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martes, 16 de junio de 2009

Pablo de Tarso: Discípulo y Misionero


Publicado por Esquila Misional

Llegamos al final del «año paulino» proclamado así por el papa Benedicto XVI con motivo del segundo milenio del nacimiento de san Pablo. Mucho se ha escrito y hablado sobre este singular personaje, pero aquí sólo recordaremos algunas etapas de su vida y buscaremos evidenciar lo que pueda ayudarnos a renovar nuestro compromiso misionero.

Iniciamos con algunas preguntas: Al concluir el «año paulino», ¿con qué me quedo?, ¿me he dejado cuestionar por Pablo en su radical seguimiento de Cristo y en su entrega incondicional a sus hermanos?, ¿se ha removido en mi corazón y en mi comunidad la urgencia misionera para evangelizar a los más pobres, a los más alejados y a los que todavía no conocen a Jesucristo?

Un hombre «a carta cabal»

Lo que más me llama la atención de Pablo es su humanidad tan exuberante de cualidades y límites. Ciudadano romano de nacimiento (cf He 22,28), nació en Tarso de Cilicia, alrededor del año 8 dC. Recibió el nombre judío de «Saulo» y también el latino de «Paulus». En casa, hablaba hebreo y arameo; y afuera, en la ciudad, griego. Su familia lo educó en la Ley de Moisés como judío de estricta observancia. En cambio, el ambiente social que respiró fue helénico cosmopolita, lleno de nuevas ideas. Así el futuro misionero se formó en tres culturas diferentes: judía, romana y griega. Pablo aprendió a fabricar tiendas con lana ruda de cabra o fibra de lino. Más tarde, él mismo nos cuenta: «De nadie he codiciado plata, oro o vestidos. Miren mis manos, con ellas he conseguido lo necesario para mí y para mis compañeros» (He 20,33-34).

El joven Pablo siente una especial devoción por el estudio de la Torá: «Estaba más apegado a la religión judía que muchos compatriotas de mi edad y defendía con mayor fanatismo las tradiciones de mis padres» (Gal 1,14). Por ese motivo viaja a Jerusalén, para ponerse bajo la guía del más apreciado rabino, Gamaliel, «El Viejo». Orgulloso de las tradiciones de sus ancestros declara: «Nací de la raza de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo e hijo de hebreos, y fui circuncidado a los ocho días. ¿Observaba yo la Ley? Por supuesto, pues era fariseo, y convencido, como lo demostré persiguiendo a la Iglesia, y en cuanto a ser justo según la Ley, fui un hombre irreprochable» (Fil 3,5-6).

Lo encontramos cuando se realiza el martirio de Esteban: «Entonces empezaron a gritar, se taparon los oídos y todos a una se lanzaron contra él... Los testigos habían dejado sus ropas a los pies de un joven llamado Saulo» (He 7,57-58). Guiado por sus convicciones religiosas y su carácter férreo, pronto se transforma en perseguidor de los cristianos: «Saulo no desistía de su rabia, proyectando violencias y muerte contra los discípulos del Señor. Se presentó al sumo sacerdote y le pidió poderes escritos para las sinagogas de Damasco, pues quería detener a cuantos seguidores del Camino encontrara, hombres y mujeres, y llevarlos presos a Jerusalén» (He 9,1-2).

Encuentro personal con Jesucristo vivo
El encuentro de Pablo con Cristo por el camino de Damasco es el punto central de su vida: queda polarizado por Jesucristo. «Lo envolvió de repente una luz que venía del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”. Preguntó él: “¿Quién eres tú, Señor?”. Él respondió: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (He 9,3-6).

Entonces Pablo se retira y pasa largos períodos en completo silencio y escucha de la Palabra: tres años en Arabia después de su conversión (cf Gal 1,17-19); cuatro años de reflexión en Tarso, después de su tormentosa predicación en Jerusalén; dos años de prisión en Cesarea antes de embarcarse hacia Roma, y finalmente los largos años de encarcelamiento domiciliario previos a su martirio.

La dimensión contemplativa de Pablo se basa en dos convicciones que sustentan toda su vida misionera: a) la certeza de haber sido llamado «directamente» por Cristo: «enviado no por los hombres ni por intervención de hombres, sino por Cristo Jesús y por Dios Padre que lo resucitó de entre los muertos» (Gal 1,1); y b) la certeza de haber encontrado el tesoro más valioso: «Al tener a Cristo consideré todas mis ventajas como cosas negativas. Más aún, todo lo considero al presente como peso muerto en comparación con eso tan extraordinario que es conocer a Cristo Jesús, mi Señor» (Fil 3,7-8).

En comunión con la Iglesia
La gracia de Dios no hace de Pablo una marioneta, sino lo invita a emprender un proceso de maduración. Para ello cuenta con la ayuda de personas pacientes que saben acompañarlo. La primera situación complicadísima que debe superar es: Por un lado, los cristianos lo miran con miedo, y por otro, los judíos lo consideran un traidor. Se encuentra así entre dos trincheras. Otra de las dificultades se la produjo su carácter fogoso que raya en intransigencia. Recién convertido se dirige al centro de Jerusalén para predicar sobre Jesucristo; lo hace con tal pasión que despierta la ira de quienes lo escuchan, logrando apenas escapar, arriesgando seriamente su vida.

Pablo vence estos obstáculos a través de un gran amor a la Iglesia. Comprende día tras día que la misión no le pertenece sino que es un don eclesial, que el diálogo sincero es la clave para la superación de los conflictos y, en particular, que lo más precioso es el cariño fraterno en la comunidad para manifestar así la verdad de la fe.

Pablo siempre sostiene la visión de una Iglesia como comunión de corazones. Esto lo demuestra, en primer lugar, en su respeto a Pedro y al colegio de apóstoles: «Santiago, Cefas y Juan reconocieron la gracia que Dios me ha concedido. Estos hombres, considerados pilares de la Iglesia, nos estrecharon la mano a mí y a Bernabé en señal de comunión: nosotros nos dirigiríamos a los paganos y ellos a los judíos» (Gal 2,9-10). La Iglesia que Pablo anhela es igualitaria (ni judío ni griego ni esclavo ni libre ni varón ni mujer) y, al mismo tiempo, cuidadosa de las distintas funciones de liderazgo, ministeriales y carismas.

Para Pablo la colaboración de todos es indispensable. Bernabé tiene el enorme mérito de creer en Pablo y sacarlo de su anonimato. En adelante, siempre lo vemos acompañado de otros discípulos: Marcos, Silas, Lucas, Tito, Timoteo y otros más. Y diversas mujeres que son claves para llevar adelante la evangelización: Priscila (mujer de Aquila), Lidia (vendedora de telas de púrpura), Febe (diaconisa de Cencreas), la madre de Rufo, Trifenia y Trifosa... Nunca se desliga de la comunidad de Antioquia, de la que se sabe actuar en su nombre y por su mandato.

Pablo ama entrañablemente a las comunidades por él fundadas: «Nos hicimos pequeños entre ustedes, imitando a la madre que juega con su criatura. Y era tal nuestra preocupación por ustedes, que estábamos dispuestos a darles no sólo el Evangelio, sino también nuestra propia vida» (1Te 2,7-8). En Mileto, ante la inminente despedida de Pablo, sucede una escena de intenso amor fraterno: «Entonces empezaron todos a llorar y le besaban abrazados a su cuello. Todos estaban muy afligidos porque les había dicho que no le volverían a ver» (He 20,37-38).

Viajes misioneros: Apertura «ad gentes»
Antioquia es donde por primera vez los discípulos de Cristo reciben el nombre de cristianos (cf He 11,26). Esa comunidad mandó en misión a Bernabé y Pablo. «Un día, el Espíritu Santo les dijo: “Sepárenme a Bernabé y a Saulo y envíenlos a realizar la misión para la que los he llamado”. Ayunaron e hicieron oraciones, les impusieron las manos y los enviaron» (He 13,2-3). Después de zarpar del puerto de Seléucida, atravesaron la isla de Chipre de Salamina a Pafos, de aquí llegaron a las costas del sur de Anatolia pasando por Atalia, Perge de Panfilia, Antioquia de Pisidia, Iconio, Listra y Derbe. Así nace la Iglesia de los paganos.

Por estas fechas se reúne el Concilio de los Apóstoles en Jerusalén (año 48 o 49) para dirimir una cuestión de suma importancia: se busca la necesaria autonomía de la Iglesia cristiana respecto al judaísmo, creyendo que la fe en Cristo es la causa de la salvación más que las obras de la Ley. Sobre este problema dependía el fundamento de la Iglesia universal.

El segundo viaje misionero lleva a Pablo hacia Siria y Cilicia (cf He 15,36–18,22). Nueve años que cambian el rostro de la Iglesia primitiva. Es el tiempo en que escribe la mayoría de sus 14 Epístolas. Desde Éfeso hasta Corinto. En Listra encuentra a Timoteo (hijo de una judía y un pagano), luego continúa a Frigia, Galacia y en Macedonia visita Filipos. Sigue Tesalónica y Atenas. En Triade, ve en sueños a un macedonio en la otra parte del mar, que le decía: «¡Ven a ayudarnos!» (cf He 16,9). Esta es la apertura misionera a otras fronteras culturales.

Su tercer viaje (cf He 18,23–21,16) comienza como siempre en Antioquia; se dirige a Frigia, Galacia, Éfeso (cf He 19,23-40). Da vuelta recorriendo sus antiguas misiones y se dirige hacia Jerusalén. Lleva consigo las limosnas recogidas para ayudar a la comunidad de Judea como importante signo de comunión eclesial.

Experiencia de la Cruz
Toda la misión de Pablo está marcada por el sufrimiento. Nos lo narra dramáticamente: «...Más por mis numerosas fatigas, más por el tiempo en cárcel, más por los golpes recibidos, muchas veces me encontré en peligro de muerte. Cinco veces fui condenado por los judíos a los 39 azotes, tres veces fui apaleado, una vez fui apedreado, tres veces naufragué y una vez pasé un día y una noche perdido en alta mar. Viajes frecuentes, peligros de ríos, peligros de bandidos, peligros por parte de mis compatriotas y por parte de los paganos, peligros en la ciudad y en lugares despoblados, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos. Trabajos y agotamiento, con noches sin dormir, con hambre y sed, con frío y sin abrigo...» (2Co 11,23-31).

Apenas llega a Jerusalén, llevando la colecta, los judíos se apoderan de él en el templo. Los soldados romanos lo protegen teniéndolo tres días en la fortaleza herodiana Torre Antonia. La condena a muerte es levantada gracias a la intervención del tribuno. Pablo apela al César y el procurador sucesivo, Porcio Festo, le envía a Roma custodiado militarmente. Tradiciones sucesivas hablan de una liberación, de que habría emprendido un viaje a España, así como un regreso a Asia Menor. Luego, un segundo arresto, otro encarcelamiento en Roma y, finalmente, su muerte.

A manera de epílogo: su martirio
Pablo es decapitado en Roma durante la persecución de Nerón. Tiene alrededor de 60 años de edad. Es posible que haya sido acusado por personas que bramaban de odio en contra de su predicación. Es martirizado en un lugar conocido como Aquae Silviae, pantano donde conducían a los prisioneros más detestables. Es sepultado junto a la Via Ostiense, donde hoy se levanta la basílica que honra su nombre.

Pablo de Tarso es el discípulo y misionero de Cristo que más destaca como faro de luz para aquellos que no pueden menos que gritar la buena noticia del amor de Dios a todos y por todos los rincones de la Tierra. Por eso, el papa Benedicto XVI resume así la vida de Pablo: «Vemos que su compromiso sólo se explica con un alma verdaderamente fascinada por la luz del Evangelio, enamorada de Cristo, un alma basada en una convicción profunda: es necesario llevar al mundo la luz de Cristo, anunciar el Evangelio a todos».

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WebJCP | Abril 2007