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MISIONEROS EN CAMINO: Evangelio Misionero del Día: 11 de Abril de 2011 - V SEMANA DE CUARESMA - CICLO A
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domingo, 10 de abril de 2011

Evangelio Misionero del Día: 11 de Abril de 2011 - V SEMANA DE CUARESMA - CICLO A


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 8, 1-11

Jesús fue al monte de los Olivos. Al amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a Él. Entonces se sentó y comenzó a enseñarles.
Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos, dijeron a Jesús: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y Tú, ¿qué dices?».
Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo.
Como insistían, se enderezó y les dijo: «Aquél de ustedes que no tenga pecado, que arroje la primera piedra». E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo. Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos.
Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, e incorporándose, le preguntó:
«Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Nadie te ha condenado?»
Ella le respondió:
«Nadie, Señor».
«Yo tampoco te condeno -le dijo Jesús-. Vete, no peques más en adelante».

Compartiendo la Palabra
Por Enrique Martinez cmf

DE LA MANO DE LAS MUJERES

Me agrada que en este camino de conversión, de transformación de actitudes, de comportamientos, y también de estructuras, la liturgia nos traiga a la mujer. En muchos casos, su dignidad no está asegurada: ni ante las leyes, ni en sus derechos, ni en el acceso a responsabilidades... En unos países más que en otros, y en cuanto a las personas, unas las tratan con más consideración y respeto que otras.
La primera invitación que siente al leer despacio las lecturas es a ponerme en el pellejo de ambas. Hay diferencias entre las protagonistas de las dos situaciones descritas. Pero también hay puntos en común. Me parece importante que las leamos haciendo uso de la «empatía», para intentar captar sus sentimientos: desvalimiento, injusticia, imposibilidad de defenderse de las manipulaciones de los hombres (unos desde la mentira, y otros desde la Ley, desde «los criterios de Dios»). Y luego, actualizando su situación a nuestro tiempo y circunstancias personales, tomar la decisión de dedicarles tiempo, escucharlas, apoyarlas, «mojarse» en su favor. Y me parece importante preguntarnos por nuestra actitud (personal, social y ¡también eclesial!) e implicación ante estas mujeres que tantas veces son arrinconadas, despreciadas o condenadas, o «usadas» según nuestros intereses particulares.
Una segunda invitación. Los dos relatos de este día nos invitan a caer (más) en la cuenta de que Dios no es neutral ante la injusticia o el maltrato del ser humano, incluso cuando es «culpable» con la Ley de Dios en la mano -como en el caso del Evangelio-: quiere salvar siempre a la persona, y hacer justicia. Lo hizo ya desde el comienzo de la «historia» reclamando por la sangre de Abel. Lo hace con Susana, por medio del joven Daniel. Lo hace en el Evangelio por medio de su propio Hijo... Y tendrá que hacerlo personalmente en la cruz, cuando sea el Hijo del Padre la víctima de los poderes políticos y religiosos. Y tendrá que seguir haciéndolo hoy a través del resto de sus hijos y de aquellos que escuchan la voz de su conciencia (aunque no sean creyentes), pero saben, como el propio Dios, ponerse incondicionalmente de parte de la más débil y del más débil, frente al poder político, económico, social, y hasta religioso. Y hacerlo desde la humildad del que se siente y reconoce pecador, y no pocas veces, cómplice y hasta culpable de las situaciones que tanto sufrimiento causan.
Por último, como tercera invitación, podemos revisar nuestras miradas hacia los demás. Los viejos verdes de la primera lectura miran a la mujer desde el deseo y la inmoralidad. La gente (servidumbre y el pueblo) tienen una mirada crédula y superficial: no se cuestionan la información que reciben y se dejan llevar en sus juicios. La mirada de hipocresía y de condena de los escribas y fariseos del Evangelio... Podíamos añadir muchas otras claves: la mirada lleva directamente a tratar a la persona de manera parcial e injusta: el aspecto, la raza, la edad, la salud, los prejuicios, los intereses personales... Hay una mirada que debiéramos aprender: la de Jesús. Una mirada empática, dignificadora, respetuosa, penetrante, comprensiva, que busca por encima de todo ayudar a la persona a superar su situación, a defenderla, a estimularla a que luche por sí misma y no caiga de nuevo en el mal.
Ya tenemos tarea para nuestra conversión... y en la que necesitaremos mucho más que una Cuaresma. Que la bondad y la misericordia del Señor nos acompañen todos los días de nuestra vida.


WebJCP | Abril 2007