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lunes, 23 de mayo de 2011

Escuchar la vida


Publicado por Antena Misionera Blog
Por Ernesto Duque

Muchos conoceréis el chiste de ese hombre que se encuentra con un amigo después de mucho tiempo y le pregunta:
-¿Cómo te va?
-Muy bien. ¿O quieres que te cuente?
-No, ¡gracias!
Vivimos tan centrados en nosotros mismos que poco nos interesa lo que les pase a los demás, salvo que sean situaciones extremas.
Los medios de comunicación nos trasmiten en directo guerras, desastres naturales… alguna fibra sensible de nuestro interior se mueve. Pero en el fondo no nos sentimos implicados. Son problemas de otros.


Como mucho, tendremos algún gesto de solidaridad, pero la economía doméstica anda bastante mal como sentirnos implicados.
Vemos pasar ante nuestros ojos los aspectos más dramáticos de la vida, pero rara vez escuchamos clamor doloroso de la vida.
Mejor dar medio paso al costado para que no nos toque demasiado.

Jesús de Nazaret tenía una sensibilidad especial para percibir los signos más insignificantes de la vida de cada día.

Al anunciar la llegada del Reino de Dios lo hacía a través de parábolas tomadas de la vida cotidiana, de las experiencias comunes de sus paisanos en su relación con la naturaleza y las personas con las que convivían.

Usaba un lenguaje sencillo, al alcance de todos los que le escuchaban.
Durante los primeros siglos los cristianos usaban ese mismo lenguaje. Eran un grupo pequeño, perseguido y marginado.

El cambio de lenguaje

Terminada la persecución, reconocidos por el Imperio, pensaron que había que cambiar de lenguaje para parecerse a las demás religiones.
El cambio de lenguaje llevó a quienes tenían “autoridad” a cambiar su actitud. Aquello que había dicho el Nazareno: “el que quiera ser el primero que sea el servidor de todos”, cayó en el olvido.

Como reacción frente al autoritarismo surgió en la Iglesia la vida religiosa, era un intento de volver a la experiencia originaria del Evangelio.

Pero con el paso del tiempo, también los religiosos se convirtieron en una “clase” dentro de la Iglesia, en este caso más que la autoridad el centro estaba en un estilo de “espiritualidad”.

Al margen de todo ese proceso quedaron los laicos: aquellos que no pertenecían ni al clero ni a la vida religiosa. Una marginación de la que aún hoy seguimos siendo esclavos a pesar de los intentos por superara las diferencias.

Los laicos no tenían autoridad en la Iglesia: ésta quedó en manos del clero. Tampoco se pensó en la posibilidad de una espiritualidad laical: la espiritualidad era cosa de los religiosos.

Una visión negativa de la vida

El modelo de cómo el común de los cristianos debían vivir su vida cristiana fue una copia (menos exigente en algunos aspectos) de la vida religiosa.

En la tradición monástica se había impuesto el hacer cada noche el “examen de conciencia”. Terminado el día, los monjes tenían que analizar cuáles habían sido sus pecados ese día, era impensable que pasaran un día sin pecar.

Ese modelo se pasó a la espiritualidad de los laicos: no podían pasar un día sin pecar.Cada noche antes de dormir debían hacer su examen de conciencia y pedir perdón, no fuera a ser me murieran esa noche y se condenaran.

Se partía de una visión negativa de la persona, y que cada uno tomara conciencia de sus errores o pecados, les permitía a las autoridades de la Iglesia seguir manejando la conciencia de las personas.

Dialoga rcon la vida

Frente a esa mentalidad, que ya existía en el pueblo judío, Jesús invitó a sus contemporáneos a un diálogo abierto con la vida: llegaron algunos que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Les respondió Jesús: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo. O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé matándolos, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo» (Lc 13, 1-5).

Jesús rompe con la visión negativa de la vida


Dialogar con la vida significa reconocer lo bueno que nos pasa, alegrarnos y gozar con ello. Reconocer lo negativo que vivimos, aceptarlo si no podemos cambiarlo o modificarlo si está en nuestras manos. En todo caso no asistir pasivamente al camino de nuestra existencia.

Sin duda encontraremos más cosas positivas, a veces tapadas por el sufrimiento de lo negativo. El no dejar pasar por alto lo bueno que nos sucede a diario nos ayudará a tener un diálogo –con frecuencia doloroso- con la vida donde encontraremos fuerza y esperanza para seguir luchando y buscar la felicidad.

Hagamos cada noche nuestro examen de conciencia. Pero preguntémonos: ¿qué he vivido de bueno, gozoso y feliz hoy?
Nos ayudará a crecer.


WebJCP | Abril 2007