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MISIONEROS EN CAMINO: XXIII Domingo del T.O. (Mt 18,15-20) - Ciclo A: Cuando estéis reunidos en mi nombre...
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sábado, 3 de septiembre de 2011

XXIII Domingo del T.O. (Mt 18,15-20) - Ciclo A: Cuando estéis reunidos en mi nombre...



“Si tu hermano te ofende, reprímelo a solas”. Jesús es claro y contundente, si alguien ofende, se enfrenta, o hace daño a otro, la solución es que dialoguen, que se pongan de acuerdo, que se reconcilien mutuamente. Es una norma que Jesús nos ofrece para superar nuestras diferencias, los enfrentamientos y errores que nos separan, es una invitación para enriquecer nuestra convivencia: enriquecer nuestra convivencia es uno de medios más seguros para crecer en humanidad: solo relacionándonos con los demás podemos crecer en humanidad.

Jesús propugna el diálogo para llegar al entendimiento, mejor que las condenas, un diálogo “a solas”, con discreción, tratando de descubrir nuestros errores, nuestras razones, y de ayudarnos.

No pasemos por alto las últimas palabras de esta página de Mateo: Jesús promete, que “si dos o tres al reunirse, lo hacen en nombre de Jesús, él está presente en medio de ellos”, reunirse en nombre de Jesús significa reunirse según su palabra, según su espíritu. Nos conviene pensar un poco en estas palabras.

Uno de los errores más comunes en nuestra sociedad es la indiferencia que sentimos ante los demás, confundiendo respeto con indiferencia: los otros, no existen para mi, tienen sus problemas, allá ellos. Solo con un interés real por los demás, estaremos en condiciones de establecer relaciones que nos ayuden a todos a ser más humanos, fácil decir “nosotros tenemos ya nuestras normas, nuestro grupo, que vengan ellos si les interesa.”

Algo de esto puede pasar en nuestras relaciones más habituales, en nuestras familias; a pesar del afecto, qué alejados de las preocupaciones, de las situaciones difíciles que viven los hijos, o los padres...qué extraño resulta lo que debiera ser lo más natural, un encuentro, una conversación para comunicarnos, para ofrecer esa ayuda tan esperada.

Y en nuestro trabajo, despreocupados de cuanto sucede a compañeros, pérdidas de empleo, injusticias en retribuciones, mi seguridad ante todo.

Toda esa convivencia monótona reclama de nosotros un esfuerzo de solidaridad, simpatía, deseos de agradar, detalles, que hagan posible la presencia de Jesús y alejen el riesgo de roces o choques. Un vino, una cerveza, un chiste, un beso inesperado, son parte de ese paso de Jesús entre nosotros a todas las horas del día...

Qué fácil también dejarnos llevar por el clima de crispación social, provocado por quienes ocupan puestos de responsabilidad y de poder, atacando con dureza a los adversarios políticos como a verdaderos enemigos, con ataques verbales, a veces más que verbales. Parece que el ideal del ejercicio público, más que apoyar la construcción de la sociedad, es atacar a quienes ocupan instancias de poder, siempre apetecibles de ocupar.

Podemos recordar cómo las primeras comunidades cristianas siguieron las palabras de Jesús que hoy escuchamos. Existían entre ellas posturas diferentes que no superaron con condenas, sino con el diálogo. Relatan los Hechos de los Apóstoles el encuentro de Pablo con Pedro (Hech.15,1-12), su diálogo firme en Jerusalén. Pablo exigía a Pedro la apertura de las comunidades cristianas a los “gentiles”, oponiéndose a la visión cerrada de Pedro que las reservaba a los judíos conversos. El resultado del diálogo fue el entendimiento entre los dos apóstoles y la apertura del mensaje de Jesús, de la primitiva iglesia, al mundo pagano, a todo el mundo conocido, sin condena, sin ruptura alguna. Decía Pablo: “Jesús no está con los que excluyen, está entre los que tratan como hermanos a quienes han recibido el espíritu de Jesús”. (Gal.2,15-17).

Las palabras de Jesús nos han de ayudar a superar nuestros fallos, nuestros pecados. Los pecados existirán siempre entre nosotros, no seríamos humanos si pudiéramos eliminar la posibilidad de pecar. Los pecados no deben apartarnos de los demás; ningún ser humano, apartado de los demás, conseguiría el más mínimo grado de humanidad. Sólo relacionándonos con los demás podemos crecer en humanidad.

En nuestras comunidades cristianas es natural que busquemos la verdad, sin duda, tratamos de seguir a Jesús, pero hemos de hacerlo con el diálogo, con el buen sentido, en la reflexión comunitaria, para llegar al entendimiento de la verdad que el Espíritu quiere manifestarnos. Ese diálogo ha de estar apoyado en una actitud de humildad y de comprensión, lo decía San Pablo: Dios reparte carismas diferentes a unos y otros, así es como ha querido que el Pueblo de Dios se unifique, en nuestra diversidad.

Buen ejemplo de ello fue el Concilio Vaticano II, que nos ha dejado además de la lección de unidad en la fraternidad, palabras, documentos verdaderamente ilustradores de lo que debe ser el caminar del pueblo de Dios, para que la palabra de Jesús esté presentes en nuestro mundo de hoy. Estas comunidades, la Iglesia de Jesús, han de acertar a comprender los problemas, “los gozos y tristezas de las gentes de hoy” para poderles presentar el mensaje, la vida de Jesús, de modo posible y deseable para los ambientes y circunstancias tan variadas en que viven: la diversidad de nuestro mundo, la multiculturalidad con todos sus problemas de convivencia, problemas sociales tan complejos, la coexistencia de la miseria con la superabundancia y riquezas, las migraciones, el paro...

Hay quienes aparentemente sin crear nada positivo, niegan y se oponen a todo conato de innovación, que trate de responder con el mensaje de Jesús a este mundo tan complejo, reduciendo sus esfuerzos a atacar, a criticar, a condenar, a conservar costumbres y ritos ya obsoletos. La proliferación de posturas de condena, de ataque al que se considera hostil, adversario, enemigo, abre caminos para pensar que para hacer algo válido hay que atacar, que lo único válido es condenar, así se corre el peligro de organizar y alentar grupos cuya finalidad es atacar, condenar y claro está, en consecuencia, defenderse. La Iglesia debe superar esta actitud sectaria de convertirse en grupos cerrados que se atacan y se defienden, y ser ella verdadero sacramento de salvación para todos, no refugio de seguridades para sus miembros.

Recordemos: “Cuando dos o tres esté reunidos en mi nombre, yo estoy en medio de ellos”. Estar reunidos en su nombre significa tratar de aceptar los criterios de Jesús. Se trata de estar identificados con la actitud de Jesús, es decir, buscando ante todo el bien del hombre, de todos los hombres, también de los que no pertenecen al grupo o están contra él. Esa es la única manera de hacer presente a Jesús.

Jesús nos invita a pensar que todos aquellos que se reúnen siguiendo las normas que nos da, de interés por el otro, de diálogo, de comprensión, de ayuda....pueden tener la certeza de que en medio de ellos está presente el Espíritu, Él que es el Hermano de todos los hombres y mujeres, nos invita hoy una vez más a vivir como hermanos.


WebJCP | Abril 2007