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MISIONEROS EN CAMINO: agosto 2011
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martes 30 de agosto de 2011

Evangelio Misionero del Día: 31 de Agosto de 2011 - XXII Semana DEL T.O - CICLO A


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 4, 38-44

Al salir de la sinagoga, Jesús entró en la casa de Simón. La suegra de Simón tenía mucha fiebre, y le pidieron que hiciera algo por ella. Inclinándose sobre ella, Jesús increpó a la fiebre y ésta desapareció. En seguida, ella se levantó y se puso a servirlos.
Al atardecer, todos los que tenían enfermos afectados de diversas dolencias se los llevaron, y Él, imponiendo las manos sobre cada uno de ellos, los sanaba. De muchos salían demonios gritando: «¡Tú eres el Hijo de Dios!» Pero Él los increpaba y no los dejaba hablar, porque ellos sabían que era el Mesías.
Cuando amaneció, Jesús salió y se fue a un lugar desierto. La multitud comenzó a buscarlo y, cuando lo encontraron, querían retenerlo para que no se alejara de ellos. Pero Él les dijo: «También a las otras ciudades debo anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios, porque para eso he sido enviado».
Y predicaba en las sinagogas de toda la Judea.

Compartiendo la Palabra
Por Rosa Ruiz Aragoneses, rmi

En la salud y en la enfermedad…
Seguimos en Cafarnaún, en la casa de Pedro, que probablemente fue también la casa de Jesús en esos años. Él sigue atendiendo a todos los necesitados de curación, uno a uno. Desde la puesta del sol hasta el amanecer. Jesús busca la soledad pero no por ello deja de atender a quienes le andan buscando. No se ata a nada ni a nadie. No deja que nada ni nade le retenga. Sabe que la misión recibida es más grande y no es suya. No le pertenece. Tampoco a nosotros, pero ¡qué difícil a veces!
Un detalle más: la suegra de Pedro, alguien de “la casa”, de la familia. Es bonito ver cómo su fiebre es motivo de preocupación para los demás, hasta el punto de ser ellos quienes piden a Jesús que haga algo por ella. Ojalá tengamos nosotros esa misma sensibilidad con los más cercanos, con el mal que sufren “los de casa”. Ojalá el dolor de toda persona sea preocupación de la comunidad, de la Iglesia y nos sea tan importante que no dudemos en suplicar la acción sanadora de Cristo. Quizá sólo entonces, la sanación de los demás revierta en mayor servicio a la comunidad, como de inmediato hace la suegra de Pedro. Si hacemos nuestros los dolores de los demás, ¿cómo no haremos también comunes nuestros talentos, nuestra disponibilidad, nuestro deseo de servicio?
Que la exigencia de la misión, de tener que predicar por todos los lugares y atender todas las necesidades de nuestro mundo, no sea nunca excusa para desentendernos de los dolores de los de casa y dejar de ponernos también a su servicio.

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Dialogar con la vida



Ocurrió en algún lugar del trópico amazónico. Juan estaba intentando dormir en su pequeño ranchito, pero el calor y la humedad lo hacían difícil.
En algún momento de la noche, no sabría decir si estaba dormido o despierto, se le aparece la Muerte. Asustado levanta la cabeza y la Muerte le dice: “Juan, hoy a las tres de la tarde te espero para llevarte”.
Al amanecer Juan se despierta, el cuerpo empapado en sudor, recuerda la aparición… no sabe si fue real, pero decide ponerse a salvo.
Ensilla su caballo y sale corriendo. Cada vez hace que su caballo corra más y cada tanto mira su reloj. Tiene que ganar la carrera.
Cuando ve que son las 2 de la tarde golpea al caballo para que corra más. Vuelve a mirar el reloj: las 3 menos 5, las tres menos 4… acelera… falta un minuto para que sean las 3 y el caballo, ya cansado, tropieza con una piedra, cae y manda a Juan unos metros más adelante tirado en el suelo.
Juan levanta la cabeza, pensando que ha recorrido suficientes kilómetros para librase del sueño o aparición.
Con sorpresa ve frente a sí la Muerte mirando su reloj y que con una sonrisa le dice: “Ya me temía que ibas a llegar tarde a la cita”.



Si hay algo seguro que todos tenemos respecto a la vida es que la muerte forma parte necesaria de ella.

Por ello, si queremos dialogar con la vida quizás debemos hacerlo a partir de lo más seguro: la muerte.

Dialogar con la muerte
Por mucho que lo queramos ocultar todos tenemos un cierto sentimiento de miedo frente a la muerte. Es normal porque nacimos para la vida y nos cuesta asumir que esta vida tiene fecha de caducidad.

Quizás te resulte extraño que haya que “dialogar” la muerte. En algún momento de nuestra vida nos vamos a encontrar con ella y posiblemente sea mejor entablar un diálogo con ella cuanto antes, aunque no sepamos el día y la hora del encuentro.

Imagina que la muerte no existiera, que tu vida acá no tuviera un punto final, que todo tuviera su mañana indefinidamente.

Si nuestro tiempo no terminara, qué sentido tendría hacer hoy cualquier cosa, siempre puede esperar. No valdría la pena tomarse la vida en serio, siempre tendríamos tiempo para hacer las cosas y las podríamos postergar indefinidamente.

Cuando todo puede esperar, todo carece de valor, lo que hacemos hoy lo podemos cambiar mañana o pasado mañana. Toda decisión pasa a ser relativa. Nada hay que sea definitivo.

La conciencia de que nuestra vida es limitada en el tiempo es lo que nos hace tomar conciencia de que cada momento de nuestra vida tiene un valor y unas posibilidades que raramente se van a repetir.

No sé si lo que dejo de hacer ahora, pensando que ya lo haré, tendré posibilidad de realizarlo.
Cada momento, cada día es valioso. Es importante que ahora haga lo que tengo que hacer. No sé si tendré otra oportunidad. Si voy perdiendo oportunidades, posiblemente cuando me encuentre con la muerte me encontraré a mí mismo vacío y me arrepentiré de tantas oportunidades perdidas de vivir en plenitud la vida.

Engendrar vida
Jesús dijo que él había venido para que los hombres tengamos vida y vida en plenitud. Entiende su misión como “engendrar vida”, una vida donde todos puedan alcanzar la felicidad.
Eso de engendrar vida tiene un sentido elemental: tener hijos. Algo que entra en el proyecto de Dios. Con su lenguaje simbólico, la Biblia nos dice que al crear Dios al hombre y a la mujer les dice: “Creced, sed fecundos y multiplicaos” (Gn 1, 28). Deben crecer como personas, y parte de ese crecimiento es engendrar hijos e hijas. Ellos no van a vivir para siempre sobre la tierra y Dios quiere la permanencia de la humanidad.

La paternidad y la maternidad son la forma más evidente de engendrar vida. Pero no la única.
Desde el comienzo (lo muestra la historia de Caín y Abel) la vida de la humanidad está marcada por la violencia, la muerte, el dominio de unos sobre otros.

Demasiadas personas en nuestro mundo no llegan a cumplir los 4 ó 5 años de vida. Demasiadas personas viven en situaciones extremas de pobreza que les impiden vivir con dignidad. Demasiadas personas mueren antes de tiempo por hambre o por enfermedades que son curables. Demasiadas personas mueren fruto de guerras y violencia de distinto tipo en todos los rincones del planeta.

Son muchos los que se ven privados de una vida “humana”, por no decir plena, que es la voluntad de Dios.

Por eso sigue teniendo sentido que haya personas que renuncien a engendrar vida teniendo hijos. No para evitarse una “carga”. Sino para trabajar para que otros puedan tener una vida más justa, más humana, más larga, más feliz…

La opción por la vida religiosa y misionera no es renunciar al matrimonio y a tener hijos, es la opción por engendrar vida entre los últimos y los más desposeídos de la tierra.

Los misioneros optan por la vida, por engendrar vida, tratando de evitar que el inevitable encuentro con la Muerte les llegue con adelanto a otras personas. Su trabajo no es “ganar almas para el cielo” (eso está en manos de Dios) sino que las personas puedan vivir en plenitud su vida en este mundo, porque esa es la voluntad del Padre de todos.


Ernesto Duque

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Evangélico alegato del obispo de Tánger



No es frecuente escuchar en boca de un obispo un alegato como acaba de hacer el franciscano monseñor Agrelo, obispo de Tánger, que por su importancia copio a continuación. En medio de enaltecimientos de la norma, la ley por encima del amor, el triunfalismo antes que el servicio, estas palabras se merecen un marco:

(Santiago Agrelo).- Si con Cristo he sido ungido por la fuerza del Espíritu, con Cristo soy enviado a llevar a los pobres una buena noticia. Si soy de Cristo, mi zurrón de cristiano no llevará más viático que el de la luz para los ciegos, la libertad para los cautivos, la gracia para los pecadores.

Si por gracia estoy en Cristo, los pobres son mis señores, pues el amor con que Dios los ama, en aquel Hijo entregado hizo a Dios siervo de todos y a los pobres sus señores.

Engañados y convencidos, hemos dejado que doctrinas y preceptos de hombres ocupasen en nuestra predicación el lugar del evangelio de Dios: la controversia desplazó del corazón a la piedad; la preocupación por la ortodoxia suplantó la lucha por la justicia; las ideologías ocuparon en nuestras preferencias el lugar de los necesitados.

Si los pobres no son nuestros señores, lo normal es que sean nuestras víctimas: Ayer fue justificada la Shoah; hoy es ignorada y consentida el hambre, demonizadas las migraciones, esclavizados los indefensos, enaltecida la muerte, legitimada como ejercicio de libertad la prostitución.

Si confiesas: «creo en Dios», el cuidado que hayas tenido de los pobres acreditará la verdad de tu confesión. Y si tu razón no te permite creer, que el cuidado que tienes de los pobres desmienta lo que va diciendo tu razón.

Si no tengo un evangelio que llevar al hombre, entonces, creyente o no creyente, me muevo distraído y ciego hacia un destino de soledad entre los malditos.

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lunes 29 de agosto de 2011

Evangelio Misionero del Día: 30 de Agosto de 2011 - XXII Semana DEL T.O - CICLO A


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 13, 44-46

Jesús dijo a la multitud:

El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo.
El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.

Compartiendo la Palabra

Sólo quien posee la Sabiduría que procede de Dios podrá valorar adecuadamente el Evangelio y la Vida que Dios le ofrece.Sólo quien posee la Sabiduría que procede de Dios podrá valorar adecuadamente el Evangelio y la Vida que Dios le ofrece.

Nadie vendrá a Cristo si no lo llama el Padre; nadie entenderá a Cristo si no es conducido por el Espíritu Santo. No basta descubrir, comprender a Cristo como el Camino, la Verdad y la Vida. A aquel Escriba que le dice a Jesús: Muy bien, Maestro. Tienes razón al afirmar que Dios es único y que no hay otro fuera de Él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios, Jesús le indica: No estás lejos del Reino de Dios.

Mientras no seamos capaces de renunciar a todo y centrar, realmente, nuestra vida en sólo Dios, estaremos, permaneceremos, cerca del Reino de Dios, pero no entraremos en Él.

El Señor nos pide que seamos capaces de dejarlo todo y pertenecerle únicamente a Él; porque, de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si al final pierde su vida.

En esta Eucaristía nosotros nos hacemos uno con el Señor en una nueva y definitiva alianza. Por Cristo nosotros somos hechos de la familia divina.

Comprender esta verdad y decidirnos a aceptar al Señor en nuestra vida, equivale a tomar la decisión de hacer nuestro el tesoro más grande que Dios pudiera ofrecernos. ¿Seremos capaces de no quedar apegados a lo pasajero, a nuestras propias miserias, con tal de ganar a Cristo para nosotros?

Recordemos que el Señor renunció incluso a su propia vida, con tal de ganarnos para Él. Ojalá y no vivamos huyendo de Él, sino centrando sólo en Él nuestra vida y nuestro amor.

Esta aceptación de la vida de Dios en nosotros nos compromete a convertirnos en una manifestación, en un signo, en un Sacramento vivo de su amor en medio de todos aquellos con quienes entramos en contacto en nuestra existencia.

Quien posee al Señor y su Espíritu debe dejarse guiar por Él.

De nada nos serviría entrar en comunión con Cristo por medio de la Eucaristía si después vivimos como si no conociéramos a Dios.

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir, con una verdadera congruencia entre fe y vida, la Alianza que, en amor, hemos pactado para siempre con el Señor de nuestra vida y de nuestra historia. Amén.


Homiliacatolica.com

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domingo 28 de agosto de 2011

Palabra para la Misión: Compartir la cruz, opción misionera de Cristo


XXII Domingo del T. O. / Por EUNTES
Año A – Domingo 28.8.2011

Jeremías 20,7-9 / Salmo 62 / Romanos 12,1-2
Mateo 16,21-27

Reflexiones

Es espléndida la afirmación de Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16: Evangelio del domingo pasado). Pero aún no es todo sobre la identidad de Jesús. Es importante afirmar la divinidad de Jesucristo, pero es más difícil afirmar su humanidad, con la consecuente posibilidad de sufrir y de morir (Evangelio). Por eso, Jesús, tras haber obtenido de sus discípulos la primera profesión de fe explícita en su mesianidad, da comienzo a una nueva fase en su predicación: “Desde entonces empezó Jesús a explicar…” (v. 21). Lo mismo que al comienzo de la vida pública, después de la fase preparatoria (bautismo en el Jordán y tentaciones en el desierto), Mateo escribe: “Desde entonces empezó Jesús a predicar y decir ‘conviértanse’...” (Mt 4,17). En el bautismo y en el desierto, Jesús había tomado decisiones muy claras sobre la manera de realizar la misión recibida del Padre para la salvación de la humanidad: la opción de ser y de vivir como hijo y hermano, la opción de renunciar a los medios fáciles e ilusorios del poder, la gloria y el bienestar... Fiel a sus opciones, hechas según el corazón de Dios, Jesús avanza con determinación hacia su hora, dispuesto hasta las consecuencias extremas. Se confía con sus discípulos y amigos, pero no acepta sugerencias, revisiones o descuentos de parte de personas que piensan solo a la manera humana, según la la carne y la sangre (Mt 16,17.23). Jesús muestra con claridad el choque, la incompatibilidad entre la manera de pensar según Dios o según los hombres (v. 23).


En línea con este planteamiento, el Evangelio de hoy continúa con la revelación de la identidad de Jesús con nuevos elementos. Él no es solamente el Mesías-Cristo, el Hijo de Dios (v. 16), sino también el siervo, que tiene que “padecer mucho… ser ejecutado y resucitar” (v. 21). Jesús enseña que en la nueva familia que acaba de anunciar, que es la Iglesia (ver el Evangelio del domingo pasado), también sus discípulos deberán compartir sus opciones, recorrer el mismo camino, si quieren continuar la misma misión. Por eso Jesús habla abiertamente a sus discípulos de la necesidad de negarse a sí mismos, cargar con su cruz y seguirle, perder la propia vida por causa de Él (v. 24.25), hacerse samaritanos y cirineos de los más débiles, como el Papa Benedicto XVI lo ha enseñado a los jóvenes en la reciente Jornada Mundial de la Juventud en Madrid, invitándoles a rebelarse al conformismo, a la indiferencia, al individualismo que esclavizan, y a optar, en cambio, por Cristo y por el anuncio del Evangelio, don de vida y libertad. (*)


Antes de ser una exhortación moral y ascética a acceptar con paciencia y resignación las tribulaciones, las enfermedades y la muerte, estas palabras exigentes son una invitación para que el discípulo se identifique con el proyecto de Jesús y comparta sus opciones y su camino. “La lectura del Evangelio según los hombres es una exhortación a la resignación; por el contrario, Jesús no fue un resignado, más bien, dice, ‘es necesario que yo sea condenado’. ¿Por qué es necesario? Es necesario porque la opción que yo he hecho el día en que dije a Satanás ‘apártate’, renunciando al dominio, al lenocinio del bienestar físico y al milagro –las tres renuncias de Jesús en el desierto– conduce inevitablemente a mi condenación” (Ernesto Balducci). Por tanto, la cruz no es solamente un peso que es preciso cargar con resignación, sino como la conclusión necesaria de una decisión tomada libremente por Jesús en el desierto. Él está firme es su opción, rechaza las increpaciones de Pedro, nuevo satanás (v. 22.23) y lo coloca en su lugar de discípulo: a Pedro no le corresponde indicar sino seguir los pasos del Maestro. De lo contrario, la ‘piedra de construcción’ (v. 18) se convierte en ‘piedra de tropiezo’, escándalo (v. 23). Pensar como Dios es condición básica para realizar fiel y eficazmente la misión que Jesús confía a su Iglesia.


El misionero, al igual que el profeta que a menudo resulta incómodo e incomoda (I lectura), si vive identificado con su Maestro, lleva en sus entrañas un fuego incontenible que lo empuja a superar el desánimo y las adversidades (v. 9). Y a ofrecerse en cuerpo y alma como hostia viva (II lectura, v. 1), renovándose interiormente para saber “discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto” (v. 2). La naturaleza misma de la misión impone al evangelizador actuar inspirándose en el único Maestro y Salvador: Cristo. La historia de las misiones está llena de apóstoles apasionados por Cristo y por la humanidad: Francisco de Asís, Teresa de Ávila, Daniel Comboni, Teresa de Calcuta, Francisco Javier... quienes han optado por Cristo antes que ganar el mundo entero (Mt 16,26). Asimismo, los numerosos mártires de todos los tiempos. Esta fidelidad radical a Cristo es condición indispensable de eficacia apostólica. Y de verdadera felicidad en el servicio misionero.



Palabra del Papa

(*) “La pasión de Cristo nos impulsa a cargar sobre nuestros hombros el sufrimiento del mundo, con la certeza de que Dios no es alguien distante o lejano del hombre y sus vicisitudes. Al contrario, se hizo uno de nosotros para poder compadecer Él mismo con el hombre, de modo muy real, en carne y sangre… Queridos jóvenes, que el amor de Cristo por nosotros aumente vuestra alegría y os aliente a estar cerca de los menos favorecidos. Vosotros, que sois muy sensibles a la idea de compartir la vida con los demás, no paséis de largo ante el sufrimiento humano, donde Dios os espera para que entreguéis lo mejor de vosotros mismos: vuestra capacidad de amar y de compadecer”.
Benedicto XVI
Conclusión del Viacrucis, en la Jornada Mundial de la Juventud, Madrid, 19/8/2011


Siguiendo los pasos de los Misioneros

- 28/8: S. Agustín (África del Norte, 354-430): se convirtió y fue bautizado en Milán por S. Ambrosio (Pascua de 387); fue obispo de Hipona. Es doctor de la Iglesia, maestro universal de experiencia humana, teológica y espiritual.

- 28/8: B. Junípero Serra (1713-1784), sacerdote franciscano español, misionero en México y entre las poblaciones americanas de California.

- 29/8: Martirio di S. Juan Bautista, testigo de la verdad, asesinado por el rey Herodes Antipas. - Otra fecha en la cual se puede hacer memoria de todos los misioneros mártires de cada época y lugar.

- ** Alrededor de esta fecha, el Martirologio Romano hace memoria de numerosos mártires (obispos, sacerdotes, religiosas, laicos) que fueron asesinados en lugares y épocas diferentes: persecuciones en Inglaterra, Revolución Francesa, guerra civil en España, campos de exterminio...

- 1/9: Jornada para la Salvaguarda de la Creación, don de Dios y compromiso de todos.

- 3/9: S. Gregorio Magno (540-604), monje, papa y doctor de la Iglesia, organizador de la vida monástica y litúrgica; envió a S. Agustín y a otros 40 monjes a evangelizar en Inglaterra (a. 597).

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Evangelio Misionero del Día: 28 de Agosto de 2011 - XXII Domingo DEL T.O - CICLO A

Perder el mundo para ganarte a Ti

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 16, 21-27

Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía que ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.
Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: «Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá».
Pero Él, dándose vuelta, dijo a Pedro: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino de los hombres».
Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.
¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?
Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras».

Compartiendo la Palabra
Por José Antonio Pagola

ESTROPEAR LA VIDA

Casi sin darnos cuenta, hemos construido una sociedad donde lo importante es «obtenerlo todo y ahora mismo».
Una educación excesivamente permisiva, una falta casi total de autodisciplina, un ambiente social lleno de estímulos que nos empujan sólo a ganar, gozar, gastar y disfrutar, el miedo a no vivir intensamente, el temor a aparecer como fracasados y reprimidos... nos está llevando a un estilo de vida donde la renuncia no tiene ya lugar alguno.
Pero comenzamos a constatar que no es ése el camino acertado para vivir en plenitud.
Cuando, sistemáticamente, vamos satisfaciendo nuestros deseos de manera inmediata, no crecemos como personas.
No acertamos a saborear con gozo la satisfacción obtenida. Nuestro espíritu no se aquieta. Siempre surge un nuevo deseo más apremiante y excitante que el anterior.
Y comenzamos a vivir en tensión, sin saber ya cómo saciar nuestros deseos e insatisfacciones cada vez más voraces. Y la existencia se nos convierte en una carrera alocada donde lo único que nos llena es tener siempre más y disfrutar con mayor intensidad.
Y tras la satisfacción lograda, de nuevo el vacío, el decaimiento, la tristeza y el hastío. Y de nuevo, vuelta a empezar, atrapados en una trampa que no tiene salida hacia la verdadera libertad.
Quizás esta experiencia nos puede ayudar a entender mejor las palabras de Jesús: «¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla?».
Lo queramos o no, la persona madura y crece, cuando sabe renunciar a la satisfacción inmediata y caprichosa de todos sus deseos en aras de una libertad, unos valores y una plenitud de vida más noble, digna y enriquecedora.
Todavía más. Si uno quiere obtenerlo todo ahora, inmediatamente, a cualquier precio y de cualquier manera, sin abrirse a una vida futura, eterna y definitiva, corre el riesgo de perderse definitivamente.
¿No hemos de introducir en nuestras vidas una dosis mayor de renuncia, sana austeridad y simplicidad en el vivir?
El que quiere seguir a Jesús hasta la plenitud de la resurrección ha de saber vivir de manera crucificada.

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Palabra de Misión: A Pedro le pesa la cruz / Vigésimosegundo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 16, 21-27 / 28.08.11



La liturgia viene ofreciéndonos distintos textos sobre la figura mateana de Pedro. Hemos vista al apóstol caminar sobre las aguas y hundirse, siendo salvado por la mano de Jesús, y lo hemos encontrado confesando una fe excelsa en el Mesías, Hijo de Dios. Para Mateo es el discípulo de la iniciativa, el que habla primero, el que responde por los otros (cf. Mt. 14, 28; Mt. 15, 15; Mt. 17, 4; Mt. 19, 27; Mt. 26, 35). Esa iniciativa lo lleva a equivocarse mucho (cf. Mt. 14, 29-31; Mt. 16, 21-23; Mt. 26, 40.69-75), pero en equivocaciones que, de alguna manera, encuentran justificación en su iniciativa. Porque se anima a hablar de frente con Jesús, porque comparte con Él una amistad profunda, porque aparece sincero, sin dobleces, es más propenso al error. No es el error del que voluntariamente interviene para el mal, sino el de aquel que se equivoca en el buen sentido. Si Pedro no tuviese iniciativa propia, seguramente se equivocaría menos, pero a costa de su solapamiento, su ocultamiento, su apagamiento. Lo fascinante de Pedro es este arrebato, esta libertad para dirigirse a Jesús. Es una actitud que recuerda mucho a David, el rey más famoso de Israel, quizás tan famoso por sus aciertos como por sus pecados. Pero es tan llana la relación que David tiene con Dios, tan honesta, tan abierta, que sigue siendo el modelo de rey, a pesar de sus errores. En el caso que leemos hoy se contrasta el Pedro del domingo anterior, bienaventurado por haber recibido la revelación, con éste que se interpone a los caminos divinos. Se trata de un díptico literario. Tenemos al Pedro sobrenatural que ha recibido una revelación (apokalypto en griego) directamente del Padre (cf. Mt. 16, 13-20) frente al Pedro de la carne y la sangre, que no puede ver más allá, que no entiende el mesianismo que proclamó instantes antes, que ha dejado lo revelado por sus ocurrencias. Es un díptico que describe a Pedro de cuerpo entero. Un díptico que nos describe a nosotros. Aciertos y errores separados por una línea invisible y fina. Pedro, el primero de los apóstoles, el de la iniciativa, junto al Pedro equivocado, opuesto a Dios. Es el vaivén paradójico de su amistad con Jesús. Pedro tiene autoridad entre los discípulos (así lo ha entendido también la comunidad mateana), pero debe estar atento, porque su autoridad puede desviarse a caminos equivocados (inclusive, caminos contrarios a Dios). La cruz en el horizonte es la medida para Pedro (la medida para todos).

Aquí, el libro de Mateo marca decididamente un mojón. Desde ese momento comienza Jesús a anunciar algo nuevo, algo que todavía no había anunciado tan claramente: que debe ir a Jerusalén, sufrir, morir y resucitar. Respetando el esquema marquiano, Mateo conserva tres anuncios de la pasión (cf. Mt. 16, 21; Mt. 17, 22-23; Mt. 20, 17-19). El que leemos hoy es el primero. La acusación parte directamente hacia un grupo conformado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas. Justamente, los tres grupos que conformaban el Sanedrín, tribunal superior de Israel. Los ancianos son la aristocracia laica de Jerusalén, bien acomodados económicamente. Los sumos sacerdotes son, para el tiempo de Jesús, los que han ocupado el cargo de sumo sacerdote del Templo en años anteriores y el que lo ocupa actualmente, inclusive aquellos sacerdotes de alto rango. Tradicionalmente, el puesto de sumo sacerdote era vitalicio, pero el siglo I vio trasgredida esa norma, con movimientos políticos del cargo que lo hacían ir de uno a otro. Finalmente, los escribas eran los que, sabiendo leer y escribir, estaban encargados de la interpretación oficial de la Torá, los estudiosos de la Ley. Este es el colectivo que condenará a Jesús. La cúpula jerárquico-religiosa, los que deciden qué está bien y qué está mal, los poderosos. No bastándoles el poder económico y político, se abogarán también el poder de tomar una vida.

Este anuncio no habla de la cruz ni de la crucifixión directamente, pero los versículos siguientes, aunque se refieran principalmente a otra idea, son entendibles para el lector del Evangelio que ya conoce el desenlace de los hechos. Jesús invita a sus discípulos (y, por supuesto, a Pedro) a cargar la cruz. La invitación es terrible. Cargar la cruz es igualarse a los condenados a muerte, hacerse despreciables para el sistema, volverse dignos de ser ejecutados. Flavio Josefo, en Guerras de los Judíos, describió la crucifixión como “la más lastimosa de las muertes”. Incluso muchos autores romanos (Tácito, Séneca) la consideraban una crueldad desmedida. Por eso no se aplicaba a los ciudadanos romanos, excepto en caso de traición a Roma o al Emperador. Los condenados regulares a la cruz eran los extranjeros rebeldes, los delincuentes que utilizaban violencia y los esclavos. Jesús invita a ser como ellos para el sistema político-religioso. Pero podemos ser más específicos aún. En primer lugar, seguro que Jesús no invita a ser delincuentes violentos, porque el resto de su mensaje no se condice con ello. Tampoco invita a ser esclavos, porque el Evangelio es una llamada a la libertad con la consiguiente destrucción de cualquier forma de opresión. Quizás, Jesús invita a ser rebeldes, a su manera, según el sermón del monte de Mt. 5-7, pero rebeldes al fin, resistiendo al sistema político y religioso, aunque eso nos lleve a la muerte. Pedro no puede entenderlo. Para los judíos en general también es complicado, porque algunas tradiciones asociaban el madero de la cruz con la maldición del Deuteronomio sobre los que cuelgan de un árbol (cf. Dt. 21, 23; Gal. 3, 13). La exigencia del discipulado es radical. Volverse marginal, volverse condenado a muerte, volverse ajeno al sistema y rebelde al mismo. También está implicado lo económico, ya que la idea de ganar (kerdaino) el mundo es la de obtener ganancias económicamente, acumular riquezas terrenas. Y perder (zemioo) es arruinarse en lo social y lo económico. Sin mencionar que la pregunta sobre qué puede dar el hombre a cambio está formulada con el verbo antalagma, que en griego es el vocablo para definir los intercambios de artículos cuando el pago de una compra se hace mediante el trueque. Es obvio que no hay nada tan valioso como la vida para que pueda suplirlo un artículo o un bien material. Parte del discipulado es reconocer que la vida que ofrece Jesús es superior a cualquier otra cosa; tan superior que invita a marginarse y liberarse de las ataduras económicas.

Aún Pedro, bendecido con la revelación, no puede asimilarlo. Por eso Jesús le dirige la misma orden que le dio a Satanás en Mt. 4, 10: retírate. De alguna manera, Pedro ha pasado de estar invadido por la revelación divina a sentirse poseído por lo diabólico. Jesús lo manda fuera, que se vaya, como si lo estuviese exorcizando, o como si estuviese exorcizando su proyecto del Reino para que no sea influenciado por las fuerzas del mal. Que se retiren, que se vayan, que dejen de molestar. La segunda parte de la imprecación a Pedro es un llamado a re-convertirse: ve detrás de mí. Es una expresión que recuerda a Mt. 4, 19 (sobre todo en el griego original) cuando Jesús llama por vez primera a Pedro diciéndole deute opiso mou, que puede traducirse como vengan detrás de mí, normalmente interpretado por las traducciones bíblicas como síganme. Jesús no se conforma con nominar satánicamente a Pedro. Lo invita a recuperar su discipulado, bajo las condiciones de la cruz cargada y los bienes dejados de lado. Ese es el camino para ser exorcizado, para rechazar la tentación de alterar los caminos divinos. Pedro tiene que volver a ponerse detrás de Jesús.

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Todos necesitamos volver a ubicarnos detrás de Jesús. Lo que significa ser discípulos según el modelo de nuestro Maestro. A lo largo de la historia hemos elaborado distintas maneras de discipular. Nos hemos convencido de variantes y formas que poco o nada tenían que ver con el Evangelio. Pero Jesús nos sigue recordando que hay que cargar la cruz, volverse condenado a muerte, perdedor en términos del mundo. Rebeldes contra el sistema, aunque parezca una expresión de izquierdas. Rebeldes contra el capitalismo que deja sin comer a tantos niños, rebeldes contra el desempleo, contra el lucro institucionalizado, contra la educación mediocre para criar mentes mediocres, contra los partidos políticos basados en la mentira y la corrupción sistematizadas. Tenemos que salirnos del sistema para poder combatir al sistema. Sin violencia física, sin atentados, sin bombas, sin armas. Salir del sistema como se salió Jesús, viviendo itinerante, sin domicilio fijo, sin dinero, en relación estrecha con los expulsados de la sociedad. ¿Quién podía hablar de economía mejor que Jesús? ¿Quién podía criticar mejor la política que Jesús? ¿Quién podía denunciar las opresiones religiosas mejor que Él? Su estado de vida liberado del sistema, le daba autoridad y visión libre para pensar y sentir como piensa Dios, nunca sujeto a un imperio, a una moneda o a una secta.

Los discípulos de Jesús deberíamos ser así. A veces estamos tan compenetrados con el sistema, que desviamos la atención de las cosas importantes. Creemos que podemos negociar ciertos criterios evangélicos desde nuestra comodidad. Que podemos ser solidarios desde nuestra burguesía. Que podemos cambiar el mundo cambiando a otros sin cambiar nosotros. Creemos una ilusión que nos hemos fabricado. El discipulado real sigue siendo radical, sigue siendo de crucifixión, de condenados a muerte, sigue siendo rebelde. Una de las más tristes características del cristianismo parroquial de nuestro tiempo es que está empecinado en anestesiarnos, en conformarnos con lo mínimo, en decirnos (como Pedro) que es un error subir a Jerusalén, es un error asemejarse a los condenados a muerte, es un error no premeditar el ahorro y la estabilidad económica. No esperemos a que Jesús nos grite: retírense, vayan detrás de mí. Es tiempo de darnos cuenta solos, como cristianos adultos.

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Homilías y Reflexiones para el XXII Domingo del T.O. (Mt 16, 21- 27) - Ciclo A


Publicado por Iglesia que Camina

CARGAR LA CRUZ, LA DE CADA DÍA

“El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.” No vivas recordando las cruces de tu pasado. Algunos se pasan la vida recordando lo triste que ha sido su vida. Esas cruces ya las has vivido, vive ahora las del presente así no tendrás que revivirlas mañana. Porque las cruces que se aceptan con generosidad se viven y se olvidan, no vuelven a doler más.

Tampoco vivas imaginando las cruces del mañana. ¿Sabes cuáles van a ser? Además, Dios no te ha garantizado fuerzas para llevar las cruces de hoy y las de mañana juntas. Dios da las fuerzas necesarias para las cruces de cada día. Para las de mañana, tendrás que esperar a mañana. Vivir hoy las cruces del mañana es llevar exceso de peso y eso hay que pagarlo.

Vive las cruces reales, no las imaginarias. Muchos tienen más cruces en su cabeza que sobre sus hombros, pero como no saben ver la luz, siempre se están imaginando cosas. De las cruces de hoy podrás culpar a alguien, de las cruces imaginarias tú eres el único culpable. ¿No crees que ya son suficientes las cruces de verdad sin necesidad de inventarte otras?

Las cruces son para ser llevadas a hombros, pero mejor si las llevas en el corazón. Te lo aseguro. Las cruces cuando se llevan con el corazón pesan mucho menos. El corazón tiene más resistencia que tus hombros, por muy forzudos que los tengas.

Algo importante. No soluciones el problema de tus cruces tirándolas encima de los hombros de los demás. Las cruces se llevan o te llevan, pero tus cruces sólo valen para ti, no están hechas a la medida de ellos. Si estás de mal humor, ¿por qué lo tienen que pagar los demás? Si estás furioso porque las cosas te salieron mal, ¿qué culpa tienen los tuyos? Aguántate.

Ah, un consejo. Las cruces no se miden ni se pesan. ¿Cómo sabes tú que tus cruces pesan más que las del vecino? ¿Cómo sabes tú que las cruces de tu vecino son más llevaderas que las tuyas? ¿Porque él camina feliz bajo su peso? Eso no es problema de la madera de la cruz que sea más liviana, es que posiblemente él le ha puesto más ilusión, más esperanza, más corazón.

Otra cosa. No culpes a Dios de que te envió esta o aquella cruz, y luego te pones a rezarle para que te la quite. Es decirle que se equivocó contigo y que se corrija. Hay muchos que primero hacen a Dios culpable de sus cruces. Y luego cuando le rezan lo hacen dudando: ¿Me hará caso? Bueno, si Dios me manda las cruces y luego me las quita pareciera estar jugando. Y Dios es muy serio.




¿JESÚS CAMPEÓN DEL DOLOR?

No se trata de cuál es tu record de sufrimientos. Se puede ganar el record del dolor y haber sufrido inútilmente. Jesús no compitió a quien sufre más. Lo importante es si tu sufrimiento es salvífico como el suyo. ¿Cuánto amor revelas en tu sufrir diario?

En su Cruz Jesús sufría por nosotros. En nuestras cruces, Jesús sufre con nosotros y en nosotros. ¿Por quién sufres y con quiénes sufres tú cada día? Lo importante no es el dolor sino quién y cómo sufre, y por quién sufre.

Nuestra civilización hace todo lo posible por borrar las cruces de nuestros cuerpos, pero al mismo tiempo crea las cruces del espíritu: soledad, vacío, aburrimiento, indiferencia, carencia de sentido.

Es posible que lleves colgada de tu pecho una cruz. ¿De oro? ¿De plata? Ya no es la Cruz de Jesús. Tu cruz es de adorno, por eso no escandaliza a nadie. La puedes llevar incluso sin creer en la Cruz. La verdadera cruz cristiana es la que te hace impopular ante los demás, aquella que nadie te la pide para ver lo bonita que es.

La cruz que no habla de Dios crucificado, de hombres crucificados, no es la Cruz de Jesús. Lleva una cruz ante la que los demás se sientan estremecidos, cuestionados. Una Cruz que, en vez de dar gusto verla, moleste la tranquilidad de quienes la ven.

La Cruz es escandalosa o no es la Cruz de Jesús. La Cruz de Jesús no fue un adorno estético, fue el lugar de condena y de muerte, pero también de vida. Los adornos son maquillajes de la vida, la Cruz de Jesús es transformadora de las vidas.

Llevar una Cruz-escándalo tiene que significar que vives una vida que, por ser diferente, escandaliza. El escándalo del cristiano está en no conformarse al estilo de los demás, en negarse a ser como todo el mundo.




LA CRUZ ESPEJO DE DIOS Y DEL HOMBRE

Cuando mires a la Cruz trata de mirar más allá de la ella, trata de ver más allá del dolor. Descubre más bien al nuevo hombre y al nuevo rostro de Dios. Jesús no es ningún campeón olímpico del dolor, sino la revelación suprema del amor y de la vida.

¿Quién eres tú visto desde la Cruz? Es posible que seas alguien al revés de lo que estás siendo y quieres ser. Débil, en vez de poderoso. Frágil, en vez de fuerte. Pobre, en vez de rico. Debilidad que es la fuerza del poder de Dios. Fragilidad que es la fortaleza de Dios y pobreza que es la riqueza de Dios.

Los hombres se miden unos a otros por su poder, por su fortaleza, por lo que tienen. Por eso viven discutiendo, luchando, matando. El hombre revelado en el Crucificado: ama, sirve, se da por los demás. Es otra manera de ser hombre.

Jesús Crucificado es la crítica y la justicia de Dios al poder y al tener. Su muerte demostrará la inutilidad y la fragilidad y peligrosidad del poder humano.

Al poderoso le tememos, no lo amamos. Lo adulamos porque lo necesitamos. Dios no necesita aduladores, quiere ser amado. Por eso el Dios revelado en el Crucificado es el Dios despojado, al que sólo se le busca porque se le ama.

La venganza del poder es dominar y someter. La venganza del amor del Crucificado es atraer hacia sí a quienes incluso lo rechazan. La victoria del amor es renovar y revivir a los enemigos.

La Cruz de Jesús no es una lección para sufrir bien, sino el modelo y la exigencia de vivir mejor. La Cruz no es para los días de dolor, es para los días que hay que vivir.




LA CRUZ DEL CAMINO

Si llevas una Cruz colgada al cuello, no olvides de llevar a tus hermanos crucificados dentro de tu corazón y sobre tus espaldas para ayudarles a hacer más llevaderas sus propias cruces.

La Cruz no es redentora por tener que aguantarla, soportarla, sino porque somos capaces de aceptarla. Si la aguantas, ella te vencerá. Si la aceptas libremente, tú la vences. La haces camino en tu camino.

La Cruz no es para quedarse con ella, sino para hacerla camino. La Cruz que no te lleva a la esperanza, a la libertad, a la Pascua, no es Cruz cristiana. Sigue siendo cruz pagana, porque sigue siendo eso, sólo cruz.

La Cruz de Jesús nunca es el final sino un camino: camino al Padre y camino hacia el hombre, a la vida. Camino al triunfo. Los caminos no son para quedarse en ellos sino para caminarlos y llegar lejos.

A ti no te gusta la cruz, a Jesús tampoco, hasta le pidió al Padre que se la quitase del camino. Pero las cosas no valen por el gusto que tienen sino por su capacidad de hacerte diferente.

La Encarnación te habla de acercamiento de Dios al hombre y a todo lo humano, pero la Cruz te marca la distancia entre lo humano y lo divino. La Encarnación te dice: "Estás en el mundo", pero la Cruz te grita: ¡No eres del mundo!

La Cruz no significa para Jesús un haber tenido mala suerte, sino un haber abierto un camino diferente. No fue mala suerte, fue consecuencia de un modo de vivir.
La Cruz en el camino te marca la dirección hacia donde camina tu vida.





SER DÉBIL ES UNA VENTAJA

¿Te sientes poca cosa? ¡Vaya qué suerte! Dios doblega a los fuertes y grandes, pero se inclina reverente ante los débiles y pequeños. "Derribó de sus tronos... exaltó a los humildes."

Mirar a la Cruz siempre es un riesgo. El riesgo de convertirte. Porque luego no puedes seguir pensando igual ni mirando igual a los hombres y a Dios. Menos aún podrás seguir viviendo de la misma manera.

Tu verdadera cruz no es tanto ese dolor de muelas, ni siquiera esa enfermedad incurable. Tu verdadera Cruz es la que nace como consecuencia de tu vida diaria de fidelidad. Es la cruz consecuencia de la vida.

¿Sabías que en los Evangelios se describen unos noventa y cinco encontronazos de Jesús con sus enemigos? La última vez lo condenaron a muerte. ¡Y luego dirán que hay que ser como todos! ¡Que no conviene llamar la atención! Claro, así jamás lo condenan a uno. Así se puede llegar a viejo y morir apolillado de años.

La verdad no siempre se expresa con las palabras y menos aún a gritos. También el silencio es una manera de tener la razón. A Jesús lo acusaban, pero Él callaba.

¿Que te sientes débil en el dolor? ¿Qué quieres, ocultar tu debilidad? ¡Pobre Cristo! Él siente tristeza, angustia, miedo y tedio. No, no es ningún Supermán, es sencillamente humano.

El miedo a las dificultades, a sufrir, no es nunca razón para echarse atrás en el camino. "Padre, que no se haga mi voluntad sino lo que Tú quieres." La debilidad es tan sólo dificultad que hay que vencer.
Débil no es aquel que cae, sino aquel que no reconoce su caída o renuncia a levantarse.

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XXII Domingo del T.O. (Mt 16, 21- 27) - Ciclo A: No, nuestros caminos no son los tuyos


Publicado por De Todos los Días

Hace muy poco leíamos la contundente confesión de Pedro: -Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo-.
Sin embargo, con la Pasión como horizonte cercano, esta confesión no es suficiente, no basta, parece que es preciso atreverse a más, y entonces se desata un conflicto borrascoso.
Es que Pedro -portavoz de los discípulos- sigue aferrado a un Cristo glorioso, un Mesías del poder y la victoria, un Cristo en donde los discípulos cómodamente disfruten las mieles de su Maestro vencedor.
Sin embargo, no son los caminos de Jesús de Nazareth, y es menester volver a ponernos tras sus pasos, con la cruz al hombro.

A menudo afirmamos -con razones convincentes- que cargar la cruz es asumir nuestras miserias, y sostenernos en la confianza de que habrá un mañana mejor, que Dios no nos dá maderos más pesados de lo que nuestros hombros soportan.
Pero no es suficiente, y es una espiritualidad que arrastra ciertos preconceptos que son ajenos al Reino: subyace en este criterio, entendido como excluyente, la idea de la cruz como requisito necesario para los discípulos. Y suponer esto es la negación fervorosa de Abbá Padre de Jesús y Padre nuestro pues ¿qué Padre desea el dolor y el sufrimiento sus hijas e hijos?.

Por ello son tan duras las palabras del Maestro, y por ello la cruz es antes bien consecuencia de vivir la Buena Noticia...

La cruz es consecuencia de sentar a tu mesa a los despreciados, a los que nadie en su sano juicio invitaría, de aceptar como hermanos tuyos a los marginales, de no resignarse a la injusticia, al hambre, a la miseria, de reivindicar al poder como servicio, de no silenciarse frente a todo autoritarismo ni tolerar cualquier indicio de corrupción, de atreverse al escándalo increíble de la comunión desde la fraternidad, de no someterse a la falsa calma de la comodidad y la prosperidad, es tener el valor de igualarse a los condenados a muerte, a los maldecidos.

Y nos agrada, nos gusta mucho la actitud de Pedro: ansiamos un Jesús que acate nuestros deseos, un Dios manipulable que obedezca nuestros criterios.

No, Señor, nuestros caminos no son los tuyos, en algún punto de la huella nos hemos extraviado y estamos a la cabeza de una multitud con un derrotero oscuro.

Hemos de volver, y si queremos recobrar el rumbo santo, tenemos que ir detrás tuyo con la cruz al hombro, asumida desde la libertad y el amor

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XXII Domingo del T.O. (Mt 16, 21- 27) - Ciclo A: LAS COSAS DE DIOS



1.- Con una excelente sincronización de contenidos las lecturas de este 22 Domingo del Tiempo Ordinario reflejan de manera magistral un problema ahora más frecuente que nunca entre el Pueblo de Dios. Y es que tenemos que dejar a Dios que sea Dios y que las cosas de Dios no sean, obligatoriamente, “cosas de los hombres”. En estos tiempos, queremos que Dios sea de derechas, de izquierdas, justiciero, enemigo de nuestros enemigos y que sus designios coincidan con los nuestros si un ápice de desviación.

Desde luego, Dios hará lo que tenga que hacer sin que nuestras posiciones le coarten, como no podía ser de otra forma. Esperará nuestras oraciones y súplicas pero, luego, al fin, con su infinita sacudiría actuará en consecuencia. El problema, claro está, no es de Él, es nuestro. Y llega a ser muy grave cuando intentamos domesticar o suplantar a Dios, en función de nuestras actividades humanas. Y así querremos que haya un Dios español, o francés, o nacionalista, o comunista o, incluso, ilusoriamente cercano a situaciones de pecado que el jamás podrá aceptar.

Por tanto, el principal mensaje de las lecturas de hoy se centra en esos dos prismas que aparecen claramente explicados. De un lado, la realidad divina no siempre fácilmente comprensible. De otro, la lógica “pequeña” de Jeremías y de Pedro.

2.- Y como siempre, en términos humanos, pero muy cercanos a Dios se explica Pablo de Tarso en su carta a los fieles de Roma. Les pide –nos pide a nosotros con enorme sentido de la actualidad— que no se ajusten a las cosas de este mundo, sino que se busque, mediante el ejercicio sereno del discernimiento, la voluntad de Dios. Y cuando, airado, Jesús responde a Pedro con dureza, llamándole Satanás, está mostrando el criterio de Dios. Jesús habla como Dios. Pablo aproxima en lenguaje humano la realidad de Dios. Conviene, tal vez, hacer hoy hincapié en el Evangelio de Mateo de la semana pasada, cuando Jesús confiere a Pedro la dignidad máxima posible: ser su sucesor y vicario en la tierra. Pero cuando Pedro vuelve a ser Kefas y se opone a los designios de Dios en la carrera de obediencia salvadora de Jesús, el Señor lo aparta abruptamente de Él, como todos tenemos que hacer con las tentaciones, no ceder ni durante un instante. Y aquí, como decíamos antes, el problema es de Pedro, no de Jesús. El apóstol no ha sabido discernir el camino de Dios que revela Jesús de Nazaret.

Y ese es un problema, o una carencia, muy importante para todos. Hemos de dejar a Dios que actué y, asimismo, hemos de aceptar y reconocer por donde pasan los caminos del Señor, respondiendo rápido y airadamente contra nuestra tentación permanente: querer manipular a Dios y “hacerle de los nuestros”. Y como toda tentación, y su consiguiente caída en forma de pecado, eso solo es un engaño. Dios es Dios. Y nosotros somos nosotros. Solamente su enorme amor y la aceptación de ese amor por parte nuestra, podrá hacer converger nuestra idea con la suya. Meditemos durante esta semana sobre la necesidad que no ser barrera, ni obstáculo a la acción de Dios. ¡Qué así sea!

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Agustín de Hipona: Vivir en el torbellino


Publicado por Entra y Verás

El peligro que corre quien intenta escribir unas líneas acerca de la vida de un santo, cuya biografía es conocida, es caer en el tópico. Sobre Agustín es difícil decir algo que no se haya dicho y escurrir el bulto del tópico es más complicado que entender el De Trinitate a la hora de la siesta mientras las chicharras ponen la música de fondo.

Vivir en el torbellino no es sinónimo de una vida acomodada ni conformista. El ritmo de los acontecimientos no permite que los hombres y mujeres de hoy se duerman en los laureles si quieren seguir tomando en manos el timón de sus vidas y no ser meros habitantes de una realidad que les es tan incómoda como ajena, pues lo suyo es “dejarse llevar”. Puede parecer esto un atrevimiento ahora que termina el mes de agosto y el síndrome post-vacacional planea sobre las cabezas de quienes en breve tendrán que volver al trabajo o a encontrarse con los exámenes de septiembre.

Sin embargo, más de cuatro maestros espirituales pueden acusarnos, con mayor o menor razón, de que ese tipo de vida más que humanizar deshumaniza, que el ir de aquí para allá no favorece ni mucho menos el que el conocimiento de uno mismo vaya creando el poso necesario en la persona. Pero nos guste o no es la vida de hoy. Lo importante no es el “torbellino” de acontecimientos sino, como siempre, nuestra actitud hacia él. Podemos montarnos en el torbellino, ir descubriendo acontecimientos, nuevas realidades o por el contrario, acurrucarnos y taparnos los ojos ante el paso vertiginoso de la vida. ¿Con cuál nos quedamos?

A ejemplo de Agustín deberíamos optar por una mezcla de las dos. Él supo montarse en la vida de hace dieciséis siglos. Él era un auténtico huracán apasionado por conocer, por saber, por encontrar un descanso para la sed más común del género humano: la felicidad. Enérgico y valiente para saber romper los moldes, exprimiendo hasta la última gota todos los acontecimientos para sacar de ellos fruto y así ir forjando su vida. En un momento de su existencia, comienza a ver el transcurso de los acontecimientos desde otro punto de vista. Ahora había encontrado un punto de apoyo seguro, que dejaba satisfecho parte de su apetito y le abría hacia unos acontecimientos nuevos para él. Todo un mundo por descubrir para un joven jamás cansado de buscar y de aprender. El mismo Agustín no se reconoce a sí mismo al ver su vida desde la altura de la madurez en las Confesiones donde agradece a Dios el don de su vida a la vez que reconoce y pide perdón por sus errores.

La estela que el paso de Agustín dejó ha sido seguida por muchos. Su manera de encarnar el seguimiento de Jesús ha dejado para los hombres y mujeres de hoy un camino transitable que invita a la pasión por la vida, a no esconderse ante el paso de los acontecimientos sean como fueren.

En medio de la prisa, del agobio, de la paz, del descanso, de lo nuevo, de lo de siempre, de lo fácil, de lo complejo, de lo que te altera, de lo que te relaja, de lo que deseas, de lo que te sorprende, si te sirve el ejemplo de Agustín, móntate en el torbellino, aprende de lo que ves, saborea lo que vives, conócete cada día más y no dejes de compartir tu felicidad con aquellos que te rodean.

¡Feliz día de san Agustín!Enlace

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto.
Colegio San Agustín (Valladolid, España)

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sábado 27 de agosto de 2011

XXII Domingo del T.O. (Mt 16, 21- 27) - Ciclo A: Por qué sufrir al seguir a Jesús.





Camino de Jerusalén, Jesús asegura a sus discípulos que va a padecer mucho, le van a prender y ajusticiar. Sus discípulos están siguiéndole, pero se niegan a subir a Jerusalén ante el anuncio y perspectivas de sufrimientos y persecuciones. Jesús les responde: “el que me siga ha de tomar su cruz”.

Seguimos a Jesús cuando continuamos su vida. Nos ha dicho que su vida es: construir el Reino de Dios, proclamar su palabra. Porqué la cruz al asumir su palabra y seguirle.

La palabra que Jesús nos ha dejado es que Dios es Padre de todos los seres humanos, al ser hijos de Dios, llevamos en nosotros su imagen, es el fundamento de nuestra dignidad, todos somos hermanos, hemos de amar como Dios nos ama, hemos de prestar ayuda con una atención preferente, como Jesús lo hacía, a los más débiles, a los que sufren, a quienes más lo necesiten.

Jesús nunca exaltó el sufrimiento. El mensaje de Jesús no pretende deshumanizarnos como se ha entendido a veces, sino llevarnos a la verdadera plenitud humana. Dios quiere nuestra felicidad, la felicidad de todos sus hijos, Dios no puede querer ninguna clase de sufrimiento; Él es amor y sólo puede querer para nosotros lo mejor en todos los aspectos.

Jesús buscó en su vida aliviar los sufrimientos de las gentes, consolarles, hacerles felices y lo hizo con tal radicalidad y verdad, que en la búsqueda de esa felicidad no se detuvo ni siquiera ante su propio sufrimiento, sino que lo asumió por fidelidad al mensaje que el Padre le encomendó por amor a los seres humanos. Lo que Jesús exige a sus seguidores, es que recorran como Él el camino del amor, es decir, el camino del servicio a los demás aunque en ese camino encuentren sufrimientos e incluso la muerte, cada uno asumir su cruz.

Pedro se opone tajantemente a Jesús porque esperaba un Mesías triunfante y las palabras que escucha a Jesús echaban por tierra todas sus pretensiones y las de sus compañeros, que no se ajustaban a lo que Jesús venía realizando durante su misión de dar prioridad al acercamiento y ayuda a los pobres; si quieren seguir siendo discípulos suyos, tendrán también que seguir sus pasos y correr su suerte, olvidar egoísmos, privilegios sociales logrados a costa de privaciones, de sufrimientos de otros, así es como anuncia Jesús: “la necesidad de cargar cada uno con su cruz y entregar la vida”.

Llevar la cruz no es sacrificarse creyendo que Dios quiere nuestro sufrimiento, negarse a si mismo no es una invitación a un ejercicio piadoso. La salvación no consiste en “sacrificios religiosos” con la pretensión de que aplacar a un Dios sádico, no existe tal Dios, Dios no se complace con nuestros sufrimientos.

Cargar con la cruz, la cruz de que habló Jesús tiene una dimensión redentora y solidaria: se trata de la ser fieles a las palabras que Él enunció, es su mandamiento del amor, es superar nuestros egoísmos, superar nuestras ambiciones pequeñas y grandes, que incluye trabajar por la paz y por la liberación de la miseria, de la exclusión social que se imponen en todos los tiempos, así lo decía Jesús “bienaventurados los que sufren persecución por buscar la paz, la justicia”..

Convenzámonos, "llevar la cruz" siguiendo a Jesús no significa añadir y buscar para nuestra vida nuevos sufrimientos, nuevas mortificaciones y nuevas cargas, como si esto nos identificara más con el crucificado. Quien de verdad quiere seguir a Jesús no se pone a buscar sufrimientos, se dispone a seguir el camino de Jesús que es desvivirse por los demás.

Tengamos bien claro, la ascesis cristiana es un buen ejercicio para templar nuestro espíritu y estar siempre dispuestos a superar nuestros egoísmos, para cuando nos resulte molesto, opuesto a nuestros intereses el acudir en ayuda y el olvidarnos de las necesidades perentorias de los demás.

La renuncia y la cruz cristiana llegarán como consecuencia de la experiencia positiva del servicio y de la entrega, de valorar nuestra generosidad por encima de nuestras vanidades y egoísmos y de ver a Jesús que en la cruz nos ama del modo más increíble y nos invita a amar asumiendo el sufrimiento que el amor generoso nos exija.

El amor solidario, doloroso, hace surgir salvación y liberación, es “el fruto del grano de trigo que cae en tierra y muere”. Lo descubrimos en Jesús crucificado: sólo salva, sólo libera el que es capaz de compartir el dolor solidarizándose con el que sufre.

Cada uno habremos de descubrir nuestra cruz. La aplicación de la cruz a nuestra vida habremos de hacerla personalmente cada uno.

Por todo ello, no podemos olvidar a los que, con tanto dolor, sufren hoy en este mundo en crisis junto a nosotros, aquí y más lejos, a los obligados a abandonar su tierra por venir con tantos riesgos un país extraño, a madres embarazadas o con el niño en brazos al que ven morir de hambre, a los cuatro o cinco millones de parados de nuestro país, a los ancianos abandonados, olvidados....

Jesús sigue su camino, sube a Jerusalén, es plenamente consciente de lo que le espera. Sigámosle así.

Él siempre buscaba el silencio para comunicarse con el Padre, así templa su espíritu para estar dispuesto a asumir la cruz. Así lo decía la víspera de morir en la soledad del huerto: “Padre hágase tu voluntad”.

Si queremos seguir a Jesús llevando nuestra cruz, tendremos como Él, que hacer silencio, pedir a Dios fortaleza, encontrarnos el Espíritu que Jesús nos comunica, que mora en nosotros, decía San Pablo, que “es Espíritu de amor, de fuerza, de buen sentido”, que nos ayuda a seguir a Jesús.

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LA HOMILÍA MÁS JOVEN: CONFESIONES


XXII Domingo del T.O. (Mt 16, 21- 27) - Ciclo A:
Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Lo digo con frecuencia, mis queridos jóvenes lectores, en nuestra actualidad, a muchos les resulta más fácil desnudarse corporalmente, que confiar amigablemente su interioridad. O, dicho de otra manera, parece que es más sencillo ir a una playa nudista, que, hecho previamente examen de conciencia, acudir al recibir el sacramento del perdón. Cada vez se exhibe más el cuerpo y se oculta con mayor recato el alma. ¿Será tal vez porque el interior de la persona humana de hoy está vacío? Opino que no, buena prueba de ello son las consultas a sicólogos y siquiatras, que van en aumento.

No hace mucho, un género literario que tenía éxito, era la publicación de las cartas personales a un amigo o a la novia. También los diarios minuciosos, anotados pacientemente y con esmero en una libreta, o las memorias.

Hoy no, hoy triunfan las novelas históricas. Cuentan la vida de otros, interpretándolas a su manera.

2.- Jeremías no es así. El hombre bueno, el gran solitario, el magno profeta, nos cuenta sus más ocultas cuitas. Cuando repasaba el texto suyo que se nos ofrece en la primera lectura de hoy, lamentaba su fragmentación, es demasiado corto. Como posiblemente sabréis, la lectura del Antiguo Testamento en la misa, es un anticipo del texto evangélico. Un telonero, se diría en otro campo. Me gustaría que cuando dispongáis de un poco de tiempo, lo dedicaseis a meditar algunos versículos más del capítulo 20, del mismo libro del profeta.

Lo curioso del caso es que Jeremías que permaneció célibe toda su vida y su experiencia de Dios la cuenta con palabras de enamorado.

3.- Sabréis que, a veces, un chico queda de golpe prendado de una chica y se lanza de cabeza a conquistarla, creyéndose que tiene derecho a conseguir su aceptación, dadas las cualidades que tiene, que nunca cree son pequeñas. Cuando le contesta ella con el chaparrón de un no rotundo, no quiere aceptarlo, se creía con derecho a la victoria. Semejante ocurre con la chica que le da la corazonada de que aquel chico debe ser suyo y recurre a artimañas patológicas, correctas e incorrectas, para conseguir atraparlo, sufriendo derrota, vergüenza y humillación.

4.- El amor sugerido con delicadeza, la seducción, es todo un arte. Jeremías lo sabía. Reflexiona respecto a la experiencia que tiene de Dios y se expresa con sinceridad y claridad, ofreciéndonos sus impresiones. He preguntado algunas veces a enamorados cómo se conocieron, qué recuerdan del inicio de su amor. Generalmente es maravilloso lo que me cuentan. He pedido a personas de confianza cómo viven su Fe, como nació la conciencia de que era Amor de Dios lo que les invadía. Me han contestado con palabras semejantes.

Amor es pasión, es dolor, es gozo. Hay que amar, pero hay que sentirse agradecido de ser amado. Hay que estimar, respetando la idiosincrasia del otro. Amar y ser amado es alegría, pero también se siente dolor, no hay que olvidarlo. Tú me sedujiste, Señor, y yo de me dejé seducir, se expresa así el Profeta.

5.- Hay personas que dicen buscan a Dios, que quieren poseerlo, y no lo encuentran. Luego dicen que no existe. El cruce con Él no puede ser fruto de la altanería de la persona humana, por muy lista, bella o campeona que sea. La condición fundamental es la humildad, si uno cultiva esta virtud, Dios se hace el encontradizo y experimenta entonces que lo tiene a su lado.

¿Qué vendrá después? Enlazo ahora, mis queridos jóvenes lectores, con la lectura tercera de la misa de hoy, con lo que anuncia Jesús de sí mismo a los apóstoles. Querer desviarle del camino proyectado para Él por el Padre, merece la brusca respuesta que le da a Pedro. (Entre nosotros, actualmente, insultos como el de hijo de p… suenan mal, llamar a uno Satanás, seguramente le dejaría indiferente, pero hay que trasladarse a aquellas tierras y aquellos tiempos para aprender lo que expresa Jesús con esta invectiva). Amar implica cierto dolor y no es masoquismo reconocerlo. Pienso ahora en un jubilado: sufre artrosis, se mueve con dificultad, y debe cuidar de su esposa que, prácticamente, no puede hacer nada. Sólo está libre cuando ella tiene sesión de diálisis. Él cocina, lava y friega, la traslada y la viste. Lo hace todo en la casa. No me lo cuenta amargado, su vida continúa siendo una historia de amor.

Y al final de los tiempos, en el examen de reválida, la sola asignatura a la que seremos sometidos será el amor. Los sufrimientos que haya comportado, veremos entonces que son ramos de flores, que embellecen el triunfo eterno.

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XXII Domingo del T.O. (Mt 16, 21- 27) - Ciclo A: LA FE NO ES UN ATAJO



Aquel Pedro que fue inspirado por el mismo Jesús para su profesión de fe “Tú eres el hijo de Dios” hoy es puesto sobre las cuerdas: tú no piensas como Dios, piensas como los hombres.

1.- La fe es gracia y es regalo. Es un privilegio que Dios nos concede. Desde esa luz, que es la fe, podemos alumbrar todo lo que acontece en torno a nosotros e, incluso, nuestras mismas personas.

Como a Pedro, al mundo de hoy, no le seduce demasiado el sufrimiento. Preferimos una fe de bizcocho a una fe probada; una fe de gloria a una fe de calvario; una fe de sentimientos a una fe de conversión, una fe con camino llano más que aquella otra expresada en camino angosto o empedrado duro.

Pensar como Dios, exige optar por lo que el mundo nos oculta. Pensar como los hombres, puede llevarnos a perdernos en unos túneles sin salida, a caer en unos pozos sin fondo.

2.- El camino que Jesús nos propone, no es el de los atajos que el discurso materialista nos vende machaconamente. No es aquel del escaparate del triunfo, sino aquel otro que se fragua en el escenario del servicio. No es el de la apariencia, sino el trabajar sin desmayo allá donde nadie oposita.

Para que brille el sol es necesario que el cielo esté limpio de nubes. Jesús, en el evangelio de este domingo veraniego, nos advierte que para que destelle Dios con toda su magnitud en nosotros, no hemos de ser obstáculo. El sufrimiento y la cruz, o dicho de otra manera, las contrariedades, oposición, zancadillas, sinsabores, incomprensiones, etc., lejos de rehusarlas hemos de aprender a valorarlas y encajarlas desde ese apostar por Jesús de Nazaret en un contexto social donde, a veces, se oyen más las voces de los enemigos de Dios que la labor transformadora de aquellos que creemos en El.

¿A quién le apetece un camino con espinas? Jesús nos lo adelanta. Y los primeros testigos del evangelio (apóstoles y mártires) lo vivieron en propia carne: ser de Cristo implica estar abierto a lo que pueda venir. Incluso dar la vida por El.

Frente al único pensamiento que algunos pretenden imponernos (que puede distar mucho del pensamiento que Dios tiene sobre el mundo) no cabe sino ser fuertes y abrazar la cruz cuando sea necesario.

3.- Los cristianos no podemos hacer como los avestruces; dicen que cuando ven peligro a su alrededor bajan la cabeza y la esconden entre su plumaje. Nuestra fe nos exige opciones y, una de ellas, es precisamente ser fuertes ante nuestras propias realidades. Frente aquello que sabemos que convive con nosotros y que nos acompañará indefinidamente: el sufrimiento o la duda, la ansiedad o el dolor, la contradicción o la cruz.

4.- COGERÉ TU CRUZ, SEÑOR

Pues su madera, bien lo sé, Jesús

es escalera que conduce a la Resurrección.



Cogeré tu cruz, Señor,

pues su altura, es altura de miras

para los que creen en otro mundo

para los que esperan en Dios

para los que, cansándose o desangrándose,

saben compartir y repartir en los demás.



Cogeré tu cruz, Señor,

pues sus clavos, pasan la carne

pero no matan la fe.

Es la fe, quien a la cruz,

le da otro brillo y hasta otro color:

ni es tan cruel ni es definitiva.

Después de la cruz, vendrá la vida.



¡Dame tu cruz, Señor!

Merece la pena arriesgarse por Ti

Merece la pena sembrar en tu campo

Merece le pena sufrir contratiempos

Merece la pena adentrarse en tus caminos

sabiendo que, Tú, los recorriste primero.



¡Cogeré tu cruz, Señor!

Enséñame dónde y cómo

Indícame hacia dónde

Háblame cuando, por su peso,

caiga en el duro asfalto.

Quiero coger tu cruz, Señor,

porque bien lo sé,

hace tiempo que lo aprendí

que ideales como los tuyos

tienen y se pagan por un alto precio

Quiero coger tu cruz, Señor,

porque es preferible

en el horizonte de los montes

ver tu cruz

que el vacío del hombre errante

Amén

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viernes 26 de agosto de 2011

Evangelio Misionero del Día: 27 de Agosto de 2011 - XXI Semana DEL T.O - CICLO A


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 25, 14-30

Jesús dijo a sus discípulos esta parábola:

El Reino de los Cielos es como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos, y uno solo a un tercero, a cada uno según su capacidad; y después partió.
En seguida, el que había recibido cinco talentos fue a negociar con ellos y ganó otros cinco. De la misma manera, el que recibió dos ganó otros dos; pero el que recibió uno solo hizo un pozo y enterró el dinero de su señor.
Después de un largo tiempo, llegó el señor y arregló las cuentas con sus servidores. El que había recibido los cinco talentos se adelantó y le presento otros cinco. «Señor, le dijo, me has confiado cinco talentos: aquí están los otros cinco que he ganado». «Está bien, servidor bueno y fiel, le dijo su señor; ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor».
Llegó luego el que había recibido dos talentos y le dijo: «Señor, me has confiado dos talentos: aquí están los otros dos que he ganado». «Está bien, servidor bueno y fiel; y que respondiste fielmente en lo poco, te encargare de mucho mas: entra a participar del gozo de tu señor».
Llegó luego el que había recibido un solo talento. «Señor, le dijo, sé que eres un hombre exigente: cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido. Por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!» Pero el señor le respondió: «Servidor malo y perezoso, si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido, tendrías que haber colocado el dinero en el banco, y así, a mi regreso, lo hubiera recuperado con intereses. Quítenle el talento para dárselo al que tiene diez, porque a quien tiene, se le dará y tendrá de más, pero http://www.blogger.com/img/blank.gifal que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Echen afuera, a las tinieblas, a este servidor inútil; allí habrá llanto y rechinar de dientes».

Compartiendo la Palabra
Por Ciudad Redonda

Queridos amigos:

Hay riesgos que no se deben correr: la historia de las doncellas que se pierden el banquete y el baile de bodas lo ilustraba ayer mismo. Hay riesgos que se deben correr: el relato de hoy nos invita a esa aventura. No demos, pues, un bandazo; no nos pasemos al extremo contrario a la temeridad: al miedo, a la inseguridad enfermiza, al retraimiento ante cualquier cosa, aun de poca monta.

Hay muchas formas de dejarnos atenazar por los miedos. Ceden a ellos: el párroco que ahoga las iniciativas y no emprende nada para evitar el fracaso; el enamorado que no se declara por temor a que le den calabazas; la pareja que no quiere tener hijos por las complicaciones que pueden ocasionar y por las preocupaciones que sin duda van a ocasionar; el catequista o la profesora que se atrincheran en sus métodos sin explorar otros nuevos; el miembro de la comunidad que se resiste a aceptar cualquier cargo; y tantos otros. Lo triste del caso es que no hace falta que al empleado de la parábola le quiten desde fuera lo que tiene, es él quien se expolia. No cedamos, pues, al miedo, y no dejemos que este, como una mancha de aceite o un virus informático, se extienda a espacios que están limpios e inmunes.

Cuando no es el miedo, puede ser la pereza, la falta de diligencia, la que dé al traste con las cosas y con nuestro proyecto vital. Se escudará en algunas máximas: “todo esfuerzo inútil produce melancolía”; “las mejoras son en realidad espejismos y autoengaños”; “el método ideal para no sufrir desencanto es no hacerse ilusiones”...

Mirados estos y otros asuntos con ojos de fe, el miedo parece revelar también una falta de confianza en Aquel que nos ha dado una vocación y nos ha encomendado un encargo; y la falta de diligencia puede descubrir falta de dilección. La máxima podría ser casi esta: “confía en el Señor y corre buenos riesgos”.

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jueves 25 de agosto de 2011

Evangelio Misionero del Día: 26 de Agosto de 2011 - XXI Semana DEL T.O - CICLO A


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 25, 1-13

Jesús dijo a sus discípulos esta parábola:

El Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes.
Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite, mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también llenaron de aceite sus frascos.
Como el esposo se hacía esperar, les entró sueño a todas y se quedaron dormidas. Pero a medianoche se oyó un grito: «Ya viene el esposo, salgan a su encuentro».
Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas. Las necias dijeron a las prudentes: «¿Podrían damos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?» Pero éstas les respondieron: «No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado».
Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta.
Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: «Señor, señor, ábrenos», pero él respondió: «Les aseguro que no las conozco».
Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora.

Compartiendo la Palabra
Por Ciudad Redonda

Queridos amigos:

No es obligatorio que nos caigan simpáticas las jóvenes que entraron en el banquete, o que consideremos en todo y por todo modélica su conducta. ¡Como que en la parábola de ayer se nos instaba a atender con solicitud a quienes tenemos a nuestro cargo! Hay que repartirles el aceite a sus horas, la ración diaria que necesitan para acompañar al Esposo.

La cuestión es otra. El aviso nos viene de la suerte que corrieron las que se dejaron las alcuzas en casa. ¡Mira que perderse, por un tonto descuido, o por cierta dejadez, una fiesta anhelada con pasión! Hay riesgos que no se deben correr de ningún modo, es insensato exponerse a ellos: lo que está en juego es demasiado importante, quizá vital. (En Derecho se habla de imprudencia temeraria, un delito que tiene su correspondiente sanción; por ejemplo, la conducción temeraria de un coche.)

En nuestra parábola sólo se trata de una cosa: la venida del Señor es cierta y su momento incierto; pero esta incertidumbre “resulta, en el fondo, totalmente indiferente para aquellos que en todo momento hacen la voluntad del Padre” (U. Luz). Es la forma de estar listos y como al acecho de las secretas venidas del Señor; la forma de ser vigías de su aparición y presencia, quizá bajo un inesperado disfraz, en distintos recodos de la historia personal y comunitaria. Así se disipa el temor a que el Esposo pase de largo sin que nos enteremos. Le podemos decir como Teresa de Jesús: “Dulce Esposo y redención, / pues por vuestra me ofrecí, / ¿qué mandáis hacer de mí?”. Esa unión de voluntades es la garante y la guardiana de los encuentros, el aceite que mantiene encendida la lámpara en medio de la noche de este mundo.

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¿Qué? Mucha pobreza, ¿no?


Por Miriam Piqueras*
Publicado por FAST

Ésta es, quizá, la pregunta que más he escuchado desde que regresé de Mozambique después de pasar allí 10 meses. Confieso que mi respuesta, hasta ahora, no era la misma para todos: dependía del grado de interés que mostraran mis interlocutores o, para ser más exacta, del grado de interés que, a mi parecer, tenían los oyentes. Sin embargo, me doy cuenta de que eso no es justo: debo ofrecer la misma respuesta a todos (mi experiencia, al fin y al cabo) y dejar que cada uno forme su opinión sobre el grado de pobreza de la gente con la que he convivido este año.

Es eso lo que voy a hacer, voy a ofrecer una respuesta, a todo el que la quiera, sea quien sea. ¿Quieres conocerla? Puede que mi respuesta baste y te quedes tranquilo: ahora sabes un poco más del mundo y de cómo viven otros. Está bien. O puede que surjan muchas otras preguntas sobre la realidad de la que te hablo, sobre la realidad en la que tú vives, sobre ti mismo y tu relación con el mundo… ¿Aceptas? Allá voy.

El salario mínimo en Mozambique, según tengo entendido, está fijado por el gobierno en 2500 meticais al mes (unos 50 euros). Conocí a gente que cobraba esa cantidad en la ciudad, pero no en el campo. Allí, los sueldos de la gente que conocía iban desde los 600 (12€) a los 1500 mt (30 €). Ese dinero, les sirve para comprar un saco de arroz por 600 mtn, pan, y té para el desayuno, algo de verdura o fruta de vez en cuando en el mercado, jabón para lavar la ropa y “tomar baño” y quizá para comprar un kilo de azúcar con el que “animar” el té. Toda la familia suele depender de un único sueldo (si existe).

Así, no he visto morir a ningún niño o niña de hambre pero sí he visto cómo muchos de ellos y sus familias comían lo mismo día tras día, sin posibilidad de elegir menú, ajustando bien las provisiones para racionar los sacos de maíz, cacahuete y judías que habían conseguido recolectar en sus “machambas” (huertas) tras la época de lluvias.

He visto pasar frente a la casa de las hermanas a muchas mujeres y niñas con “baldes” en sus cabezas, en busca de agua para cocinar y limpiarse y he compartido con ellas cómo día a día aumentaba la preocupación por la falta de lluvia. Los kilómetros que debían recorrer para encontrar agua también aumentaban por cada día sin llover.

Todas las personas que conocí tenían un techo bajo el que dormir. Algunos de ellos, eran los propietarios del mismo. Otros, eran sus hijos e hijas, parejas, madres, padres, hijastros, hijastras, sobrinos, sobrinas, primos, primas… Dos habitaciones, no mayores que una cama de matrimonio, bien podían albergar el sueño de diez personas. Cada vez era más frecuente tener la posibilidad de hacerse con un colchón, pero lo más común era que durmieran en camas tradicionales de cuerdas (las mismas que servían como asiento de las visitas en el “quintal”) o en esteras de palma extendidas sobre el suelo.

Aquellos que no tenían casa, tarde o temprano encontraban a alguien que les dejaba dormir en la suya, a cambio de colaborar en las labores del hogar o en el cuidado de los niños de la familia. Aunque esto era una solución temporal que les obligaba a cambiar de hogar muy a menudo (con la consiguiente preocupación por buscar dónde dormir).

A veces, también, eran las familias quienes buscaban a sus hijos e hijas otras casas en las que vivir como criados.

Hablando de educación, la media de alumnos por aula era de 50 y en el curso inicial de primaria, podían convivir alumnos desde 5 a 14 años. Todos ellos, en educación primaria, tenían acceso a los libros de texto de forma gratuita, pero rara vez esos libros conseguían llegar al final del año en buenas condiciones: en parte, por el descuido de sus dueños; en parte, por falta de una buena “pasta” en la que trasportarlos; en parte, porque eran alimento de los ratones en sus casas.

Las escuelas que conocí tienen sólidas paredes, aunque por el tejado fácilmente se cuela el agua en la época de lluvias (al inicio de curso) y no tienen ventanas. Las páginas se pasan solas, los lápices ruedan por las mesas y los papeles vuelan en los días de viento…

En una ocasión (y me consta que no fue la primera vez), tuvieron que hacer un examen oficial a la sombra de una “mangueira” (un árbol) por falta de aulas.

En cuanto a salud, decirte que el lugar en el que pasé la mayor parte del tiempo disponía de un hospital recién construido y con un equipo médico muy competente (según la opinión de la doctora de una ONG suiza que colaboraba con ellos). Diariamente eran atendidas allí miles de personas, de todo el distrito. El diagnóstico más común: “no tienen sangre” (esto creo que me dará para otro artículo). Para recuperarse, en los casos de “sin sangre” más graves o para las operaciones, era necesario que un familiar donara dos litros de sangre al hospital o bien que desembolsaran el dinero para comprar la sangre necesaria para la intervención (no sé a cuánto estaba el litro).

Hasta hace un año, la electricidad no llegó a la zona. Ahora, poco a poco, va llegando a las casas, llevando la luz y también la radio, la televisión, aparatos de música y la posibilidad de cargar los móviles. Es cierto, sí, hay personas capaces de privarse de algunas comidas para conseguir comprar algún aparato. También te cuento que es normal tener un móvil, pero también es frecuente es no tener nada de crédito en él.

Como ves, traté de hablar sólo de aspectos económicos y sociales. Podría seguir contándote muchas más cosas, pero creo que es suficiente para que, ahora, emitas tu propio juicio y, o bien te quedes ahí, con tu opinión y tus conocimientos, o bien continúes.

Por mi parte, estoy abierta a ayudarte en lo posible a responder a esas nuevas inquietudes que pudieran surgir, aunque lo que deseo, de verdad, es que junt@s construyamos nuevas preguntas y, también junt@s, demos respuestas. Uno sólo no puede cambiar el mundo, pero tal vez unos cuantos…

(Fuente: blog “Huellas”, de la ONGD Madreselva)

* Miriam Piqueras es maestra de Educación Infantil en Lugo, y ha sido voluntaria en Mozambique

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miércoles 24 de agosto de 2011

Evangelio Misionero del Día: 25 de Agosto de 2011 - XXI Semana DEL T.O - CICLO A


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 24, 42-51

Jesús habló diciendo:

Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor. Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, velaría y no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada.
¿Cuál es, entonces, el servidor fiel y previsor, a quien el Señor ha puesto al frente de su personal, para distribuir el alimento en el momento oportuno? Feliz aquel servidor a quien su señor, al llegar, encuentre ocupado en este trabajo. Les aseguro que lo hará administrador de todos sus bienes. Pero si es un mal servidor que piensa: "Mi señor tardará”, y se dedica a golpear a sus compañeros, a comer y a beber con los borrachos, su señor llegará el día y la hora menos pensada, y lo castigará. Entonces él correrá la misma suerte que los hipócritas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.

Compartiendo la Palabra
Por Ciudad Redonda

Queridos amigos:

Los textos de hoy, pertenecen al quinto y último gran discurso del evangelio de Mateo: es el discurso escatológico, completado con distintas recomendaciones que llaman a la vigilancia.

Decía Theodor Adorno «los hombres de nuestro tiempo son capaces de todo, incluso del amor, pero no de la fidelidad». Parece que acertaba. Uno de los personajes de la novela y la película “El Diario de Brigitte Jones”, de Helen Fielding, venía a decir lo mismo: vivimos “en la cultura de los tres minutos”, y lo refería a la crisis de las relaciones amorosas de larga duración. Años antes que Fielding, el dibujante Romeu presentaba una tira de viñetas alusivas al nomadismo religioso de los jóvenes: abandonaban su tradición católica, se dejaban atraer por el budismo, luego se asomaban a cultos sincretistas y así mariposeaban de religión en religión, sin “atarse” a ninguna.

El evangelista lanza un aviso a los dirigentes de las comunidades cristianas y a todos en general: nos llama a la fidelidad al Señor plasmada en la constancia en un servicio solícito. La erosión del tiempo, la aparición de problemas, la indiferencia de muchos, la oposición de otros, la sensación de que no se avanza ni se mejora y, en fin, las tensiones en el seno del grupo ponen a prueba la solidez de nuestras adhesiones y la tenacidad en el cumplimiento de nuestros compromisos. ¿Salimos airosos de estas pruebas?

La Madre Teresa de Calcuta decía lo siguiente: “Lo que a nosotros se nos pide no es éxito, sino fidelidad. Si en esa fidelidad nos tenemos que desvivir, habremos aprendido la verdadera sabiduría de la vida”. ¡Ojalá podamos decir: “soy fiel, luego existo”!

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martes 23 de agosto de 2011

Evangelio Misionero del Día: 24 de Agosto de 2011 - XXI Semana DEL T.O - CICLO A


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 1, 45-51

En aquel tiempo:

Felipe encontró a Natanael y le dijo: «Hemos hallado a aquel de quien se habla en la Ley de Moisés y en los Profetas. Es Jesús, el hijo de José de Nazaret».
Natanael le preguntó: «¿Acaso puede salir algo bueno de Nazaret?»
«Ven y verás», le dijo Felipe.
Al ver llegar a Natanael, Jesús dijo: «Éste es un verdadero israelita, un hombre sin doblez».
«¿De dónde me conoces?», le preguntó Natanael.
Jesús le respondió: «Yo te vi antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera».
Natanael le respondió: «Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel».
Jesús continuó: «Porque te dije: "Te vi debajo de la higuera", crees. Verás cosas más grandes todavía».
Y agregó: «Os aseguro que veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».

Compartiendo la Palabra
Por Ciudad Redonda

Queridos amigos:

¿Pero qué fascinación tenía su palabra? ¿Qué fuerza se asomaba a su mirada? El encuentro con Jesucristo cambia, de arriba abajo, a las personas. Llega Natanael Bartolomé, y se produce el cambio. De una actitud insolente, casi agresiva: "¿De Nazaret puede salir algo bueno?", a una rendida confesión de fe: "Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel". Lo atestigua la historia: Zaqueo, de usurero a amigo de Jesús; la Samaritana, de mujer frívola a pregonera evangélica; el centurión romano, de pagano a confesar: "Verdaderamente este era Hijo de Dios". Y tantos nombres: Agustín, Javier, García Morente...

Todo brotó de un testimonio, de la mediación de Felipe: "Ven, y verás". El apóstol Bartolomé, plasmado en esta perícopa, ilumina nuestro vivir.

Es el apóstol apenas conocido; por no saber, hasta dudamos de su nombre; y, sin embargo, forma parte de la roca y cimiento de la Iglesia. Los protagonismos, los triunfalismos, la espectacularidad -¡que sí, que se dan entre nosotros!- no dicen con el Evangelio. Por otra parte, Jesús mismo hace el elogio de Bartolomé: "Un israelita de verdad en el que no ha engaño". ¿No creéis que, en nuestro camino, nos encontramos con gentes que se creen poseedoras exclusivas de la verdad ? Es más difícil ser buscadores de la verdad, y estar dispuestos a ser fieles a la misma, incluso hasta sentir el desprecio y abandono de muchos. Todo, para ser apóstol, misionero. Los apóstoles lo oyeron de labios de Jesús: Id y predicad, bautizad y perdonad, curad y sanad. La misión primera de la Iglesia es evangelizar (EN).

Los apóstoles acabaron su vida en el martirio. Fueron testigos de verdad. Fieles hasta la muerte. La tradición dice que a San Bartolomé le martirizaron quitándole la piel. En todo caso, aquí sí que se cumple la expresión popular y deportiva: "Hay que dejarse la piel en el campo".

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WebJCP | Abril 2007