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MISIONEROS EN CAMINO: Domingo de Pentecostés (Jn 20,19-23) - Ciclo A: El Espíritu de Jesús entre nosotros
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sábado, 11 de junio de 2011

Domingo de Pentecostés (Jn 20,19-23) - Ciclo A: El Espíritu de Jesús entre nosotros



Estas lecturas, que acabamos de escuchar, nos hablan de la venida del Espíritu Santo, el Espíritu prometido por Jesús. ¿Qué significa para nosotros la venida del Espíritu Santo?

Jesús fue concebido en el seno de María por el Espíritu enviado por el Padre. El Espíritu bajó sobre Él después de su bautismo cuando hacía oración en el Jordán, el Espíritu le ha conducido y guiado por los caminos de Palestina, acercándole a los pobres, a los pecadores, a los desgraciados de este mundo a los que anunció la salvación de Dios curando sus penas. El Espíritu de Dios le ha resucitado, Dios estaba con Él.

Al exhalar su aliento sobre sus discípulos diciéndoles “recibid el Espiritu Santo, como el Padre me ha enviado así también os envío yo”, Jesús prolonga su propia misión y les transforma comunicándoles lo más precioso que tiene, su vida íntima, el amor de Dios, les hace sus hermanos, sus testigos.

Aquellos primeros discípulos, al recibir el Espíritu, presentan a Jesús resucitado y su doctrina en el templo de Jerusalén, en sinagogas y se enfrentan con valor a una sociedad segura de sus religiones; fue el comienzo de la Iglesia con las nuevas comunidades que fueron naciendo por la acción apostólica de los seguidores de Jesús.

Durante tres siglos de cruentas persecuciones la Iglesia primitiva se fue implantando por todo el mundo conocido en comunidades cristianas, vivían con fe y esperanza la presencia del Espíritu en medio de aquella sociedad pagana, era la fuerza, era el amor del Espíritu presente en todos ellos.

Esto sucedió y esto sigue sucediendo, es la fiesta de Pentecostés que estamos celebrando. Es el mensaje de las lecturas que hemos escuchado.

El Espíritu de Jesús está hoy en cada uno de nosotros, está en nuestras comunidades cristianas, está en nuestra Iglesia. Ante todo, debe llenarnos de agradecimiento, de alegría y también de un deseo sincero de responder a lo que está esperando de nuestras vidas.

Pensemos en nuestros días, en nosotros. Hemos recibido el mismo Espíritu, ¿cuál es nuestra respuesta? Es bueno reflexionar en nuestra responsabilidad de seguidores de Jesús.

¿No resulta triste comprobar y ver en nuestro país y en otras Iglesias cristianas de Europa la apatía religiosa de numerosos creyentes, el olvido de los no cristianos, los problemas que plantean unos y otros?. La Iglesia no acaba de encontrarse en la nueva sociedad secularizada, pluralista, le resulta incómodo y difícil dejar viejos caminos, viejas costumbres y trazar nuevos modos de evangelizar, de organizarse, de dialogar, de convivir serenamente con el mundo de hoy ayudándole a comprender la necesidad de la apretura a lo sagrado, abriéndose igualmente a las auténticas necesidades humanas.

¿Porqué nuestro temor a seguir de cerca las nuevas rutas de pensar, de comprender a nuestro mundo y de dialogar con él como nos lo ha pedido el Espíritu en el Concilio Vaticano II? ¿Por qué seguir cómodos en nuestras viejas rutinas que ya no llaman la atención de las nuevas generaciones, por qué no responder con el Espíritu de Jesús a los retos actuales de nuestro mundo?.

¿No será que nos puede una especie de pereza de nuestro ánimo, de miedo a arriesgarnos para no perder privilegios ya devaluados? Hemos de preguntarnos una vez más ¿dónde está el Espíritu?

No podemos olvidar que el Espíritu Santo, que es el don supremo de Dios, que nos ha otorgado el Señor muerto en la cruz y resucitado, es la presencia viva de Dios, que está en nuestro corazón y en nuestra vida, que está en la Iglesia que nos dejó Jesús, que está entre nosotros. Al recibir el Espíritu recibimos a Dios mismo permitiéndonos vivir con su propia vida, concediéndonos participar de su propia naturaleza y haciéndonos herederos de su gloria.

Si descubrimos el Dios de Jesús que es amor y don total, intentaremos repetir en nosotros ese Dios, amando, reconciliando y sirviendo a los demás. Esta es la diferencia abismal entre seguir al Espíritu del que nos habla el evangelio, o seguir lo que nos dicta nuestro propio espíritu.

Si vivimos conscientemente su presencia podremos sentir dentro de nosotros una vida nueva, sentiremos que nuestra vida está impulsada por una nueva fuerza, podremos tener una seguridad y una confianza nueva en nosotros mismos, sentir una alegría diferente ante el convencimiento de que con el Espíritu, la fuerza de Dios está con nosotros, nos será más fácil comunicarnos con Él y con los demás deseando ser sus testigos, dando a conocer la grandeza de una vida animada por el Espíritu de Dios.

Llegaremos a comprender, que la presencia de Dios adormecida, pero presente en los hombres y mujeres que nos rodean, puede llegar a ser aceptada, apreciada, deseada por quienes hoy viven olvidados de Dios, pero amados profundamente por Él.

El Espíritu iluminará nuestra inteligencia para que lleguemos a descifrar su presencia en acontecimientos, en proyectos, en tantos gestos generosos y de solidaridad que hoy se realizan en la sociedad actual, que nosotros habremos de apoyar, haciendo posibles acciones decisivas para la construcción de un futuro abierto a la vida y a la fraternidad de la humanidad.

Así podremos vivir una esperanza diferente ante el futuro, teniendo más capacidad para amar y también para dejarnos amar, tendremos fuerza para iniciar cada día con nuevo ánimo, porque Dios está con nosotros.

Celebremos este día, esta fiesta de la conmemoración de la venida del Espíritu en Pentecostés con nuestra determinación más sincera de responder en nuestra vida a los deseos que Dios tiene de que su Reino de amor, de justicia, de hermandad vaya siendo realidad entre nosotros.

Por eso la Iglesia nos propone que la invocación, que hoy se repite tan generosamente en nuestra liturgia, sea oración nuestra cada día: "Envía, Señor, tu Espíritu, que renueve la faz de la tierra". "Ven, Espíritu llena los corazones de tus fieles".

Hagámoslo con fe y esperanza


WebJCP | Abril 2007