Muchos somos los que nos acercamos a la oración para suplicarle al Señor que nos ayude y nos arregle nuestros asuntos materiales.Jesús nunca habló de peticiones especializadas, sino de la fe necesaria para pedirlas. Asimismo, otros soberbios no piden porque no confían en que Dios podrá satisfacerlos y ese es muy mal camino. Nuestra oración a Dios debe ser completamente sincera. Ello nos llevará a pedir lo que consideramos justo y necesario.
Centramos hoy nuestra mirada en el pan físico que sacia el hambre de nuestros cuerpos pero sobre todo en el verdadero pan del cielo que Jesús nos quiere ofrecer.
En la primera lectura vemos cómo el profeta Eliseo reparte el pan de las primicias que le habían entregado entre las personas que tenía a su alrededor. Él sabía que no era pan suficiente para saciar el hambre de todos, pero confiaba en la misericordia y el poder del Señor, que así se lo había prometido. El profeta Eliseo hizo lo que tenía que hacer, compartir su pan con los hambrientos, y Dios hizo lo demás.
También en el evangelio nos cuenta San Juan que Jesús hizo lo mismo con los cinco panes y los dos peces que tenía el muchacho que se había atrevido a seguirle hasta la montaña. Como vemos, en los dos casos se trata de una acción de Dios que multiplica milagrosamente el pan que unas personas habían puesto, previa y generosamente, a disposición de los demás.
Primero fue la generosidad humana, después fue la bendición multiplicadora de Dios. En estos dos casos se ve muy claro que sin la generosidad humana no se hubiera podido realizar la acción divina y muchas personas hubieran quedado hambrientas y desoladas.
Yo creo que esto debería hacernos meditar a todos profundamente. En el mundo hay muchas personas que se mueren de hambre y de sed. No podemos acusar a Dios de la injusticia de este mundo nuestro, en el que hay tantas personas que se mueren de hambre. Los que saben de estas cosas nos dicen que los frutos de la tierra y del trabajo del hombre son suficientes para saciar el hambre de todas las personas que vivimos en este planeta. Lo que pasa es que los que tienen, o tenemos, no queremos compartir lo que tenemos con los que no tienen. El problema del mundo no está en lo poco, o mucho, o nada, que tenemos, sino en la injusticia con la que hemos establecido el reparto de lo que la tierra nos da. Dios no puede multiplicar lo que nosotros no compartimos.
No imitamos ni al profeta Eliseo, ni al muchacho del evangelio. Y después nos quejamos de Dios.
También debemos hablar de la necesidad de compartir el pan de la vida. Durante los dos próximos domingos San Juan nos va a hablar del pan de vida. El pan de vida es Cristo, un pan que nos lleva hasta la vida eterna. Lo que yo quiero decir hoy es que los cristianos tenemos la obligación de compartir también el pan de vida. Esta es la misión que Dios nos ha encomendado a todos nosotros, pues a todos nosotros nos ha mandado Dios a este mundo para predicar el evangelio de Jesús de Nazaret. Un cristiano que no se preocupe de predicar el evangelio, es decir, de predicar su fe en Cristo, no vive como cristiano.
No necesitamos ir a países lejanos para hacer esto; el evangelio se predica sobre todo con la vida y es allí donde habitualmente vivimos donde primero tenemos la obligación de dar testimonio de nuestra fe.
El secreto de la generosidad no está en la abundancia sino en la bondad del corazón. Constantemente nos encontramos con personas acaudaladas que son inmensamente tacañas y, por el contrario, con gente con escasos recursos económicos que son tremendamente espléndidos.
Y es que, la buena voluntad, es lo que nos hace grandes, solidarios, cercanos y sensibles a las carencias de los demás. Cuando existe la buena voluntad, está asegurado el primer paso para alcanzar un corazón grande. Es el todo, aún teniendo poco.
Para muestra un botón; un Jesús consciente de la necesidad de aquellos que le escuchaban. Eran personas con hambre de Dios pero, como humanos, con ganas de pan recién amasado. Las dos carencias, supo y quiso satisfacer con mano providente. Jesús les dio el pan del cielo y les multiplicó a manos llenas el pan que requerían para seguir viviendo.
Que aprendamos esta gran lección: la felicidad no reside tanto en el tener cuanto en el compartir. Cuando se ofrece, el corazón vibra, se oxigena, se rejuvenece. ¿Sirve, al final de la vida, un gran patrimonio que no ha estado inclinado o abierto al servicio de alguien o de una buena causa cristiana?
Todos, cada día, debiéramos de mirar nuestras manos. No para que nos lean el futuro, cuanto para percatarnos si –en esas horas- hemos realizado una buena obra; si hemos ofrecido cariño; si hemos desplegado las alas de nuestra caridad; si hemos construido o por el contrario derrumbado; si nos hemos centuplicado o restado en bien de la justicia o de la fraternidad.
Si, amigos. Cada día que pasa, cada día que vivimos es una oportunidad que Dios nos da para multiplicarnos, desgastarnos y brindarnos generosamente por los demás.
Al fin y al cabo, en el atardecer de la vida, nos examinarán del amor. Dejarán de tener efecto nuestras cuentas corrientes. Nuestras inversiones. Nuestros apellidos y nobleza. Nuestra apariencia y riqueza….y comenzará a valer, su peso en oro, las manos que supieron estar siempre abiertas.
Que así sea…







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