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MISIONEROS EN CAMINO: Domingo de la Ascensión del Señor (Mt 28,16-2) - Ciclo A: Dios ya no se llama Dios, sino "Papá"
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jueves, 2 de junio de 2011

Domingo de la Ascensión del Señor (Mt 28,16-2) - Ciclo A: Dios ya no se llama Dios, sino "Papá"



Esta es la Buena Noticia, el corazón del evangelio: Dios ya no se llama Dios, sino Padre, o mejor, «Papá», que sería la expresión española más cercana a la que usaba Jesús, «abba», y que, según San Pablo, es también la que gritan, a una sola voz, el Espíritu y nuestro espíritu (Rom 8,15-16).

"Se me ha dado plena autoridad en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos para vincularlos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo y enseñadles a guardar todo lo que os mandé; mirad que yo estoy con vosotros cada día, hasta el fin de esta edad".


VINCULADOS AL PADRE...

No. Dios no es un amo. Y nosotros no somos sus siervos. A pesar de algunas expresiones que se conservan todavía en ciertas oraciones del Misal Romano. Dios no quiere siervos, quiere hijos.

Si observamos con atención la imagen de Dios que ofrecen las distintas religiones de la tierra, al menos las más conocidas, veremos que en todas ellas Dios es presentado como el amo absoluto de todas las cosas: de la vida y de la muerte, de la felicidad y de la desgracia, de las cosas y de las personas. Y esta imagen de un dios-amo acaba siempre siendo utilizada para justificar la existencia de otros amos, éstos de tejas para abajo.

Esta es la inmensa revolución que se produce con el men­saje de Jesús de Nazaret: Dios ya no se llama «el Señor», se llama ¡Padre! Ya no se puede justificar ninguna esclavitud; ninguna actitud servil está justificada. Porque los hombres, para Dios, ya no son siervos, sino hijos.

A este respecto, es interesante recordar la respuesta que recibe de su padre - figura de «el Padre»- el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo (Lc 15,11-32). Éste se quejaba porque su padre, para celebrar la vuelta de su hermano menor -que había abandonado a su padre y a su familia y que volvía después de haberse dado la buena vida y de haber despilfarra­do toda su herencia-, había mandado matar el ternero ceba­do, mientras que a él, que siempre había sido muy obediente y sumiso, jamás le había dado ni siquiera un cabrito para celebrar una fiesta con sus amigos. A esta queja el padre responde: «Hijo, ¡ si tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo!». Aquel pobre muchacho era seguramente muy bue­no..., pero ¡no sabía vivir como hijo! «... en tantos años como te sirvo sin saltarme nunca un mandato tuyo... » Con estas palabras había iniciado su queja ante su padre. Y quizá porque no sabía vivir como hijo no era capaz de comportarse como hermano.


...Y AL HIJO..

No le bastó con negarse a ser amo para ser Padre; Dios quiso también ser hermano. Y en el Hijo del Hombre se hizo presente en el mundo de los hombres. Y lo hizo tan en serio, que desde ese mismo momento ya no se puede llegar al Padre si no es a través del Hijo del Hombre. Y no se puede ser hijo si no se quiere ser hermano.

No hay más remedio que aceptarlo así, porque él así lo ha querido, o mejor, porque ésa es la realidad de Dios, porque Dios es así.

Para conocer a Dios, al Padre, tenemos que empezar por conocer a aquel que, sin demasiadas teologías, sino con su vida, con la entrega de su vida, con su muerte por amor..., ha sido y sigue siendo la explicación de Dios, a quien nadie ha visto jamás (Jn 1,18).

Y para vincularse al Padre hay que vincularse al Hijo y solidarizarse con él en la realización del proyecto de liberación que, por medio de él, el Padre ofreció y sigue ofreciendo a la humanidad: convertir este mundo en un mundo de her­manos.


Y AL ESPIRITU

Ese Espíritu que nos hace hijos. Y porque nos hace hijos nos hace libres y nos hace hermanos.

El Espíritu es la vida que el Padre nos comunica, es el amor con que nos ama y la fuerza con que nos capacita para amar. Y porque es garantía y es amor, es garantía y testimonio de liberación y de libertad: «No recibisteis un espíritu que os haga esclavos y os vuelva al temor; recibisteis un espíritu que os hace hijos y que nos permite gritar ¡Abba! ¡Padre!» (Rom 8,15).

Ya no se puede seguir diciendo que el principio de la sabiduría es temer al Señor (Prov 1,7); el Espíritu de Jesús, que es el espíritu de amor, se encarga de que no volvamos a recaer en el temor... porque «el amor acabado echa fuera el temor» (1 Jn 4,18).

Bien están las teologías que intentan explicar cómo Dios puede ser a la vez uno y trino; pero quizá el evangelio lo que nos propone es que intentemos vivir vinculados al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo sin permitir que otras cadenas hagan ineficaz la sangre del Mesías.


WebJCP | Abril 2007