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lunes, 15 de junio de 2009

Id y proclamad

Por José Manuel Berruete, agustino recoleto
Parroquia Santa Rita, Madrid

El lenguaje es el vehículo mágico que nos permite acercarnos a los otros. En la tarea evangelizadora es necesario un lenguaje directo, claro y acomodado a los tiempos y lugares.

Pablo se dirigía a los cristianos de Corinto y les argumentaba: «Nosotros creemos y por eso hablamos» (2Cor 4, 13). El seguimiento del Evangelio es comunión con Jesús vivo y resucitado; y es comunicación misionera de su esperanza vivificante y resucitadora. Quienes nos confesamos creyentes sabemos que la barca de nuestra fe navega –con más preguntas abiertas que respuestas cerradas– en la superficie de las aguas profundas del misterio. Hablar de Dios a los compañeros de travesía vital no es un simple ejercicio piadoso de oratoria de a bordo. Tampoco se trata de una cuña publicitaria que se difunde religiosamente al amanecer, al mediodía y al atardecer por la red de megafonía del buque, desde la sala de máquinas hasta el puente de mando, pasando por los camarotes y la cubierta. Más bien, consiste en la transmisión de un fuego de sentido que nos enciende el corazón, nos ilumina la mirada, nos orienta los pasos y nos mueve las manos del cuerpo y del alma en dirección compasiva y solidaria.

El discurso supremo que Dios ha dirigido a toda la humanidad es una Palabra de carne y se llama Jesús de Nazaret. En Jesús su decir va siempre unido a su hacer. Anuncia y realiza, prescinde por completo de las locuciones con guión de monserga interminable y usa pocos conceptos y muchas imágenes, símbolos y metáforas. No suelta etéreas teorías sobre «las pigmentaciones del pagurus bernhardus (o sea, el cangrejo ermitaño) y sus semejanzas cromáticas con el arco iris dibujado en la bóveda celeste tras el Diluvio universal por los pinceles laboriosos del Dios Creador, según la literatura sagrada del Génesis». Jesús lanza al aire su voz a la vez que pone en juego sus entrañas y sus brazos para acoger a los proscritos y rehacer a los rotos por dentro y tronchados por fuera. Semejante proceder tiene una única finalidad: abrir de par en par las puertas de una vida nueva para todos aquellos que libremente acepten su invitación y entren en la corriente humanizadora de su Proyecto de las Bienaventuranzas.

El lenguaje de Jesús –pegado siempre al suelo concreto del vivir cotidiano– sugiere, atrae, inquieta, fascina, provoca, reanima, mueve a la decisión, transforma. Quizá no pueda decirse lo mismo de la gramática que empleamos buena parte de sus discípulos, tipos solemnes aquejados de aburrida obesidad conceptual y vacunados por nuestra acartonada madurez contra la frescura de esa lógica de la infancia que tanto alababa Jesús. El Principito de Antoine de Saint-Exupéry lo expresaba con cristalina sabiduría: «Las personas mayores son incapaces de comprender nada por sí solas, y es muy fastidioso para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones. Entienden mejor cuando se les habla de bridge, de golf, de política y de corbatas que cuando se les habla de la serpiente boa, de la selva virgen y de las estrellas».

En el hoy de aquí y ahora hay voceros de etiqueta cristiana que suenan como aquel remilgado pianista que ejecutaba melodías de rancio abolengo peliculero en el famoso programa televisivo Cine de barrio. Las partituras lo aguantan todo. Pero los espectadores no. La música del Evangelio no precisa sedas mohosas, requiere solfeos.

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WebJCP | Abril 2007