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sábado, 11 de mayo de 2013

Cristo que asciende, Cristo que bendice / Fiesta de la Ascensión – Ciclo C – Lc. 24, 46-53 / 09.05.13 y 12.05.13


Pistas de exégesis (qué dice el texto)
Allí donde miles de cristianos tienen el esquema mental de una resurrección con una ascensión a los cielos a los cuarenta días, desapareciendo entre las nubes, hoy los estudios bíblicos obligan a difundir la intención interpretativa de la ascensión narrada en el Nuevo Testamento.
En primer lugar, conviene identificar para qué corrientes neotestamentarias la ascensión es un hecho narrable. En el final primitivo de Marcos (el que culmina en Mc 16, 8) y en Mateo, de la ascensión no se habla. En el Evangelio según Juan, la cuestión es más complicada. El autor no conserva una escena específica de Jesús elevándose a los cielos, pero hace referencia al tema cuando, en el jardín del sepulcro, el Resucitado recomienda a María Magdalena: “Deja de tocarme, que todavía no he subido al Padre. Pero vete a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y su Padre, a mi Dios y su Dios” (Jn 20, 17). Se supone que, inmediatamente a este encuentro, Juan situaría la subida al Padre, puesto que en la aparición a los discípulos y a Tomás, el Resucitado ya sí se deja tocar, invitando a que el apóstol incrédulo coloque el dedo en el agujero de los clavos y la mano en el costado (cf. Jn 20, 27).
Decimos que la cuestión es más complicada porque Jesús, tras la Pascua, sólo permanece unos instantes antes de la ascensión, y se aparece a discípulos después de haber ascendido. En su condición antes de la ascensión no se lo puede tocar; luego sí. La posible explicación para esta cronología joánica es la elaboración teológica avanzada de esta comunidad, que ha comprendido cómo los sucesos pascua-ascensión pertenecen a la misma dimensión, aunque catequéticamente conviene separarlos por un tiempo prudencial para que sus características particulares no se disuelvan.


Así nos queda por analizar la obra de Lucas (Evangelio y Hechos de los Apóstoles). Es este autor quien más influyó en la concepción cristiana tradicional sobre la ascensión. Pero Lucas tiene dos relatos de ascensión, y los mismos difieren entre sí en dos puntos. El primero es la cronología; mientras que el Evangelio según Lucas sitúa la ascensión en el final del mismo día de resurrección, Hechos de los Apóstoles asegura que el Resucitado se dejó ver por sus discípulos durante cuarenta días (cf. Hch 1, 3), y que tras estas apariciones, ascendió. El segundo punto de divergencia es lo que sucede de inmediato después la ascensión; según el Evangelio, los discípulos volvieron a Jerusalén y bendecían a Dios en el Templo, pero para Hechos, aparecen dos hombres vestidos de blanco que anuncian la parusía, la segunda venida del Cristo (cf. Hch 1, 10-11), antes del regreso a Jerusalén.

A este problema de discordancia lo podemos entender si la ascensión es vista desde distintas dimensiones. En el final del Evangelio, la perspectiva es más cristológica. En el comienzo de Hechos, es más eclesiológica. La lectura de hoy hace hincapié en el último mensaje de Jesús a sus discípulos, donde se comienza con un anuncio kerygmático que alude a la Escritura: el Cristo debía morir y resucitar, y se predicará en su nombre la conversión. Los discípulos son testigos de ello, del hecho cristológico. Cuando sean revestidos por la fuerza de lo alto, que es la promesa del Espíritu Santo, podrán anunciar con valentía y sin temor ese kerygma. En esta ascensión, el Resucitado es presentado bendiciendo, y la figura del Templo de Jerusalén es el último escenario que se menciona en el Evangelio. Con estos dos elementos (bendición y templo), Lucas hace el parangón con el inicio de su libro, que da comienzo también en el Templo (cf. Lc 1, 8-9), cuando Zacarías, padre de Juan el Bautista, tiene la visión del ángel; al salir fuera, donde lo esperaba todo el pueblo, no podía hablar (cf. Lc 1, 21-22), y por lo tanto, no podía bendecir.
En el comienzo de Hechos de los Apóstoles, en cambio, el hincapié es eclesiológico. Al autor le interesa mostrar ahora la dimensión de la vivencia discipular de la ascensión. En el final de su primer libro, el Evangelio, quedó claro que la ascensión es parte fundamental para entender lo cósmico de la cristología. En Hechos, quedará claro que la vida de la Iglesia es la vida de los testigos, o sea, de los mártires en lenguaje griego. Para leer la escena de la ascensión hay que recordar el arrebatamiento de Elías en el Segundo Libro de los Reyes. Allí, cuando Eliseo pide a Elías que dos tercios del espíritu profético pasen de su maestro a él, Elías le replica: “Pides algo difícil; si alcanzas a verme cuando sea arrebatado de tu lado, entonces pasará a ti; si no, no pasará” (2Rey 2, 10). La condición, entonces, para que el espíritu de profecía sea comunicado del maestro al discípulo, es que éste pueda verlo cuando se eleva a los cielos. Como no podía ser de otra manera, Eliseo ve el arrebato de Elías y recibe el espíritu (cf. 2Rey 2, 11-15). Las similitudes con el texto lucano saltan a la vista. Los discípulos de Jesús reciben la orden de permanecer en Jerusalén para recibir el Espíritu Santo (cf. Hch 1, 8), y tras ver cómo su Maestro es elevado a los cielos (cf. Hch 1, 9), el día de Pentecostés son llenados por ese Espíritu (cf. Hch 2, 1-4).

Que la Pascua implica la ascensión es indiscutible. El paso a la vida nueva de Dios es el paso a la dimensión divina y a su órbita. Quien resucita, entra al espacio de Dios, de por sí. Por eso las distintas separaciones temporales elegidas por los diferentes autores del Nuevo Testamento importan más en el orden catequístico que en cuanto a cronología exacta. Para explicar la Pascua lo más profundamente posible, y para explicar la ascensión en su dimensión particular, la tradición cristiana decidió separar ambos sucesos que, en su esencia íntima, no son más que uno solo. Litúrgicamente, inclusive, la fecha de celebración de la ascensión tiene dos opciones: en algunos lugares se festeja a los cuarenta días del domingo de pascua de cada año (un jueves); en otros sitios, el domingo antes de Pentecostés.

Pistas hermenéuticas (qué nos dice el texto)
Los sacerdotes del Templo, o sea, de la Antigua Alianza, quedan mudos por su incredulidad, y ya no pueden bendecir; el nuevo Sacerdote que es el Cristo, es la fuente de todas las bendiciones. El Cristo que asciende es el Cristo que bendice. Sólo puede bendecir con fuerza y con eficacia el que vive la vida de Dios. Aquellos que pretenden bendecir desde arriba, por la fuerza, como imponiendo su posición de autoridad, son los que no dicen nada. Hablan y hablan palabrería, pero en los oídos resuena una sordera. Tienen palabras vacías y, desde su origen, palabras mentirosas. Muchos se adjudican la capacidad de bendecir, y ostentan vestimentas fabricadas especialmente para la bendición. Sin embargo, Cristo muerto y resucitado, les demuestra que para tener una verdadera palabra de bendición, hay que saber estar. Jesús estuvo con el pueblo pobre, vivió entre los campesinos, artesanos y pescadores de la Galilea, pagó impuestos y sufrió la bota de la opresión romana. Resucitó y, en lugar de vengarse de sus homicidas, siguió hablando del Reino de Dios a los discípulos, con conceptos como amor y paz. Ascendió a los cielos, no para olvidarse de la tierra que lo había cobijado y maltratado, sino bendiciendo a esos seres humanos que quedaban en una vida que no es fácil y es maravillosa. La bendición, justamente, es su manera de estar, aún desapareciendo físicamente. Su bendición es la palabra fructífera para un puñado de discípulos y un mundo por evangelizar.

¿Quién puede atreverse a bendecir con semejante modelo? ¿Quién puede animarse a ostentar palabras de promesas si no vive la vida del pueblo? En el partidismo político de hoy y de siempre, varones y mujeres de carrera gubernamental, quieren endulzar el oído de la gente con bendiciones que salen de sus bocas. Ellos también ascienden, hacia tronos y puestos en secretarías, pero no lo hacen para estar más cerca, ni siquiera para estar. Ellos ascienden para separarse, para estar lejos, para no contaminarse, para no ser molestados. Pretenden bendecir a la distancia, sin compromiso, sin caminar las calles, sin vivir en un rancho, sin contar las monedas para llegar a fin de mes. Pretenden estar arriba ignorando el abajo. Esa no es la política de Jesús.

Si la Iglesia predica a un Cristo que ascendió para nunca más estar entre nosotros y dirigirnos desde una nube, está dando pie a interpretaciones erróneas de la autoridad y del poder de la palabra. Si, en cambio, la Iglesia le hace sentir a los pueblos que Cristo camina entre nosotros, que se sigue ensuciando los pies con el polvo nuestro de cada día, que sigue tocando leprosos y comiendo con prostitutas, entonces los pueblos se darán cuenta que muchos políticos mienten, y que la única palabra válida es la Palabra de aquel que, siendo Dios, compartió las penas y las alegrías de ser humano. Siendo Dios, antes de ascender, descendió.

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¡SALID, AMIGOS Y AMIGAS!

¡Salid, amigos y amigas!
Marchad sin miedo.
Vosotros sois mis testigos en medio del mundo.

¡Salid, amigos y amigas!
Marchad sin miedo.
Sed expresión de la ternura del Dios de la vida.

Ternura en vuestro rostro,
ternura en vuestros ojos,
ternura en vuestra sonrisa,
ternura en vuestras palabras,
ternura en vuestras obras,
ternura en vuestra lucha.

¡Salid, amigos y amigas!
Marchad sin miedo.
Os esperan fuera ciudadanos y vecinos.

Vosotros sois mis manos
para construir un mundo nuevo
de fraternidad, libertad y justicia.

Vosotros sois mis labios
para anunciar a pobres y marginados
la buena noticia de la libertad y la abundancia.

Vosotros sois mis pies
para acudir al lado de las personas
que necesitan gestos de ánimo y palabras de bien.

Vosotros sois mi pasión
para hacerme creíble en vuestras casas y ciudades
y lograr que niños y adultos vivan como hermanos.

Vosotros sois mi avanzadilla
para lograr la primavera del Reino
y ofrecer las primicias a los que más lo necesitan.

¡Salid, amigos y amigas!
Marchad sin miedo.
Derramad por doquier ternura y vida.

¡Salid, amigos y amigas!
Marchad sin miedo.
Mirad toda esa multitud que os espera.

Marchad con alegría.
¡Yo os acompaño todos los días!




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¿LA META? ¡EL CIELO!

VII Domingo de Pascua (Lc 24, 46-53) 
DOMINGO DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

“Hablen ustedes un poco más del cielo….que no nos dicen nada”. Así se expresaba una joven al finalizar una misa por un fallecido. Y es que, queriendo o sin querer, ocultamos verdades como un templo o, por lo menos, se diluyen como el azúcar en el agua. Lo cierto es que, así como es fácil hablar de las cosas de la tierra ante el auditorio, no lo es tanto hablar de aquello que no conocemos pero en lo que sí creemos: LA CIMA QUE NOS AGUARDA. EL CIELO.

1.- La Pascua va tocando a su fin. Jesús, que después de donarse generosamente por nosotros, murió y resucitó, en la solemnidad de la Ascensión está llamado a vivir definitivamente en la presencia de Dios.


Con Dios estuvo, unido en la tierra, pero –ahora físicamente y cara a cara- rodeado por la gloria celeste, disfruta de la vida de Dios, con Dios y en Dios. ¡Felicidades, Jesús! ¡Tú fidelidad y tu entrega te hacen digno de este premio, de este buen final!

En ese ascenso de Cristo hacia el cielo, nos deja marcado un surco para que, los que aspiramos a vivir en esa gloria de Dios, no nos desviemos. Jesús, al entrar en el cielo, señala una puerta abierta a todos los que creemos en El y vivimos en El. Al igual que los apóstoles, asombrados ante este Misterio, también nosotros nos quedamos maravillados ante lo que nos aguarda. Nuestra profesión de fe (Cristo es el Salvador) nos hace soñar, anhelar, gustar y luchar por esa patria celeste; por esa ascensión personal a la que todo creyente estamos llamados a realizar. Cristo, como cabeza, ha ido delante y nosotros, como su cuerpo, marcharemos detrás ¿Aspiramos a ello? ¿No nos quedamos –frecuentemente- instalados y sentados en el cómodo salón del mundo? Aspirar al cielo, es bueno; luchar por El –como Jesús lo hizo- se hace más cuesta arriba. Merece la pena intentarlo.

2.- El Señor, una vez más, nos da testimonio de lo que es: Hijo de Dios. Como tal, para que no lo olvidemos, se pone en cabeza. Que no perdamos de la órbita de nuestras aspiraciones el contemplar cara a cara al mismo Dios. Como cristianos, en esta fiesta de la Ascensión del Señor, nos hemos de comprometer más activamente en y con la misión de Jesús. No podemos quedarnos mirando al cielo (con la vista perdida) pero tampoco clavados en lo pasajero o incluso creyendo que, la Iglesia, es una especie de ONG (como muy bien alertaba el Papa Francisco en el inicio de su pontificado.

3.- Muchas cosas que decía y hacía Jesús, no las entendieron aquellos amigos de Jesús (los apóstoles). Se les hizo duro el duro lenguaje de “morir para resucitar”. Pero al final, los discípulos, volvieron a Jerusalén con alegría y alabando a Dios. Eso, entre otras cosas, se ha de ver en nuestros semblantes cristianos (la alegría y el gozo) y escuchar de nuestros labios (lo que somos y qué significa Jesús de Nazaret para todos nosotros). No escondamos aquello que profesamos: Jesús alegría del mundo, muerto y resucitado, asciende a los cielos para mostrarnos –más a las claras todavía- su victoria. ¡Enhorabuena, Señor!

4.- ¡DEJANOS LA PUERTA ABIERTA, SEÑOR!

Para gozar contigo, en la presencia de Dios
cantando y proclamando
, con los ángeles y mil coros celestiales,
que eres Santo y Dios,
Dios y Santo,
eternamente santo por los siglos de los siglos.

¡DEJANOS LA PUERTA ABIERTA, SEÑOR!

Y, después de entrar Tú en el reino de los cielos,
Comprender esperando
que, un día también nosotros,
tendremos un lugar en algún rincón eterno
Y, al contemplar la grandeza de Dios,
festejar, en la gloria de ese inmenso cielo,
que ha merecido la pena ser de los tuyos
permanecer firmes en tus caminos
guardar tu nombre y tu memoria
meditar tu Palabra y tu mensaje
soñar con ese mundo tan diferente al nuestro


¡DEJANOS LA PUERTA ABIERTA, SEÑOR!

Que no la cierre el viento del camino fácil
Que no la empuje nuestra falta de fe
Que no la obstruya nuestro afán de tener aquí


¡DEJANOS LA PUERTA ABIERTA, SEÑOR!

Para vivir y morar contigo
Para amar y vivir junto a Dios
Para sentir el soplo eterno del Espíritu
Para gozar en el regazo de María Virgen
¡NO NOS CIERRES LA PUERTA DEL CIELO, SEÑOR!


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Evangelio Misionero del Día: 12 de Mayo de 2013 - DOMINGO DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (SOLEMNIDAD)

Revestíos de la fuerza de lo alto

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 24, 46-53

Jesús dijo a sus discípulos:
«Así está escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto. Y Yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto».
Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo.
Los discípulos, que se habían postrado delante de Él, volvieron a Jerusalén con gran alegría, y permanecían continuamente en el Templo alabando a Dios.

Compartiendo la Palabra

LA BENDICIÓN DE JESÚS

Son los últimos momentos de Jesús con los suyos. Enseguida los dejará para entrar definitivamente en el misterio del Padre. Ya no los podrá acompañar por los caminos del mundo como lo ha hecho en Galilea. Su presencia no podrá ser sustituida por nadie.
Jesús solo piensa en que llegue a todos los pueblos el anuncio del perdón y la misericordia de Dios. Que todos escuchen su llamada a la conversión. Nadie ha de sentirse perdido. Nadie ha de vivir sin esperanza. Todos han de saber que Dios comprende y ama a sus hijos e hijas sin fin. ¿Quién podrá anunciar esta Buena Noticia?
Según el relato de Lucas, Jesús no piensa en sacerdotes ni obispos. Tampoco en doctores o teólogos. Quiere dejar en la tierra "testigos". Esto es lo primero: "vosotros sois testigos de estas cosas". Serán los testigos de Jesús los que comunicarán su experiencia de un Dios bueno y contagiarán su estilo de vida trabajando por un mundo más humano.
Pero Jesús conoce bien a sus discípulos. Son débiles y cobardes. ¿Dónde encontrarán la audacia para ser testigos de alguien que ha sido crucificado por el representante del Imperio y los dirigentes del Templo? Jesús los tranquiliza: "Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido". No les va a faltar la "fuerza de lo alto". El Espíritu de Dios los defenderá.
Para expresar gráficamente el deseo de Jesús, el evangelista Lucas describe su partida de este mundo de manera sorprendente: Jesús vuelve al Padre levantando sus manos y bendiciendo a sus discípulos. Es su último gesto. Jesús entra en el misterio insondable de Dios y sobre el mundo desciende su bendición.
A los cristianos se nos ha olvidado que somos portadores de la bendición de Jesús. Nuestra primera tarea es ser testigos de la Bondad de Dios. Mantener viva la esperanza. No rendirnos ante el mal. Este mundo que parece un "infierno maldito" no está perdido. Dios lo mira con ternura y compasión.
También hoy es posible buscar el bien, hacer el bien, difundir el bien. Es posible trabajar por un mundo más humano y un estilo de vida más sano. Podemos ser más solidarios y menos egoístas. Más austeros y menos esclavos del dinero. La misma crisis económica nos puede empujar a buscar una sociedad menos corrupta.
En la Iglesia de Jesús hemos olvidado que lo primero es promover una "pastoral de la bondad". Nos hemos de sentir testigos y profetas de ese Jesús que pasó su vida sembrando gestos y palabras de bondad. Así despertó en las gentes de Galilea la esperanza en un Dios Salvador. Jesús es una bendición y la gente lo tiene que conocer.

Anima a seguir a Jesús. Pásalo.

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Testigos - 7º Domingo de Pascua / La Ascensión del Señor, Ciclo C

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domingo, 5 de mayo de 2013

Palabra para la Misión: El Espíritu de amor: estímulo y garante de la Misión

VI Domingo de Pascua
Año C – 5-5-2013 / Por EUNTES

Hechos 15,1-2.22-29 / salmo 66 / Apocalipsis 21,10-14.22-23
Juan 14,23-29

Reflexiones

Jesús preanuncia a los Apóstoles los dones pascuales, frutos de su muerte y resurrección. En primer lugar, el don de un amor nuevo (Evangelio): un amor que es una ‘inmersión total’ en la Trinidad Santa que viene a habitar, a hacer morada en el que cree y ama (v. 23); un amor que se convierte en manantial de vida nueva. Luego, el don de la paz: la paz que Jesús dona, una paz diferente a la que el mundo ofrece, una paz que es más fuerte que cualquier miedo y da tranquilidad en toda dificultad (v. 27). Y sobre todo el don del “Defensor, el Espíritu Santo”, en calidad de maestro y memoria de las cosas que Jesús ha enseñado (v. 26). Esta es una promesa que atañe de cerca al camino de la Iglesia en la historia: Jesús no había podido explicar todas las consecuencias y las aplicaciones de su mensaje; por tanto, garantiza la presencia amiga de un guía seguro frente a los problemas nuevos, a los acontecimientos imprevistos, a los desarrollos de las ciencias humanas... Entre los múltiples desafíos de hoy están las nuevas pobrezas, fundamentalismos, bioética, globalización, diálogo interreligioso, ecología... El Espíritu interviene como luz, fuerza, perdón, consuelo, porque es novedad, don de amor. (*)



Las nuevas opciones que la comunidad de los creyentes en Cristo deberá tomar a lo largo de la historia, bajo la guía del Espíritu, no estarán en contradicción con el mensaje de Jesús; serán un desarrollo, una profundización creativa, una aplicación a las exigencias de las personas en tiempos y lugares diferentes. Una situación tempestuosa para la Iglesia -¡una verdadera cuestión de vida o de muerte!- se presentó casi enseguida, en torno al año 50 d.C., a escasos lustros del acontecimiento histórico de Jesús. El libro de los Hechos (I lectura) da cuenta de un “altercado y una violenta discusión” entre dos corrientes: por un lado, un grupo de cristianos procedentes del judaísmo, decididos a imponer a los paganos las prácticas de la antigua Ley antes de bautizarlos; Pablo y Bernabé, por el contrario, veían en estas prácticas el riesgo de frustrar la gracia de Cristo y eran favorables a la acogida directa de los paganos en la comunidad cristiana, sin más imposiciones (v. 1-2).


Con gran acierto, el debate se llevó al máximo nivel, en presencia y con el discernimiento de los Apóstoles en Jerusalén. Tres eran las tendencias dominantes en el Concilio de Jerusalén: la línea abierta de Pablo y Bernabé, la actitud titubeante de Pedro y la postura práctica de Santiago, obispo de Jerusalén, que medió entre Pablo y los judaizantes, con criterios pastorales y algunas concesiones transitorias (v. 29), como resulta del primer documento conciliar de la Iglesia católica (v. 23-29).


La presencia del Espíritu Santo se reconoce a lo largo de todo este atormentado camino: en la búsqueda de una comunión más intensa con los guías de la Iglesia, en el debate abierto a todos para lograr una decisión de la comunidad, en la escucha de los distintos ponentes y en particular de Pedro, en la elección de testigos creíbles para enviarlos a los hermanos de Antioquía. La presencia del Espíritu es eficaz especialmente en la neta afirmación de la salvación ofrecida a todos por medio de Cristo, facilitando así el acceso de los paganos al Evangelio, sin imponerles otras cargas. Esta decisión fue el resultado de una feliz, aunque laboriosa sinergia: “Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros...” (v. 28).


“El itinerario histórico de la Iglesia tiene su manera de progresar, no siempre lineal, como demuestra el mismo Concilio de Jerusalén. Son importantes algunas virtudes, como el dinamismo que impide a la Iglesia ser nostálgica; la fidelidad que impide desbandadas en la Iglesia; la paciencia que impide a la Iglesia ser frenética; la profecía que ayuda a la Iglesia a comprender los signos de los tiempos; la tolerancia y el diálogo que impiden a la Iglesia la enfermedad del integrismo; la esperanza que impulsa a la Iglesia a superar titubeos e incertidumbres. Pero en todo debe prevalecer la fe en el Espíritu, guía último y viviente de la Iglesia” (G. Ravasi). ¡El método conciliar-sinodal se ha comprobado y permanece válido para cada época, como camino de comunión y de misión!




Palabra del Papa

(*) “Esta es la acción del Espíritu Santo: nos trae la novedad de Dios; viene a nosotros y hace nuevas todas las cosas, nos cambia. ¡El Espíritu nos cambia!... Dios está haciendo todo nuevo, el Espíritu Santo nos transforma verdaderamente y quiere transformar, contando con nosotros, el mundo en que vivimos. Abramos la puerta al Espíritu, dejemos que Él nos guíe, dejemos que la acción continua de Dios nos haga hombres y mujeres nuevos, animados por el amor de Dios, que el Espíritu Santo nos concede”.

Papa Francisco
Homilía en la Misa para Confirmaciones, 28-4-2013


Siguiendo los pasos de los Misioneros

- 6/5: S. Pedro Nolasco (+1245 en Barcelona), fundador, junto con S. Raimundo de Peñafort y el rey Jaime I de Aragón, de la Orden de la Merced para el rescate y la redención moral de los esclavos.
- 6/5: B. Francisco de Montmorency-Laval (1623-1708), misionero francés, obispo de Quebec (Canadá).
- 6/5: B. Rosa Gattorno (1831-1900), madre de familia y viuda, fundó en Piacenza (Italia) el Instituto de las Hijas de Santa Ana, que muy pronto (1878) partieron como misioneras hacia otros continentes.
- 8/5: B. María Catalina Symon de Longprey (+1668), de las Hermanas Hospitalarias de la Misericordia, entregada al cuidado físico y espiritual de los enfermos en Quebec (Canadá).
- 8/5: S. Magdalena de Canossa (1774-1835), italiana de Verona: renunció a sus bienes patrimoniales y fundó dos Congregaciones para la educación cristiana de la juventud.
- 8/5: Jornada Internacional de la Cruz Roja (desde 1929) y de la Media Luna Roja.
- 9/5: S. Pacomio (Alto Egipto, 287-347), padre del monacato cenobítico cristiano, autor de una de las primeras Reglas monásticas.
- 10/5: S. Juan de Ávila (1500-69), entregado a las misiones populares en el sur de España, socio de los grandes reformadores de su tiempo; es doctor de la Iglesia y patrono de los sacerdotes diocesanos españoles.
- 10/5: B. Ivan Merz (1896-1928), laico de Croacia, humanista, comprometido en la vida social.
- 11/5: B. Zeferino Namuncurá (1886-1905), nacido en Argentina, miembro de la etnia mapuche de la Araucania, y fallecido en Roma, siendo aspirante de la familia salesiana, modelo de virtudes cristianas.
- 11/5: Memoria del P. Mateo Ricci (1552-1610), jesuita italiano, misionero en China: vivió, murió y está enterrado en Beijing. Fue pionero de una nueva presencia misionera y cristiana en China.

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Paz-Shalom versus Pax Romana / Sexto Domingo de Pascua – Ciclo C – Jn 14, 23-29 / 05.05.13


Pistas de exégesis (qué dice el texto)

Los que aman son habitados por el Hijo y el Padre, quienes ponen su morada en él o ella. Así como el Verbo “puso su morada entre nosotros” (Jn 1, 14), Dios arma la tienda en el discípulo. La imagen de la morada proviene de la historia veterotestamentaria sobre la Tienda del Encuentro, una especie de santuario móvil que Israel llevaba consigo en su peregrinación a manera de templo, antes de la construcción del Templo de Jerusalén. La morada había sido orden directa de Yahvé a Moisés (cf. Ex 25, 8-9); cuando el pueblo avanzaba por el desierto, la Tienda era desarmada y llevada, y cuando el pueblo se detenía, se armaba la Tienda, sobre la cual se ubicaba la nube o la columna de fuego que representaban la gloria de Dios (cf. Ex 40, 36-37); en la Tienda se encontraban cara a cara Moisés y Yahvé (cf. Ex 33, 8-11a).
Cuando Juan habla de una morada puesta entre los seres humanos, está recordando la Tienda del Encuentro. Aquella pregunta retórica que conserva el Deuteronomio sobre Yahvé sirve para los cristianos: “¿Hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está Yahvé nuestro Dios siempre que lo invocamos? (Dt 4, 7). La imagen de la morada es la imagen de la cercanía. Dios está en medio del pueblo, con la gente. Jesús es, justamente, el sacramento por excelencia de esa cercanía divina. En clave más íntima y espiritual, el discípulo puede experimentar la morada dentro suyo, como acompañamiento efectivo de su vida. Por eso Jesús puede manifestarse con plenitud a los que son capaces de abrirse al amor. Amando se conoce, y se conoce en profundidad. Hay que estar dispuesto a dejarse habitar por Dios, hay que darle espacio, dejarlo entrar, de lo contrario, la manifestación se queda en la distancia, en el conocimiento superficial. Dios se auto-revela, pero no todos guardan la Palabra. Se la escucha y oye, pero no supera el grado de lo trivial, lo voluble. Dios quiere que todos los hombres se salven (cf. 1Tim 2, 4); ahora bien, ¿todos los hombres están dispuestos a salvarse por la vía de la gracia/amor?



Es difícil dar un veredicto sobre la conciencia del concepto de Trinidad en Juan, pues se corre el riesgo de un anacronismo importante. Lo cierto es que en el pasaje leído hoy, tanto el Padre como el Hijo como el Espíritu Santo se encuentran definidos funcionalmente. El Hijo, Jesús, es el que da la Palabra y la paz. La Palabra es del Padre, bien lo aclara, pero Él la transmite, la pone en lenguaje humano. Es una Palabra que habla de muchas cosas, pero que puede resumirse en Reino y Padre. Los dichos del Hijo son dichos sobre su Padre y el proyecto que tiene para la humanidad. Ya desde el inicio, el libro hace la introducción de Jesús con el himno a la Palabra/Verbo/Logos (cf. Jn 1, 1-18). Jesús transmite palabras y es Palabra; hay que guardar sus mandamientos y guardarlo a Él; hay que creer lo que dice y creerle a su persona. En cuanto al Padre, aparece como la fuente del amor y como el que envía. La frase sobre la grandeza del Padre superior a la de Jesús, que tantos dolores de cabeza trae a la doctrina trinitaria, es una referencia más de este Hijo que sólo se entiende y se da a entender en su relación con el Padre. En el Padre comienza y termina todo, lo abarca todo, lo completa todo, y ama a todos con un amor fontal, primigenio, eterno. A partir de Él cobra sentido la Creación, la historia y el ser humano. Es Él que envía a su Hijo y que envía al Paráclito para estar presente y cercano en su pueblo. Al contrario de lo que puede creerse, Dios no desaparece ausentándose de la historia, sino que transforma su presencia. Finalmente, tenemos al Espíritu Santo, que enseña y recuerda. Es una especie de guía interior, invisible, haciendo morada en los corazones (cf. Jn 14, 17). El Espíritu Santo afecta el meollo de los varones y mujeres, acampa en los lugares recónditos de la propia persona donde se encuentran, solos y cara a cara, Dios y lo más propio de cada uno.

Una de las características del Hijo es su condición de dador de paz. En el contexto del Evangelio donde nos encontramos, la referencia es importantísima. Recordemos que estamos en la sobremesa de la última cena. Judas ya salió a la oscuridad de la noche para entregar al Maestro (cf. Jn 13, 30) y se le ha anunciado a Pedro que lo negaría tres veces antes del canto del gallo (cf. Jn 13, 38). El evangelista nos hizo notar que Jesús estuvo turbado cuando habló sobre la entrega de Judas (cf. Jn 13, 21), y que días antes hizo manifiesta su turbación cuando oró al Padre (cf. Jn 12, 27) en una oración muy similar a la de Getsemaní de los relatos sinópticos de Marcos, Mateo y Lucas. Ahora, en el discurso de despedida, en dos oportunidades pide a sus discípulos que no se turben sus corazones (cf. Jn 14, 1.27). Y es que es fácil turbarse en la situación en la que se encuentran. En esas situaciones, es necesaria la paz. En el griego del Nuevo Testamento, la palabra para la paz es eirene. En la literatura neotestamentaria aparece 96 veces, de las cuales 26 corresponden a los Evangelios. En el Evangelio según Juan aparece 6 veces, solamente en el contexto del discurso de despedida (cf. Jn 14, 24 y Jn 16, 33) y en las apariciones del Resucitado (cf. Jn 20, 19.21.26).
La paz de Jesús, distinta a la del mundo, es paz cuando abundan las tribulaciones, y paz en el orden nuevo de las cosas. No hay que esperar al fin del mundo para la paz, sino comenzar a vivirla en medio del mundo, cuando la paz es lo más necesario. En este sentido, el significado de la paz para Jesús está más cercano al concepto hebreo que al griego o al romano. Para éstos últimos, la pax (palabra latina) era la situación que se lograba mediante pactos, sociales o de guerra. El Imperio vivía la pax romana cuando los pueblos vecinos no atacaban y los ciudadanos de la oikumene aceptaban las reglas, aún si éstas fuesen injustas. La pax romana era un lema imperial y un estilo de vida. Pablo les recuerda a los tesalonicenses (cf. 1Tes 5, 3) que, mientras los romanos se confían en su slogan de paz y seguridad, la historia los desmiente y la ruina procede, precisamente, de esa convicción en una paz falsa. Por otro lado, el concepto griego de la paz está muy ligado al tiempo en que no hay guerra declarada. Se vive en paz cuando el país propio no es atacado ni está atacando en una acción bélica determinada y característica.

El concepto hebreo es el de shalom. Una posible traducción sería bienestar. La paz para el hebreo es el estado de salud integral, que implica el aspecto psíquico, el aspecto biológico y el aspecto social. No hay paz sólo cuando las guerras internacionales están ausentes, o sólo cuando el individuo logra aislarse del tumulto para estar en calma. Hay paz cuando hay bienestar en la persona, y por lo tanto, la paz puede conseguirse en ámbitos variados. Aún en medio de las tribulaciones se puede estar en paz, en estado de bienestar, dado no por las condiciones externas, sino por la salud que significa, en el caso del creyente, sentirse acompañado por Dios. Por esta razón puede Jesús dar su paz en momentos tan terribles como la noche de su apresamiento. Y que la vuelva a dar Resucitado, es signo de que lo importante para la paz es reconocer la presencia constante de Dios entre nosotros.

Pistas hermenéuticas (qué nos dice el texto)
Cuando los israelitas, actualmente, se saludan, dicen mah shlomka, que puede traducirse como ¿cuál es tu paz? En la carta a los Efesios, queda claro que Jesús es nuestra paz (cf. Ef 2, 14). Cuando todo está dado vueltas, Él es nuestra paz. Cuando hay tribulaciones, Él es nuestra paz. Cuando estamos desanimados, deprimidos o cansados, Él es nuestra paz. Cuando estamos en guerra con nosotros mismos o con los otros, Él es nuestra paz. Ciertamente, que no se turbe el corazón es difícil, sobre todo en los momentos donde, lógicamente, debería turbarse. Pero lo importante parece estar en atenerse a la Palabra que da la paz. Como en el Imperio, hoy hay muchas intenciones de vender un concepto de paz que es mentira. Quizás, una de las tergiversaciones más dañinas sobre la paz está en la idea de aislamiento. Se está en paz cuando nadie te reclama nada, cuando nadie te demanda atención, cuando los problemas de los otros son pura y exclusivamente de los otros, cuando es posible descansar sin visitas ni llamados de teléfono. En esa paz falsa, el otro desaparece para que yo pueda tener una supuesta tranquilidad.

La paz de Jesús, en cambio, se vive en comunidad. Es la paz que brota de la primerísima comunidad, de la Trinidad. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no viven en paz separados, sino que viven la paz del amor comunitario. La Iglesia se ve impelida a buscar esa forma de existencia, que es existencia en relación. Y existencia en cercanía. Para buscar la paz, para evangelizar con la paz, es preciso armar la tienda entre los pueblos de la tierra que no gozan de ningún bienestar, que son bombardeados con la intención de que no experimenten shalom, que crean que Dios los ha dejado, se ha ido. Allí, la Iglesia debe ser esa presencia transformada del Padre, ese amor hecho palabra en acción del Hijo, esa intimidad que habla al corazón como el Espíritu Santo. Cuando la Iglesia deja la tienda de campaña entre los que están en éxodo para instalarse en los palacios de los señores de la guerra, rechaza la vida trinitaria que hay en ella. ¿Qué Dios cercano se predica desde la lejanía? ¿Qué paz puede reclamarse a la comunidad internacional cuando los sostenedores del sistema de exclusión, hambre, batallas y marginalidad son recibidos con pompa por la propia Iglesia? Hay que aprender a diferenciar la paz del mundo de la paz de Dios. Es necesario advertir que los típicos slogans suelen ser herramientas para adormecer a los pueblos, y que el Evangelio es el verdadero bienestar capaz de liberar.

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sábado, 4 de mayo de 2013

Evangelio Seglar para el Domingo 6º de Pascua (5 de Mayo de 2013)

Publiado por Ciudad Redonda

COMENTARIOS DE SEGLARES

DESDE LOS SIGNOS DE LA "NUEVA CREACIÓN" EN LA VIDA COTIDIANA
(mujer, casada, ya jubilada, pertenece a comunidad cristiana y movimiento seglar)

El Evangelio de hoy nos muestra un aspecto nuevo de Jesús resucitado y de la vida cristiana. La semana pasada se nos invitaba a amarnos unos a otros.
Hoy, el evangelista nos muestra un aspecto eminentemente trinitario: Jesús, nos anuncia que el Padre, en su nombre enviará el Espíritu Santo que será su presencia viva entre nosotros cuando Él no esté.
El Señor pone su morada en el corazón de quienes le aman, de quienes creen en Él. Es la única condición que nos pone, que le amemos para prometernos su presencia permanente entre nosotros. No se trata de un amor forzado ni reclamado, sino de un amor pleno. La experiencia me ha enseñado que una vez dado el paso de la fe, de responder a esa llamada suya, de optar por el amor a Dios, me es más fácil guardar su palabra, cumplir su voluntad. He sentido en mi corazón esa paz a la que Él se refiere, que no es la que da el mundo, sino la que serena el corazón.

Así todos los acontecimientos de mi vida los afronto con una tranquilidad que viene de Dios, aún los momentos más difíciles. Agradezco al Señor por ello y pido que siga continuando en mí su obra.

PARA REZAR
(mujer, soltera, trabaja, pertenece a comunidad cristiana y a movimiento seglar)

Te damos Gracias a Ti, Jesucristo Resucitado,
porque donde Tú estás Presente, Dios nuestro,
todo se llena de tu Paz y podemos compartirla.
Te damos Gracias, Dios Padre nuestro,
porque Tú nos amas tanto que nos das la capacidad
de poder escuchar tu Palabra, entenderla, meditarla,
y guardarla en nuestro corazón como nos enseñó
nuestra Madre la Virgen María y Toda Corazón.
Te damos Gracias porque Tú, Dios Padre nuestro,
has puesto tu morada en el corazón de cada persona
que cree en Ti y te ama, porque deseas habitar en nosotros,
tan solo porque Tú eres Todo Amor y Todo Misericordia.
Gracias porque Tú nos permites ser “templos vivo”
llenos de tu Presencia y guiados por tu Espíritu Santo
para ser portadores de tu Mensaje de Vida a cada persona.
Gracias porque Tú estás siempre junto a nosotros
y nos envías tú Espíritu Santo, que jamás nos abandona,
para impulsarnos a ser tus testigos en medio del mundo.
Ayúdanos a que tu Palabra se haga vida en nosotros
y que tu Espíritu Santo nos recuerde en cada momento
todo lo que Tú nos has enseñado para cumplir tu Voluntad
y llevar tu Evangelio a cada persona y hermano nuestro,
para que todos puedan conocerte y amarte cada vez más.
Gracias por el maravilloso regalo que nos entregas: Tu Paz
y tu Espíritu Santo que nos defiende y protege de todo mal,
y nos llena de valentía para llevar tu Amor y Misericordia a todos.
Gracias por tu Presencia en nuestro interior a través de tu Espíritu
para ayudarnos, aconsejarnos, guiarnos y consolarnos cada día,
sobre todo en los momentos de dificultad, cansancio o de temor,
porque Tú, Dios nuestro, jamás nos abandonas y permaneces siempre.
¡Dios Padre Bueno y Misericordioso, te damos Gracias y te alabamos
porque Tú estás siempre con nosotros y Tú eres nuestro Dios! Amén.

PARA VIVIR ESTA SEMANA
(matrimonio, tres hijos, él trabaja, el matrimonio pertenece a comunidad cristiana y a movimiento seglar)

"La paz os dejo, la paz os doy...." Analicemos un poco, para nuestra vida, qué significado tienen estas palabras: Jesús, está convencido y así lo recalca, que es una Paz especial, que no es como la que da el mundo, ésta es una Paz que nos hace afrontar cada cosa sin miedos, que nos hace ponernos a "pecho descubierto" ante los abatares de la vida con la garantía de que, utilizando adecuadamente todo lo que Él nos dijo, nos asegura que tendremos la fuerza y el valor para aceptarlo todo. Jesús, en sus últimos mensajes de despedida, hace hincapié en este regalo, la Paz. Y ¿cual debe ser nuestra actitud ante tal afirmación? ¿Qué debe cambiar en nuestra forma de ver la vida, "llevando bajo el brazo" este regalo?...Procuremos en esta semana, ante cualquier cicunstancia, buena o mala, repetir en nuestro interior las palabras: "TODO LO HACES POR MI BIEN", o "SI TÚ LO QUIERES, YO LO QUIERO". Esto nos hará ponernos en una disposición nueva ante todo lo que nos ocurra durante el dia, en realidad lo que le estamos diciendo a Jesús es que confiamos plenamente en Él, que aceptamos cada incomprensión, cada contratiempo con esa Paz interior que nos hace amarle, a pesar ò a favor de todo, en el prójimo que tenemos más cercano.

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Unidad que respete la diversidad

Publicado por Antena Misionera Blog

Domingo 6º de Pascua – 5 de Mayo de 2013
Evangelio: Jn 14, 23-29.

Muchos hombres buscan la “gloria” y de distintas maneras. La “Gloria de Jesús” que no es otra que el reencuentro de la humanidad en la unidad. La gloria de Jesús se manifestó en la cruz, en cuyos brazos reconcilió a la humanidad dividida por el odio, la muerte y el pecado. Esta es la gloria que los cristianos estamos llamados a contemplar: la manifestación de una Iglesia, cuerpo de Cristo, unida más allá de sus diferencias y factor de unidad y de amor entre los pueblos.


El texto evangélico de este domingo nos trae la tercera parte de la llamada “oración sacerdotal” de Jesús que gira toda ella alrededor del tema de la Unidad. Cuando Juan escribe esta página, aún la Iglesia no se había roto por aquellas tremendas divisiones y odios que vendrían siglos después; pero ya habían aparecido varios brotes de disensiones y rencillas internas. La unidad de la Iglesia peligraba por problemas doctrinales, cultuales o culturales, habida cuenta de la gran variedad de pueblos y costumbres que se acogían en el gran imperio romano.

Jesús pone como modelo de la unidad de la Iglesia la unidad existente entre él y el Padre. Si la Iglesia se divide, su testimonio aborta ya que, precisamente, Cristo vino al mundo para «manifestar la gloria del Padre», que no es otra que la de reunir a los hijos dispersos; y una Iglesia que dispersa a los hijos contradice el plan salvador de Dios. Pero no puede haber unidad sin amor. El amor -el ágape, el encuentro de los hermanos en el amor de Dios- cierra la oración de Jesús como una petición suprema y angustiosa. Sólo una comunidad unida en el amor puede manifestar a un Dios que ama e invita al amor.

Verdad, unidad, amor. Tres palabras que, según Juan, sintetizan la misión y la tarea de la comunidad cristiana en el mundo. De esta forma, la oración sacerdotal de Jesús no solamente constituye un ruego al Padre, sino que expresa una exigencia de vida para todos los discípulos. La auténtica oración cristiana, que es un abrirse a la voluntad del Padre, es, no solamente un ruego sino también ofrenda, consagración y respuesta.

Frente a los que son o piensan de forma distinta hemos de abandonar las injurias, los recelos, la lucha competitiva, el desprecio mutuo y los prejuicios.

Y no solamente abandonar un trato agresivo, sino aprender a reunirnos, a dialogar, a rezar unidos, a reflexionar juntos sobre la misma palabra de Cristo. Y esta palabra presenta a la Iglesia como el gran signo o vínculo de unidad de todos los pueblos. De ahí que no solamente debemos lograr la unidad interior, sino que debemos ser los agentes y portadores de la unidad y del encuentro con las demás confesiones, credos, razas y culturas.

El cristiano no es un separado de los demás porque «tiene la verdad», ni está contra nadie. Sólo el odio está contra los demás. El cristiano está «para» los demás: para acercarse, para unir, para dialogar, para servir, para liberar, para trabajar en este gran proyecto de salvación que no es «de los cristianos» sino del Padre, como tantas veces repite el mismo Jesús.

Todo esto supone un cambio en nuestra mentalidad: hemos sido educados en un cristianismo cerrado y agresivo; hemos aprendido que somos los únicos que tenemos la verdadera fe y que los demás son herejes, falsos y mentirosos. Los prejuicios han debilitado nuestra vista para ver cuánto hay de bueno en los demás: cuánta sinceridad, cuánta piedad, cuánto amor, cuánta búsqueda de la verdad, cuánto celo por el evangelio, cuánta entrega a los hermanos…

Hemos olvidado el evangelio de Jesús según Juan. Y hoy el Espíritu vuelve a recordárnoslo. Hemos luchado por «nuestra iglesia»; ahora hay que hacerlo por la Iglesia de Jesucristo, que no es tuya ni mía, nuestra ni vuestra: es la comunidad de los llamados y reunidos por el Padre en la fe de Jesucristo.

Hemos puesto el acento en quién tiene razón o quién prueba que el otro está equivocado o quién interpreta mejor esta frase o aquella expresión de la Biblia. Ahora hay que acentuar el cómo vivir más intensamente esa palabra de Dios, cómo amar en la medida del amor de Cristo, cómo reunir a los separados. Hemos levantado tribunales para enjuiciar a los que no pensaban como nosotros; ahora hay que abrir el oído y el corazón para aprender de los que con sinceridad piensan de forma distinta pero con la misma preocupación que nosotros por ser fieles a Dios.

Todo esto es algo de lo que quiso pedir aquella noche Jesús: «Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti.»

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Enviados con el evangelio de la paz:VI Domingo de Pascua (Jn 14, 23-29) - Ciclo C


Es domingo, el día en que Jesús resucitado se manifestó a la comunidad de sus discípulos.
Lo que aconteció en aquel tiempo, el primer día de la semana y ocho días después, nos revela lo que acontece cada domingo en la asamblea litúrgica de la comunidad cristiana: hoy somos nosotros quienes nos encontramos con el Señor y recibimos de él su evangelio de paz: “Paz a vosotros”.

Es la paz que habíamos visto entrar como un río de misericordia y perdón, de salvación y de gracia, en el cuerpo de enfermos y endemoniados, en casa de Zaqueo el publicano, en el corazón de una prostituta rica de pecados y de lágrimas, en la vida de un ladrón a las puertas de la muerte.
Quien hoy, resucitado, nos saluda con la paz, es el mismo Jesús que, crucificado, nos dio su perdón y nos miró con misericordia.
Hay paz de Cristo para la comunidad cristiana, y no hay comunidad cristiana sin paz de Cristo recibida y comunicada.
Podemos decir con verdad: como el Padre ha enviado a Jesús para que fuese nuestra paz, así Jesús nos envía, para llevar su paz a todos los hombres: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”.
La comunidad cristiana, comunidad animada y guiada por el Espíritu de Jesús para ser entre los hombres presencia viva del Señor, recorre, como Cristo, los caminos de humanidad, y va curando enfermos, liberando cautivos, reconciliando enemigos, consolando a quien llora, acogiendo a quien anda necesitado de reconciliación y de ternura.
Sólo una comunidad fiel a su vocación de curar, liberar, reconciliar, perdonar y acoger, puede iluminar el camino de los que buscan a Dios, pues en la vida de esa comunidad todos podrán conocer las maravillas que el amor de Dios realiza.
Dichosa la comunidad que, enviada al mundo con el evangelio de la paz, sea por la vida de sus fieles un signo de que Cristo vive.
Feliz domingo

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Confiar en su presencia - 6º Domingo de Pascua, Ciclo C

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domingo, 28 de abril de 2013

Palabra para la Misión: El amor fraterno: fuerza explosiva, contagiosa, misionera


V Domingo de Pascua
Año C – 28-4-2013 / Por EUNTES
Hechos 14,21-27 / Salmo 144 / Apocalipsis 21,1-5
Juan 13,31-33a.34-35

Reflexiones

El Evangelio presenta dos momentos contrastantes, humanamente irreconciliables. Durante la última Cena, Jesús habla con insistencia de su ‘glorificación’: la menciona cinco veces (v. 31-32). Judas sale del Cenáculo llevando dentro su misterio: en esa trágica noche (v. 30) consuma la traición. El contraste es paradójico: faltan tan solo pocas horas para su captura y muerte en la cruz; sin embargo, Jesús se obstina en hablar de glorificación. Su gloria es el momento mismo de su muerte-resurrección, como el grano de trigo que cae en tierra y muere para dar mucho fruto (cf Jn 12,24.20-21). Ser ese grano de trigo es su carta de identidad. ¡Extraña gloria que se expresa en la locura humillante de la cruz! Con su muerte-resurrección Jesús revela la grandeza del amor de Dios que salva a todos.



A la luz de este amor divino que sobrepasa toda medida, se percibe la grandeza del mandamiento nuevo (v. 34), que Jesús deja a sus ‘hijos-discípulos’ como credencial de reconocimiento: “como yo los he amado, ámense también unos a otros” (v. 34-35). La insistencia de Jesús sobre el amor mutuo -lo repite tres veces en dos versículos- tiene las características de un testamento importante acerca de un mandamiento que Él, con toda razón, llama “nuevo”.


El Antiguo Testamento decía: “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19,18). Jesús va más allá.

1. Ante todo, su medida ya no es tan solo “como a ti mismo”, con las incógnitas y los errores propios del egoísmo, sino “como yo los he amado”; es decir, la certeza y la medida sin medida del amor divino.

2. El amor que Jesús propone es nuevo, porque es completamente gratuito: no busca motivos para amar; ama al que no lo merece o al que no puede corresponder; ama también al que le hace daño.

3. Se trata de un mandamiento nuevo, porque “antes de Jesús, nadie jamás ha intentado construir una sociedad basada sobre un amor como el suyo. La comunidad cristiana se coloca así como una alternativa, como una propuesta nueva ante todas las sociedades viejas del mundo, ante aquellas que se basan sobre la competitividad, sobre la meritocracia, el dinero, el poder. Este es el amor que debe ‘glorificar’ a los discípulos de Cristo” (F. Armellini). Es un nuevo criterio de asociación, una fuerza especial de agregación, “la señal por la que conocerán todos que son discípulos míos...” (v. 35): el amor mutuo y gratuito tiene una irresistible, contagiosa y explosiva fuerza de irradiación misionera. El amor mutuo se alimenta en el perdón, reconciliación, sufrimiento, entrega de sí, rechazo de la violencia, compromiso por la paz…


Tan solo el amor es capaz de inspirar y tejer relaciones nuevas y vitalizantes entre las personas; tan solo la revolución del amor es capaz de transformar a las personas y, por tanto, las instituciones. Lo enseñaba también Raoul Follereau, ‘apóstol de los leprosos y vagabundo de la caridad’: “El mundo tiene solo dos opciones: amarse o desaparecer. Nosotros hemos optado por el amor. No un amor que se conforma con lloriquear sobre los males ajenos, sino un amor combativo, creativo. Para que llegue y pueda reinar, nosotros lucharemos sin pausa ni desmayo. Hay que ayudar al día a amanecer”. Este es el sentido profundo de una vida entregada en el sacerdocio, la consagración religiosa, la vida misionera. (*)


Todo el que asume este desafío acepta la utopía de “un cielo nuevo y una tierra nueva” (II lectura), entra en la nueva “morada de Dios con los hombres” (v. 3), donde ya no habrá lágrimas, ni muerte, ni dolor (v. 4), por la fe en Aquel que afirma: “todo lo hago nuevo” (v. 5). Incluida una sociedad nueva que se basa y tiene como objetivo la civilización del amor. También la misión de Pablo y Bernabé (I lectura) perseguía este objetivo: abrir “a los paganos la puerta de la fe” (v. 27), exhortar a los discípulos a permanecer firmes en la fe, porque debemos entrar en el reino de Dios pasando por muchas tribulaciones (v. 22). Este primer viaje misionero de Pablo (Hechos 13-14) es una página intensa y estimulante de metodología misionera: por la manera que la comunidad cristiana de Antioquía escoge a los misioneros que envía, por el valor (parresía) de Pablo y Bernabé en dar el primer anuncio del Evangelio de Jesús a judíos y a paganos, por la institución de nuevas comunidades eclesiales y la designación de presbíteros que las guíen, por las nuevas fronteras geográficas de evangelización más allá de los territorios acostumbrados del Antiguo Testamento y de los Evangelios, por el intercambio con la comunidad de Antioquía a su regreso, por la continua confianza en el Señor que acompaña siempre a los suyos... En una palabra, ¡un modelo de praxis misionera!



Palabra del Papa

(*) «Son muchos los jóvenes hoy en la Plaza. Quisiera preguntarles: ¿alguna vez han oído la voz del Señor, que a través de un deseo, una inquietud, los invitaba a seguirle más de cerca? ¿Han sentido el deseo de ser apóstoles de Jesús? La juventud hay que ponerla en juego por los grandes ideales. ¡Pregúntale a Jesús qué quiere de ti y sé valiente! Detrás y antes de cada vocación al sacerdocio o a la vida consagrada, está siempre la oración fuerte e intensa de alguien: de una abuela, un abuelo, una madre, un padre, una comunidad… Por eso Jesús ha dicho: “¡Rueguen al dueño de la mies -es decir, Dios Padre- para que envíe obreros a su mies!” (Mt 9,38). Las vocaciones nacen en la oración y de la oración; y solo en la oración pueden perseverar y dar fruto».

Papa Francisco
Regina caeli, Domingo, 21-4-2013

Siguiendo los pasos de los Misioneros

- 28/4: S. Luis María Grignion de Montfort (1673-1716), celoso apóstol de las misiones populares en Francia, fundador de las Hijas de la Sabiduría y de los Monfortianos.
- 28/4: S. Pedro Chanel (1803-1841), francés, sacerdote marista, misionero en la isla de Futuna, protomártir y patrono de Oceanía.
- 29: S. Catalina de Siena (1347-1380), laica terciaria dominica, mística y doctora de la Iglesia, patrona de Italia y de Europa.
- 30/4: B. María de la Encarnación Guyart Martin (1599-1672), primera mujer misionera de los tiempos modernos (de Francia a Canadá), mística, fundadora -junto con algunos jesuitas- de la Iglesia canadiense.
- 30/4: S. José Benedicto Cottolengo (1786-1842), sacerdote de Turín; confiando en la Divina Providencia, fundó obras e institutos para asistir a personas necesitadas y abandonadas.
- 1/5: S. José, obrero, que enseñó a Jesús a trabajar. – Día Mundial de los Trabajadores.
- 2/5: S. Atanasio (295-373), obispo de Alejandría de Egipto y doctor de la Iglesia; fue perseguido y expulsado varias veces por los herejes arrianos.
- 3/5: SS. Apóstoles Felipe de Betsaida y Santiago, el menor, primer obispo de Jerusalén.
- 3/5: B. María Leonia (Alodia) Paradis (1840-1912), religiosa canadiense, fundadora de las Hermanitas de la S. Familia de Sherbrooke, en Quebec (Canadá).
- 4/5: B. Juan Martín Moyë (+1793), sacerdote de la Sociedad de las Misiones Extranjeras de París, misionero en China, fundador, fallecido en Tréveris (Alemania).

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Palabra de Misión; Gloria a Dios en las alturas, ¿y en la tierra? / Quinto Domingo de Pascua – Ciclo C – Jn 13, 31-35 / 28.04.13


Pistas exegéticas (qué dice el texto)
El sentido de los tópicos que se mencionan aquí, clásicos de la teología joánica, como la glorificación y el amor, adquieren su sentido pleno en el gran contexto de la última cena, que ha dado inicio en Jn 13, 1. El primer evento de esta cena es el lavatorio de los pies (cf. Jn 13, 2-17). A continuación, el tema de la traición de Judas se hace más evidente, y el redactor le dedica un espacio considerable al relato de las diferentes dimensiones de esta traición: la mirada profética de Jesús (cf. Jn 13, 18-21), la reacción de los discípulos en conjunto ante el anuncio (cf. Jn 13, 22), el trípode Pedro-Discípulo Amado-Jesús (cf. Jn 13, 23-26), la posesión demoníaca de Judas y su salida (cf. Jn 13, 27-30).
En este punto comienza la perícopa litúrgica de hoy. Al finalizar, en el versículo 35, se añade una situación posterior, que es el anuncio que hace Jesús de la negación de Pedro antes de que cante el gallo (cf. Jn 13, 36-38). El discurso que leemos, entonces, queda enmarcado por las dos traiciones de los íntimos.


En este marco, cualquier cosa que pueda decirse es terriblemente profunda y, antropológicamente, es la revelación de lo íntimo del ser humano. Ciertamente, las posturas que se toman en momentos tan críticos, como lo son las traiciones en manos de los seres queridos, ponen de manifiesto las verdaderas convicciones del traicionado. En este caso, a pesar de ser un hombre herido por sus amigos, Jesús sigue hablando del amor.

El pasaje inmediato que hace las veces de inter-texto es el de Jn 12, 23-28. Allí, Jesús exclama que ha llegado la hora de la glorificación del Hijo del Hombre (título cristológico que vuelve a aparecer aquí); esta glorificación, metafóricamente, se da cuando el grano de trigo cae en tierra y muere (imagen para su propia pasión, a la que Judas da inicio con su traición); quien muere para dar fruto, en realidad está amando la vida verdadera, la vida eterna, y no se aferra a esta existencia como lo absoluto (Jesús habla hoy de ir a un lugar a donde no pueden acompañarlo); para alcanzar esa vida eterna es necesario ser servidor (como lo explica plásticamente el gesto del lavatorio de los pies), como es servidor el Hijo del Hombre dando la vida; mediante ese servicio, el Hijo glorifica al Padre y el Padre glorifica al Hijo.

El lavatorio de los pies aparece como clave hermenéutica de la pasión de Jesús, y de toda su vida. Su convencimiento está en la transmisión de la vida de Dios. El Hijo ha venido al mundo para que lo seres humanos participen en la dinámica de la vida de Dios, que es amor. El amor se expresa de muchas maneras, pero su máxima y definitiva palabra está en el martirio. En la misma situación de los discursos de la última cena, Jesús les dirá a sus íntimos: “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15, 13).

Jn 15, 12 les repite el mandamiento que tenemos en Jn 13, 34. Este es el mandamiento nuevo y propio de Jesús. Para ser claros, no podemos afirmar que el amor sea ajeno al Dios reflejado en el Antiguo Testamento, y por eso es preciso aclarar qué significan estas dos cualidades. Lo nuevo no es un invento jesuánico, sino la calidad de ese amor. Es novedoso porque no se rige por las leyes del amor social y legislativo de amar a quien nos corresponde, o devolver bien por bien, o amar a los que piensan igual, creen igual y nos aceptan. El amor propuesto por Jesús es, como bien lo supo expresar Mateo, amar a los enemigos (cf. Mt 5, 44), “porque si aman a los que los aman, ¿qué recompensa van a tener?” (Mt 5, 46a). En esta línea podemos entender, también, que Jesús se apropie del mandamiento como suyo. Él puede apropiárselo porque lo ha hecho carne, ha amado a los enemigos, ha dado la vida por aquellos que se la quitan.

En Jn 15, 13 Jesús asegura que nadie tiene mayor amor que aquel que da la vida por los amigos. Así a secas, sin contexto, este versículo parece contradecir lo que acabamos de presentar. ¿No tendría mayor amor el que da la vida por los enemigos? Pues bien, la frase cambia de sentido cuando recordamos que, al inicio de la cena, las traiciones de Judas y Pedro se hicieron evidentes y palpables. Ahora podemos decir que nadie tiene mayor amor que aquel que da la vida por los amigos, aún y sobre todo, cuando éstos lo han traicionado.

Pistas hermenéuticas (qué nos dice el texto)
¿Cómo se glorifica, Dios, entonces? En el amor. No se glorifica en la venganza, en el poder destructivo, en su condición soberana, en su eternidad ni en su omnipresencia. La gloria de Dios es el amor. Y el Hijo, que da gloria a Dios, ama hasta el extremo de ser fiel a ese amor, aún cuando todo indica lo contrario, cuando la traición de los amigos demuestra que el amor puede no ser correspondido, y que quien ama con pasión puede terminar asesinado. Persistir en el amor, a pesar de esta situación contraria, a pesar de experimentar, de primera mano, que el amor es rechazado, es glorificar a Dios. A veces predomina la imagen celestial de la gloria, del éxito, del triunfo aplastante. Y en Jesús tenemos la imagen terrenal de la gloria, que se hace parábola en el lavatorio de los pies. Dios se glorifica sirviendo, en la cruz, en la entrega, en la vida dada.

¿Y cómo se glorifica el humano, entonces? ¿Es válido pensar en la glorificación humana? De alguna manera, el título cristológico de Hijo del Hombre apunta en la dirección de la plenitud humana. El Hijo del Hombre es el Humano Pleno. En el Evangelio según Juan, este episodio que leemos hoy es la última oportunidad en que se utiliza el título hasta el final del libro. Y considerando la clásica división del Evangelio en dos partes, la primera hasta el final del capítulo 12 (el libro de los signos) y la segunda a partir del capítulo 13 (el libro de la hora), esta es la única mención de la segunda parte al Hijo del Hombre. Jesús, el Humano por excelencia, revela que el Hijo del Hombre se glorifica lavando los pies y siendo fiel a pesar de la traición de sus amistades. En esa trama, la verdadera glorificación se da cuando ocurre el abajamiento o la des-glorificación social. Si para el mundo es glorioso el triunfador, el rico, el que ostenta el poder, el que manda sobre otros; para el Evangelio es glorioso el que sirve, el que fracasa por ser fiel a Dios y al Reino, el pequeño, el pobre, el que se hace último, el que da la vida. Es glorioso el que ama y no deja de amar, aunque alrededor todo invite a abandonar la fidelidad.

El mandamiento nuevo es un cimiento eclesiológico y misionológico. ¿Cómo damos a conocer al Maestro que seguimos? Amando. ¿Cómo predicamos el Evangelio? Amando. ¿Cómo concretamos la utopía del Reino? Amando. Esta novedad del mandamiento del amor exige una transformación en consecuencia. Si es novedoso, quiere decir que los cánones antiguos y establecidos jurídicamente para amar no sirven, han caducado. Este es un amor nuevo porque, para la Iglesia, significa amar a sus detractores, esos que con mala saña buscan desprestigiar la comunidad; significa amar a los que abandonan la comunión; significa amar al que piensa distinto, al de teología diferente, al que celebra con otro rito. La propuesta es ser Iglesia desde la eliminación de los grandes anatemas hasta el perdón de las actitudes cotidianas que lastiman. Verdaderamente, nadie está exento de amar al otro, ni en el Vaticano ni en la pequeña comunidad eclesial de base del barrio.

Pastoralmente, gran preocupación de la Iglesia es cómo presentar no sólo el Evangelio del Reino, sino a su revelador: Jesús. ¿Qué decir de un hombre que parece haber sido reducido a un judío profeta, itinerante, místico e inconformista de hace veinte siglos? Quizás convenga presentarlo desde esta dinámica de fidelidad al amor que lo llevó a permanecer convencido de Dios hasta en el peor momento. Cualquiera puede reconocer, hace dos mil años o ayer mismo, que la traición del amigo es demasiado dolorosa como para seguir confiando y creyendo. Pues bien, Jesús es ese que confió y creyó cuando los amigos lo traicionaban, y no contento con eso, los siguió amando hasta el final, sin renunciar ni rechazar las consecuencias de ese amor, en el peor de los casos para el que ama, que es no ser correspondido. Jesús es más que un judío gustoso de caminar; Jesús es el modelo de la humanidad nueva y plena, capaz de amar a pesar de los disgustos y las decepciones. La humanidad nueva puede transformar el mundo y las relaciones, puede soñar con la paz, con la dignidad igualitaria, con la justicia omnipresente, con el Reino de Dios. La humanidad nueva ama, y lo demás viene por añadidura.

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POR TI, SEÑOR

Daremos razón de tu nombre,
aunque, el hablar de Ti,
nos cause desasosiego o incomprensión
Ofreceremos, nuestras manos abiertas,
aún a riesgo de ser tratados como ilusos
de que, lo que damos o hacemos,
no sirve de nada ante un mundo
en el que sólo se valora lo que se paga

POR TI, SEÑOR

Miraremos al cielo buscando un rasgo de tu presencia
Miraremos hacia el duro asfalto
para llevar tu Buena Noticia
la alegría de tu ser resucitado
tu Palabra, como aliento y vida
tu rostro que tonifique nuestra triste existencia.

POR TI, SEÑOR

Amaremos, aun no siendo amados
Y, en medida rebosante y sin cuenta,
colmaremos y calmaremos
los corazones que necesitan paz
las almas que se han tornado en tibias
los pies que se resisten a caminar
los ojos que se han quedado en el vacío

POR TI, SEÑOR

Mantendremos, eternamente nuevo,
el mandamiento que Tú nos dejaste:
amar, sin mirar a quién
amar, sin contar las horas
amar, con corazón y desde el corazón
amar, buscando el bien del contrario
amar, buscándote en el hermano

POR TI, SEÑOR

Por Javier Leoz

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Un testamento singular

Publicado por Antena Misionera Blog

Domingo 5º de Pascua – 28 de Abril de 2013
Evangelio: Jn 10, 27-30.

Faltan pocas horas para su muerte y se despide de sus amigos.

Jesús va a dejarles su testamento, sus palabras más importantes: no son normas, ni pautas de apostolado, ni un movimiento apostólico, les comunica la señal por la que se les reconocerá como discípulos suyos, les llama a un amor sin medida: “que os améis unos a otros como yo os he amado”, palabras que resumen la dimensión fundamental del Evangelio de Jesús.

Ser cristiano, discípulo de Jesús, es amarse los unos a los otros. Es la Buena Noticia que Jesús nos deja, que mantiene hoy la misma función de siempre: rescatar el fondo de bondad de todo ser humano y ofrecernos un marco en el que podamos realizarnos, sin perder nuestra identidad, sintiéndonos llamados a la responsabilidad moral de crear alrededor nuestro más humanidad, porque sólo el amor humaniza, nos vuelve verdaderamente humanos.


Jesús amó a los suyos, les dijo: “vosotros sois mis amigos”, no siervos, ni súbditos…sois mis amigos. Así les amó.

Este amor de Jesús más que un mandato es una revelación a sus discípulos, es un don, es el amor que Jesús colma de plenitud. Jesús nos amó hasta el extremo de dar su vida por nosotros. Él convivió en su vida pública con una comunidad de amigos que creó y que quiere, que cuando Él falte, cuando ya no esté entre ellos, que su comunidad siga siendo una comunidad de amistad.

A Jesús le vemos recorriendo los campos y poblados de Palestina, curando, poniendo alegría en la vida de quienes sufrían. Le vemos conviviendo con sus amigos, conversando, enseñando, partiendo el pan. En la cruz entrega su vida en favor nuestro y muere amando, perdonando, disculpando a los culpables, a sus amigos que le abandonaban.

La amistad sincera es lo que de verdad nos une a los humanos. Entre amigos hay igualdad, apoyo, reciprocidad, la mayor generosidad. Nadie se siente superior a nadie. Se respetan las diferencias, pero ante todo se busca y se cultiva la cercanía, la colaboración, los amigos se aceptan unos a otros, se quieren, se ayudan. La verdadera amistad es capaz de vigorizar los lazos más firmes de unión en cualquier comunidad por diferente que ésta sea.

Hoy se habla mucho de amor. Cada uno ama a su manera, no siempre con acierto, atrevámonos a darle su sentido a partir de la enseñanza de Jesús. Es un estilo nuevo. Nosotros solemos amar a quienes son atentos con nosotros y nos aprecian, son cariñosos. Solemos ser indiferentes ante los indiferentes, rechazamos a quienes nos rechazan, pensamos que es lo correcto, Jesús nos enseña en su vida otro modo de amar, acercarnos a quien más nos puede necesitar.

En nuestra sociedad materialista, violenta, los cristianos hemos de ser reconocidos por el cumplimiento del mandamiento nuevo de Jesús: “amaos unos a otros como yo os he amado”. Estas palabras son la única solución para construir un mundo en paz. En la medida en que las aceptemos iremos viendo cómo se va alumbrando un mundo nuevo, en el reinará la paz.

Quien decida a seguir a Jesús, descubrirá que sólo con amor merece la pena vivir y que sólo con amor es posible alcanzar la alegría en la vida.

Amor es la energía interior que todos podemos desarrollar, la fuerza que dispone al ser humano para dar sin esperar nada a cambio, ayudar gratuitamente al que más lo necesita; la fuerza que nos empuja a respetar y sobre todo a perdonar de corazón.

Amar al otro nos acerca al verdadero Dios a creyentes y no creyentes. Vivirlo es el camino para ir construyendo el Reino de Dios en la sociedad. Dejarlo de lado es abandonar el seguimiento a Jesús, dejar de ser cristiano.

Para amar, como Jesús hizo, hemos de abrir los ojos y mirar con ojos profundos a nuestro derredor, mirar a nuestra vida, a la vida de los que nos rodean.

Mirar a nuestro entorno cercano, al débil, al niño, al emigrante, al minusválido, al drogadicto, a aquellos cuyos derechos no se respetan, a los privados de libertad, a los que sufren injustamente, a los parados, a los desahuciados… Y abrir los ojos para descubrir también las grandes necesidades, las grandes injusticias, la pobreza, el hambre, el odio y la violencia en tantos rincones de nuestro mundo.

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Viviré contigo - 5º Domingo de Pascua, Ciclo C

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sábado, 20 de abril de 2013

Un solo Buen Pastor: sin coimas, sin negocios turbios, sin comprar votos / Cuarto Domingo de Pascua – Ciclo C – Jn 10, 27-30 / 21.04.13


Pistas exegéticas (qué dice el texto)
Para adentrarnos en el contexto, es necesario leer Jn 10, 22: “Se celebró por entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno”. Como sabemos, para el desarrollo del Evangelio según Juan, las fiestas litúrgicas judías son importantísimas; no tanto en su valor propio, sino como oportunidades para que Jesús las supere con palabras o gestos. En el capítulo 2 tenemos la primera pascua judía (cf. Jn 2, 13) y la sustitución del Templo de Jerusalén por la persona de Jesús; en el capítulo 5 hay una fiesta judía no explicitada (cf. Jn 5, 1) que algunos comentaristas interpretan como Pentecostés, y la curación del paralítico introduce la discusión sobre el sábado, la ley mosaica y la autoridad jesuánica; en el capítulo 6 está la segunda pascua judía (cf. Jn 6, 4) y la multiplicación de los panes que es banquete pascual abierto; el capítulo 7 sucede en la fiesta de las tiendas o los tabernáculos (cf. Jn 7, 2), donde se realizaban libaciones de agua para la fertilidad del suelo, y a partir de las cuales Jesús declarará que Él tiene el agua viva (cf. Jn 7, 37-38); a partir del capítulo 13, con la última pascua celebrada por Jesús (cf. Jn 13, 1), Él sustituye los corderos inmolados en el Templo durante el día de la preparación, al mismo horario en que muere en la cruz (cf. Jn 19, 14.31).

Ahora nos interesa la fiesta de la Dedicación o Hanuka. En el judaísmo de Jesús era una fiesta relativamente nueva, de apenas unos ciento ochenta años, aproximadamente. Su nacimiento histórico está en la revuelta de los Macabeos, sucedida bajo el reinado de Antíoco IV Epífanes. Este monarca había profanado el Templo de Jerusalén cometiendo lo que el profeta Daniel y los libros de los Macabeos llamarían la abominación de la desolación (cf. Dn 9, 27; 11, 31; 1Mac 1, 54). Se supone que esto sucedió en el año 167 a.C. y se trató de un altar, colocado dentro del mismísimo Templo, para adorar al dios Zeus. Claramente, esto volvía impuro el recinto sagrado judío, y a la par, era una afrenta al nacionalismo. Cuando la revuelta de los Macabeos triunfa, una de las acciones principales es purificar el Templo profanado por Antíoco (cf. 1Mac 4, 36). Con el Templo restaurado fue posible celebrar nuevamente como era debido y ofrecer los holocaustos según la Ley (cf. 1Mac 4, 52-53). Se llevó adelante, entonces, una fiesta que daba gracias a Dios por la purificación y que dedicaba el Templo al absoluto uso en nombre de Yahvé (cf. 1Mac 4, 55-58).
Esa fue la primera fiesta de la Dedicación, en el año 164 a.C. A partir de allí, según las crónicas macabeas, Judas Macabeo decide, junto a sus hermanos, que todos los años “a su debido tiempo y durante ocho días a contar del veinticinco del mes de Quisleu, se celebrara con alborozo y regocijo el aniversario de la dedicación del altar” (1Mac 4, 59). La fiesta cae siempre en el mes de diciembre y dura ocho días. El cronograma y el ceremonial fue tomado de la fiesta de los tabernáculos, ya existente (cf. 2Mac 1, 18).
Con el tiempo, se añadió la costumbre de encender lámparas en las casas durante los ocho días de Hanuka, por lo que la Dedicación también recibe el nombre de Luminaria. De esta manera, la fiesta es símbolo fuerte del nacionalismo judío. Ella es recuerdo y celebración de la restitución del Templo (símbolo muy fuerte del judaísmo), de la purificación (concepto ligado a la santidad y la separación del resto, de lo impuro) y de la liberación del yugo extranjero (dimensión política). Hanuka afirma el ser judaico, hace hincapié en una identidad, en el ser individual de cada judío y, sobre todo, en el ser nacional del Pueblo de Dios.

Es en este contexto que Jesús hablará de pastores (figuras de liderazgo, político y religioso) y de ovejas en rebaños (figura de pueblo, nación, grupos humanos). Se puede ver la línea de relación entre políticos (Antíoco IV Epífanes), dirigentes religiosos (fariseos, sacerdotes), caudillos (los Macabeos), Mesías (ansia popular, Jesús), opresión o liberación del rebaño (pueblo conducido a la libertad por los buenos pastores o explotado por los malos/falsos pastores). Lo político y lo religioso, remarcando pedagógicamente ambos ámbitos, se funden. Mientras los dirigentes judíos, que Jesús acusará de asalariados (pastores no verdaderos), se aprovechan del rebaño, Él es el pastor verdadero, o sea, el que el pueblo necesita realmente, el que cumple con los requisitos, las predisposiciones y las actitudes necesarias para que el rebaño tenga vida.

¿Qué puede ser más inherente a la tarea del pastor que el hecho de que sus ovejas vivan? Jesús es el Buen Pastor porque la vida que Él da es superior a cualquier otra; es vida eterna. Los políticos del Imperio y los dirigentes religiosos judíos buscan alimentar su propia vida o, en el mejor de los casos, ofrecen una vida limitada al rebaño. Jesús es el pastor real y trascendente, encarnado y divino, que en lo concreto satisface las necesidades inmediatas, pero no por eso deja de proyectar al ser humano a una dimensión superior de existencia. Los falsos pastores responden a tientas ante los problemas del rebaño, porque no conocen al otro personalmente, no se relacionan en un nivel amoroso. El Buen Pastor conoce las ovejas y ellas, al oír su voz, escuchan con claridad hacia dónde deben ir. Aquí se revela un problema de comunicación evidente en los falsos/malos pastores. Ellos no escuchan ni saben hacerse escuchar. Los políticos se imponen con fuerza o prepotencia, gritan, recitan discursos que ni ellos escribieron. Los dirigentes religiosos se enclaustran en el Templo, en sus prácticas piadosas, y aduciendo que escuchan a Dios, dejan de escuchar al pueblo. Hanuka, fiesta de la liberación, se convierte en fiesta sectaria; en lugar de celebrar la comunicación de la libertad que regala Dios, se vuelca hacia el empecinamiento de separar para no comunicar, el empecinamiento de no compartir.

Jesús es el Pastor no sectario, y en ese universalismo, primordialmente es Pastor de los expulsados del rebaño oficial. No debemos olvidar que el discurso del capítulo 10 viene a continuación de la curación del ciego de nacimiento del capítulo 9. Tras la curación, en el enjuiciamiento judío que se realiza sobre el ex ciego, se determina que hay dos clases de discípulos: los discípulos de Moisés y los discípulos de Jesús (cf. Jn 9, 28); los judíos son seguidores de Moisés, y esa es la certeza de que están en el camino correcto, mientras que el ex ciego es seguidor de Jesús, y eso no significa nada, o mejor dicho, significa ser seguidor de un hereje (cf. Jn 9, 24.29). El relato aclara que “los judíos se habían puesto ya de acuerdo en que, si alguno le reconocía como Cristo, quedara excluido de la sinagoga” (Jn 9, 22). Por lo tanto, el ex ciego se transforma en un excomulgado por ser discípulo de Jesús. Los pastores oficiales han decidido que ya no pertenece al rebaño, pero el Buen Pastor lo recoge en su redil. De las ovejas rechazadas, Jesús forma una comunidad. De los excomulgados, señalados, oprimidos y no tenidos en cuenta, Dios se hace protector. A los des-heredados y bastardos, aparentemente sin padres políticos ni religiosos, el Buen Pastor los conduce hacia el Padre.

Pistas hermenéuticas (qué nos dice el texto)
El modelo del Buen Pastor es una crítica político-religiosa, ayer y hoy. Cuando el pueblo sufre, es esquilmado, abandonado o sometido a ideologías, la Iglesia tiene la responsabilidad de ser la reproducción del Buen Pastor. A ella corresponde dar la vida por los rebaños esclavizados; a ella corresponde denunciar a los falsos pastores que son meros asalariados; a ella corresponde recoger a los huérfanos del sistema; a ella corresponde abrir los ojos, los oídos y las mentes de los que son bombardeados por publicidades o ideas alienantes. Pero para lograr eso, su voz tiene que ser reconocible. Al Buen Pastor lo siguen las ovejas porque reconocen su hablar y se reconocen en lo que el Buen Pastor dice. Cuando la Iglesia no es entendible para el pueblo, difícilmente pueda ser evangelizadora.

Además de modificar su lenguaje para ser entendible, la Iglesia tiene el desafío de adquirir la misma perspectiva del Buen Pastor frente a Hanuka. En varias oportunidades las celebraciones litúrgicas, procesiones y encuentros masivos organizados desde las pastorales buscan reafirmar una identidad católica institucional antes que la catolicidad de la Iglesia. O sea, se intenta demostrar que la institución eclesial tiene la fuerza para hacer tal o cual cosa, o que aún sostiene un número respetable de fieles, pero poco se muestra de universalidad, de apertura, de diálogo, de acogida de los excomulgados. Contrariamente, la situación más frecuente parece ser la de una Iglesia que excomulga, en lugar de reunir. Persisten discursos, homilías y publicaciones cristianas centradas en condenar un mundo impuro, gentil y pervertido. Mientras tanto, el pueblo que vive en ese mundo condenado, es agitado por las mareas del partidismo político. Y la Iglesia, muchas veces, en lugar de ser el Buen Pastor que orienta, no hace más que desorientar, porque no toma la defensa de los perjudicados, sino la defensa de su institucionalidad.

Para tener una Iglesia Buena Pastora necesitamos clarificar nuestra voz eclesial, y poner en sintonía nuestras cuerdas vocales con las cuerdas vocales de Dios. Tenemos que decir lo que no es correcto decir en la política. Tenemos que llamar tan claramente, que las ovejas excluidas y despreciadas se sepan acogidas en el rebaño del Padre, e incluidas plenamente. Que no se confunda lo que decimos con lo que no hacemos o dejamos de hacer. Tenemos que hablar el lenguaje de Jesús, y admitir que la comunicación es la esencia de la pastoral. Si no comunicamos y no nos comunicamos a nosotros mismos, es inútil pretender comunicar la vida de Dios.


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WebJCP | Abril 2007