IV Domingo de Pascua (JUAN 10, 27-30)- Ciclo C
Reflexiono sobra la llamada que Jesús, el Buen Pastor, hace a algunos hermanos para que sean pastores, a su imagen y semejanza, y a la vez lo hagan presente entre el pueblo. Pero, claro está, antes de convertirnos en pastores, y también como tales, somos ovejas del rebaño del Señor. Pese a que actualmente veamos pocos rebaños, sin duda su imagen resulta entrañable. Y lo era mucho más en la época de Jesús. El Antiguo Testamento, los libros sagrados del pueblo elegido, hablan de Dios como el Buen Pastor que vela por su rebaño, lo alimenta, lo guía…
Veamos algunas de las características del Buen Pastor y las actitudes de las ovejas.
- Saber escuchar para reconocer su voz. El primer reto consiste en reconocer la voz del Señor en medio de tantas voces que llegan a nuestros oídos a diario y nos bombardean de todos lados. Somos víctimas de una lluvia incesante de palabras, voces, imágenes, mensajes, que tienen el peligro de hacernos perder la capacidad de escuchar la voz que verdaderamente necesitamos para tener vida, o de confundirla con otras voces. Absorbemos tantas propuestas para alimentar nuestra frivolidad, nuestra evasión, frustraciones o posiciones de privilegio… Hoy, como en ningún otro momento, hace falta recuperar la capacidad de escuchar, si no se quiere que la propia vida y la fe se ahoguen en la frivolidad. Ciertamente, la civilización de la abundancia nos ha ofrecido MEDIOS DE VIDA, PERO NO MOTIVOS PARA VIVIR.
“Mis ovejas escuchan mi voz”, dice el Buen Pastor. El primer reto es reconocer su voz, en medio de tantas otras. Una voz que nos ayuda a descubrir lo mejor que hay en cada uno de nosotros, y nos permite, más allá de los que vemos y tocamos, sentir la presencia de Aquel que puede dar Vida a nuestra vida.
- “Yo las conozco”. La suya es una voz amiga. Tiene el acento familiar y amical de quien no es la primera vez que nos visita. Llega a las profundidades de nuestro ser, bien guardado y con la llave escondida. No se deja engañar por nuestras fachadas o nuestros gestos, o por el comportamiento externo, porque conoce las razones profundas de nuestras actitudes. Sabe valorar –como nadie– las dimensiones positivas, revela lo mejor que hay en cada uno de nosotros. Y al mismo tiempo nos invita a reconciliarnos, a buscar su paz y su perdón, desatando los nudos del pasado y del presente que nos dañan.
- “Ellas me siguen”. Una voz como ésta no se pierde en el vacío, porque siempre aporta aires nuevos. Es muy exigente, sí, mucho, puede que hasta sea una exigencia total, pues antes Él ha sido capaz de darse totalmente. Nos convertimos en discípulos, confiadamente, sabiendo de quien nos fiamos y a quien seguimos.
- En cada momento de la historia, los pastores que Él ha escogido para que lo hagan presente, asumiendo los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres y mujeres, actualizando su misión con la comunidad. Y la comunidad de Jesús, la Iglesia y sus comunidades y obras, con sus pastores y fieles, han de tener muy presentes estas opciones: hacerse cargo de la realidad del mundo y de las personas a través de la cercanía, la acogida y el conocimiento fraterno de cada uno; escuchar y proclamar su voz, el evangelio, para que pueda ser escuchado. Y así ayudar a dar como respuesta el seguimiento, es decir, ayudar a convertirse en discípulos suyos, a seguirlo.
- Hay que tener muy presente una afirmación de un gran teólogo del siglo pasado: “El cristiano del futuro será místico –una persona que ha experimentado algo nuevo y distinto– o no será cristiano”. Porque la espiritualidad del futuro no se basará en una convicción unánime, evidente y pública, ni en un ambiente religioso generalizado, sino en la experiencia y en la decisión personal, con el apoyo y el acompañamiento de los hermanos de la comunidad.
Francesc Pardo i Artigas
Obispo de Girona
Veamos algunas de las características del Buen Pastor y las actitudes de las ovejas.
- Saber escuchar para reconocer su voz. El primer reto consiste en reconocer la voz del Señor en medio de tantas voces que llegan a nuestros oídos a diario y nos bombardean de todos lados. Somos víctimas de una lluvia incesante de palabras, voces, imágenes, mensajes, que tienen el peligro de hacernos perder la capacidad de escuchar la voz que verdaderamente necesitamos para tener vida, o de confundirla con otras voces. Absorbemos tantas propuestas para alimentar nuestra frivolidad, nuestra evasión, frustraciones o posiciones de privilegio… Hoy, como en ningún otro momento, hace falta recuperar la capacidad de escuchar, si no se quiere que la propia vida y la fe se ahoguen en la frivolidad. Ciertamente, la civilización de la abundancia nos ha ofrecido MEDIOS DE VIDA, PERO NO MOTIVOS PARA VIVIR.
“Mis ovejas escuchan mi voz”, dice el Buen Pastor. El primer reto es reconocer su voz, en medio de tantas otras. Una voz que nos ayuda a descubrir lo mejor que hay en cada uno de nosotros, y nos permite, más allá de los que vemos y tocamos, sentir la presencia de Aquel que puede dar Vida a nuestra vida.
- “Yo las conozco”. La suya es una voz amiga. Tiene el acento familiar y amical de quien no es la primera vez que nos visita. Llega a las profundidades de nuestro ser, bien guardado y con la llave escondida. No se deja engañar por nuestras fachadas o nuestros gestos, o por el comportamiento externo, porque conoce las razones profundas de nuestras actitudes. Sabe valorar –como nadie– las dimensiones positivas, revela lo mejor que hay en cada uno de nosotros. Y al mismo tiempo nos invita a reconciliarnos, a buscar su paz y su perdón, desatando los nudos del pasado y del presente que nos dañan.
- “Ellas me siguen”. Una voz como ésta no se pierde en el vacío, porque siempre aporta aires nuevos. Es muy exigente, sí, mucho, puede que hasta sea una exigencia total, pues antes Él ha sido capaz de darse totalmente. Nos convertimos en discípulos, confiadamente, sabiendo de quien nos fiamos y a quien seguimos.
- En cada momento de la historia, los pastores que Él ha escogido para que lo hagan presente, asumiendo los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres y mujeres, actualizando su misión con la comunidad. Y la comunidad de Jesús, la Iglesia y sus comunidades y obras, con sus pastores y fieles, han de tener muy presentes estas opciones: hacerse cargo de la realidad del mundo y de las personas a través de la cercanía, la acogida y el conocimiento fraterno de cada uno; escuchar y proclamar su voz, el evangelio, para que pueda ser escuchado. Y así ayudar a dar como respuesta el seguimiento, es decir, ayudar a convertirse en discípulos suyos, a seguirlo.
- Hay que tener muy presente una afirmación de un gran teólogo del siglo pasado: “El cristiano del futuro será místico –una persona que ha experimentado algo nuevo y distinto– o no será cristiano”. Porque la espiritualidad del futuro no se basará en una convicción unánime, evidente y pública, ni en un ambiente religioso generalizado, sino en la experiencia y en la decisión personal, con el apoyo y el acompañamiento de los hermanos de la comunidad.
Francesc Pardo i Artigas
Obispo de Girona








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