-
Un Dios Prohibido (Película completa) - Link de descarga: http://es.gloria.tv/?media=575466&connection=screen Verano de 1936, inicios de la Guerra Civil española. La película narra el martirio d...Hace 12 años
domingo, 2 de junio de 2013
Eucaristía: liturgia de lo cotidiano / Fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo – Ciclo C – Lc 9, 11-17 / 02.06.2013
Publicado por CAMINO MISIONERO en 12:14 0 comentarios
Etiquetas: corpus, el domingo, palabra para la mision, recomendados
sábado, 1 de junio de 2013
ABUSOS: SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO (LC 9, 11b-17) - Ciclo C
Publicado por CAMINO MISIONERO en 19:58 0 comentarios
Etiquetas: corpus, el domingo, homilías, recomendados
viernes, 31 de mayo de 2013
Evangelio Misionero del Día: 02 de Junio de 2013 - SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO
Publicado por CAMINO MISIONERO en 21:28 0 comentarios
Etiquetas: corpus, el domingo, evangelio misionero del día, recomendados
domingo, 10 de junio de 2012
«Una palabra tuya bastará…»
Mc 14, 2-16. 22-26
En una oportunidad un novicio preguntó a su maestro;
-Padre, ¿usted como reza?
El maestro le respondió;
-Dime tu primero como rezas…
-Entro a la capilla –respondió el novicio- me pongo de rodillas frente al sagrario y miro a Jesús…
-El maestro contestó
-Yo rezo de manera distinta; Porque mientras tú vas a mirar a Jesús…, yo me pongo en su presencia para que Él me mire… porque en el amor, la iniciativa siempre la tiene Dios…
Es verdad. «Nosotros amamos porque Dios nos amó primero» (1 Jn 4, 19). No se vive la fe de manera idéntica si me sitúo delante de Dios, para “ganar” su amor, que para “agradecer” su amor. Esta diferencia marca la manera de relacionarnos con Dios y el modo como nos relacionamos con los demás.
Hay personas a las que les gusta llamar la atención de los demás, y personas a las que les encanta pasar desapercibidas. Y esto no significa que unas sean histriónicas y otras tímidas. O que a unas les gusta ser tenidas en cuenta por todos y otras, mas “humildes”, rechacen estar en los primeros lugares o primeros planos. No, no se trata solamente de ello.
Creo que en muchos casos tiene que ver con la mirada del otro. Es decir, lo que la mirada del otro me despierta… o mejor aun, lo que me gustaría que el otro vea…
Hay miradas que despiertan temor, y otras confianza. Miradas que generan condena, y aquellas que transmiten compasión. Miradas de aceptación y miradas de rechazo. Hay ojos que transmiten serenidad y otras que dejan traslucir amargura y resentimiento. Hay miradas que trasmiten vida y otras que parecen se han apagado antes de tiempo…
Según cómo queremos que nos vean o como nos sentimos mirados, es cómo en realidad terminamos viviendo… y es que la mirada del otro, en parte, “condiciona” nuestra manera de vivir y relacionarnos…
Quien se sitúa delante de Dios, para que mire “las buenas obras que realiza”, terminará rezando como el fariseo de la parábola, despreciando a todos los demás que no son como él. Hay personas “piadosas”, que en realidad buscan ser «alabados por los hombres», ser tenidos como santos o espirituales frente a los demás… esas personas, dice el evangelio, «ya tienen su recompensa» (Mt 6,2). No conviertas tu vida de fe, o religiosa o sacerdotal, en un escenario o pasarela. Desgraciadamente hay quienes entran en la presencia de Dios, como el publicano en el templo… pero salen como el fariseo… Estos son los que convierten su vocación en una oportunidad para buscar ser «alabados por los hombres». Hemos visto a muchos hombres y mujeres que luego de aceptar seguir a Dios despojándose de todo, empiezan a recuperar todo lo que dejaron… incluso los vicios y el deseo de tener y poseer… Personas que dicen haber encontrado a Dios, pero sin embargo viven codiciando todo…
Por el contrario, hay quienes se sitúan delante de Dios como aquel centurión que dijo a Jesús; «Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, basta que digas una palabra y mi criado quedará sano» (Mt 8, 8). Este hombre, pagano, percibió en los ojos de Jesús, compasión y aceptación. No pidió nada extraordinario, sólo «una palabra». Quien reconoce a Jesús, como el Hijo de Dios, sólo «una palabra» le basta, e incluso, la «sola presencia» es suficiente.
Como un niño que siente miedo a la soledad u oscuridad, se alegra de la presencia de su padre, así también el cristiano se alegra de la presencia de Cristo en la Eucaristía, sin pronunciar palabra… Como el enamorado/a que siente la necesidad de estar con aquel a quien ama, y su presencia le basta, así también el hombre y la mujer de fe buscar estar a solas con Cristo en la eucaristía, o cuando un amigo, que siente la necesidad de compañía, se consuela por la presencia del otro, así también el creyente encuentra en la Eucaristía la presencia que serena, en silencio y sin pronunciar palabra… Estar en presencia de la Eucaristía es dejar que Dios nos ame como él quiere…
Esto es lo que celebramos hoy en Corpus Christi, la presencia de Aquel que, ya sea que diga un «sola palabra» o que permanezca en silencio, con su sola presencia nos basta para sentirnos amados. Nos ponemos delante de Aquel, para que su mirada de Padre nos transforme en hijos.
Pidamos a Dios en esta fiesta de Corpus Christi, que aprendamos a situarnos delante de la Eucaristía, como hijos, y no como siervos. Que podamos estar en su presencia como el publicano, frágiles y pequeños, reconociendo su fuerza y grandeza.
Corpus: En el silencio y el darse
Y para darse uno mismo, menos todavía.
La mejor manera de darse a los demás es hacerlo en silencio sin que casi se enteren.
Esa es la actitud y el modo de obrar de Dios.
Nos da a Jesús en el silencio de una virginidad.
Nos da a su Hijo en el silencio de una noche a las afueras de la ciudad.
Y ahora, en la noche del Jueves Santo, el Hijo se nos da en el silencio de un pedazo de pan y en el silencio de una copa de vino.
Y en silencio sigue presente en medio de nosotros guardado en el Sagrario.
En ese Sagrario, que es su casa, hay el silencio de una presencia en la que, ni siquiera se le ve si no es con los ojos de la fe.
La Eucaristía es:
El regalo diario de Dios.
Es el don diario de Dios.
Es la presencia callada y silenciosa de Dios.
Es el Dios regalándose cada día.
Flickr: Iglesia en Valladolid
La fiesta del Cuerpo y la Sangre de Jesús es:
El misterio de la presencia sin ruido.
El misterio de la donación de Dios sin ruido.
El misterio de la comunión de Dios sin ruido.
Hace más ruido una bofetada, que una caricia.
Hace más ruido un arma de fuego, que un abrazo de paz.
Hace más ruido el odio y el insulto que el perdón del corazón.
Hace más ruido la amargura que el gozo del corazón.
Por eso, el Cuerpo y la Sangre de Jesús son el perenne darse de Dios.
Son la perenne entrega a Dios a los hombres, pero sin ruidos.
Participar de ese Cuerpo y de esa Sangre es convertirnos también nosotros en “eucaristía”. En un recibir a Dios en el silencio del corazón y en un convertirnos a nosotros mismos en un darnos silenciosamente a todos nuestros hermanos.
No basta con comulgar cada día y quedarnos en silencio con El.
Comulgar es atrevernos a ser, no la Eucaristía guardada en el Sagrario, sino en la “eucaristía” silenciosa del hogar, de la calle, de la oficina, del trabajo.
Dios tuvo el coraje de hacerse hombre silenciosamente en el seno virginal de una mujer.
Dios tuvo el coraje de hacerse pan y vino de la presencia en una cena de pascua.
Dios tuvo el coraje de vivir para los demás y para que los demás vivan.
Comulgamos mucho, pero ¿tendremos ese coraje divino de vivir cada día para los demás?
Nunca serás más que cuando te olvidas de ti, dejas de pensar en ti, dejas de ser para ti y te haces eucaristía para los demás. Porque sólo entonces vivirás en y desde el amor.
Sé y vive hoy como eucaristía para los demás. La luz no es para sí misma. La luz no necesita ver. Ella está ahí para que otros vean. Una luz que sólo alumbrase para sí misma terminaría apagándose. Y además nadie la vería.
Sé y vive hoy como eucaristía para los demás. Tus ojos no ven para ellos mismos. Ellos no necesitan ver. Están ahí para que tú puedas ver y contemplar las cosas.
Sé y vive hoy como eucaristía para los demás. Tus oídos no necesitan escuchar música alguna. Sólo sirven para que tú puedas recrearte escuchándola y deleitándote con ella.
Sé y vive hoy como eucaristía para los demás. Tu lengua nunca se habla a sí misma. Sólo sirve para que tú puedas hablar con los demás, contarles tus cosas a los demás, expresarles tus sentimientos, decirles cuánto los amas.
Arriésgate a ser eucaristía para darte a los demás.
Es el único riesgo que bien merece la pena correr.
Ese fue el riesgo de Dios.
Sé y vive hoy como eucaristía para los demás. El perfume no huele mientras está tapado y cerrado en el pomo. Sólo se le percibe cuando alguien se abre el frasco y se lo echa en el rostro. El perfume no saca ruido, pero el mundo lo percibe.
Sé y vive hoy como eucaristía para los demás. ¿Temes que así tú no llegues a ser nunca nada? Te equivocas. Tú no eres más quedándote dentro de ti, sino compartiéndote. El mismo Jesús dice de sí mismo: yo he venido para que tengan vida y una vida abundante. Yo entrego mi vida, la doy.
Cuando sientas miedo en darte a los demás, te basta una mirada al Sagrario, a ese pedacito de pan que se da entero y se da a todos.
El amor anuló la desproporción: X Dgo del T.O. (Mc 14, 12-16.22-26) Corpus Christi- Ciclo B
Aunque en la relación con Dios no hubiese de considerar el abismo que se abre entre su santidad y mi pecado, para el asombro bastaría considerar la desproporción que acepta el Dios de la alianza, cuando dice: “Vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios”.
Lo dice la razón y lo dice la fe: ¡No hay proporción entre lo que se recibe y lo que se da! No hay proporción, pues Dios nos recibe a nosotros, y nosotros recibimos a Dios.
No pienses, sin embargo, que el amor que te ha buscado en lo hondo de tu miseria, te ha abandonado donde te halló, pues si Dios bajó hasta ti, fue para subirte hasta él.
Recuerda, pues has de agradecerla siempre, la sangre de la alianza que hizo el Señor con nuestros padres sobre los mandatos de su santa ley. Pero fija la mirada de tu corazón en la sangre de la nueva alianza, fíjate en el que dice: “Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos”. Si consideras las palabras, son palabras tuyas, palabras de hombre, palabras familiares para una humanidad que sufre. Si consideras quién las pronuncia, también es uno de los tuyos, también es hombre, también conoce de cerca lo que quiere decir “sangre derramada”. Si consideras dónde habla y qué hace, reconoces la mesa, el pan y el vino de tu cena pascual. Todo es tuyo ¡y todo es de Dios!, pues la sangre que sella la alianza nueva es la sangre del Hijo, y la alianza la hace Dios, no ya sobre los mandatos de la antigua ley siempre transgredidos, sino sobre el amor del Hijo, sobre la fidelidad del amado, sobre la obediencia del predilecto, sobre el cuerpo entregado Jesús de Nazaret.
En esta alianza nueva, a Dios le responde en el hombre el amor mismo Dios.
Éste es, Iglesia santa, el misterio que hoy puedes contemplar y gustar, pues, pues por la acción del Espíritu de Dios en ti y en tu eucaristía, comulgas con aquel Hijo, con el predilecto, con Cristo Jesús. Para esto te ha dejado el Señor el pan y el vino de su cena, para que, siendo una con Cristo, puedas ser de Dios en él, para que puedas amar a Dios con él, para que puedas obedecer a Dios como él, para que la gracia anule la desproporción que te impone la naturaleza, pues también tú, aunque pobre y pecadora, responderás a tu Dios con la fidelidad de su Hijo, con el amor de su Hijo, con la obediencia de su Hijo.
Feliz día del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.
sábado, 9 de junio de 2012
Evangelio Misionero del Día: 10 de Junio de 2012 - EL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO (SOLEMNIDAD) - Ciclo B
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 14, 12-16. 22-26
Él envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: «Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo, y díganle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: "¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?" Él les mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario.»
Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.
Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomen, esto es mi Cuerpo.»
Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo: «Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios.
Por José Antonio Pagola
EUCARISTÍA Y CRISIS
Todos los cristianos lo sabemos. La eucaristía dominical se puede convertir fácilmente en un "refugio religioso" que nos protege de la vida conflictiva en la que nos movemos a lo largo de la semana. Es tentador ir a misa para compartir una experiencia religiosa que nos permite descansar de los problemas, tensiones y malas noticias que nos presionan por todas partes.
A veces somos sensibles a lo que afecta a la dignidad de la celebración, pero nos preocupa menos olvidarnos de las exigencias que entraña celebrar la cena del Señor. Nos molesta que un sacerdote no se atenga estrictamente a la normativa ritual, pero podemos seguir celebrando rutinariamente la misa, sin escuchar las llamadas del Evangelio.
El riesgo siempre es el mismo: Comulgar con Cristo en lo íntimo del corazón, sin preocuparnos de comulgar con los hermanos que sufren. Compartir el pan de la eucaristía e ignorar el hambre de millones de hermanos privados de pan, de justicia y de futuro.
En los próximos años se van a ir agravando los efectos de la crisis mucho más de lo que nos temíamos. La cascada de medidas que se nos dictan de manera inapelable e implacable irán haciendo crecer entre nosotros una desigualdad injusta. Iremos viendo cómo personas de nuestro entorno más o menos cercano se van empobreciendo hasta quedar a merced de un futuro incierto e imprevisible.
Conoceremos de cerca inmigrantes privados de asistencia sanitaria, enfermos sin saber cómo resolver sus problemas de salud o medicación, familias obligadas a vivir de la caridad, personas amenazadas por el desahucio, gente desasistida, jóvenes sin un futuro nada claro... No lo podremos evitar. O endurecemos nuestros hábitos egoístas de siempre o nos hacemos más solidarios.
La celebración de la eucaristía en medio de esta sociedad en crisis puede ser un lugar de concienciación. Necesitamos liberarnos de una cultura individualista que nos ha acostumbrado a vivir pensando solo en nuestros propios intereses, para aprender sencillamente a ser más humanos. Toda la eucaristía está orientada a crear fraternidad.
No es normal escuchar todos los domingos a lo largo del año el Evangelio de Jesús, sin reaccionar ante sus llamadas. No podemos pedir al Padre "el pan nuestro de cada día" sin pensar en aquellos que tienen dificultades para obtenerlo. No podemos comulgar con Jesús sin hacernos más generosos y solidarios. No podemos darnos la paz unos a otros sin estar dispuestos a tender una mano a quienes están más solos e indefensos ante la crisis.
Publicado por CAMINO MISIONERO en 19:51 0 comentarios
Etiquetas: corpus, evangelio misionero del día, recomendados
Palabra de Misión: Por una mesa universal, popular y laica / Fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo – Ciclo B – Mc. 14, 12-16.22-26 / 10.06.12
1. La mesa de Jesús es abierta para todos
Cuando Pedro, según el relato de Marcos, le inquiere a Jesús: “Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido” (Mc. 10, 28); Él le responde que nadie que haya dejado bienes por el Evangelio quedará sin recompensa, sentenciando luego que “muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros” (Mc. 10, 31). En esa inversión del orden establecido se aclara la marginalidad que debe ser adoptada para sentarse en la mesa universal. Cuando el evangelista Lucas utiliza la misma expresión sobre los últimos y los primeros (cf. Lc. 13, 30), la sitúa en el contexto del banquete universal del Reino de Dios escatológico, en el que “vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se pondrán a la mesa” (Lc. 13, 29), o sea, cuando llegarán de todas las naciones, consideradas paganas e impuras, a celebrar la salvación. Para un judío, aceptar la inserción de la gentilidad en el plan de Dios es hacerse último y dejar la posición de supuesto liderazgo. Para nosotros, cristianos de hoy, sigue siendo un llamado de atención.
Si la Eucaristía nos resulta un premio a nuestras buenas obras, y un castigo para los malvados que no pueden comulgar, entonces hemos des-universalizado la mesa de Jesús. Para revertir esa perversión eucarística, habrá que vivir en serio la marginalidad y celebrar en serio entre los marginales. Habrá que abandonar la concepción rigorista y legalista de pureza/impureza por la del amor que es gracia. La Eucaristía no puede comerse siempre dentro de un templo bellamente adornado y siempre entre los mismos rostros que desconocen lo que sucede al otro lado de la vereda. La Eucaristía se debe celebrar al aire libre, en las calles de los barrios que siempre están inundadas, con la mesa prestada de un vecino, con el mantel tejido por las manos hábiles de la zona, con la copa que en cualquier casa se utiliza para las ocasiones especiales, con un pan que se amase desde la mañana entre los que se animan. Cada uno trae su silla a la celebración, pero para ofrecérsela al otro, y que otro me la ofrezca a mí. Aquí no importa si las manos están sucias para comulgar porque estuvo arreglando el automóvil o porque no hay agua corriente. Aquí no se pregunta si te ganaste la participación de la Eucaristía; al contrario, la condición para unirte a la mesa es que te reconozcas necesitado de una mesa donde comer con los otros.
2. Compartir la mesa es celebrar la Pascua
La liturgia del triduo pascual es la más bella de todas, y con razón es la madre de todas las liturgias. Pero esa belleza parece diluirse a lo largo del resto del año. Y si consideramos que, dentro del triduo pascual, sólo el Sábado de Gloria bien entrada la noche y Domingo son los momentos de resurrección, nos quedamos con poco más de veinticuatro horas al año donde se remarca con ahínco que Jesús resucitó y que vamos a resucitar como Él. Los demás domingos y fiestas, y ni hablar del resto de los días semanales, nos perdemos en actividades rutinarias eclesiales, ocupaciones laborales, festejos de santos y advocaciones marianas. Pero de resurrección, poco. Sin embargo, cada vez que nos reunimos en torno a la Eucaristía, se hace memorial de la Pascua. O si queremos utilizar otras palabras: cada vez que comemos en la mesa de Jesús, hay sacramento de su resurrección y de la nuestra. Esa es una dimensión de demasiado gozo para darse el lujo de desperdiciarla.
Cuando Jesús cuenta la parábola del banquete de bodas del hijo del rey, en el inicio del capítulo 22 de Mateo, se nos relata que los invitados a la fiesta se excusaron de ir e incluso mataron a los mensajeros de la buena noticia. Entonces, estando todo ya preparado, el rey mandó a sus siervos a que trajeran a cuanta persona encontraran, sin preguntar sobre moralidad, a los buenos y a los malos. Pero uno de los que ingresó en esta camada no tenía traje de boda, por lo que fue expulsado. Quien no está preparado y listo para festejar, no puede comer el banquete. Es la boda del hijo del rey, un evento mayor, un hecho extraordinario y fuera de lo común. No tener traje es no tener ni la alegría ni la conciencia de lo que se celebra.
Muchas veces, en la Eucaristía no se sabe qué se celebra. La Pascua son unos días feriados y una oportunidad de escapar. Para varios agentes de pastoral resulta una carga por las cosas que hay que organizar en las parroquias. El resto del año transcurre, discurre. La vida se escapa sin la alegría de Dios. Y los domingos sigue estando la misma congregación reunida en torno a una mesa, con las caras largas y tristes, escuchando música que parece fúnebre, como si en lugar de festejar la vida plena se hiciese un recordatorio lúgubre. “No ayudan mucho a ello, ni en la misa ni en los demás sacramentos, los actuales textos litúrgicos, que deberían significar realmente el conmorir, el ser consepultado y el conresucitar con Cristo” (Ellacuría, I. Conversión de la Iglesia al Reino de Dios, para anunciarlo y realizarlo en la historia. Sal Terrae, 1984).
La Eucaristía tiene que ver con la muerte en cuanto Dios es capaz de transformarla en vida. Pero la Eucaristía no es sólo la cruz. “La interpretación cristiana del desorden y la opresión como pecado no puede menos de ser consecuente y entender que la libertad no puede venir sino por una resurrección tras el dolor de la muerte” (Ibíd.). El Crucificado y los crucificados de la historia son el marco contextual en que el pan partido tiene sentido; pero al mismo tiempo, el pan compartido y repartido es la esperanza de que las situaciones pueden virar, cambiar, convertirse. Al compartir la mesa creemos que hay Pascua para todos, que todos los corazones son libres para abrirse a lo trascendente, que los sistemas injustos son destruibles, que a los gigantes opresores se los puede derribar. No hay por qué escuchar homilías y sermones oscuros, apocalípticos y moralistas si vamos a una fiesta; no hay por qué cantar música que duerme y aburre; no hay por qué prohibir instrumentos que utilizamos en otras fiestas, fuera del templo; no hay por qué tener los bancos ordenados en fila, dejando a los últimos bien lejos de la mesa, que es el centro del festejo.
3. En la mesa se acoge
La mesa de Jesús no termina en la comida en sí. Si así fuese, la gente llega, se acomoda, come y se va. La mesa de Jesús es un concepto más grande que implica una acogida. Jesús sale a buscar al marginal, lo mira con amor, le habla al corazón, lo escucha, intercambia, y lo invita a un banquete donde encontrará espacio, oportunidad de expresarse y reconocimiento de su dignidad. El acogido debe ser capaz de sentarse en la mesa como si fuese la suya propia, y debe ser capaz de entrar en relación con los otros comensales desde la confianza. La mesa de Jesús no es silenciosa. Allí se habla y todos pueden hablar. Se comparten las experiencias y se las respeta. Animarse a la acogida es muy arriesgado, porque quien acoge está cediendo parte de sí al otro.
Los distintos resúmenes que los evangelistas presentan sobre cómo acudían las masas a Jesús es paradigmático. Para Mateo: “Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia. Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor” (Mt. 9, 35-36). Para Marcos: “Jesús se retiró con sus discípulos hacia el mar, y le siguió una gran muchedumbre de Galilea. También de Judea, de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán, de los alrededores de Tiro y Sidón, una gran muchedumbre, al oír lo que hacía, acudió a él. Entonces, a causa de la multitud, dijo a sus discípulos que le prepararan una pequeña barca, para que no le aplastaran. Pues curó a muchos, de suerte que cuantos padecían dolencias se le echaban encima para tocarle” (Mc. 3, 7-10). Para Lucas: “Bajó con ellos y se detuvo en un paraje llano; había un gran número de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, que habían venido para oírle y ser curados de sus enfermedades. Y los que eran molestados por espíritus inmundos quedaban curados. Toda la gente procuraba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos” (Lc. 6, 17-19). Las características de la acogida jesuánica son la compasión, la curación y el exorcismo. “Jesús no soportaba ver a personas pasando necesidad, no aguantaba el dolor de los otros, era algo superior a sus fuerzas. Porque su sensibilidad no lo toleraba” (Castillo, J. M. La ética de Cristo (segunda edición). Desclée de Bouwer, 2006).
Compasión que mueve a la acción, que denota un corazón atento. Curación que es acompañamiento y restitución de la situación querida por Dios. Exorcismo que es bien venciendo al mal. Comer es parte del tratamiento, pero también meta de un camino que comienza en el encuentro personal. Al encontrarnos con el otro descubrimos que necesita compasión, alguien que le hable al corazón, que lo mire de verdad y a su altura, no desde arriba, que reconozca sus carencias y no se aproveche de ellas; descubrimos que necesita curación, porque su cuerpo y su mente sufren, y no puede reconocer la presencia de Dios a su lado acompañándolo en esa situación; descubrimos que necesita exorcismo porque está esclavizado, por distintos demonios, pero al fin y al cabo preso, sin libertad, sin poder hacer, y nadie le ha ofrecido una vía alternativa para romper las cadenas y proyectarse.
Si la Eucaristía es una hora semanal, es una farsa. La Eucaristía comienza cuando el cristiano se encuentra con el otro que necesita compasión, curación y exorcismo. Allí da inicio la mesa, que se coronará alrededor del pan y el vino. El templo no puede abrirse quince minutos antes de la celebración, ni la gente puede ir entrando sin recibimiento. Además, aunque parezca obvio a esta altura de la historia eclesial, no se puede pretender que una persona venga a comer con nosotros si nadie la ha invitado. El ministerio de la acogida exige un trabajo de toda la semana, casa por casa, ámbito por ámbito, y en la entrada del templo, y alrededor del sitio elegido cuando se celebra fuera del templo, y ubicando a las personas, y dialogando. La Eucaristía no es un acto religioso sin más. En la Eucaristía hacemos sacramento de la comunión, de la familia que formamos en Cristo, y de que el otro es mi hermano. Por eso debo sentirme tan ligado a él o ella que no puedo evitar hablarle, saludarlo, sentarme a su lado, interesarme por lo que le pasa.
4. La Eucaristía es recíproca
La idea de que nosotros como Iglesia damos todo lo bueno al mundo y el mundo lo rechaza, es una concepción tan anquilosada como inexacta. Creernos súper-dadores y poner al otro en situación de pasividad extrema atenta contra el Evangelio. La reciprocidad es la esencia y lo maravilloso de la diversidad cultural, de las idiosincrasias, de las diferencias. El otro es distinto porque puede enriquecerme, cambiarme y mejorarme. Yo soy distinto para enriquecer, cambiar y mejorar al otro. Pero en el mismo nivel. La Iglesia puede aportar cosas increíbles al mundo, sin embargo, si no sabe recibir las cosas del mundo que pueden acercarla más a Dios, rompe el esquema comunicativo. Si no hay comunicación, entonces no hay evangelización, porque el Evangelio está para ser comunicado. Y la misión no es otra cosa que la comunicación de la Buena Noticia. La palabra técnica e inglesa feedback expresa el concepto que en español llamamos retroalimentación. Las comunicaciones son completas cuando se retroalimentan, cuando emisor-receptor son intercambiables, de igual dignidad y recíprocos. Lo demás es monólogo o confusión, pero no comunicación.
La capacidad de escuchar de Jesús es asombrosa. Su oído y su corazón oyen el clamor de los oprimidos. Jesús es un profeta de su tiempo porque, escuchando a la gente, puede saber qué les sucede, qué necesitan, por qué ríen, por qué lloran, qué les sobra, cuáles son sus capacidades. La voz del otro se reviste de significado y es valorada positivamente. La voz del otro puede cambiar a Jesús. Clásico es ya el ejemplo de la mujer sirofenicia de Marcos, que se acerca para pedirle al Maestro que expulse el demonio de su hija (cf. Mc. 7, 26), a lo que Jesús responde: “Espera que primero se sacien los hijos, pues no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos” (Mc. 7, 27). Clásica es también la respuesta de la mujer que la hizo pasar a la historia grande: “Sí, Señor; que también los perritos comen bajo la mesa migajas de los niños” (Mc. 7, 28). En el mismo episodio contado por Mateo, la última frase de Jesús para con ella es una alabanza de su fe (cf. Mt. 15, 28); en Marcos, en cambio, se alaban sus palabras: “Por lo que has dicho, vete; el demonio ha salido de tu hija” (Mc. 7, 29). Jesús es capaz de reconocer la voz del otro e incorporarla. La mujer sirofenicia le hace comprender a Jesús que para los paganos también hay pan de salvación, que también pueden compartir el pan de los hijos, y que eso es querer de Dios. Jesús no rechaza ese aporte, sino que oyéndolo, lo hace vida.
De la misma manera, en la Eucaristía no hay comunicación unidireccional. No es sólo la Iglesia alimentando al mundo. Es la Iglesia y el mundo en diálogo, que a la vez es comunicación con Dios. El pan y el vino (la mesa toda) es un espacio donde se puede traer lo que tenemos para compartir y sacar lo mejor. Es un espacio donde se escucha la voz del cristiano de la primera hora y del ateo que quiere comprometerse con los seres humanos. En una Eucaristía restrictiva, sólo habla uno y los demás escuchan, uno grita y los otros acatan, una sola voz vale y las otras pueden estar o no. En una Eucaristía recíproca, en cambio, la participación es voluntaria y espontánea, y la voz de aquel vale igual que la mía, y nos escuchamos, y buscamos el mayor provecho para los hermanos. Y si alguien mal visto interviene, también es escuchado, y su voz no vale menos ni es prejuiciado, sino que se valora su aporte por la repercusión en amor que puede tener para los demás. Siendo recíproca, la Iglesia puede crecer. Restrictivamente, centralizando la voz en pocos y las decisiones en grupos específicos, la Iglesia se ahoga en su propia saliva.
5. El banquete es escatológico (aquí y ahora)
Que en la Eucaristía anunciemos la muerte y proclamemos la resurrección hasta la vuelta de Jesús (parusía) no significa que la Eucaristía deba desencarnarse. Miramos hacia delante, hacia el futuro, porque aquí y ahora es necesario mirar también. Partimos el pan místicamente porque queremos encarnarnos para repartir el pan materialmente. Vivir ajenos a la realidad es un peligro en todas las áreas y en todos los tiempos. “Ante todo, la liturgia ha estado excesivamente montada sobre la otra vida. La salvación es en la otra vida, en la eterna; la salvación de esta vida se refiere de manera predominante, cuando no exclusiva, a lo que en ella hay de la otra vida. Por lo tanto, atiende a lo moral y a lo religioso, habiendo reducido previamente las dimensiones de lo moral y lo religioso. Lo importante es la otra vida, y lo que en ésta dice relación con la otra es más bien lo interior, lo segregado: «Retirémonos de este mundo, anticipando así la entrada en el otro, en la morada eterna»” (Ellacuría, I. Conversión de la Iglesia al Reino de Dios, para anunciarlo y realizarlo en la historia. Sal Terrae, 1984). Siempre es más fácil estar dentro del templo, con las puertas cerradas, entre los que nos conocemos bien, sin realizar cambios. Arriesgarse a salir, a estar en medio de las necesidades, a conocer otros rostros, a relacionarnos, a cambiar y cambiarnos, es dificilísimo.
La cuestión antropológica, o sea, propia del ser humano, es que siempre piensa que mañana puede ser mejor, o que mañana se hará lo que hoy no. En lo religioso, aprovechando los justificativos teológicos, esa concepción sirve para olvidarse de los pobres. Como ellos sufren tanto, es mejor que sigan sufriendo para que les toque el paraíso en la vida venidera. Esa actitud (esa mirada) marca una distancia abismal entre la estructura institucional de la Iglesia y el pueblo. En el hecho eucarístico, esa distancia se remarca porque el sacramento, en la Iglesia Católica por ejemplo, tiene un ministro oficial e institucional, habilitado para consagrar el pan que es para el pueblo. Entonces, si los pobres tienen que ser alimentados por personas que creen conveniente que ellos mueran de hambre para salvarse, nunca resucitarán la esperanza, y siempre seguirán siendo el chivo expiatorio del aval que la institución eclesial da a un sistema injusto. “Todo ello nos permite afirmar solemnemente que la celebración de la Eucaristía no puede hacerse en el espíritu de Jesús si no va acompañada de hambre y sed de justicia. Traicionaremos la memoria del Señor si con ella ocultamos o hacemos irrelevante la presencia de relaciones injustas en la comunidad de los fieles que celebran y asisten a la Eucaristía” (Boff, L. Teología desde el lugar del pobre. Sal Terrae, 1986).
Una de las constantes en la prédica del Reino que hace Jesús es la relevancia de los pobres y marginados. Los pobres son los bienaventurados porque de ellos es el Reino (cf. Mt. 5, 3 y Lc. 6, 20); es de ellos aquí y ahora, en su pequeñez, y no mañana ni en un futuro lejano. Es su propiedad y no un regalo consuelo. A ellos se les anuncia la Buena Noticia (cf. Mt. 11, 5; Lc. 4, 18; Lc. 7, 22), en un mundo que los anoticia sobre malas nuevas o que los convierte en titulares policiales. La esperanza, la alegría, el cambio es para ellos. La Iglesia no puede ser una administradora a futuro de lo que ya es propiedad de los marginados. La Iglesia no puede creer que ellos tendrán el Reino el día de mañana, cuando al Reino ya lo tienen. No puede negarles la Buena Noticia a los principales destinatarios de ella. Privatizar lo que Dios da es imposible. No se da esperanza a largo plazo, ni se niega la comida prometiendo una comida mejor. “El Reino se anticipa y se concreta siempre que se realiza la Cena de Jesús” (Ibíd.). La presencia de los pobres y marginales en los banquetes de Jesús, y el escándalo que ello produce entre fariseos y gente de la alta alcurnia israelita sirve como muestra para entender que la práctica alimenticia del Maestro era algo más que una forma simpática de comer; al compartir la mesa tan abierta y tan particularmente con los despreciados, Jesús anuncia proféticamente que lo escatológico se hace presente y real en su banquete, y que los pobres son plenos partícipes de la salvación; tan partícipes como dignos de comer a la par, sin tener que pedir permiso. Cuando ocurren las multiplicaciones de los panes (cf. Mt. 14, 13-21; Mt. 15, 29-38; Mc. 6, 34-44; Mc. 8, 1-9; Lc. 9, 11-17; Jn. 6, 1-15), uno de los datos característicos es que la gente tenía verdaderamente hambre, y Jesús es sensible a esa necesidad. Las multiplicaciones son la pre-figura del banquete escatológico: Dios alimenta al hambriento hasta la saciedad, hasta que sobre. No importa cuánta planta tenga el comensal para pagar la participación; todos tienen libre acceso a los manjares. La comida de la salvación no depende de la capacidad adquisitiva; la comida de la salvación penetra la historia de los seres humanos para que los que no tienen lleguen a tener.
Algunas de las plegarias eucarísticas, antífonas y rúbricas litúrgicas de la celebración eucarística suelen dejar el sabor a espiritualismo desencarnado. Se habla mucho del futuro, del paraíso o del cielo, y de las ventajas de la vida eterna, pero poco se dice de los que mueren de hambre en un mundo con recursos suficientes para evitar ese flagelo, o de los discriminados en la mesa global donde se sientan sólo los poderosos y dueños del capital. ¿No sería coherente que al consagrar el pan de la Eucaristía se bendiga comida para aquel que no la tiene? ¿No sería lógico que al consagrar el vino se firmaran acuerdos y contratos para llevar agua a las zonas desérticas y sin cuencas hídricas? ¿No sería cristiano celebrar la Eucaristía todos los domingos en un comedor infantil, o en un albergue nocturno para los sin-techo, o en una casa de recuperación de adictos? Hacer presente y real la Eucaristía en el mundo que tiene hambre es la clave para completar el significado pleno del pan que se comparte y el vino que se reparte.
6. Por una mesa universal, popular y laica (un sueño)
Sueño con una Eucaristía celebrada en la calle de aquella villa miseria donde no se atreve a ingresar la policía. La mesa está construida con la madera de cajones de manzana; no hay piedra consagrada para este altar, pero los albañiles han ofrecido, cada uno de ellos, un ladrillo en agradecimiento por el trabajo que tienen. Los manteles son coloridos y no blancos, de plástico a veces y rajados otras tantas. La mesa no es tan corta como los altares de los templos. Es larga y tiene muchas sillas alrededor; cada participante trae un aposento y la ley es no usarlo uno mismo, sino intercambiarlo con el que trajo otro. Todos traen comida, y el que no puede hacerlo, no se avergüenza, porque en la mesa se comparte lo que hay sobre ella. Algunas mujeres y algunos varones hacen la recepción, y para eso llegan una hora antes de lo estipulado. Reciben, acogen, conversan, ríen y hacen reír. No cobran nada por su trabajo ni tampoco estipulan precios para las intenciones de la Santa Misa que se celebrará. El que quiere pedir por algo lo hace libremente. Tampoco se toma asistencia ni se prohíbe la participación al que se acerca. La misma manera de comer aleja a los que traen malas intenciones. Un rico no acepta que le toque una silla de plástico sin respaldar en el último lugar de la mesa, un político no acepta que no le den la palabra para un discurso largo y persuasivo, un ultra-ortodoxo sale corriendo cuando el pan que se va a consagrar fue hecho por las señoras del barrio desde bien temprano, con el mismo amor con el que todas las madrugadas amasan para sus familias y para sacar unos pocos pesos.
Sueño con una Eucaristía universal, que se celebra entre los pobres de la tierra, fuera del templo, abierta para el que quiera sumarse, sin discriminación, sin distinción entre ministros oficiales y pueblo. Sueño con una Eucaristía popular, donde el ritmo lo marca la gente y no la rúbrica, celebrada con ardor y música autóctona, en la lengua que todos puedan entender, y si hay varias lenguas, celebrada bilingüe o trilingüe. Sueño con una Eucaristía laica, sin monopolio clerical del pan y del vino, donde hoy es ministro uno y mañana es ministra otra, sin privilegios por tener el poder de consagrar. Sueño con una Eucaristía distinta que se parezca cada vez más a los banquetes de Jesús en Palestina, con publicanos, prostitutas y pobres, al aire libre, sin otro ministro que Dios, en una mesa donde se hablan de las cosas cotidianas que preocupan y se las hace trascender.
Publicado por CAMINO MISIONERO en 0:52 0 comentarios
Etiquetas: corpus, el domingo, palabra para la mision, recomendados
Corpus Christi: La hora de la misión
Al finalizar la Eucaristía, el sacerdote en nombre de la Iglesia nos envía a construir la paz, la justicia y la fraternidad… Si la reunión del domingo no tuviera una repercusión en nuestra vida, se convertiría en una pérdida de tiempo, sería un bla, bla, bla inútil.
En cada reunión proclamamos una y mil veces el amor mutuo, nos damos la mano, nos concedemos mutuamente la paz, rezamos a Dios, le llamamos Padre de todos… Todo esto nos compromete en la vida diaria.
Tras la asamblea comienza la misión ¿Recordáis cuál es origen de la palabra “misa”? Viene de missio, misión. Después de la liturgia eucarística, comienza la liturgia del hermano.
Los que hemos visto que nuestro Señor parte y reparte el pan no podemos comer el pan ajenos a los que no tienen pan.
Los que hemos visto al Señor ponerse a la mesa y servir a sus discípulos, hasta lavarles los pies, no podemos tomar una actitud egoísta o indiferente ante nuestros hermanos…
Debe haber una conexión entre Eucaristía y vida si no queremos caer en una flagrante contradicción que Dios detesta. El templo no es para Jesús el horizonte último, sino el espacio donde vigorizamos nuestras vidas, para ponerlas al servicio en los lugares donde hierve la vida.
Los cristianos que hemos participado en la Eucaristía con sinceridad y hondura debemos intentar con todas nuestras fuerzas ser criaturas nuevas en la sociedad…
Desgraciadamente, muchas veces no suele ser así. La misa se ha convertido en una especie de remanso de paz que nada cambia.
¿Cómo se puede explicar el hecho de que una persona se pase gran parte de su vida comulgando, y después de muchos años recibiendo a Jesús, resulta que tiene los mismos defectos y faltas más importantes que cuando empezó a comulgar? ¿Cómo se puede explicar que tanta gracia acumulada durante tantos años no se note, al menos de alguna manera, en la vida concreta de la persona?
¿Cómo es posible que, en países de mayoría católica, mucha gente piadosa que frecuenta la Iglesia, viva indiferente ante la injusticia y la desigualdad y, más aún, contribuya con sus opciones políticas y económicas a mantener cada vez más la desigualdad y la injusticia?
Quizá tú mismo en ocasiones has criticado a la gente que va a misa por un simple hábito, costumbre o tradición, sin que ello afecte para nada a su vida…
Cuántas veces hemos oído decir: “Para ir como va ése o aquella, mejor no ir”.
No les falta razón cuando se critica a los que van por “cumplir” o a los que “no se les nota nada que han estado en la Eucaristía”. No estoy de acuerdo, sin embargo, con la conclusión: “¡Mejor no ir!”… La Eucaristía es un encuentro para la misión. Intenta ser consecuente con ello y verás tú mismo que no se puede decir: “Mejor no ir”…
Termino narrando un hecho ocurrido en una Parroquia de Madrid…
Un domingo, trataba el evangelio sobre la multiplicación de los panes. Entre todos fueron discerniendo qué panes y peces deberían multiplicar y cómo…
Al final se había añadido que no nos basta con partir el pan de la eucaristía si al salir no estamos dispuestos a partir y compartir no solo lo que tenemos, sino lo que sabemos…
Siguió la misa.
Al final la misa terminó con esta encomienda: “La misa en realidad no ha terminado del todo. Podéis ir en paz si sois capaces”.
La gente salió. El sacerdote estaba recogiendo algunas hojas de canto que se habían quedado por los bancos, cuando vio una muchacha sentada cerca de la puerta. Tenía la cabeza sobre el reclinatorio.
La reconoció. Era Carmen. Sabía que acababa de terminar con éxito su licenciatura en Periodismo y que ya tenía ofrecido trabajo en un diario prestigioso.
Se sentó a su lado. ¿Qué pasa Carmen?
- Son ustedes unos liantes…. ¿Nosotros?
- Usted y toda la gente de esta maldita parroquia… y el que escribió esa historia de multiplicar panes y peces.
Levantó la cabeza. Tenía una lagrimilla en los ojos y un papel medio arrugado en la mano.
-Hace dos días me llegó esta carta de Guatemala. Me cuentan que está en crisis la emisora cultural de un pueblito, junto a la frontera con México. Que necesitan ayuda económica y ayuda de gente. Que tienen que formar locutores y organizar campañas… y que si me voy con ellos. Yo me lo tomé en broma, pero después de la misa de hoy y de las indirectas suyas que parecía que iban para mí…
-Oye, yo… -Bueno, ya sé que no lo hizo aposta, pero lo hizo. Y ahora yo no me atrevo a salir de la iglesia, porque ya sé a dónde tengo que ir.
El sacerdote le dio unas palmaditas en el hombro mientras me levantaba.
-Yo no te digo ni que sí ni que no. Puedes ir en paz.
Intentó darle al cura una patadita en la espinilla. Y al cabo de un tiempo el sacerdote se encontró con su hermano…
-¿Ya se enteró, don Mariano? Carmen se marchó ayer para Guatemala.
-¿Cómo no me dijo nada? -Nos pidió que callásemos y dijo que ya le escribiría.
A Carmen le costó muchísimo salir de misa aquel domingo. Acaso a algunos otros nos costaría mucho también si pensásemos en lo que tenemos que hacer al salir. Aunque solo sea pedir perdón a alguien, echar una mano, ser más tolerante… o lo que sea, pero que se note… porque la Misa se tiene que notar en la vida…
viernes, 8 de junio de 2012
Nuestras eucaristías en la fiesta del Cuerpo de Cristo
Jesús celebró una cena muy singular, fue la última, de despedida, cargada de tristeza, todos pensaban en algo trágico ya inminente. Al final de la cena Jesús tomo pan y una copa con vino y pronunció las palabras que acabamos de escuchar: “Este es mi cuerpo, esta es mi sangre…el que come de este pan vivirá en mi para siempre, tiene ya vida eterna y yo le resucitaré en el último día…, cada vez que hagáis esto en mi memoria, yo estaré presente entre vosotros”. Todos comieron y bebieron el pan que Jesús partió y de la copa que les ofreció.
Jesús resucitado abrió los ojos a sus amigos que llegaron comprender y a hacer suyo su verdadero deseo al instituir lo que llamaron la “fracción del pan, la Eucaristía.” Sabían que nadie quedaría ya solo, que Jesús estará siempre presente con sus seguidores en la comunidad cristiana al celebrar “la fracción del pan”. Es lo que ahora estamos celebrando nosotros.
Así lo entendieron las primeras comunidades cristianas. Jesús era alguien de su tiempo, conocido por ellos, le habían visto y oído; celebraban las asambleas eucarísticas con emoción, estaban convencidos de la nueva presencia de Jesús resucitado en la palabra que escuchaban, recordaban y creían que en la fracción del pan recibían su presencia, su Espíritu para ser sus testigos, tal como lo había prometido Jesús; era el momento culminante de la comunidad cristiana.
La Eucaristía era un encuentro de verdadera hermandad de quienes querían seguir a Jesús en sus vidas, celebraban su presencia y ante todo le daban gracias. Iniciaban la Eucaristía haciendo entregas de sus bienes para ayudar a quienes pasaban necesidad. Se daban la paz como hermanos. Recordaban que el considerarse hermanos era la verdadera señal del seguimiento a Jesús; Él había insistido en que su mandamiento era amarnos como Él nos amaba; que el mal, el pecado está en el corazón de quien no ama, de quien hace daño, de quien provoca que haya necesidad, que haya pobres, desvalidos, personas a quienes se niega la verdadera dignidad humana; repetían con fe las palabras y los hechos de Jesús y los introducían en su corazón. Todos sabían que al comer de aquel pan recibían la presencia del Señor, su aliento, su fuerza en sus vidas.
Creían firmemente que recibir a Jesús supone identificarnos con El, asimilar en nuestra persona su pensamiento, sus criterios, sus actitudes, su pasión por la vida, su predilección por los pobres, y que Jesús da nuevo sentido a nuestra existencia humana y nos ofrece la vida definitiva con Dios, que empieza ya aquí.
¿Y hoy? Después de veinte siglos de cristianismo, la eucaristía puede parecer a muchos una celebración piadosa reservada sólo a personas ejemplares y virtuosas con la que celebran sus fiestas. Parece que solo pueden acercarse a comulgar con Jesús quienes se consideran dignos de recibirlo con alma pura. Pero el Señor “abría su mesa” a todos los que querían seguirle, también a pecadores que buscaban perdón y consuelo; a gentes con el corazón roto deseando amor y amistad, a quienes desean una vida digna. Es bueno que en esta fiesta del Corpus recordemos cómo era Jesús.
Hoy nos hemos de preguntar ¿nuestras eucaristías, siguen el deseo de Jesús? Es triste ver la deserción generalizada de quienes piensan que nuestras celebraciones son un mero precepto eclesiástico y hacen de su asistencia a ellas un acto de cumplimiento social. ¿No seremos nosotros también responsables de que las eucaristías recuerden tan poco el espíritu con que Jesús la instituyó?
La Eucaristía encierra los valores más ricos de nuestra fe, es el gran legado de Jesús, es asumir su presencia buena, salvadora en nuestras vidas. Recordemos que la fe pertenece a la esfera humana más honda, más personal y que todo lo que es personal corre peligro de abandono si no se alimenta.
Quien no alimenta conscientemente su fe, la va perdiendo. Quien no participa con otros creyentes en la Eucaristía para escuchar el Evangelio, orar a Dios y reavivar su espíritu ante la presencia de Jesús está en peligro de vaciar su fe. Es la triste realidad actual, posiblemente en nuestras propias familias, tal vez en nosotros mismos.
No dejemos la eucaristía, peligra nuestra religiosidad. Pero hagamos de ella lo que Jesús deseó al dejarnos este maravilloso regalo. Jesús nos ayudará a superar las contradicciones y pecados que podemos observar en quienes se atribuyen con ligereza el nombre de cristianos y vemos en ellos conductas que nos escandalizan. Dios es quien conoce nuestro corazón, dejemos que sea Él quien juzgue. Nosotros tratemos de cumplir su palabra y hacer lo posible para que el Reino de Dios vaya afianzándose entre nosotros.
No nos hemos de extrañar de que Cáritas nos traiga hoy el recuerdo de los necesitados, es sin duda el deseo de Jesús, su mandamiento fue amarnos y compartir nuestros bienes con los que pasan necesidad. De algún modo Cáritas nos invita a guardar la memoria de las primitivas comunidades. Afortunadamente en nuestro mundo a Cáritas le acompañan otras muchas organizaciones solidarias con las calamidades, con las injusticias, las tristezas que perviven en el mundo de hoy, todo ello nos puede ayudar a ser fieles en nuestro seguimiento a Jesús.
Pensemos que en la medida en que vivamos ausentes y de espaldas a los problemas de nuestros hermanos, en la medida en que en nosotros no haya amor, en esa misma medida nuestras eucaristías resultan vacías. El prometió su presencia cuando nos reunimos en su nombre, cuando amamos, cuando nos comprometemos con quienes trabajan por realizar la justicia, la paz en nuestro mundo.
Celebremos hoy esta fiesta del Cuerpo de Cristo, la expresión más fiel del amor de Jesús hacia nosotros, como una fiesta de agradecimiento a Dios por este regalo increíble que nos da en su Hijo, en Él encontramos su Espíritu, la fuerza para seguirle, y también para cumplir en esta festividad su deseo de amar como él nos ama, en estos tiempos en los que el amor parece derrotado por el egoísmo financiero y por la pobreza y aun miseria de gran parte de la humanidad, será un deseo de asumir el significado de las palabras de Jesús que nos abren al verdadero vivir: “El que come de este pan vivirá en mi para siempre, tiene ya vida eterna”.
El cuerpo
“Una rosa es una rosa es una rosa”, declamaba Gertrude Stein. Todos de acuerdo. Sin embargo no hay consenso en que “una persona es una persona es una persona”. Los nazistas les niegan a los judíos el derecho a la vida, igual que hay judíos que se sienten superiores a los árabes, y árabes que asesinan a cristianos que no comulgan con sus creencias, y cristianos que excomulgan espiritualmente a judíos, musulmanes, comunistas, homosexuales y seguidores del candomblé.
Una persona es su cuerpo. Vive al alimentarlo y hace de él expresión de amor y engendra nuevos cuerpos. Muerto el cuerpo, desaparece la persona. Sin embargo llegamos a las puertas del tercer milenio en un mundo dominado por la cultura necrófila de la exaltación de cuerpos deslumbrantes por su fama, belleza y riqueza, y la exclusión de cuerpos condenados por la pobreza.
En el listín telefónico de Santa Mónica, USA, aparece el número de la Fundación Elizabeth Taylor contra el aids. Pero no hay ninguna fundación contra el hambre, siendo que ésta mata mucho más que aquélla. ¿Por qué el aids moviliza más que el hambre?. Porque no hace distinción de clases. El hambre es un problema de los oprimidos y amenaza a un tercio de la humanidad. Los premiados por la lotería biológica, nacidos en familias que pueden darse el lujo de comer menos para no engordar, son indiferentes a los hambrientos o se dedican a actividades caritativas, con la debida cautela de no cuestionar las causas de la pobreza.
Se clonan cuerpos, pero no la justicia. Carnicerías virtuales, los kioscos de revistas exaltan la exuberancia erótica de los cuerpos, sin que se dé un espacio semejante para las ideas, los valores, las subjetividades, espiritualidades y utopías. Menos librerías, y más gimnasios. Moriremos todos esbeltos y saludables; el cadáver, cual coloso impávido, no tendrá ni celulitis…
La política de las naciones puede ser avalada con justicia por el modo como la economía se las tiene con la concretez de los cuerpos, sin excepción.
En un mundo en el que el refinamiento de los objetos de lujo merece una veneración mucho mayor que el modo en que son tratados millones de hombres y mujeres, en que el valor del dinero se sobrepone al de las vidas humanas, en que las guerras funcionan como motor de prosperidad, es hora de que nos preguntemos cómo es posible que haya cuerpos tan perfumados con mentalidades y prácticas tan hediondas. Y por qué ideas tan nobles y gestos tan hermosos florecieron en los cuerpos asesinados de Jesús, de Gandhi, de Luther King, del Che Guevara y de Chico Mendes.
El límite del cuerpo humano no es la piel, es la Tierra. Somos células de Gaia. Queda por lograr que esta certeza se implante en la conciencia, allí donde el espíritu adquiere densidad y expresión.
Frei Betto
Publicado por CAMINO MISIONERO en 0:17 0 comentarios
Etiquetas: corpus, el domingo, recomendados, reflexiones, teologia de la liberación
X Dgo del T.O. (Mc 14, 12-16.22-26) Corpus Christi- Ciclo B: ¡DIOS ESTÁ AQUÍ! ¡Y NOSOTROS CON ÉL!
1. ¡DIOS ESTÁ AQUÍ Y NOSOTROS CON ÉL!
Celebramos, saboreamos, vivimos y adoramos la Eucaristía. Sigue siendo, y siempre lo será, un alimento imprescindible para todos los cristianos. Si ya de por sí es difícil mantener el tipo de una vida evangélica con el auxilio de este Sacramento, qué difícil resulta –por no decir imposible- dar testimonio de una fe (convencida, contrastada no descafeinada) sin el Pan de los Ángeles. La primera consecuencia de que hemos celebrado el “Dios aquí” es que, a continuación, las consecuencias son comprometedoras:
-Donde existe odio, trabajaremos por el entendimiento
-Donde brota la venganza, ofreceremos el perdón
-Donde surgen las distancias, buscaremos el abrazo y la unión
-Donde brilla el egoísmo, propondremos siempre la caridad
2. ¡DIOS ESTÁ AQUÍ Y NOSOTROS CON ÉL!
Nadie, pero nadie, puede poner en duda nuestra pertenencia al Cuerpo de Cristo (su Iglesia). Como cristianos no podemos confundir la caridad con la solidaridad.
-La caridad no entiende de límites (todo ser humano tiene la puerta abierta a ella). La solidaridad, por el contrario, puede ser utilizada como instrumento ideológico e ideologizante
-La caridad apunta más allá de las personas (no espera recompensa). La solidaridad, en algunos momentos, si no es agasajada y aplaudida, va decreciendo hasta desaparecer.
-La caridad viene de Dios (surtidor inagotable de amor). La solidaridad puede surgir espontáneamente pero morir allá donde nace.
-La caridad es consecuencia de la vida cristiana (del encuentro con Cristo). La solidaridad, a golpe de sentimiento, viene condicionada por una situación puntual y sin más perspectiva futura.
Quien se ha encontrado con Dios, en el pan multiplicado, está llamado a ser caridad viva, caridad continua e incomprendida, pensamiento y palabras, con las manos abiertas y el corazón abierto.
3. ¡DIOS ESTÁ AQUÍ Y NOSOTROS CON ÉL!
Pero, también el Señor, tiene derecho a nuestra caridad. En este día del CORPUS CHRISTI le decimos que Él es la inspiración de muchas iniciativas de la Iglesia (incluida Cáritas). Que, nuestros amores humanos, sirven de poco y se debilitan pronto cuando lo intentamos arrinconar en la sacristía o reducirlo a la esfera de lo privado.
En este día del Corpus, los católicos, nos vestimos de gala por fuera para decir al mundo que, nuestra fiesta, es vivir con el Señor y en el Señor. Que nuestra vida, sin la Eucaristía, no sería la misma. Que nuestra opción por los más necesitados (y la Iglesia es vanguardista como nadie en ese terreno) no es por simple altruismo o solidaridad: nos urge y nos empuja el amor de Dios que, dentro de una custodia, nos invita a ser trampolines de amor y de justicia.
El día del Corpus Christi es un día en el que, el Señor, sale a nuestras calles y plazas para dar un poco de vista al ciego, oído al sordo, pan al hambriento, fe al incrédulo, vida al que hace tiempo la ha cambiado por el pesimismo, la depresión o el desencanto.
El día del Corpus Christi, hoy más que nunca, es una llamada a poner al Señor en el centro de nuestras miradas. Siempre será esencial el amor al prójimo (mandamiento de obligado cumplimiento) pero ¿acaso Cristo no se merece, por un día, por unas horas…miradas de amor, pétalos de rosa, incienso y adoración, campanas y regocijo, música y romero, cantos y silencio, oración y contemplación?
Porque, Dios está aquí, hoy sentimos la necesidad de estar nosotros con Él.
-Si el Señor va en la custodia, nosotros estamos llamados a custodiar su testamento espiritual: el amor
-Si el Señor salta del sagrario a las calles y plazas para encontrarse con la humanidad, también nosotros tendremos que ser más ambiciosos para proponer y presentar la fe más allá de los muros de un templo
-Si el Señor es aclamado en este día como Rey de reyes, también nosotros tendremos que descubrir en el rostro de los más sufridos o perseguidos, el tesoro que en este día desfila a lo largo y ancho de nuestro mundo en la procesión del Corpus: el amor infinito de Dios en la Eucaristía.¡DIOS ESTÁ AQUÍ! ¡VAYAMOS NOSOTROS CON ÉL!
En el cielo, pero sin olvidar lo que dejaste en la tierra
Al hombre, que a veces te sigue pero se pierde
al mundo, que viniendo de tus manos, dice vivir sin Ti.
TAN CERCA Y TAN LEJOS, SEÑOR
En la mano que se abre, porque sabe que es mano tuya
y en el corazón que se cierra
porque hace tiempo que olvidó o no sabe ya amarte
En los labios que, pronunciando tu nombre,
consiguen que los ojos brillen de emoción
y en los pies que, por ser exigentes tus caminos,
decidieron desertar y desviarse hacia otros destinos
TAN CERCA Y TAN LEJOS, SEÑOR
En el paladar que, con veneración recibe tu Cuerpo
y en el lama del que, sabiéndose pequeño,
se siente inmensamente grande cuando entras en ella
En el pensamiento, cuando sólo en Ti piensa
o en la mente que se siente iluminada por tu presencia
TAN CERCA Y TAN LEJOS, SEÑOR
Hoy, cuando divisas nuestras calles y nuestras plazas,
cuando ves nuestras miserias y nuestra fiesta
nuestra pobreza y nuestra crisis económica y moral
te sentimos, Señor, cerca y lejos a la vez.
Cerca, cuando a Ti confiamos nuestro futuro
y, lejos, cuando nos empeñamos
en desterrarte de lo inmediato
Cerca, cuando en Ti ponemos nuestras esperanzas
y, lejos, cuando nos sentimos señores de la existencia
Cerca, cuando a Ti sólo adoramos y cantamos
lejos, cuando nos postramos ante otros dioses y amos
Cerca, cuando miramos al cielo buscando respuestas
lejos, cuando clavamos los ojos en la efímera tierra
¡TAN CERCA Y TAN LEJOS, SEÑOR!
No dejes, con tu Cuerpo y con tu Sangre
de alimentar los huesos y las venas de nuestro mundo
No dejes, con tu Palabra, de animar nuestro decaimiento
No dejes, con tu mirada, de guiar nuestros pasos inciertos
No dejes, con tu mano, de sacarnos de tanta incertidumbre
¡Nos haces falta tanto, Señor!
Hoy, porque queremos tu Bendición, Santa y Eterna
te hemos sacado del templo donde tu gloria habita
Para que tiñas con la esperanza a este pueblo que te ama
para que pongas futuro allá donde todo parece fracaso
para que siembres en nosotros testimonio y valentía
para que nos hagas ser custodias de carne y corazón
para que, hoy que te dignas pisar nuestras calles de cemento,
nos ayudes a buscar y nunca perder
aquellas otras que conducen hacia la Ciudad del Cielo
¡Gracias, Señor, por tu presencia!
¡Gracias, Señor, por tu inmenso amor!
¡Gracias, Señor, por tu pan multiplicado!
¡Gracias, Señor, por tu entrega sin tregua!
¡Gracias, Señor, por llamarnos al amor con tu AMOR!
jueves, 7 de junio de 2012
X Dgo del T.O. (Mc 14, 12-16.22-26) Corpus Christi- Ciclo B: Lo podíamos haber comido todos los días
Viajaron en un viejo barco de vapor recluidos en su camarote durante todo el viaje para no malgastar sus pocos ahorros. Todas sus comidas consistían en pan y queso. La víspera del desembarco, el más pequeño de los hijos, un muchacho de nueve años, suplicó insistentemente a su padre que le dejara salir para comprarse una manzana, estaba ya enfermo de tanto pan y queso. El padre después de regañarle y, de mala gana, le dio unos céntimos para que subiera a cubierta y se comprara la manzana. Y le ordenó que volviera inmediatamente al camarote.
El muchacho salió, el tiempo pasaba y no regresaba, su padre preocupado por la tardanza fue en su búsqueda. Lo buscó en el comedor del barco y cual no fue su sorpresa al verle comiendo una cena suculenta. Pensando en el gasto, se indignó y empezó a echarle una reprimenda. El muchacho se levantó y le dijo: "Papá es todo gratis. Lo podíamos haber comido todos los días. La comida está incluida en el pasaje".
Como en la historia del pan y del queso, muchos cristianos corren el riesgo de encerrarse en sus devociones: su rosario, sus novenas, sus romerías, su grupo…y no enterarse de que hay un alimento gratis y más importante para la vida cristiana que todas las devociones: el Cuerpo de Cristo.
"Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre no tenéis vida eterna".
Muchos cristianos recluidos en sus casas y en sus negocios nunca vienen a este magnífico comedor y no se enteran de que Jesús nos dejó un alimento gratis para vivir unidos a Él y a los hermanos.
Los primeros cristianos decían: "No podemos vivir sin celebrar el día del Señor". No podemos vivir sin alimentarnos del Señor.
El Cuerpo de Cristo.
Cuando digo el "Cuerpo de Cristo", hablo de un ser humano inteligente, amante… Alguien tan como nosotros que durante treinta años ninguno de sus paisanos vio nada especial en él.
San Pablo en 1 Corintios 11, 24 dice: "Este es mi cuerpo entregado por vosotros". Esta es la razón de su cuerpo, la razón de su encarnación, por vosotros, por ti, por mi.
El Hijo de Dios te amó tanto que te dejó su cuerpo resucitado en las especies del pan y vino, el Cristo sacramento, oculto pero real, y entregado por ti.
Un cuerpo que no podemos imaginar pero sí podemos adorar.
Una presencia que no podemos discutir pero sí podemos adorar.
Su cuerpo… por ti.
"Así como el pan es uno, nosotros, aunque somos muchos, somos un cuerpo, porque participamos del mismo pan". "Vosotros sois el cuerpo de Cristo". Juntos formamos la iglesia, juntos formamos el cuerpo de Cristo. Somos uno en Cristo Jesús. Y ya nadie puede decir a nadie en la comunidad: no te necesito.
Cada parroquia, grande o pequeña, entusiasta o aburrida, vieja o joven, rica o pobre, está llamada a ser consciente de que representa al mismo Jesucristo, de que tiene que hacerle presente a través del amor y del servicio. Y tiene que seguir ofreciendo a todos la oportunidad de alimentarse en la mesa del Señor. Restaurante dominical para celebrar lo que Dios hace en nosotros y a través de nosotros. Restaurante abierto a todos para llegar sanos y salvos al final de nuestra travesía a un puerto desconocido y sin nombre. Allí nos espera una sorprendente bienvenida.
domingo, 26 de junio de 2011
Palabra para la Misión: La Eucaristía, alimento para la Misión en el desierto del mundo
Año A - Domingo 26.6.2011 - Por EUNTES
Deuteronomio 8,2-3.14-16 / Salmo 147 / 1Corintios 10,16-17
Juan 6,51-58
Reflexiones
Tras su liberación de la esclavitud de Egipto, el pueblo tuvo que afrontar el desierto (I lectura) “inmenso y terrible, con dragones y alacranes, un sequedal sin una gota de agua” (v. 15). En el duro camino hacia la libertad, el Señor acompaña al pueblo con sus dones, con su palabra y sus acciones: en especial el regalo del maná y del agua sacada de una roca de pedernal (v. 16). Dones que es necesario recordar y no olvidar (v. 2.14). (*)
Jesús (Evangelio) promete un don superior al maná (v. 58). Un don que es preciso descubrir, proponer y compartir con otros: “Si tú conocieras el don de Dios”, dijo Jesús a la mujer samaritana (Jn 4,10). La Eucaristía es el don nuevo y definitivo que Jesús confía a la Iglesia peregrina y misionera en el desierto del mundo. Es mucho más que el simple recuerdo de una gran hazaña del pasado: es, hoy, el don del Viviente. “El recuerdo bíblico introduce nuevamente al creyente en la historia de la salvación, actualizando en el hoy los eventos del pasado. Este es el sentido de la palabra memorial que en el Nuevo Testamento se aplica también a la Eucaristía… La Eucaristía es el recuerdo de la muerte y resurrección de Cristo, es la certeza de su continua presencia como alimento del hombre peregrino, en la espera de su venida” (G. Ravasi).
La Eucaristía es fuente y sello de unidad (II lectura): siendo comunión con la sangre y el cuerpo de Cristo, debe llevar a la comunión fraterna entre todos los que comen del mismo pan. De la Eucaristía nace necesariamente un generoso estímulo al encuentro ecuménico y a la actividad misionera, “para que una misma fe ilumine y un mismo amor congregue a todos los hombres que habitan en un mismo mundo” (Prefacio). La persona y la comunidad que realizan la experiencia viva de Cristo en la Eucaristía se sienten motivadas a compartir con los demás el don recibido en la Palabra y en el Sacramento: la misión nace de la Eucaristía y conduce a ella. El misionero lleva por el desierto del mundo la única respuesta válida, Cristo, buena noticia de vida para los pueblos.
(Comboni y sus compañeros celebraron la Eucaristía en el desierto de Korosko, Sudán, 1857).
La Eucaristía nos enseña a derribar las barreras que impiden o mortifican el desarrollo de la vida: nos da la fuerza para defender la vida de cada persona, convencidos de que ‘nadie sobra’ en la aldea global de la humanidad; para vencer la espiral de violencia mediante el diálogo, el perdón y el sacrificio de sí mismos; para romper las cadenas del acaparamiento de los bienes promoviendo por doquier el compartir y la solidaridad.
La aldea global solo puede tener un único banquete global, en el cual todos los pueblos tienen el mismo derecho a participar; del cual nadie debe ser excluido o discriminado, por ninguna razón. Desde siempre, este es, y solamente este, el proyecto del Padre común para toda la familia humana (cf Is 25,6-9). Este es el sueño que Él confía, para que se realice, a la comunidad de los creyentes.
(*) “La santa inquietud de Cristo ha de animar al pastor: no es indiferente para Él que muchas personas vaguen por el desierto. Y hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad, del amor quebrantado. Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre. Los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores. Por eso, los tesoros de la tierra ya no están al servicio del cultivo del jardín de Dios, en el que todos puedan vivir, sino subyugados al poder de la explotación y la destrucción. La Iglesia en su conjunto, así como sus Pastores, han de ponerse en camino como Cristo para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud”.
Homilía en el solemne inicio del Pontificado, Roma, 24 de abril de 2005
- 26/6: SS. Cuerpo y Sangre de Cristo, pan vivo, para que todos tengan vida en abundancia. - Día de la caridad del Papa.
- 26/6: S. Vigilio (+405), tercer obispo de Trento (Italia), evangelizador de la región con la ayuda de tres misioneros procedentes de Capadocia (actual Turquía); murió mártir en el Valle Rendena.
- 26/6: S. Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975), sacerdote español, fundador del Opus Dei, para promover el ideal de la santificación en la vida ordinaria y en el trabajo.
-26/6: B. Santiago de Ghazir (Líbano, 1875-1954), sacerdote capuchino, fundador; desarrolló una predicación admirable en Líbano, Palestina, Irán y Siria.
- 26/6: Día Mundial de Apoyo a las Víctimas de la Tortura (ONU, 1987).
- 28/6: S. Ireneo (135-202 ca.), nacido en Esmirna (Asia Menor), discípulo de S. Policarpo, fue obispo de Lyon, gran evangelizador de la Galia; es uno de los Padres de la Iglesia.
- 29/6: SS. Pedro y Pablo, Apóstoles, misioneros y fundadores de la Iglesia de Roma y de otros lugares; fueron martirizados bajo el emperador Nerón (+64-67 ca.). – Día de la caridad del Papa.
- 29/6: B. Raimundo Llull (Mallorca, 1235-1316), terciario franciscano, estudioso y escritor; fue a África como misionero para entablar un diálogo fraterno con los sarracenos; allí fue martirizado.
- 30/6: B. Basilio Velyckovskyj (1903-1973), obispo y mártir greco-católico ucraniano; perseguido duramente en su patria, fue expulsado y murió en exilio en Winnipeg (Canadá), a consecuencia de una dosis de veneno con efecto lento, que le inyectaron antes de expulsarlo (1972).
- 1/7: Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. De su Corazón traspasado nace la Iglesia misionera. – Jornada Mundial para la Santificación de los Sacerdotes.
- 1/7: S. Oliviero Plunkett (1629-1681), nacido en Irlanda, estudió en Roma y enseñó teología en el Colegio de Propaganda Fide; fue arzobispo de Armagh (Irlanda) y martirizado en Londres.
- 1/7: B. Ignacio Falzón, clérigo de Malta (La Valletta, 1813-1865), entregado a la instrucción cristiana y a la conversión de militares y marineros.
- 1/7: B. Antonio Rosmini (1797-1855), sacerdote y fundador, hombre de extraordinaria profundidad de pensamiento y de vida cristiana. Por algunos escritos fue incomprendido y condenado injustamente por la jerarquía de la Iglesia, hacia la cual él guardó siempre amor y obediencia. Fue beatificado en 2007.
Publicado por CAMINO MISIONERO en 11:48 0 comentarios
Etiquetas: corpus, el domingo, palabra para la mision, recomendados








SEGUIR LEYENDO
CERRAR NOTA












Sigue Conociendo
INICIO




