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MISIONEROS EN CAMINO: El Mensaje del Domingo : Domingo de Ramos, Ciclo B –Abril 1 de 2012
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jueves, 29 de marzo de 2012

El Mensaje del Domingo : Domingo de Ramos, Ciclo B –Abril 1 de 2012



El texto bíblico que antecede a la bendición de los ramos antes de la Misa de este domingo es tomado del Evangelio de Marcos (11, 1-10), y en la Misa se toma de este mismo evangelista el relato de la pasión (Marcos 14, 1-15, 47), precedido de un texto de Isaías (50, 4-7), el Salmo 22 (21) y la carta de san Pablo a los Filipenses (2, 6-11). Centremos nuestra reflexión en tres temas que encontramos en el Evangelio mencionado, tanto el relato de la entrada de Jesús a Jerusalén como el de su pasión y muerte de cruz.

1. “¡Hosanna...! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!” (Marcos 11, 9)

Con la palabra hebrea hosanna, que quiere decir sálvanos ahora, las gentes sencillas aclaman a Jesús como el Mesías descendiente del rey David. Pero Él no entra a la ciudad de Jerusalén arrogante sobre un carro tirado por caballos como los guerreros triunfadores de aquella época, sino manso y humilde, montado en un asno.

La enseñanza que nos trae este relato es muy clara: el Reino que Jesús ha anunciado y que Él mismo encarna es distinto de los reinos de este mundo, y esto es lo que va a manifestarse en el proceso de su pasión y muerte, que culminará con el acontecimiento pascual de su resurrección, no como un hecho espectacular sino como una experiencia espiritual que sólo viven quienes se abren con fe a la revelación de Dios.

2. “Tomen, esto es mi cuerpo... Esto es mi sangre, con la que se confirma la alianza, sangre que es derramada a favor de muchos” (Marcos 14, 22-24)

El relato de la pasión en el Evangelio comienza con la cena pascual que Jesús celebra en compañía de sus discípulos, en la cual instituye la Eucaristía como memorial de su sacrificio redentor que es la entrega de su cuerpo y su sangre para darnos vida eterna. Cada vez que participamos activamente en la santa Misa, se actualiza para nosotros y para toda la humanidad el acontecimiento de su misterio pascual: su pasión, muerte y resurrección.

En este sentido, la Eucaristía es “el sacramento de nuestra fe” en el que anunciamos su muerte, proclamamos su resurrección y expresamos nuestra esperanza en su venida gloriosa a nosotros. Y también es el sacramento del amor: en Jesucristo, que ofrece como sacrificio su cuerpo y su sangre, es decir, su propia vida humana, y nos alimenta con ella en la comunión, se nos ha revelado plenamente el Dios verdadero que es Amor y que nos invita a realizar también a nosotros en nuestra vida lo que este sacramento significa.

3. “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Marcos 15, 39)

Estas palabras del centurión romano al pie de la cruz contrastan con las del salmo que Jesús acaba de hacer suyas antes de morir, manifestando así su anonadamiento total: “¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?”. También nosotros proclamamos de manera especial nuestro reconocimiento de Jesús como el Hijo de Dios cuando nos santiguamos con el signo de la santa cruz, con el que expresamos nuestra identidad como seguidores de Cristo.

El título Hijo de Dios se aplica a Jesús para indicar que se le reconoce como Dios. Lo mismo ocurre con el término Señor, que encontramos en la segunda lectura cuando el apóstol san Pablo dice que Aquél que se despojó de la gloria de su divinidad para humillarse hasta la muerte de cruz -propia de los esclavos- como consecuencia de su solidaridad con las víctimas de la injusticia y la violencia, fue exaltado con el nombre de Señor del universo. Todo lo contrario a lo sucedido en los comienzos de la humanidad -y que sigue sucediendo hoy-, cuando el ser humano cae en la tentación de la soberbia, desconociendo su condición de creatura de Dios.

Quienes creemos en Jesucristo como Hijo de Dios y Señor del universo, reconocemos que en Él se cumplen las profecías de los cuatro cantos o poemas del Servidor de Yahvé (Yahvé es el nombre de Dios en hebreo, con el cual se había revelado a Moisés). Estos poemas fueron escritos hace unos veinticinco siglos y los encontramos en el libro de Isaías. En el segundo poema, que corresponde a la primera lectura de la Misa de este domingo, el Servidor de Yahvé dice: “Yahvé me ha instruido para que yo consuele a los cansados con palabras de aliento” (Is 50, 4).

Conclusión

Dispongámonos a celebrar esta Semana Santa con una fe tal que nos impulse a identificarnos con Jesús, en quien se nos revela el mismo Dios que se solidariza hasta las últimas consecuencias con el dolor humano, con todos los que están cansados de sufrir la injusticia y la violencia. Aclamémoslo como el que viene en el nombre del Señor, y tiene este mismo título por haber entregado su vida para salvarnos a todos y hacer de nosotros hijos de Dios como Él. Y renovemos nuestro compromiso de vivir siguiendo su ejemplo de Amor infinito significado en la santa cruz, único camino para lograr la reconciliación y la paz en nuestra vida personal y social-.


WebJCP | Abril 2007