religión espiritual y verdadera que anunció el Salvador mismo a la Samaritana: Ya llega el tiempo, y ya estamos en él, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, pues tales son los adoradores que el Padre desea. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben adorarle en espíritu y en verdad(104).
Por lo tanto, no es justo decir que la contemplación del CORAZÓN físico de Jesús impide el contacto más íntimo con el amor de Dios, porque retarda el progreso del alma en la vía que conduce directa a la posesión de las más excelsas virtudes. La Iglesia rechaza plenamente este falso misticismo al igual que, por la autoridad de nuestro predecesor Incendio XI, de f. m., condenó la doctrina de quienes afirmaban: No deben (las almas de esta vía interna) hacer actos de amor a la bienaventurada Virgen, a los Santos o a la humanidad de Cristo; pues como estos objetos son sensibles, tal es también el amor hacia ellos. Ninguna criatura, ni aun la bienaventurada Virgen y los Santos, han de tener asiento en nuestro CORAZÓN; porque Dios quiere ocuparlo y poseerlo solo(105).
Los que así piensan son, natural mente, de opinión que el simbolismo del CORAZÓN de Cristo no se extiende más allá de su amor sensible y que no puede, por lo tanto, en modo alguno constituir un nuevo fundamento del culto de latría, que está reservado tan sólo a lo que es esencialmente divino. Ahora bien, una interpretación semejante del valor simbólico de las sagradas imágenes es absolutamente falsa, porque coarta injustamente su trascendental significado. Contraria es la opinión y la enseñanza de los teólogos católicos, entre los cuales Santo Tomás escribe así: A las imágenes se les tributa culto religioso, no consideradas en sí mismas, es decir, en cuanto realidades, sino en cuanto son imágenes que nos llevan hasta Dios encarnado. El movimiento del alma hacia la imagen, en cuanto es imagen, no se para en ella, sino que tiende al objeto representado por la imagen. Por consiguiente, del tributar culto religioso a las imágenes de Cristo no resulta un culto de latría diverso ni una virtud de religión distinta(106). Por lo tanto, es en la persona misma del Verbo Encarnado donde termina el culto relativo tributado a sus imágenes, sean éstas las reliquias de su acerba Pasión, sea la imagen misma que supera a todas en valor expresivo, es decir, el Corazón herido de Cristo crucificado.
Y así, del elemento corpóreo -el Corazón de Jesucristo- y de su natural simbolismo es legítimo y justo que, llevados en alas de la fe, nos elevemos no sólo a la contemplación de su amor sensible, sino más alto aún, hasta la consideración y adoración de su excelentísimo amor infundido, y, finalmente, en un vuelo sublime y dulce a un mismo tiempo, hasta la meditación y adoración del Amor divino del Verbo Encarnado. De hecho, a la luz de la fe -por la cual creemos que en la Persona de Cristo están unidas la naturaleza humana y la naturaleza divina- nuestra mente se torna idónea para concebir los estrechísimos vínculos que existen entre el amor sensible del Corazón físico de Jesús y su doble amor espiritual, el humano y el divino. En realidad, estos amores no se deben considerar sencillamente como coexistentes en la adorable Persona del Redentor divino, sino también como unidos entre sí por vínculo natural, en cuanto que al amor divino están subordinados el humano espiritual y el sensible, los cuales dos son una representación analógica de aquél. No pretendemos con esto que en el Corazón de Jesús se haya de ver y adorar la que llaman imagen formal, es decir, la representación perfecta y absoluta de su amor divino, pues que no es posible representar adecuadamente con ninguna imagen criada la íntima esencia de este amor, pero el alma fiel, al venerar el Corazón de Jesús, adora juntamente con la Iglesia el símbolo y como la huella de la Caridad divina, la cual llegó también a amar con el Corazón del Verbo Encarnado al género humano, contaminado por tantos crímenes.
La más completa profesión de la religión cristiana
29. Por ello, en esta materia tan importante como delicada, es necesario tener siempre muy presente cómo la verdad del simbolismo natural, que relaciona al Corazón físico de Jesús con la persona del Verbo, descansa toda ella en la verdad primaria de la unión hipostática; en torno a la cual no cabe duda alguna, como no se quiera renovar los errores condenados más de una vez por la Iglesia, por contrarios a la unidad de persona en Cristo con la distinción e integridad de sus dos naturalezas.
Esta verdad fundamental nos permite entender cómo el Corazón de Jesús es el corazón de una persona divina, es decir, del Verbo Encarnado, y que, por consiguiente representa y pone ante los ojos todo el amor que El nos ha tenido y tiene aun. Y aquí está la razón de por qué el culto al Sagrado Corazón se considera, en la practica, como la más completa profesión de la religión cristiana. Verdaderamente, la religión de ,Jesucristo se funda toda en el Hombre Dios Mediador, de manera que no se puede llegar al Corazón de Dios sino pasando por el Corazón de Cristo, conforme a lo que El mismo afirmó: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí(107).
Siendo esto así, fácilmente se deduce que el culto al Sacratísimo Corazón de Jesús no es sustancialmente sino el mismo culto al amor con que Dios nos amó por medio de Jesucristo, al mismo tiempo que el ejercicio de nuestro amor a Dios y a los demás hombres. Dicho de otra manera: Este culto se dirige al amor de Dios para con nosotros, proponiéndolo como objeto de adoración, de acción de gracias y de imitación; además, considera la perfección de nuestro amor a Dios y a los hombres como la meta que ha de alcanzarse por el cumplimiento cada vez más generoso del mandamiento «nuevo», que el Divino Maestro legó como sacra herencia a sus Apóstoles, cuando les dijo: Un nuevo mandamiento os doy: Que os améis los unos a los otros como yo os he amado... El precepto mío es que os améis unos a otros como yo os he amado(108). Mandamiento éste en verdad nuevo y propio de Cristo; porque, como dice Santo Tomás de Aquino: Poca diferencia hay entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, pues, como dice Jeremías, «Haré un pacto nuevo con la casa de Israel»(109). Pero que este mandamiento se practicase en el Antiguo Testamento a impulso de santo temor y amor, se debía al Nuevo Testamento; en cuanto que, sí este mandamiento ya existía en la Antigua Ley, no era como prerrogativa suya propia, sino más bien como prólogo y preparación de la Ley Nueva(110).
V. SUMO APRECIO POR EL CULTO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
30. Antes de terminar estas consideraciones tan hermosas como consoladoras sobre la naturaleza auténtica de este culto y su cristiana excelencia, Nos, plenamente consciente del oficio apostólico que por primera vez fue confiado a San Pedro, luego de haber profesado por tres veces su amor a Jesucristo nuestro Señor, creemos conveniente exhortaros una vez más, venerables hermanos, y por vuestro medio a todos los queridísimos hijos en Cristo, para que con creciente entusiasmo cuidéis de promover esta suavísima devoción, pues de ella han de brotar grandísimos frutos también en nuestros tiempos.
Y en verdad que si debidamente se ponderan los argumentos en que se funda el culto tributado al Corazón herido de Jesús, todos verán claramente cómo aquí no se trata de una forma cualquiera de piedad que sea lícito posponer a otras o tenerla en menos, sino de una práctica religiosa muy apta para conseguir la perfección cristiana. Si la devoción -según el tradicional concepto teológico, formulado por el Doctor Angélico- no es sino la pronta voluntad de dedicarse a todo cuanto con el servicio de Dios se relaciona(111), ¿puede haber servicio divino más debido y más necesario, al mismo tiempo que más noble y dulce, que el rendido a su amor? Y ¿qué servicio cabe pensar más grato y afecto a Dios que el homenaje tributado a la caridad divina y que se hace por amor, desde el momento en que todo servicio voluntario en cierto modo es un don, y cuando el amor constituye el don primero, por el que nos son dados todos los dones gratuitos?(112). Es digna, pues, de sumo honor aquella forma de culto por la cual el hombre se dispone a honrar y amar en sumo grado a Dios y a consagrarse con mayor facilidad y prontitud al servicio de la divina caridad; y ello tanto más cuanto que nuestro Redentor mismo se dignó proponerla y recomendarla al pueblo cristiano, y los Sumos Pontífices la han confirmado con memorables documentos y la han enaltecido con grandes alabanzas. Y así, quien tuviere en poco este insigne beneficio que Jesucristo ha dado a su Iglesia, procedería en forma temeraria y perniciosa, y aun ofendería al mismo Dios.
31. Esto supuesto, ya no cabe duda alguna de que los cristianos que honran el sacratísimo Corazón del Redentor cumplen el deber, ciertamente gravídico, que tienen de servir a Dios, y que juntamente se consagran a sí mismos y toda su propia actividad, tanto interna como externa, a su Creador y Redentor, poniendo así en práctica aquel divino mandamiento: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente, y con todas tus fuerzas(113). Además de que así tienen la certeza de que a honrar a Dios no les mueve ninguna ventaja personal, corporal o espiritual, temporal o eterna, sino la bondad misma de Dios, a quien cuidan de obsequiar con actos de amor, de adoración y de debida acción de gracias. Si no fuera así, el culto al sacratísimo Corazón de Jesús ya no respondería a la índole genuina de la religión cristiana, porque entonces el hombre con tal culto ya no tendría como mira principal el servicio de honrar principalmente el amor divino; y entonces deberían mantenerse como justas las acusaciones de excesivo amor y de demasiada solicitud por sí mismos, motivadas por quienes entienden mal esta devoción tan nobilísima, o no la practican con toda rectitud.
Todos, pues, tengan la firme persuasión de que en el culto al augustísimo Corazón de Jesús lo más importante no consiste en las devotas prácticas externas de piedad, y que el motivo principal de abrazarlo tampoco debe ser la esperanza de la propia utilidad, porque aun estos beneficios Cristo nuestro Señor los ha prometido mediante ciertas revelaciones privadas, precisamente para que los hombres se sintieran movidos a cumplir con mayor fervor los principales deberes de la religión católica, a saber, el deber del amor y el de la expiación, al mismo tiempo que así obtengan de mejor manera su propio provecho espiritual.
Difusión de este culto
32. Exhortamos, pues, a todos nuestros hijos en Cristo a que practiquen con fervor esta devoción, así a los que ya están acostumbrados a beber las aguas saludables que brotan del Corazón del Redentor como, sobre todo, a los que, a guisa de espectadores, desde lejos miran todavía con espíritu de curiosidad y hasta de duda. Piensen éstos con atención que se trata de un culto, según ya hemos dicho, que desde hace mucho tiempo está arraigado en la Iglesia, que se apoya profundamente en los mismos Evangelios; un culto en cuyo favor está claramente la Tradición y la sagrada Liturgia, y que los mismos Romanos Pontífices han ensalzado con alabanzas tan multiplicadas como grandes: no se contentaron con instituir una fiesta en honor del Corazón augustísimo del Redentor, y extenderla luego a toda la Iglesia, sino que por su parte tomaron la iniciativa de dedicar y consagrar solemnemente todo el género humano al mismo sacratísimo Corazón(114). Finalmente, conveniente es asimismo pensar que este culto tiene en su favor una mies de frutos espirituales tan copiosos como consoladores, que de ella se han derivado para la Iglesia: innumerables conversiones a la religión católica, reavivada vigorosamente la fe en muchos espíritus, más íntima la unión de los fieles con nuestro amantísimo Redentor; frutos todos estos que, sobre todo en los últimos decenios, se han mostrado en una forma tan frecuente como conmovedora.
Al contemplar este admirable espectáculo de la extensión y fervor con que la devoción al sacratísimo Corazón de Jesús se ha propagado en toda clase de fieles, nos sentimos ciertamente lleno de gozo y de inefable consuelo; y, luego de dar a nuestro Redentor las obligadas gracias por los tesoro infinitos de su bondad, no podemos menos de expresar nuestra paternal complacencia a todos los que, tanto del clero como del elemento seglar, con tanta eficacia han cooperado a promover este culto.
Penas actuales de la Iglesia
33. Aunque la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, venerables hermanos, ha producido en todas partes abundantes frutos de renovación espiritual en la vida cristiana, sin embargo, nadie ignora que la Iglesia militante en la tierra y, sobre todo, la sociedad civil no han alcanzado aún el grado de perfección que corresponde a los deseos de Jesucristo, Esposo Místico de la Iglesia y Redentor del género humano. En verdad que no pocos hijos de la Iglesia afean con numerosas manchas y arrugas el rostro materno, que en sí mismos reflejan; no todos los cristianos brillan por la santidad de costumbres, a la que por vocación divina están llamados;. no todos los pecadores, que en mala hora abandonaron la casa paterna, han vuelto a ella, para de nuevo vestirse con el vestido precioso(115) y recibir el anillo, símbolo de fidelidad para con el Esposo de su alma; no todos los infieles se han incorporado aún al Cuerpo Místico de Cristo. Hay más. Porque si bien nos llena de amargo dolor el ver cómo languidece la fe en los buenos, y contemplar cómo, por el falaz atractivo de los bienes terrenales, decrece en sus almas y poco a poco se apaga el fuego de la caridad divina, mucho más nos atormentan las maquinaciones de los impíos que, ahora más que nunca, parecen incitados por el enemigo infernal en su odio implacable y declarado contra Dios, contra la Iglesia y, sobre todo, contra aquel que en la tierra representa a la persona del divino Redentor y su caridad para con los hombres, según la conocidísima frase del Doctor de Milán: (Pedro) es interrogado acerca de lo que se duda, pero no duda el Señor; pregunta no para saber, sino para enseñar al que, antes de ascender al cielo, nos daba como «vicario de su amor(116)».
34. Ciertamente, el odio contra Dios y contra los que legítimamente hacen sus veces es el mayor delito que puede cometer el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios y destinado a gozar de su amistad perfecta y eterna en el cielo; puesto que por el odio a Dios el hombre se aleja lo más posible del Sumo Bien, y se siente impulsado a rechazar de sí y de sus prójimos cuanto viene de Dios, une con Dios y conduce a gozar de Dios, o sea, la verdad, la virtud, la paz y la justicia(117).
Pudiendo, pues, observar que, por desgracia, el número de los que se jactan de ser enemigos del Señor eterno crece hoy en algunas partes, y que los falsos principios del materialismo se difunden en las doctrinas y en la práctica; y oyendo cómo continuamente se exalta la licencia desenfrenada de las pasiones, ¿qué tiene de extraño que en muchas almas se enfríe la caridad, que es la suprema ley de la religión cristiana, el fundamento más firme de la verdadera y perfecta justicia, el manantial más abundante de la paz y de las castas delicias? Ya lo advirtió nuestro Salvador: Por la inundación de los vicios, se resfriará la caridad de muchos(118).
Un culto providencial
35. Ante tantos males que, hoy más que nunca, trastornan profundamente a individuos, familias, naciones y orbe entero, ¿dónde, venerables hermanos, hallaremos un remedio eficaz? ¿Podremos encontrar alguna devoción que aventaje al culto augustísimo del Corazón de Jesús, que responda mejor a la índole propia de la fe católica, que satisfaga con más eficacia las necesidades espirituales actuales de la Iglesia y del género humano? ¿Qué homenaje religioso más noble, más suave y más saludable que este culto, pues se dirige todo a la caridad misma de Dios?(119). Por último, ¿qué puede haber más eficaz que la caridad de Cristo -que la devoción al Sagrado Corazón promueve y fomenta cada día más- para estimular a los cristianos a que practiquen en su vida la perfecta observancia de la ley evangélica, sin la cual no es posible instaurar entre los hombres la paz verdadera, como claramente enseñan aquellas palabras del Espíritu Santo: Obra de la justicia será la paz?(120)
Por lo cual, siguiendo el ejemplo de nuestro inmediato antecesor, queremos recordar de nuevo a todos nuestros hijos en Cristo la exhortación que León XIII, de i. m., al expirar el siglo pasado, dirigía a todos los cristianos y a cuantos se sentían sinceramente preocupados por su propia salvación y por la salud de la sociedad civil: Ved hoy ante vuestros ojos un segundo lábaro consolador y divino: el Sacratísimo, Corazón de Jesús... que brilla con refulgente esplendor entre las llamas. En El hay que poner toda nuestra confianza; a El hay que suplicar y de El hay que esperar nuestra salvación(121).
Deseamos también vivamente que cuantos se glorían del nombre de cristianos e ,intrépidos, combaten por establecer el Reino de Jesucristo en el mundo, consideren la devoción al Corazón de Jesús como bandera y manantial de unidad, de salvación y de paz. No piense ninguno que esta devoción perjudique en nada a las otras formas de piedad con que el pueblo cristiano, bajo la dirección de la Iglesia , venera al Divino Redentor. Al contrario, una ferviente devoción al Corazón de Jesús fomentará y promoverá, sobre todo, el culto a la santísima Cruz, no menos que el amor al augustísimo Sacramento del altar. Y, en realidad, podemos afirmar -como lo ponen de relieve las revelaciones de Jesucristo mismo a Santa Gertrudis y a Santa Margarita María- que ninguno comprenderá bien a Jesucristo crucificado si no penetra en los arcanos de su Corazón. Ni será fácil entender el amor con que Jesucristo se nos dio a sí mismo por alimento espiritual si no es mediante la práctica de una especial devoción al Corazón Eucarístico de Jesús; la cual -para valemos de las palabras de nuestro predecesor, de f. m., León XIII- nos recuerda aquel acto de amor sumo con que nuestro Redentor, derramando todas las riquezas de su Corazón, a fin de prolongar su estancia con nosotros hasta la consumación de los siglos, instituyó el adorable Sacramento de la Eucaristía(122). Ciertamente, no es pequeña la parte que en la Eucaristía tuvo su Corazón, por ser tan grande el amor de su Corazón con que nos la dio(123).
Final
36. Finalmente, con el ardiente deseo de poner una firme muralla contra las impías maquinaciones de los enemigos de Dios y de la Iglesia, y también hacer que las familias y las naciones vuelvan a caminar por la senda del amor a Dios y al prójimo, no dudamos en proponer la devoción al Sagrado Corazón de Jesús como escuela eficacísima de caridad divina; caridad divina en la que se ha de fundar, como en el más sólido fundamento, aquel Reino de Dios que urge establecer en las almas de los individuos, en la sociedad familiar y en las naciones, como sabiamente advirtió nuestro mismo predecesor, de p. m.: El reino de Jesucristo saca su fuerza y su hermosura de la caridad divina: su fundamento y su excelencia es amar santa y ordenadamente. De donde se sigue, necesariamente: cumplir íntegramente los propios deberes, no violar los derechos ajenos, considerar los bienes naturales como inferiores a los sobrenaturales y anteponer el amor de Dios a todas las cosas(124).
Y para que la devoción al Corazón augustísimo de Jesús produzca mas copiosos frutos de bien en la familia cristiana y aun en toda la humanidad, procuren los fieles unir a ella estrechamente la devoción al Inmaculado Corazón de la Madre de Dios. Ha sido voluntad de Díos que en la obra de la Redención humana, la Santísima Virgen María estuviese inseparablemente unida con Jesucristo; tanto, que nuestra salvación es fruto de la caridad de Jesucristo y de sus padecimientos, a los cuales estaban íntimamente unidos el amor y los dolores de su Madre. Por eso, el pueblo cristiano que por medio de María ha recibido de Jesucristo la vida divina, después de haber dado al Sagrado Corazón de Jesús el debido culto, rinda también al amantísimo Corazón de su Madre celestial parecidos obsequios de piedad, de amor, de agradecimiento y de reparación. En armonía con este sapientísimo y suavísimo designio de la divina Providencia, Nos mismo, con un acto solemne, dedicamos y consagramos la santa Iglesia y el mundo entero al Inmaculado razón de la Santísima Virgen María(125).
37. Cumpliendose felizmente este año, como indicamos antes, el primer siglo de la institución de la fiesta dc1 Sagrado Corazón de Jesús en toda la Iglesia por nuestro predecesor Pío IX, de f m., es vivo deseo nuestro, venerables hermanos, que el pueblo cristiano celebre en todas partes solemnemente este centenario con actos públicos de adoración, de acción de gracias y de reparación al Corazón divino de Jesús. Con especial fervor se celebrarán, sin duda, estas solemnes manifestaciones de alegría cristiana y de cristiana piedad -en unión de caridad y de oraciones con todos los demás fieles- en aquella nación en la cuál, por designio de Dios, nació aquella santa virgen que fue promotora y heraldo infatigable de esta devoción.
Entre tanto, animados por dulce esperanza, y como gustando ya los frutos espirituales que copiosamente han de redundar -en la Iglesia- de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, con tal de que esta, como ya hemos explicado, se entienda rectamente y se practique con fervor, suplicamos a Dios quiera hacer que con el poderoso auxilio de su gracia se cumplan estos nuestros vivos deseos, a la vez que expresamos también la esperanza de que, con la divina gracia, como frutos de las solemnes conmemoraciones de este año, aumente cada vez más la devoción de los fieles al Sagrado Corazón de Jesús, y así se extienda más por todo el mundo su imperio y reino suavísimo: reino de verdad y de vida, reino de gracia, reino de justicia, de amor y de paz(126).
Como prenda de estos dones celestiales, os impartimos de todo corazón la Bendición Apostólica, tanto a vosotros personalmente, venerables hermanos, como al clero y a todos los fieles encomendados a vuestra pastoral solicitud, y especialmente a todos los que se consagran a fomentar y promover la devoción al Sacratísimo Corazón de Jesús.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 15 de mayo de 1956, año decimoctavo de nuestro pontificado.
SS. Pío XII
NOTAS:
1. Is12,3
2. San 1,17
3. Jn7,37,39
4. Cf.Is 12,3;Ez 47,1-12;Zac 13,1;Ex 17,1-17;Num 20,7-13; 1Cor 10,4;Ap 7,17;22,1.
5. Rom 5,5
6. 1Cor 6,17
7. Jn4,10
8. Hech 4,12.
9. Enc. Annum Sacrum, 25 mayo 1899:AL 19 (1900) 71,77-78.
10. Enc. Misserentissimus Redentor, 8 mayo 1928:AAS 30(1928)167.
11. Cf.en. Summi Pontificatus, 20oct.1939:AAS 31 (1939)415
12. Cf.AAS 32 (1940) 276;35 (1943) 170;37 (1945)263-264:40(1948)501;41(1949)331.
13. Ef3,20-21.
14. Is 12,3
15. Conc. Ephes. Can.8;cf.Mansi,Sacrorum Concilirum amplis. Collectiio,4, 1083 C; Conc. Const. II, can 9; cf. Ibid,9, 382E
16. Cf. Enc.Annum sacrum:AL 19 (1900) 76.
17. Cf. Ex 34.27-28.
18. Dt 6,4-6
19. II-II 2,7:ed. Leon. 8 (1895) 34.
20. Dt 32,11.
21. Os 11,1,3-4; 14,5-6.
22. Is 49,14-15
23. Cant 2,2; 6,2; 8,6.
24. Jn 1,14.
25. Jer 31,3;31,33-34.
26. Cf.Jn1,29;Heb9,18-28;10,1-17
27. Jn 1,16-17
28. Ibid., 21
29. Ef 3,17-19
30. Sum. Theol. 3,48,2: ed. Leon. 11 (1903)464.
31. Cf. Enc. Misserentissimus Redemptor: AAS 20 (1928) 170.
32. Ef2,4; Sum.theol. 3,46,1 ad 3:ed. Leon 11 (1903)436.
33. Ef3,18
34. Jn 4,24
35. 2Jn 7.
36. Cf.Lc1,35
37. S Leon Magno, Ep domg. Lectis dilectionis tue ad Flavianum Const. Patr. 13 jun. A. 449; cf. PL 54,763.
38. Conc Chalced. A.451; cf. Mansi, op. Cit. 7,115B.
39. S Gelasio Papa, tr.3: Necessarium, de duebus naturis in Christo; cf.A. Thiel., Rom. Pont. A S Hilaro usque ad Pelagium II, p.532.
40. Cf. S. Th., Sum.theol.3,15,4;18,6 ed Leon II 1903 189 et 237
41. Cf 1 Cor 1,23
42. Heb 2,11-14.17-18
43. Apol. 2,13;PG 6,465.
44. Ep. 261,3:PG32,972.
45. In lo. Homil. 63,2:PG 59,350.
46. De fde ad Grtianum 2,7,56:PL16,594.
47. Cf. Super Mat.26,37: PL26,205.
48. Enarr in Ps 87,3 PL 37,1111.
49. De fide orth. 3,6:PG 94,1006.
50. Ibid.,3,20:PG 94, 1081.
51. II-II 48,4: ed. Leon. 6 (1891)306.
52. Col 2,9
53. Cf. Sum. Theol. 3,9.1-3; ed. Leon. 11(1903)142
54. Cf. Ibid., 3,33,2 ad 3;46,6: ed Leon. 11 (1903)342,433.
55. Tit 3,4
56. Mt 27,50; Jn 19,30
57. Ef 2,7
58. Heb 10,5-7,10
59. Registr. Epist.4,ep.31 ad Theodorum medicum:PL 77,706.
60. Mc 8,2
61. Mt 23,37
62. Ibid.,21,13
63. Ibid.,26,39
64. Ibid.,26,50; Lc 22,48
65. Lc 23,28.31.
66. Ibid.,23,34
67. Mt27,46
68. Lc 23,43
69. Jn 19,28
70. Lc 23,46
71. Ibid.,22,15
72. Ibid.,22,19-20
73. Mal 1,11
74. De Sancta Virginitate 6:PL
75. Jn 15,13
76. 1 Jn 3,16
77. Gal 2,20
78. Cf. S. Th., Sum. Theol.3,19,1:ed. Leon. 11 (1906)329.
79. Sum theol.suppl. 42,1 ad 3: ed.Leon. 12(1906)81
80. Hymn. ad Vesp.Feti Ssmi. Cordis Iesu.
81. 3,66,3 ad 3:ed Leon. 12(1906)65
82. Ef 5.2
83. Ibid.,4,8,10.
84. Jn14,16
85. Col2,3
86. Rom 8,35.37-39
87. Ef5,25-27
88. Cf.1Jn 2.1
89. Heb 7,25
90. Ibid.,5,7.
91. Jn 3,16
92. S Buenaventura, Opusc. X Vitis Mistica 3,5:Opera Omnia; Ad Claras Aquas (Quaracchi)1898,164. Cf S.TH3,54,4:ed. Leon. 11 (1903)513
93. Rom 8,32
94. Cf. 3,48,5:ed Leon 11 (1903)467
95. Lc 12,50
96. Jn 20,28
97. Ibid.,19,37; cf. Zac 12,10.
98. Cf. Litt. Enc. Miserentissimus Redemptor: AAS 20 (1928) 167-168.
99. Cf.A Gardellini, Decreta authentica (1857) n.4579, tomo 3,174
100. Cf. Decr. S.C. Rit. Apud N. Nilles, De rationibus festorum Sacratisimi Cordis Iesu et purissrmi Cordis Marie, 5ta ed. (Innsbruck 1885). Tomo 1,167.
101. Ef 3,14,16-19
102. Tit 3,4
103. Jn 3,17
104. Ibid., 4,23-24
105. Inocencio XI, consist. Ap. Coelestis Pastor, 19 nov.1687:Bullarium Romanum (Romae 1734), tomo 8, p.443
106. II-II 81,3 ad 3:ed Leon. 9 (1897)
107. Jn 14,6
108. Ibid., 13,34; 15,12
109. Jer 31,31
110. Comment. In Evang.S. Ioann. 13, lect.7,3:ed. Parmae (1860), tomo 10,p.541
111. II-II 82,1: ed.Leon. 9 (1897)187
112. Ibid., 1,38,2:ed. Leon. 4 (1888)393
113. Mc 12,30; Mt 22,37
114. Cf. Leon XIII, enc. Annum Sacrum:AL19 (1900)71s. Decr. S C Rituum, 28 jun. 1899, in Decr. Auth.3, n. 3712. Pio XI, enc. Miserentissimus Redemptor:AAS 20 (1928)177s. Decr. SC. Rit.29 en 1929:AAS (1929)77.
115. Lc 15,22
116. Exposit. In Evang. Sec. Lucam, 10,175:PL 15,1942.
117. Cf.S Th.,Sum.theol. II-II 34,2 ed. Leon. 8(1895)274
118. Mt24,12
119. Cf. Enc. Miserentissimus Redentor: AAS 20 (1928)166.
120. Is 32,17
121. Enc. Annum Sacrum: AL 19 (1900)79. Enc. Miserentissimus Redentor: AAS 20 (1928) 167/
122. Litt.ap.quibus Archisodalitas a Corde Eucharistico Iesu ad S. Iochim de Urbe ergitur, 17 febr. 1903:AL 22 (1903)307s; cf. Enc Mirae caritatis, 22 mayo 1902: AL 22 (1903)116
123. S. Alberto M., De Eucharistia, dist. 6, tr.I: OperaOmnia ed. Borgnet, vol.38 (Parisilis 1890)p.358.
124. Enc. Tametsi: Acta Leonis 20 (1900)303
125. Cf. AAS 34 (1942)345s.
126. Ex Miss. Rom. Praef. Iesu Christi Regis.
Publicado por CAMINO MISIONERO en 19:46 0 comentarios
Etiquetas: corazon de jesus, devociones, formacion, iglesia








SEGUIR LEYENDO
CERRAR NOTA







Sigue Conociendo
INICIO




