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MISIONEROS EN CAMINO: Nuestras eucaristías en la fiesta del Cuerpo de Cristo
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viernes, 8 de junio de 2012

Nuestras eucaristías en la fiesta del Cuerpo de Cristo



Celebramos hoy la fiesta del Cuerpo de Cristo. Jesús se reunía con sus discípulos al final de cada jornada, de camino por las tierras y poblados de Galilea. Era la comida del día, comentaban cuanto habían vivido con las gentes: Eran comidas abiertas a cuantos quisieran participar, no solo sus discípulos, también asistían publicanos, marginados, pecadores y personas que querían estar y conversar y con el Maestro. Jesús acogía a todos como amigo. Su mensaje era bien conocido: “todos tienen un lugar en el corazón de Dios”.

Jesús celebró una cena muy singular, fue la última, de despedida, cargada de tristeza, todos pensaban en algo trágico ya inminente. Al final de la cena Jesús tomo pan y una copa con vino y pronunció las palabras que acabamos de escuchar: “Este es mi cuerpo, esta es mi sangre…el que come de este pan vivirá en mi para siempre, tiene ya vida eterna y yo le resucitaré en el último día…, cada vez que hagáis esto en mi memoria, yo estaré presente entre vosotros”. Todos comieron y bebieron el pan que Jesús partió y de la copa que les ofreció.

Jesús resucitado abrió los ojos a sus amigos que llegaron comprender y a hacer suyo su verdadero deseo al instituir lo que llamaron la “fracción del pan, la Eucaristía.” Sabían que nadie quedaría ya solo, que Jesús estará siempre presente con sus seguidores en la comunidad cristiana al celebrar “la fracción del pan”. Es lo que ahora estamos celebrando nosotros.

Así lo entendieron las primeras comunidades cristianas. Jesús era alguien de su tiempo, conocido por ellos, le habían visto y oído; celebraban las asambleas eucarísticas con emoción, estaban convencidos de la nueva presencia de Jesús resucitado en la palabra que escuchaban, recordaban y creían que en la fracción del pan recibían su presencia, su Espíritu para ser sus testigos, tal como lo había prometido Jesús; era el momento culminante de la comunidad cristiana.

La Eucaristía era un encuentro de verdadera hermandad de quienes querían seguir a Jesús en sus vidas, celebraban su presencia y ante todo le daban gracias. Iniciaban la Eucaristía haciendo entregas de sus bienes para ayudar a quienes pasaban necesidad. Se daban la paz como hermanos. Recordaban que el considerarse hermanos era la verdadera señal del seguimiento a Jesús; Él había insistido en que su mandamiento era amarnos como Él nos amaba; que el mal, el pecado está en el corazón de quien no ama, de quien hace daño, de quien provoca que haya necesidad, que haya pobres, desvalidos, personas a quienes se niega la verdadera dignidad humana; repetían con fe las palabras y los hechos de Jesús y los introducían en su corazón. Todos sabían que al comer de aquel pan recibían la presencia del Señor, su aliento, su fuerza en sus vidas.

Creían firmemente que recibir a Jesús supone identificarnos con El, asimilar en nuestra persona su pensamiento, sus criterios, sus actitudes, su pasión por la vida, su predilección por los pobres, y que Jesús da nuevo sentido a nuestra existencia humana y nos ofrece la vida definitiva con Dios, que empieza ya aquí.

¿Y hoy? Después de veinte siglos de cristianismo, la eucaristía puede parecer a muchos una celebración piadosa reservada sólo a personas ejemplares y virtuosas con la que celebran sus fiestas. Parece que solo pueden acercarse a comulgar con Jesús quienes se consideran dignos de recibirlo con alma pura. Pero el Señor “abría su mesa” a todos los que querían seguirle, también a pecadores que buscaban perdón y consuelo; a gentes con el corazón roto deseando amor y amistad, a quienes desean una vida digna. Es bueno que en esta fiesta del Corpus recordemos cómo era Jesús.

Hoy nos hemos de preguntar ¿nuestras eucaristías, siguen el deseo de Jesús? Es triste ver la deserción generalizada de quienes piensan que nuestras celebraciones son un mero precepto eclesiástico y hacen de su asistencia a ellas un acto de cumplimiento social. ¿No seremos nosotros también responsables de que las eucaristías recuerden tan poco el espíritu con que Jesús la instituyó?

La Eucaristía encierra los valores más ricos de nuestra fe, es el gran legado de Jesús, es asumir su presencia buena, salvadora en nuestras vidas. Recordemos que la fe pertenece a la esfera humana más honda, más personal y que todo lo que es personal corre peligro de abandono si no se alimenta.

Quien no alimenta conscientemente su fe, la va perdiendo. Quien no participa con otros creyentes en la Eucaristía para escuchar el Evangelio, orar a Dios y reavivar su espíritu ante la presencia de Jesús está en peligro de vaciar su fe. Es la triste realidad actual, posiblemente en nuestras propias familias, tal vez en nosotros mismos.

No dejemos la eucaristía, peligra nuestra religiosidad. Pero hagamos de ella lo que Jesús deseó al dejarnos este maravilloso regalo. Jesús nos ayudará a superar las contradicciones y pecados que podemos observar en quienes se atribuyen con ligereza el nombre de cristianos y vemos en ellos conductas que nos escandalizan. Dios es quien conoce nuestro corazón, dejemos que sea Él quien juzgue. Nosotros tratemos de cumplir su palabra y hacer lo posible para que el Reino de Dios vaya afianzándose entre nosotros.

No nos hemos de extrañar de que Cáritas nos traiga hoy el recuerdo de los necesitados, es sin duda el deseo de Jesús, su mandamiento fue amarnos y compartir nuestros bienes con los que pasan necesidad. De algún modo Cáritas nos invita a guardar la memoria de las primitivas comunidades. Afortunadamente en nuestro mundo a Cáritas le acompañan otras muchas organizaciones solidarias con las calamidades, con las injusticias, las tristezas que perviven en el mundo de hoy, todo ello nos puede ayudar a ser fieles en nuestro seguimiento a Jesús.

Pensemos que en la medida en que vivamos ausentes y de espaldas a los problemas de nuestros hermanos, en la medida en que en nosotros no haya amor, en esa misma medida nuestras eucaristías resultan vacías. El prometió su presencia cuando nos reunimos en su nombre, cuando amamos, cuando nos comprometemos con quienes trabajan por realizar la justicia, la paz en nuestro mundo.

Celebremos hoy esta fiesta del Cuerpo de Cristo, la expresión más fiel del amor de Jesús hacia nosotros, como una fiesta de agradecimiento a Dios por este regalo increíble que nos da en su Hijo, en Él encontramos su Espíritu, la fuerza para seguirle, y también para cumplir en esta festividad su deseo de amar como él nos ama, en estos tiempos en los que el amor parece derrotado por el egoísmo financiero y por la pobreza y aun miseria de gran parte de la humanidad, será un deseo de asumir el significado de las palabras de Jesús que nos abren al verdadero vivir: “El que come de este pan vivirá en mi para siempre, tiene ya vida eterna”.


WebJCP | Abril 2007