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MISIONEROS EN CAMINO: Domingo del Corpus Christi (Jn 6. 51-58) - Ciclo A: Liturgia, Reflexiones, Exégesis y Oración
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sábado, 25 de junio de 2011

Domingo del Corpus Christi (Jn 6. 51-58) - Ciclo A: Liturgia, Reflexiones, Exégesis y Oración


Publicado por DABAR

Día del Amor Fraterno

“Sentimiento experimentado por una persona hacia otra, que se manifiesta en desear su compañía, alegrarse con lo que es bueno para ella y sufrir con lo que es malo”. Esta es la definición de amor de Dña. María Moliner (ed. 1986). Añade términos similares: “Adhesión, admiración, adoración, afecto, afición, altruismo, amistad, apego, armonía, asimiento, bienquerencia, caridad, cariño, compasión, devoción, entrega, estimación, filantropía, ilusión, interés, predilección, querencia…. No hace referencia al amor específicamente fraterno, (“propio de hermanos”), y creo que sería bueno escarbar en las características peculiares del amor entre hermanos. Ya sé que entre hermanos hay, a veces, montones de comportamientos que poco tienen que ver con el amor, y que el daño que producen es de los más difíciles de llevar. Pero lo dejo para otro día. Porque el día de hoy, la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor, es el día del Amor Fraterno. Y no será casualidad ese adjetivo añadido a la mejor palabra del vocabulario.

Amor fraterno suscita (en cada persona que tenga hermanos) sentimientos encontrados. Incluso sentimientos que creíamos perdidos, si nos permitimos recordar un poco más. Desde que te rompen tu juguete favorito hasta el día en que personifican la ayuda que necesitas en el momento más desesperado, los hermanos representan lo mejor y lo peor. Te hartas de ellos, (cuando los tienes), y los añoras enormemente (cuando no). ¿A quién se le ocurrió llamar fraterno al amor que debemos tenernos los cristianos? El amor a los hermanos implica mucha convivencia, mucho perdón, mucho conocimiento, mucha paciencia, muchísima tolerancia, apoyo total e inesperado, momentos muy desesperantes, algún que otro desengaño y la seguridad de que nunca te faltará un sofá donde dormir si llegan los malos tiempos.

Están también los secretos, la complicidad, las risas, las cosas que no hace falta decir y los códigos invisibles. El “¿os acordáis cuando…?”, el disfrute de las fotos antiguas, las viejas (y pesadas) bromas. En suma, la historia familiar compartida, cada uno desde su puesto, cada uno con su punto de vista particular. Resulta difícil extrapolar este contenido de “fraterno” al ámbito de la familia que formamos como Iglesia. Y, por otra parte, todo lo que le vemos de extraño a este intento, se llena de sentido cuando se mira dos veces, con cariño en lo ojos. Si cualquiera de mis prójimos ha de ser mi hermano, me costaría poco no juzgarle sin conocer su circunstancia. Sería capaz de perdonarle todo. Podría ayudarle hasta límites que nunca creí posibles. Y cuando, más allá de lo razonable, mi hermano me necesitara, siempre estaría a mano la única razón posible: “Es mi hermano”.

Jesús nos entregó su Cuerpo como señal de unión entre nosotros. La fiesta de la Eucaristía, en la que compartimos su Cuerpo y su Sangre, es la fiesta de la gran fraternidad... La experiencia familiar e infantil de los hermanos genera afectos capaces de alimentar la buena relación de toda una vida. Lo que compartimos los cristianos, el don de Jesús hecho carne, es suficiente como para que, de una vez por todas, nos comprometamos a mantener entre nosotros una relación más rica, más amorosa, más verdaderamente fraterna.

A. GONZALO
aurora@dabar.net


DIOS HABLA

DEUTERONOMIO 8,2 3.14b 16a
Moisés habló al pueblo diciendo: «Recuerda el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto; para afligirte, para ponerte a prueba y conocer tus intenciones: si guardas sus preceptos o no. Él te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres, para enseñarte que no sólo vive el hombre de pan, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios. No te olvides del Señor, tu Dios, que te sacó de Egipto, de la esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con dragones y alacranes, un sequedal sin una gota de agua, que sacó agua para ti de una roca de pedernal; que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres».

I CORINTIOS 10,16 17
Hermanos: El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan.

JUAN 6,51 59
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo». Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre»



EXEGESIS

PRIMERA LECTURA

El comentario del pasado domingo terminaba reordenando cómo la conclusión del pacto por el que Dios se compromete a acompañar a su pueblo era que éste cumpliera los mandatos que le entregó por mano de Moisés.
Hoy comienza recordando que en las dificultades somete a la prueba Dios al pueblo, al hombre para comprobar su fidelidad: si guardan o no sus mandatos. Y si en la anterior ocasión era la naturaleza de Dios la que le obligaba a él a ser fiel a su pueblo, en esta ocasión es la superación de las dificultades las que mostraban que el pueblo por su parte había permanecido fiel al seguir cumpliendo los mandatos del Señor.
En constante diálogo del pueblo de Dios con su propia historia le hace comprobar una y mil veces que el Señor puede estar ‘escondido’ en momentos de prueba. Pero esa misma experiencia le va mostrando también cómo siempre ha salido a su encuentro de mil maneras. Librándolo de tantos peligros ‘dragones y alacranes’; haciéndole sortear con bien caminos desconocidos ‘un desierto inmenso y terrible’. Y abriéndole la vida a experiencias, alimentos desconocidos y , sobre todo, a un conocimiento que viene del mismo Dios (“que el hombre vive de toda palabra que sale de la boca de Dios’). La palabra de Dios, los decretos y mandatos que le dio por mano de Moisés es el verdadero alimento del pueblo que confía en el Señor.
La historia de Israel penosa e insoportable que le llevó a ‘pasar hambre, aflicción’ ‘habitante de un inmenso desierto’, ‘sin gota de agua’, le hizo experimentar la cercanía de Dios; cómo el mismo Dios lo sacó de Egipto, de la esclavitud; lo alimentó con el maná, manjar desconocido a sus padres y ‘agua que para él sacó de la roca de pedernal’.
Y todo esto posibilitó la promesa del Señor de ‘estar con él, fiel a su palabra’. Todo, mientras era alimentado con lo que sale de la boca de Dios, que en este caso son precisamente sus preceptos. Guardarlos es asegurar la presencia de Dios, su ayuda y guía, el alimento divino y el cumplimiento de atravesar el desierto de la vida con bien.
Así cierra siempre el ciclo de la historia el Deuteronomio: iniciativa salvífica de Dios. Enseñanza de la ley para seguirlo. Cumplimiento de sus preceptos a pesar de las pruebas que cuestionan su bondad. Y premio de más altos valores que vienen del Señor.

TOMÁS RAMÍREZ
tomas@dabar.net



SEGUNDA LECTURA

El contexto de esta mención de la Eucaristía es el de la participación en las comidas sacrificadas a los ídolos. A algunos miembros de la comunidad de los corintios les parecía que comer de esos alimentos era unirse con los dioses a los que se habían ofrecido.

Pablo contrapone esa unión ficticia a unos ídolos inexistentes con la real que realiza el cristiano con Cristo al comer su Cuerpo y Sangre. Tal es el sentido básico de la Eucaristía. Implica, evidentemente lo que luego hemos llamado de modo bastante inexacto "presencia real" de Cristo en la Eucaristía. Sin embargo Pablo no desarrolla ese aspecto.

De modo muy interesante y característico el Apóstol pasa sin solución de continuidad de la unión con Cristo a la unión de los participantes en la Eucaristía entre sí al unirse con el Señor. Conviene destacar ese punto. Pablo no quiere plantear todos los aspectos de la Eucaristía, sino el que resulta más necesario para la comunidad concreta a la que escribe la carta.

Es un rasgo de la Eucaristía sobre el que se insiste menos. Unirse con Cristo es, necesariamente, unirse con los demás. La Eucaristía es sacramento de unión con Cristo y de unidad y comunión con los otros cristianos. En un cierto paralelismo con lo que dice en el otro texto podría afirmarse que, si participamos en la Eucaristía y no nos unimos de verdad con los hermanos, estamos profanando el Cuerpo y la Sangre del Señor.

Lo cual no parece implicar uniformidad, sino unidad profunda real, compromiso de amor y solidaridad. Porque no hay magia, automatismo en esa unidad, sino actitudes humanas hacia los otros expresadas en la participación eucarística.

FEDERICO PASTOR
federico@dabar.net


EVANGELIO

1. Aclaración de términos.
V.51 Pan vivo. Pan de vida. Bajado del cielo: expresión espacial, sinónima de venido de Dios. El mundo: el hombre (sentido antropológico).
V.52 Los judíos. No es sinónimo de pueblo judío. La expresión no tiene aquí connotación étnica sino religiosa: judíos que no aceptaban la dimensión divina de Jesús.
V.53 Os aseguro. Fórmula introductoria, característica de Jesús, para introducir con autoridad una aseveración. Fórmula enfática, solemne.
Comer, beber, carne, sangre. Lenguaje realista y crudo. Mi Carne, mi sangre, yo, Hijo del Hombre: sinónimos de Jesús, hombre de carne y hueso. Comer mi carne, beber mi sangre: sinónimo de comer a Jesús.
La vida de la que se habla es la vida de Dios, vida real y verdadera, vida eterna, aunque no empíricamente palpable. V.58 Vuestros padres. Los antepasados judíos que comieron el maná en el desierto.

2. Texto
Lo esencial está formulado en el versículo inicial: Jesús es el alimento divino que confiere a todos vida para siempre. Palabras de alguien único, de alguien con valor absoluto, formuladas en lenguaje realista, tan realista que deja atónito al oyente: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Pero Jesús ni niega, ni minimiza la objeción, sino que insiste en ofrecerse como comida y bebida que contienen la vida misma de Dios, la vida eterna, y que, por tanto, hacen del que la come y la bebe una persona con vida para siempre. Yo no soy como el pan que vuestros padres comieron. Ellos murieron; el que me come a mí vivirá para siempre.

3. Comprensión actualizante
Ni el fondo ni la forma son convencionales: comiendo a Jesús no morimos nunca. Desafío a la razón, que necesita indudablemente de la fe, sin la que aquélla se queda siempre corta para formular toda la verdad.
Verdad de Dios, verdad de la buena. Palabras que hacen lo que dicen. La Eucaristía es un desafío a la muerte, a la que Jesús ha vencido y, con él, nosotros. La muerte ha sido vencida en un desafío definitivo.
Jesús es fuente de vida para todo el que lo come en la Eucaristía.

ALBERTO BENITO
alberto@dabar.net



NOTAS PARA LA HOMILIA

PASO HACIENDO EL BIEN...

El de Jesús fue un ejemplo suficientemente claro y clarificador. San Pedro nos lo ha recordado en ese discurso suyo que leemos en el capítulo diez del libro de los Hechos de los Apóstoles: «Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él».
Pedro, amigo de Jesús, compañero de andanzas, miedoso y cobarde en un momento dado, pero que luego será capaz de dar la vida por su Maestro; protagonista del casi seguro primer acto de fe solemne ante el propio Jesús (Y vosotros ¿quién decís que soy yo? Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios») no duda en traducir la fórmula teórica y solemne en un práctico «pasó haciendo el bien» cuando de anunciar a Jesús se trata. Las dos cosas van unidas porque las dos cosas son ciertas: qué es el Mesías y que pasó haciendo el bien. Quizás podríamos formularlo así: pasó haciendo el bien porque era el Mesías, porque era el Enviado de Dios. Y es que Dios no lo envió para enseñarnos una serie de verdades teóricas, un credo (cualquier profeta, cualquier sumo sacerdote podría haber cumplido cabalmente esa misión), sino para que hiciera el bien. O mejor aún: Dios lo envió para que nos enseñara la verdad más importante, el dogma más fundamental: que El, Dios quiere lo mejor para nosotros; y como El va en serio, no sólo nos lo dice, sino que lo hace.
Pasar haciendo el bien. Devolviendo la vista al ciego de nacimiento. Enseñándole a Zaqueo la felicidad de compartir, frente a la angustia de la obsesión por acumular y el miedo a perder lo acumulado. Devolviendo a María Magdalena la dignidad, el trato como persona. Consiguiendo el perdón y la vida para la adúltera condenada a ser lapidada. Levantando al paralítico de sus treinta y ocho años de frustración en la piscina Probática. Devolviendo a varias familias la mirada de unos seres queridos que la muerte ya les había arrebatado. Devolviendo la dignidad a los que se habían acostumbrando a pensar que no eran nada ni nadie. Devolviendo la esperanza a los que la hablan perdido y se creían llamados a sufrir siempre, a estar oprimidos siempre sin tener otra liberación que la que les llegaría el día de su muerte. Dando a los pobres, pobres en dinero, en valoración social, en cariño y estima, la buena noticia de ser los hijos predilectos de Dios. En definitiva: HACIENDO EL BIEN. Haciéndolo de verdad; de palabra, cuando era necesaria una palabra de ánimo, de aliento, de esperanza; de obra, cuando era necesario meter mano en los asuntos para cambiar las situaciones. Siempre: haciendo el bien.
Jamás una llamada a la resignación, esa horrorosa palabra (y peor actitud) tan antievangélico y, sin embargo, tan dicha y repetida en sermones, pláticas, charlas, conferencias, recomendaciones piadosas a las personas atribuladas, que tienen un problema, que pasan por una situación difícil. Jamás eso de que «es la voluntad de Dios», porque ninguna desgracia, ningún dolor, ningún sufrimiento humano son (ni pueden ser) voluntad de Dios. Y, cuidado, porque sí es cierto que Jesús nos enseña a aceptar la voluntad de Dios, y que no hay que dejarse engañar por algunos que, escudándose en sus titulas, o su cargo, o su profesión, intentan hacernos pasar su voluntad por la voluntad de Dios; o una situación de privilegio para unos pocos por voluntad de Dios; o un problema difícil ante el que nos cuesta encontrar o aplicar la solución como voluntad de Dios; o... ¡Se ha manipulado y utilizado tanto y tanto la voluntad de Dios!
La voluntad de Dios es que nos queramos como hermanos, como hijos suyos que somos todos; la voluntad de Dios la podemos ver muy claramente en todo lo que Jesús dijo e hizo; sobre todo la voluntad de Dios sobre lo que debemos hacer con nuestra vida la descubrimos en lo que Jesús hizo con la suya: PASO HACIENDO EL BIEN. Y haciendo el bien en los males y problemas concretos.
Y ¿qué tiene que ver todo esto con la fiesta del Corpus, que hoy celebramos? Pues mucho. Porque celebramos la fiesta del Cuerpo de Jesús, es decir, de su Persona, de aquel que pasó haciendo el bien. Y qué menos que preguntarse cuál puede ser la mejor manera de festejar a semejante persona. Aunque sea su «persona nueva», su «cuerpo nuevo», glorioso y triunfante tras la Pascua y que es la Eucaristía, el pan y el vino consagrados, transformados en su Cuerpo y su Sangre, transformados en él mismo, en su nueva forma de existir. Qué menos que preguntarse si Jesús «dejó su Cuerpo» entre nosotros para que nosotros lo encerremos en una joya espectacular y lo paseemos por las calles, qué menos que preguntarse si Jesús se quedó entre nosotros para que nosotros hagamos de su gesto un rito litúrgico, una ceremonia (brillante a ser posible), un acto con el que rellenar onomásticas, aniversarios, celebraciones, jubilaciones, inauguraciones y otros acontecimientos sociales varios que, sin Eucaristía, quedarían como muy pobres y poco lucidos.
Qué menos que preguntarse si aquel que pasó haciendo el bien se ha quedado entre nosotros para algo de todo eso, o si no será más acertado pensar que se ha quedado entre nosotros para seguir haciendo el bien y para que, aquellos que nos alimentemos de El, nos identifiquemos con El, nos asimilemos a El, nos hagamos como El y pasemos, también nosotros, haciendo el bien. Qué menos que preguntarse si la cuestión es coger el pan, consagrarlo, pasearlo y comerlo, y ¡misión cumplida!, o si la misión no empieza, realmente, después de comerlo, después de comulgarlo. Decimos, y decimos bien, comulgar más que comer el pan (y lo recalcamos después de emplear esa expresión), porque la Eucaristía no es simplemente un pan (aunque sea consagrado) para comer, sino para comulgarlo, para identificarnos, para transformarnos por El, con El y en El.
Qué menos que preguntarnos si nuestro «honor y gloria a ti, rey de la gloria», nuestro «amor por siempre a ti, Dios del amor» debe expresarse en un día al año, día lleno de parafernalias más o menos vistosas, o si debe expresar en un constante, diario y cercano «pasar haciendo el bien», como hizo Jesús. ¿Qué clase de honores quiere El? Da la impresión que la respuesta no es nada difícil, sino sencillita. Muy sencillita. La respuesta, ¿no será que también nosotros pasemos por la vida haciendo el bien, y curando a los oprimidos por el mal?




PARA CONSIDERAR Y REFLEXIONAR EN GRUPOS

Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo
(Jn 6, 51b)

Preguntas y cuestiones
-Como se traduce en nuestra vida cotidiana el ser personas alimentadas de Jesús…
-¿Buscamos comer el verdadero pan de vida?, ¿Nuestra presencia en las misas la vivimos como el alimento que necesitamos para tener vida?



PARA LA ORACION

Que este día de recuerdo sea para nosotros memoria de nuestra misión para despertar esperanza, invitar a todos a construir el mundo, unirnos en la preocupación y solidarizarnos en la tarea de caminar juntos con amor, como Tú haces con nosotros.
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Y en medio de todas las preocupaciones también es justo celebrar la alegría de la vida y sentirnos unidos en el agradecimiento a Ti, Dios creador de todas las maravillas que nos rodean, de todo el espectáculo del universo, de toda la filigrana de un mundo natural hecho con el primor del artesano y el cuidado del orfebre.
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Es lógico mostrar la gratitud que nos provoca el amor inmenso que nos demuestras con tu preocupación constante, con tu sentido paternal de estar pendiente a la vez que respetuoso con nuestra libertad.
Tú sabes cómo sentimos cansancio, indiferencia o nos dejamos atrapar por la rutina de una vida que parece no dar mucho de sí, pero siempre nos recuerdas la importancia de nuestra participación en humanizar el mundo, por lo que hacemos y por lo que alimentamos de amor y de esperanza.
Te damos gracias, especialmente, por Jesús que compartió la vida con nosotros y nos trajo tu palabra de perdón y de aliento. Él quiso permanecer entre nosotros significado en el pan, como alimento, energía, ánimo y recuperación vital.
Él contagia a tantas personas para hacerse compañeros de quien se cansa, animadores de desesperados y luchadores por la justicia y el amor.
Porque Él nos cambia, nos alimenta y no dirige, queremos darte gracias, Dios bueno
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Y finalmente queremos pedirte por nuestra comunidad cristiana, presente en todo el mundo, celebrando hoy esta fiesta en grandes multitudes o en pequeños grupos, con grandes edificios o en pequeños lugares, pero consciente de su responsabilidad por ser la memoria de la esperanza y el signo humano de la solidaridad. Haz que seamos fieles a esta misión tan bonita y humana de hacerte presente y de promover esperanza.



LA MISA DE HOY

MONICIÓN DE ENTRADA
Hoy es un día muy tradicional. Pero es, sobre todo, un día centrado en la tradición fundamental y esencial de toda comunidad cristiana. Señalar a Dios que ha elegido el pan como signo de su presencia entre nosotros porque el pan es, también, el signo de una humanidad necesitada, hambrienta, trabajadora e inquieta y cansada. Vamos a celebrarlo con el mismo sentido con que lo hemos hecho durante dos mil años.

SALUDO
Que el Dios a quien hoy “vemos” presente en el pan os dé la paz y su bendición.

ACTO PENITENCIAL
Conscientes de que Dios nos conoce, nos quiere, nos acepta y nos acoge, reconocemos nuestra realidad personal y la asumimos con sencillez y sinceridad.
- Tú que te preocupas por todos nosotros, especialmente por los más hambrientos y necesitados. Señor, ten piedad
- Tú que has querido hacerte presente en nuestra vida con el signo que expresa nuestra necesidad. Cristo, ten piedad
- Tú que quieres despertar en nosotros un espíritu fraterno solidario, sensible, y esperanzado. Señor, ten piedad
Dios, nos anima, nos invita a la esperanza y a seguir en el empeño de hacer un mundo más humano

MONICIÓN A LA PRIMERA LECTURA
El recuerdo de las acciones pasadas de Dios es el motivo de nuestra confianza porque nos hace ver que su amor sigue manteniendo el compromiso con nosotros y lo seguirá haciendo en un futuro, siempre.

SALMO RESPONSORIAL (Sal 147)
Glorifica al Señor, Jerusalén.
Glorifica al Señor, Jerusalén; alaba a tu Dios, Sión: que ha reforzado los cerrojos de tus puertas, y ha bendecido a tus hijos dentro de ti.
Glorifica al Señor, Jerusalén.
Ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de harina. Él envía su mensaje a la tierra, y su palabra corre veloz.
Glorifica al Señor, Jerusalén.
Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a Israel; con ninguna nación obró así, ni les dio a conocer sus mandatos.
Glorifica al Señor, Jerusalén.

MONICIÓN A LA SEGUNDA LECTURA
Compartir el pan de la Eucaristía en la celebración cristiana es sentirse unido a todos los seres humanos, marcados por la necesidad, buscadores de horizontes nuevos, cansados de la brega existencial, personal y social. También a Dios hecho pan para alimentar la unión con Él y con los demás.

MONICIÓN A LA LECTURA EVANGÉLICA
En un lenguaje provocador y directo, Jesús nos dice abiertamente que acercarse a Él y vivir como Él y participar de su comunidad, tiene unas connotaciones que hacen participar de la vida intensamente y alimentan mucha energía para abordarla.

ORACIÓN DE LOS FIELES
A Ti, Dios bueno, sensible y solidario, pendiente de nuestras necesidades, preocupado por la situación de nuestro mundo y conocedor de nuestro cansancio te presentamos algunas de ellas
- Para que los creyentes compartamos más el pan y lo que somos con quienes necesitan de nuestra ayuda. Roguemos al Señor
- Para que todos los más necesitados de la tierra encuentren la sensibilidad solidaria de los cristianos y así sepan de tu cercanía con ellos. Roguemos al Señor
- Para que el cansancio y el hastío de la cultura materialista y la abundancia del consumismo no nos precipiten en la angustia, el aburrimiento vital y la depresión. Roguemos al Señor
- Para que veamos la importancia de los signos que expresan el drama humano y la alegría de Dios. Roguemos al Señor
- Para que todos nos hagamos pan, sigo de esperanza, respuesta a las hambres y alegría para quien no tiene. Roguemos al Señor
Escucha, Padre bueno, esta oración que expresamos con el compromiso de unirnos al esfuerzo de cambiar el mundo como cambias el pan en signo tuyo y de esperanza.



CANTOS PARA LA CELEBRACION

Entrada. Con nosotros está el Señor (disco “15 Nuevos cantos para la Misa”); Alrededor de tu mesa; Cerca está el Señor (1CLN-731); Danos un corazón (1CLN-718).
Gloria. De Palazón.
Salmo. Lauda Ierusalem (CB-115); LdS.
Aleluya. Gloria, Gloria, Aleluya.
Ofertorio. Beberemos la copa (1CLN-O 10); Este pan y vino (1CLN-H 4).
Santo. Misa de Angelis.
Comunión. Ubi caritas (de Taizé); Adorote devote; Oh, Señor, delante de ti (disco “16 Cantos para la Misa”); Donde hay caridad y amor (1CLN-O 26); Oh, buen Jesús (CB-135); Fiesta del banquete (1CLN-O 23).
Final. Música de órgano o instrumental.



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WebJCP | Abril 2007