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MISIONEROS EN CAMINO: La casa de los mil espejos
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jueves, 23 de junio de 2011

La casa de los mil espejos



Había una casa abandonada a las afueras de un pueblo. Un día un cachorro logró meterse por un agujero de una de las puertas. Subió por las viejas escaleras, y cuando llegó arriba se topó con una puerta semiabierta. Entró con cautela en el cuarto. Para su sorpresa, se dio cuenta de que dentro de esa habitación había mil perritos observándole tan fijamente como él los observaba a ellos. El perrito empezó a mover la cola y los mil perritos hicieron lo mismo. Y se puso a juguetear, los mil perritos también ladraban y saltaban alegremente con él.


Cuando se salió del cuarto se quedó pensando lo agradable que era aquel lugar y se dijo: volveré más veces por aquí.

Pasado un tiempo otro perro callejero entró en el mismo lugar. Pero a diferencia del primero, al ver cómo le miraban los otros perritos, se sintió amenazado, porque sentía que le miraban de manera agresiva, con desconfianza. Comenzó a ladrarles y a gruñir y los otros hacían lo mismo que él. Ladraba ferozmente y los otros mil perritos hicieron lo mismo. Salió del cuarto pensando: qué lugar tan horrible es éste. Nunca volveré a entrar aquí.

En la entrada de aquella casa había un viejo letrero que decía: La casa de los mil espejos.

Es una gran realidad que siempre proyectamos fuera lo que llevamos dentro de la manera que sea. Nuestros gestos, palabras y acciones lo proyectan hacia los demás. Toda percepción pone de manifiesto nuestro interior, nuestra manera de ser, nuestra manera de mirar. Todo es como un espejo en el que nos vemos, y se pone de manifiesto lo que somos capaces de reconocer.

Yo determino mi relación con los demás
El componente, el factor, el ingrediente más importante de toda relación no es lo que decimos o hacemos, sino lo que somos. Si nuestros gestos, palabras y acciones, derivan de soluciones y recetas externas, de técnicas superficiales de relaciones humanas, y no de nuestro interior, se dará en nosotros una duplicidad que los otros lo verán mucho más que nosotros mismos que somos más fáciles de engañar. Lo verán, pero los primeros que la sufrimos, padecemos, soportamos y vivimos, somos nosotros mismos.

La gran raíz de nuestra conducta está en el interior, seamos conscientes o no. No hay técnicas psicológicas que desde fuera, como parches externos, puedan realmente servirnos y producir en nosotros el cambio hacia lo que puede ser nuestra verdadera y grande alegría en la vida, nuestra paz, y nuestra serenidad. Toda relación humana empieza a gestarse en nuestro interior, en nuestra manera de ser. En nosotros están, esta es la gran realidad, y la gran dificultad de la vida, en nosotros están los grandes obstáculos del camino a la paz, a la independencia, a la felicidad, a la bienaventuranza, al encuentro con lo que realmente necesito. Nada, ni nadie, pueden darme, desde fuera, lo que sólo depende de mí, lo que sólo está y es consecuencia de mi manera de ser, en mi interior.

El no ver más allá de las cosas negativas en los demás es un problema completamente personal, de manera de ser. El pedir peras al olmo es una realidad constante en la vida, pedimos a los demás, inconscientemente, la solución que sólo está en nosotros mismos. Nadie puede darnos la condición de ser agradecidos, pacíficos, justos, respetuosos, limpios de corazón.

No eludir nuestra responsabilidad
Con demasiada frecuencia ponemos en los demás lo negativo que hay que nosotros. Cargar la culpa sobre los demás es una forma de eludir nuestra responsabilidad.

La conversión es entrar en una dimensión completamente nueva de nuestra vida, entramos en nuestra manera de ser y en nuestras posibilidades auténticas, toda la vida del cristiano es un santo deseo, dice S. Agustín. Es un camino, un proceso constante de cambio interior y de conocimiento del amor que Cristo nos tiene. Así abordamos nuestra verdadera realidad, y no con parches, ni arreglos transitorios. Y buscaremos dentro nuestra verdad. Sólo nuestra conversión nos abre el horizonte y a todas las posibilidades, es la luz en nuestro corazón. La conversión es cambio de vida fruto de un encuentro con Jesucristo que nos lleva a ver la vida centrada en Él.

S. Agustín retaba a los que retrasaban su conversión: si ya lo has pensado, si ya lo tiene decidido, ¿a qué esperar? Hoy es el día, ahora mismo, no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. Si ahora no te animas ¿por qué dices y crees que lo harás algún día? Hoy, si escucho su voz, no endureceré mi corazón. La conversión vence al mal en su raíz, y pone luz en nuestro corazón y en nuestras tinieblas.

El diálogo evangelizador
Evangelizar no es conseguir que más personas piensen lo que yo pienso, o crean lo que yo creo. Se trata de entrar en un diálogo, buscar un encuentro donde el elemento fundamental es lo que somos, con nuestras luces y sombras. Aportando y recibiendo. Enseñando y aprendiendo.

Eso supone dejar de lado toda pretensión de superioridad. Dejar de pensar que somos los “buenos”, los que “tenemos” la verdad.

Para el cristiano Jesús es la única verdad con la cual debemos irnos identificando cada día.
Quienes tienen una fe distinta a la nuestra tienen también mucho que aportarnos para crecer como personas y como cristianos.

Los misioneros sabemos que Dios es Padre de todos y por caminos distintos se ha ido manifestando a todos. Por eso, es fundamental no olvidar que en este camino todos somos aprendices.


WebJCP | Abril 2007