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MISIONEROS EN CAMINO: XXIII Domingo del T.O. (Mt 18,15-20) - Ciclo A: Hablando de soledades
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domingo, 4 de septiembre de 2011

XXIII Domingo del T.O. (Mt 18,15-20) - Ciclo A: Hablando de soledades



Hay una soledad que es inherente al ser humano. Las personas no podemos expresar ni comunicar a los demás de manera total las emociones o experiencias que vivimos dentro de nosotros. Por eso, se puede decir que, de alguna manera, todos estamos solos.

Esta soledad se acentúa en algunas situaciones particulares de la vida. Nadie nos puede acompañar en la crisis interior profunda, en la enfermedad o ante la proximidad de la muerte. Son momentos en que hemos de actuar cada uno sin que nadie pueda hacerlo por nosotros. Como ha dicho el profesor Giácomo Dacquino, «cuando la vida se hace seria, cada uno de nosotros está solo».

Pero, junto a esa soledad «normal», hay otro tipo de soledad «enfermiza» que está creciendo en nuestros días. Según las estadísticas, alrededor del veinte por cien de la población se siente sola o poco acompañada en Occidente. La soledad ya no es prerrogativa de los ancianos o de algunas personas marginadas. Sorprende que también esos jóvenes pertenecientes a las llamadas generaciones «espontáneas» y «promiscuas» tengan dificultades para comunicarse.

En la sociedad moderna proliferan los círculos, las organizaciones culturales y recreativas, las agencias matrimoniales o los servicios para establecer contactos, pero hay algo que se va cerrando inexorablemente en el corazón de las personas impidiendo su comunicación. El desarraigo, la pérdida de un entorno sencillo y humano hacen crecer el número de «corazones solitarios» que diría A. Machado.

Cada vez son más las personas que caminan por la vida con una avidez afectiva insaciable, buscando el contacto físico con unos y con otros, siempre en busca de alguien que las escuche o acaricie. Y cada vez hay más hombres y mujeres «bloqueados» interiormente, incapaces de amarse y de amar, rodeados de familiares y amigos, pero desesperadamente solos en su interior.

Esta sociedad que crea soledad, aislamiento e incomunicación, está pidiendo hoy comunidades cristianas donde los creyentes se sientan acogidos y acompañados. Parroquias donde las personas puedan compartir amistosamente su fe, sentirse unidas en una misma esperanza y ayudarse mutuamente a vivir.

Esta puede ser una de las aportaciones más decisivas de la Iglesia a tantos hombres y mujeres que necesitan urgentemente de una comunidad para reavivar su fe y vivir de manera más humana. Esta puede ser también una buena forma de hacer presente a Cristo en la sociedad moderna. Recordemos su promesa: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»


WebJCP | Abril 2007