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sábado, 25 de julio de 2009

Dadas las gracias, Jesús repartió el pan (Jn 6,1-15)

Semana XVII del Tiempo Ordinario - 26 de julio de 2009
Por Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo Obispo Residencial de Santa María de Los Angeles

Desde este domingo hasta el domingo 24 de agosto (domingos 17 al 21 del tiempo ordinario) en la liturgia de la Palabra de la Misa se lee el capítulo VI del Evangelio de Juan. Durante cinco domingos se interrumpe la lectura del Evangelio de Marcos, que es el propio de este año (ciclo B), y se lee por partes Jn 6 que, con sus 71 versículos, es el capítulo más largo del Evangelio. La importancia de este capítulo es que en él se encuentra la revelación más clara del misterio de la Eucaristía. Si no dispusieramos de este capítulo, todavía tendríamos los relatos de la institución de la Eucaristía, pero la comprensión de ellos sería menos segura.

El capítulo VI de Juan comienza con el relato de la multiplicación de los panes seguido por el episodio en que Jesús viene en la noche hacia sus discípulos que se hallaban sobre la barca caminando sobre las aguas. La parte medular del capítulo es el largo discurso del Pan de Vida que Jesús desarrolló en la sinagoga de Cafarnaúm.

La lectura de este capítulo es especialmente significativa en este momento, habiendo publicado el Santo Padre recientemente una carta encíclica con el título programático: “Ecclesia de Eucharistia” (La Iglesia vive de la Eucaristía). Después de afirmar que la Eucaristía es “el núcleo del misterio de la Iglesia”, el Papa sigue escribiendo: “Con razón ha proclamado el Concilio Vaticano II que el Sacrificio eucarístico es ‘fuente y cima de toda la vida cristiana’ (LG 11). ‘La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo’(PO 5)” (N. 1). El Concilio puede proponer a la fe de los cristianos esta verdad, que el Santo Padre reafirma nuevamente, gracias a lo que Jesús revela en este discurso pronunciado en la sinagoga de Cafarnaúm. Debemos estar atentos a su lectura para recibir de la misma boca de Jesús la enseñanza sobre la Eucaristía y así aumente nuestra fe en este misterio “que da la vida a los hombres”.

“Jesús se fue a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente lo seguía... Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos”. Así se introduce el episodio de la multiplicación de los panes que leemos este domingo. Según el Evangelio de Juan durante el ministerio público de Jesús se celebran tres Pascuas “de los judíos”. Por eso sabemos que ese ministerio duró entre dos y tres años. En la primera de esas Pascuas Jesús subió a Jerusalén y en esa ocasión expulsó los mercaderes del templo. La segunda Pascua es la que está mencionada en esta lectura. En ésta Jesús no subió a Jerusalén. En efecto, la multiplicación de los panes ocurrió a orillas del lago de Galilea; y Cafarnaúm, donde al día siguiente pronunció el discurso del Pan de Vida, también está a orillas de ese lago. En la tercera Pascua Jesús subió a Jerusalén y en esa ocasión él mismo murió en la cruz como el verdadero Cordero Pascual, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Él es “nuestra Pascua” y como tal en la víspera de su Pasión se dio en alimento a sus discípulos. En la multiplicación de los panes el evangelista quiere evocar el ambiente pascual para insinuar que ese pan con que Jesús nutrirá a la multitud es un anuncio del que dará en la Pascua eterna.

“Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia él mucha gente, dice a Felipe: ‘¿Dónde nos procuraremos panes para que coman éstos?’”. Era mucha gente. Después se nos informa que “los hombres eran en número de cinco mil”. El Evangelio recalca la imposibilidad de lo que pretende Jesús: “Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco”. Y tanto dinero no tenían. Entre la multitud se encontró un muchacho que tenía cinco panes de cebada y dos peces (no se dice de qué tamaño eran esos panes; importa poco), pero se advierte: “¿Qué es esto para tantos?”. La respuesta obvia es: “Nada”.

Sin embargo, Jesús se muestra –como siempre- completamente dueño de la situación. Para él esos cinco panes y dos peces eran suficiente. Comienza a realizar gestos que para los lectores cristianos, para quienes fue escrito el Evangelio, eran una insinuación evidente de la Eucaristía: “Tomó entonces Jesús los panes y, dadas las gracias, los repartió”. Las palabras claves son, obviamente “los panes” (notar que no se mencionan aquí los peces), el participio pretérito “dadas las gracias”, que en griego suena: “eucharistésas”, y la acción de repartir (partir y dar). Son los mismos gestos que él realiza en la última cena: “Tomó luego pan y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio” (Lc 22,19). Aparecen los mismos concepto, sobre todo, la misma palabra “eucharistésas“ que es la que da el nombre a lo obrado por Jesús. No sólo lo obrado por Jesús en la última cena, sino también la multiplicación de los panes pudo haber tomado el nombre de “eucaristía”. Pero lo sorprendente es que en la última cena lo que les reparte Jesús lo califica así: “Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros”. Y agrega esta orden: “Haced esto en memoria mia”.

Cuando Jesús multiplicó los panes y sació con ellos a la multitud, no nos mandó a nosotros hacer lo mismo. Éste era un pan material que nutría la vida terrena de los que comieron. Esa vida se puede nutrir con otros alimentos de este mundo. En cambio, cuando nos dio su Cuerpo y su Sangre como alimento de vida eterna, es decir, cuando nos dio el Pan del cielo que nos comunica la vida divina, nos ordenó perpetuar este don diciendo: “Haced esto en memoria mia”. Es porque sin este Pan no hay vida: “Si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros” (Jn 6,53). Que el Señor no nos prive nunca de este alimento.

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WebJCP | Abril 2007