Publicado por Iglesia que Camina
El Evangelio de hoy es bien cortito, apenas tres versículos. A veces, pocas palabras dicen más que un montón. La parábola del Buen Pastor tiene una redacción muy curiosa, describe al Buen Pastor y describe también a las ovejas. Hoy se fija más en las ovejas que en el Pastor mismo. Si la característica del Buen Pastor es que “da la vida por las ovejas”, la característica de las ovejas es que “escuchan su voz y le siguen”.Escuchan la llamada y la respuesta es el seguimiento. Dos elementos esenciales en la vida de la comunidad cristiana.
Escuchar a Dios en una sociedad llena de ruidos. Con frecuencia, se hacen análisis de los ruidos de la ciudad en la cantidad de decibeles, casi siempre superamos los límites permitidos. La voz de Dios tiene pocos decibeles, pero suficientes para ser escuchada por quienes tienen todavía oídos atentos.
Jesús se define como Palabra. Nosotros tendríamos que definirnos como “oídos”, como “escucha”, porque la fe nace precisamente de escuchar a alguien. Alguien que nos habla de sí y nos llama. El seguimiento no es sino la respuesta a la Palabra escuchada, lo cual significa que una de las características fundamentales de toda comunidad creyente es la proclamación y la escucha de la Palabra. Donde no hay proclamación no puede haber escucha. Pero donde no hay escucha, la Palabra no pasa de ser un simple sonido vacío.
Para escuchar hay que proclamar. Tan importante como la proclamación es la actitud de escuchar. Por eso, uno de los momentos importantes en la celebración de la Eucaristía es la proclamación de la Palabra de Dios. Es una pena cuando se escucha decir: “Padre, he llegado cuando ya habían leído el Evangelio, ¿me vale la Misa?” El problema no es si me vale o no la Misa, el problema es que no he “escuchado” a Dios. Por consiguiente, ¿dónde puede estar la respuesta del “seguimiento”?
Cuando queremos escuchar música, tratamos de que haya silencio en la sala. Es que solo en el silencio se puede saborear la música. Cuando queremos escuchar la Palabra de Dios, también es preciso hacer silencio en la sala del corazón y de la mente porque sólo en ese silencio interior podremos disfrutar de la música de la Palabra de Dios.
Decir que “mis ovejas escuchan mi voz” significa que estamos atentos a lo que Él nos dice. Y que disponemos de tiempos adecuados para esta escucha. A veces pienso, y perdonen mis pensamientos, que estamos más atentos al celular que llevamos en el bolsillo que a la Palabra que se proclama desde el altar.
“YO LAS CONOZCO”
Es fácil conocer a todos los miembros de la comunidad mientras son pocos, pero la cosa se complica cuando vemos parroquias enormes y con miles de fieles. ¿Se puede hablar entonces de que el pastor conoce a sus ovejas? Yo tengo muchas dudas de que los Pastores conozcan hoy a su rebaño y hasta me atrevería a decir que es imposible. También es cierto que los métodos de pastoral tampoco se prestan mucho para ello: pastoral de “sillón” o “pastoral de despacho”. Conoces a los que vienen, pero quién conoce al resto que no viene.
Esto me hace pensar que “pastores” no pueden ser sólo los Obispos o los Sacerdotes. Pastores no debiéramos sentir todos, hasta se me ocurre que debiéramos pensar un poco en la “pastoral del padrinazgo”. Es decir, que cada creyente se hiciese cargo de un no creyente. Que cada uno que viene a Misa se hiciese cargo, padrino, de otro que no viene e hiciese una pastoral de acompañamiento. Es cierto que nadie regala la fe al otro, pero todos podemos ser puentes entre unos y otros. Algo que, por otra parte, no veo muy fácil porque pienso en los padrinos de Bautismo, de Confirmación y me pregunto para qué sirven. ¿Acaso asumen una verdadera responsabilidad de acompañamiento de fe de sus ahijados? Hasta donde da mi experiencia, me parecen más “padrinos de adorno” que padrinos que ejercen una verdadera paternidad espiritual.
Pero, el hecho de que algo no funcione, no puede ser obstáculo para hacer nuevos ensayos, nuevas experiencias.
Tampoco pretendo con ello reemplazar a los “pastores de sillón y despacho”. Es posible que muchas de las funciones de los despachos pudieran delegarse y el pastor dedicarse un poco más a salir al encuentro, a conocer a aquellos que la Iglesia le ha encomendado. Jesús no tuvo despacho alguno. El único despacho y sillón de Jesús fueron los caminos por donde transitaba la gente.
SILENCIO PARA ESCUCHARNOS
No sólo necesitamos del silencio para escuchar la Palabra de Dios, sino que también necesitamos del silencio para escucharnos a nosotros mismos. No. No se trata de un ensimismamiento egoísta que nos encierra en nosotros mismos.
Se trata más bien de escuchar los latidos del corazón, los latidos del alma, los latidos de la vida. Se trata de escucharnos a nosotros. Escuchar lo mejor que llevamos dentro. Escuchar nuestros propios silencios interiores. Escuchar las voces de nuestro corazón. Escuchar nuestras ilusiones y esperanzas. Escuchar nuestras tristezas y alegrías. Escuchar nuestras penas y nuestros gozos.
Es que todos, aunque parezca mentira, llevamos una música dentro de nosotros. Los compositores musicales, antes de escribir la partitura la escuchan dentro, luego no es sino cuestión de poner las notas en el papel. Un amigo mío que suele escribir poesía me comentaba en una ocasión: “No puedo escribir lo que primero no siento y escucho dentro. Por eso hay días que, aunque quiera, no me sale nada.”
¿Cuántos conocemos la música que llevamos dentro de nosotros?
¿Cuántos conocemos lo mejor de nosotros mismos?
Yo estoy seguro que cada uno lleva dentro mucha más bondad, gracia y santidad, de la que nos imaginamos. Lo que sucede es que no nos enteramos de ello. Es posible que dentro de cada uno haya tesoros todavía inexplorados, riquezas no descubiertas, vida que aún no hemos estrenado.
Por eso necesitamos tiempo silencioso para meternos ahí dentro, bucear en nuestro corazón y reconocernos en todo lo bueno que tenemos. No es soberbia reconocer la bondad que hay dentro. Al contrario, pienso que es ser desagradecidos con Dios, el no tomar conciencia de tanto don secreto que hay en nuestras almas. ¡Cuánto bien nos haría el dedicarnos cada día unos minutos a este buceo submarino de nuestro espíritu! Posiblemente nos sentiríamos más a gusto con nosotros mismos y nos valoraríamos un poco más, que también es importante.
PARA QUE NOS ESCUCHEN
Para que nos escuchen tenemos que hablarles. Hablar a los que tenemos cerca, hablar a los que están lejos.
Para hablar a los que están cerca es preciso hablar su propio lenguaje, su propio idioma. De lo contrario, necesitamos de traductores. Por eso, una de las preocupaciones de la pastoral es, sin duda, si hablamos el lenguaje de la gente o seguimos hablando ese lenguaje exotérico de la teología. Anunciar el Evangelio no es tanto decir lo que nosotros pensamos sino lo que Jesús quiere decirles, es hablar con el lenguaje de la vida, no con el de los libros, es hablar desde ellos y para ellos. Cada uno debiera sentir que aquello se dirige personalmente a él. Cuentan de San Juan Bosco que solía escribir sus homilías, pero primero se las leía a su madre para ver si ella había entendido lo que quería decir.
Para hablar a los de lejos hay que ir hasta los demás. Esto implica meternos en el mundo de ellos, participar de su propio espacio. Meternos en sus problemas, participar de sus propias alegrías, solidarizarnos con sus penas y sufrimientos. Incluso, participar de su ambiente festivo. Es aquí donde los seglares tienen un campo que les es propio. El sacerdote no puede llegar a todos esos ambientes, pero a donde él no llega, sí pueden llegar los seglares. Además no de una manera solemne e intencionada, sino de una manera espontánea, natural, como uno más del grupo. De los seglares se ha dicho que “son el corazón del mundo en la Iglesia y el corazón de la Iglesia en el mundo”. A lo que yo agregaría: “Los seglares son el mundo traído al Evangelio y el Evangelio llevado como fermento al mundo.” En este sentido, pudiéramos hablar de laicizar más el Evangelio y evangelizar más lo mundano. No son realidades que se opongan, sino realidades que mutuamente se necesitan. El Evangelio necesita del mundo para encarnarse y el mundo necesita del Evangelio para transformarse. ¿Será esta una opción de los seglares o no será más bien una vocación, una misión?
EL PROBLEMA DE LOS RICOS
“El problema no son los ricos, sino la cantidad de candidatos.” (P.J.Gómez Serrano) Una frase que acabo de leer en la Revista Sal Terrae. La verdad que me gustó porque revela el verdadero problema de la riqueza. El mundo no anda mal porque haya ricos, el mundo anda mal porque somos muchos los candidatos y por eso nos peleamos por ver quien llega primero.
Por eso la verdadera riqueza, o pobreza, no está tanto en lo que tenemos sino en lo que deseamos tener. Alguien definió al rico como aquel que desea menos de lo que tiene porque tiene y le sobra. El problema de la riqueza está más que en nuestras cuentas bancarias en el corazón de los que siempre queremos tener más y de los que no tenemos reparo alguno en avasallar al otro para conseguir algo más.
Cuando el Evangelio anuncia la bienaventuranza de los pobres añade algo, “en el espíritu”. Nadie es feliz con la pobreza. Nadie es feliz careciendo de lo necesario. La verdadera felicidad está siempre en nuestra actitud frente al tener, frente al poseer. Es decir, cuando lo que tenemos esclaviza nuestro corazón, entonces no somos nosotros los que manejamos lo que tenemos sino que son las cosas que tenemos las que mandan en nuestro corazón.
Hay pobres con corazón de ricos y ricos con corazón de pobres. Hay quien tiene poco y es libre. Hay quien tiene mucho y termina siendo esclavo. Las cosas son buenas. El problema, la enfermedad, la llevamos en nuestro corazón con sus generosidades o sus egoísmos. Por eso habrá que decirlo claramente: “El problema no son los ricos, sino la cantidad de candidatos.” Jesús lo dijo en alguna ocasión que “no es lo que entra sino lo que sale del corazón” lo que realmente nos contamina y hace impuros.
¿Y SI DIOS TE LLAMASE?
¿A mí? Yo no sirvo para esas cosas.
¿No sirves o no quieres complicarte?
¿Y por qué a mí sí y a ti no?
¿Qué tus planes son otros?
¿Y has contado con los planes de Dios?
¿Y si Él tiene otros planes sobre ti?
Es posible que Él me necesite.
¿Y le voy a decir no?
Yo no sirvo para esas cosas.
Si no sirvieses no te llamaría.
Si te llama es porque vales.
Además, ¿no vales para servir a los demás?
Para servir todos valemos,
sólo que hay que estar dispuestos.
Cuando Dios llama nos da la gracia de poder.
Así que presta atención, es posible que Él te llame.
La vida se vive mejor cuando se entrega.
La vida se vive mejor cuando la damos por otros.
La vida se vive mejor servimos a los demás.
Tu vida es una posibilidad en manos de Dios.
Tu vida tiene que ser respuesta a Dios.
Así Dios será respuesta a tu vida.
No malogres tu vida porque otros la necesitan.
No seas menos de lo que puedes ser.
No te contentes con menos si puedes ser más.
HOY Dios puede tocar a tu puerta,
ábrela y déjale entrar.







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