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MISIONEROS EN CAMINO: XXXI Domingo del T.O. (Mt 23,1-12) - Ciclo A: Jesús condena los abusos de poder
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sábado, 29 de octubre de 2011

XXXI Domingo del T.O. (Mt 23,1-12) - Ciclo A: Jesús condena los abusos de poder



Palabras duras las de Jesús, que con gesto valiente desenmascara con firmeza la mentira maliciosa que encuentra en los maestros de la ley. Nunca lo hizo con tanta fuerza, con tanta libertad como cuando se enfrentó a los dirigentes de aquella sociedad. Jesús no soporta la actuación de los que "han sentado cátedra en el Templo" para exigir a los demás lo que ellos mismos no viven o no creen.
A Jesús no le gusta el engaño, el abuso de autoridad. Tampoco los que ocupan puestos de privilegio en la vida política y eclesial para que les apoye la gente y les legitime y conseguir beneficios para ellos mismos. Jesús vino para dar todo su sentido y plenitud a la ley, y acusó y condenó con durezaza la interpretación interesada que hacían de la misma las autoridades y concretamente también los maestros religiosos.
Tienen verdadera actualidad estas palabras de Jesús. La evolución del mundo a la que estamos asistiendo, promovida por quienes detentan los resortes del poder en contra de la voluntad de quienes viven en él, debe ser comprendida por quienes pretenden hoy ser seguidores de Jesús como una llamada obligada, de servicio, para responder con acciones eficaces para la implantación de un orden justo, de paz y de verdadera libertad, tal como fue proclamado por Jesús con su palabra y con su vida, sin contentarnos con expresiones que en nuestro lenguaje calificamos como “formalidades religiosas” de ruegos y oraciones.
Ante las situaciones que vivimos hoy en nuestro mundo, de escándalos financieros, estafas multimillonarias desde instancias del poder supuestamente legitimadas con interpretaciones arbitrarias de estatutos societarios, abusos aireados por los medios que todos conocemos, el servicio que pide Jesús es evidente que está clamando compromisos que contrarresten las acciones inicuas que imponen los “poderosos”.
Estas palabras que hoy escuchamos deben servir de advertencia para los seguidores de Jesús de todos los tiempos. No podemos pasar por alto cuál ha de ser nuestra reacción que hemos de ejercer, la crítica, la acción que Jesús nos pide a cada uno en este pasaje de Mateo, para con los detentores del poder que están conduciendo a la miseria, a la crispación, a la pérdida de la seguridad en la vida a los que sufren la precariedad de empleo, las continuas noticias de amenazas de medidas que rompen la confianza en la necesaria disposición de medios económicos para afrontar la vida y la de los que dependen de nosotros.
Estaríamos equivocados si creyésemos que toda la culpa la tienen los que ejercen el poder. También los que se someten y les apoyan de modo cobarde e interesado. Cuando los que de un modo u otro colaboran con el poder para no perder sus propias situaciones de privilegio, aceptan órdenes de superiores para su propio beneficio, para encontrar seguridad y verse liberados de obligaciones más acuciantes y más comprometidas, están haciendo dejación culpable de su responsabilidad. Obedecer órdenes cargadas de inquietud social o aceptarlas como buenas, no garantiza el cumplimiento del deber de servicio a la comunidad con que Jesús nos interpela hoy.
Estas palabras de Jesús están especialmente dirigidas a quienes predican y escriben escritos doctrinales, proclamando y tratando de imponer como mensaje cristiano, católico, doctrinas y prohibiciones que no aparecen apoyadas en los evangelios. Prohibiciones que se imponen para salvaguardar una ética, unas costumbres legitimadas en doctrinas discutibles, cuya apoyatura humana, difícil de legitimar, encuentra gran oposición en expertos de ciencias humanas y sociales. Nuestra actitud de servicio ha de ser también la crítica honesta, buscando siempre la fidelidad al mensaje y a la vida de Jesús, teniendo conciencia de nuestra obligación de denunciar todo abuso de autoridad, aunque proceda de los líderes religiosos oficialmente aceptados. Se engaña cuando se presenta como de Jesús un mensaje que Él nunca ha pronunciado, o se presenta distorsionado; o cuando se presenta una manera ostentosa de vivir, que nunca ha sido la de Jesús.
No podemos olvidar, que el amor que pide Jesús ha de surgir desde lo hondo de la persona, no imponerse desde fuera. Se ha de manifestar hacia fuera, lo que es Dios en lo hondo de mi ser.
La Iglesia tendrá que revisar a fondo su fidelidad a Cristo, pero cada uno hemos de verificar la calidad de nuestra adhesión a Él. Cada uno hemos de apreciar y cuidar nuestra fe en el Dios revelado en Jesús. El pecado y las miserias de quienes integramos la institución eclesial no nos dispensan a nadie, ni quitan responsabilidad alguna. Todos tenemos algún poder, alguna influencia, revisémoslo, nuestra vida la presencian muchos, lo importante es que cada uno reavivemos nuestra fe, que sigamos con honestidad las llamadas de nuestra propia conciencia, que descubramos lo esencial del evangelio y lo vivamos con gozo.
Ser fiel a Dios es ser fiel a sí mismo, a nuestro auténtico ser. No olvidemos de pedir perdón también nosotros, los que de un modo u otro estamos comprometidos en presentar el mensaje de Jesús, por nuestros errores, falacias, por nuestros pecados que han podido hacer daño y torturar a tantas conciencias, por las veces en que nos dejamos llevar de las llamadas de egoísmo, olvido de las necesidades que nos rodean y no cumplimos con las ultimas palabras que hemos oído hoy a Jesús, de ser los servidores de aquellos con los que convivimos, haciendo nuestra una vida de servicio. A nosotros nos tocan funciones dentro de la convivencia social, inspiradas todas en una actitud de servicio desinteresado a la comunidad.
Es cierto que la Iglesia tendrá que superar sus inercias y miedos para encarnar el evangelio en la sociedad moderna, pero cada uno hemos de descubrir que hoy se puede seguir a Jesús con más verdad que nunca, sin falsos apoyos sociales y sin rutinas religiosas vacías de sentido. Cada uno hemos de aprender a vivir de manera evangélica el trabajo y el ocio, la actividad y el silencio, sin dejarnos modelar por la sociedad y sin perder nuestra identidad cristiana en la frivolidad moderna.
Los hombres y mujeres de hoy no necesitan escuchar sólo condenas, no necesitan solo moralistas minuciosos sino fuerza para vivir con esperanza. Y los cristianos todos nos hemos de esforzar por mostrar en nuestras vidas, que la moral cristiana no es un conjunto de exigencias impuestas por Dios para dificultar nuestra vida, sino la manera más sana y acertada de vivir, de convivir armoniosamente con los hombres y mujeres de este mundo.
Lo que Dios quiere de nosotros nos lo está diciendo Él desde dentro de nosotros mismos. Entre Dios y tú no debe haber intermediarios. Todo el que quiera doblegar lo que te exige tu conciencia en nombre de Dios, te está engañando.
Es verdad que nunca podremos alcanzar la plenitud en soledad, pero en los demás, en todos los demás, hemos de encontrar ayuda para descubrir el camino de esa plenitud, mostrándonos la posibilidad de alcanzarla o los errores que nos lo puedan impedir.
En tiempos en los que a tantos les resulta difícil creer en Dios, los creyentes hemos de saber contagiar ante todo la experiencia gozosa, radiante y liberadora de ese misterio de Amor que llamamos Dios. Comprender esto es fundamental para quienes estén decididos a presentar la palabra de Jesús en nuestro mundo. Y a esto se nos llama a todos los cristianos.
Dios es una presencia amorosa que vivifica y alienta nuestro ser y nuestro obrar. Una fuente de vida y libertad que nos empuja a amar con hondura la vida, los seres vivos, la naturaleza y, sobre todo, los hombres y mujeres, todos. En ellos vive presente nuestro Dios. Así amamos también a Dios.


WebJCP | Abril 2007