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MISIONEROS EN CAMINO: XXV Domingo del T.O. (Mt 20,1-16) - Ciclo A: ¿Dios hace justicia?
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sábado, 17 de septiembre de 2011

XXV Domingo del T.O. (Mt 20,1-16) - Ciclo A: ¿Dios hace justicia?



Parece difícil entender esta parábola con nuestra mentalidad, ¿es justo el reparto salarial que hace el señor de la viña con sus trabajadores?. Según criterio hoy muy extendido entre nosotros, no se ve ninguna razón para que retribuya a todos con el mismo salario, aparentemente al margen de una norma justa.
No parece que Jesús pretenda darnos ante todo una lección de relaciones laborales, aunque se pudiera pensar que insinúa que no hay que negar a ningún ser humano los recursos para alimentarse y vivir a un nivel mínimamente digno. ¿Dios se comporta así con nosotros?. Pensemos en esta página, encierra un mensaje de interés.

La parábola afirma, que Dios –el señor- retribuye con una recompensa que no guarda proporción con nuestros trabajos. La enseñanza permanente de Jesús es que nuestra relación con Dios, que es nuestro Padre, se establece ante todo por amor y no por méritos frente a la ley. Era la repuesta de Jesús a los legalistas, que siempre han visto mal, con malos ojos, su trato amistoso con pecadores. El dueño de la viña da pruebas de una bondad que sobrepasa nuestra justicia, sin lesionarla. Da a todos una retribución que les permite vivir con dignidad, sin quebrantar lo pactado.

La enseñanza de esta parábola es semejante a la de otras parábolas. Para Dios no rigen nuestros criterios de primeros o últimos, “trabajar desde el amanecer” o “desde el caer de la tarde”, porque todos están invitados y todos van a recibir un salario generoso. Ciertamente, a unos se les ha contratado al amanecer, a otros al caer de la tarde, todos son trabajadores para la viña, invitados para una tarea común, la viña es para todos. Unos han podido trabajar, han podido prepararse para trabajar, otros han vivido sin medios para poder hacerlo, sin poder prepararse, sin encontrar trabajo.

Lo que Dios nos da es siempre puro don gratuito, nos da lo que no hemos merecido, ¿quien puede presentar una reclamación justificada ante El? ¿Quien puede atreverse a proclamar que merece por sus propios méritos la salvación, el perdón, su Espíritu, que nos comunica Jesús el Hijo de Dios?. Él nos trae a todos la verdadera seguridad en nuestra vida, salvados por Él, todos podemos mirar a Dios como Padre y a la vida con plena confianza. Es así su generosidad y bondad.

Incluso en el ámbito religioso se ha inculcado, que para recibir un premio mayor tenemos que ser mejores que los demás; han sido enseñanzas que han promovido una espiritualidad cristiana de todos conocida. La parábola propone algo distinto. Dios nos desconcierta, después de veinte siglos muchos no le han comprendido al pensar en un Dios que nos abre su Reino según nuestras obras. Nos cuesta aceptar el don total de Dios, al pensar nosotros en Él como algo a conseguir gracias a nuestro esfuerzo. Una vez más, el evangelio nos dice cómo es Él.

Jesús ha venido a enseñarnos que todos los humanos somos hijos de Dios con la misma dignidad y que hemos de vivir como hermanos. En su mensaje es fundamental la igualdad radical entre nosotros, y que si queremos seguirle, hemos de aceptar el compromiso de construir una verdadera sociedad de hermanos.

Él nos dirá que todos estamos llamados a su fiesta, a su banquete, todos justos y pecadores somos hijos de Dios, con esa misma dignidad inscrita en nuestro corazón. Nos ha hablado de un banquete en el que todos nos sentaremos en la misma mesa para disfrutar de la misma fiesta, la invitación es un puro regalo gratuito; por sus propios méritos nadie pudiera haberla conseguido. Es una invitación personal y solidaria, a cada uno, para compartirla con todos. Es el denario, el sentarnos en la misma mesa. Un anticipo de ello es la participación en esta eucaristía, la comunión, el mismo pan, el mismo Jesús.

La respuesta, que da el señor a los trabajadores de la primera hora de la viña, es la clave para entender el pensamiento de Jesús: “¿es que vais a tener envidia porque soy generoso, porque soy bueno?”.

Esta parábola de hoy nos dice, que el amor de Dios para cada trabajador de la viña, para cada persona, no es menor por el hecho de que sea compartido con otros, es un amor extensivo, solidario, que nace de la misma fuente, Dios: Él nos ha dado a todos el mismo derecho a vivir con Él para siempre y nosotros hemos de continuar en nuestra vida esos deseos de Jesús.

Pero no podemos pasar por alto que la parábola está situada en el mundo del trabajo. Dios nos invita a colaborar con Él en su obra creadora, es el sentido religioso de toda clase de trabajo. Él hace nacer el sol y llover sobre justos y pecadores por igual, da de comer a las aves y viste a las flores... si hace eso con todos los seres sin distinción ¿cómo no había de hacerlo con sus hijos?

Dios nos crea, todos los seres humanos tenemos la misma dignidad de hijos suyos, su voluntad es que todos sin distinción tengamos los medios para vivir: nuestra voluntad de seguimiento a Jesús ha ser asumir con fidelidad las pautas que Jesús nos ha presentado en esta parábola. Todos, que gozaremos un día en su mesa, hemos de colaborar para que no nos falte a ninguno de sus hijos lo necesario para vivir en esta tierra con la dignidad de hijos suyos, Él lo desea.

No lo olvidemos. Dios es bueno con todos, lo merezcamos o no, aunque nos consideremos creyentes o agnósticos. Su bondad misteriosa desborda nuestros cálculos y está más allá de la fe de los que se creen creyentes, del ateismo de los que se creen incrédulos o agnósticos…de los que juzgamos nosotros como buenos o malos…. Más allá de nuestra buenas obras.

Para terminar, si queremos saber quiénes son sus preferidos: lo repitió muchas veces: los "pobres" son los privilegiados de Dios, y éstos tampoco por sus méritos, sino por la bondad de Dios que defiende a los pequeños, a los débiles, a los que han sufrido, por eso Él se acercó para ayudarles.


WebJCP | Abril 2007