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sábado, 4 de mayo de 2013

Unidad que respete la diversidad

Publicado por Antena Misionera Blog

Domingo 6º de Pascua – 5 de Mayo de 2013
Evangelio: Jn 14, 23-29.

Muchos hombres buscan la “gloria” y de distintas maneras. La “Gloria de Jesús” que no es otra que el reencuentro de la humanidad en la unidad. La gloria de Jesús se manifestó en la cruz, en cuyos brazos reconcilió a la humanidad dividida por el odio, la muerte y el pecado. Esta es la gloria que los cristianos estamos llamados a contemplar: la manifestación de una Iglesia, cuerpo de Cristo, unida más allá de sus diferencias y factor de unidad y de amor entre los pueblos.


El texto evangélico de este domingo nos trae la tercera parte de la llamada “oración sacerdotal” de Jesús que gira toda ella alrededor del tema de la Unidad. Cuando Juan escribe esta página, aún la Iglesia no se había roto por aquellas tremendas divisiones y odios que vendrían siglos después; pero ya habían aparecido varios brotes de disensiones y rencillas internas. La unidad de la Iglesia peligraba por problemas doctrinales, cultuales o culturales, habida cuenta de la gran variedad de pueblos y costumbres que se acogían en el gran imperio romano.

Jesús pone como modelo de la unidad de la Iglesia la unidad existente entre él y el Padre. Si la Iglesia se divide, su testimonio aborta ya que, precisamente, Cristo vino al mundo para «manifestar la gloria del Padre», que no es otra que la de reunir a los hijos dispersos; y una Iglesia que dispersa a los hijos contradice el plan salvador de Dios. Pero no puede haber unidad sin amor. El amor -el ágape, el encuentro de los hermanos en el amor de Dios- cierra la oración de Jesús como una petición suprema y angustiosa. Sólo una comunidad unida en el amor puede manifestar a un Dios que ama e invita al amor.

Verdad, unidad, amor. Tres palabras que, según Juan, sintetizan la misión y la tarea de la comunidad cristiana en el mundo. De esta forma, la oración sacerdotal de Jesús no solamente constituye un ruego al Padre, sino que expresa una exigencia de vida para todos los discípulos. La auténtica oración cristiana, que es un abrirse a la voluntad del Padre, es, no solamente un ruego sino también ofrenda, consagración y respuesta.

Frente a los que son o piensan de forma distinta hemos de abandonar las injurias, los recelos, la lucha competitiva, el desprecio mutuo y los prejuicios.

Y no solamente abandonar un trato agresivo, sino aprender a reunirnos, a dialogar, a rezar unidos, a reflexionar juntos sobre la misma palabra de Cristo. Y esta palabra presenta a la Iglesia como el gran signo o vínculo de unidad de todos los pueblos. De ahí que no solamente debemos lograr la unidad interior, sino que debemos ser los agentes y portadores de la unidad y del encuentro con las demás confesiones, credos, razas y culturas.

El cristiano no es un separado de los demás porque «tiene la verdad», ni está contra nadie. Sólo el odio está contra los demás. El cristiano está «para» los demás: para acercarse, para unir, para dialogar, para servir, para liberar, para trabajar en este gran proyecto de salvación que no es «de los cristianos» sino del Padre, como tantas veces repite el mismo Jesús.

Todo esto supone un cambio en nuestra mentalidad: hemos sido educados en un cristianismo cerrado y agresivo; hemos aprendido que somos los únicos que tenemos la verdadera fe y que los demás son herejes, falsos y mentirosos. Los prejuicios han debilitado nuestra vista para ver cuánto hay de bueno en los demás: cuánta sinceridad, cuánta piedad, cuánto amor, cuánta búsqueda de la verdad, cuánto celo por el evangelio, cuánta entrega a los hermanos…

Hemos olvidado el evangelio de Jesús según Juan. Y hoy el Espíritu vuelve a recordárnoslo. Hemos luchado por «nuestra iglesia»; ahora hay que hacerlo por la Iglesia de Jesucristo, que no es tuya ni mía, nuestra ni vuestra: es la comunidad de los llamados y reunidos por el Padre en la fe de Jesucristo.

Hemos puesto el acento en quién tiene razón o quién prueba que el otro está equivocado o quién interpreta mejor esta frase o aquella expresión de la Biblia. Ahora hay que acentuar el cómo vivir más intensamente esa palabra de Dios, cómo amar en la medida del amor de Cristo, cómo reunir a los separados. Hemos levantado tribunales para enjuiciar a los que no pensaban como nosotros; ahora hay que abrir el oído y el corazón para aprender de los que con sinceridad piensan de forma distinta pero con la misma preocupación que nosotros por ser fieles a Dios.

Todo esto es algo de lo que quiso pedir aquella noche Jesús: «Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti.»


WebJCP | Abril 2007