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MISIONEROS EN CAMINO: Homilías y Reflexiones para el III Domingo de Pascua (Lc 24,13-35) - Ciclo A
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sábado, 7 de mayo de 2011

Homilías y Reflexiones para el III Domingo de Pascua (Lc 24,13-35) - Ciclo A


Publicado por Iglesia que Camina

DIOS CAMINA A NUESTRO LADO

El relato del episodio de los dos de Emaus siempre me ha impresionado. Yo no sé si se trata de un relato real o de un tipo de parábola pascual, pero en todo caso reconozco que es de lo más significativo.
En primer lugar, Dios no irrumpe en nuestras vidas forzándonos a cambiar. Al contrario, Dios se mete en nuestras vidas como una caminante que encontramos en el camino y se nos une y camina a nuestro lado como un caminante más.

En segundo lugar, Dios no comienza por echarnos discursos y arengas para que nos convirtamos. Muy por el contrario, Dios camina a nuestro lado interesándose por nosotros mismos. ¿Qué conversación lleváis entre vosotros? ¿Por qué camináis tristes por el camino?

En tercer lugar, Dios nunca se presenta como el que es más, el superior, el que tiene la verdad sino como un caminante más. Con frecuencia, nosotros solemos ver a Dios como alguien lejano al que dirigirnos, cuando en realidad Dios se hace uno de nosotros, incluso demostrando la ignorancia de los acontecimientos que nos afectan y nos han provocado una desilusión y sensación de frustración y fracaso. “¿Eres tú el único que no sabe lo que ha pasado estos días en Jerusalén?” Jesús da la impresión de no haber leído los periódicos de esos días ni haber escuchado la radio ni haber visto la televisión. No sabe nada y hasta pide ser informado.

Es el estilo de Dios, es su pedagogía. Meterse en nuestras vidas como interesado por nosotros, en vez de imponerse y hablar de sí mismo para que le aceptemos. Para mí una gran lección de pastoral y una gran lección de las relaciones de Dios con nosotros. Dios no comienza por Él, no comienza por echarnos discursos, sino por interesarse por nosotros.

Incluso no pretende le hospedemos en nuestra casa, sino que manifiesta su voluntad de seguir su camino. Espera a que seamos nosotros quienes le invitemos a “quedarse con nosotros porque ya anochece” y se sienta a la mesa para la cena como un invitado más, como un comensal más.

La Iglesia tiene demasiado discurso. La predicación tiene demasiado discurso. Nos presentamos como los que lo sabemos todo y queremos imponer nuestra verdad. ¿No necesitaremos caminar más con los hombres, interesarnos más por los problemas de la gente, sentir más sus dificultades, sus dudas, sus angustias y desilusiones y frustraciones y esperar a que sean los hombres los que nos invitan a quedarnos? Nosotros queremos meternos, entrar cuando la gente no tiene interés por lo nuestro. La verdadera pastoral para llegar a la gente es hacerles sentir ganas de que nos quedemos con ellos, que sigamos con ellos, cenemos con ellos y pasemos la noche con ellos. Despertar el deseo y no imponer nuestros criterios.




EMAUS, MODELO DE PASTORAL

El relato de Emaus, como el de la Samaritana, es un verdadero modelo de pastoral.
Estamos acostumbrados a la pastoral de las ideas. A una pastoral desde nosotros, desde nuestros criterios y pensamientos. En cambio, la pastoral de Emaus es la pastoral:

De salir al encuentro. No la esperar que ellos vengan. Ellos se van y se van desilusionados. Abandonan la comunidad, hoy diríamos abandonan la Iglesia. Es Jesús que sale a su encuentro, sale a su mismo camino. No los llama aparte, sino que es él que camina con ellos.
Necesitamos de una pastoral “no de espera” sino de “salir al encuentro”, pastoral de caminar al lado de la gente, al lado de los que se han ido defraudados de la Iglesia y de nuestra fe.

Partir de sus problemas. Jesús no les echa ningún discurso. Lo primero que hace es “preguntarles qué les sucede”, “por qué van tristes”, “por qué se sienten desilusionados”.
Necesitamos una pastoral interesada por los problemas de la gente, por sus tristezas, por sus angustias, por sus desilusiones, por su sensación de fracaso. No con autoritarismo, sino como quien siente sus problemas, se identifica con sus problemas y no da respuestas de memoria sino que trata de iluminar sus dudas, iluminar sus decepciones. La Iglesia predica más desde la fidelidad a la doctrina que desde la fidelidad a los problemas reales de la gente. Jesús comienza por preguntar y escuchar, sólo luego habla. Es precisa una pastoral que comience por preguntar, por escuchar. Sólo entonces nuestras respuestas responderán a lo que cada uno lleva en su corazón.

Caminar con ellos. Jesús camina con ellos, hace el mismo camino de ellos, no un camino paralelo. Este debiera ser el estilo de nuestra pastoral, caminar con los hombres, hacer su mismo camino. No una Iglesia que actúa desde el despacho parroquial, sino una pastoral que camina con la gente los mismos caminos de la gente. No una Iglesia paralela a la gente, sino metida con la gente. Esta es la pastoral de Jesús y del Evangelio, no la que nosotros hemos aprendido.





LA EUCARISTÍA, LUGAR DE RECONOCIMIENTO

Los de Emaus no lo reconocieron mientras les habla. Mientras les hablaba sentían un cierto calorcillo en su corazón, pero no sabían que era Él. Las palabras pueden ayudar, iluminar y hasta preparar el corazón, pero el verdadero lugar donde nos encontramos con Él es la mesa de la Eucaristía.

No bastan las palabras por sabias y bonitas que sean, éstas pueden recrear el oído.
Es preciso que la gente lo descubra y reconozca.
Es preciso que cada uno haga la experiencia de “que es Él”.

La conversión no se da por saber muchas cosas, ni por entender muchas cosas; la verdadera conversión está en encontrarse con Él, reconocerle a Él. El mejor lugar de encuentro es sin duda la Eucaristía. Ahí fue donde los de Emaus le reconocieron. Fue en el momento en que las partió el pan. Recién así se les abrieron los ojos del corazón. Este es el problema de nuestras Misas.

¿Son momentos donde le reconocemos?
¿Son momentos donde se nos abren los ojos?

O son Eucaristías donde no vemos nada, no nos encontramos con nadie, ni se abren nuestros ojos. Ellos se levantaron de la mesa y regresaron a la comunidad de Jerusalén. Nosotros después de la Misa, ¿regresamos a la Iglesia, a la comunidad a anunciar lo que hemos visto? ¿Salimos de la Eucaristía con el grito en el corazón de que es cierto, que Jesús está vivo y nosotros lo hemos visto?

La Misa no es para cumplir un mandato o un precepto. La Misa es para que se nos abran los ojos y lo reconozcamos y luego salgamos a anunciarlo y proclamarlo a los demás.




¿DÓNDE ESTÁ DIOS?

En nuestras vidas, más de una vez hemos gritado también nosotros: ¿Dónde está Dios? Sencillamente porque sentíamos que la realidad se nos imponía. Rogábamos a Dios y Dios como si no diese cara por nosotros.

Buscamos trabajo y le pedimos a Dios. Y no conseguimos trabajo.
Estamos enfermos y le pedimos a Dios. Y Dios no aparece por ninguna parte.
Estamos agobiados por los problemas y le rogamos a Dios. Y Dios nada.
Hasta que terminamos también nosotros decepcionados. Lo mismo que los dos de Emaus. “Nosotros esperábamos y ya ves, han pasado tres días y de lo dicho nada.”

Nos habían dicho que todo lo que pidiéramos a Dios Él nos lo concedería, pero nosotros seguimos igual como si Él no se enterase. De ahí la gran pregunta que con frecuencia brota en nuestros corazones: ¿Y dónde está Dios? ¿No nos habrán engañado también a nosotros con el cuento de Dios?

No nos damos cuenta de que Dios está ahí, a nuestro lado, caminando con nosotros. Pero nos sucede lo mismo que a los de Emaus, mientras estaban caminando no lo reconocieron, sólo sentados a mesa, cuando partió el pan, recién ahí se les abrieron los ojos.

También nosotros tenemos que esperar a que Dios nos abra los ojos y podamos reconocerle. No es que ellos viesen lo que antes veían. Ahora le reconocen resucitado. No les solucionó sus angustias y dudas durante el camino. Sólo cuando descubrieron que era él. No descubriremos a Dios solucionando nuestros problemas, dándonos trabajo, sanándonos de nuestras enfermedades. Basta saber que él está a nuestro lado, para que el alma vuelva a reverdecer y sus ánimos vuelvan a renacer y emprendan el camino de regreso a la comunidad. Dios está a nuestro lado, no como “oficina de empleos” ni como “medico” sino como el resucitado que da ánimos a nuestro espíritu. Estaba tan cerca de nosotros que hasta escuchaba nuestras quejas contra Él.





CUANDO NOS DESILUSIONAMOS

Es frecuente caer en la desilusión. Toda desilusión tiene sus causas múltiples. Una de las más frecuentes: La persona en la que creíamos nos ha defraudado, creíamos que era una cosa y descubrimos que no es lo que pensábamos.

En realidad, fue ésta una de la causas de la desilusión de los dos de Emaus. Ellos tenían una idea de Jesús que no respondió a lo que ellos pensaban. Tampoco quisieron aceptar la idea que Jesús quiso ofrecerles, no un Mesías triunfador sino una Mesías crucificado, no un Reino que echase fuera a los romanos sino el Reino de Dios como reino de amor y fraternidad.

También puede hacernos caer en la depresión y desilusión el fracaso de un éxito soñado: Soñaba con un chico que era toda mi ilusión, no quiso saber nada de mí y se fue con otra.

Esperaba lograr un trabajo que me encantaba y se lo dieron a otro, mis ánimos se me vienen por los suelos. Hasta puede que piense que ya no tengo futuro.

Compararme con otros y ver cómo ellos triunfan mientras yo no logro avanzar.

Y así pudiéramos ir citando otras muchas situaciones. La depresión tiene como consecuencia renunciar a nuestras metas y echarnos atrás. LEnlaceos dos de Emaus abandonan el grupo desilusionados, con la sensación de haber fracasado e incluso con la idea de que Jesús los ha engañado. Hemos creído en un iluso. Ese es el peligro de las desilusiones. Necesitamos ser realistas y no detenernos ante el primer fracaso. Una piedra en el camino no es todo el camino. Las desilusiones pueden llevarnos a la depresión y la depresión a la pérdida del sentido de la vida.


WebJCP | Abril 2007