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MISIONEROS EN CAMINO: Cristo que asciende, Cristo que bendice / Fiesta de la Ascensión – Ciclo C – Lc. 24, 46-53 / 09.05.13 y 12.05.13
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sábado, 11 de mayo de 2013

Cristo que asciende, Cristo que bendice / Fiesta de la Ascensión – Ciclo C – Lc. 24, 46-53 / 09.05.13 y 12.05.13


Pistas de exégesis (qué dice el texto)
Allí donde miles de cristianos tienen el esquema mental de una resurrección con una ascensión a los cielos a los cuarenta días, desapareciendo entre las nubes, hoy los estudios bíblicos obligan a difundir la intención interpretativa de la ascensión narrada en el Nuevo Testamento.
En primer lugar, conviene identificar para qué corrientes neotestamentarias la ascensión es un hecho narrable. En el final primitivo de Marcos (el que culmina en Mc 16, 8) y en Mateo, de la ascensión no se habla. En el Evangelio según Juan, la cuestión es más complicada. El autor no conserva una escena específica de Jesús elevándose a los cielos, pero hace referencia al tema cuando, en el jardín del sepulcro, el Resucitado recomienda a María Magdalena: “Deja de tocarme, que todavía no he subido al Padre. Pero vete a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y su Padre, a mi Dios y su Dios” (Jn 20, 17). Se supone que, inmediatamente a este encuentro, Juan situaría la subida al Padre, puesto que en la aparición a los discípulos y a Tomás, el Resucitado ya sí se deja tocar, invitando a que el apóstol incrédulo coloque el dedo en el agujero de los clavos y la mano en el costado (cf. Jn 20, 27).
Decimos que la cuestión es más complicada porque Jesús, tras la Pascua, sólo permanece unos instantes antes de la ascensión, y se aparece a discípulos después de haber ascendido. En su condición antes de la ascensión no se lo puede tocar; luego sí. La posible explicación para esta cronología joánica es la elaboración teológica avanzada de esta comunidad, que ha comprendido cómo los sucesos pascua-ascensión pertenecen a la misma dimensión, aunque catequéticamente conviene separarlos por un tiempo prudencial para que sus características particulares no se disuelvan.


Así nos queda por analizar la obra de Lucas (Evangelio y Hechos de los Apóstoles). Es este autor quien más influyó en la concepción cristiana tradicional sobre la ascensión. Pero Lucas tiene dos relatos de ascensión, y los mismos difieren entre sí en dos puntos. El primero es la cronología; mientras que el Evangelio según Lucas sitúa la ascensión en el final del mismo día de resurrección, Hechos de los Apóstoles asegura que el Resucitado se dejó ver por sus discípulos durante cuarenta días (cf. Hch 1, 3), y que tras estas apariciones, ascendió. El segundo punto de divergencia es lo que sucede de inmediato después la ascensión; según el Evangelio, los discípulos volvieron a Jerusalén y bendecían a Dios en el Templo, pero para Hechos, aparecen dos hombres vestidos de blanco que anuncian la parusía, la segunda venida del Cristo (cf. Hch 1, 10-11), antes del regreso a Jerusalén.

A este problema de discordancia lo podemos entender si la ascensión es vista desde distintas dimensiones. En el final del Evangelio, la perspectiva es más cristológica. En el comienzo de Hechos, es más eclesiológica. La lectura de hoy hace hincapié en el último mensaje de Jesús a sus discípulos, donde se comienza con un anuncio kerygmático que alude a la Escritura: el Cristo debía morir y resucitar, y se predicará en su nombre la conversión. Los discípulos son testigos de ello, del hecho cristológico. Cuando sean revestidos por la fuerza de lo alto, que es la promesa del Espíritu Santo, podrán anunciar con valentía y sin temor ese kerygma. En esta ascensión, el Resucitado es presentado bendiciendo, y la figura del Templo de Jerusalén es el último escenario que se menciona en el Evangelio. Con estos dos elementos (bendición y templo), Lucas hace el parangón con el inicio de su libro, que da comienzo también en el Templo (cf. Lc 1, 8-9), cuando Zacarías, padre de Juan el Bautista, tiene la visión del ángel; al salir fuera, donde lo esperaba todo el pueblo, no podía hablar (cf. Lc 1, 21-22), y por lo tanto, no podía bendecir.
En el comienzo de Hechos de los Apóstoles, en cambio, el hincapié es eclesiológico. Al autor le interesa mostrar ahora la dimensión de la vivencia discipular de la ascensión. En el final de su primer libro, el Evangelio, quedó claro que la ascensión es parte fundamental para entender lo cósmico de la cristología. En Hechos, quedará claro que la vida de la Iglesia es la vida de los testigos, o sea, de los mártires en lenguaje griego. Para leer la escena de la ascensión hay que recordar el arrebatamiento de Elías en el Segundo Libro de los Reyes. Allí, cuando Eliseo pide a Elías que dos tercios del espíritu profético pasen de su maestro a él, Elías le replica: “Pides algo difícil; si alcanzas a verme cuando sea arrebatado de tu lado, entonces pasará a ti; si no, no pasará” (2Rey 2, 10). La condición, entonces, para que el espíritu de profecía sea comunicado del maestro al discípulo, es que éste pueda verlo cuando se eleva a los cielos. Como no podía ser de otra manera, Eliseo ve el arrebato de Elías y recibe el espíritu (cf. 2Rey 2, 11-15). Las similitudes con el texto lucano saltan a la vista. Los discípulos de Jesús reciben la orden de permanecer en Jerusalén para recibir el Espíritu Santo (cf. Hch 1, 8), y tras ver cómo su Maestro es elevado a los cielos (cf. Hch 1, 9), el día de Pentecostés son llenados por ese Espíritu (cf. Hch 2, 1-4).

Que la Pascua implica la ascensión es indiscutible. El paso a la vida nueva de Dios es el paso a la dimensión divina y a su órbita. Quien resucita, entra al espacio de Dios, de por sí. Por eso las distintas separaciones temporales elegidas por los diferentes autores del Nuevo Testamento importan más en el orden catequístico que en cuanto a cronología exacta. Para explicar la Pascua lo más profundamente posible, y para explicar la ascensión en su dimensión particular, la tradición cristiana decidió separar ambos sucesos que, en su esencia íntima, no son más que uno solo. Litúrgicamente, inclusive, la fecha de celebración de la ascensión tiene dos opciones: en algunos lugares se festeja a los cuarenta días del domingo de pascua de cada año (un jueves); en otros sitios, el domingo antes de Pentecostés.

Pistas hermenéuticas (qué nos dice el texto)
Los sacerdotes del Templo, o sea, de la Antigua Alianza, quedan mudos por su incredulidad, y ya no pueden bendecir; el nuevo Sacerdote que es el Cristo, es la fuente de todas las bendiciones. El Cristo que asciende es el Cristo que bendice. Sólo puede bendecir con fuerza y con eficacia el que vive la vida de Dios. Aquellos que pretenden bendecir desde arriba, por la fuerza, como imponiendo su posición de autoridad, son los que no dicen nada. Hablan y hablan palabrería, pero en los oídos resuena una sordera. Tienen palabras vacías y, desde su origen, palabras mentirosas. Muchos se adjudican la capacidad de bendecir, y ostentan vestimentas fabricadas especialmente para la bendición. Sin embargo, Cristo muerto y resucitado, les demuestra que para tener una verdadera palabra de bendición, hay que saber estar. Jesús estuvo con el pueblo pobre, vivió entre los campesinos, artesanos y pescadores de la Galilea, pagó impuestos y sufrió la bota de la opresión romana. Resucitó y, en lugar de vengarse de sus homicidas, siguió hablando del Reino de Dios a los discípulos, con conceptos como amor y paz. Ascendió a los cielos, no para olvidarse de la tierra que lo había cobijado y maltratado, sino bendiciendo a esos seres humanos que quedaban en una vida que no es fácil y es maravillosa. La bendición, justamente, es su manera de estar, aún desapareciendo físicamente. Su bendición es la palabra fructífera para un puñado de discípulos y un mundo por evangelizar.

¿Quién puede atreverse a bendecir con semejante modelo? ¿Quién puede animarse a ostentar palabras de promesas si no vive la vida del pueblo? En el partidismo político de hoy y de siempre, varones y mujeres de carrera gubernamental, quieren endulzar el oído de la gente con bendiciones que salen de sus bocas. Ellos también ascienden, hacia tronos y puestos en secretarías, pero no lo hacen para estar más cerca, ni siquiera para estar. Ellos ascienden para separarse, para estar lejos, para no contaminarse, para no ser molestados. Pretenden bendecir a la distancia, sin compromiso, sin caminar las calles, sin vivir en un rancho, sin contar las monedas para llegar a fin de mes. Pretenden estar arriba ignorando el abajo. Esa no es la política de Jesús.

Si la Iglesia predica a un Cristo que ascendió para nunca más estar entre nosotros y dirigirnos desde una nube, está dando pie a interpretaciones erróneas de la autoridad y del poder de la palabra. Si, en cambio, la Iglesia le hace sentir a los pueblos que Cristo camina entre nosotros, que se sigue ensuciando los pies con el polvo nuestro de cada día, que sigue tocando leprosos y comiendo con prostitutas, entonces los pueblos se darán cuenta que muchos políticos mienten, y que la única palabra válida es la Palabra de aquel que, siendo Dios, compartió las penas y las alegrías de ser humano. Siendo Dios, antes de ascender, descendió.


WebJCP | Abril 2007