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MISIONEROS EN CAMINO: Paz-Shalom versus Pax Romana / Sexto Domingo de Pascua – Ciclo C – Jn 14, 23-29 / 05.05.13
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domingo, 5 de mayo de 2013

Paz-Shalom versus Pax Romana / Sexto Domingo de Pascua – Ciclo C – Jn 14, 23-29 / 05.05.13


Pistas de exégesis (qué dice el texto)

Los que aman son habitados por el Hijo y el Padre, quienes ponen su morada en él o ella. Así como el Verbo “puso su morada entre nosotros” (Jn 1, 14), Dios arma la tienda en el discípulo. La imagen de la morada proviene de la historia veterotestamentaria sobre la Tienda del Encuentro, una especie de santuario móvil que Israel llevaba consigo en su peregrinación a manera de templo, antes de la construcción del Templo de Jerusalén. La morada había sido orden directa de Yahvé a Moisés (cf. Ex 25, 8-9); cuando el pueblo avanzaba por el desierto, la Tienda era desarmada y llevada, y cuando el pueblo se detenía, se armaba la Tienda, sobre la cual se ubicaba la nube o la columna de fuego que representaban la gloria de Dios (cf. Ex 40, 36-37); en la Tienda se encontraban cara a cara Moisés y Yahvé (cf. Ex 33, 8-11a).
Cuando Juan habla de una morada puesta entre los seres humanos, está recordando la Tienda del Encuentro. Aquella pregunta retórica que conserva el Deuteronomio sobre Yahvé sirve para los cristianos: “¿Hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está Yahvé nuestro Dios siempre que lo invocamos? (Dt 4, 7). La imagen de la morada es la imagen de la cercanía. Dios está en medio del pueblo, con la gente. Jesús es, justamente, el sacramento por excelencia de esa cercanía divina. En clave más íntima y espiritual, el discípulo puede experimentar la morada dentro suyo, como acompañamiento efectivo de su vida. Por eso Jesús puede manifestarse con plenitud a los que son capaces de abrirse al amor. Amando se conoce, y se conoce en profundidad. Hay que estar dispuesto a dejarse habitar por Dios, hay que darle espacio, dejarlo entrar, de lo contrario, la manifestación se queda en la distancia, en el conocimiento superficial. Dios se auto-revela, pero no todos guardan la Palabra. Se la escucha y oye, pero no supera el grado de lo trivial, lo voluble. Dios quiere que todos los hombres se salven (cf. 1Tim 2, 4); ahora bien, ¿todos los hombres están dispuestos a salvarse por la vía de la gracia/amor?



Es difícil dar un veredicto sobre la conciencia del concepto de Trinidad en Juan, pues se corre el riesgo de un anacronismo importante. Lo cierto es que en el pasaje leído hoy, tanto el Padre como el Hijo como el Espíritu Santo se encuentran definidos funcionalmente. El Hijo, Jesús, es el que da la Palabra y la paz. La Palabra es del Padre, bien lo aclara, pero Él la transmite, la pone en lenguaje humano. Es una Palabra que habla de muchas cosas, pero que puede resumirse en Reino y Padre. Los dichos del Hijo son dichos sobre su Padre y el proyecto que tiene para la humanidad. Ya desde el inicio, el libro hace la introducción de Jesús con el himno a la Palabra/Verbo/Logos (cf. Jn 1, 1-18). Jesús transmite palabras y es Palabra; hay que guardar sus mandamientos y guardarlo a Él; hay que creer lo que dice y creerle a su persona. En cuanto al Padre, aparece como la fuente del amor y como el que envía. La frase sobre la grandeza del Padre superior a la de Jesús, que tantos dolores de cabeza trae a la doctrina trinitaria, es una referencia más de este Hijo que sólo se entiende y se da a entender en su relación con el Padre. En el Padre comienza y termina todo, lo abarca todo, lo completa todo, y ama a todos con un amor fontal, primigenio, eterno. A partir de Él cobra sentido la Creación, la historia y el ser humano. Es Él que envía a su Hijo y que envía al Paráclito para estar presente y cercano en su pueblo. Al contrario de lo que puede creerse, Dios no desaparece ausentándose de la historia, sino que transforma su presencia. Finalmente, tenemos al Espíritu Santo, que enseña y recuerda. Es una especie de guía interior, invisible, haciendo morada en los corazones (cf. Jn 14, 17). El Espíritu Santo afecta el meollo de los varones y mujeres, acampa en los lugares recónditos de la propia persona donde se encuentran, solos y cara a cara, Dios y lo más propio de cada uno.

Una de las características del Hijo es su condición de dador de paz. En el contexto del Evangelio donde nos encontramos, la referencia es importantísima. Recordemos que estamos en la sobremesa de la última cena. Judas ya salió a la oscuridad de la noche para entregar al Maestro (cf. Jn 13, 30) y se le ha anunciado a Pedro que lo negaría tres veces antes del canto del gallo (cf. Jn 13, 38). El evangelista nos hizo notar que Jesús estuvo turbado cuando habló sobre la entrega de Judas (cf. Jn 13, 21), y que días antes hizo manifiesta su turbación cuando oró al Padre (cf. Jn 12, 27) en una oración muy similar a la de Getsemaní de los relatos sinópticos de Marcos, Mateo y Lucas. Ahora, en el discurso de despedida, en dos oportunidades pide a sus discípulos que no se turben sus corazones (cf. Jn 14, 1.27). Y es que es fácil turbarse en la situación en la que se encuentran. En esas situaciones, es necesaria la paz. En el griego del Nuevo Testamento, la palabra para la paz es eirene. En la literatura neotestamentaria aparece 96 veces, de las cuales 26 corresponden a los Evangelios. En el Evangelio según Juan aparece 6 veces, solamente en el contexto del discurso de despedida (cf. Jn 14, 24 y Jn 16, 33) y en las apariciones del Resucitado (cf. Jn 20, 19.21.26).
La paz de Jesús, distinta a la del mundo, es paz cuando abundan las tribulaciones, y paz en el orden nuevo de las cosas. No hay que esperar al fin del mundo para la paz, sino comenzar a vivirla en medio del mundo, cuando la paz es lo más necesario. En este sentido, el significado de la paz para Jesús está más cercano al concepto hebreo que al griego o al romano. Para éstos últimos, la pax (palabra latina) era la situación que se lograba mediante pactos, sociales o de guerra. El Imperio vivía la pax romana cuando los pueblos vecinos no atacaban y los ciudadanos de la oikumene aceptaban las reglas, aún si éstas fuesen injustas. La pax romana era un lema imperial y un estilo de vida. Pablo les recuerda a los tesalonicenses (cf. 1Tes 5, 3) que, mientras los romanos se confían en su slogan de paz y seguridad, la historia los desmiente y la ruina procede, precisamente, de esa convicción en una paz falsa. Por otro lado, el concepto griego de la paz está muy ligado al tiempo en que no hay guerra declarada. Se vive en paz cuando el país propio no es atacado ni está atacando en una acción bélica determinada y característica.

El concepto hebreo es el de shalom. Una posible traducción sería bienestar. La paz para el hebreo es el estado de salud integral, que implica el aspecto psíquico, el aspecto biológico y el aspecto social. No hay paz sólo cuando las guerras internacionales están ausentes, o sólo cuando el individuo logra aislarse del tumulto para estar en calma. Hay paz cuando hay bienestar en la persona, y por lo tanto, la paz puede conseguirse en ámbitos variados. Aún en medio de las tribulaciones se puede estar en paz, en estado de bienestar, dado no por las condiciones externas, sino por la salud que significa, en el caso del creyente, sentirse acompañado por Dios. Por esta razón puede Jesús dar su paz en momentos tan terribles como la noche de su apresamiento. Y que la vuelva a dar Resucitado, es signo de que lo importante para la paz es reconocer la presencia constante de Dios entre nosotros.

Pistas hermenéuticas (qué nos dice el texto)
Cuando los israelitas, actualmente, se saludan, dicen mah shlomka, que puede traducirse como ¿cuál es tu paz? En la carta a los Efesios, queda claro que Jesús es nuestra paz (cf. Ef 2, 14). Cuando todo está dado vueltas, Él es nuestra paz. Cuando hay tribulaciones, Él es nuestra paz. Cuando estamos desanimados, deprimidos o cansados, Él es nuestra paz. Cuando estamos en guerra con nosotros mismos o con los otros, Él es nuestra paz. Ciertamente, que no se turbe el corazón es difícil, sobre todo en los momentos donde, lógicamente, debería turbarse. Pero lo importante parece estar en atenerse a la Palabra que da la paz. Como en el Imperio, hoy hay muchas intenciones de vender un concepto de paz que es mentira. Quizás, una de las tergiversaciones más dañinas sobre la paz está en la idea de aislamiento. Se está en paz cuando nadie te reclama nada, cuando nadie te demanda atención, cuando los problemas de los otros son pura y exclusivamente de los otros, cuando es posible descansar sin visitas ni llamados de teléfono. En esa paz falsa, el otro desaparece para que yo pueda tener una supuesta tranquilidad.

La paz de Jesús, en cambio, se vive en comunidad. Es la paz que brota de la primerísima comunidad, de la Trinidad. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no viven en paz separados, sino que viven la paz del amor comunitario. La Iglesia se ve impelida a buscar esa forma de existencia, que es existencia en relación. Y existencia en cercanía. Para buscar la paz, para evangelizar con la paz, es preciso armar la tienda entre los pueblos de la tierra que no gozan de ningún bienestar, que son bombardeados con la intención de que no experimenten shalom, que crean que Dios los ha dejado, se ha ido. Allí, la Iglesia debe ser esa presencia transformada del Padre, ese amor hecho palabra en acción del Hijo, esa intimidad que habla al corazón como el Espíritu Santo. Cuando la Iglesia deja la tienda de campaña entre los que están en éxodo para instalarse en los palacios de los señores de la guerra, rechaza la vida trinitaria que hay en ella. ¿Qué Dios cercano se predica desde la lejanía? ¿Qué paz puede reclamarse a la comunidad internacional cuando los sostenedores del sistema de exclusión, hambre, batallas y marginalidad son recibidos con pompa por la propia Iglesia? Hay que aprender a diferenciar la paz del mundo de la paz de Dios. Es necesario advertir que los típicos slogans suelen ser herramientas para adormecer a los pueblos, y que el Evangelio es el verdadero bienestar capaz de liberar.


WebJCP | Abril 2007