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MISIONEROS EN CAMINO: Domingo de Ramos (Mt 26,14-27,66) - Ciclo A: La pasión de Cristo
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jueves, 14 de abril de 2011

Domingo de Ramos (Mt 26,14-27,66) - Ciclo A: La pasión de Cristo


Con el domingo de Ramos que hoy celebramos, comienza la Semana Santa, la liturgia nos invita a la lectura de la Pasión de Cristo. Son páginas que nos trasmiten la gran verdad del amor de Dios.

Estos días están llenos de la presencia de Jesús que se encamina hacia su muerte. Es el misterio del amor que nos tiene, que le lleva a afrontar aquellas traiciones violentas, viles, injustas, que acaban con su vida. También de su presencia en nuestro mundo de hoy, en el rechazo, en las traiciones violentas, viles, injustas, que llevan a la desgracia y acaban también con la vida de hermanos suyos y hermanos nuestros.

Acerquémonos a Jesús para participar en nuestro interior de la angustia que le oprime en estos días, tratando de hacer nuestro el mensaje de amor que nos trasmite su sufrimiento y su muerte.

Jesús está en Jerusalén, y las gentes le reciben con honores mesiánicos. Jerusalén es la capital del templo y de la jerarquía religiosa. Es también la capital administrativa con el gobernador de Roma y el rey judío. Jesús puso en cuestión, acusó y rechazó públicamente a las instituciones y poderes religiosos y políticos que pervertían la verdadera religión y esclavizaban a aquella sociedad. Era consciente de que sus condenas a las autoridades formaban parte de su mensaje liberador, de su afán de justicia para todos y asumió libremente las consecuencias, asumió la persecución para cogerle preso y la muerte por fidelidad a su mensaje salvador.

Jesús, se despide de sus amigos, les promete que siempre estará presente, cuando los que crean en Él se reúnan, como en aquella mesa, en su nombre, para partir el pan. Jesús les asegura que, como el Padre le ama a Él hasta el extremo, Él les ama también así: “vosotros sois mis amigos, amaos unos a otros como yo os amo, en eso os reconocerán como amigos, como discípulos míos”.

La oración de la noche en un huerto, entre olivos, en soledad, con el abandono de sus amigos y la traición de quien le entrega, Jesús ora al Padre con inmenso dolor y tristeza, confiando en Él acepta su voluntad por fidelidad a un mensaje de verdad, de justicia y de paz. Es el único mensaje que nos dice cómo es Dios y lo que espera de nosotros.

Jesús en prisión, violentado, torturado, juzgado con calumnias y mentiras, sin defensor alguno, condenado a la muerte más vil.

Le clavan en la cruz .”Padre perdónales, no saben lo que hacen”. Sus primeras palabras son una oración al Padre pidiendo el perdón para los que le torturan, le condenan y le matan. Nos ofrece el perdón que nadie merecemos.

En la cruz dialoga con los bandidos que mueren junto a él; uno de ellos reconoce a Jesús inocente, Jesús le promete el paraíso.

María su madre está allí junto a la cruz, traspasada de dolor, presente en la agonía de su hijo. Jesús le mira con la ternura de siempre y dice al discípulo fiel que le acompaña: “es tu madre, cuídala, recíbela en tu casa”.

Jesús sigue confiando en su Padre hasta entregar su espíritu y morir: “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu” .“Todo está consumado”.

Jesús murió como había vivido, murió amando.

La muerte de Jesús es la mayor manifestación de su amor. Nos ha amado hasta el final, ha sido fiel a su amor para con nosotros sin pedir nada. Ha mantenido su palabra, su mensaje salvador es la palabra que el Padre le ha encomendado trasmitirnos. No aceptó la resignación y el sometimiento a la mentira, ni al engaño, ni a la violencia en nombre de Dios, y enseñó que Dios exige rebeldía y denuncia contra todo lo que implique violación de la dignidad de los hombres, creados a imagen de Dios y llamados a ser sus hijos.

Jesús sufre la muerte de un fracasado, de un maldito, de un abandonado que nada puede ante el poder de los que dominan la tierra. Acepta su muerte como un servicio, el último y supremo servicio a la causa de un Dios de amor, que le ha encomendado establecer su Reino entre nosotros; su vida y la causa de su condena fue vivir liberando de opresiones a los marginados; estableciendo la libertad, la justicia, la paz, perdonando y enseñando a perdonar; su vida fue un servicio a la humanidad.

Grabémoslo bien en nuestra conciencia, la muerte de Jesús es un crimen que los seres humanos cometemos, que todos, de una manera u otra, cometemos. Jesús es la victima de la violencia de los hombres y cuando violentamos, matamos a un inocente estamos repitiendo la violencia, la muerte de Jesús, nuestro hermano; es el pecado, el mayor pecado, violentar, matar a un hermano de Jesús, a un hijo del Dios Padre.

A Jesús le mataron porque estorbaba a todos aquellos que habían hecho de Dios y de la religión un instrumento de dominio y opresión de los más débiles. La muerte de Jesús no se puede separar de su denuncia de la injusticia. Su opción por los pobres y excluidos fue su mensaje fundamental. Esta actitud, defendida en nombre de Dios, resultó inaguantable para los que sólo buscaban mantener sus privilegios.

Aquella sociedad religiosa y civil crucificó a Jesús, pero el amor es más fuerte que la muerte y Dios su Padre, lo resucitó. Por eso podemos afirmar, que nos salva el amor del Padre a través de la vida de Jesús, su Hijo, que nos amó hasta el extremo por devolvernos la libertad, la única verdad que nos lleva a la felicidad: a experimentar cómo es el amor del Padre.

El amor de Dios es gratuito. Así nos lo hace saber aquel texto:“¿Es que una madre puede olvidarse del hijo de sus entrañas? Pues aunque una madre se olvide de su hijo, yo no me olvidaré nunca de él”. Este es el amor que nos salva y nos libera.

Al demostrar que para Él el amor era más importante que la vida, Jesús nos enseña el camino hacia la Vida. Ese camino nos lleva a la verdadera plenitud humana, que está en alcanzar la plenitud del amor que nos introduce en la vida de Dios.

La muerte de Jesús nos obliga a preguntarnos ¿Por qué tanto sufrimiento tanto dolor y tanta muerte inútil en el mundo? Seguimos pensando que el dolor y la muerte son incompatibles con la presencia de Dios.

Si descubrimos que Jesús llegó al grado máximo de humanidad cuando fue capaz de amar por encima de la muerte, descubriremos dónde está para nosotros también la verdadera Vida. El secreto está en descubrir que no puede haber Vida si no se acepta la muerte. También la muerte física, pero sobre todo la muerte a nuestro “yo” individualista y excluyente. Jesús nos enseña que estamos aquí para deshacernos de todo lo que hay en nosotros de terreno, de caduco, de material, para que lo que hay de Divino se manifieste en Amor. Estamos aquí para descubrir que la verdadera Vida, la alcanzaremos dándonos a los demás.

Escuchemos la Pasión intentado descubrir el sentido profundo del mensaje. Su muerte no es más que el signo inequívoco del amor absoluto y total. El supremo valor de su vida se manifiesta en que la muerte no puede con ella. La VIDA es más fuerte que la muerte en Jesús y en todo el que le siga.

La Vida está ya en cada uno de nosotros, pero puede que no la hayamos descubierto. Aprovechemos estos días para ahondar en nosotros mismos y descubrirla. La VIDA no es ningún misterio. Es Dios mismo dentro desde nosotros. Está en nosotros como ESPÍRITU, como fuerza que todo lo transforma.

Por Jose Larrea Gayarre


WebJCP | Abril 2007