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jueves, 3 de febrero de 2011

LA HOMILÍA MÁS JOVEN: SAL Y SOPORTES


V Domingo del T.O. (Mt 5, 13-16) - Ciclo A
Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Empezaré por lo anecdótico. Vaya por delante que mis conocimientos químicos son escasos. Los autores dicen que la sal doméstica del Israel bíblico, procedía exclusivamente del Mar Muerto. No me preocupaba a mí la selección de los diferentes minerales que en ella están disueltos y que cristalizan en sus orillas. En Cardona, a simple vista, ve uno los diferentes estratos de silvina, carnalita y sal gema. Separarlos no debe ser difícil problema. Me intrigaba que Jesús dijese que si la sal se vuelve insípida, se vuelve inútil e irrecuperable. Pensaba yo: la sal es cloruro sódico. Para que se rompa la molécula, se precisa la acción de un agente más potente que el clorhídrico y en aquel tiempo, ni el sulfúrico, ni el nítrico existían. Preguntando a personas competentes, me encontré a un importante ingeniero especializado en salinas, versado en la Biblia, que había escrito un interesante ensayo sobre esta cuestión. Me enteré por él que, en aquel tiempo, a los granos de sal, los compactaban con arcilla, formando unos bloques que facilitaban su trasporte. Pero la sal absorbe la humedad y se convierte en un líquido molesto. Muchos hemos pasado por la experiencia de dejar en un delicado mueble un bello cristal de sal y comprobar, al cabo de un tiempo, que había desaparecido y quedaba en la superficie, un charquito que dañaba el barniz. Pues imaginaos ahora al poseedor de una briqueta como la que describía, que un día la hubiera abandonado en un rincón y más tarde se la encontraría como un bloque de su mismo volumen, pero carente del cloruro sódico, compuesto solo de insípido barro. Aquel ladrillo le fastidiaría y lo tiraría con rabia, defraudado.

2.- Recibimos nosotros el día del bautismo y en los sucesivos sacramentos, el depósito de la Fe, compactado en el variado interior del alma. Tal vez en nuestra vida hemos olvidado el tesoro de la Gracia, ocupados en el disfrute de lo que nuestra sociedad burguesa nos ofrece. Llega un día la prueba, llámesele enfermedad, muerte o divorcio, por poner ejemplos. Se acuerda uno de lo que cree recibió en su infancia o periodo escolar y se lo encuentra vacío. Aquella catequesis, aquellas misas bonitas con guitarras, aquellas actividades de colaboradores aficionados a una atractiva ONG, son oscuros recuerdos, que en nada le ayudan. La sal del Evangelio se ha disuelto y ha dejado un fenomenal hueco en el alma.

3.- Recibimos la Gracia, mis queridos jóvenes lectores, y tal vez la almacenamos fuera de nosotros mismos. En un momento crucial, buscamos algo que nos sustente y nos encontramos ignorantes, impotentes, carentes de lo que nos pueda dar vigor. La Fe, como la sal hay que protegerla, la Fe como la sal, hay que utilizarla, de otro modo la sal la lamen las ovejas y desaparece, la Gracia se oscurece e inutiliza. Seamos, pues, personas responsables.

La Gracia es como una luz, dice el Señor, yo os diría, sin querer corregir al Maestro, que es como una pila eléctrica, que si uno la abandona en un aparato que no utiliza, corroe los contactos y lo estropea. Una pila es para utilizarla, de lo contrario se deteriora. La Fe es para testimoniarla, de no hacerlo, perece. Quien la oculta y se la reserva exclusivamente para sí, la pierde, quien de ella hace un uso exclusivamente privado, sin comunicarla, se convierte en una molesta carga que a la larga se abandona. Los jóvenes coptos, estos cristianos tan duramente perseguidos estos días, se tatúan cerca de la muñeca una cruz, que les recuerda su pertenencia a la Iglesia y su compromiso con ella.

4.- Si la lámpara no se debe ocultar, la Fe tampoco. Quien cede su llama, no extingue su candileja, al contrario, aumenta la iluminación de la estancia y se aprovechan muchos, sin que por ello se desgaste más. Quien comunica su Fe, crece espiritualmente. El texto habla de colocar la lámpara en el candelabro. La traducción, pese a ser correcta, no es exacta. Existía en aquellos tiempos un soporte expresamente hecho para cumplir la función de sustentar, hoy ya ha desaparecido. He visto ejemplares en el Museo bíblico de la Flagelación, en Jerusalén. No se utilizan ahora, como tampoco el candil o el quinqué, y de alguna manera entendedora debían traducir la palabra que figuraba en el texto.

5.- Los saleros tienen agujeritos que facilitan la salida de este condimento, si se obturan para nada sirve el artilugio. Las velas poseen mechas que facilitan la combustión de la columna de cera. Sed siempre, mis queridos jóvenes lectores, conservantes espirituales para los demás e iluminadores de sus rutas. Que Dios lo es de las vuestras, nunca lo olvidéis. Para mis pies antorcha es tu palabra, luz para el sendero, dice el salmo 119, versículo 105.


WebJCP | Abril 2007