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martes, 30 de agosto de 2011

Dialogar con la vida



Ocurrió en algún lugar del trópico amazónico. Juan estaba intentando dormir en su pequeño ranchito, pero el calor y la humedad lo hacían difícil.
En algún momento de la noche, no sabría decir si estaba dormido o despierto, se le aparece la Muerte. Asustado levanta la cabeza y la Muerte le dice: “Juan, hoy a las tres de la tarde te espero para llevarte”.
Al amanecer Juan se despierta, el cuerpo empapado en sudor, recuerda la aparición… no sabe si fue real, pero decide ponerse a salvo.
Ensilla su caballo y sale corriendo. Cada vez hace que su caballo corra más y cada tanto mira su reloj. Tiene que ganar la carrera.
Cuando ve que son las 2 de la tarde golpea al caballo para que corra más. Vuelve a mirar el reloj: las 3 menos 5, las tres menos 4… acelera… falta un minuto para que sean las 3 y el caballo, ya cansado, tropieza con una piedra, cae y manda a Juan unos metros más adelante tirado en el suelo.
Juan levanta la cabeza, pensando que ha recorrido suficientes kilómetros para librase del sueño o aparición.
Con sorpresa ve frente a sí la Muerte mirando su reloj y que con una sonrisa le dice: “Ya me temía que ibas a llegar tarde a la cita”.



Si hay algo seguro que todos tenemos respecto a la vida es que la muerte forma parte necesaria de ella.

Por ello, si queremos dialogar con la vida quizás debemos hacerlo a partir de lo más seguro: la muerte.

Dialogar con la muerte
Por mucho que lo queramos ocultar todos tenemos un cierto sentimiento de miedo frente a la muerte. Es normal porque nacimos para la vida y nos cuesta asumir que esta vida tiene fecha de caducidad.

Quizás te resulte extraño que haya que “dialogar” la muerte. En algún momento de nuestra vida nos vamos a encontrar con ella y posiblemente sea mejor entablar un diálogo con ella cuanto antes, aunque no sepamos el día y la hora del encuentro.

Imagina que la muerte no existiera, que tu vida acá no tuviera un punto final, que todo tuviera su mañana indefinidamente.

Si nuestro tiempo no terminara, qué sentido tendría hacer hoy cualquier cosa, siempre puede esperar. No valdría la pena tomarse la vida en serio, siempre tendríamos tiempo para hacer las cosas y las podríamos postergar indefinidamente.

Cuando todo puede esperar, todo carece de valor, lo que hacemos hoy lo podemos cambiar mañana o pasado mañana. Toda decisión pasa a ser relativa. Nada hay que sea definitivo.

La conciencia de que nuestra vida es limitada en el tiempo es lo que nos hace tomar conciencia de que cada momento de nuestra vida tiene un valor y unas posibilidades que raramente se van a repetir.

No sé si lo que dejo de hacer ahora, pensando que ya lo haré, tendré posibilidad de realizarlo.
Cada momento, cada día es valioso. Es importante que ahora haga lo que tengo que hacer. No sé si tendré otra oportunidad. Si voy perdiendo oportunidades, posiblemente cuando me encuentre con la muerte me encontraré a mí mismo vacío y me arrepentiré de tantas oportunidades perdidas de vivir en plenitud la vida.

Engendrar vida
Jesús dijo que él había venido para que los hombres tengamos vida y vida en plenitud. Entiende su misión como “engendrar vida”, una vida donde todos puedan alcanzar la felicidad.
Eso de engendrar vida tiene un sentido elemental: tener hijos. Algo que entra en el proyecto de Dios. Con su lenguaje simbólico, la Biblia nos dice que al crear Dios al hombre y a la mujer les dice: “Creced, sed fecundos y multiplicaos” (Gn 1, 28). Deben crecer como personas, y parte de ese crecimiento es engendrar hijos e hijas. Ellos no van a vivir para siempre sobre la tierra y Dios quiere la permanencia de la humanidad.

La paternidad y la maternidad son la forma más evidente de engendrar vida. Pero no la única.
Desde el comienzo (lo muestra la historia de Caín y Abel) la vida de la humanidad está marcada por la violencia, la muerte, el dominio de unos sobre otros.

Demasiadas personas en nuestro mundo no llegan a cumplir los 4 ó 5 años de vida. Demasiadas personas viven en situaciones extremas de pobreza que les impiden vivir con dignidad. Demasiadas personas mueren antes de tiempo por hambre o por enfermedades que son curables. Demasiadas personas mueren fruto de guerras y violencia de distinto tipo en todos los rincones del planeta.

Son muchos los que se ven privados de una vida “humana”, por no decir plena, que es la voluntad de Dios.

Por eso sigue teniendo sentido que haya personas que renuncien a engendrar vida teniendo hijos. No para evitarse una “carga”. Sino para trabajar para que otros puedan tener una vida más justa, más humana, más larga, más feliz…

La opción por la vida religiosa y misionera no es renunciar al matrimonio y a tener hijos, es la opción por engendrar vida entre los últimos y los más desposeídos de la tierra.

Los misioneros optan por la vida, por engendrar vida, tratando de evitar que el inevitable encuentro con la Muerte les llegue con adelanto a otras personas. Su trabajo no es “ganar almas para el cielo” (eso está en manos de Dios) sino que las personas puedan vivir en plenitud su vida en este mundo, porque esa es la voluntad del Padre de todos.


Ernesto Duque


WebJCP | Abril 2007