Publicado por OMP España
En la primera jornada de su viaje, San Pablo va a visitar a Benedicto XV. Lo encuentra enfrascado en la preparación de un texto con el que quiere lanzar el primer gran llamamiento del siglo XX en favor de la causa misionera. Estamos en 1919 y el Papa confía en que, sobreponiéndose al abatimiento causado por la Primera Guerra Mundial, las mejores energías de cada cual contribuyan a construir “el siglo de las misiones”. Sin andarse por las ramas, el documento, la carta apostólica Maximum illud, va a comenzar con el “mandato misionero” del Señor: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a todas las naciones...”. La Iglesia es católica, es decir, universal, y por eso no es extraña a ningún pueblo, dice el Papa. ¡Qué bien le suena esto a San Pablo!
La llama se reaviva
En pocas páginas, el Pontífice quiere dar normas a los obispos, vicarios y prefectos apostólicos; aconsejar y animar a los misioneros; pedir a todos los fieles que colaboren en la misión de la Iglesia... Una de sus preocupaciones es cómo insistir a superiores de misiones y misioneros para que se olviden de particularismos y nacionalismos que les hagan parecer embajadores de su país antes que de Jesucristo. San Pablo le da las claves para persuadirlos: ellos son ministros de una religión abierta a la humanidad, “donde no hay distinción de gentil y judío [...] porque Cristo lo es todo en todos” (Col 3,11, en MI 48), de modo que hay que renunciar a exclusivismos “con tal que de cualquier modo Cristo sea anunciado” (Flp 1,18, en MI 26). Mientras Benedicto XV recoge convencido esas palabras, su ilustre visitante vuelve a ponerse en marcha.
Al Apóstol le alegra saber que su siguiente anfitrión, Pío XI, va a ser conocido como el “Papa de las misiones”. Sólo en este año de 1926 ya va a ganarse el título: va a establecer el Domingo Mundial de las Misiones —sí, nuestro DOMUND—, a consagrar a los primeros obispos chinos y a publicar el documento que ahora tiene entre manos: la encíclica Rerum Ecclesiae. El Papa explica a San Pablo sus propósitos: quiere poner de relieve los grandes y poderosos motivos para que se vuelquen en la misión todos los católicos y, con algunas obligaciones específicas, los obispos y sacerdotes; y, siguiendo a su predecesor, también desea ofrecer normas a los vicarios y prefectos apostólicos, entre otras cosas, para cuidar con mimo el tesoro del clero nativo.
San Pablo se sonríe cuando entrevé sus propias palabras en la confesión de que al Papa le es imposible dar descanso a su corazón (cf. 2Co 7,5, en RE 17) sabiendo la magnitud de la tarea misionera pendiente. Bien conoce él la hondura de ese sentimiento. Y cuando el Pontífice señala que hay que ponerse en marcha, impulsados por el amor a Dios y al prójimo, como el mejor modo de agradecer al Señor ese regalo que es la fe, el Apóstol no puede estar más de acuerdo: a Dios “nada le agrada tanto como el que los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad” (cf. 1Tm 2,4, en RE 19). Ahora es Pío XI el que se sonríe: precisamente ha recogido esa frase de San Pablo para explicarlo... Y con esa complicidad se despiden, porque el viaje continúa...
Dos corazones misioneros
... Y continúa con un salto de veinticinco años. En 1951 Pío XII va a ofrecer una encíclica encabezada por estas palabras: Evangelii praecones. O en román paladino, “los heraldos del Evangelio”, esos misioneros “que trabajan fatigosamente en inmensos campos de apostolado para que «la palabra de Dios se propague y sea glorificada» (2Ts 3,1)” (EP 1). Sí, nada más comenzar, una cita de San Pablo, huésped ahora de este Papa que, tras repasar el cuarto de siglo transcurrido desde Rerum Ecclesiae, quiere sentar unos principios de acción misionera. A las Iglesias locales y a todos los miembros de la Iglesia nos pide ser una retaguardia activa; a los evangelizadores de vanguardia, que se preparen a fondo y tengan bien presente esto: “El misionero no busca sus propios intereses, sino los de Jesucristo (cf. Flp 2,21). El misionero considera como suyas estas palabras del Apóstol de las Gentes: «Somos embajadores de Cristo» (2Co 5,20) «porque aunque vivimos en carne, no militamos según la carne» (2Co 10,13). «Me hice débil con los débiles, por ganar a los débiles» (1Co 9,22)” (EP 20). ¡De una tacada, cuatro frases de San Pablo! Pero ¿quién mejor que él para ser propuesto como modelo de misionero?
El visitante sabe que la inquietud misionera de este Papa, que se desvive por conducir a todos a Dios, volverá a desbordarse ante la efervescencia de África a mediados del siglo, con sus procesos de independencia y sus nuevas circunstancias sociales: “Más que nunca la «solicitud por todas las Iglesias» (cf. 2Co 11,28) del vasto continente africano llena nuestro espíritu de angustia” (FD 3), confesará. Para que el Evangelio pueda iluminar las nuevas realidades del mundo, escribirá Fidei donum (1957), donde animará a la Iglesia entera a movilizarse, recurriendo incluso a iniciativas como alentar a los sacerdotes diocesanos a ser misioneros. “Predicar el Evangelio no es para mí un título de gloria, es una necesidad que me incumbe. ¡Ay de mí si no predicase el Evangelio!” (1Co 9,16), dirá con San Pablo quien, como Vicario de Jesucristo, sabe que ha sido establecido en “calidad de heraldo y de apóstol [...] con la misión de enseñar a las naciones paganas la fe y la verdad” (1Tm 2,7) (FD 19). Esta encíclica será el gran testamento misionero de Pío XII, a quien ahora nuestro viajero dice adiós.
Un nuevo aniversario, los cuarenta años de Maximum illud, vendrá que ni pintado al siguiente Pontífice al que el Apóstol visita. Poca excusa necesitaba para lanzarse a hablar de las misiones quien, primero como sacerdote, había sido llamado por Benedicto XV para colaborar en Roma en la Obra de la Propagación de la Fe, y luego, con el nombre de Juan XXIII, vibraba con su hermosa responsabilidad como Papa en lo tocante a mostrar a todos la importancia y el valor de la obra misional.
El nuevo interlocutor de San Pablo ha preparado una encíclica, Princeps Pastorum (1959), con temas siempre importantes para la misión: el papel del clero local, fundamental para que la Iglesia se integre y arraigue en los pueblos de los países recién independizados; la labor de los laicos; el anuncio misionero como llamada a una conversión que se traduce en el ámbito de lo concreto... Sobre esto, el Papa ha escrito que profesar la fe cristiana “ha de revestir y modificar al hombre en su profundidad (cf. Ef 4,24), dando significado y valor a todas sus acciones” (PP 15). Si aquí hay un guiño a su visitante y a su exhortación a revestirse del “hombre nuevo”, después le menciona por las claras: “El mayor de los misioneros, San Pablo apóstol, [...] en el momento en que se disponía a evangelizar el extremo Occidente, exhortaba a la «caridad sin ficción» (Rm 12,9ss), luego de haber elevado un himno sublime a esta virtud, sin la cual el cristiano es nada (cf. 1Co 13,2)” (PP 17). Y ese San Pablo misionero vuelve a ponerse en camino, recordando la afabilidad del Beato Juan XXIII.
Pablo... y Pablo
Tras una magnífica “escala intermedia” en el Concilio, el Apóstol va a encontrarse con otro Pablo: el Papa Pablo VI. Si el objetivo del Vaticano II había sido “hacer a la Iglesia del siglo XX cada vez más apta para anunciar el Evangelio a la humanidad de este siglo”, el de este Pontífice, en su exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (1975), es dar “un impulso nuevo, capaz de crear tiempos nuevos de evangelización en una Iglesia todavía más arraigada en la fuerza y poder perennes de Pentecostés” (EN 2). San Pablo, tan preocupado por cómo comunicar la Palabra de forma inteligible para sus oyentes, observa el lenguaje claro, didáctico, directo de este documento pontificio, que se cuenta entre los más importantes y recordados del siglo XX. El Papa insiste en él en que la Iglesia tiene el testigo de la misión evangelizadora de Cristo, y por eso se para a profundizar en la esencia de esa evangelización: su definición, sus contenidos, los medios para desarrollarla, sus agentes y destinatarios, la espiritualidad que ha de animarla...
Era natural acudir continuamente a las cartas paulinas. San Pablo explica con lógica aplastante que sin predicación quedaría desatendida el hambre de Dios que hay en todos los seres humanos: “¿Cómo invocarán a Aquel en quien no han creído? Y ¿cómo creerán sin haber oído de Él? Y ¿cómo oirán si nadie les predica? [...] Luego la fe viene de la audición, y la audición, por la palabra de Cristo” (Rm 10,14.17, en EN 42). Y los evangelizadores y misioneros, “¿cómo predicarán si no son enviados?” (Rm 10,15, en EN 59). Así pues, hay que ponerse en acción para dar respuesta a las multitudes de no cristianos, que “tienen derecho a conocer la riqueza del misterio de Cristo” (cf. Ef 3,8, en EN 53).
Pablo VI ha tomado también del Apóstol una frase que es como el programa para todo evangelizador con respecto a aquellos a los que evangeliza: “Así, llevados de nuestro amor por vosotros, queríamos no solo daros el Evangelio de Dios, sino aun nuestras propias vidas: tan amados vinisteis a sernos” (1Ts 2,8; cf. Flp 1,8; en EN 79). Y no extraña que también con palabras suyas, y dejando al descubierto su corazón paternal, el Papa termine así: “Testigo me es Dios de cuánto os amo a todos en las entrañas de Cristo Jesús” (Flp 1,8, en EN 82). Acaba este gran documento, pero no el viaje de San Pablo, que tiene aún otra etapa pendiente.
La “penúltima” etapa
El Apóstol, al que le gusta comparar la vida cristiana con una carrera de las competiciones deportivas, va a encontrarse ahora con todo un “atleta de Dios”, llamado Juan Pablo II. Es un Papa que ya ha dejado ver su incontenible afán misionero en palabras, en viajes y en Slavorum apostoli (1985), una encíclica sobre los santos evangelizadores de los pueblos eslavos, Cirilo y Metodio, presentados como modelo de misioneros. De ellos, como elogio, ha escrito precisamente que “se dejaron guiar por el ideal apostólico de San Pablo: «Todos, pues, sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. [...] Todos sois uno en Cristo Jesús» (Ga 3,26-28)” (SA 9).
Pero la campanada la va a dar con otra encíclica, a 25 años del decreto Ad gentes. Se titula Redemptoris missio (1990), y en ella el Papa se muestra inquieto y esperanzado ante la labor misionera pendiente. Es una tarea urgente, porque buena parte de la humanidad aún espera recibir el anuncio de la salvación, e ineludible, porque es la Iglesia la que tiene la misión de proponer ese mensaje. San Pablo observa todo lo que el Papa ha reunido en el texto: de la fundamentación teológica de la misión a la espiritualidad misionera; de los responsables y agentes de la misión a las formas de colaboración en ella; de las nuevas situaciones en que se desarrolla, a los caminos que debe seguir.
Lo que la Iglesia debe proclamar es, con palabras del Apóstol, que “hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús” (1Tm 2,5, en RM 5). Esta verdad no es para callarla, sino para anunciarla, eso sí, con todo respeto y sencillez. Lo decía San Pablo: “No me avergüenzo del Evangelio, que es una fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree” (Rm 1,16, en RM 11). Y la valentía y libertad necesarias para ese anuncio vienen de la confianza en el Espíritu Santo, el “protagonista de la misión”, insiste el Papa.
El Apóstol se fija también en que, al hablar de “los inmensos horizontes de la misión ad gentes”, el gran Pontífice que ahora le acoge ha introducido un concepto novedoso: el de las “áreas culturales o areópagos modernos”. Lo explica así: “Pablo, después de haber predicado en numerosos lugares, una vez llegado a Atenas se dirige al areópago, donde anuncia el Evangelio usando un lenguaje adecuado y comprensible en aquel ambiente (cf. Hch 17,22-31). El areópago representaba entonces el centro de la cultura del docto pueblo ateniense, y hoy puede ser tomado como símbolo de los nuevos ambientes donde debe proclamarse el Evangelio” (RM 37c). Esta adaptación a las nuevas realidades le parece a San Pablo tan conveniente como enfocar así la espiritualidad misionera: “Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo [...]” (Flp 2,5, en RM 88). Sentimientos que laten con fuerza en los corazones del Papa y del Apóstol, que ya debe poner fin a su viaje...
¿“Fin” hemos dicho? San Pablo, siempre interesado en los medios de comunicación, ve en ellos las noticias relativas a que el Papa Benedicto XVI ha proclamado un Año Paulino y se ha referido a él como modelo de empeño apostólico en su mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones del 2008. Quién sabe si estará próxima una nueva singladura suya por otra encíclica misionera... Él, en todo caso, está siempre pronto para partir, ceñida la cintura con la verdad, calzado con el celo por el Evangelio de la paz, revestido del amor, que es el broche de la perfección...
La llama se reaviva
En pocas páginas, el Pontífice quiere dar normas a los obispos, vicarios y prefectos apostólicos; aconsejar y animar a los misioneros; pedir a todos los fieles que colaboren en la misión de la Iglesia... Una de sus preocupaciones es cómo insistir a superiores de misiones y misioneros para que se olviden de particularismos y nacionalismos que les hagan parecer embajadores de su país antes que de Jesucristo. San Pablo le da las claves para persuadirlos: ellos son ministros de una religión abierta a la humanidad, “donde no hay distinción de gentil y judío [...] porque Cristo lo es todo en todos” (Col 3,11, en MI 48), de modo que hay que renunciar a exclusivismos “con tal que de cualquier modo Cristo sea anunciado” (Flp 1,18, en MI 26). Mientras Benedicto XV recoge convencido esas palabras, su ilustre visitante vuelve a ponerse en marcha.
Al Apóstol le alegra saber que su siguiente anfitrión, Pío XI, va a ser conocido como el “Papa de las misiones”. Sólo en este año de 1926 ya va a ganarse el título: va a establecer el Domingo Mundial de las Misiones —sí, nuestro DOMUND—, a consagrar a los primeros obispos chinos y a publicar el documento que ahora tiene entre manos: la encíclica Rerum Ecclesiae. El Papa explica a San Pablo sus propósitos: quiere poner de relieve los grandes y poderosos motivos para que se vuelquen en la misión todos los católicos y, con algunas obligaciones específicas, los obispos y sacerdotes; y, siguiendo a su predecesor, también desea ofrecer normas a los vicarios y prefectos apostólicos, entre otras cosas, para cuidar con mimo el tesoro del clero nativo.
San Pablo se sonríe cuando entrevé sus propias palabras en la confesión de que al Papa le es imposible dar descanso a su corazón (cf. 2Co 7,5, en RE 17) sabiendo la magnitud de la tarea misionera pendiente. Bien conoce él la hondura de ese sentimiento. Y cuando el Pontífice señala que hay que ponerse en marcha, impulsados por el amor a Dios y al prójimo, como el mejor modo de agradecer al Señor ese regalo que es la fe, el Apóstol no puede estar más de acuerdo: a Dios “nada le agrada tanto como el que los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad” (cf. 1Tm 2,4, en RE 19). Ahora es Pío XI el que se sonríe: precisamente ha recogido esa frase de San Pablo para explicarlo... Y con esa complicidad se despiden, porque el viaje continúa...
Dos corazones misioneros
... Y continúa con un salto de veinticinco años. En 1951 Pío XII va a ofrecer una encíclica encabezada por estas palabras: Evangelii praecones. O en román paladino, “los heraldos del Evangelio”, esos misioneros “que trabajan fatigosamente en inmensos campos de apostolado para que «la palabra de Dios se propague y sea glorificada» (2Ts 3,1)” (EP 1). Sí, nada más comenzar, una cita de San Pablo, huésped ahora de este Papa que, tras repasar el cuarto de siglo transcurrido desde Rerum Ecclesiae, quiere sentar unos principios de acción misionera. A las Iglesias locales y a todos los miembros de la Iglesia nos pide ser una retaguardia activa; a los evangelizadores de vanguardia, que se preparen a fondo y tengan bien presente esto: “El misionero no busca sus propios intereses, sino los de Jesucristo (cf. Flp 2,21). El misionero considera como suyas estas palabras del Apóstol de las Gentes: «Somos embajadores de Cristo» (2Co 5,20) «porque aunque vivimos en carne, no militamos según la carne» (2Co 10,13). «Me hice débil con los débiles, por ganar a los débiles» (1Co 9,22)” (EP 20). ¡De una tacada, cuatro frases de San Pablo! Pero ¿quién mejor que él para ser propuesto como modelo de misionero?
El visitante sabe que la inquietud misionera de este Papa, que se desvive por conducir a todos a Dios, volverá a desbordarse ante la efervescencia de África a mediados del siglo, con sus procesos de independencia y sus nuevas circunstancias sociales: “Más que nunca la «solicitud por todas las Iglesias» (cf. 2Co 11,28) del vasto continente africano llena nuestro espíritu de angustia” (FD 3), confesará. Para que el Evangelio pueda iluminar las nuevas realidades del mundo, escribirá Fidei donum (1957), donde animará a la Iglesia entera a movilizarse, recurriendo incluso a iniciativas como alentar a los sacerdotes diocesanos a ser misioneros. “Predicar el Evangelio no es para mí un título de gloria, es una necesidad que me incumbe. ¡Ay de mí si no predicase el Evangelio!” (1Co 9,16), dirá con San Pablo quien, como Vicario de Jesucristo, sabe que ha sido establecido en “calidad de heraldo y de apóstol [...] con la misión de enseñar a las naciones paganas la fe y la verdad” (1Tm 2,7) (FD 19). Esta encíclica será el gran testamento misionero de Pío XII, a quien ahora nuestro viajero dice adiós.
Un nuevo aniversario, los cuarenta años de Maximum illud, vendrá que ni pintado al siguiente Pontífice al que el Apóstol visita. Poca excusa necesitaba para lanzarse a hablar de las misiones quien, primero como sacerdote, había sido llamado por Benedicto XV para colaborar en Roma en la Obra de la Propagación de la Fe, y luego, con el nombre de Juan XXIII, vibraba con su hermosa responsabilidad como Papa en lo tocante a mostrar a todos la importancia y el valor de la obra misional.
El nuevo interlocutor de San Pablo ha preparado una encíclica, Princeps Pastorum (1959), con temas siempre importantes para la misión: el papel del clero local, fundamental para que la Iglesia se integre y arraigue en los pueblos de los países recién independizados; la labor de los laicos; el anuncio misionero como llamada a una conversión que se traduce en el ámbito de lo concreto... Sobre esto, el Papa ha escrito que profesar la fe cristiana “ha de revestir y modificar al hombre en su profundidad (cf. Ef 4,24), dando significado y valor a todas sus acciones” (PP 15). Si aquí hay un guiño a su visitante y a su exhortación a revestirse del “hombre nuevo”, después le menciona por las claras: “El mayor de los misioneros, San Pablo apóstol, [...] en el momento en que se disponía a evangelizar el extremo Occidente, exhortaba a la «caridad sin ficción» (Rm 12,9ss), luego de haber elevado un himno sublime a esta virtud, sin la cual el cristiano es nada (cf. 1Co 13,2)” (PP 17). Y ese San Pablo misionero vuelve a ponerse en camino, recordando la afabilidad del Beato Juan XXIII.
Pablo... y Pablo
Tras una magnífica “escala intermedia” en el Concilio, el Apóstol va a encontrarse con otro Pablo: el Papa Pablo VI. Si el objetivo del Vaticano II había sido “hacer a la Iglesia del siglo XX cada vez más apta para anunciar el Evangelio a la humanidad de este siglo”, el de este Pontífice, en su exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (1975), es dar “un impulso nuevo, capaz de crear tiempos nuevos de evangelización en una Iglesia todavía más arraigada en la fuerza y poder perennes de Pentecostés” (EN 2). San Pablo, tan preocupado por cómo comunicar la Palabra de forma inteligible para sus oyentes, observa el lenguaje claro, didáctico, directo de este documento pontificio, que se cuenta entre los más importantes y recordados del siglo XX. El Papa insiste en él en que la Iglesia tiene el testigo de la misión evangelizadora de Cristo, y por eso se para a profundizar en la esencia de esa evangelización: su definición, sus contenidos, los medios para desarrollarla, sus agentes y destinatarios, la espiritualidad que ha de animarla...
Era natural acudir continuamente a las cartas paulinas. San Pablo explica con lógica aplastante que sin predicación quedaría desatendida el hambre de Dios que hay en todos los seres humanos: “¿Cómo invocarán a Aquel en quien no han creído? Y ¿cómo creerán sin haber oído de Él? Y ¿cómo oirán si nadie les predica? [...] Luego la fe viene de la audición, y la audición, por la palabra de Cristo” (Rm 10,14.17, en EN 42). Y los evangelizadores y misioneros, “¿cómo predicarán si no son enviados?” (Rm 10,15, en EN 59). Así pues, hay que ponerse en acción para dar respuesta a las multitudes de no cristianos, que “tienen derecho a conocer la riqueza del misterio de Cristo” (cf. Ef 3,8, en EN 53).
Pablo VI ha tomado también del Apóstol una frase que es como el programa para todo evangelizador con respecto a aquellos a los que evangeliza: “Así, llevados de nuestro amor por vosotros, queríamos no solo daros el Evangelio de Dios, sino aun nuestras propias vidas: tan amados vinisteis a sernos” (1Ts 2,8; cf. Flp 1,8; en EN 79). Y no extraña que también con palabras suyas, y dejando al descubierto su corazón paternal, el Papa termine así: “Testigo me es Dios de cuánto os amo a todos en las entrañas de Cristo Jesús” (Flp 1,8, en EN 82). Acaba este gran documento, pero no el viaje de San Pablo, que tiene aún otra etapa pendiente.
La “penúltima” etapa
El Apóstol, al que le gusta comparar la vida cristiana con una carrera de las competiciones deportivas, va a encontrarse ahora con todo un “atleta de Dios”, llamado Juan Pablo II. Es un Papa que ya ha dejado ver su incontenible afán misionero en palabras, en viajes y en Slavorum apostoli (1985), una encíclica sobre los santos evangelizadores de los pueblos eslavos, Cirilo y Metodio, presentados como modelo de misioneros. De ellos, como elogio, ha escrito precisamente que “se dejaron guiar por el ideal apostólico de San Pablo: «Todos, pues, sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. [...] Todos sois uno en Cristo Jesús» (Ga 3,26-28)” (SA 9).
Pero la campanada la va a dar con otra encíclica, a 25 años del decreto Ad gentes. Se titula Redemptoris missio (1990), y en ella el Papa se muestra inquieto y esperanzado ante la labor misionera pendiente. Es una tarea urgente, porque buena parte de la humanidad aún espera recibir el anuncio de la salvación, e ineludible, porque es la Iglesia la que tiene la misión de proponer ese mensaje. San Pablo observa todo lo que el Papa ha reunido en el texto: de la fundamentación teológica de la misión a la espiritualidad misionera; de los responsables y agentes de la misión a las formas de colaboración en ella; de las nuevas situaciones en que se desarrolla, a los caminos que debe seguir.
Lo que la Iglesia debe proclamar es, con palabras del Apóstol, que “hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús” (1Tm 2,5, en RM 5). Esta verdad no es para callarla, sino para anunciarla, eso sí, con todo respeto y sencillez. Lo decía San Pablo: “No me avergüenzo del Evangelio, que es una fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree” (Rm 1,16, en RM 11). Y la valentía y libertad necesarias para ese anuncio vienen de la confianza en el Espíritu Santo, el “protagonista de la misión”, insiste el Papa.
El Apóstol se fija también en que, al hablar de “los inmensos horizontes de la misión ad gentes”, el gran Pontífice que ahora le acoge ha introducido un concepto novedoso: el de las “áreas culturales o areópagos modernos”. Lo explica así: “Pablo, después de haber predicado en numerosos lugares, una vez llegado a Atenas se dirige al areópago, donde anuncia el Evangelio usando un lenguaje adecuado y comprensible en aquel ambiente (cf. Hch 17,22-31). El areópago representaba entonces el centro de la cultura del docto pueblo ateniense, y hoy puede ser tomado como símbolo de los nuevos ambientes donde debe proclamarse el Evangelio” (RM 37c). Esta adaptación a las nuevas realidades le parece a San Pablo tan conveniente como enfocar así la espiritualidad misionera: “Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo [...]” (Flp 2,5, en RM 88). Sentimientos que laten con fuerza en los corazones del Papa y del Apóstol, que ya debe poner fin a su viaje...
¿“Fin” hemos dicho? San Pablo, siempre interesado en los medios de comunicación, ve en ellos las noticias relativas a que el Papa Benedicto XVI ha proclamado un Año Paulino y se ha referido a él como modelo de empeño apostólico en su mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones del 2008. Quién sabe si estará próxima una nueva singladura suya por otra encíclica misionera... Él, en todo caso, está siempre pronto para partir, ceñida la cintura con la verdad, calzado con el celo por el Evangelio de la paz, revestido del amor, que es el broche de la perfección...








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