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sábado, 17 de septiembre de 2011

LA HOMILÍA MÁS JOVEN: IMAGINAR, FABRICARSE, UN DIOS A MEDIDA Y PROVECHO PROPIO



1.- Una de las desgracias de la actual humanidad es haber ahogado la intuición. No lamento la decisión de cortarse el pelo o rasurarse la barba. Ni la de elaborar complicados guisos, ignorando sencillos y naturales sabores. Me siento indiferente a la evolución del lenguaje. Pero prescindir del conocimiento intuitivo, frena y entorpece el progreso. No os asustéis, mis queridos jóvenes lectores, que no voy a continuar con disquisiciones de este género.

2.- Imaginaos que os hacéis un dios a vuestro gusto, un ídolo espiritual erigido en el corazón y, a continuación, pretendéis que se acomode a vuestros caprichos. Dios, si existe, debe impedir desgracias, no permitir deformidades, ni inútiles sufrimientos, se dice entonces. Olvidamos que muchos males se derivan directamente de nuestras infidelidades, errores y egoísmos. Ocultando que los demás gozan, como nosotros, de libertad. Y que la nuestra, exigimos nos sea totalmente reconocida y respetada. Amamos a nuestra manera y nos creemos que porque es nuestra espontanea ocurrencia, es perfecta. Y además creemos y esperamos ser amados como a nosotros nos apetece. Si esta manera de ser, provoca dificultades en la relación entre amigos o en el enamoramiento, mucho más complica resulta ser en el trato con Dios. Nos creemos que Él se debe comportar como a nosotros se nos ocurre. Sin darnos cuenta de que lo que tenemos en nuestro interior, es un dios pequeñito, muy bien envuelto y atado. Remedo de divinidad, incapaz de querer con infinito amor, tal como corresponde a su grandeza. Ignorando que para ser auténtico Dios, debe de estar impregnado del misterio, cosa esencial y propia de toda realidad divina.

(Antes de continuar y comentar la parábola del evangelio de este domingo, quisiera advertiros, mis queridos jóvenes lectores, de que os olvidéis, para entenderla, de criterios políticos. En este terreno, se trata de los contribuyentes de una comunidad, que con sus cotizaciones e impuestos, colaboran en la vida social que los políticos, democráticamente elegidos, deben administrar. Aparece en este terreno el conflicto llamado agravio comparativo, cosa que para nada se debe aplicar en el terreno de la vida cristiana).

3.- La parábola quiere iluminar un poco nuestra mente, para que entendamos que el amor de Dios trasciende nuestros cálculos. Que no podemos pretender llevar un libro de contabilidad de la Gracia. El Amor de Dios es inmenso, incalculable e incontrolable. Su proceder nunca es injusto y satisface totalmente a cada uno a su medida.

Que el pequeño Tarsicio me supere en santidad, me alegra sobremanera. Que Santo Dominguito de Val reciba honores de patrono universal de monaguillos, provoca que mis visitas al Pilar sean más felices. Que la pureza y heroicidad de María Goretti sea reconocida, aumenta mi amor por la castidad y mi admiración por las mujeres jóvenes. Que me asombre la valentía de Juana de Arco y que le sea reconocida por la Iglesia, aumenta mi gozo. Podría continuar con muchos ejemplos más. Todos los mencionados acabaron su vida siendo mucho más jóvenes de lo que soy yo. Que Dios desbordó su Gracia en sus pequeños corazones, me hace feliz. Si me dijeran que en el Cielo se goza por quinquenios de existencia en la tierra y ausencia de pliegos de cargos, disminuiría su atractivo.

4.- No dudo de la bondad de Dios y ahora que estoy biológicamente vivo, soy consciente de que me ama mucho más de lo que merezco y cada día me siento más agradecido. De la riqueza espiritual, nadie nos pide que hagamos “declaración de renta”. Que nadie, pues, se le ocurra quejarse, porque crea que otro recibe de Dios más favores y se sienta por ello humillado, sería tal proceder pura estupidez, consecuencia de su ignorancia y orgullo.

No puedo acabar sin recordar la lectura de la carta de Pablo. Su serenidad asombra. Dice él que si muere será feliz con Dios. Si continúa viviendo les será útil a los demás. No sabe qué escoger. ¿Somos capaces nosotros de plantearnos la existencia con esta entereza y paz?


WebJCP | Abril 2007