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MISIONEROS EN CAMINO: IV Domingo de Cuaresma (Jn 9,1-41) - Ciclo A: LA INDIGENCIA DE DIGNIDAD
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viernes, 1 de abril de 2011

IV Domingo de Cuaresma (Jn 9,1-41) - Ciclo A: LA INDIGENCIA DE DIGNIDAD


Nuevamente un encuentro especial. Al fin se han encontrado. Ambos han acudido puntuales a la cita. Los compromisos en las agendas aunque sean tan distintos les han hecho coincidir. El tiempo se ha tornado preciso y ha hecho que los dos se ubiquen en el espacio oportuno. No podía faltar alguno de estos dos invitados a un encuentro tan peculiar y tan esperado por ambos, aunque tendríamos que precisar que ambos tienen diferentes razones y muy distintas motivaciones.

El calendario se ha deshojado en el ritmo adecuado, y los días y los meses han transcurrido pacientemente ante la urgencia de aquello que en lo humano ha sido imprevisible y que en lo divino se ha vuelto Providencial. El reloj que nos señala la eternidad en Dios y el que marca la temporalidad en el hombre marcan desde la previsión divina y la necesidad humana la misma hora con sus manecillas. El Creador y la criatura han coincidido en aquel camino. Se han reunido, en la cercanía del mismo espacio, la fe de un enfermo y la compasión del médico divino. El hombre menesteroso y el Dios eterno se han dado cita en aquel camino. Contemplamos con toda claridad el encuentro entre el poder inagotable de Dios, marcado por el amor que nos tiene, y esa indigencia humana que a todos nos acompaña. Por fin, el Sol que nace de lo alto, cruzando por la amplitud del horizonte de la historia, se dirige prometedoramente hacia alguien que ha vivido su propia existencia sumergido en la más triste y profunda de las oscuridades.

2.- El “oficio” de aquel joven, o mejor dicho, el quehacer en su corta vida ha sido el de ser un limosnero. Sus pocos años han transcurrido en los mismos entrecruces de un camino sumergido en una noche interminable, sin poder contemplar la amplia gama de tonalidades que tiene la vida, y viviendo, o mejor dicho, sobreviviendo de las limosnas que le prodigaban aquellos que ya sea a fuerza o caritativamente se acercaban a él. Aquel joven estaba ciego, en aquel tiempo no le era posible laborar, el ganarse el pan con el sudor de su frente se tornaba imposible, no podía vestirse con su trabajo, su esfuerzo no le podía permitir tener su propia casa, más aún no le era factible ver el rostro de los que le socorrían, sólo conocía las voces y posiblemente sus sombras; no podía contemplar ni se imaginaba lo que era el cielo, las nubes, ni el horizonte, ni el sol, no conocía los rasgos de sus propios padres ni los de sus hermanos.

El joven había aprendido desde niño a hacer dos cosas a la perfección: gritar sonoramente y extender su mano menesterosa a la puerta de la entrada de aquel pueblo. Su existencia ha transcurrido en un gritar pidiendo y un pedir gritando, para sobrevivir de la limosna, de lo que a los demás les sobraba y le podían ofrecer.

3.- Y de pronto se acerca Él. Entre los murmullos distingue los comentarios: ahí viene ese Maestro que ha reunido un grupo de discípulos, ¡es el Galileo!, -algunos mencionan-, ¡que es el Mesías!, -dicen otros-, ¡el Hijo eterno de Dios!, -así se ha presentado-, y son muchos los que comentan que sus obras son portentosas.

La oportunidad resulta entonces magnífica e irrepetible, no se trata de un hombre rico ni de un distinguido prestidigitador; no se trata de un acaudalado hacendado ni de un sobresaliente taumaturgo; no se trata de un reconocido ministro ni de un poderoso gobernador; no es tan sólo uno de los soberanos más afamados de la tierra ni se trata de un glorioso militar.

Se trata, en la realidad, de alguien más grande que Salomón, más notable que Moisés, más importante que Jonás, más sobresaliente que el Templo y más noble que la Ley. Se trata de Dios mismo, quien viene a ofrecerse en sus dones ante Bartimeo. La oportunidad es ahora, no hay que desaprovecharla, es ¡ahora o nunca!

4.- Y cuando el Hijo de Dios, el Soberano de la Vida, el Rey y Señor de todo cuanto existe se acercó a él le ofrece la salud.

Se trata de un limosnero, tiene frente a sí una oportunidad como la envidiarían muchos. ¿Qué quieres de mí? ¿Qué me quieres pedir? ¿Qué se te ofrece? ¿En qué te puedo ayudar?,... Tú sabes que lo puedo todo, díme ¿qué quieres de mí?... Y el joven no le pide una vestidura elegante como la usó Salomón, no le pidió un banquete como los de Epulón, no le pide ni oro ni plata como tenía Zaqueo, sino que aceptó conformemente el don que le ofreció el Señor.

5.- ¿No te parece increíble lo que sucedió? Se trata de una oportunidad de ensueño y parece ser que no recurrió ni a los consejeros bursátiles ni a los analistas sobre situaciones, no se le ocurrió pedir asesoría a ningún colegio de consultores antes de dejar ir una de las mejores oportunidades en su vida, una situación que seguramente jamás se le volverá a presentar.

Por un momento, imagínate a ti mismo en aquel camino. ¿Aceptarías sólo lo que te ofrece el Señor o aprovecharías para pedirle algo? Y de pedirle algo, ¿Qué le pedirías tú al dueño de todo y de todos? ¿Cuál sería tu petición? ¿Qué ponderarías como lo más urgente?

Y sin embargo, esta es la verdadera enseñanza evangélica: No debemos ocuparnos en pedirle a Dios cosas superfluas. Revisemos con honestidad, cada uno, lo que nuestro tiempo nos ha hecho creer que es lo oportuno y necesario en el existir.

6.- No le pidas cosas a Dios. Pídele en lo profundo de tu oración que te conceda la capacidad de trabajar, que bendiga tu esfuerzo, que tu cuerpo esté bien, que tengas la salud del alma y del cuerpo; pero no esperes nunca que Él te haga las cosas o que te conceda las cosas ya hechas.

¿No te has dado cuenta? En el tiempo presente, abundamos en la iglesia aquellos que nos limitamos a pedirle a Dios algunos objetos, más allá del solicitarle y valorar sus verdaderos dones.

7.- Parece esto una verdadera epidemia. Los hombres queremos las cosas hechas, queremos sacarnos la lotería y chantajeamos a Dios, y esto provoca que la pereza haga presa de los niños y de nuestros jóvenes. Date una vuelta por la calle y te podrás dar cuenta de que abundan aquellos que en el inicio y en la plenitud del vigor, parecen preferir la mendicidad infértil sobre el esfuerzo y sobre el cansancio fructificante.

Resulta verdaderamente doloroso, que hoy en día nuestros jóvenes vayan perdiendo la dimensión de la dignidad y del autorespeto.

8.- Aprendamos la lección del día de hoy y seamos verdaderamente hijos del piadoso temor de Dios.

Aprendamos y enseñemos a decirle al Señor: “No me des un pan, no me des un vestido, no me des dinero, no me des un viaje, no me des una joya, no me des una casa ni un automóvil”. Pidámosle desde el fondo del corazón: “Dame la vista, dame el habla, dame la escucha, dame las manos, dame los pies,... de lo demás, si tú me lo permites, me encargo yo”. “Sí tu me das lo que verdaderamente es útil en la vida, si tú me conservas la vida, con tu bendición yo conseguiré el pan, yo conseguiré el vestido, yo conseguiré la casa. Sabiendo que en la realidad, en tu misericordia, eres tú el que me lo has dado”.

Pidámosle al Señor que podamos ver,... lo que realmente es importante en la vida.

Por Rogelio Narváez Martínez


WebJCP | Abril 2007