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Cállate y sal de él - Por P. Javier Rojas sj Publicado por El Evangelio en Casa Antes de entrar en la reflexión de este pasaje del evangelio conviene hacer una distinción entre...Hace 1 día
jueves 30 de junio de 2011
domingo 26 de junio de 2011
Una Iglesia con distintos rostros
Como los apóstoles, después de la Resurrección de Jesús, tendemos a quedarnos en “nuestra casa” con las puertas y ventanas cerradas. Lo nuevo nos da miedo. Pareciera que no hemos llegado a creer plenamente en la Resurrección, y asumir todas las consecuencias. Buscamos mantener una uniformidad en todas partes que nos dé una sensación de seguridad, pero que en realidad mutila el mensaje evangélico.
La Iglesia, aun siendo una, tiene que ir adquiriendo distintos rostros: en cada continente, en cada país, en cada cultura… Somos un mosaico multicolor, donde las diversidades nos permiten mostrar juntos el rostro de un Dios que está más allá de cualquier expresión cultural o étnica.
Hace ya diez años un teólogo español escribía: Las Iglesias en Asia o en África, en las Américas del Norte o del Sur, en Europa -incluso en cada país europeo- son distintas y merecen un ámbito amplio de libertad. Respetar y fomentar esta libertad, esta búsqueda propia, es fidelidad a los orígenes cristianos, atención a la buena eclesiología, incluso el mejor camino por responder a las expectativas de cada comunidad católica. Y es, además, el único camino de futuro hacia el encuentro ecuménico con las otras Iglesias cristianas.
La reforma de la Iglesia es importante, pero no lo más importante.
Queda claro en los evangelios que la Iglesia, como comunidad de los creyentes, es importante, pero mucho más lo es el Reino. Es decir, el servicio, el amor, la ayuda concreta. La Iglesia ha de reformarse permanentemente, decía un antiguo adagio, pero no para presumir de modernidad y actualidad, sino de acogida y servicio, de testimonio y transparencia del amor de Dios.
Evidentemente nos queda mucho camino por recorrer.
El amor de Dios, entendido como acogida y servicio frente a las situaciones concretas que viven pueblo y personas diversas no puede manifestarse de manera uniforme en todos los lugares y situaciones.
Dios tiene una palabra distinta y única para persona o grupo humano. Siempre será una palabra de libertad, de vida, de fraternidad. Pero esa palabra ha de entrar en sintonía con la realidad que viven aquellos a quienes va dirigida.
Una de las tareas fundamentales de la misión universal de la Iglesia es “traducir” y hacer cercana y comprensible esa palabra de Dios en la diversidad de culturas de nuestro mundo. Las pretensiones de uniformidad van contra la razón de ser de la Iglesia, que es la evangelización. La unidad sólo es posible en la diversidad. Una diversidad asumida y aceptada por todos como enriquecimiento mutuo.
Como escribía Pablo VI hace 36 años: “Las Iglesias particulares profundamente amalgamadas, no sólo con las personas, sino también con las aspiraciones, las riquezas y límites, las maneras de orar, de amar, de considerar la vida y el mundo que distinguen a tal o cual conjunto humano, tienen la función de asimilar lo esencial del mensaje evangélico, de trasvasarlo, sin la menor traición a su verdad esencial, al lenguaje que esos hombres comprenden, y, después de anunciarlo en ese mismo lenguaje. El problema es sin duda delicado. La evangelización pierde mucho de su fuerza y de su eficacia, si no toma en consideración al pueblo concreto al que se dirige, si no utiliza su “lengua”, sus signos y símbolos, si no responde a las cuestiones que plantea no llega a su vida concreta”.
01/06/2011
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Evangelio Misionero del Día: 27 de Junio de 2011 - XIII Semana del Tiempo Ordinario
Jesús le respondió: «Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos; pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza».
Otro de sus discípulos le dijo: «Señor, permíteme que vaya antes a enterrar a mi padre».
Pero Jesús le respondió: «Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos».
Si hay algo que Jesús nos revela con claridad es que Dios no es un Dios justiciero sino un Dios misericordioso y que su “misericordia es eterna”. En el pasaje de la primera lectura, vemos a Abrahán, por causa del pecado de Sodoma y Gomorra, dialogando de tú a tú con el Señor, implorando su misericordia. Aleccionador este diálogo aparentemente matemático y rebosante de ternura hacia inocentes y culpables. Una vez más no podemos quedarnos en el Antiguo Testamento. Debemos llegar hasta Cristo Jesús, el que prefiere “la misericordia al sacrificio”, el que “ha venido a llamar a los pecadores y no a los justos”, el que nos asegura que “en el cielo habrá más alegría por un pecador que haga penitencia que por noventa y nueve justos que no necesitan de penitencia”. Nuestro Dios es un Dios misericordioso y no justiciero.
Seguir a Jesús
Duras parecen, a primera vista, las palabras de Jesús en el evangelio de hoy. Vistas en unión con el resto de sus palabras, su enseñanza es clara: quien acepte su invitación lo tiene que hacer de manera radical. Toda su persona, sin dejar ninguna zona, debe decidirse por Jesús durante 24 horas al día y durante 365 días al año. Quien toma esta decisión no lo hace obligado, sino después de haber descubierto a Jesús como el tesoro de su vida, como el que nos ofrece mucho más que lo que le podemos dar, como el que llena nuestro corazón de vida y de alegría abundantes. Las únicas renuncias que nos pide son las que nos apartan de su camino, de ese camino que nos lleva a la felicidad tan deseada.
Palabra de Misión: Carne (pan) para el hambre (la vida) del mundo / Fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo – Ciclo A – Jn. 6, 51-58 / 26.06.11
El paso del pan a la carne es vital para entender este pasaje, porque ese paso, así sin más, refiere al paso de la celebración de la última cena, que materialmente se celebra con pan, pero que sacramentalmente es carne del Hijo. Para mayor especificidad, la carne se asocia a la sangre. Carne y sangre es una manera de designar a la existencia completa de una persona. La carne es lo material, el cuerpo mismo, y la sangre es la sede de la vitalidad, o por sinécdoque, la vida misma. Si unimos la carne y la sangre tenemos a la persona, materialmente viva, corporalmente vital. Cuando Jesús habla de su carne y de su sangre está hablando de todo su ser, de su persona entera, y por extensión, de su manera de vivir, de su mensaje, de sus principios, de sus valores. El sentido eucarístico de la carne y de la sangre también tiene que ver con la totalidad de Jesús. Es todo Jesús en la eucaristía, toda su vida, todo su mensaje, toda su radicalidad, todo su profetismo, toda su entrega. Es probable que la fórmula comer la carne y beber la sangre sea una de las más antiguas fórmulas litúrgicas de la celebración eucarística. La utilización de las imágenes de la carne y de la sangre refiere a un contexto lingüístico semita, y podría tener su origen en Palestina. Quizás, esta sección del capítulo 6 que leemos hoy fue añadida con reminiscencias antiguas para validar su posición teológica. Quizás, la defensa del culto eucarístico tenga como principal argumento su antigüedad, su vínculo con los orígenes del cristianismo, su ligazón estrecha con Jesús celebrando la pascua (la última cena) con sus discípulos.
Otro dato interesante sobre la argumentación eucarística es el verbo empleado para describir el acto de comer. Hasta el versículo 53, el vocablo griego es phagein, traducido correctamente como comer; pero a partir del versículo 54 el verbo es trogein, que correctamente debe traducirse por mordisquear, masticar. El cambio es significativo porque encrudece las afirmaciones. El hecho de comer puede interpretarse en varios sentidos, inclusive abstractos, pero masticar es concreto, es algo que se ingiere y que lleva su tiempo. Se acentúa lo realista de la situación. La carne del Hijo debe ser masticada, mordisqueada. Juan volverá a utilizar el verbo trogein en Jn. 13, 18, en el ámbito de la última cena y en el contexto inmediato de la traición de Judas y la entrega: “No lo digo de todos ustedes, yo sé a quiénes he elegido, pero para que se cumpla la Escritura: El que come (trogein) de mi pan levantó contra mí su calcañar”. La expresión de levantar el calcañar puede entenderse como poner una zancadilla. Jesús se refiere a Judas, quien mastica el mismo pan en la misma mesa, pero que será el traidor. La utilización del verbo masticar en el capítulo 6 y en la última cena marca una relación eucarística. El capítulo 6, aún encontrándose anterior a la escena de la última cena, es la explicación teológico-sacramental de la misma. La carne y la sangre entregadas verdaderamente, en la cruz, en la existencia dedicada a los pobres, es pan sacramental. La perícopa de hoy comienza y culmina muy similar, hablando del pan bajado del cielo y de cómo este pan da vida eterna (en comparación al pan del desierto, pan de los antepasados israelitas, que dio vida momentáneamente, pero no vida eterna). Entre el inicio y el final, se entiende que el pan es la carne y la sangre. El centro de la perícopa explica los extremos. El pan da vida eterna porque el pan es, efectivamente, carne y sangre de Jesús. Es pan, materialmente se nota que se trata de pan, pero sacramentalmente es carne y sangre, es la persona completa de Jesús.
Detrás de toda la sacramentalidad está el fuerte concepto de la vida. En este discurso aparece una construcción gramatical única en el Nuevo Testamento: ho zon pater, que debe traducirse como el Padre viviente. Algunas traducciones al español hablan del Padre que da la vida, pero es más literal la idea del Padre viviente. Esto expresa un presente continuo, una realidad eterna. El Padre es el viviente; no sólo tiene vida, sino que Él es la vida, y por lo tanto, la fuente de todas las formas de vida y de toda la vida que pueda existir. El Padre es, en este caso, el principio fontal de todo. La carne y la sangre del Hijo dan vida porque el Hijo proviene del Viviente. En sí, la transmisión de vida tiene una dirección con origen en el Padre, destino en los seres humanos y un paso obligado por el Hijo. Esta transmisión se enmarca en la gracia, en el sentido dador de Dios. El Padre da al Hijo, el Hijo da su vida, su vida entregada es vida para el mundo.
El sacramento que no tiene ni regala vida no tiene sentido. La eucaristía sólo es válida si, en su realización, transmite vitalidad. Eso haría a la comida litúrgico-sacramental distinta a las demás comidas. Porque no nos referimos a vida ordinaria, sino a vida trascendental, a vida en promoción, a vida eterna. La comida que comemos por motivos nutricionales nos da vida, nos mantiene vivos incluso, pero como el maná que comieron los antepasados israelitas en el desierto, no evita la muerte. La comida eucarística, en cambio, ha de transmitir vida eterna. Y aquí vale detenerse para analizar cómo, o en qué sentido, la eucaristía regala vida eterna. Tradicionalmente se proclama que comulgar, en sí mismo, es una garantía de salvación. Eso es magia o superstición, pero no cristianismo. La comida eucarística es para la vida eterna en cuanto proyecta nuestra historia a la historia definitiva del Reino de Dios. No puede ser un mero intercambio de pan consagrado por eternidad, de vino consagrado por ingreso a la presencia continua de Dios. No podemos reducir la eucaristía a un comercio.
La eucaristía es significativa en cuanto nos hace trascender, nos eleva y nos profundiza, nos promueve como seres humanos. La eucaristía nos forma y modela si nos dejamos formar y modelar por ella. La eucaristía debería enseñarnos a vivir comunitariamente, a compartir el pan, a celebrar la vida, a ser mártires, a asumir proféticamente los desafíos, a no excluir de la mesa común. La eucaristía debería hacernos mejores personas. No por imposición ni precepto, no para ganar vida eterna. De por sí nuestras existencias se proyectarán a la eternidad si sabemos vivir la eucaristía con la profundidad que ella tiene. Si comemos la carne del Hijo, pero los cuerpos de tantos hermanos sufren enfermedad sin que les demos consuelo, entonces no somos mejores personas. Si bebemos la sangre del Hijo, pero no nos conmueve la sangre derramada de tantos que luchan por su liberación, entonces no somos mejores personas. Si creemos en la vida eterna que viene del Padre viviente, pero apoyamos estructuras de muerte en la sociedad, entonces no somos mejor Iglesia. Tenemos que estar atentos para no reducir la eucaristía a una ecuación o a un objeto de consumo. La eucaristía es nuestra oportunidad para cambiar el mundo; mejor aún, es nuestra oportunidad de darle vida a la muerte.
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Evangelio Misionero del Día: 26 de Junio de 2011 - EL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO (SOLEMNIDAD)
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 51-58
«Yo soy el pan vivo bajado del cielo.
El que coma de este pan vivirá eternamente,
y el pan que Yo daré
es mi carne para la Vida del mundo».
Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede damos a comer su carne?»
Jesús les respondió:
«Les aseguro
que si no comen la carne del Hijo del hombre
y no beben su sangre,
no tendrán Vida en ustedes.
El que come mi carne y bebe mi sangre
tiene Vida eterna,
y Yo lo resucitaré en el último día.
Porque mi carne es la verdadera comida
y mi sangre, la verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre
permanece en mí
y Yo en él.
Así como Yo,
que he sido enviado por el Padre que tiene Vida,
vivo por el Padre,
de la misma manera, el que me come
vivirá por mi.
Éste es el pan bajado del cielo;
no como el que comieron sus padres y murieron.
El que coma de este pan vivirá eternamente».
Jesús creó un clima especial en aquella cena de despedida que compartió con los suyos la víspera de su ejecución. Sabía que era la última. Ya no volvería a sentarse a la mesa con ellos hasta la fiesta final junto al Padre. Quería dejar bien grabado en su recuerdo lo que había sido siempre su vida: pasión por Dios y entrega total a todos.
Esa noche lo vivía todo con tal intensidad que, al repartirles el pan y distribuirles el vino, les vino a decir estas palabras memorables: «Así soy yo. Os doy mi vida entera. Mirad: este pan es mi cuerpo roto por vosotros; este vino es mi sangre derramada por todos. No me olvidéis nunca. Haced esto en memoria mía. Recordadme así: totalmente entregado a vosotros. Esto alimentará vuestras vidas».
Para Jesús, era el momento de la verdad. En esa cena se reafirmó en su decisión de ir hasta el final en su fidelidad al proyecto de Dios. Seguiría siempre del lado de los débiles, moriría enfrentándose a quienes deseaban otra religión y otro Dios olvidado del sufrimiento de la gente. Daría su vida sin pensar en sí mismo. Confiaba en el Padre. Lo dejaría todo en sus manos.
Celebrar la Eucaristía es hacer memoria de este Jesús, grabando dentro de nosotros cómo fue él hasta el final. Reafirmarnos en nuestra opción por vivir siguiendo sus pasos. Tomar en nuestras manos nuestra vida y compromisos para intentar vivirlos hasta las últimas consecuencias.
Celebrar la Eucaristía es, sobre todo, decir como él: «Esta vida mía no la quiero guardar exclusivamente para mí. No la quiero acaparar sólo para mi propio interés. Quiero pasar por esta tierra reproduciendo en mí algo de lo que él vivió. Sin encerrarme en mi egoísmo; contribuyendo desde mi entorno y mi pequeñez a hacer un mundo más humano».
Es fácil hacer de la Eucaristía otra cosa muy distinta de lo que es. Basta con ir a misa a cumplir una obligación, olvidando lo que Jesús vivió en la última cena. Basta con comulgar, pensando sólo en nuestro bienestar interior. Basta con salir de la iglesia sin decidirnos nunca a vivir de manera más entregada.
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Palabra para la Misión: La Eucaristía, alimento para la Misión en el desierto del mundo
Año A - Domingo 26.6.2011 - Por EUNTES
Deuteronomio 8,2-3.14-16 / Salmo 147 / 1Corintios 10,16-17
Juan 6,51-58
Reflexiones
Tras su liberación de la esclavitud de Egipto, el pueblo tuvo que afrontar el desierto (I lectura) “inmenso y terrible, con dragones y alacranes, un sequedal sin una gota de agua” (v. 15). En el duro camino hacia la libertad, el Señor acompaña al pueblo con sus dones, con su palabra y sus acciones: en especial el regalo del maná y del agua sacada de una roca de pedernal (v. 16). Dones que es necesario recordar y no olvidar (v. 2.14). (*)
Jesús (Evangelio) promete un don superior al maná (v. 58). Un don que es preciso descubrir, proponer y compartir con otros: “Si tú conocieras el don de Dios”, dijo Jesús a la mujer samaritana (Jn 4,10). La Eucaristía es el don nuevo y definitivo que Jesús confía a la Iglesia peregrina y misionera en el desierto del mundo. Es mucho más que el simple recuerdo de una gran hazaña del pasado: es, hoy, el don del Viviente. “El recuerdo bíblico introduce nuevamente al creyente en la historia de la salvación, actualizando en el hoy los eventos del pasado. Este es el sentido de la palabra memorial que en el Nuevo Testamento se aplica también a la Eucaristía… La Eucaristía es el recuerdo de la muerte y resurrección de Cristo, es la certeza de su continua presencia como alimento del hombre peregrino, en la espera de su venida” (G. Ravasi).
La Eucaristía es fuente y sello de unidad (II lectura): siendo comunión con la sangre y el cuerpo de Cristo, debe llevar a la comunión fraterna entre todos los que comen del mismo pan. De la Eucaristía nace necesariamente un generoso estímulo al encuentro ecuménico y a la actividad misionera, “para que una misma fe ilumine y un mismo amor congregue a todos los hombres que habitan en un mismo mundo” (Prefacio). La persona y la comunidad que realizan la experiencia viva de Cristo en la Eucaristía se sienten motivadas a compartir con los demás el don recibido en la Palabra y en el Sacramento: la misión nace de la Eucaristía y conduce a ella. El misionero lleva por el desierto del mundo la única respuesta válida, Cristo, buena noticia de vida para los pueblos.
(Comboni y sus compañeros celebraron la Eucaristía en el desierto de Korosko, Sudán, 1857).
La Eucaristía nos enseña a derribar las barreras que impiden o mortifican el desarrollo de la vida: nos da la fuerza para defender la vida de cada persona, convencidos de que ‘nadie sobra’ en la aldea global de la humanidad; para vencer la espiral de violencia mediante el diálogo, el perdón y el sacrificio de sí mismos; para romper las cadenas del acaparamiento de los bienes promoviendo por doquier el compartir y la solidaridad.
La aldea global solo puede tener un único banquete global, en el cual todos los pueblos tienen el mismo derecho a participar; del cual nadie debe ser excluido o discriminado, por ninguna razón. Desde siempre, este es, y solamente este, el proyecto del Padre común para toda la familia humana (cf Is 25,6-9). Este es el sueño que Él confía, para que se realice, a la comunidad de los creyentes.
(*) “La santa inquietud de Cristo ha de animar al pastor: no es indiferente para Él que muchas personas vaguen por el desierto. Y hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad, del amor quebrantado. Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre. Los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores. Por eso, los tesoros de la tierra ya no están al servicio del cultivo del jardín de Dios, en el que todos puedan vivir, sino subyugados al poder de la explotación y la destrucción. La Iglesia en su conjunto, así como sus Pastores, han de ponerse en camino como Cristo para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud”.
Homilía en el solemne inicio del Pontificado, Roma, 24 de abril de 2005
- 26/6: SS. Cuerpo y Sangre de Cristo, pan vivo, para que todos tengan vida en abundancia. - Día de la caridad del Papa.
- 26/6: S. Vigilio (+405), tercer obispo de Trento (Italia), evangelizador de la región con la ayuda de tres misioneros procedentes de Capadocia (actual Turquía); murió mártir en el Valle Rendena.
- 26/6: S. Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975), sacerdote español, fundador del Opus Dei, para promover el ideal de la santificación en la vida ordinaria y en el trabajo.
-26/6: B. Santiago de Ghazir (Líbano, 1875-1954), sacerdote capuchino, fundador; desarrolló una predicación admirable en Líbano, Palestina, Irán y Siria.
- 26/6: Día Mundial de Apoyo a las Víctimas de la Tortura (ONU, 1987).
- 28/6: S. Ireneo (135-202 ca.), nacido en Esmirna (Asia Menor), discípulo de S. Policarpo, fue obispo de Lyon, gran evangelizador de la Galia; es uno de los Padres de la Iglesia.
- 29/6: SS. Pedro y Pablo, Apóstoles, misioneros y fundadores de la Iglesia de Roma y de otros lugares; fueron martirizados bajo el emperador Nerón (+64-67 ca.). – Día de la caridad del Papa.
- 29/6: B. Raimundo Llull (Mallorca, 1235-1316), terciario franciscano, estudioso y escritor; fue a África como misionero para entablar un diálogo fraterno con los sarracenos; allí fue martirizado.
- 30/6: B. Basilio Velyckovskyj (1903-1973), obispo y mártir greco-católico ucraniano; perseguido duramente en su patria, fue expulsado y murió en exilio en Winnipeg (Canadá), a consecuencia de una dosis de veneno con efecto lento, que le inyectaron antes de expulsarlo (1972).
- 1/7: Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. De su Corazón traspasado nace la Iglesia misionera. – Jornada Mundial para la Santificación de los Sacerdotes.
- 1/7: S. Oliviero Plunkett (1629-1681), nacido en Irlanda, estudió en Roma y enseñó teología en el Colegio de Propaganda Fide; fue arzobispo de Armagh (Irlanda) y martirizado en Londres.
- 1/7: B. Ignacio Falzón, clérigo de Malta (La Valletta, 1813-1865), entregado a la instrucción cristiana y a la conversión de militares y marineros.
- 1/7: B. Antonio Rosmini (1797-1855), sacerdote y fundador, hombre de extraordinaria profundidad de pensamiento y de vida cristiana. Por algunos escritos fue incomprendido y condenado injustamente por la jerarquía de la Iglesia, hacia la cual él guardó siempre amor y obediencia. Fue beatificado en 2007.
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Domingo del Corpus Christi (Jn 6. 51-58) - Ciclo A: EXPERIENCIA DECISIVA
Después de veinte siglos, puede ser necesario recordar algunos de los rasgos esenciales de la última Cena del Señor, tal como era recordada y vivida por las primeras generaciones cristianas.
En el fondo de esa cena hay algo que jamás será olvidado: sus seguidores no quedarán huérfanos. La muerte de Jesús no podrá romper su comunión con él. Nadie ha de sentir el vacío de su ausencia. Sus discípulos no se quedan solos, a merced de los avatares de la historia. En el centro de toda comunidad cristiana que celebra la eucaristía está Cristo vivo y operante. Aquí está el secreto de su fuerza.
De él se alimenta la fe de sus seguidores. No basta asistir a esa cena. Los discípulos son invitados a «comer». Para alimentar nuestra adhesión a Jesucristo, necesitamos reunirnos a escuchar sus palabras e introducirlas en nuestro corazón, y acercarnos a comulgar con él identificándonos con su estilo de vivir. Ninguna otra experiencia nos puede ofrecer alimento más sólido.
No hemos de olvidar que «comulgar» con Jesús es comulgar con alguien que ha vivido y ha muerto «entregado» totalmente por los demás. Así insiste Jesús. Su cuerpo es un «cuerpo entregado» y su sangre es una «sangre derramada» por la salvación de todos. Es una contradicción acercarnos a «comulgar» con Jesús, resistiéndonos egoístamente a preocuparnos de algo que no sea nuestro propio interés.
Nada hay más central y decisivo para los seguidores de Jesús que la celebración de esta cena del Señor. Por eso hemos de cuidarla tanto. Bien celebrada, la eucaristía nos moldea, nos va uniendo a Jesús, nos alimenta de su vida, nos familiariza con el evangelio, nos invita a vivir en actitud de servicio fraterno, y nos sostiene en la esperanza del reencuentro final con él.
Homilías y Reflexiones para el Domingo del Corpus Christi (Jn 6. 51-58) - Ciclo A
“Yo soy el pan.” Pan que se hace carne y vino que se hace sangre.
Por eso la Eucaristía implica un doble dinamismo: Una comunión con quien se da y una comunión con aquel a quien nos damos. Ambas comuniones son fundamentales. No hay verdadera comunión con aquel a quien recibimos, sino no entramos en comunión con aquellos a quienes nos damos. Así la Eucaristía es el símbolo y también la razón de nuestra comunión con Dios y de nuestra comunión con los hermanos.
Hemos reducido demasiado el comulgar a unirnos a Dios, a vivir en comunión con Dios, pero no vivimos con la misma intensidad la otra dimensión de unirnos a los demás. Por eso mismo, comulgar es mucho más que un acto de piedad para nosotros sentirnos buenos y vivir nuestra relación con Dios. Jesús no se hizo pan ni se hizo carne, ni derramó su sangre por Él mismo, ni siquiera por el Padre, sino para darse y entregar a los demás.
La Eucaristía vivida de verdad es fuente de tres comuniones a la vez. La comunión con Dios, la comunión de la Iglesia y la comunión con los hombres. Así la Eucaristía es como cuando el padre de familia pone el pan en la mesa y come de él toda la familia, se alimenta toda la familia y se establecen relaciones no solo con el papá que nos lo regala, sino también con todos los miembros de la familia. Lo hacemos pensando también en aquellos que no tienen pan en su mesa y somos capaces de compartir nuestro pan.
Siento que hemos hecho de la comunión algo demasiado simple y rutinario. Creo que fue San Francisco de Sales quien dijo que una sola comunión era suficiente para hacernos santos. Es que en cada comunión compartimos la vida misma de Dios. Y la vida de Dios no es una vida en que Él vive encerrado sobre sí mismo. La vida de Dios es una vida compartida trinitariamente. La vida de Dios es una vida que quiere ser compartida con todos los hombres. “Este es el cáliz de mi sangre que será derramada por todos los hombres.” Por eso comulgar es algo más que sentir un fervorcillo espiritual, es entrar en una vida nueva y en un dinamismo nuevo, es entrar en relación con todos. Porque la Eucaristía es el único pan que no tiene propietario alguno, sino que es el pan que se comparte con todos. Todos están invitados a esa mesa sin excluir a nadie.
La vida humana comienza cuando somos concebidos en el seno materno, pero cuándo comienza la vida eterna en nosotros? Tenemos la idea de que la vida eterna comienza cuando termina nuestra vida terrenal, es decir, después de la muerte. Morimos y ahí comienza la otra vida. El caso es que todos nos quedamos contentos con esta lectura.
Sin embargo, Jesús parece decirnos otra cosa. “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.” No dice “tendrá vida eterna”, sino que dice “tiene vida eterna”. Por tanto, la vida eterna ya la llevamos dentro de nosotros mismos. Cada vez que comulgamos y comemos la carne eucarística de Jesús ya tenemos la vida eterna en nosotros. Todavía no podrá manifestarse plenamente hasta la resurrección, pero lo eterno ya está y comienza ahora en nosotros, y en cada comunión se hace más vida.
La muerte no es el comienzo de la vida eterna. Es como el grano de trigo que lleva dentro ese germen blanco y la muerte es como la ruptura de la cáscara del grano que hace posible ese germen blanco pueda brotar, hacerse tallo y florecer en espiga.
Por eso mismo, comulgar debiera significar para nosotros ver y mirar la muerte de otra manera. Como una especie de fiesta de la vida, como una celebración de la vida que hace florecer lo que ya hace años llevábamos dentro. No entiendo cómo es posible comulgar tantas veces y luego tener tanto miedo a la muerte, como si tuviésemos miedo a la vida nueva que ya llevamos en germen en nuestro corazón. La comunión solo tiene sentido si comulgamos para tener vida. Por eso la comunión debiera ser como el despertar ese deseo y esa ansia de morir para vivir plenamente.
Pascal en una de sus Cartas a Mademoiselle de Roanez escribe: “Permaneció oculto bajo el velo de la naturaleza que lo cubrió hasta la encarnación; y, cuando fue necesario que apareciera, volvió a esconderse cubriéndose con la humanidad. Era mucho más reconocible cuando era invisible que cuando se hizo visible. Y, finalmente, cuando quiso cumplir la promesa que había hecho a sus apóstoles de permanecer con los hombres hasta su última venida, eligió permanecer en el secreto más extraño y más oscuro de todos, el de las especies eucarísticas… yo creo que Isaías lo veía en este estado cuando dijo en espíritu de profecía: “Verdaderamente, tú eres un Dios escondido.” (Is 45.15) Este es el último secreto en el que puede estar.”
Es curioso cómo Dios se revela y manifiesta ocultándose. Primero, en la encarnación. Segundo, en su condición humana. Tercero, en la presencia de las apariciones. Luego, en el pan y el vino de la Eucaristía. Para, finalmente, esconderse y revelarse en cada una de nuestras vidas. Lo humano esconde, pero también revela y manifiesta. Cada uno escondemos y revelamos a la vez. Lo mostramos en la Hostia cuando lo exponemos a la adoración. ¿Por qué no lo adoramos en cada uno que lo recibe en comunión? ¿No tendríamos que ponernos también de rodillas delante de cada comulgante? ¿Acaso cuando comulgamos no somos también esa custodia que lo expone en la calle y en el hogar? Muchos comulgáis antes de ir a la oficina. ¿No seréis las Custodias donde Cristo se debiera adorar también en esos lugares de trabajo?
HOY VIVE PARA LOS DEMÁS
Nunca serás más que cuando te olvidas de ti, dejas de pensar en ti, dejas de ser para ti y te haces todo para los demás. Porque sólo entonces vivirás en y desde el amor.
Sé y vive hoy para los demás. La luz no es para sí misma. La luz no necesita ver. Ella está ahí para que otros vean. Una luz que sólo alumbrase para sí misma terminaría apagándose y además nadie la vería.
Sé y vive hoy para los demás. Tus ojos no ven para ellos mismos, ellos no necesitan ver, están ahí para que tú puedas ver y contemplar las cosas.
Sé y vive hoy para los demás. Tus oídos no necesitan escuchar música alguna, sólo sirven para que tú puedas recrearte escuchándola y deleitándote con ella.
Sé y vive hoy para los demás. Tu lengua nunca se habla a sí misma, sólo sirve para que tú puedas hablar con los demás, contarles tus cosas a los demás, expresarles tus sentimientos, decirles cuánto los amas. Arriésgate a darte a los demás, es el único riesgo que bien merece la pena correr. Ese fue el riesgo de Dios.
Sé y vive hoy para los demás. El perfume no huele mientras está tapado y cerrado en el pomo, sólo se le percibe cuando alguien abre el frasco y se lo echa.
Sé y vive hoy para los demás. ¿Temes que así tú no llegues a ser nunca nada? Te equivocas. Tú no eres más quedándote dentro de ti sino compartiéndote. El mismo Jesús dice de sí mismo: "Yo he venido para que tengan vida y una vida abundante." Yo entrego mi vida... la doy.
No me resisto a dejar de citar un poema que el filósofo, autodeclarado ateo, Unamuno escribió. Cuando los ateos dejan de enredarse en sus filosofías y escuchan su corazón, ¡hasta los ateos hablan como creyentes!
“Amor de ti nos quema, blanco cuerpo:
amor que es hambre, amor de las entrañas;
hambre de la palabra creadora,
que se hizo carne, fiero amor de vida
que no se sacia con abrazos, besos,
ni con enlace conyugal alguno.
Sólo comerte nos apaga el ansia,
pan de inmortalidad, carne divina.
Nuestro amor entrañado, amor hecho hambre,
¡oh Cordero de Dios!, manjar te quiere;
quiere saber sabor de tus redaños,
comer tu corazón, y que su pulpa
como maná celeste se derrita
sobre el ardor de nuestra seca lengua;
que no es gozar en ti; es hacerte nuestro,
carne de nuestra carne, y tus dolores
para vivir muerte de vida.
de nuestra seca lengua;
que no es gozar en ti; es hacerte nuestro,
carne de nuestra carne, y tus dolores
para vivir muerte de vida.
Tus brazos abriendo como en muestra
de entrega amoroso nos repites:
“¡Venid, comed, tomad: este es mi cuerpo”!
Carne de Dios, Verbo encarnado, encarna
nuestra divina hambre carnal en ti”.
(Miguel de Unamuno)
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LA HOMILÍA MÁS JOVEN: JESÚS-EUCARISTÍA
2.- Mis queridos jóvenes lectores, dedicar un día a la Eucaristía, poniendo el acento en que es alimento del alma y ayuda espiritual, para confiar nuestras cuitas al Señor, inquietudes, ilusiones y proyectos, es muy oportuno que lo hagamos. No es que lo desvinculemos de su Pascua, misterio de muerte, sepultura y resurrección, que ya lo consideramos en la liturgia del Jueves Santo. Sin olvidarlo, hoy pensamos en este aspecto, recordando anticipaciones que lo fueron, el maná del desierto o la multiplicación de los panes y los peces en Galilea.
Que en muchos sitios se organice una procesión para demostrar públicamente el amor que por el Señor sentimos, allí donde se pueda, es un gesto cristiano muy correcto y simpático. Pero lo que no debemos nunca olvidar es que su presencia, su compañía, guardado en el sagrario, tiene por finalidad ser el mejor alimento que Dios nos ofrece, al darse a sí mismo sin reparos, sin precauciones, sin guardaespaldas.
4.- Guy de Laurigaudie dice que no deberíamos decir nunca: tal día voy a comulgar. En todo caso lo correcto sería manifestar que un cierto día no se comulgará. Lo normal debería ser hacerlo diariamente. La valentía, el coraje, la fuerza de voluntad, que han demostrado y demuestran en sus vidas muchos cristianos, misioneros, contemplativos, entregados al servicio directo de los pobres, matrimonios que engendran hijos para el Cielo, educándolos cristianamente, antes que proporcionarles estudios de lenguas extranjeras o enseñándoles a rezar preferible a saber nadar o practicar deportes. Niños que aprenden que la iglesia es más importante que el gimnasio o que la misa es muy superior a las colonias de vacaciones o conciertos corales, que la asistencia a unas Jornadas Mundiales de la Juventud, con catequesis, oraciones, sacramentos y Caridad en el ambiente, mucho más útil que un viaje por los países nórdicos. Que visitar una comunidad religiosa, convidar a la mesa familiar a un sacerdote o diácono, ministros de la Eucaristía, más acertado que un intercambio familiar de alumnos de diferentes colegio y naciones, explicarse esta manera diferente de vivir sumergidos en nuestra misma sociedad y gozando de ella sin aburguesarse degradándose, se debe a que no se privan de este alimento sobrenatural.
5.- Os confieso, mis queridos jóvenes lectores, que raramente dejo de celebrar misa cada día. En realidad, poquísimos días al año. Ocurre a veces que he pasado el día ocupado en cosas acuciantes y llega la noche, y está a punto de acabar la jornada, aun así, no dejo de entrar en la iglesita que tengo cerca de mí y en mi soledad, pero sabiendo que me rodea la Iglesia que ofrece al Padre a su Hijo Jesucristo, que me acompañan tantos miles de personas en diferentes puntos del globo, que hacen lo mismo, más o menos atento, más o menos fervoroso, celebro misa.
Porque si debemos poner interés en ahuyentar las distracciones y las prisas, para que nos entre su Gracia, no es necesario que nos sintamos en, ese momento, fervorosos. El que no tengamos ganas en aquel momento, no debe ser óbice de que dejemos de celebrarla. Os hablaré con palabras necias, pero gráficas. La Eucaristía, si estamos correctamente preparados, hace efecto como un analgésico, que nos la tragamos y nos quita el dolor, tanto si estamos atentos como si lo hacemos rutinariamente. Y la comida se puede saborear con deleite o tragársela con indiferencia. Lo hacemos porque ha llegado la hora y nos tocará después trabajar. Nuestro organismo se aprovechará en ambos casos. Así la Comunión.
6.- Se elogia la dieta mediterránea, se exaltan las propiedades medicinales de plantas y bebidas, pero todos sabemos que nos llegará la hora de la muerte y ni la infusión de manzanilla, ni la fibra vegetal, ni el moderado ejerció físico, la impedirá. La Gracia de Dios, que nos fue dada en el bautismo, que se confirmó en la imposición de la mano del obispo y la crismación, que nos llega en la comunión especialmente, ya que nos confiere la Gracia y se nos da al amo e inventor de la Gracia, este prodigio, nos acompaña y fortalece en el momento del tránsito y atraviesa la barrera biológica, siendo prenda de felicidad eterna. Porque en la Eternidad no se habla inglés, ni se conducen vehículos, ni hay playas ni montañas nevadas. Todo lo que uno aprenda, que es muy útil progresar en conocimientos y experiencias, debe capacitarnos para cosas superiores. Que una escalera de mano que no tenga sitio donde apoyarse de nada sirve y un almacén de medallas olímpicas o un muro repleto de diplomas, sin una profesión asegurada, de nada aprovechan en la vida. La “tarjeta visa” que abre puertas eternas y permite los mayores goces, es la Gracia.
7.- Pido a Dios que mi muerte ocurra acompañado de Jesús-místico, encarnado en mis hermanos, del Jesús-Palabra en mis manos y del Jesús-Eucaristía en mi boca. No he hecho referencia, mis queridos jóvenes lectores, a los textos de la misa de hoy, pero, repasándolos ahora, me doy cuenta de que os he escrito lo esencial de sus enseñanzas en este mensaje-homilía.
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sábado 25 de junio de 2011
Domingo del Corpus Christi (Jn 6. 51-58) - Ciclo A: Liturgia, Reflexiones, Exégesis y Oración
Día del Amor Fraterno
Amor fraterno suscita (en cada persona que tenga hermanos) sentimientos encontrados. Incluso sentimientos que creíamos perdidos, si nos permitimos recordar un poco más. Desde que te rompen tu juguete favorito hasta el día en que personifican la ayuda que necesitas en el momento más desesperado, los hermanos representan lo mejor y lo peor. Te hartas de ellos, (cuando los tienes), y los añoras enormemente (cuando no). ¿A quién se le ocurrió llamar fraterno al amor que debemos tenernos los cristianos? El amor a los hermanos implica mucha convivencia, mucho perdón, mucho conocimiento, mucha paciencia, muchísima tolerancia, apoyo total e inesperado, momentos muy desesperantes, algún que otro desengaño y la seguridad de que nunca te faltará un sofá donde dormir si llegan los malos tiempos.
Están también los secretos, la complicidad, las risas, las cosas que no hace falta decir y los códigos invisibles. El “¿os acordáis cuando…?”, el disfrute de las fotos antiguas, las viejas (y pesadas) bromas. En suma, la historia familiar compartida, cada uno desde su puesto, cada uno con su punto de vista particular. Resulta difícil extrapolar este contenido de “fraterno” al ámbito de la familia que formamos como Iglesia. Y, por otra parte, todo lo que le vemos de extraño a este intento, se llena de sentido cuando se mira dos veces, con cariño en lo ojos. Si cualquiera de mis prójimos ha de ser mi hermano, me costaría poco no juzgarle sin conocer su circunstancia. Sería capaz de perdonarle todo. Podría ayudarle hasta límites que nunca creí posibles. Y cuando, más allá de lo razonable, mi hermano me necesitara, siempre estaría a mano la única razón posible: “Es mi hermano”.
Jesús nos entregó su Cuerpo como señal de unión entre nosotros. La fiesta de la Eucaristía, en la que compartimos su Cuerpo y su Sangre, es la fiesta de la gran fraternidad... La experiencia familiar e infantil de los hermanos genera afectos capaces de alimentar la buena relación de toda una vida. Lo que compartimos los cristianos, el don de Jesús hecho carne, es suficiente como para que, de una vez por todas, nos comprometamos a mantener entre nosotros una relación más rica, más amorosa, más verdaderamente fraterna.
aurora@dabar.net
DEUTERONOMIO 8,2 3.14b 16a
Moisés habló al pueblo diciendo: «Recuerda el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto; para afligirte, para ponerte a prueba y conocer tus intenciones: si guardas sus preceptos o no. Él te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres, para enseñarte que no sólo vive el hombre de pan, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios. No te olvides del Señor, tu Dios, que te sacó de Egipto, de la esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con dragones y alacranes, un sequedal sin una gota de agua, que sacó agua para ti de una roca de pedernal; que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres».
I CORINTIOS 10,16 17
Hermanos: El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan.
JUAN 6,51 59
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo». Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre»
PRIMERA LECTURA
El comentario del pasado domingo terminaba reordenando cómo la conclusión del pacto por el que Dios se compromete a acompañar a su pueblo era que éste cumpliera los mandatos que le entregó por mano de Moisés.
Hoy comienza recordando que en las dificultades somete a la prueba Dios al pueblo, al hombre para comprobar su fidelidad: si guardan o no sus mandatos. Y si en la anterior ocasión era la naturaleza de Dios la que le obligaba a él a ser fiel a su pueblo, en esta ocasión es la superación de las dificultades las que mostraban que el pueblo por su parte había permanecido fiel al seguir cumpliendo los mandatos del Señor.
En constante diálogo del pueblo de Dios con su propia historia le hace comprobar una y mil veces que el Señor puede estar ‘escondido’ en momentos de prueba. Pero esa misma experiencia le va mostrando también cómo siempre ha salido a su encuentro de mil maneras. Librándolo de tantos peligros ‘dragones y alacranes’; haciéndole sortear con bien caminos desconocidos ‘un desierto inmenso y terrible’. Y abriéndole la vida a experiencias, alimentos desconocidos y , sobre todo, a un conocimiento que viene del mismo Dios (“que el hombre vive de toda palabra que sale de la boca de Dios’). La palabra de Dios, los decretos y mandatos que le dio por mano de Moisés es el verdadero alimento del pueblo que confía en el Señor.
La historia de Israel penosa e insoportable que le llevó a ‘pasar hambre, aflicción’ ‘habitante de un inmenso desierto’, ‘sin gota de agua’, le hizo experimentar la cercanía de Dios; cómo el mismo Dios lo sacó de Egipto, de la esclavitud; lo alimentó con el maná, manjar desconocido a sus padres y ‘agua que para él sacó de la roca de pedernal’.
Y todo esto posibilitó la promesa del Señor de ‘estar con él, fiel a su palabra’. Todo, mientras era alimentado con lo que sale de la boca de Dios, que en este caso son precisamente sus preceptos. Guardarlos es asegurar la presencia de Dios, su ayuda y guía, el alimento divino y el cumplimiento de atravesar el desierto de la vida con bien.
Así cierra siempre el ciclo de la historia el Deuteronomio: iniciativa salvífica de Dios. Enseñanza de la ley para seguirlo. Cumplimiento de sus preceptos a pesar de las pruebas que cuestionan su bondad. Y premio de más altos valores que vienen del Señor.
tomas@dabar.net
El contexto de esta mención de la Eucaristía es el de la participación en las comidas sacrificadas a los ídolos. A algunos miembros de la comunidad de los corintios les parecía que comer de esos alimentos era unirse con los dioses a los que se habían ofrecido.
Pablo contrapone esa unión ficticia a unos ídolos inexistentes con la real que realiza el cristiano con Cristo al comer su Cuerpo y Sangre. Tal es el sentido básico de la Eucaristía. Implica, evidentemente lo que luego hemos llamado de modo bastante inexacto "presencia real" de Cristo en la Eucaristía. Sin embargo Pablo no desarrolla ese aspecto.
De modo muy interesante y característico el Apóstol pasa sin solución de continuidad de la unión con Cristo a la unión de los participantes en la Eucaristía entre sí al unirse con el Señor. Conviene destacar ese punto. Pablo no quiere plantear todos los aspectos de la Eucaristía, sino el que resulta más necesario para la comunidad concreta a la que escribe la carta.
Es un rasgo de la Eucaristía sobre el que se insiste menos. Unirse con Cristo es, necesariamente, unirse con los demás. La Eucaristía es sacramento de unión con Cristo y de unidad y comunión con los otros cristianos. En un cierto paralelismo con lo que dice en el otro texto podría afirmarse que, si participamos en la Eucaristía y no nos unimos de verdad con los hermanos, estamos profanando el Cuerpo y la Sangre del Señor.
Lo cual no parece implicar uniformidad, sino unidad profunda real, compromiso de amor y solidaridad. Porque no hay magia, automatismo en esa unidad, sino actitudes humanas hacia los otros expresadas en la participación eucarística.
federico@dabar.net
1. Aclaración de términos.
V.51 Pan vivo. Pan de vida. Bajado del cielo: expresión espacial, sinónima de venido de Dios. El mundo: el hombre (sentido antropológico).
V.52 Los judíos. No es sinónimo de pueblo judío. La expresión no tiene aquí connotación étnica sino religiosa: judíos que no aceptaban la dimensión divina de Jesús.
V.53 Os aseguro. Fórmula introductoria, característica de Jesús, para introducir con autoridad una aseveración. Fórmula enfática, solemne.
Comer, beber, carne, sangre. Lenguaje realista y crudo. Mi Carne, mi sangre, yo, Hijo del Hombre: sinónimos de Jesús, hombre de carne y hueso. Comer mi carne, beber mi sangre: sinónimo de comer a Jesús.
La vida de la que se habla es la vida de Dios, vida real y verdadera, vida eterna, aunque no empíricamente palpable. V.58 Vuestros padres. Los antepasados judíos que comieron el maná en el desierto.
2. Texto
Lo esencial está formulado en el versículo inicial: Jesús es el alimento divino que confiere a todos vida para siempre. Palabras de alguien único, de alguien con valor absoluto, formuladas en lenguaje realista, tan realista que deja atónito al oyente: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Pero Jesús ni niega, ni minimiza la objeción, sino que insiste en ofrecerse como comida y bebida que contienen la vida misma de Dios, la vida eterna, y que, por tanto, hacen del que la come y la bebe una persona con vida para siempre. Yo no soy como el pan que vuestros padres comieron. Ellos murieron; el que me come a mí vivirá para siempre.
3. Comprensión actualizante
Ni el fondo ni la forma son convencionales: comiendo a Jesús no morimos nunca. Desafío a la razón, que necesita indudablemente de la fe, sin la que aquélla se queda siempre corta para formular toda la verdad.
Verdad de Dios, verdad de la buena. Palabras que hacen lo que dicen. La Eucaristía es un desafío a la muerte, a la que Jesús ha vencido y, con él, nosotros. La muerte ha sido vencida en un desafío definitivo.
Jesús es fuente de vida para todo el que lo come en la Eucaristía.
alberto@dabar.net
PASO HACIENDO EL BIEN...
El de Jesús fue un ejemplo suficientemente claro y clarificador. San Pedro nos lo ha recordado en ese discurso suyo que leemos en el capítulo diez del libro de los Hechos de los Apóstoles: «Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él».
Pedro, amigo de Jesús, compañero de andanzas, miedoso y cobarde en un momento dado, pero que luego será capaz de dar la vida por su Maestro; protagonista del casi seguro primer acto de fe solemne ante el propio Jesús (Y vosotros ¿quién decís que soy yo? Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios») no duda en traducir la fórmula teórica y solemne en un práctico «pasó haciendo el bien» cuando de anunciar a Jesús se trata. Las dos cosas van unidas porque las dos cosas son ciertas: qué es el Mesías y que pasó haciendo el bien. Quizás podríamos formularlo así: pasó haciendo el bien porque era el Mesías, porque era el Enviado de Dios. Y es que Dios no lo envió para enseñarnos una serie de verdades teóricas, un credo (cualquier profeta, cualquier sumo sacerdote podría haber cumplido cabalmente esa misión), sino para que hiciera el bien. O mejor aún: Dios lo envió para que nos enseñara la verdad más importante, el dogma más fundamental: que El, Dios quiere lo mejor para nosotros; y como El va en serio, no sólo nos lo dice, sino que lo hace.
Pasar haciendo el bien. Devolviendo la vista al ciego de nacimiento. Enseñándole a Zaqueo la felicidad de compartir, frente a la angustia de la obsesión por acumular y el miedo a perder lo acumulado. Devolviendo a María Magdalena la dignidad, el trato como persona. Consiguiendo el perdón y la vida para la adúltera condenada a ser lapidada. Levantando al paralítico de sus treinta y ocho años de frustración en la piscina Probática. Devolviendo a varias familias la mirada de unos seres queridos que la muerte ya les había arrebatado. Devolviendo la dignidad a los que se habían acostumbrando a pensar que no eran nada ni nadie. Devolviendo la esperanza a los que la hablan perdido y se creían llamados a sufrir siempre, a estar oprimidos siempre sin tener otra liberación que la que les llegaría el día de su muerte. Dando a los pobres, pobres en dinero, en valoración social, en cariño y estima, la buena noticia de ser los hijos predilectos de Dios. En definitiva: HACIENDO EL BIEN. Haciéndolo de verdad; de palabra, cuando era necesaria una palabra de ánimo, de aliento, de esperanza; de obra, cuando era necesario meter mano en los asuntos para cambiar las situaciones. Siempre: haciendo el bien.
Jamás una llamada a la resignación, esa horrorosa palabra (y peor actitud) tan antievangélico y, sin embargo, tan dicha y repetida en sermones, pláticas, charlas, conferencias, recomendaciones piadosas a las personas atribuladas, que tienen un problema, que pasan por una situación difícil. Jamás eso de que «es la voluntad de Dios», porque ninguna desgracia, ningún dolor, ningún sufrimiento humano son (ni pueden ser) voluntad de Dios. Y, cuidado, porque sí es cierto que Jesús nos enseña a aceptar la voluntad de Dios, y que no hay que dejarse engañar por algunos que, escudándose en sus titulas, o su cargo, o su profesión, intentan hacernos pasar su voluntad por la voluntad de Dios; o una situación de privilegio para unos pocos por voluntad de Dios; o un problema difícil ante el que nos cuesta encontrar o aplicar la solución como voluntad de Dios; o... ¡Se ha manipulado y utilizado tanto y tanto la voluntad de Dios!
La voluntad de Dios es que nos queramos como hermanos, como hijos suyos que somos todos; la voluntad de Dios la podemos ver muy claramente en todo lo que Jesús dijo e hizo; sobre todo la voluntad de Dios sobre lo que debemos hacer con nuestra vida la descubrimos en lo que Jesús hizo con la suya: PASO HACIENDO EL BIEN. Y haciendo el bien en los males y problemas concretos.
Y ¿qué tiene que ver todo esto con la fiesta del Corpus, que hoy celebramos? Pues mucho. Porque celebramos la fiesta del Cuerpo de Jesús, es decir, de su Persona, de aquel que pasó haciendo el bien. Y qué menos que preguntarse cuál puede ser la mejor manera de festejar a semejante persona. Aunque sea su «persona nueva», su «cuerpo nuevo», glorioso y triunfante tras la Pascua y que es la Eucaristía, el pan y el vino consagrados, transformados en su Cuerpo y su Sangre, transformados en él mismo, en su nueva forma de existir. Qué menos que preguntarse si Jesús «dejó su Cuerpo» entre nosotros para que nosotros lo encerremos en una joya espectacular y lo paseemos por las calles, qué menos que preguntarse si Jesús se quedó entre nosotros para que nosotros hagamos de su gesto un rito litúrgico, una ceremonia (brillante a ser posible), un acto con el que rellenar onomásticas, aniversarios, celebraciones, jubilaciones, inauguraciones y otros acontecimientos sociales varios que, sin Eucaristía, quedarían como muy pobres y poco lucidos.
Qué menos que preguntarse si aquel que pasó haciendo el bien se ha quedado entre nosotros para algo de todo eso, o si no será más acertado pensar que se ha quedado entre nosotros para seguir haciendo el bien y para que, aquellos que nos alimentemos de El, nos identifiquemos con El, nos asimilemos a El, nos hagamos como El y pasemos, también nosotros, haciendo el bien. Qué menos que preguntarse si la cuestión es coger el pan, consagrarlo, pasearlo y comerlo, y ¡misión cumplida!, o si la misión no empieza, realmente, después de comerlo, después de comulgarlo. Decimos, y decimos bien, comulgar más que comer el pan (y lo recalcamos después de emplear esa expresión), porque la Eucaristía no es simplemente un pan (aunque sea consagrado) para comer, sino para comulgarlo, para identificarnos, para transformarnos por El, con El y en El.
Qué menos que preguntarnos si nuestro «honor y gloria a ti, rey de la gloria», nuestro «amor por siempre a ti, Dios del amor» debe expresarse en un día al año, día lleno de parafernalias más o menos vistosas, o si debe expresar en un constante, diario y cercano «pasar haciendo el bien», como hizo Jesús. ¿Qué clase de honores quiere El? Da la impresión que la respuesta no es nada difícil, sino sencillita. Muy sencillita. La respuesta, ¿no será que también nosotros pasemos por la vida haciendo el bien, y curando a los oprimidos por el mal?
Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo
(Jn 6, 51b)
Preguntas y cuestiones
-Como se traduce en nuestra vida cotidiana el ser personas alimentadas de Jesús…
-¿Buscamos comer el verdadero pan de vida?, ¿Nuestra presencia en las misas la vivimos como el alimento que necesitamos para tener vida?
PARA LA ORACION
Que este día de recuerdo sea para nosotros memoria de nuestra misión para despertar esperanza, invitar a todos a construir el mundo, unirnos en la preocupación y solidarizarnos en la tarea de caminar juntos con amor, como Tú haces con nosotros.
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Y en medio de todas las preocupaciones también es justo celebrar la alegría de la vida y sentirnos unidos en el agradecimiento a Ti, Dios creador de todas las maravillas que nos rodean, de todo el espectáculo del universo, de toda la filigrana de un mundo natural hecho con el primor del artesano y el cuidado del orfebre.
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Es lógico mostrar la gratitud que nos provoca el amor inmenso que nos demuestras con tu preocupación constante, con tu sentido paternal de estar pendiente a la vez que respetuoso con nuestra libertad.
Tú sabes cómo sentimos cansancio, indiferencia o nos dejamos atrapar por la rutina de una vida que parece no dar mucho de sí, pero siempre nos recuerdas la importancia de nuestra participación en humanizar el mundo, por lo que hacemos y por lo que alimentamos de amor y de esperanza.
Te damos gracias, especialmente, por Jesús que compartió la vida con nosotros y nos trajo tu palabra de perdón y de aliento. Él quiso permanecer entre nosotros significado en el pan, como alimento, energía, ánimo y recuperación vital.
Él contagia a tantas personas para hacerse compañeros de quien se cansa, animadores de desesperados y luchadores por la justicia y el amor.
Porque Él nos cambia, nos alimenta y no dirige, queremos darte gracias, Dios bueno
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Y finalmente queremos pedirte por nuestra comunidad cristiana, presente en todo el mundo, celebrando hoy esta fiesta en grandes multitudes o en pequeños grupos, con grandes edificios o en pequeños lugares, pero consciente de su responsabilidad por ser la memoria de la esperanza y el signo humano de la solidaridad. Haz que seamos fieles a esta misión tan bonita y humana de hacerte presente y de promover esperanza.
MONICIÓN DE ENTRADA
Hoy es un día muy tradicional. Pero es, sobre todo, un día centrado en la tradición fundamental y esencial de toda comunidad cristiana. Señalar a Dios que ha elegido el pan como signo de su presencia entre nosotros porque el pan es, también, el signo de una humanidad necesitada, hambrienta, trabajadora e inquieta y cansada. Vamos a celebrarlo con el mismo sentido con que lo hemos hecho durante dos mil años.
SALUDO
Que el Dios a quien hoy “vemos” presente en el pan os dé la paz y su bendición.
ACTO PENITENCIAL
Conscientes de que Dios nos conoce, nos quiere, nos acepta y nos acoge, reconocemos nuestra realidad personal y la asumimos con sencillez y sinceridad.
- Tú que te preocupas por todos nosotros, especialmente por los más hambrientos y necesitados. Señor, ten piedad
- Tú que has querido hacerte presente en nuestra vida con el signo que expresa nuestra necesidad. Cristo, ten piedad
- Tú que quieres despertar en nosotros un espíritu fraterno solidario, sensible, y esperanzado. Señor, ten piedad
Dios, nos anima, nos invita a la esperanza y a seguir en el empeño de hacer un mundo más humano
MONICIÓN A LA PRIMERA LECTURA
El recuerdo de las acciones pasadas de Dios es el motivo de nuestra confianza porque nos hace ver que su amor sigue manteniendo el compromiso con nosotros y lo seguirá haciendo en un futuro, siempre.
SALMO RESPONSORIAL (Sal 147)
Glorifica al Señor, Jerusalén.
Glorifica al Señor, Jerusalén; alaba a tu Dios, Sión: que ha reforzado los cerrojos de tus puertas, y ha bendecido a tus hijos dentro de ti.
Glorifica al Señor, Jerusalén.
Ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de harina. Él envía su mensaje a la tierra, y su palabra corre veloz.
Glorifica al Señor, Jerusalén.
Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a Israel; con ninguna nación obró así, ni les dio a conocer sus mandatos.
Glorifica al Señor, Jerusalén.
MONICIÓN A LA SEGUNDA LECTURA
Compartir el pan de la Eucaristía en la celebración cristiana es sentirse unido a todos los seres humanos, marcados por la necesidad, buscadores de horizontes nuevos, cansados de la brega existencial, personal y social. También a Dios hecho pan para alimentar la unión con Él y con los demás.
MONICIÓN A LA LECTURA EVANGÉLICA
En un lenguaje provocador y directo, Jesús nos dice abiertamente que acercarse a Él y vivir como Él y participar de su comunidad, tiene unas connotaciones que hacen participar de la vida intensamente y alimentan mucha energía para abordarla.
ORACIÓN DE LOS FIELES
A Ti, Dios bueno, sensible y solidario, pendiente de nuestras necesidades, preocupado por la situación de nuestro mundo y conocedor de nuestro cansancio te presentamos algunas de ellas
- Para que los creyentes compartamos más el pan y lo que somos con quienes necesitan de nuestra ayuda. Roguemos al Señor
- Para que todos los más necesitados de la tierra encuentren la sensibilidad solidaria de los cristianos y así sepan de tu cercanía con ellos. Roguemos al Señor
- Para que el cansancio y el hastío de la cultura materialista y la abundancia del consumismo no nos precipiten en la angustia, el aburrimiento vital y la depresión. Roguemos al Señor
- Para que veamos la importancia de los signos que expresan el drama humano y la alegría de Dios. Roguemos al Señor
- Para que todos nos hagamos pan, sigo de esperanza, respuesta a las hambres y alegría para quien no tiene. Roguemos al Señor
Escucha, Padre bueno, esta oración que expresamos con el compromiso de unirnos al esfuerzo de cambiar el mundo como cambias el pan en signo tuyo y de esperanza.
Entrada. Con nosotros está el Señor (disco “15 Nuevos cantos para la Misa”); Alrededor de tu mesa; Cerca está el Señor (1CLN-731); Danos un corazón (1CLN-718).
Gloria. De Palazón.
Salmo. Lauda Ierusalem (CB-115); LdS.
Aleluya. Gloria, Gloria, Aleluya.
Ofertorio. Beberemos la copa (1CLN-O 10); Este pan y vino (1CLN-H 4).
Santo. Misa de Angelis.
Comunión. Ubi caritas (de Taizé); Adorote devote; Oh, Señor, delante de ti (disco “16 Cantos para la Misa”); Donde hay caridad y amor (1CLN-O 26); Oh, buen Jesús (CB-135); Fiesta del banquete (1CLN-O 23).
Final. Música de órgano o instrumental.
Director: José Ángel Fuertes Sancho •Paricio Frontiñán, s/n• Tlf 976458529 Fax 976439635 • 50004 ZARAGOZA
Tlf. del Evangelio: 976.44.45.46 - Página web: www.dabar.net - Correo-e: dabar@dabar.net
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jueves 23 de junio de 2011
La casa de los mil espejos
Cuando se salió del cuarto se quedó pensando lo agradable que era aquel lugar y se dijo: volveré más veces por aquí.
Pasado un tiempo otro perro callejero entró en el mismo lugar. Pero a diferencia del primero, al ver cómo le miraban los otros perritos, se sintió amenazado, porque sentía que le miraban de manera agresiva, con desconfianza. Comenzó a ladrarles y a gruñir y los otros hacían lo mismo que él. Ladraba ferozmente y los otros mil perritos hicieron lo mismo. Salió del cuarto pensando: qué lugar tan horrible es éste. Nunca volveré a entrar aquí.
En la entrada de aquella casa había un viejo letrero que decía: La casa de los mil espejos.
Es una gran realidad que siempre proyectamos fuera lo que llevamos dentro de la manera que sea. Nuestros gestos, palabras y acciones lo proyectan hacia los demás. Toda percepción pone de manifiesto nuestro interior, nuestra manera de ser, nuestra manera de mirar. Todo es como un espejo en el que nos vemos, y se pone de manifiesto lo que somos capaces de reconocer.
Yo determino mi relación con los demás
El componente, el factor, el ingrediente más importante de toda relación no es lo que decimos o hacemos, sino lo que somos. Si nuestros gestos, palabras y acciones, derivan de soluciones y recetas externas, de técnicas superficiales de relaciones humanas, y no de nuestro interior, se dará en nosotros una duplicidad que los otros lo verán mucho más que nosotros mismos que somos más fáciles de engañar. Lo verán, pero los primeros que la sufrimos, padecemos, soportamos y vivimos, somos nosotros mismos.
La gran raíz de nuestra conducta está en el interior, seamos conscientes o no. No hay técnicas psicológicas que desde fuera, como parches externos, puedan realmente servirnos y producir en nosotros el cambio hacia lo que puede ser nuestra verdadera y grande alegría en la vida, nuestra paz, y nuestra serenidad. Toda relación humana empieza a gestarse en nuestro interior, en nuestra manera de ser. En nosotros están, esta es la gran realidad, y la gran dificultad de la vida, en nosotros están los grandes obstáculos del camino a la paz, a la independencia, a la felicidad, a la bienaventuranza, al encuentro con lo que realmente necesito. Nada, ni nadie, pueden darme, desde fuera, lo que sólo depende de mí, lo que sólo está y es consecuencia de mi manera de ser, en mi interior.
El no ver más allá de las cosas negativas en los demás es un problema completamente personal, de manera de ser. El pedir peras al olmo es una realidad constante en la vida, pedimos a los demás, inconscientemente, la solución que sólo está en nosotros mismos. Nadie puede darnos la condición de ser agradecidos, pacíficos, justos, respetuosos, limpios de corazón.
No eludir nuestra responsabilidad
Con demasiada frecuencia ponemos en los demás lo negativo que hay que nosotros. Cargar la culpa sobre los demás es una forma de eludir nuestra responsabilidad.
La conversión es entrar en una dimensión completamente nueva de nuestra vida, entramos en nuestra manera de ser y en nuestras posibilidades auténticas, toda la vida del cristiano es un santo deseo, dice S. Agustín. Es un camino, un proceso constante de cambio interior y de conocimiento del amor que Cristo nos tiene. Así abordamos nuestra verdadera realidad, y no con parches, ni arreglos transitorios. Y buscaremos dentro nuestra verdad. Sólo nuestra conversión nos abre el horizonte y a todas las posibilidades, es la luz en nuestro corazón. La conversión es cambio de vida fruto de un encuentro con Jesucristo que nos lleva a ver la vida centrada en Él.
S. Agustín retaba a los que retrasaban su conversión: si ya lo has pensado, si ya lo tiene decidido, ¿a qué esperar? Hoy es el día, ahora mismo, no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. Si ahora no te animas ¿por qué dices y crees que lo harás algún día? Hoy, si escucho su voz, no endureceré mi corazón. La conversión vence al mal en su raíz, y pone luz en nuestro corazón y en nuestras tinieblas.
El diálogo evangelizador
Evangelizar no es conseguir que más personas piensen lo que yo pienso, o crean lo que yo creo. Se trata de entrar en un diálogo, buscar un encuentro donde el elemento fundamental es lo que somos, con nuestras luces y sombras. Aportando y recibiendo. Enseñando y aprendiendo.
Eso supone dejar de lado toda pretensión de superioridad. Dejar de pensar que somos los “buenos”, los que “tenemos” la verdad.
Para el cristiano Jesús es la única verdad con la cual debemos irnos identificando cada día.
Quienes tienen una fe distinta a la nuestra tienen también mucho que aportarnos para crecer como personas y como cristianos.
Los misioneros sabemos que Dios es Padre de todos y por caminos distintos se ha ido manifestando a todos. Por eso, es fundamental no olvidar que en este camino todos somos aprendices.
Domingo del Corpus Christi (Jn 6. 51-58) - Ciclo A: ¡EL VA POR DELANTE!
1.- Saboreamos en este día del Corpus la presencia de Cristo muerto y resucitado. No es para menos; en Jueves Santo se nos quedó para siempre. Nos dijo que nunca olvidaría nuestras fatigas y nuestras oraciones. Que, nuestras peticiones, jamás serían desoídas cuando al desgranar “el padrenuestro” lo hiciéramos con confianza y esperanza en el Padre.
Al exaltar la Eucaristía en este día del Corpus Christi lo hacemos desde una convicción profunda y entusiasta: sentimos a Cristo en lo más hondo de nuestras vidas: lo publicitamos, lo expresamos y cantamos por las calles y plazas de toda la cristiandad.
En el cenáculo, los discípulos sin entender demasiado, comieron el Cuerpo de Cristo y se alimentaron con su Sangre, pero salieron de ahí –con muchas dudas y sombras- dispuestos a acompañar al Señor hasta el final. También nosotros, al tomar parte de la mesa eucarística, nos llenamos de la grandeza de Jesús; entramos en comunión con El; nos hacemos sus “cómplices” en esta costosa tarea de la evangelización……pero, sin la Eucaristía, no podemos vivir. Necesitamos la presencia mística de Jesús para no sucumbir ante las pruebas, dificultades, contradicciones, batallas y mil historias.
2.- ¡Dios está aquí! Lo descubrimos en el amor que nos tiene, en la donación total y real de Cristo, en aquella fotografía que se nos quedó fijada en la tarde de Jueves Santo cuando, Jesús –siendo Dios—se arrodilló ante aquellos que muchas veces nos sentimos dioses cuando solo somos hombres. Sí; en el Corpus Christi, vemos nuevamente el amor del cielo, el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu desbordado en imponentes manantiales que son las custodias que, con el Santísimo, brincan como ríos la sequedad y los desiertos espirituales de nuestro mundo necesitado de agua fresca para seguir hacia adelante
3.- ¡El Señor está aquí! Muchos siguen sin enterarse de esta fiesta pascual y, por ello mismo, su vida cristiana va perdiendo vigor y fortaleza. Confunden el Cuerpo Místico de Cristo (su Iglesia) con cualquier otra cosa y, por ello mismo, muchas veces se posicionan en contra o en clara distancia con ella. Otros, sin el Pan de la Eucaristía, creen que –por ser buenos en ciertos momentos, según con quién- ya vale. Olvidan que, el amor cristiano, no es una bondad con cuentagotas. Que el amor de Cristo es universal (para todos), constante (todos los días del año durante toda la vida) y aún a riesgo de perder de los derechos de uno mismo (sin contraprestaciones).
Cáritas, en este día del Corpus Christi, nos recuerda que –el Cuerpo de Cristo- tiene manos solidarias. Que, una vez de comulgar la fracción del pan, hemos de ser testigos de Jesús haciendo el bien, saliendo al encuentro de las necesidades de los más pobres y no olvidando los dramas de una humanidad doliente y dolorida, escéptica e indignada: mientras unos lloran, otros cantan; cuando unos tiran lo que les sobra….otros no tienen nada que llevarse a la boca.
4.- En la procesión del Corpus Christi el Señor va por delante. Ahí está la Iglesia, a veces incomprendida, fustigada, atacada (como su mismo Señor lo fue) pero llevando la delantera en la atención a los más pobres. Que el Señor, que rechaza quedarse escondido en el templo, nos siga bendiciendo y comprometiéndose con nosotros allá donde nos encontremos.
Ojala, de una vez por todas, entendamos que los cristianos somos custodias de carne y hueso. Que todos los días son un “Corpus Christi” donde hemos de manifestar públicamente nuestras convicciones religiosas y visualizando, en palabras y obras, aquello que recibimos en el Bautismo: ser testigos del Evangelio.
Porque, conociendo la humanidad del hombre,
sabes que necesita de tu mano y de tus huellas
para no perder el norte de su existencia.
Que, sin Ti, está abocada a la desilusión y al desencanto
a la tibieza, al pesimismo o al enfrentamiento.
Sales, en este día del Corpus Christi,
y empujado con la fuerza o el secreto del amor.
¡Inyecta, Señor, un poco de tu sangre en nuestro mundo!
Porque, nuestros cuerpos, se encuentran débiles
Porque, la sangre que corre por nuestras venas,
además de roja y viva queremos que sea divina
¡Danos un poco de tu Cuerpo, oh Cristo!
Porque, en las mesas de nuestra vida,
sobra el pan que se cuece en un simple horno
y nos falta ese otro Pan que se dora en el amor divino
¡VAS POR DELANTE, SEÑOR!
Sales en la custodia y rodeado de mis vasallos
Somos nosotros, Señor, tus amigos
los que, un día sí y otro también,
queremos llevarte como el mejor tesoro al mundo
Los que, envueltos en contradicciones,
somos miembros de tu Cuerpo
y anunciadores de tus buenos y santos misterios.
¡VAS POR DELANTE, SEÑOR!
Mira al enfermo que, desde la azotea de su sufrimiento,
te grita: ¡ten compasión de mí!
Detén tu mirada sobre el que, muerto aún estando vivo,
te pide un poco de esperanza en su caminar
No dejes de bendecir a los que, abriendo su corazón,
te dicen que, entre todo lo conocido,
Tú eres lo mejor y digno de ser adorado
¡VAS POR DELANTE, SEÑOR!
Gracias, Jesús, por compartir nuestras prisas
y ofrecernos un poco de calma
Gracias, Jesús, por no ser indiferente a nuestra vida
y colmarnos con tu gracia
Gracias, Jesús, por contemplar nuestra situación
y regalarnos tantas caricias con serenas respuestas
Gracias, oh Cristo, porque tu Cuerpo y tu Sangre
nos redime, nos hace fuertes, decididos, valientes,
entusiastas, comprometidos….
y nos hace sentir hoy, más que nunca,
que merece la pena caminar y vivir contigo.
Amén.
miércoles 22 de junio de 2011
CATEQUESIS: Domingo del Corpus Christi (Jn 6. 51-58) - Ciclo A: Amor al Cuerpo de Jesús
Primera lectura: Deuteronomio 8. 2-3 y 14b a 16a
El Señor ha llenado su paso por la historia de los hombres de signo de amor. Desde los comienzos de la Historia de la salvación hasta hoy los gestos del amor se repiten
“Acuérdate del largo camino que el Señor, tu Dios, te hizo recorrer por el desierto durante esos cuarenta años. Allí él te afligió y te puso a prueba, para conocer el fondo de tu corazón y ver si eres capaz o no de guardar sus mandamientos.
Te afligió y te hizo sentir hambre, pero te dio a comer el maná, ese alimento que ni tú ni tus padres conocían, para enseñarte que el hombre no vive solamente de pan, sino de todo lo que sale de la boca del Señor.
No te vuelvas arrogante, ni olvides al Señor, tu Dios, que te hizo salir de Egipto, de un lugar de esclavitud y te condujo por ese inmenso y temible desierto, entre serpientes abrasadoras y escorpiones.
No olvides al Señor, tu Dios, que en esa tierra sedienta y sin agua, hizo brotar para ti agua de la roca, 16 y en el desierto te alimentó con el maná, un alimento que no conocieron tus padres. Así te afligió y te puso a prueba, para que tuvieras un futuro dichoso.”
Lectura Segunda: 1 Corintios 10. 16-17
San Pablo recordaba a los Corintios que la Eucaristía era un gesto admirable del amor de Jesús a sus seguidores.
“Hermanos. Os hablo como a prudentes. Juzgad vosotros lo que digo.
La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es también comunión con el cuerpo de Cristo?
Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan.”
Tercera Lectura: Juan 6. 51-58
En el discurso de Jesús a los judíos les dejó un signo precursor de lo que él haría en las últimas horas de su vida terrena: instituir la Sagrada Eucaristía. Entonces se refería a toda su persona y a su realidad humana. Pero en sus palabras se contenía el anuncio y el germen de lo que pronto se convertiría en banquete para sus seguidores.
“Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo."
Discutían entre sí los judíos y decían: "¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?"
Jesús les dijo: "En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.
El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día.
Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él.
Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí.
Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre."
Comentario
Jesús quería comunicar a los discípulos otras revelaciones que mientras el vivía no eran todavía capaces de entender, porque el Espíritu Santo no ha llegado. Siempre les estuvo prometiendo la llegada del Espíritu divino, que les haría comprender todas las cosas.
Cuando Jesús le comunicaba las cosas del Espíritu, solía hacerlo en forma de parábolas y figuras, que luego les explicaba. Le hablaba del Espíritu que habría de venir cuando él se fuera. Y se refería con amor entrañable a la acción del Espíritu, que haría posible entender y convertir en vida sus palabras divinas.
El Espíritu de la verdad introduciría a los discípulos cercanos, y a todos los demás creyentes en la verdad completa. Pero ya no traería nuevas revelaciones sino que confirmaría las que Cristo les facilitaba cada día. Su función específica consistiría en hacer entender y hacer vivir la palabra de Jesús, haciéndola siempre operante en la vida de los discípulos.
El Espíritu de la verdad daría gloria a Jesús, haciendo posible que le conocieran mejor todos los hombres de buena voluntad, revelándose a ellos cómo enviado del Padre, y también mensajero del mismo Jesús, que se presentaba como Hijo de Dios.
Entre Jesús y el Padre existe perfecta comunión de vida y perfecta unidad de acción. El Espíritu recibirá todo lo que Jesús dejó hecho en la tierra y se encargará de darlo más vida y de lograr que se entregue a todo los hombres de los siglos venideros.
Por eso, cuando alguien se bautiza, el agua del sacramento, símbolo de la purificación se derrama en el nuevo cristiano en “el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt 28,19). Y, en nombre del niño, si el bautizando es pequeño, o de forma personal, si el que se bautiza es consciente, hace un acto de fe triple, cuando se le pregunta por el sacerdote si cree en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu.
Es que la fe de los cristianos es trinitaria. Es decir, se fundamenta en la certeza de que Dios es Padre, es el Hijo y es el Espíritu Santo. Y se decir “el nombre" del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y no en "los nombres" de estos, pues los tres son un solo Dios. No hay más que un solo Dios, el Padre todopoderoso y su Hijo único y el Espíritu Santo: la Santísima Trinidad
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El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es la fuente de todos los otros misterios de la fe. Es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la “doctrina cristiana”
"Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a los hombres, apartados por el pecado, y se une con ellos" . Todo esto es lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica y que todos los cristianos deben conocer y aceptar.
Y todo esto lo decimos y lo sabemos, lo aceptamos y lo creemos, sólo porque Dios lo ha revelado. La Iglesia no inventa la doctrina. Sólo la transmite a los creyentes y la formula con humildad y pidiendo a todos la fe sencilla de quien se fía de Dios, y de todo lo que Jesús ha enseñado.
La Trinidad es un misterio de fe en sentido estricto de que es Dios mismo quien nos lo ha comunicado. Lo creemos y lo afirmaos continuamente, repitiendo lo que Jesús ha enseñado. Dios ha dejado huellas de su ser trinitario en su obra de Creación y en su Revelación a lo largo del Antiguo Testamento. Pero la intimidad de su Ser como Trinidad Santa constituye un misterio inaccesible a la sola razón e incluso a la fe de Israel antes de la Encarnación del Hijo de Dios y el envío del Espíritu Santo.
La invocación de Dios como "Padre" es conocida en muchas religiones. La divinidad es con frecuencia considerada como "padre de los dioses y de los hombres". En Israel, Dios es llamado Padre en cuanto Creador del mundo . Pero los cristianos damos un paso más y la palabra Padre explica algo mucho más profundo que lo que dijeron los israelitas o lo que digan las otras religiones
Al designar a Dios con el nombre de "Padre", el lenguaje de la fe indica principalmente dos aspectos: que Dios es origen primero de todo y autoridad trascendente y que es al mismo tiempo bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos.
Jesús ha revelado que Dios es "Padre" en un sentido nuevo: no lo es sólo en cuanto Creador; Él es eternamente Padre en relación a su Hijo único, el cual eternamente es Hijo sólo en relación a su Padre: "Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar"
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Lo más importante del misterio trinitario no es saberlo explicar o incluso poderlo entender. Es vivirlo con amor y con fe. Es creer que Dios es Padre, que el Hijo que envió a este mundo es Dios también, de la misma naturaleza del Padre. Y que además hay un Espíritu Santo que es divino y de la misma naturaleza que el Padre y que el Hijo.
Esto puede parecer muy difuso y general. Pero es el misterio de un Dios que ama a los hombres y por eso se relaciona con ellos de manera maravillosa. Es decir que él mismo viene en forma de Hijo, de segunda Persona de la Trinidad. Por que el que se encarnó, según creemos los cristianos, no es el Padre, sino el Hijo. Y el que vino después del Hijo, por que El le envió, fue el Espíritu Santo.
Por eso la Iglesia celebra Pentecostés, la fiesta del día 50, como el día en que su fundación se realizó en plenitud. Desde ese momento los discípulos iluminados por la luz del Espíritu Santo, supieron que una nueva época amanecía en la Historia de la salvación. La Iglesia se sintió enviada al mundo, pues comprendieron que el mandato de Jesús de ir por toda la tierra iniciaba una nueva contabilidad en la Historia
Jesús había organizado un grupo de seguidores, que fue la primera Iglesia. Pero el Espíritu Santo vino lleva a la cumbre dicha organizacvión. Desde entonces la Iglesia sigue caminando en busca de la luz, de la fuerza y del amor.
Modelo de Catequesis
1. Experiencia
Organizar una procesión eucarística. Simular que somos un grupo de adoradores: uno traza el recorrido. Otros dos o tres cursan invitaciones. Alguno dispone un cántico Eucarístico. No falta quien diseña una carroza para el tránsito de la procesión. Hay quien hace un modelo de altar para hacer alguna para y bendecir a la gente de algún lugar especial: con hospital, un convento, un hospicio o un asilo.
2. Reflexión
Comentar por parte del catequista o del profesor las procesiones que recuerda, como se hacen: cánticos, flores, velas, incienso, adornos, alfombras, etc. Relatar a los catequizandos o a los alumnos lo que significan esos recuerdos y explicar algo del misterio que se esconde en el misterio de la Eucaristía.
3. Acción
Buscar algunos textos eucarísticos, como poemas, plegarias, descripción de algunos cuadros de arte. Si es difícil adquirirlos o localizarlos, se puede simplemente tomar el discurso de Cafarnaúm y tratar de hacer alguna explicación, después de un trabajo en grupos, en los cuales se lee el texto y se sacan las frases más admirables de las que en ese discurso se ponen en la boca de Jesús.
4 Colaboración
Preparar un cuadro mural para una procesión en donde se explica lo que es la procesión, las plegarias que se pueden recitar y el texto de algunas canciones que se podrían cantar. Si es posible tomar la misa del Corpus, los himnos de Santo Tomás (Punge Lengua y Adoro te devote) se prestan para una distribución de las estrofas por grupos y hacer un hermoso comentario so0bre lo que en ellas se dice
5. Interiorización
Exponer algunas oraciones inventadas y dichas en alta voz, pidiendo a Cristo sacramentado por lo que no creen en su presencia o por los que saben o no pueden rezar ate el altar porque se aburren.
Ejercicios para la catequesis
- De Pequeños
Dibujar alguna figura eucarística. Altar, custodia, copón, patena, hostia… Tratar de hacer un vocabulario eucarístico en base a gráficos o dibujos que los mismos niños buscan, observa, explican: usos, nombres, tradiciones, prácticas…
- De medianos
Analizar alguna canción religiosa de signo eucarístico y tratar de que los mismos catequizandos o los alumnos la comenten, la expliquen y la entiendan, para que se familiaricen con la doctrina cristiana sobre la Eucaristía
- De Mayores y Preadolescentes
Hacer un estudio artístico sobre el misterio de la Eucaristía. Buscar autores, pintores, decoradores, y tratar de perfilar un vocabulario un tanto objetivo y riguroso en torno al Misterio de la Eucaristía
Complementos para la reflexión
Términos del Diccionario de Catequesis.
Eucaristía. Adoración. Culto. Sagrario.
Altar. Procesiones. Custodia. Cáliz. Sacramentos.
Devoción. Adoración. Milagro. Transubstanciación.
Presencia Real. Misa. Hostia.
Libros interesantes
De la Eucaristía a la Trinidad. ;arie Vincent Bernadot. Madrid. Ed. Palabra 2004
Pan de la Eucaristía. Angel Moreno Madrid. Ed. Catolica. BAC. 2000
La Eucaristía, vida de servicio. Maria Mirena Toffoli. Madrid. Publicaciones Claretianas 2000
Para entender la Eucaristía: Adoro te devote Jorge Manuel Miras. Ediciones Palabra. 2004
La Eucarstía y sus manifestaciones populares . Ricardo Bonmati. Madrid Comercial de Publicaciones. 2000
Celebrar la Eucaristía con niños: Adviento, Cuaresma, Pascua. José Ramón Echevarria. Madrid. CCS. 2004
La Eucaristía: memoria y compromiso. Alvaro Ginel. Madrid. CCS. 2004
Eucaristía y liberación. Joaquín Madruga. Maria Pilar Solís. Madrid. San Pablo 2005
Entrar en la misa. Para comprender la Eucaristía. Domingo Olivares. Madrid Ed. Palabra. 2005
La Eucaristía en la iniciación de los niños y adolescentes. Madrid. Ed. Católica. EDICE. 2007
Publicado por CAMINO MISIONERO en 19:21 0 comentarios
Etiquetas: catequesis, corpus, el domingo, homilías







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