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viernes, 25 de marzo de 2011

En Comunión con Jesucristo para la misión


Por Carlos Osoro Sierra
Publicado por Religión Digital

Estamos celebrando la Cuaresma. Este domingo pasado hemos escuchado cómo el Señor, tomando consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, los llevó consigo a una montaña donde les hizo vivir una experiencia singular. El Señor se Transfiguró en medio de ellos. Les mostró quién era. Al lado de Cristo y en la Transfiguración todo se volvía diferente. Habían realizado el camino hasta la montaña de una manera y allí, cuando Jesús se muestra en su gloria, todo es distinto: “se Transfiguró delante de ellos y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”. En aquella situación, ¡qué hondura tiene la reacción de Pedro!: “Señor, qué hermoso es quedarnos aquí”. Todo ha cambiado con esta experiencia que Cristo les ha hecho vivir y donde se manifiesta la identidad del Señor: “Éste es mi Hijo el amado, mi predilecto, escuchadle”.
Te invito a hacer un seguimiento más radical del Señor. ¿Por qué, en este tiempo de Cuaresma? Con toda claridad tengo que decirte que hay que hacerlo porque hemos de ser conscientes de que existe el mal, más aún, existe el pecado que es la causa profunda de todo mal. Es cierto que hoy hay personas que rechazan esta palabra, “pecado”. Pero también es cierto que admitir el pecado supone una visión del mundo y del hombre, y estar al margen de él supone otra muy diferente. Y es que, cuando se elimina a Dios del horizonte del mundo y del hombre, no se puede hablar de pecado. Pasa lo mismo que cuando se oculta el sol, que ya no se puede hablar de sombras. Con firmeza hemos de decir que el eclipse de Dios conlleva necesariamente el eclipse del pecado. Precisamente, por eso mismo, el sentido del pecado se alcanza redescubriendo el sentido de Dios. Cuanto más cerca estoy de Dios, más veo mi oscuridad y pecado y más necesito del perdón del Señor en el Sacramento de la Penitencia.
Qué fuerza tiene, aún hoy, aquel mensaje del Papa Juan Pablo II que dirigía a los jóvenes con motivo de la XV Jornada Mundial de la Juventud: “¡Contemplad y reflexionad! Dios nos ha creado para compartir su misma vida; nos llama a ser sus hijos, miembros vivos del Cuerpo místico de Cristo, templos luminosos del Espíritu del Amor. Nos llama a ser suyos: quiere que todos seamos santos. Queridos jóvenes, ¡tened la santa ambición de ser santos, como Él es santo!” (n. 3). En esta Cuaresma, sigo haciendo la misma propuesta y te quiero entregar un texto del Evangelio que puede ayudarte a descubrir y a vivir la ambición de ser santo.
“Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. Fijándose en Jesús que pasaba, dice: He ahí el Cordero de Dios. Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Jesús. Jesús se volvió, y al ver que le seguían les dice: ¿Qué buscáis? Ellos le respondieron: Rabbí –que quiere decir Maestro– ¿dónde vives? Les respondió: Venid y lo veréis. Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con Él aquel día. Era más o menos la hora décima” (Jn 1, 35-39).
Deja, a la luz de este texto, que el Señor fije la mirada en ti. Lo hizo con Pedro, Santiago y Juan cuando los llevó a la montaña para que tuvieran una experiencia profunda de encuentro con Él. Lo hace ahora cuando te pregunta “¿qué buscáis?”.
Sí, ahora que te dice “¿qué buscas?”, te invito a que tú le hagas pronto la misma pregunta que los dos discípulos, “¿dónde vives?”. Y ante la propuesta del Señor, “venid y lo veréis”, no tengas miedo en acompañarlo. Tú siempre has querido penetrar más profundamente allí donde vive el Señor. Ese “venid y lo veréis” sigue siendo un reto para todos los hombres. Es cierto que, para entrar en ese comprometido proyecto, hay que permanecer a la escucha de su Palabra, sacando fuerzas de los sacramentos, sobre todo de la Eucaristía y Penitencia. Sacramento de la Eucaristía en el que el Señor prolonga su Encarnación. Sacramento de la Penitencia en el que el Señor, en nuestra pobreza y pecado reconocido, nos entrega su gracia y su amor. Porque te aseguro una cosa: el Señor nos quiere apóstoles intrépidos y, en este nuevo milenio, constructores de una nueva humanidad. Y no hay otra fórmula para ello que entrar en una comunión viva con Jesucristo para así realizar la misión.
“Maestro, ¿dónde vives?”. ¿Te das cuenta de la importancia que tiene esta pregunta y la respuesta del Señor, en forma de invitación, “venid y lo veréis”? Para que nuestra estancia con el Señor tenga toda la fuerza misionera que ha de tener, te propongo vivir en este encuentro unas actitudes:
1. Actitud de escucha: no una escucha pasiva o curiosa. Se trata de escuchar al Señor y ello te exigirá siempre una oración intensa y cotidiana. Oración que te ayudará a interpretar el momento que vives, la comunidad en la que convives y la realidad en la que estás inserto.
2. Actitud de comunión: una comunión con todos los discípulos de Cristo que se reúnen en la Iglesia alentados por la fuerza del Espíritu Santo, que es además quien asegura la comunión y la fuerza para la misión.
3. Actitud de pobreza interior: nadie es superior a nadie, nadie juzga a nadie. Siempre dispuestos a que el Señor sea quien obre en nosotros y nos cambie.
4. Actitud de esperanza: de una inquebrantable esperanza como la de María. Todo lo esperamos del Señor. Por ello, nada nos turba ni espanta. En un momento histórico donde los hombres tienen facilidad para perder la esperanza porque esperan todo de aquí, es necesario que los cristianos reafirmemos nuestra confianza inquebrantable en el Señor.
5. Actitud de serenidad: se trata de tener una serenidad interior. Nada puede ponernos nerviosos porque la seguridad está en el Señor. Y esta serenidad nos va a llevar a realizar una conversión profunda, creíble y comprometida.
6. Actitud de alegría: una alegría serena, honda, contagiosa. Es la alegría de haberse encontrado con el Señor, de haber vivido su misericordia, de encontrarse con los hombres que son mis hermanos. Es la alegría del Señor en nosotros, pues nos viene de más allá de nosotros mismos.

Con gran afecto, os bendice
+ Carlos, Arzobispo de Valencia


WebJCP | Abril 2007