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sábado, 30 de abril de 2011

Evangelio Misionero del Día: 01 de Mayo de 2011 - DOMINGO SEGUNDO DE PASCUA - DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA


Que el aliento de tu Espíritu nos alegre y nos eleve

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 20, 19-31

Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes!
Como el Padre me envió a mí,
Yo también los envío a ustedes».

Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió:
«Reciban el Espíritu Santo.
Los pecados serán perdonados
a los que ustedes se los perdonen,
y serán retenidos
a los que ustedes se los retengan».

Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: «¡Hemos visto al Señor!»
Él les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré».
Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe».
Tomás respondió: «¡Señor mío y Dios mío!»
Jesús le dijo:
«Ahora crees, porque me has visto.
¡Felices los que creen sin haber visto!»

Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.

Compartiendo la Palabra
Por Santiago Agrelo ofm

Tu hermano, tu propia carne, el cuerpo de Cristo:

“Como niños recién nacidos ansiad la leche espiritual, no adulterada, para que con ella vayáis progresando en la salvación, ya que habéis gustado qué bueno es el Señor”.

Para hablar de vuestra fe, elegidos de Dios, me quedo con esa imagen del niño recién nacido, que no ha frecuentado más escuela que el seno materno, y que no tiene otros conocimientos que no sean los interiorizados a través de la vida en su madre, memorias que siempre serán un secreto guardado en lo más íntimo del propio ser, nada de lo que poder presumir, y nada que poder ofrecer a cambio de lo que se recibe si no es la propia necesidad.

“Como niños”: pues eso somos, “nacidos de Dios”, nacidos de la gracia, nacidos del amor. “Nacidos”, digo, donde podía decir “resucitados” o “renacidos” o, si prefieres, “agraciados”, justificados, santificados. “Vosotros sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las proezas del que os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable”.

“Como niños ansiad la leche espiritual”: ansiad la palabra de Dios, alimentaos del Evangelio, acercaos a Cristo, “piedra viva rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa para Dios”. Sólo si escuchas esa palabra renacerás; sólo si te alimentas de esa buena noticia crecerás; sólo ti te acercas a esa piedra viva entrarás con ella en la construcción del templo santo de Dios.

“Como niños ansiad la leche espiritual”: ansiad a Cristo Jesús, buscadle, amadle, comulgad con él, “ya que habéis gustado qué bueno es el Señor”.

Anunciad, elegidos de Dios, anunciad sus maravillas, pues hemos resucitado con Cristo, nos ilumina su luz, nos llena de alegría su presencia. Hoy escuchamos su palabra, hoy nos envuelve la paz de su saludo, hoy recibimos de él el Espíritu Santo, y, comulgando con él, comulgamos con su vida y con su gloria.

Si, unidos a Cristo por la fe, habéis muerto y resucitado con él, uníos también a su canto de alabanza: “Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.

Si, unidos a Cristo por la fe, habéis muerto y resucitado con él, manteneos siempre unidos entre vosotros: uno es el cuerpo al que pertenecemos, una la fe que tenemos, uno el bautismo en el que fuimos regenerados, uno el Padre del que somos hijos adoptivos, uno el Espíritu de Dios que nos anima.

Que tus ojos aprendan a ver en el hermano, no sólo tu propia carne, sino el cuerpo de Cristo.

Feliz domingo, hermano mío.

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II Domingo de Pascua (Jn 20,19-31) - Ciclo A: Liturgia, Reflexiones, Exégesis y Oración


Trae tu mano…

Tomás, nuestro alter ego, cuántos de nosotros somos Tomás. Cuántos necesitamos pruebas, signos, evidencias,… cuántos no queremos abrirnos a la sencillez de creer en un Dios vivo entre nosotros. ¡Cómo puede ser que Dios esté vivo!
Por coincidencias de la vida, Tomás, el mellizo, no estaba la primera vez que Jesús se aparece a los discípulos, y no quiere creer lo que sus ojos niegan, lo que sus oídos no escucharon, no puede creer lo que sus amigos le decían: «Hemos visto al Señor. Será posible que veáis visiones a estas alturas de la película, no hemos sufrido ya bastante... A ese que llamáis Señor le hemos visto todos clavado en un madero, ese que traía la salvación del mundo, en el que yo tanto creía, ha acabado de la peor de las formas posibles, ajusticiado por el poder romano y religioso judío, siendo motivo de risa y escarnio para los judíos y para los soldados romanos,… Cómo duele el corazón, cómo me duele haber visto a Jesús, ahí sangrando, desfigurado, crucificado, cómo duele este vacío y esta decepción…Señor, tú que parecías el Mesías…, y tuvimos que ser testigos de tu inmolación, todavía conservo en la retina esos clavos que se clavaban en tus brazos y piernas, que a la par se iban introduciéndose en mis entrañas un poco más a cada martillazo que rompía tu cuerpo y te resquebrajaba vivo, todavía puedo oír los sonidos del dolor: el martilleo de los clavos, las risas y juegos de los romanos repartiéndose tus ropas, los sollozos de las mujeres,… todavía siento que puedo verte ahí, pidiendo agua, recibiendo vinagre, todavía me asusto al descubrir una lanza dirigiéndose a tu costado, todavía lloro, Jesús…¿dónde estás? No, no voy a creerme cualquier cosa, no estoy dispuesto a participar de esta ensoñación colectiva, yo no, ya no.
Ocho días más tarde, se produce de nuevo el encuentro. Jesús vuelve para confirmarles que era Él, que ha resucitado. Y se dirige a su amigo Tomás, va directo «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente querido Tomás», imagino que Jesús acarició la cara de Tomás: cree amigo, cree, que si crees todo ese dolor no fue en vano. Tomás, toca mis heridas si es lo que necesitas, sé que son compartidas, trae tu dedo y también tus manos, y hurga en ellas, mételas en mi costado… si necesitabas sentirlas, palparlas, aquí las tienes. Estas mis heridas, son las tuyas, las de cada uno de mis discípulos, las de tantos y tantos hombres y mujeres, estas son las heridas abiertas de un mundo sufriente, de todos los que lloran.
Tomás el incrédulo había puesto una excusa para no creer, una condición imposible, una locura increíble: tocar las heridas de Dios. Y Jesús se atiene a ella con ternura: Trae tu mano Tomás, ¡cómo no te voy a dejarte manosear mis heridas! Dame tu mano y déjate guiar por la mía, ¡qué locura la de Dios que guía la mano del hombre hasta ellas, por si en el último momento nos diera “cosa” la experiencia fuerte de tocarle las entrañas! Guiado por mis manos agujereadas, pasa con ternura tus dedos sobre el borde de la herida en mi pecho. No temas, amigo, yo te guío. Ese es Jesús, está dispuesto a dejarse tocar por nosotros, a que le toquemos las entrañas. Si dejo llevar mi mano hacia ellas, me dejaré tocar las mías, y esa experiencia sanadora será transformadora.
Y qué puede decir Tomás ante esta experiencia: Tú que te dejas tocar tus heridas, que siendo Dios accedes a la descabellada pretensión de dejarte tocar el costado. Tú que me guías la mano hacia ti, ¿Cómo no creer? aunque tenga tantas resistencias internas para creerte, no puedo dejar de saber que Vives, no puedo no reconocerte como Dios, pues nadie más que Dios me hubiera dicho trae la mano, tócame y cree Tomás, cree, cuántas veces te lo tendré que seguir repitiendo.
Ante esa experiencia, Tomás, indefenso, desbancadas todas sus barreras racionales, rotas todas sus protecciones, ya no puede ocultar sus heridas, su decepción, su dolor, ya no quiere aferrarse a su incredulidad. Tomás no puede más que decir: «¡Señor mío y Dios mío!»

ELENA GASCÓN
elena@dabar.net




DIOS HABLA

HECHOS DE LOS APOSTOLES 2,42 47
Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida en común, en la fracción del pan y en las oraciones. Todo el mundo estaba impresionado por los muchos prodigios y signos que los apóstoles hacían en Jerusalén. Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. A diario acudían al templo todos unidos, celebraban la fracción del pan en las casas y comían juntos, alabando a Dios con alegría y de todo corazón; eran bien vistos de todo el pueblo, y día tras día el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando.

I PEDRO 1,3 9
Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo. La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final. Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco, en pruebas diversas: así la comprobación de vuestra fe -de más precio que el oro, que, aunque perecedero, lo aquilatan a fuego- llegará a ser alabanza y gloria y honor cuando se manifieste Jesucristo. No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación.

JUAN 20,19 31
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto». Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.



EXEGESIS

PRIMERA LECTURA

Lucas habla en los primeros capítulos de Hechos de la vida de la primera comunidad. Pero no hace una crónica histórica, sino otra cosa.

Estos versículos son uno de los sumarios frecuentes tanto en el Tercer Evangelio como en Hechos. Es un género literario bien conocido.

El texto, en su aparente sencillez puede inducir a error. Ello ocurre cuando se toma como una narración de las circunstancias concretas de la vida de los primeros cristianos. Y eso es una equivocación. El autor de Hechos no está contándonos aquí la historia de esos primeros tiempos sino hace una idealización, por lo cual no se ha de tomar al pie de la letra y deprimirse pensando que, de aquellos tiempos a los actuales, sólo hemos decaído. No. La comunidad de Jerusalén tenía parecidos rasgos a las siguientes (cfr. Hc 5,1-1l, sobre todo el v. 4; 6,1 y ss), etc.

El sentido principal del texto es claro que toda comunidad cristiana ha de vivir como se dice en esas líneas: fraternidad, vida de oración, unión, comunidad de bienes, ayuda mutua... Esto sigue siendo igualmente válido lo hicieran o no nuestros predecesores. La visión histórica del mensaje puede producir los mencionados efectos depresivos e impedir que seamos creativos para imaginar las formas actuales que hagan posible vivir hoy lo que siempre ha de vivirse.

FEDERICO PASTOR
federico@dabar.net


SEGUNDA LECTURA

Este escrito es globalmente una exhortación a cristianos que viven entre persecuciones y dificultades y que contiene abundantes alusiones a teología bautismal. El tono es exhortativo.

El autor no es Pedro, sino se trata de una pseudonimia corriente en el NT.

Comienza con una doxología que recuerda el hecho fundamental de la Resurrección, la cual ha producido entre quienes la acepta una vida nueva y una total transformación.

El cristiano vive en esta situación fundamental y ha de ser consciente de ella, aun cuando las circunstancias externas no sean favorables. Más aún, en esos momentos le resultará más necesario concienciar su real ser conseguido en y por Jesucristo. Las pruebas externas servirán para aquilatar su fe. Aquilatarla no tanto ante Dios, que ya lo conoce bien, sino ante uno mismo, la comunidad y los de fuera. Le harán consciente de los posibles fallos y también de los logros en esa vida, provenientes del Señor, de su fuerza activa en nosotros que nos fiamos de Él.

Ciertamente el protagonista es Jesucristo. Persona con la que tenemos contacto no sensible, sino a través de la fe. Los destinatarios de la carta no eran contemporáneos del Señor, sino se parecen a nosotros. Pero de ellos valen los bellos versículos 8 y 9.

Lo que aquí se dice no sirve sólo para cristianos en la privilegiada situación de las primeras generaciones, sino para todos. Lo que era válido para ellos lo sigue siendo para nosotros.


FEDERICO PASTOR
federico@dabar.net

EVANGELIO

1. Aclaraciones al texto
V.19 Día primero de la semana: domingo, día del Señor resucitado.
V.20 Los judíos. No es sinónimo de pueblo judío. La expresión no tiene connotación étnica sino religiosa: judíos que no aceptaban que Jesús fuera el Mesías y el Hijo de Dios. A los judíos se contraponen los discípulos, judíos que reconocían en Jesús al Mesías y al Hijo de Dios.
V.21 Paz a vosotros. Es más que un simple saludo. La paz de Jesús no es la ausencia de guerra, ni el final de una tensión psicológica, ni una sensación de bienestar; es fuerza salvadora, que da entereza al discípulo y lo libera del miedo a las amenazas por su condición de discípulo.

2. Texto
Jesús resucitado en medio de sus discípulos: el mismo Jesús que había sido crucificado y que había muerto.
Jesús está entre sus discípulos para hacerles tomar conciencia de la función que van a tener a partir de ahora: enviados suyos, al igual que él lo ha sido del Padre; enviados con la misma capacidad de perdón que él ha tenido.
Jesús resucitado en medio de sus discípulos para hacerles saber que también pueden creer en él quienes no hayan convivido con él: Dichosos los que crean sin haberme visto.
El autor del cuarto evangelio es consciente de esta posibilidad y por ello mismo ha escrito su evangelio. El final del texto de hoy es la dedicatoria del autor a cuantos creemos en Jesús sin haber convivido con él, sin haberlo visto.

3.Comprensión actualizante
Creemos fundamentados sólidamente en quienes convivieron con Jesús. Sólo ellos podían garantizar que el Jesús resucitado era el mismo Jesús con el que habían convivido y al que habían visto morir.
Ser cristiano es descubrir en Jesús al Hijo de Dios y creer en Él. Ello genera una actitud existencial sin los miedos s radicales humanos; una manera de ser y de vivir distinta; una fuerza vital desbordante. Ser cristiano es una dicha y una inmensa alegría.
Ser cristiano implica mantener viva y operante la presencia de Jesús y del Padre, su gracia, su perdón. Ser cristiano, en definitiva, es ser otro Cristo.

ALBERTO BENITO
alberto@dabar.net


NOTAS PARA LA HOMILIA
RECONOCIENDO AL RESUCITADO AL “COMPARTIR” SU VIDA

Renacidos a una esperanza viva
En este segundo domingo de Pascua, llamado de la Divina Misericordia, somos invitados a la cercanía de Dios mediante la presencia de su Hijo, que vive para siempre.
Sabemos que uno empieza a ser cristiano no por una teoría, o unas palabras vacías, o un conjunto de normas. No. El encuentro con una persona, Jesucristo, es el inicio de esta apasionante aventura de ser seguidor de Jesucristo, muerto y resucitado, que pasó haciendo el bien.
Descubrimos en Él, que la misericordia de Dios no es una farsa, o una burla al hombre, todo lo contrario. En Cristo se nos ha mostrado no sólo qué pasos hay que dar, sino también hacia dónde nos conducen esos pasos, es decir la meta de nuestro itinerario de fe en Jesús. Dios Padre nos ha mostrado la esperanza viva a la que hemos renacido por medio de la resurrección de Cristo. Una esperanza de la que participamos por el bautismo y la fe en Cristo, ya aquí en este mundo, pero una esperanza que sólo al final de nuestros días, en la presencia definitiva de nuestro Padre Dios, podremos disfrutar en toda su amplitud, sin recortes ni sobresaltos.

Un encuentro que transforma toda la vida
Al Dios que nos habla en Jesucristo, le respondemos por la fe. Creemos en Jesús. Queremos que esa fe en su persona impregne y oriente los diversos ámbitos y dimensiones de nuestra propia vida. Que nada en nosotros quede al margen de este encuentro, de esta relación con el resucitado. Creer en Él es sinónimo de tener vida. Ojala que no nos conformemos con una vida mediocre, anodina, sin color ni calor. Jesucristo es la respuesta a nuestros anhelos de vida plena y real.
El encuentro de Jesús con sus discípulos vemos como provoca la paz, el perdón, la alegría, el envío del Espíritu Santo. La presencia del resucitado hace posible esto y mucho más: la unidad, la caridad, el testimonio de la propia vida…

Comunidades cristianas que favorecen el encuentro con Jesucristo
Somos invitados a ese encuentro con Jesús. Encuentro personal sí, pero también comunitario. Es en el grupo de los que creen en Jesús, donde es posible ese encuentro con él, a través de la Palabra, la Caridad, la celebración de la Fe, la Oración, la comunión de vida. Un encuentro que ensancha nuestras posibilidades vitales, nuestros horizontes necesitados de sentido.
Hagamos de nuestras comunidades cristianas, parroquiales, diocesanas un ámbito propicio de encuentro fundante con el Resucitado. La relación estrecha y permanente con Él es el motor y la brújula de nuestra andadura como discípulos y testigos de Jesucristo, en este tiempo, en el aquí y ahora.
Para actuar en nombre de Jesús ya sea a través de la Caridad, o de la celebración de los Sacramentos, o del anuncio de la Palabra, o de la unidad entre nosotros, es necesario que estemos con él. Actuar en nombre de Jesús, pero sin olvidarlo a Él. Estar con Él, unidos a Él para actuar como Él, desde Él.
No pongamos obstáculos a la acción de Dios en nosotros. Hoy en este día, en el que en Roma, es beatificado el Papa Juan Pablo II, podemos recordar muchas de sus palabras, pero que mejor que traer a nuestra memoria la invitación que hizo a todos a contar con Cristo, siempre, sin temor alguno: “¡No tengáis miedo! ¡Abrid, y aun de par en par, las puertas a Cristo!” (Homilía del Papa Juan Pablo II en el comienzo de su Pontificado, 22 de octubre de 1978). Dejemos vía libre a la acción del Espíritu de Jesucristo en nosotros. Que Él haga de nosotros, de nuestras comunidades, unos testigos convencidos y gozosos, que se mueven confiados en un amor que no tiene fin, y que se nos ha mostrado en Jesucristo.

Hablar de Cristo al hombre real y concreto
En ocasiones pueden asaltarnos las dudas como a Tomás, o a veces tendemos a idealizar tanto la vida comunitaria y eclesial, como las mismas características de la sociedad y la cultura en la que vivimos. El encuentro con el resucitado nos ayuda a despejar las dudas, desde la confianza en Él. Y además purifica nuestra mirada para que seamos sinceros y realistas en nuestros análisis y valoraciones, y podamos por un lado, definir cómo es la persona a la que hoy debemos anunciarle a Cristo, y por otro, como hacer este anuncio para que esa persona descubra en toda su riqueza a Cristo, que llama al hombre a una existencia plena, a través de la relación de fe con Él.

Sigamos celebrando la Eucaristía. Damos gracias al Señor porque es eterna su misericordia. Que la participación en la mesa pascual fortalezca nuestra fe en Jesús, y nos lleve a continuar su misión en esta sociedad.

JESÚS GRACIA LOSILLA
jesus@dabar.net



PARA CONSIDERAR Y REFLEXIONAR EN GRUPOS

Dichosos los que crean sin haber visto
(Jn 20, 29b)

Preguntas y cuestiones

-La afirmación de Jesús puede sorprender. Deseamos ver, comprender, conocer… sin embargo, Jesús nos pide que nos fiemos de Él independientemente de nuestras ideas. El seguimiento de Jesús no configura una ideología. ¿Cómo seguimos a Jesús, desde el corazón o desde la cabeza?
-Juan añade una nueva Bienaventuranza a las tradicionales y la conclusión de ésta es que los que crean así tendrán vida eterna. La fe se tiene que basar en la confianza interpersonal, esa misma que nos hace abrir nuestro corazón a los amigos. Como la relación con nuestros amigos, la fe en Jesús se purificará con el tiempo.


PARA LA ORACION

Dios misericordioso, tú has resucitado de entre los muertos a tu Hijo muy amado, Jesucristo. Infunde en nosotros la fuerza del Espíritu, para que permanezcamos unidos en el amor, y estemos dispuestos a ser evangelio tuyo en medio de las personas que pones a nuestro lado a cada momento.
---------------------------------------
Sentados a tu mesa, Señor, ponemos ante ti, nuestras dudas y certezas, nuestras idas y venidas de tu lado, nuestros gozos y sinsabores, nuestros trabajos y decepciones. Renueva en nosotros, con la fuerza de tu Espíritu, nuestra fe en ti. Danos siempre tu Cuerpo y Sangre Señor, hasta que un día podamos contemplarte cara a cara por siempre. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.
----------------------------
Te damos gracias, Padre, Dios misericordioso, porque en tu Hijo Jesucristo,
nos has mostrado la esperanza definitiva a la que tú nos llamas.
Tú has resucitado a Jesús, Señor nuestro, de la muerte,
y por la fe en él, quieres que tengamos vida abundante.
Ayúdanos, Señor, a contemplar nuestras comunidades cristianas con ojos de Pascua, que las huellas de la Pasión y de las muertes diarias no oculten la vida nueva, que tú nos ofreces en Jesucristo, muerto y resucitado para nuestra salvación.
Que las dificultades, sufrimientos, divisiones y desánimos nos lleven a un seguimiento más fiel, a una fe más auténtica, a un testimonio más vivo y gozoso de Jesucristo, vida y esperanza nuestra, dejándonos animar y renovar por tu Santo Espíritu.
Señor, Ilumina nuestro caminar en pos tuyo,
para que ofrezcamos a los hombres y mujeres de este tiempo,
los frutos del encuentro contigo, ya resucitado.
Que experimenten la paz, la unidad y la alegría de vivir desde ti en este mundo hasta que llegue el momento de gozar en tu presencia,
de forma ya plena de la esperanza viva
a la que nos has hecho nacer de nuevo por medio de tu Pascua.
------------------------------------
Gracias, Señor, por alimentarnos con el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, nuestra paz. Te pedimos que nos ayudes para que este Pan de vida que hemos recibido nos empuje a a vivir según tu Palabra, y así podamos ser reconocidos por nuestros hermanos, como hijos tuyos, como discípulos de tu Hijo Jesús, por nuestra vida de fe y caridad, de esperanza y de unidad, de paz y alegría. Por Jesucristo, nuestro Señor.



LA MISA DE HOY

MONICIÓN DE ENTRADA
Bienvenidos a esta eucaristía, a este encuentro con el Señor Jesús, muerto y resucitado, en este domingo del tiempo de Pascua, Domingo de la Divina Misericordia. Dios Padre nos ha mostrado su misericordia hacia nosotros de una forma palpable: a través de su Hijo Jesús.
Queremos participar de esta vida resucitada. Como comunidad de discípulos de Jesús, el Espíritu del Señor nos reúne, para tener vida en Él, y poder dar después razón de nuestra esperanza.
Que en medio de la vida diaria, y en nombre del Señor Jesús, mostremos los frutos de la Pascua: la fe, la unidad, la caridad, el perdón, el gozo y la paz.

SALUDO
Hermanos: Que la misericordia de Dios Padre, la vida nueva de Cristo Resucitado y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros.

ACTO PENITENCIAL
Dios en su gran misericordia nos ha hecho hijos suyos a través de su Hijo Jesucristo. Miramos ahora con serenidad nuestra vida y reconocemos nuestros pecados. Confiando en su amor fiel le pedimos perdón.
- Porque dudamos de tu presencia a nuestro lado. Señor, ten piedad.
- Porque en ocasiones separamos la comunión contigo de la unión con los hermanos y de la caridad. Cristo, ten piedad.
- Porque no testimoniamos la esperanza viva que eres Tú. Señor, ten piedad

MONICIÓN A LA PRIMERA LECTURA
La vida de la primera comunidad cristiana gira en torno a la escucha de la enseñanza de los apóstoles, la vida en común, la caridad, la eucaristía, la oración. Cada uno de estos aspectos de la vida eclesial está animado por el Espíritu de Jesús. Cristo está en el origen de la vida en común, de la vida de fe. Pero también es camino y meta de la vida cristiana: somos llamados a dar testimonio de Jesús, muerto y resucitado.

SALMO RESPONSORIAL (Sal. 117)
Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia. Diga la casa de Aarón: eterna es su misericordia. Digan los fieles del Señor: eterna es su misericordia.
Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.
Empujaban y empujaban para derribarme, pero el Señor me ayudó; el Señor es mi fuerza y mi energía, él es mi salvación. Escuchad: hay cantos de victoria en las tiendas de los justos.
Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.
La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente. Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.
Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia

MONICIÓN A LA SEGUNDA LECTURA
Dios Padre, por medio de la resurrección de Cristo, ha hecho posible que nosotros participemos de esa esperanza viva, de esa vida nueva. Aquí está el fundamento de nuestra fe, y por eso también la razón de la alabanza a Dios, y de nuestro gozo, aun en medio de dificultades. La fe en Jesucristo resucitado se convierte en medio de salvación

MONICIÓN A LA LECTURA EVANGÉLICA
La presencia del Señor resucitado en medio de sus discípulos, fortalece su fe. Su cercanía los llena de alegría, y reciben su paz. Creer en él es tener vida. Serán ellos, sus discípulos, la comunidad eclesial, los continuadores de la misión de Jesús en medio del mundo. Para ello la fuerza del Espíritu Santo les animará y guiará en esta tarea.

ORACIÓN DE LOS FIELES
Dios Padre, en su Hijo Jesucristo, nos llama para ser testigos y discípulos de su Reino. Le presentamos con confianza nuestras suplicas. Diremos: Danos tu Espíritu, Señor.
-Por la Iglesia, para que guiada por la fe en Jesucristo y animada por esta esperanza viva ayude a los hombres y mujeres de nuestro tiempo a participar de la vida nueva que Dios Padre nos ofrece en Cristo resucitado. Oremos.
-Por los que rigen los destinos de los pueblos para que tengan en cuenta en sus programas y acciones el desarrollo integral y los derechos de todos los trabajadores. Oremos.
-Por los que viven agobiados, por aquellos que sufren la violencia en sus distintas manifestaciones, por los que no tienen un trabajo digno, por los que sufren por el olvido de los demás, para que en su vida se muestra la vida nueva de la Pascua de Cristo. Oremos
-Por todos los que estamos participando, en esta Eucaristía, para que no vivamos ajenos a los problemas de los que nos rodean. Para que nuestra fe en Jesús nos empuje a vivir unidos en su nombre y a ser continuadores de su misión. Oremos.
Oración: Padre y Dios nuestro atiende nuestras súplicas. Ayúdanos a abrir de par en par las puertas de nuestra vida a tu Hijo Jesucristo, porque sólo en él está la vida auténtica y la paz que no se agota. Él que vive y reina por los siglos de los siglos



CANTOS PARA LA CELEBRACION

Entrada: Alegre la mañana; Aleluya, aleluya, es la fiesta del Señor; Canta con júbilo, del casete "Cantos para participar y vivir la Misa"; Jesús, nuestra Pascua (1 CLN 216).
(Si se hace la aspersión del agua, pueden utilizarse cantos como A las fuentes de agua viva o el canto Un solo Señor de Deiss).
Salmo: Este es el día en que actuó el Señor (eligiendo la estrofa que más corresponda al día).
Aleluya: Aleluya gregoriano pascual
Ofertorio: Resucitó el Señor (1 CLN 205).
Santo: 1 CLN 1 8.
Paz: Cristo es nuestra paz, del disco "Viviremos con El".
Comunión: El Señor nos ha reunido junto a El, de Kairoi; Danos un corazón (1 CLN 718); Tan cerca de mí, de Luis Alfredo Díaz; Creo en Jesús, del disco "Dios libertador".



Director: José Ángel Fuertes Sancho •Paricio Frontiñán, s/n• Tlf 976458529 Fax 976439635 • 50004 ZARAGOZA
Tlf. del Evangelio: 976.44.45.46 - Página web: www.dabar.net - Correo-e: dabar@dabar.net

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LA HOMILÍA MÁS JOVEN: COMUNIDAD


II Domingo de Pascua (Jn 20,19-31) - Ciclo A

1.- Hubo un tiempo en que esta palabra y lo que significa, se puso de moda entre muchos jóvenes entusiastas. Soñaron vivir juntos en un piso común, siguiendo el espíritu que el texto de la primera lectura del presente domingo describe. Algunos precavidos, ensayaron pasando un corto periodo juntos, en un piso que les pudieron dejar. La idea de resucitar la primera comunidad cristiana, que el libro de los Hechos de los Apóstoles describe, simple a primera vista, ilusionó a muchos. En general, estas pruebas duraron poco. Pienso yo que la causa del aparente fracaso, se debió a creerse que eran singulares, a querer hacer por sistema todo diferente, a empezar por pretender poner en común las propiedades, antes que los corazones y sentimientos y a no someterse a sincero y periódico examen. Decía aparente, porque entre los que se juntaban, la mayor parte de ellos pretendían con sinceridad ser fieles a las inspiraciones del Maestro y ponerlas en práctica con signos actuales, aunque estuvieran privados de espectacularidad, aunque exigieran mucha humildad. Y, al comprobar que en este invento no lo conseguían, derivaron a comunidades que aun siendo modernas, habían sido probadas por la adversidad y templadas por la oración, el ayuno y la limosna (generosidad) cimientos estos que no pueden faltar en ningún proyecto y realización.

2.- Pero, mis queridos jóvenes lectores, no os desaniméis nunca. Puede uno reconocer su incapacidad y su experiencia escarmentada y, no obstante, volver a empezar, constituyéndose con generosidad, sinceridad y esperanza, en lo que yo llamo “comunidad fluctuante”. El agua de un lago de alta montaña es maravillosa y su paisaje encantador, pero la corriente de un arroyo o riachuelo, que baja raudo, transparente y poblado de truchas o salmones, es asombrosamente bella. Así son vuestros proyectos, cuando surgen de una respuesta a un Dios que tiene asignado para cada uno un papel en el “gran teatro del mundo”. Vuestras reuniones, vuestras empresas, vuestras incorporaciones a ONGs de confianza, pueden ser el primer paso para acercaros al casting de la santidad.

3.- En la lectura evangélica podríamos distinguir dos partes o aspectos. Os advierto para empezar, que observéis que en esta narración, como en otras, se señala que ocurrió en domingo, que en aquel tiempo se le llamaba el día del sol, pero que el fiel recordaba que era el de la Resurrección. De aquí que entonces y ahora, lo debemos distinguir y diferenciar de los otros días de la semana. El Señor resucitado les saluda y les ofrece un regalo: les concede la potestad de perdonar. Tal vez hoy deberíamos decir de indultar. Os lo advierto, porque observaréis que algunos dicen: yo no tengo porqué ir a contar nada a ningún cura, me entiendo directamente con Dios. Allá ellos. Imagino que es algo así como si uno dijera que cuando le ponen una multa, acude directamente al Jefe de Estado para que se la quite. Otro, más realista, se procurará un contacto personal con alguna autoridad del “correspondiente organismo de tráfico” para solicitar su condonación. Imaginaos que esa tal persona gozase de poder de hacerlo y, para más inri, se tratase de un familiar íntimo. ¡Qué gozada! Remacho el clavo. Jesús da poder de perdonar al pecador, no de ponerle multas.

4.- En la segunda parte aparece el hecho de la ausencia primero, y la presencia después, de Tomás. Tengo la impresión de que en el grupo de los Apóstoles, después de los tres predilectos, Pedro, Juan y Santiago, ocupaba un lugar preeminente este “científico” e intermediario compañero. Lo llamo así porque se le menciona en seis o siete ocasiones y porque su actitud en este episodio, es característica del investigador, que para ser fiel a su labor exige pruebas. Fiel a su idiosincrasia, arrancó del Maestro una bienaventuranza que tal vez había olvidado durante sus andanzas por tierras galileas. Sí, felices los pobres, los perseguidos, los desafortunados… Pero felices también los que se arriesgan a aceptar la Fe, que no es moco de pavo. La Fe, no lo olvidéis, no es evidencia, estar seguro, tener pruebas de laboratorio. La Fe es estar convencido y arriesgarlo todo, incluso la vida, si es preciso.

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Comentario Seglar del Evangelio del Domingo Segundo de Pascua (1 - Mayo - 2011)



Publicado por Ciudad Redonda

NOTAS BÍBLICAS
(por equipo coordinador, con asesoramiento de un biblista)

Dos episodio, separados por una semana (el segundo correspondería temporalmente a este domingo), donde Jesús se presenta en medio de la comunidad de discípulos de Jerusalén comunicándole su paz, reunida en el día que pasaría a llamarse domingo ("día del Señor"), cerradas las puertas por el entorno hostil (que en la primera ocasión les producía miedo, no así tras la primera presentación del Resucitado en medio de ellos).
La primera vez incluye el envío misionero, para lo cual les comunica el Espíritu Santo (en el mismo día en que resucitó, no 50 días después) y les hace mediadores (a todos los discípulos, no sólo a los apóstoles) del perdón de Dios.
La segunda ocasión proclama una nueva bienaventuranza, dirigida a los lectores del Evangelio: "Dichosos los que crean sin haber visto", los que crean por el testimonio de la comunidad, y no como hace Tomás. Para eso fue escrito el evangelio, como dice el versículo final: "se han escrito para que creáis".
El resucitado es el mismo que fue crucificado (no es un fantasma), como se indica al mostrar sus manos y el costado, lo que provoca alegría en quienes le reconocen.

COMENTARIOS DE SEGLARES
Distintos laicos hacen una breve sugerencia para la vida seglar. Cada uno contempla el Evangelio desde una dimensión de la vida laical.

DESDE LA PASCUA DEL ENFERMO
(mujer, casada, con dos hijos, trabaja, enferma de cáncer, pertenece a movimiento seglar)

Juan relata en este Evangelio como Jesús al aparecerse a sus asustados discípulos les desea la paz, instituye el sacramento de la reconciliación y les infunde el Espíritu Santo.
Esto me hace ver una realidad de mi propia vida ¿Quién faltaba? Tomás. Quizás yo, haya sido durante mi enfermedad, un Tomás más, pidiendo a Jesús una señal de que Él está realmente conmigo en este largo camino.
Sin embargo después de largos ratos de oración, me he convencido de que no me hace falta señal ninguna, pues la paz y la tranquilidad que he sentido durante el proceso sólo me la puede dar Jesús, su presencia viva en esos momentos tan duros de mi vida.


DESDE LOS ABUELOS
(Matrimonio, jubilados, ocho nietos, pertenecen a grupo de matrimonios)

Jesús comienza por darles la Paz. Es más que un saludo. El miedo de los discípulos se transforma en alegría.
Después los envía. Los discípulos entran a participar en la misión del Hijo enviado por el Padre. Continúan la misma obra. Y para ello cuentan con el Espíritu, ya anunciado. El soplo de Jesús sobre ellos, evoca el primer soplo de Dios sobre el barro para la creación del hombre. Nos hace nacer a una nueva Vida, ya posible después de la Resurrección.
Jesús da a la Iglesia el poder de perdonar los pecados, ejercido por los Apóstoles y sus sucesores en el ministerio sacerdotal.
La conversión y el perdón de los pecados, aparecen siempre en la primera predicación apostólica.
Jesús se presenta, de nuevo, entre sus discípulos. Tomás había dudado, Jesús le hace ver que está vivo. Nada nos libra a los cristianos de la duda, como le pasó a Tomás, pero Dios siempre encuentra el modo, si luchamos por nuestra fe, de darnos testimonios de su existencia y de la Resurrección de Cristo.
¡Señor nuestro y Dios nuestro! Qué enorme privilegio nos concedes al sentirnos amados y protegidos por Ti. Eres nuestro Padre misericordioso.
Te pedimos todos los días por nuestros hijos y nietos, para que sientan tu presencia y Tu mano bondadosa sobre ellos; que no necesiten verte, que entren en comunión contigo por la fe. Que te encuentren en la comunidad cristiana, la Iglesia.

PARA REZAR
(mujer, soltera, trabaja, pertenece a comunidad cristiana y a movimiento seglar)

Te damos Gracias, Dios Padre nuestro,
porque tu Presencia llena de Paz nuestro ser.
Te damos Gracias, Dios Padre Bueno,
porque tu Amor y tu Divina Misericordia
penetra nuestros corazones y nos permite verte.
Te damos Gracias, Dios de la Vida,
porque Tú estás Presente y podemos sentirte
con nosotros en medio de nuestras comunidades,
y nos fortaleces cada día con tu Espíritu de Vida.
Te damos Gracias, Dios Padre nuestro,
porque Tú nos entregas tu Espíritu Santo
y, con Él, nos llenas de alegría y nos envías
a ser testigos de tu Paz y de tu Amor en el mundo.
Te pedimos, Dios Padre Bueno y Misericordioso
que tu Espíritu Santo nos dé la valentía necesaria
para arrancar la incertidumbre, miedos y contradicciones
que habita en nuestros corazones y que nos impiden
luchar contra los ataques exteriores a la Iglesia.
No permita, Dios nuestro, que el miedo y las dudas
nos aparten de los demás hermanos nuestros,
ni que nos impidan abrir nuestros corazones
para poder sentir tu Presencia entre nosotros
y para poder verte en cada persona que nos rodea.
Te damos Gracias por el don de la fe que Tú nos regalas,
y porque nos invitas a compartirla cada día con los demás.
¡Gracias, Dios nuestro, porque tu Presencia entre nosotros
nos llena el corazón de alegría, valentía, y serenidad! Amén


PARA VIVIR ESTA SEMANA
(matrimonio, tres hijos, él trabaja, el matrimonio pertenece a comunidad cristiana y a movimiento seglar)

Tener la certeza y el respaldo de algo tan importante en nuestras vidas, capaz de superar todo obstáculo, nos debe dar una seguridad tremenda en nuestras vidas. Jesús resucitado es la prueba clara de que los designios del Señor, sus caminos, a pesar de ir en contra de la lógica humana, llegan a un final muy distinto del esperado, llegan a la plenitud, a la realización plena, a la felicidad...
En un mundo como este, inmerso en guerras injustas, en catástrofes, en desigualdades que hacen morir de hambre y enfermedad a tantos niños, siempre nos queda ese sabor amargo de pensar, como Tomás, que el resucitado no existe, que todo es una falacia.
No podemos desmoralizarnos, esté como esté el mundo, nuestro granito de arena debe ir cada día al montón del amor fraterno, a hacerlo presente entre nosotros al menos un ratito. Jesús nos invita a meter el dedo en sus llagas, que en nuestro presente, en nuestro vivir de cada día, no es más que abrazar cada dolor con la decisión clara de que, por amor, queremos transformarlo en resurrección para los demás. Y ahí está la clave, en no querer transformarlo para que cambie nuestra vida, sino en querer hacerlo para que la vida de los demás sea mejor, por amor a los demás. Al final, cambiará también nuestra vida, por la lógica divina de muriendo a uno mismo, vive Dios en ti. Pero, ante cualquier dolor, ya sea físico, psíquico o moral, tener clara siempre la premisa fundamental, lo hago por amor a los demás. También hay otra premisa aún más fuerte, pero más difícil de asumir, cuando ya el prójimo no está presente, no somos capaces de descubrirlo, y sólo tenemos a Dios delante, ese dolor vivido en soledad, "a Dios por Dios", es el culmen, es vivir Jesús Abandonado "puro y duro", pero la recompensa es aún mayor, os lo aseguro.
Entonces, ánimo, convirtámonos en "obreros" de hacer presentes a Jesús y démosle de lado a ese Tomás que llevamos dentro que no para de analizar y escrutar y que en realidad, lo único que hace es perder el tiempo y oportunidades de amar.

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II Domingo de Pascua (Jn 20,19-31) - Ciclo A: Es de noche

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Evangelio Misionero del Día: 30 de Abril de 2011 - SÁBADO DE LA OCTAVA DE PASCUA - CICLO A


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 16, 9-15

Jesús, que había resucitado a la mañana del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, aquélla de quien había echado siete demonios. Ella fue a contarlo a los que siempre lo habían acompañado, que estaban afligidos y lloraban. Cuando la oyeron decir que Jesús estaba vivo y que lo había visto, no le creyeron.
Después, se mostró con otro aspecto a dos de ellos, que iban caminando hacia un poblado. y ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero tampoco les creyeron.
En seguida, se apareció a los Once, mientras estaban comiendo, y les reprochó su incredulidad y su obstinación porque no habían creído a quienes lo habían visto resucitado. Entonces les dijo: «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación»

Compartiendo la Palabra
Por Ciudad Redonda

Queridos amigos y amigas:

Hoy concluimos la octava de Pascua. Es probable que algunos de vosotros hayáis disfrutado de una semana de descanso, incluso fuera de vuestros hogares o comunidades. Otros, por el contrario, habréis vuelto al trabajo, tras el paréntesis del fin de semana pasado. Las preocupaciones siguen ahí. No desaparecen milagrosamente por el hecho de que un año más hayamos revivido el misterio de la resurrección de Jesús. Pero, ¡cómo cambia todo cuando colocamos la clave verdadera! En la batalla del día a día se nos van colando muchas claves para interpretar nuestra vida: la clave de la competencia, del bienestar, de la prisa, de la revancha, de la comodidad, del resentimiento, de la búsqueda de nosotros mismos. Necesitamos que, de vez en cuando, de manera muy nítida, la liturgia de la Iglesia nos recuerde la única clave que permite dar sentido a todo: la clave del Resucitado. De no ser así, acabaríamos sucumbiendo al poder de seducción de las otras, y, como consecuencia, seguiríamos prisioneros de la ansiedad, de la tristeza, de la falta de horizonte.

En este sábado, Jesús nos regala dos últimos mensajes que se refieren a nuestro compromiso misionero:

Id al mundo entero. Un seguidor de Jesús traspasa los límites del espacio y del tiempo porque empieza a vivir en clave de resurrección. El mandato de ir al mundo entero inaugura en nosotros un talante de apertura universal. La resurrección elimina todas las barreras étnicas, culturales, económicas, religiosas que los hombres hemos construido para acotar este mundo. Pensemos en el significado de estas palabras en este comienzo del tercer milenio, en el que vivimos una etapa de globalización. El mundo entero se ha convertido en la “aldea global”. Esto no significa que tengamos que ir de un sitio para otro, o que estemos todo el día conectados a internet. Significa que hemos tomado conciencia de que todos formamos parte de la red de hijos e hijas de Dios, y de que todo lo que sucede en este mundo tiene que ver conmigo. El mundo entero está concentrado en cada uno de nosotros y en el pequeño mundo de nuestro entorno. La novedad está en contemplar esto con ojos de universalidad. A los ecologistas les gusta decir aquello de “Piensa globalmente y actúa localmente”. Quizá es una manera de traducir la universalidad cristiana que se inaugura con la resurrección de Jesús.

Predicad el evangelio a toda la creación. En este “diálogo de vida” cada vez más amplio, somos invitados a reconocer las huellas del Resucitado dondequiera que se encuentren, sobre todo, en las manos y los pies traspasados. Donde hay una mujer o un hombre que sufre, allí contemplamos el rostro del Cristo que prolonga su pasión. No hay diálogo cuando no hay experiencia que compartir, cuando todo se reduce a un intercambio de frases vacías o de fórmulas protocolarias. La experiencia que nosotros proponemos es la del evangelio de Jesús, porque no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído. La resurrección nos abre a un diálogo universal, pero no a un universo vacío. Hablar de Jesús con el lenguaje de la propia vida es algo a lo que no podemos renunciar.

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viernes, 29 de abril de 2011

Materiales liturgicos y catequéticos: II Domingo de Pascua (Jn 20,19-31) - Ciclo A



Monición de entrada

(A)
Para creer en la Resurrección no hay que esperar milagros espectaculares, sino valorar el milagro de la transformación de los creyentes.
Los primeros discípulos de Jesús estaban mortalmente heridos por la duda, el desencanto, el miedo y la tristeza.
Y aquellos hombres acobardados se llenan de valentía; aquellos hombres tristes se llenan de alegría; el desencanto se convierte en entusiasmo. Aquellos discípulos de Jesús estaban como muertos y resucitan.
¿De dónde les vino aquella energía, aquel entusiasmo y aquella valentía que cambió su vida?
De su fe en Jesús Resucitado.
Es la fe que nos reúne a nosotros aquí en torno a su altar.

(B)

Jesús ha Resucitado. Lo hemos celebrado el domingo pasado. Y este Jesús Resucitado es quien nos ha reunido aquí, como a sus apóstoles, para darnos sus mejores consejos.
Tomás, uno de los apóstoles no cree en la Resurrección hasta ver a Jesús. Jesús se aparece ante él, y le ofrece tocar sus heridas; así se convence de que ha Resucitado.
Nosotros en el Bautismo recibimos la fe, y entramos a formar parte del pueblo, de la familia de Jesús.
Ahora tenemos que hacer personal y propia esa fe, porque nadie puede creer en nuestro lugar. Y vamos a hacer que esa fe sea personal, y dentro de la Comunidad Cristiana en la que vivimos.
Vamos a decir “si” a Jesús Resucitado y Él nos dirá: “Dichosos los que creen sin haber visto”.


(C)

A los ocho días de Pascua y el primer día de la semana, volvemos a encontrarnos para llenarnos de la alegría, de la paz y del perdón que Jesús nos da en la Eucaristía.
Posiblemente, como Tomás, necesitamos hoy más que nunca, experimentar por nosotros mismos, a ese Jesús resucitado y lleno de vida. Entonces sí podremos decir de corazón: “Señor mío y Dios mío”.

Saludo

Hermanos y hermanas, que la paz de Jesús resucitado esté con todos vosotros


Bendición y aspersión del agua:

Amigos, en la antigüedad, el día de hoy recibía el nombre de domingo “in albis”, pues, los que habían sido bautizados en la Noche de Pascua, habían recibido unos vestidos blancos, de los cuales hoy se desprendían. Por eso, este primer domingo, tras la resurrección del Señor, conserva un carácter bautismal, que nosotros significamos mediante la bendición y la aspersión con el agua, que nos ayudan a renovar nuestro bautismo y a revisar si de verdad seguimos llevando las vestiduras blancas de la gracia que obró en nuestros corazones. Antes de nada, invoquemos a Dios Padre, para que bendiga esta agua que va a ser derramada sobre nosotros

(Breve momento de silencio)

Señor Dios Todopoderoso, escucha las oraciones de tu pueblo, ahora, que recordamos la acción maravillosa de nuestra creación y la maravilla, aún más grande, de nuestra redención; dígnate bendecir esta agua. La creaste para hacer fecunda la tierra, y para favorecer nuestros cuerpos con el frescor y la limpieza. La hiciste también instrumento de misericordia al liberar a tu pueblo de la esclavitud y al apagar con ella su sed en el desierto; por los profetas la revelaste como signo de la nueva alianza que quisiste sellar con los hombres. Y, cuando Cristo descendió a ella en el Jordán, renovaste nuestra naturaleza pecadora en el baño del nuevo nacimiento. Que esta agua, Señor, avive en nosotros el recuerdo de nuestro bautismo y nos haga participar en el gozo de nuestros hermanos bautizados en la Pascua. Por Jesucristo nuestro Señor. R/. Amén.

(Todos cantan: Un canto bautismal. El sacerdote se signa él en primer lugar y, después asperja a la comunidad).

Una vez acabada la aspersión y el canto, el sacerdote dice:

Que Dios todopoderoso nos purifique del pecado y, por la celebración de esta eucaristía dominical, nos haga dignos de participar del banquete de su reino.
R/. Amén.

Escuchamos la Palabra

Monición a la lectura:

Una pintura encantadora de la comunidad cristiana. No es extraño que todo el mundo estuviera impresionado y que fueran bien vistos de todo el pueblo. Ni tampoco era extraño que día tras día creciera el grupo.
No era tanto los signos que hacían los apóstoles, sino por el gran signo de la común-unión: vida común, todos unidos y lo tenían todo en común, el pan partido y con alegría. En un mundo dividido, ¿cabe mejor testimonio?


Lectura de los Hechos de los Apóstoles

Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones. Todo el mundo estaba impresionado por los muchos prodigios y signos que los apóstoles hacían en Jerusalén. Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. A diario acudían al templo todos unidos, celebraban la fracción del pan en las casas y comían juntos alabando a Dios con alegría y de todo corazón; eran bien vistos de todo el pueblo y día tras día el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando.

Palabra de Dios

Salmo: 117
Este es el día en que actuó el Señor...


Monición al Evangelio

Jesús se manifiesta a sus discípulos el primer día de la semana. Sin Jesús los discípulos estaban miedosos, tristes y vacíos. Pero la experiencia de Jesús en medio de ellos los transforma, se llenaron de alegría al ver al Señor. Y se llenaron de paz, regalo de Jesús. Y se llenaron, sobre todo, del Espíritu Santo, aliento del mismo Jesús, y con el Espíritu la capacidad de amar y perdonar.
El caso de Tomás es distinto, se trata de un largo y difícil proceso de fe. Por fin creyó y fue dichoso. Sólo después de palpar las llagas creyó. Sólo después de penetrar en la hondura del dolor y del amor. Con Tomás tenemos que agradecer a Jesús no sólo la fe, sino la paciencia y misericordia que tiene con nosotros.


Lectura del santo Evangelio según san Juan.

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
- Paz a vosotros.
Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
- Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: - Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos.
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: - Hemos visto al Señor.
Pero él les contestó: - Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: - Paz a vosotros.
Luego dijo a Tomás: - Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
Contestó Tomás: - ¡Señor mío y Dios mío!.
Jesús le dijo: - ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su Nombre.


Palabra del Señor
Homilías

(A)
No seas incrédulo, sino creyente

El relato evangélico es breve y conciso. Jesús resucitado se dirige a Tomás con unas palabras que tienen mucho de invitación amorosa, pero también de llamada apremiante. «No seas incrédulo, sino creyente.» Tomás responde con la confesión de fe más solemne de todo el Nuevo Testamento: «Señor mío y Dios mío.»
¿Qué recorrido interior ha hecho este hombre hasta entonces dubitativo y vacilante? ¿Cómo se camina desde la resistencia y la duda hasta la confianza? La pregunta no es superflua, pues, más tarde o más temprano, de forma totalmente inesperada o como fruto de un proceso interior, todos podemos escuchar más o menos claramente la misma invitación:
«No seas incrédulo, sino creyente.»
Tal vez la primera condición para escucharla es percibirse amado por Dios, cualquiera que sea mi postura o trayectoria religiosa. «Soy amado», ésta es la verdad más profunda de mi existencia. Soy amado por Dios tal como soy, con mis deseos inconfesables, mi inseguridad y mis miedos. Soy aceptado por Dios con amor eterno. Dios me ama desde siempre y para siempre, por encima de lo que otros puedan ver en mí.
Se puede dar un paso más. «Soy bendecido por Dios.» Él no me maldice nunca, ni siquiera cuando yo mismo me condeno. Más de una vez escucharé en mi interior voces que me llaman perverso, mediocre, inútil o hipócrita. Para Dios soy algo valioso y muy querido. Puedo confiar en él a pesar de todo.
En Dios encuentro a alguien en el que mi ser puede sentirse a salvo en medio de tanta oscuridad, maledicencia y acusaciones. Puedo confiar en él sin miedo, con agradecimiento.
Por lo general, la gratitud hacia Dios se despierta al mismo tiempo que la fe. No se puede volver a Dios sino con un sentido hondo de gratitud.
Me he preguntado muchas veces por qué unos «deciden» ser agradecidos, generosos y confiados, y por qué otros se inclinan a ser amargados, egoístas y recelosos. No lo sé. En cualquier caso, estoy convencido de que nuestra vida no está predeterminada o totalmente marcada de antemano. Siempre hay rendijas por las que se nos cuela la invitación a creer y confiar.
Cada uno podemos hacernos las preguntas decisivas: ¿Por
qué no creo?, ¿por qué no confío?, ¿qué es lo que en el fondo
estoy rechazando? No se me debería pasar la vida sin enfrentarme con sinceridad a mí mismo: ¿Cuándo soy más humano y realista, cuando pretendo salvarme a mí mismo o cuando le invoco con fe: «Señor mío Y Dios mío»?

(B)

Se llenaron de alegría al ver al Señor

María de Magdala ha comunicado a los discípulos su experiencia y les ha anunciado que Jesús vive, pero ellos siguen encerrados en una casa con las puertas atrancadas por miedo a los judíos. El anuncio de la resurrección no disipa sus miedos. No tiene fuerza para despertar su alegría.
El evangelista evoca en pocas palabras su desamparo en medio de un ambiente hostil. Va a «anochecer». Su miedo los lleva a cerrar bien todas las puertas. Sólo buscan seguridad.
Es su única preocupación. Nadie piensa en la misión recibida de Jesús.
No basta saber que el Señor ha resucitado. No es suficiente escuchar el mensaje pascual. A aquellos discípulos les falta lo más importante: la experiencia de sentirle a Jesús vivo en medio de ellos. Sólo cuando Jesús ocupa el centro de la comunidad, se convierte en fuente de vida, de alegría y de paz para los creyentes.
Los discípulos «se llenan de alegría al ver al Señor».
Siempre es así. En una comunidad cristiana se despierta la alegría, cuando allí, en medio de todos, es posible «ver» a Jesús vivo. Nuestras comunidades no vencerán los miedos, ni sentirán la alegría de la fe, ni conocerán la paz que sólo Cristo puede dar, mientras Jesús no ocupe el centro de nuestros encuentros, reuniones y asambleas, sin que nadie lo oculte.
A veces somos nosotros mismos quienes lo hacemos desaparecer. Nos reunimos en su nombre, pero Jesús está ausente de nuestro corazón. Nos damos la paz del Señor, pero todo queda reducido a un saludo entre nosotros. Se lee el evangelio y decimos que es «Palabra del Señor», pero a veces sólo escuchamos lo que dice el predicador.
En la Iglesia siempre estamos hablando de Jesús. En teoría nada hay más importante para nosotros. Jesús es predicado, enseñado y celebrado constantemente, pero en el corazón de no pocos cristianos hay un vacío: Jesús está como ausente, ocultado por tradiciones, costumbres y rutinas que lo dejan en segundo plano.
Tal vez, nuestra primera tarea sea hoy «centrar» nuestras comunidades en Jesucristo, conocido, vivido, amado y seguido con pasión. Es lo mejor que tenemos.

(C)

Durante cincuenta días seguiremos celebrando la Pascua de Jesucristo. Son siete semanas que quieren expresar plenitud, permanencia. La fuente de la vida se abrió en Jesús y no se va a agotar. La Pascua no tiene fecha de caducidad, tiene sello de eternidad.

Signos de resurrección

Los apóstoles hacían muchos prodigios y signos. Eran una prueba de la energía espiritual que les acompañaba. Ellos, pobres, qué iban a decir, qué iban a hacer. No tengo oro ni plata. Tampoco tenían influencias políticas ni oratoria brillante. Por sí mismos, nada. Pero tenían otra cosa. Tenían la fe en el Resucitado. Tenían la fuerza de su Espíritu. Tenían una buena noticiaque dar. Por eso, dijo Pedro al paralítico: Te doy lo que tengo, te doy la salud, te doy la vida, te doy la experiencia de mi fe.
Muchos signos, pero el más importante era la experiencia de esa fe, la transformación que se había realizado en esos hombres, la nueva primavera que estaba brotando aquí y allá. Tres grandes manifestaciones de ese cambio eran la alegría, la libertad, la unión.

Alegría:
Se repite constantemente el “se llenaron de alegría, alabando a Dios con alegría, “hubo una gran alegría en aquella ciudad” “los discípulos se quedaron llenos de gozo y del Espíritu Santo”... “Contentos... por sufrir los ultrajes por el Nombre”...
Era una alegría que iba unida a la paz. No tenía explicación humana, brotaban de muy dentro, era un don de Dios. Se alegraban porque Cristo había resucitado, pero también porque ellos mismos se sentían resucitados y salvados. Se alegraban porque estaban llenos de Dios.

Libertad:
Eran interiormente libres. Ya no tienen miedo a nada ni a nadie. Es manifiesta la audacia, la valentía con que hablan ante el pueblo y las autoridades. No les importan las amenazas ni los castigos. Ni siquiera la muerte. Si están arropados por el amor de Dios, por el Espíritu de Dios, ¿a qué o a quién van a temer?
Es tan inmensa esta libertad interior que, a veces, se manifiesta exteriormente, curando enfermos, liberando paralíticos o abriendo las puertas de las cárceles, haciendo saltar los cepos y los cerrojos. La razón es que estaban llenos del Espíritu. Y dondequiera que se haga presente el Espíritu tiene que quedar alguna huella de libertad.

Unión:
Era el signo más importante, el signo por el que se tiene que reconocer a todo cristiano. Es claro que vivían unidos, quehablaban la misma lengua, que se extendían y compenetraban, que lo ponían todo en común,. que tenían un solo corazón y una sola alma.
Esta comunión cristiana era tanto más llamativa, cuanto que en el mundo no se estilaba –ni se estila-. Lo que dominaba era “la enfermedad de las disputas y contiendas de palabras, de donde proceden las envidias, discordias, maledicencias, sospechas malignas, discusiones sin fin” (1 Tm 6,4-5). Dominaba y domina, la enfermedad de la envidia, de la rivalidad, de la codicia, de la ambición. Lo que divide a los hombres es el espíritu competitivo y posesivo. Por eso brillaba con fuerza la vida de los cristianos, basada en el compartir, en la solidaridad, en la comunión.


(D)

El evangelio que leemos este domingo parece que quiere decirnos que el día de la resurrección de Jesús, el primer día de la semana, al anochecer, se producía en la comunidad cristiana un cambio importante. Hasta entonces había sido Jesús el verdadero protagonista: Jesús curaba a los enfermos, atendía a los pobres, perdonaba a los pecadores, anunciaba a todos la buena noticia del amor de Dios. A partir de ese momento, Jesús está resucitado y transmite sus poderes y sus tareas a los cristianos. Les dice: “Como el Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros”. Ahora somos nosotros los que llevamos entre manos la hermosa tarea que tuvo Jesús; anunciar a todos el amor de Dios, cuidar de los pobres del mundo, devolver la dignidad a las personas destrozadas, buscar a los que se pierden, construir fraternidad entre todos los hombres e incluso hacer milagros, como Jesús.
Seguramente que todo esto nos puede parecer demasiado grande, como les parecía también a los primeros cristianos. Pensarían: nosotros, que hacemos tantas cosas mal, ¿cómo vamos a repetir la figura asombrosa de Jesús, que es irrepetible? Y pensarían que no estaban preparados para tomar en sus manos una tarea tan hermosa. Por eso, en aquella tarde de resurrección, cuenta el evangelio que Jesús “sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo”. Este gesto es impresionante. Quiere decirnos el evangelio que Jesús nos transmitió su Espíritu y desde ese momento ya no vamos solos por la vida. Algo del Señor ha entrado en nosotros y en nuestras comunidades.
Con frecuencia pensamos que nuestras parroquias y comunidades son sólo la suma de unos pocos hombres y mujeres con todos sus defectos a cuestas. Pues no son sólo eso. En nuestras parroquias y comunidades, pequeñas o grandes, también anda el Espíritu de Jesús. Seguramente haremos muchas cosas mal, pero el Espíritu de Dios también está entre nosotros dando una eficacia asombrosa a nuestras chapuzas pastorales. Tenemos los poderes de Jesús. Hasta podemos perdonar pecados. Les decía Jesús a sus discípulos: “A quienes les perdonéis los pecados, Dios se los perdonará; a quienes se los retengáis, Dios se los retendrá”. Los creyentes en Jesús llevamos en nuestra vida unas posibilidades asombrosas, capaces de repetir en nuestro tiempo los milagros de Jesús. Todos sabemos que aún siguen ocurriendo en las comunidades cristianas cosas maravillosas, verdaderos milagros. No son habilidades nuestras. Es que Jesús, en aquella tarde de Resurrección, exhaló su aliento sobre nosotros para que recibiéramos su Espíritu.
Cuenta el evangelio que Tomás, uno de los doce, no estaba allí cuando ocurrieron estas cosas y no quería creerlo. Ninguno de nosotros estuvimos allí aquella tarde y también nos resulta demasiado hermoso para creerlo. ¿Cómo creer que hemos sido enviados a sacar adelante la misma tarea que tuvo Jesús? ¿Cómo creer que el Espíritu de Jesús anda en nuestras pobres comunidades cristianas? ¿Cómo creer que tenemos poderes tan maravillosos, si nos vemos tan pobres, tan inseguros y tan llenos de errores? Jesús decía a Tomás: “¿Crees porque has visto? Dichosos los que creen sin haber visto”. Nosotros no estuvimos allí. NO pudimos ver al Señor con los ojos de la cara, pero también creemos que Jesús está vivo y anda con nosotros en nuestras comunidades cristianas produciendo cosas asombrosas. El Señor resucitado vive entre nosotros.

(E)

Es muy interesante seguir con interés los primeros pasos de la comunidad cristiana después de la Resurrección. Muy interesante ver cómo aquellos hombres que “habían conocido a Jesús”, que le habían visto, que habían compartido con Él la vida, empezaban a interpretar su doctrina; ver el estilo y el talante con que empezaban su andadura.
Es muy interesante profundizar un poco en esa realidad, porque será expresiva en orden a lo que debiera de ser una comunidad cristiana.
Hoy, los Hechos de los Apóstoles apuntan magníficamente al modo en el que una comunidad cristiana empezó a vivir su compromiso cristiano; y aun cuando posiblemente no haya que tomar el texto literalmente, sí que podemos, a través del mismo, establecer hondas diferencias entre aquella pequeña comunidad y nuestro modo de vida.
Lo cierto es que aquellos primeros cristianos hicieron en el mundo un fuerte impacto, porque comenzaron a vivir de un modo que chocaba frontalmente con el modo ordinario que tenían de vivir los hombres de su tiempo. El autor de Hechos destaca el espíritu de fraternidad, la alegría con que vivían su fe, la disponibilidad de todos para todos, la oración en común. Una maravilla. El pueblo los veía y... “se apuntaba”.
Una cosa queda clara: aquellos hombres y mujeres eran distintos de los demás, tenían una forma de vivir que nada tenía que ver con el resto de los hombres y mujeres; los bienes no eran para satisfacción exclusiva de sus dueños, las necesidades de los hermanos se sentían como propias, la oración en común era una exigencia de la fe en común y la alegría era el resultado de esa vida tan llena de Dios.
Pasado el tiempo, es posible que no todas las comunidades cristianas que conocemos y a las que pertenecemos entren dentro del esquema de Hechos. Épocas ha habido, y bien recientes, en las que en España se hablaba de una mayoría católica. Y decidme: ¿Eso significa que una mayoría de españoles vivíamos a semejanza de aquella comunidad primitiva que nos describe Lucas en los Hechos?, ¿quería decir que la mayoría de los españoles estábamos dispuestos a dar lo que teníamos para remediar la necesidad de los hermanos?, ¿quería decir que la mayoría de los españoles esperábamos con ilusión el momento de la oración en comunidad para ponernos todos en contacto con Dios?, ¿quería decir que la mayoría de los españoles teníamos una alegría contagiosa precisamente porque vivíamos una vida de fe?.
¿Todo esto y algo más se podía decir cuando se afirmaba que la gran mayoría de los españoles éramos católicos? PUES NO SÉ.
Cada uno de vosotros puede juzgar y decidir. Yo, de momento, me atrevo a decir que no se podía decir alegremente que España era mayoritariamente católica si por católico entendemos al hombre o a la mujer de fe que quiere vivir según el evangelio.
La estampa de los primeros cristianos, queriéndose y poniendo en común todas las cosas, es uno de los mejores signos de la Pascua y es una de las pruebas más seguras de la resurrección.
Nuestro mundo siempre ha sufrido y sigue sufriendo fuerzas de disgregación, de separación. El mundo nunca se ha visto libre de guerras, de divisiones y rupturas de todo tipo. Si en el mundo se presenta un grupo de personas que no se consideran rivales, sino hermanos; que tratan de comprenderse y compenetrarse, que se perdonan fácilmente y colaboran gustosamente, que ponen en común los bienes y los sentimientos, que no viven para sí, sino que viven los unos para los otros, que forman una verdadera comunidad, entonces es como si una luz brillara en las tinieblas, el signo de una vida, señal de que se ha puesto en marcha una fuerza de atracción capaz de restaurar al mundo dividido.
Esa es la vida de la Pascua, una vida alentada por el Espíritu; la vida de los hombres nuevos, los hijos de Dios, que se ven y se quieren como hermanos.
Los primeros cristianos lo entendieron así y, dentro de sus limitaciones y debilidades, se esforzaban por realizarlo así. Ésta es también para nosotros una vocación y una urgencia. A nuestro mundo dividido debemos ofrecerle la prueba de la común-unión. Que vean en nosotros personas liberadas del espíritu competitivo y posesivo, que esto es lo que realmente divide a los hombres. Si optamos por un estilo de vida distinto, en el que prevalezca la colaboración sobre la rivalidad, el compartir sobre el tener... verán con admiración un ejemplo de la Pascua. Una maravilla tal que, al vernos los demás... “se apuntarán”.

(F)

La Pasión y Muerte de Jesús fue una dura prueba para los apóstoles.
La fe de los apóstoles había quedado fuertemente afectada y tambaleante por todo lo sucedido.
Abandonan a Jesús en el Huerto de los Olivos; Pedro le niega tres veces; todos huyen y se esconden por miedo.
Pero, Jesús les había impactado y cautivado de tal manera, que no era posible que todo aquello hubiera sido un sueño o una ilusión; no era posible que todo lo que Jesús les había dicho y enseñado quedara olvidado.
Los apóstoles, que habían dejado todo por seguir a Jesús y que habían comprometido muchas cosas por seguirle, mantenían aún una pequeña esperanza.
Se reúnen; se animan mutuamente; recuerdan los tres años de vida con Jesús; recuerdan sus consejos, sus enseñanzas y todo ello les hace reaccionar.
Pierden el miedo y comienzan a dar testimonio de Jesús con la fuerza que da la fe, cuando es una fe auténtica, comprometida.

Nuestra fe también es probada

Nuestra fe tiene que ser probada, para que se consolide, para que sea una fe auténtica.
En la vida de cada día, nos encontramos con montones de dificultades, de obstáculos, de problemas, que ponen a prueba nuestra fe.
Es cierto que, muchas veces, se necesita tener mucho valor y una gran fe para vivir contracorriente, para no dejarse arrastrar o contagiar de tantas cosas que no son cristianas, pero que nos atraen fácilmente.
Pero, cuando se vive profundamente la fe; cuando se experimenta esa fuerza y esa paz que da la fe; cuando uno ha sido valiente para mantener la esperanza cuando todo se tambaleaba; cuando uno ha sido capaz de hacer algo por los demás...
Entonces la fe tiene sentido y se convierte en algo importante en nuestra vida.

Oración de los fieles

(A)
Unidos por la experiencia pascual de sentirnos resucitados con Jesús, elevemos nuestra oración respondiendo:

JESÚS RESUCITADO, DANOS TU PAZ.

1.- Por todos los creyentes; para que la paz que Jesús nos transmite, nos libere de los miedos que nos paralizan. Una paz que no la vamos a encontrar buscando poder y seguridad, sino acogiendo el Espíritu de Jesús. Oremos.
2.- Para que nunca perdamos la esperanza ante las dificultades de la vida, y seamos siempre conscientes de que el Amor de Dios es más fuerte que la muerte. Oremos.
3.- Por quienes participan en la vida social y política con el deseo de construir un mundo más libre, más justo y más humano para todos. Oremos.
4.- Por cuantos viven en la angustia y el dolor a causa de la enfermedad, de las depresiones, de la soledad, de las amenazas terroristas. Oremos.
5.- Pedimos al Señor que nos inspire palabras y gestos de paz; paz para toda la humanidad siempre amenazada por las guerras. Oremos.

Escucha, Señor, nuestra oración. Por JNS


(B)
Pedimos a Dios, Padre de misericordia, que quiere que sus hijos vivan:

Por los pueblos que sufren miseria, guerra, opresión...
Por las iglesias que no encuentran caminos de unidad...
Por las familias divididas o sin amor...
Por los que no creen en Jesucristo...
Por los cristianos que no dan testimonio de la Pascua...
Por los que tienen llagas abiertas en su cuerpo o en su alma...
Por nosotros, que comulgamos a Cristo y recibimos su Espíritu...

Oremos: Concede, Padre, a todos tus hijos los frutos abundantes de la Pasión y Resurrección de tu Hijo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.


(B)
Damos gracias a Dios nuestro Padre, por su gran misericordia con nosotros, y le presentamos nuestras necesidades, diciéndole:
Escúchanos, Señor.

Fortalece, Señor, la fe de los que creemos en Ti...
Ayúdanos, Señor, a ser testigos de tu amor y de tu perdón...
Haz, Señor, que sepamos reconocerte en el dolor de los que sufren...
Ayúdanos, Señor, a ser testigos de tu Resurrección: compartiendo y viviendo unidos...

Te bendecimos, Señor, por la Resurrección de Jesucristo, que nos hace renacer a una vida nueva. Por JNS...

(C)
A Dios Padre, que nos ha hecho renacer de nuevo a la esperanza, le presentamos nuestras necesidades.
Todos: Necesitamos renacer de nuevo a la esperanza

Profundamente desanimados por la marcha de los acontecimientos públicos y las crisis políticas, tentados de abandonar nuestro compromiso en la transformación de la sociedad actual, necesitamos...
Profundamente desengañados de la confianza depositada en familiares y amigos más cercanos, tentados de encerrarnos en nosotros mismos, dar la espalda y olvidarnos de todos, necesitamos...
Profundamente desilusionados de la Iglesia oportunista, burócrata, clientelista y aburguesada, tentados de abandonar la nave varada en lugar de hacernos a la mar y remar, necesitamos...
Profundamente decepcionados de nosotros mismos -¿qué ha sido de nuestros ideales más nobles?-, tentados de echar por la borda los buenos propósitos y dejar ahogarse nuestras mejores ilusiones, necesitamos...

Concédenos, Padre, esa esperanza que haga renacer en nosotros la semilla de la gracia y de la salvación. Por JNS...

Ofrenda:
Se presenta un Cristo crucificado…

“Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no creo”

El hombre de hoy necesita de los ojos de los creyentes:
Ojos capaces de ver lo que vemos todos, pero ver lo que hay detrás de lo que vemos.
Ojos capaces de ver en cada hombre a un hijo de Dios y a un hermano.
Ojos capaces de ver el dolor y el sufrimiento de los hombres.
Ojos capaces de ver en los acontecimientos de la vida las señales de Dios.

El hombre de hoy necesita de los dedos de los creyentes:
Dedos que tocan las llagas del corazón del hermano.
Dedos que tocan las llagas de la pobreza del hermano.
Dedos que tocan las llagas del sufrimiento humano.
Dedos que tocan las llagas del hermano abandonado.

El hombre de hoy necesita de las manos de los creyentes:
Manos que se tienden fraternalmente a todos los hombres.
Manos que se tienden para levantar al hermano caído.
Manos que se tienden para curar las heridas del hermano que sufre.
Manos que se tienden para compartir el mismo pan.
Manos que se tienden para reconciliarse con el hermano.
Manos que se tienden para acariciar al anciano abandonado.
Manos que se tienden para unirse a todas las manos para construir un mundo mejor.
Manos que se tienden para crear una comunidad de hermanos prescindiendo del color,
de la raza y de las condiciones sociales.

Ya ves, Tomás, también nuestros ojos, dedos y manos pueden ser testigos del Resucitado.


Prefacio...

Hoy elevamos nuestra acción de gracias
hacia Ti, Padre,
porque una vez más nos hemos reunido en tu nombre,
en comunidad, en torno a tu Hijo Jesús.
Te damos gracias por todas las fraternidades
que hoy se reunirán en tu nombre.
Sin que a veces lo sepamos,
Tú eres quien nos convoca,
Tú eres la llamada,
Tú nos invitas a la unidad.
Tú eres el amor que nos hermana,
el amor que nos invita a romper esclavitudes,
el amor que genera fraternidad.
Por eso, con la comunidad de los santos
y con todos los creyentes que hoy te alaban
desde tantos rincones de la tierra,
nosotros unimos nuestras voces
y queremos cantar el himno de tu gloria:

Santo, Santo, Santo...


Padrenuestro

En comunión con todos los que sienten la alegría de la Resurrección de tu Hijo, acoge, Padre, la oración que sella nuestra fe: Padre nuestro...

Nos damos la paz

El gran don de Jesús Resucitado a sus discípulos atemorizados y acobardados es el don de la Paz. Es lo que deseamos hoy para nosotros y para todos los hombres y mujeres de la tierra.

Comunión

Si, bajo el signo de este pan, sabemos reconocer al Señor y decir: “Señor mío y Dios mío”, como Tomás, tendremos vida en su nombre. Dichosos los invitados...

Oración

Paz con vosotros

Estaban reunidos tus amigos, asustados y llenos de miedo,
hasta que sintieron tu presencia
y te oyeron decir: PAZ A VOSOTROS.
Inmediatamente recuperaron la calma.

Al momento recordaron que estaban reunidos en tu nombre.
Sintieron tu fuerza y tu apoyo y perdieron el miedo.
Se les habían escapado los sueños, habían olvidado tus signos.
Y, al reunirse en tu nombre, se revitalizaron,
como nos pasa a nosotros
siempre que vivimos la fe en comunidad.

Y así estamos hoy aquí, como aquellos discípulos tuyos,
con miedos a la vida, a los cambios, a tantas cosas...
pero en cuanto nos ponemos en tu presencia
te oímos decirnos: PAZ A VOSOTROS.

Te necesitamos, Señor,
porque Tú nos serenas por dentro,
nos llenas de tu espíritu,
nos envías a liberar a la gente de sus culpas,
a disfrutar de tu perdón misericordioso y a vivir libres.
Gracias, Jesús, una vez más vienes a traernos tu paz,
vienes a traernos tarea y a llenar nuestra vida de sentido.
Y quieres que llenemos el mundo de tu PAZ.
Tú que vives…


Bendición

Hermanos, el Señor se ha hecho presente hoy en medio de nosotros. Como a los primeros seguidores suyos, nos ha concedido saborear el amor de la comunidad y nos ha dado su gracia y su paz. Salgamos ahora a nuestros ambientes y a nuestras tareas, llevando nuestra experiencia, para que los hombres puedan descubrir que Jesús ha resucitado y merece la pena confesarle como el único Señor. Para ello que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros. R/. Amén.

Podéis ir en paz. Aleluya, aleluya.
Demos gracias a Dios. Aleluya, aleluya.

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jueves, 28 de abril de 2011

II Domingo de Pascua (Jn 20,19-31) - Ciclo A: ¿SERÁ VERDAD?



No seas incrédulo, sino creyente

Pocos meses antes de morir, J. P. Sartre hacía esta confesión en una entrevista concedida al diario Le Monde: «Ante ese amasijo miserable que forma nuestro planeta, vuelve a atormentarme la desesperación; es la idea de que todo se acabará, de que sólo existen fines particulares por los que luchar... no hay un objetivo humano..., no hay más que desorden.»

Estas palabras no recogen sólo el testamento pesimista del célebre filósofo francés. Expresan bien la sensación de no pocos hombres y mujeres de nuestros días. Yo mismo las he escuchado en conversaciones confidenciales: «No sé si hay Dios o no, pero tengo la sensación de que todo se acaba con la muerte. Es una pena. Quisiera creer otra cosa, pero no puedo. No sé quién me podrá convencer de lo contrario.»

Qué fácil es comprender este género de confesiones. Todos llevamos muy dentro el deseo de una vida eterna; el mismo Sartre se resistía a morir sin esperanza: «Me resisto con toda justicia y sé que moriré con alguna esperanza que, sin embargo, sería preciso fundamentar.»

Todos querríamos, tras la muerte, volver a ver a nuestros seres queridos, conocer una vida nueva y dichosa, ser felices para siempre. Pero está la muerte con su oscuridad y su misterio cerrándonos el paso a cualquier ilusión ingenua.

Tal vez por esto mismo, no es una insensatez interesarnos por lo que se dice de Cristo. Hay algo que no se puede negar: nunca, en ningún lugar, y de nadie se ha afirmado algo parecido a lo que la fe cristiana se atreve a confesar de Cristo cuando dice que «ha sido resucitado de entre los muertos». ¿Está aquí el secreto último de la vida?

Hoy todo sigue mezclado y confuso: vida y muerte, sentido y sinsentido, justicia e injusticia; todo aparece en desorden y a medias; dentro de nosotros mismos luchan entre sí el deseo de vida eterna y la desesperanza.

¿Será verdad que no todo acaba con la muerte?, ¿será cierto que al final está Dios rescatando al ser humano para una vida nueva y feliz? Desde Cristo resucitado nos llega una invitación humilde. Las palabras de Jesús a Tomás están dirigidas también a nosotros: «No seas incrédulo, sino creyente.»

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Evangelio Misionero del Día: 29 de Abril de 2011 - VIERNES DE LA OCTAVA DE PASCUA - CICLO A


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo egún san Juan 21, 1-14

Jesús se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades.
Sucedió así: estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos.
Simón Pedro les dijo: «Voy a pescar».
Ellos le respondieron: «Vamos también nosotros». Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada.
Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era Él. Jesús les dijo: «Muchachos, ¿tienen algo para comer?»
Ellos respondieron: «No».
Él les dijo: «Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán». Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla. El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: «¡Es el Señor! »
Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua. Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla.
Al bajar a tierra vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan. Jesús les dijo: «Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar».
Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo: «Vengan a comer».
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres?», porque sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos.

Compartiendo la Palabra
Por Ciudad Redonda

Queridos amigos y amigas:

¿Qué sintió Pedro cuando en medio de la noche reconoció a Jesús? Su grito ¡Es el Señor! se parece al estremecimiento que nosotros podemos sentir cuando, en la dura brega de la vida, intuimos que el Señor está, aunque no nos habíamos dado cuenta. Está:
En las personas que están pendientes de nosotros y cuyo amor sólo se nos hace patente cuando han desaparecido.
En la comunidad cristiana que, con todo el peso de sus limitaciones, nos ofrece el pan de la Palabra y de la Eucaristía.
En los que, sin alardes publicitarios, han comprendido que ya es hora de arrimar el hombro para que se abra camino la justicia.
En los que son fieles a su vocación matrimonial o consagrada sin que nadie lo vaya a saber jamás.
En los que, pudiendo ganar más a base de mentir, se mantienen en la verdad.

Este Señor, que parece un fantasma, pero que es una presencia luminosa en medio de la noche, nos dice hoy:

Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis. Seguid faenando, no renunciéis a asumir vuestras responsabilidades. Atreveos a ir un poco más lejos de donde estáis, a responder a algún nuevo desafío. De muy diversas maneras, durante el tiempo pascual, se nos invita a ir siempre más allá, como si la resurrección de Jesús nos proporcionara ese plus de audacia que necesitamos para vivir. La búsqueda constante de lo más fácil, de lo más cómodo, de lo más razonable, es el camino más directo a la tumba, la senda más antipascual, porque es como negarse a aceptar lo que ha sucedido el primer día de la semana.

Traed de los peces que acabáis de coger. Otra vez la llamada a aportar ese poco que ha sido fruto de nuestra búsqueda, de nuestro trabajo. Nuestras solas fuerzas no nos conducen a la experiencia de la vida, pero sin esfuerzo, sin el riesgo de lanzarnos mar adentro, tampoco reconocemos al Señor. Los mensajes de esta primera semana de Pascua combinan siempre el don y la búsqueda, la gracia del Señor que se hace visible y el esfuerzo de sus amigos y amigas que escrutan sus huellas por todas partes.

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miércoles, 27 de abril de 2011

Evangelio Misionero del Día: 28 de Abril de 2011 - JUEVES DE LA OCTAVA DE PASCUA - CICLO A


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 24, 35-48

Los discípulos, que retornaron de Emaús a Jerusalén, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.
Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes».
Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu, pero Jesús les preguntó: «¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo».
Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies. Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. Pero Jesús les preguntó: «¿Tienen aquí algo para comer?» Ellos le presentaron un trozo de pescado asado; Él lo tomó y lo comió delante de todos.
Después les dijo: «Cuando todavía estaba con ustedes, Yo les decía: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos».
Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras, y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto».

Compartiendo la Palabra
Por Ciudad Redonda

Queridos amigos y amigas:

Hemos llegado al ecuador de la semana grande. Sigamos pacientemente acogiendo las palabras que el Resucitado pone en nuestros oídos:

Paz a vosotros. El saludo “shalom” sintetiza todo lo mejor que nosotros podemos desear: la salud, la integración personal, la armonía con las personas, con la naturaleza, con Dios. El Resucitado no nos promete la prosperidad o el triunfo, sino la paz, la posibilidad de vivir todo desde el centro. Paz no significa que encajen todas las piezas de nuestra puzzle, sino que podamos contemplar todo, incluyendo los sinsabores y sufrimientos, con los ojos compasivos de Dios. El hombre o la mujer que acogen el don de la paz son pacificadores sin tener que militar en ningún grupo pacifista.

¿Por qué surgen dudas en vuestro interior? Creemos en la primavera porque vemos los brotes de vida en las yemas de los árboles. Creemos en la mariposa porque vemos que de la crisálida sale un ser hermoso con alas multicolores. Creemos en el día porque cada mañana el sol vuelve a asomarse. ¿Cuáles son los signos para creer en la presencia del Resucitado? ¿Hombres y mujeres que, a pesar de sus limitaciones, entregan su vida? ¿Personas que superan una depresión? ¿Por qué nos resulta más fácil percibir los signos de la muerte que los de la vida? ¿Por qué somos capaces de criticar todo lo que va mal y nos cuesta tanto agradecer lo que hace que el mundo funcione un día más?

Mirad mis manos y mis pies. La alegría que nos regala el Resucitado no es el goce superficial de quien recorre un camino llano. Sus manos y sus pies conservan las huellas de los clavos. La suya es una victoria sobre la muerte. Quizá nunca acabamos de experimentar una alegría profunda porque no miramos de frente la huella de sus heridas. Creemos que seremos más felices huyendo de las personas que sufren, maquillando nuestros propios dolores. Jesús nos invita a reconocerlo en el hueco de los clavos. En ese “mirad” encontramos una clave para no entender la alegría pascual como una huida sino como una cercanía mayor a los crucificados: las personas difíciles de nuestro entorno, los que atraviesan cañadas oscuras.

¿Tenéis algo que comer? El Resucitado nunca nos resuelve la vida automáticamente, como esos echadores de cartas que prometen el oro y el moro. Cuenta lo que cada uno somos y tenemos. Más aún, quiere compartir ese poco de pan y de pescado que nosotros laboriosamente hemos conseguido. Tu poder multiplica la eficacia del hombre -canta el himno litúrgico- y crece cada día entre sus manos la obra de tus manos.

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WebJCP | Abril 2007