Asomarse al «abismo de gracia» que es san Pablo, da vértigo. Él brilla como una «gran estrella» en la historia de la Iglesia. Así nos lo recuerda san Juan Crisóstomo, que lo exalta por encima de los Ángeles al afirmar que el «corazón de Pablo es el corazón de Cristo»; otros lo han llamado el «décimo tercer» apóstol, y alguien aún más atrevido, le ha dado el título de «primero después del Único».
Por su parte, Pablo, después de presentarse como el «aborto de Dios» (lCor 15,8), y a la vez como «prisionero de Cristo» (Flm 9), insiste en que él es «apóstol por voluntad de Dios» (1Cor 1,1). Esa es su tarjeta de presentación y aprovecha toda oportunidad para exhibirla. Según él mismo, posee todos los requisitos para que se le reconozca como apóstol. Se trata de exigencias que en Pablo se dan de modo paradigmático, pero que cualquier cristiano que se disponga a la noble aventura de ser un «enviado», un apóstol, debería poseer.
1. Pablo insiste en que es un verdadero apóstol, en nada inferior a los Doce ni al resto de los heraldos del Evangelio, porque él también ha visto al Señor resucitado. «¿No soy yo apóstol?», «¿acaso no he visto a Jesús, Señor nuestro?» (1Cor 9,1). En la carta a los Gálatas recuerda una vez más su experiencia transformadora en el camino a Damasco, y escribe: «cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo para que lo anunciara a los gentiles...» (1,15-16).
Un apóstol es un testigo, y debe dar testimonio de lo que él mismo ha visto y oído si quiere que su mensaje sea creíble. El verdadero testigo no se conforma con lo que sabe de oídas, da testimonio de lo que le ha impactado y de lo «acontecido» en su vida. Así lo resalta Benedicto XVI, en la encíclica Deus caritas est: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona que da un nuevo horizonte a la vida, y con ello, una orientación decisiva» (1).
2. En la carta a los Gálatas, Pablo escribe: «Hasta cuando yo vivo, vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (2,20). Todo lo que Pablo hace, sufre, goza, espera... se alimenta y sostiene por esta experiencia que es el centro de su existencia. Su fe es la respuesta a la vivencia de sentirse amado por Jesús de modo absolutamente personal. Jesús enfrenta a la muerte, y la muerte en cruz (Flp 2,8), no por algo impersonal, anónimo, sino por amor a él, y que en cuanto que resucitado y vivo, lo sigue amando, con un amor incondicional, absolutamente gratuito, infinito. Su fe consiste ante todo en haber sido sorprendido por el amor de Jesucristo, un amor que le asombra, que casi lo «trastorna», y lo transforma desde dentro. Su fe no es una teoría, una opinión acerca de Dios y del mundo; sino el impacto del amor de Dios sobre su corazón que le va exigiendo profesar su amor a Jesús, con quien se siente co-crucificado, co-resucitado, co-glorificado.
3. San Pablo, no sólo se siente «guiado por el Espíritu Santo» (Rom 8,14) sino como «atado» y prisionero suyo (He 22,22). No tiene proyecto propio: su vida de apóstol está puesta incondicionalmente a disposición de las mociones del Espíritu Santo. Los Apóstoles lo habían recibido en el Cenáculo en el que «perseveraban en oración, con María, la Madre del Señor». Desde entonces, cualquier heraldo del Evangelio, cualquier misionero, vive en la convicción de que el «protagonista de la misión» es el Espíritu Santo, un «soplo» que nos lleva lejos, que abre a la Iglesia y a cada comunidad a nuevos horizontes. El Espíritu Santo es el mismo amor dado y recibido en el corazón del Misterio Trinitario, y quien lo recibe, siente que no puede detenerse, ya que es propio del amor, romper fronteras, comunicarse.
El apóstol no sólo tiene al Espíritu Santo, sino que es capaz de darlo a otros. Y esto significa ante todo ser capaces de transformar corazones y la vida de los demás con el poder de la propia palabra y con el poder de la oración. Pablo rezaba muchísimo para sostener su apostolado. No hay carta en que no afirme que «reza sin cesar». Así, los dones que todo discípulo-misionero quiera participar a los demás, no se pueden comunicar con meras palabras, ya que son dones sobrenaturales que superan todo esfuerzo humano; sólo cabe pedirlos con la oración.
El camino nos queda señalado... Que el Señor nos conceda verlo, amarlo y tener a su Espíritu para advertir la urgencia de la misión, y hacer nuestro el grito de san Pablo: «¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1Cor 9,16).
Por su parte, Pablo, después de presentarse como el «aborto de Dios» (lCor 15,8), y a la vez como «prisionero de Cristo» (Flm 9), insiste en que él es «apóstol por voluntad de Dios» (1Cor 1,1). Esa es su tarjeta de presentación y aprovecha toda oportunidad para exhibirla. Según él mismo, posee todos los requisitos para que se le reconozca como apóstol. Se trata de exigencias que en Pablo se dan de modo paradigmático, pero que cualquier cristiano que se disponga a la noble aventura de ser un «enviado», un apóstol, debería poseer.
1. Pablo insiste en que es un verdadero apóstol, en nada inferior a los Doce ni al resto de los heraldos del Evangelio, porque él también ha visto al Señor resucitado. «¿No soy yo apóstol?», «¿acaso no he visto a Jesús, Señor nuestro?» (1Cor 9,1). En la carta a los Gálatas recuerda una vez más su experiencia transformadora en el camino a Damasco, y escribe: «cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo para que lo anunciara a los gentiles...» (1,15-16).
Un apóstol es un testigo, y debe dar testimonio de lo que él mismo ha visto y oído si quiere que su mensaje sea creíble. El verdadero testigo no se conforma con lo que sabe de oídas, da testimonio de lo que le ha impactado y de lo «acontecido» en su vida. Así lo resalta Benedicto XVI, en la encíclica Deus caritas est: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona que da un nuevo horizonte a la vida, y con ello, una orientación decisiva» (1).
2. En la carta a los Gálatas, Pablo escribe: «Hasta cuando yo vivo, vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (2,20). Todo lo que Pablo hace, sufre, goza, espera... se alimenta y sostiene por esta experiencia que es el centro de su existencia. Su fe es la respuesta a la vivencia de sentirse amado por Jesús de modo absolutamente personal. Jesús enfrenta a la muerte, y la muerte en cruz (Flp 2,8), no por algo impersonal, anónimo, sino por amor a él, y que en cuanto que resucitado y vivo, lo sigue amando, con un amor incondicional, absolutamente gratuito, infinito. Su fe consiste ante todo en haber sido sorprendido por el amor de Jesucristo, un amor que le asombra, que casi lo «trastorna», y lo transforma desde dentro. Su fe no es una teoría, una opinión acerca de Dios y del mundo; sino el impacto del amor de Dios sobre su corazón que le va exigiendo profesar su amor a Jesús, con quien se siente co-crucificado, co-resucitado, co-glorificado.
3. San Pablo, no sólo se siente «guiado por el Espíritu Santo» (Rom 8,14) sino como «atado» y prisionero suyo (He 22,22). No tiene proyecto propio: su vida de apóstol está puesta incondicionalmente a disposición de las mociones del Espíritu Santo. Los Apóstoles lo habían recibido en el Cenáculo en el que «perseveraban en oración, con María, la Madre del Señor». Desde entonces, cualquier heraldo del Evangelio, cualquier misionero, vive en la convicción de que el «protagonista de la misión» es el Espíritu Santo, un «soplo» que nos lleva lejos, que abre a la Iglesia y a cada comunidad a nuevos horizontes. El Espíritu Santo es el mismo amor dado y recibido en el corazón del Misterio Trinitario, y quien lo recibe, siente que no puede detenerse, ya que es propio del amor, romper fronteras, comunicarse.
El apóstol no sólo tiene al Espíritu Santo, sino que es capaz de darlo a otros. Y esto significa ante todo ser capaces de transformar corazones y la vida de los demás con el poder de la propia palabra y con el poder de la oración. Pablo rezaba muchísimo para sostener su apostolado. No hay carta en que no afirme que «reza sin cesar». Así, los dones que todo discípulo-misionero quiera participar a los demás, no se pueden comunicar con meras palabras, ya que son dones sobrenaturales que superan todo esfuerzo humano; sólo cabe pedirlos con la oración.
El camino nos queda señalado... Que el Señor nos conceda verlo, amarlo y tener a su Espíritu para advertir la urgencia de la misión, y hacer nuestro el grito de san Pablo: «¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1Cor 9,16).








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