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MISIONEROS EN CAMINO: Vivir en la luz o vivir en las tinieblas
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domingo, 10 de abril de 2011

Vivir en la luz o vivir en las tinieblas


Todos sabemos que la fe en Jesucristo no es fruto de un raciocinio sino de una elección, de una libre decisión, de un incipiente amor. Por eso es de primera importancia descubrir la persona de Jesús como una verdadera propuesta de salvación. ¡Qué mensaje más maravilloso el que hemos tenido la oportunidad de recibir en el Evangelio que escuchamos el domingo pasado! (cf. Jn 9, 1-41). Jesús se presenta ante un ciego de nacimiento, ante alguien que no ve, que está en la oscuridad y en la tiniebla. ¡Qué estampa más maravillosa la que nos muestran Jesús y el ciego! Es la estampa en la que Jesús da vida, se convierte para el ciego en causa de salvación, le entrega su Vida para que vea plenamente.

El barro nos representa a nosotros, los hombres, cuando vivimos al margen de Dios. Somos barro si vivimos desde nosotros mismos. Somos hombres y mujeres con vida y con luz, cuando vivimos acogiendo la Vida del Señor. Unir el barro a la saliva es una manera de expresar que la saliva es signo de vida y que, cuando se une con el barro, trae siempre salvación y luz. No se te ocurra vivir sin el soplo de la vida: serás barro sin vida y sin luz. Vive tu humanidad con el soplo de vida que siempre el Señor te ofrece, como ofreció al ciego de nacimiento.
Haz una composición de lugar: tú eres el ciego y seguirás siendo ciego mientras no dejes que Jesús se acerque a tu vida, como lo hizo con el ciego de nacimiento. Deja por un momento que se acerque. Él te ve y sabe cómo estás cuando vives al margen de Él o sin una comunión plena con Él. Te interesa descubrir lo que sucedió con el ciego de nacimiento. Puede hacer lo mismo contigo. “En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento”. Es Jesús quien le ve. Es Jesús quien nos ve a nosotros, quien te ve a ti y a mí. Es Jesús quien se interesa por nosotros. Y su interés es para entregarnos la salvación, que en este caso se traduce por tener luz y poder ver. Continúa el Evangelio diciendo: “escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: Ve a lavarte a la piscina de Siloé. Él fue, se lavó, y volvió con vista”. El Señor lo que hace es entregarle su Vida, su Amor. ¡Qué fuerza tiene en nuestra vida percibir que Jesús se aproxima a nosotros como si fuésemos unos náufragos a los que Él les acerca el salvavidas! Somos náufragos y Jesús es nuestra salvación, la mano firme que nos libra de las tinieblas.
¡Cuánto han crecido las posibilidades materiales y técnicas en nuestra vida histórica, pero qué raquítica se ha quedado en ella la experiencia de Dios! Por eso Jesús se acerca a nosotros como al ciego de nacimiento, quiere hacernos entender que sin Él no vemos y estamos en las tinieblas. Sin Él no nos conocemos, no sabemos quiénes somos, no tenemos identidad. Recordemos lo que decía la gente del ciego y lo que él dice de sí mismo después de entrar en comunión con Jesús y así recobrar la vista: “¿No es ése el que se sentaba a pedir? Unos decían: El mismo. Otros decían: no es él pero se le parece. El respondía: Soy yo”. ¡Qué maravilla, ese “soy yo” dicho con fuerza por el ciego! Es lo mismo que decir: ahora sí que soy yo, ahora sí que veo, ahora sí que he salido de la tiniebla a la luz maravillosa que me ha sido regalada por Jesucristo.
Todos tenemos en lo más profundo de nuestra existencia nostalgia de Dios que se manifiesta de modos diferentes en la vida. Y es que hemos salido de sus manos, ha sido Él quien nos ha dado el aliento para vivir. Habíamos perdido la Vida y ha venido Jesucristo a devolvernos esa Vida. De tal modo que la urgencia del encuentro del hombre con Jesucristo es muy grande. Sí, es urgente que los hombres conozcan a Jesucristo. Que conozcan a quien da la Vida, a quien puede regalarla y entregarla. Necesitamos descubrir la verdad profunda de nuestra existencia y esa solamente nos la regala Jesucristo.
¡Qué belleza tiene el Evangelio del ciego de nacimiento! Nos enseña que hay que llegar hasta lo más profundo de la existencia humana para que la vida sea verdaderamente bella y a esa profundidad solamente puede llegar Jesucristo. Cuando llega, la vida queda iluminada. El ser humano hoy necesita de esa Luz. Porque está padeciendo lo que más le hace sufrir, vivir en la ausencia de Dios verdadero, en un silencio que no puede aguantar y que le angustia. Necesita, como el ciego de nacimiento, tener experiencia fuerte del amor de Dios y confiar en Él, contar con Él, poner la confianza de toda su vida en Él. ¿Tendrá el atrevimiento y la osadía el ser humano de reconocer que por sí mismo no ve y que necesita de quien le da la luz? ¿Tendremos el atrevimiento de dejar que Jesús se acerque a nuestra vida, precisamente en esta hora en que los hombres y mujeres de este mundo tienen la experiencia existencial de que nos quedamos solos y a merced de nosotros mismos? Jesús nos da un horizonte para vivir diferente. Acerquemos nuestra vida a la Vida y a la Luz.
¡Qué hondura tiene el Evangelio de San Juan que, ciertamente, nos ayuda a entender esta página del ciego de nacimiento! En el centro del Evangelio aparece siempre la persona de Jesús, el Hijo de Dios y la salvación que Él anuncia y ofrece a los hombres y al mundo. Y todo ello se describe a través del vocabulario de la luz y de la vida. En cambio, el rechazo de la salvación se plantea siempre a través del vocabulario de las tinieblas, de la mentira, de la oscuridad, de la ceguera, de la muerte, de la noche. Por eso la luz y las tinieblas no tienen un significado simplemente físico o neutro, sino que están cargados de un significado profundamente religioso y teológico. La luz es símbolo de lo que Dios es en sí mismo y de lo que Él hace por el hombre a través de Jesús. Las tinieblas son el conjunto de falsos valores, de ideologías y de sistemas contaminados por el pecado que siempre están moviendo al hombre a cerrarse al interés que Dios tiene por él y a su proyecto de salvación. ¡Qué gracia más especial para nosotros ver a un ciego que es curado de su ceguera por el Señor y al que le es dada la Luz de Dios! Porque ese ciego ¡somos también tú y yo!

Con gran afecto, os bendice
Carlos Osoro, Arzobispo de Valencia


WebJCP | Abril 2007