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sábado, 7 de mayo de 2011

CREER A PESAR DE LA CRUZ


José Enrique Galarreta
III Domingo de Pascua (Lc 24,13-35) - Ciclo A

Nos sirve maravillosamente para entender la situación anímica de los discípulos después de la tragedia del viernes, y para renovar nuestra fe.

"Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. ... "

Nos encontramos en presencia de "el escándalo de la cruz". La muerte de Jesús ha dado al traste con las esperanzas puestas en El. Los dos discípulos de Emaús representan perfectamente la crisis de fe de aquella primera comunidad, motivada por la muerte de Jesús.

Cabría pensar que ellos también podrían haber dicho, como otros, a Jesús crucificado: "Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz y creeremos". Están aplicando a Jesús las categorías humanas y judaicas. Para ellos, la muerte es el final. Y la ejecución como criminal, el fracaso.

Es más, están fiándose de su propia interpretación de la Palabra de Dios. Esperaban un Mesías triunfante. No ha triunfado, luego no lo es. Los dos de Emaús representan la situación de los discípulos: "se acabó; nosotros pensábamos que Él sería... pero... se acabó".

¿Cómo pasó aquel grupo reducido del abatimiento y la sensación de fracaso que presenta este texto, a la seguridad y el sentido misionero avasallador que hemos visto en la primera lectura de hoy? ¿Cómo se convirtieron en valerosos pregoneros los asustados y fracasados galileos? Tenemos que dar dos respuestas, situadas a distinto nivel.

En primer lugar, la Resurrección de Jesús no parece que se pueda explicar simplemente por un "convencimiento íntimo" de que sigue vivo tras la muerte, ni una "experiencia interior".

Hubo algo que cambió su depresión y su cobardía en entusiasmo y espíritu misionero, algo que les lleva a anunciar a Jesús Vivo, aunque les cueste la vida, y a llevar el mensaje al mundo entero. No creyeron en Jesús simplemente porque -a pesar de que había muerto- le recordaban y le seguían admirando. Parece necesario “algo más”.

En segundo lugar, el Espíritu. El Espíritu, el viento de Dios, hizo a Jesús como era. El Espíritu hablaba en Jesús, curaba en Jesús. El Espíritu la hacía sabio y confundía a sus adversarios. El Espíritu le hizo pasar del "¿por qué me has abandonado?" al "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu".

Ese Espíritu que Jesús "sopló sobre ellos" (recordamos el evangelio del domingo pasado), como Dios mismo sopló su espíritu en el muñeco de barro y lo hizo ser viviente está haciendo diferentes a los que le siguieron en vida y siguen creyendo en él después de muerto. Es la tesis básica de Hechos: el mismo espíritu de Jesús sigue alentando en la Iglesia.


EL ESCÁNDALO DE LA CRUZ

Jesús "les explica las escrituras", les explica "que era necesario que el Mesías padeciese y muriese y entrase así en su gloria". Era necesario.

Porque era el Hijo de Dios, no bajó de la cruz, precisamente porque era el Hijo de Dios. Si hubiera bajado de la cruz, no sería más que una divinidad que se había vestido con apariencia humana (y esa es la "fe" simplona de muchos). Pero era un hombre que arrostraba su destino, su misión: fiel a la misión hasta la muerte.

La cruz es un escándalo, (y la humanidad de Dios, también, y la divinidad del hombre también) sólo superable por la fe en el Crucificado. No hay manera alguna de escapar del escándalo del mal del mundo. El mal del mundo culmina por el rechazo de los hombres a Dios. La crucifixión de Cristo es el mayor escándalo.

"En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por El
y el mundo no le conoció.
Vino a los suyos y los suyos no le recibieron"

Pero la crucifixión actual de tantos y tantos que contemplamos, en los males y en los pecados, son el mismo escándalo: la aparente ausencia de Dios. De este escándalo no escapamos más que por la fe en Jesús, el crucificado/resucitado.

Como casi siempre, la fe no nos da explicaciones, sino motivos para creer a pesar de lo que vemos. En la cruz no se cree. La cruz se ve. La resurrección no se ve. Se cree en ella, porque se ven las obras del Espíritu.

Pero se puede dar un paso más. No sólo creemos a pesar de la cruz; creemos por la cruz. A varios niveles:

§ ver a un hombre que arriesga la vida por proclamar sus valores y sus criterios hasta el final, sin echar marcha atrás, sin arrugarse ante nada, sin escaparse, hasta arrostrar la muerte ... es un fortísimo argumento para creer en él. Y así fue Jesús. “Obediente hasta la muerte y muerte de cruz” admite otra traducción: “consecuente hasta la muerte y muerte de cruz”.

§ reflexionando en quién mató a Jesús volvemos a creer en él. A Jesús lo mató el Templo y sus sacerdotes, los mayores agentes de opresión, los mayores deformadores de Dios. A Jesús lo mató La Ley y sus doctores y sus purísimos cumplidores, monopolizadores de la Palabra, despreciadores de la gente (podemos leer Mateo 21–23). Lo mataron los manejos políticos, el mesianismo nacionalista... La cruz exige tomar partido: con todos esos o con Jesús.

§ la elaboración teológica de todo lo anterior lleva a decir: el Padre es capaz de dejar que su mejor hijo se arriesgue por todos los demás: ¡mirad cómo ama el Padre, que no escatima ni siquiera a Jesús, por el bien de todos!

Ser cristiano se define por tanto como:

"el que cree en Dios,
el Padre,
por Jesús a pesar de la cruz,
y por la cruz”


"VIENDO Y OYENDO"

Nuestra resurrección es una realidad interior. La vida del hombre no es más que signo, ropaje... de la Vida. La Resurrección es tener ya La Vida.

La simple vida biológica es el soporte de la vida intelectual. Y todo eso no es más que el soporte de LA VIDA, la condición de Hijos. Nuestra fe es que en Jesús se mostró posible que la humanidad "lleve dentro" la divinidad. Decía el catecismo que estudiábamos de pequeños: "Sin dejar de ser Dios, quedó hecho hombre" Y podemos invertir los términos: "Sin dejar de ser hombre, estaba lleno de Dios". Éste es el sentido profundo, desmitologizado, de la Encarnación.

La Resurrección, la Vida, no se ve. Pero sus frutos sí se ven. Los que participan de la Vida viven como resucitados "buscando las cosas de arriba" "vestidos del hombre nuevo". Su código moral son las Bienaventuranzas; su oración, el Padre Nuestro; su culto a Dios, la vida; sus actos religiosos, las celebraciones festivas del amor de Dios presente en todo, los sacramentos. Esta es la Vida Nueva, manifestándose en la vida normal.

Vivir de otra manera es "inútil y efímero". Nosotros vivimos la vida como El nos enseñó, porque tenemos Fe en El y tenemos puesta en El nuestra esperanza.


SALMO 16

Guárdame, Señor, que me refugio en Ti.
Decid al Señor: "Tú eres mi Dios,
Tu eres mi Bien y no deseo otro"

Me tientan los ídolos del mundo
pero mi herencia eres Tú, Señor.
Eres Tú quien garantiza mi suerte
Eres Tú mi herencia y mi riqueza.

Yo bendigo al Señor, mi consejero
y lo tengo presente sin descanso.
El Señor a mi diestra. El es mi guía.

Así encuentra mi espíritu la paz,
mi corazón reposa seguro
porque Tú no abandonas mi vida.

Tú me enseñas el camino de la vida
y encuentro ante tu rostro
la plenitud de vida y de alegría.


WebJCP | Abril 2007