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MISIONEROS EN CAMINO: Materiales litúrgicos y Catequéticos: XXIV Domingo del T.O. (Mt Mt 18,21-35) - Ciclo A
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jueves, 8 de septiembre de 2011

Materiales litúrgicos y Catequéticos: XXIV Domingo del T.O. (Mt Mt 18,21-35) - Ciclo A



Monición de entrada

(A)
Una vez más, queremos celebrar la bondad y la misericordia del Señor. Una Celebración de la Eucaristía no es sólo para mirar nuestro tacaño y pequeño corazón, sino para mirar el corazón grande de Dios.
Es mejor mirar a Dios que mirarnos a nosotros mismos.
Y, quizá lo más importante, es dejar que el Señor nos mire. Su mirada puede despertar en nosotros la capacidad de renovarnos. Porque perdonar significa un cambio total en nuestra actitud hacia los demás.
Perdonar es estar dispuesto a renunciar a mucho de lo que cada uno de nosotros llevamos dentro, para que quepa algo de los demás. Perdonar es abrir nuestro corazón al hermano y poder compartir con él todo lo nuestro.

(B)
Una de las más profundas y consoladoras convicciones de nuestra fe es la de que Dios ofrece ilimitadamente su amor y perdón. Él pone como condición que nosotros perdonemos. Al comenzar cada celebración eucarística recordamos esta fe, nos reconciliamos con Dios y con los hermanos mediante el mutuo perdón. Avanzada la misa nos damos fraternalmente la paz. Así estamos en disposición de acercarnos a la mesa de Cristo sin temer reproches por nuestra mezquindad como los hechos al siervo inmisericorde de la parábola. Al final nos despediremos en paz.



Pedimos perdón



(A)



Es el momento de pedir perdón. Y también es el momento de

perdonar a todos.


* Porque muchas veces somos débiles y no hacemos el bien; por las veces que el egoísmo cierra nuestros ojos y no nos deja ver el mal que hacemos... SEÑOR, TEN PIEDAD...

* Por las veces que nuestro corazón se cansa de amar; por las veces que nos hemos aislado de los demás, sin preocuparnos de caminar juntos... CRISTO, TEN PIEDAD...

* Por las veces que hemos negado nuestra colaboración para construir un mundo mejor; por las veces que nos creemos mejores que los demás... SEÑOR, TEN PIEDAD...



(B)



- Jesús ha cancelado todas nuestras deudas. ¡Señor, ten piedad!

- Jesús ofrece su perdón a condición de que también nosotros perdonemos. ¡Cristo, ten piedad!

- El espíritu de Jesús es espíritu de reconciliación y no de venganza. ¡Señor, ten piedad!





Escuchamos la Palabra



Monición a la lectura



La fe es una razón poderosa para perdonar. Dios mismo nos demuestra su amor perdonando. Si vivimos superando rencores y ofensas y derramando perdón, nos parecemos a Dios. Quien no perdona está demostrando que no ha entendido a Dios, vive encerrado en su propia oscuridad y se perjudica a sí mismo y a los demás.

Lectura del libro del Eclesiástico



El furor y la cólera son odiosos: el pecador los posee. Del vengativo se vengará el Señor y llevará estrecha cuenta de sus culpas. Perdona las ofensas a tu prójimo, y se le perdonarán los pecados cuando lo pidas. ¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor? No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados? Si él, que es carne, conserva la ira ¿quién expiará por sus pecados? Piensa en tu fin y cesa en tu enojo, en la muerte y corrupción y guarda los mandamientos. Recuerda los mandamientos y no te enojes con tu prójimo, la alianza del Señor, y perdona el error.



Palabra de Dios



SALMO RESPONSORIAL

R/ El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia.





+ Lectura del santo Evangelio según San Mateo



En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó: «Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?» Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.» Y les propuso esta parábola: «Se parece el Reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: 'Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo. El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios, y agarrándolo lo estrangulaba diciendo: Págame lo que me debes. El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: 'Ten paciencia conmigo y te lo pagaré. Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: "¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?' Y el Señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.
Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»



Palabra del Señor





Evangelio Dialogado (Niños)



Narrador: En cierta ocasión en que Jesús hablaba a sus discípulos sobre cómo tenemos que perdonarnos unos a otros, Pedro, su discípulo, le preguntó:
Uno: Si alguien me hace alguna faena y me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarle? ¿Siete veces?
Narrador: Y Jesús le contestó:
Jesús: Siete veces, no; sino setenta veces siete.
Narrador: Con esta respuesta Jesús quiso decirle que tenía que perdonar siempre y para que entendieran mejor cómo tenían que perdonar, les contó esta parábola:
Una vez un rey reunió a todos sus empleados para pedirles cuentas de lo que le debían.
Uno de los empleados que le debía cien mil pesetas no tenía el dinero suficiente para devolvérselas.
Entonces el rey mandó que vendieran todas las posesiones que aquel empleado tenía y así podía recuperar lo que le debía.
El empleado, entonces, comenzó a suplicar al rey que tuviese un poco de paciencia, que se lo pagaría todo.
El rey se compadeció y le perdonó la deuda.
Pero, al salir de la casa del rey, aquel empleado se encontró con un compañero que le debía mil pesetas. Y, agarrándolo con mucho genio le dijo:
Uno: Págame lo que me debes.
Narrador: Pero el compañero empezó a suplicarle:
Uno: Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo.
Narrador: Pero el empleado se negó a perdonarle y lo metió en la cárcel hasta que le pagara lo que debía.
Poco después el rey se enteró del comportamiento de su empleado y se enfadó mucho. Mandó llamar al empleado y le dijo:
Rey: !Empleado malvado! Resulta que yo te he perdonado la deuda tan grande que tenías conmigo y tú no has sido capaz de perdonarle a tu compañero unas pocas pesetas que te debía?
Narrador: Entonces el rey mandó que lo metieran en la cárcel hasta que le pagara toda la deuda.
Y Jesús dijo a la gente que le escuchaba que el Padre del cielo hará lo mismo con aquellos que no perdonan de todo corazón a sus hermanos.


Palabra del Señor



Homilías



(A)



El tema del perdón es clave para entender el Mensaje de Jesús. Jesús había hablado del perdón, incluso a sus enemigos: "Padre, perdónales porque no saben lo que hacen." Había hablado de la corrección fraterna: "Si tu hermano peca, repréndele; si se arrepiente, perdónale."

Entonces surge una pregunta interesante por parte de Pedro: ¿Cuántas veces tengo que perdonar... ?

Entre los judíos había corrientes distintas sobre las veces que se podía perdonar. Normas que iban desde dos veces hasta seis veces. Más veces no. Pedro, en un arranque de generosidad, le dice a Jesús: ¿Se puede perdonar hasta siete veces?

Jesús multiplica el número por setenta, que quiere decir: ¡siempre! Todos los días y todas las horas. A cada momento, sin esperar ni siquiera un segundo.



Reflexión.

Vamos a mirarnos un poco hacia adentro. Vamos: a ver cuál de los personajes nos representa a nosotros.

- Nosotros nos parecemos siempre al tacaño. Nos cuesta perdonar de corazón las pequeñas ofensas de cada día. Las nuestras nos parecen pequeñas y las de los demás grandes...

- Queremos estar a bien con Dios, pero tenemos deudas con los demás. Así que estamos en deuda con Dios, con los otros

y con nosotros mismos, por tacaños, por rencorosos, por ser de la "Virgen del Puño"...

- Utilizamos dos medidas: queremos que Dios nos perdone siempre, mientras yo no perdono nunca. Lo que yo hago a los demás nunca es grande, nunca es para tanto; lo que los otros me hacen a mí es grave, es imperdonable: "Perdono, pero no olvido..."

Podríamos seguir, pero lo vamos a dejar por hoy. Porque Dios es perdón y no castigo; Dios no es un tribunal que apunta todas nuestras faltas; Dios no nos pone una multa, ni un castigo, ni archiva todas nuestras faltas. Dios no se parece a nosotros.

Dios olvida todo y sólo se preocupa de perdonar y quiere que nosotros también perdonemos. No hace falta que vayamos donde Él con la lista de nuestras muchas deudas. Sólo nos pide un corazón arrepentido y comenzar un camino de amistad con El y con los demás...



(B)



Algunas veces hemos comentado la radicalidad y las exigencias de la vida cristiana. Las dos lecturas de hoy, son una prueba de fuego de esa radicalidad...

Perdonar es algo que, en ciertos momentos y circunstancias, nos parece en contra de la naturaleza. Todos nos hemos sentido sobrecogidos ante imágenes que los medios de comunicación ponen a nuestro alcance de las terribles y absurdas consecuencias del terrorismo. Todos nos hemos estremecido ante el dolor incalificable y estéril de las víctimas que han sufrido directamente un atentado y de las familias que han quedado destrozadas. Todos hemos oído declaraciones y todos nos hemos preguntado, seguramente, si es posible perdonar tanta barbarie y tanta insensatez. Si lo preguntásemos a Jesús, la respuesta será clara: hay que perdonar. Por eso digo que, en determinadas circunstancias, el perdón aparece como sobrenatural. Y aparece así porque lo es. Naturalmente que perdonar no significa renunciar a la justicia, significa renunciar a la justicia "por tu mano", a la ley del Talión...

Es muy posible que muchos de nosotros no tengamos que hacer un acto heroico a la hora de perdonar, afortunadamente. Pero sí es cierto que tenemos montones de ocasiones en las que podemos ejercitar esa preciosa tarea de perdonar... Perdonar al que murmura de mi, al que me ataca injustamente, al que nos malinterpreta conscientemente; al que quiere desplazarte del lugar que ocupas o del puesto, al que se ríe de tus limitaciones; perdonar al que te pone la zancadilla, al indiscreto, al calumniador; perdonar al que decía ser tu amigo y no dudó en darte la espalda cuando las "cosas vinieron mal dadas". Perdonar... y perdonar siempre, aunque aparezcas a los ojos de los demás como un pobre hombre (o mujer) falto de energía o decisión, cualidades ambas que en absoluto están reñidas con la actitud de perdón.

Es muy posible que muchos de nosotros recemos diariamente esa oración maravillosa que salió de labios de Jesús cuando sus discípulos le dijeron que les enseñara a orar: El Padrenuestro. El Padrenuestro es un compendio de teología, de filosofía y de

amor práctico; es la oración exacta para cualquier momento de

la vida, tanto para los momentos de alegría en los que podemos dirigirnos al Padre para santificar su nombre por la felicidad que

tenemos, como en los momentos de dolor en los que nos dirigimos a Él para pedirle algo, a veces tan incomprensible como el cumplimiento de su voluntad, Y, por supuesto, la oración por excelencia para utilizarla cuando sea necesario que perdonemos porque en ella está el fundamento último de nuestro perdón a los demás: el hecho de que diariamente, quizá, somos perdonados por Dios sin limitaciones y sin cansancio por su parte. Perdonar hasta setenta veces siete es la respuesta fulminante de Cristo a la pregunta de Pedro. Es decir, perdonar siempre porque Dios no admite ante sí a los que no perdonan de "corazón" a su hermano. No vale ir a la Iglesia y presentar ante el altar tu ofrenda si estás enfadado con tu hermano. Es necesario que vayas a reconciliarte y sólo después te encontrarás verdaderamente con Dios. Es preciso que los cristianos profundicemos en la doctrina del perdón porque es fácil pasar de puntillas sobre ella, y responder a la ofensa con la ofensa y al agravio con el agravio, sin contar, por supuesto, las veces que juzgamos y condenamos inapelablemente a quienes se atreven a proceder o pensar de modo distinto al nuestro. ¡Cuántas veces, si nuestros pensamientos fueran transparentes, necesitaríamos ser perdonados por nuestros juicios sobre los demás, por nuestra dureza de corazón al hablar de los demás, por nuestro desprecio a los que no son de los "nuestros",

Pues ya sabemos: hay que perdonar siempre. Los padres entendéis esto perfectamente, porque vosotros sí lo practicáis a diario. Y lo hacéis por una razón sencillísima: porque amáis de verdad a vuestros hijos, porque, aún sintiendo la ofensa que os hayan infringido, queréis que el hijo reaccione, que rectifique, que sea capaz de utilizar el potencial de amor que tiene. Así nosotros, porque así lo hace nuestro Padre del cielo.



(C)



En la comunidad de San Mateo, como ocurre en nuestros colectivos humanos, había algunos problemas de convivencia, y el perdón no siempre arreglaba las situaciones conflictivas. Necesitaban meditar las palabras de Jesús, y así se lo propone el evangelista. Nosotros también necesitamos meditar la Palabra del Señor para nuestra vida. Conocemos bien nuestra condición de gentes pecadoras y damos por supuesta nuestra incapacidad para hacer todas las cosas bien. Nos queda como solución, para reconquistar la paz y la convivencia fraterna, recurrir al arrepentimiento y al perdón. Sólo cuando somos conscientes de nuestras propias debilidades y pobrezas vemos como algo natural y familiar ese espacio de perdonar y ser perdonados. Y es que, sin ese ambiente de perdón, se asfixiaría la vida en nuestras familias, en nuestras parroquias y en los colectivos humanos. Todos lo comprendemos. «Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?»

Sin embargo, sabemos que nos podremos encontrar en nuestros ambientes con personas partidarias del escarmiento y de la mano dura. Dicen que el que la haga que la pague, y en eso de pagar también hay grados, que van desde pagar lo justo hasta llegar a la crueldad o la venganza para que sirva de escarmiento. Es esa vieja fórmula pedagógica de que «el miedo guarda la viña». Me he encontrado con cristianos así y confieso que me producen algo de miedo y desasosiego. Pero también nos encontramos con personas que comprenden con facilidad las debilidades ajenas (quizás porque tienen bien conocidas las suyas) y experimentan también una gran facilidad para perdonar. Creo que esta actitud es la que tenían los discípulos de Jesús mientras escuchaban sus palabras.

Pero parece que a Pedro le surgía un problema: en una comunidad de hermanos, donde hay deseos sinceros de hacer las cosas bien, es evidente que hay que perdonar las ofensas, pero ¿cuántas veces hay que seguir perdonando? ¿Es que no hay ningún límite? ¿No es suficiente con perdonar hasta siete veces? Entonces Jesús le contestó que hay que perdonar setenta veces siete. Es decir, siempre. Ésta es la invitación de Jesús: los cristianos estamos dispuestos a perdonarnos siempre, sin dejar sitio a los deseos de venganza o al rencor. Y perdonamos siempre porque tenemos la experiencia hermosa de que así lo hace el Señor con nosotros. Y para aclararnos todo esto, Jesús contó la parábola del rey que quiso ajustar cuentas con sus empleados. Cada uno de nosotros somos como ese empleado que debe a su señor mucho más de lo que nunca podrá pagar. Y como nunca podemos pagar nuestras deudas, «el señor tuvo compasión de aquel siervo, lo dejó libre y le perdonó la deuda». Jesús quiere enseñarnos que, desde esa conciencia de perdonados, no podemos hacer otra cosa que perdonar a nuestros hermanos cuantas veces sea necesario. Éste ha de ser siempre nuestro talante. Así nos lo enseñó Jesús. Para nosotros está claro que el único requisito es siempre el reconocimiento del pecado y el arrepentimiento sincero. Si falta esto, no hay nada que perdonar y sería una pura declaración de impunidad y de prepotencia. Cosas así se han repetido, por ejemplo, en América Latina. Nosotros formamos una comunidad de hermanos, sometidos a la miseria del pecado. Desde esa pobreza íntima hemos suplicado muchas veces el perdón y el amor de Dios. Y lo hemos experimentado en nuestra alma. El Señor nos ha vuelto a la paz y a la alegría. Pues ése es nuestro camino. Así nos lo enseña Jesús en este evangelio.



(D)



San Pablo fue llevado a la cárcel. No es extraño que, cuando mandan los bandidos, las personas honradas vayan a la cárcel. San Pablo sabía muy bien que pronto lo iban a matar, y cuando la muerte la tenemos delante de los ojos es el momento de la verdad. Había llegado el momento de la verdad para el Apóstol. Desde la cárcel, san Pablo le escribe una carta a Timoteo, compañero de fatigas. En ella, a Timoteo y a todos nosotros, nos dirige estas palabras, que son como un testamento: Acuérdate de Jesucristo resucitado de entre los muertos. Por Él llevo estas cadenas sobre mis espaldas como un malhechor. Si sufrimos con Él, reinaremos con Él; si morimos con Él, viviremos con Él.

Sí: san Pablo se ha sacrificado por Cristo. Y nosotros debemos sacrificarnos por Cristo. Me diréis que a Cristo no lo vemos; y ojos que no ven, corazón que no duele.

Pero a Cristo lo vemos con los ojos de la fe; lo podemos ver todos los días. Cristo está en estos momentos a tu lado; Cristo se sienta contigo a la mesa cuando alguien se sienta alrededor de tu mesa. Con Cristo te encuentras en la calle; Cristo está en tu prójimo, sobre todo en los más necesitados, y a veces necesitado de tu perdón. ¡Y qué difícil a veces es perdonar!

Era yo muy niño; a una familia de Camariñas (Galicia) le sucedió una gran tragedia. Un maestro, entró en la casa en donde estaba de pensión y disparó sobre un joven de esa casa. Este murió en el acto. Marcelina, una hermana del joven, estaba sacando agua del pozo y acudió gritando.

El criminal disparó también sobre ella y la hirió mortalmente. Otra hermana se salvó porque se hizo la muerta.

El asesino se suicidó pegándose un tiro. Acudieron los vecinos, llamaron al cura y este le preguntó a Marcelina si perdonaba todo aquello; y ella contestó: «Sí, perdono», fueron sus últimas palabras.

Hermanas y hermanos: yo no creo que a nosotros nos sea tan difícil perdonar como le fue a Marcelina, pero si lo fuera, debemos también perdonar.

A Juan Pablo II lo intentó matar un joven turco, y el Papa le perdonó. No le tenía odio. Incluso lo visitó en la cárcel, aunque naturalmente la justicia, a pesar del perdón, siguió adelante.

Si no perdonamos, no podemos rezar el padrenuestro.

Cuando rezamos el padrenuestro le decimos a Dios: «Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Por lo tanto, si no perdonamos, al rezar el padrenuestro estamos mintiendo.

Sepamos, pues, perdonar. Al fin y el cabo todos estamos necesitados del perdón de Dios.





(E)



¿QUÉ SERÍA DE NOSOTROS SIN PERDÓN?

Se la llama «parábola del siervo sin entrañas», porque trata de un hombre que, habiendo sido perdonado por el rey de una deuda imposible de pagar, es incapaz de perdonar a su vez a un compañero que le debe una pequeña cantidad. El relato parece sencillo y claro. Sin embargo, los autores siguen discutiendo sobre su sentido original, pues la desafortunada aplicación de Mateo no encaja bien con la llamada de Jesús a «perdonar hasta setenta veces siete».

La parábola que había empezado de manera tan prometedora, con el perdón del rey, acaba trágicamente. Todo termina mal. El gesto del rey no logra introducir un comportamiento más compasivo entre sus subordinados. El siervo perdonado no sabe compadecerse de su compañero. Los demás siervos no se lo perdonan y piden al rey que haga justicia. El rey, indignado, retira su perdón y entrega al siervo a los verdugos.



Por un momento, parecía que podía haber comenzado una era nueva de comprensión y mutuo perdón. No es así. Al final, la compasión queda anulada por todos. Ni el siervo, ni sus compañeros, ni siquiera el rey escuchan la llamada del perdón. Éste ha hecho un gesto inicial, pero tampoco sabe perdonar «setenta veces siete».

¿Qué está sugiriendo Jesús? A veces pensamos ingenuamente que el mundo sería más humano si todo estuviera regido por el orden, la estricta justicia y el castigo de los que actúan mal. Pero, ¿no construiríamos así un mundo tenebroso?

¿Qué sería una sociedad donde quedara suprimido de raíz el perdón? ¿Qué sería de nosotros si Dios no supiera perdonar?

La negación del perdón nos parece la reacción más normal y hasta la más digna ante la ofensa, la humillación o la injusticia. No es eso, sin embargo, lo que humanizará al mundo. Una pareja sin mutua comprensión se destruye; una familia sin perdón es un infierno. Una sociedad sin compasión es inhumana.

La parábola de Jesús es una especie de «trampa». A todos nos parece que el siervo perdonado por el rey «debía» perdonar a su compañero. Es lo menos que se le puede exigir. Pero entonces, ¿no es el perdón lo menos que se puede esperar de quien vive del perdón y la misericordia de Dios? Nosotros hablamos del perdón como un gesto admirable y heroico. Para Jesús era lo más normal.





Oración de los fieles



Estamos hablando de perdón, y vamos, ahora, a pedir por todos a los que hemos podido hacer mal.



1- Te pedimos por los niños a los que hemos podido ofender con nuestras palabras o nuestro mal ejemplo. Roguemos al Señor.

2- Te pedimos por los jóvenes a los que hemos podido molestar con nuestro desprecio; dales fuerza para enfrentarse a la vida. Roguemos al Señor.

3- Te pedimos por los mayores a los que hemos podido ofender con nuestro olvido y desprecio: Dales fuerza para que nos entreguen a todos la rica experiencia de su vida. Roguemos al Señor.

4- Te pedimos por todos los que nos reunimos aquí. Muchas veces nos olvidamos de los demás, y no les ayudamos o incluso les despreciamos. Ayúdanos a ser cariñosos y comprensivos. Roguemos al Señor.



Todo esto te lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor. Amén



(B)



Dirijámonos al Dios Padre, rico en misericordia, poderoso en su perdón, pidiéndole su ayuda:



Todos: HAZNOS COMPASIVOS COMO TÚ ERES COMPASIVO.



* Para que la Iglesia, cada una de sus comunidades, sea hogar acogedor en la que no quepan actitudes intransigentes, OREMOS...

* Para que desaparezca el espíritu de represalia y violencia entre familias y pueblos enfrentados, OREMOS...

* Para que se encuentren fórmulas eficaces y generosas de condonar la deuda externa de los países del tercer mundo. OREMOS...

* Para que creamos en el perdón como fuente de humanidad para cada uno de nosotros, OREMOS...

* Para que seamos capaces de pedir perdón a los empobrecidos y condenados por nuestra causa, OREMOS...



Que tu misericordia transforme nuestro corazón y lo haga valiente para perdonar y sencillo para pedir perdón.



(C)



Presentemos al Padre, rico en misericordia y en perdón, la oración por las necesidades y problemas de la humanidad.



Todos: Haznos compasivos como Tú.



1. Haz que la Iglesia brille por la práctica de la acogida y comprensión y destierre la intransigencia. Oremos.

2. Haz que los pueblos del occidente desarrollado aborden con lucidez y generosidad la condonación de la deuda externa de los pueblos del Sur. Oremos.
3. Haz que creamos que el perdón nos hace más humanos. Oremos.
4. Haz que seamos capaces de pedir perdón a los empobrecidos por nuestra avaricia y afán de riquezas. Oremos.

5. Haz que en nuestra comunidad parroquial podamos celebrar la reconciliación entre personas y grupos desunidos. Oremos.



Que tu misericordia convierta nuestro corazón y nos haga valientes para perdonar y humildes para pedir perdón. Por Jesucristo nuestro Señor: AMÉN.



Ofrendas



A. PRESENTACIÓN DE DINERO


Mira, Señor, yo te traigo hoy este dinero. Es la causa de nuestras deudas y también del mayor número de nuestros conflictos y de que se emponzoñe nuestro corazón para negarse al perdón a los demás o guardar viejas historias para la venganza. Al ofrecértelo hoy, quisiera, en mi nombre y en el de toda la comunidad, manifestar en público su relatividad y el poco valor objetivo que tiene por sí solo. Sin embargo, quisiera pedirte que no se ciegue nunca nuestro corazón para llegar a declararlo lo más importante de nuestras vidas y sea la causa de nuestros enfrentamientos, enemistades y luchas. Haznos sustituirlo por tu amor, pues entonces nos será mucho más fácil perdonar a los demás.

B. PRESENTACIÓN DE UN PAN



Señor, yo te ofrezco hoy este pan. Bien conoces la multidimensión significativa de esta ofrenda. Es un signo de la Eucaristía, que representa la muerte y la resurrección de tu Hijo por nosotros y el banquete, anticipo del banquete del Reino, con el que nos alimentas para los avatares de la vida. Lo es también de la comunidad reconciliada, pues de multitud de granos se llega a hacer un pan como éste. Además, es signo del amor, entre otras cosas, por estar hecho para los demás.

Bajo todos estos signos se esconde, Señor, tu amor y tu perdón respecto de nosotros. Por ello te estamos agradecidos y te suplicamos nos ayudes a vivir desde ese mismo amor con cuantos nos rodean. Que no midamos nunca, como Tú no lo haces con nosotros, si somos o no generosos, si hemos aún de perdonar más veces, si nos hemos de entregar y servir aún más a los demás.





Prefacio...



En verdad es justo darte las gracias, Señor,
porque sin cesar nos ofreces tu perdón
y nos invitas a confiar en tu bondad.
Tu Hijo Jesús, a su paso por este mundo
nos entregó su Mensaje de perdón y reconciliación,
pero, además lo cumplió con su ejemplo,
perdonando a todos, incluso a los que lo crucificaron.
Supo perdonar a todos y ser paciente,
y nos enseñó, que sólo el que perdona a sus hermanos,
puede acercarse a Ti a pedir perdón.
Llenos de admiración y agradecimiento,
queremos unir nuestras voces
a tus ángeles y santos del cielo
para proclamar la fuerza de tu amor
y la alegría de nuestra salvación diciendo:

Santo, Santo, Santo...


Padre Nuestro

Decir "Padre nuestro" significa derribar todos los muros, cortar todas las alambradas, abrir todas las puertas. Son palabras que han ido pasando de boca en boca y han recorrido todos los rincones hasta llegar a nosotros. Pero estas viejas palabras, cada vez que las pronunciamos, tienen algo nuevo que decirte en este día: Dios perdona siempre, porque es nuestro Padre, y quiere que también nosotros perdonemos, porque somos tus hijos, somos hermanos. Juntos rezamos: Padre Nuestro ...

Nos damos la paz

Durante la Eucaristía, antes de acercarnos a comulgar, se nos pide que todos nos demos la paz. Darnos la paz es decir a todo el mundo: ¡Te quiero! Te perdono. Así podemos sentarnos juntos a la Mesa y comer de un mismo Pan.
La paz del Señor esté con todos nosotros .
Nos damos la señal de la Paz...

Compartimos el pan

Jesús nos ha perdonado y nos invita a su Comunión. Vamos a aceptar.
* Dichosos nosotros por haber sido invitados.
* Señor, no soy digno de que entres en mi casa . . . . .

Oración

Setenta veces siete
Jesús, Tú no eras persona de números,
pero el setenta veces siete, nos lo dejaste bien claro.
Es la medida de tu Amor,
es la grandeza de tu corazón,
es la invitación a sanarnos por dentro,
a dejarnos de palabrerías, de frases hechas,
de disculpas sin olvidar y concretar perdones.

Hoy quiero darte las gracias porque, seguro,
que me has perdonado más de setenta veces siete.
Hoy quiero pedir perdón a los de alrededor,
por mis más de setenta veces siete errores.
Hoy vuelvo a coger la oportunidad que me das,
de empezar de nuevo, como en infinitas ocasiones.

Gracias, Jesús, porque tu Amor es incontable.
Gracias, porque tu perdón es interminable.
Gracias, porque tu corazón es inagotable.
Gracias, porque tu ilusión conmigo es inacabable.

Señor, dame un corazón que olvide, tantas veces como Tú,
que tienda la mano disculpadora, tantas veces como Tú,
que vuelva a creer en el género humano, tantas veces como Tú
y que me limpie de resentimientos y memorias,
tantas veces como Tú.

Señor, más de setenta veces siete,
quiero seguirte, otras tantas,
quiero entusiasmarme con tu estilo,
las mismas, deseo entretejer mi vida con la tuya
e igual número de veces te agradezco que insistas en llamarme.


WebJCP | Abril 2007