Todos llevamos los ojos en lo alto de nuestra cara, pero se pueden llevar los ojos muy en alto y seguir mirando hacia abajo, a nuestra propia sombra. Jesús tenía ojos como nosotros, pero sabía ver y mirar. Se puede pasar por la vida con muy buena vista y no enterarnos de nada. Somos muchos los que “tenemos ojos pero no vemos”. Jesús era de los que veían, pero de los que veían más allá de lo que los mismos ojos pueden ver.
Pronto se dio cuenta de que aquella muchedumbre que le seguía tenía el estómago vacío. Donde otros sólo veían gente que escuchaba la Palabra de Jesús, Él logró ver los estómagos con hambre.
Pero tampoco es suficiente ver si luego nuestro corazón no siente. Ya lo dice el refrán “Ojos que no ven corazón que no siente.” Pero creo que habría que añadir: “Ojos que ven y, sin embargo, el corazón no siente.” ¡Cuántas cosas vemos a nuestro lado y no nos dicen nada! ¡Cuántas penas y sufrimientos vemos con los ojos y de las que el corazón no se entera!
Jesús dijo en su tentación en el desierto: “No solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.” Se necesita vivir de la Palabra, pero también se necesita del pan del estómago. Lo que no hizo en el desierto, lo hace hoy. Allí no quiso convertir las piedras en panes. En cambio, aquí quiso demostrar que se puede hacer el milagro de multiplicar los panes. La gente no le pide pan, se siente feliz escuchando su palabra, pero Él es muy humano y realista. También se necesita del pan que mata el hambre. “No solo de pan...”, pero también de pan. Los dos panes son necesarios. Se necesita del pan de la Palabra de Dios que alimenta el espíritu y se necesita del pan de cebada o de trigo que alimenta el cuerpo. Es que alma y cuerpo no viven en departamentos separados, sino que son y forman una sola realidad: el ser humano. No podemos dividir al hombre, cuerpo y alma forman una unidad. Además, no se puede alimentar solo una mitad dejando la otra con hambre.
Es cierto que no todo se soluciona dando de comer pan a los que tienen hambre, pero tampoco se soluciona todo regalándoles la palabra de Dios. Por eso Jesús une los dos panes: el pan de la palabra y el pan de la mesa. Hace el milagro de regalarnos el pan de la Palabra de Dios, pero lo complementa con el milagro de darnos de comer y llenar nuestros estómagos.
Es preciso saber ver a tanta gente vacía su espíritu de la Palabra de Dios, pero también es preciso ver a todo ese mundo de personas con el estómago vacío y que no tienen un pedazo de pan.
Felipe, como nosotros, primero ve las dificultades, como una manera de no complicarse la vida. “Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo.” Pero siempre hay alguien que piensa de otra manera. Andrés logra descubrir que existen “cinco panes y dos peces”. También él quiere ser realista y añade: “Pero, ¿qué es esto para tantos?” Al menos, abre una brecha, una pequeña luz de esperanza.
Los que tienen hambre son muchos, las subsistencias son mínimas, pero a Dios le es suficiente lo poco que nosotros podemos hacer porque donde terminan nuestras posibilidades, comienzan las posibilidades de Dios.
Lo primero, es preciso bendecir lo que se tiene. Bendecir lo que tenemos es una manera de sacar las cosas del dominio de nuestro egoísmo y reconocer que Dios las ha puesto al servicio de todos. Cinco panes y dos peces, puestos a disposición de los demás hacen el gran milagro: “Todos comieron y aún sobraron doce canastas.” Donde había poco, ahora hay de sobra.
En nuestro mundo actual el problema es diferente. El pan abunda y los hambrientos son más que los cinco mil que seguían a Jesús. Pero es un pan que nosotros no bendecimos y por eso lo consideramos propiedad nuestra. Aunque nos sobre no se nos ocurre compartir nuestras sobras.
La bendición es una manera de ver el pan como un regalo de Dios para todos sus hijos, por tanto, como el deseo de Dios de que el pan sea de todos y que todos puedan comer. ¿Hay panes más pequeños que los de la Eucaristía? Pero el pan de la Eucaristía es “el cuerpo entregado” y por eso siempre llega para todos. Nadie se queda sin comulgar por falta de ese pan. El hambre en el mundo no es culpa del pan, sino del corazón de los que tienen el pan.
Hace unos meses corría por Internet una noticia. A uno le habían condenado a un año de cárcel porque se había robado media barra de pan porque tenía hambre y no tenía con qué pagar.
Luego la panadera argumentó que la había amenazado con un cuchillo y, claro, el juez le creyó a la panadera y no al pobre hambriento. Claro que, si hubiese robado unos cuantos millones, de seguro que no faltarían abogados que le defendiesen, pero como el pobre hombre lo único que tenía era hambre, debió parar un año en la cárcel. Evidentemente que nadie decía que estaba por robar media barra de pan sino porque había amenazado a la panadera.
Los grandes y los fuertes siempre tenemos razón para hundir a los débiles. Los grandes siempre tienen la razón, los débiles nunca. A poco que miremos nuestro corazón nos daremos cuenta de que en el fondo muchos llevamos esa mentalidad dentro. Hablo en primera persona. Veo a alguien bien que está en la puerta y como que no me causa sospecha, pero veo a uno de esos pobres mendigos, y automáticamente me viene a la mente: cierra la puerta antes de que robe algo. Esto lo tengo que confesar porque me sucede con frecuencia. Lo cual indica que tampoco mi corazón tampoco está tan convertido como a veces me imagino. Luego me siento mal y me remuerde la conciencia y le pido perdón al Señor, pero esa es la realidad.
La verdad que, cuando leí la noticia, me sentí sacudido por dentro, como una especie de bofetada espiritual. Es que me gusta leer las noticias no en abstracto sino que me suele gustar meterme en ellas y hacerme partícipe de ellas. Es la mejor manera de que Dios también le habla a uno a través de las noticias aunque vengan por Internet. La realidad siempre nos tiene que cuestionar, es como la voz de Dios que nos habla sin darnos cuenta.
Es frecuente escuchar hoy a mucha gente lamentarse de haber desperdiciado “lo que les había sobrado”. “Me siento mal porque lo eché a la basura o dejé que se perdiera.” Lo cual significa que la gente, en medio de todo, va tomando conciencia de que, al menos “lo sobrante” como que no le pertenece, porque al lado hay quien lo necesita. Y dejarlo perderse es dejar que otros pasen necesidad.
Aquello me parece que es una manera ir tomando conciencia del uso de las cosas y también una mayor conciencia de las necesidades de los demás. Esto es un gran avance porque no se trata ya de imponerlo con nuevos preceptos o leyes que nunca llegan al corazón, sino que implica una nueva sensibilidad y también una nueva experiencia de los demás y una nueva valoración de los otros.
Jesús no es un hombre de leyes ni de preceptos, Jesús comienza siempre por pedir el cambio de corazón y el cambio de mentalidad. Para el que ama no son necesarias las leyes porque la mayor ley es el amor del corazón. Hemos vivido demasiado de las leyes, prohibiciones, mandatos y pecados, y nos hemos olvidado de tocar el corazón de los hombres y mujeres.
El Evangelio es “Buena Noticia”, no es una norma más, una ley más o un código de leyes. Dios va siempre al corazón del hombre. La prueba más clara Zaqueo, cuando Jesús tocó su corazón, inmediatamente reacciona y dice: “La mitad de mis bienes los repartiré entre los pobres y si a alguien he defraudado le devolveré cuatro veces más.” Esto no se logra por la ley, esto sólo se consigue cuando el corazón ha entrado en el clima de Dios y en la dinámica de Dios. El clima y la dinámica del amor y la gratuidad.
1. El pan que comes es regalo de muchos. La lluvia, la tierra, las semillas, el sol, el abono, el molinero, el panadero. ¡Cuántos han trabajado para que hoy en la mesa de mi casa haya pan! ¿Y qué hago yo para que otros también tengan pan?
2. Detrás del pan que comen mis hijos está Dios, que regala “el pan nuestro de cada día”, y aún nos permite que sobre algo para el día siguiente. A Dios le encanta una mesa donde cada uno pueda comer pan en abundancia.
3. Al comer hoy mi pan me vienen la mente y al corazón tantos niños que en sus casas no tienen pan. Para ellos el pan que yo como les sabría a rosquilla y yo me lamento de que está duro...
4. Hoy en mi casa hay pan suficiente y aún sobra. El otro día ví como unos mendigos rebuscaban en el tacho de la basura en la calle un pedazo de pan. Apenas encontraron nada porque el pan que nos sobra preferimos dárselo a los animales.
5. En mi casa, gracias a Dios abunda el pan. Está caro, pero puedo comprarlo. Muchos ven el pan en la panadería y pasan de largo. Tienen hambre, pero no pueden comprar pan. Me he dado cuenta de su tremenda resignación.
6. Hoy he ido a comprar pan, he traído una bolsa. Una señora me miraba. Ella pidió dos panes, no le alcanzaba para más. ¡Y pensar que Dios sembró pan para que todos pudieran comer hasta saciarse! ¡Y Jesús hizo el milagro de la multiplicación de los panes!
7. Hoy quisiera hacer un milagro con mi pan. No es mucho lo que tengo. Si me lo como ahí se acabó mi pan, pero si decido compartirlo, de seguro que alcanzará para mí y para los que también quieren comer de mi pan.
Pronto se dio cuenta de que aquella muchedumbre que le seguía tenía el estómago vacío. Donde otros sólo veían gente que escuchaba la Palabra de Jesús, Él logró ver los estómagos con hambre.
Pero tampoco es suficiente ver si luego nuestro corazón no siente. Ya lo dice el refrán “Ojos que no ven corazón que no siente.” Pero creo que habría que añadir: “Ojos que ven y, sin embargo, el corazón no siente.” ¡Cuántas cosas vemos a nuestro lado y no nos dicen nada! ¡Cuántas penas y sufrimientos vemos con los ojos y de las que el corazón no se entera!
Jesús dijo en su tentación en el desierto: “No solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.” Se necesita vivir de la Palabra, pero también se necesita del pan del estómago. Lo que no hizo en el desierto, lo hace hoy. Allí no quiso convertir las piedras en panes. En cambio, aquí quiso demostrar que se puede hacer el milagro de multiplicar los panes. La gente no le pide pan, se siente feliz escuchando su palabra, pero Él es muy humano y realista. También se necesita del pan que mata el hambre. “No solo de pan...”, pero también de pan. Los dos panes son necesarios. Se necesita del pan de la Palabra de Dios que alimenta el espíritu y se necesita del pan de cebada o de trigo que alimenta el cuerpo. Es que alma y cuerpo no viven en departamentos separados, sino que son y forman una sola realidad: el ser humano. No podemos dividir al hombre, cuerpo y alma forman una unidad. Además, no se puede alimentar solo una mitad dejando la otra con hambre.
Es cierto que no todo se soluciona dando de comer pan a los que tienen hambre, pero tampoco se soluciona todo regalándoles la palabra de Dios. Por eso Jesús une los dos panes: el pan de la palabra y el pan de la mesa. Hace el milagro de regalarnos el pan de la Palabra de Dios, pero lo complementa con el milagro de darnos de comer y llenar nuestros estómagos.
Es preciso saber ver a tanta gente vacía su espíritu de la Palabra de Dios, pero también es preciso ver a todo ese mundo de personas con el estómago vacío y que no tienen un pedazo de pan.
POCO, PERO SUFICIENTE
Felipe, como nosotros, primero ve las dificultades, como una manera de no complicarse la vida. “Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo.” Pero siempre hay alguien que piensa de otra manera. Andrés logra descubrir que existen “cinco panes y dos peces”. También él quiere ser realista y añade: “Pero, ¿qué es esto para tantos?” Al menos, abre una brecha, una pequeña luz de esperanza.
Los que tienen hambre son muchos, las subsistencias son mínimas, pero a Dios le es suficiente lo poco que nosotros podemos hacer porque donde terminan nuestras posibilidades, comienzan las posibilidades de Dios.
Lo primero, es preciso bendecir lo que se tiene. Bendecir lo que tenemos es una manera de sacar las cosas del dominio de nuestro egoísmo y reconocer que Dios las ha puesto al servicio de todos. Cinco panes y dos peces, puestos a disposición de los demás hacen el gran milagro: “Todos comieron y aún sobraron doce canastas.” Donde había poco, ahora hay de sobra.
En nuestro mundo actual el problema es diferente. El pan abunda y los hambrientos son más que los cinco mil que seguían a Jesús. Pero es un pan que nosotros no bendecimos y por eso lo consideramos propiedad nuestra. Aunque nos sobre no se nos ocurre compartir nuestras sobras.
La bendición es una manera de ver el pan como un regalo de Dios para todos sus hijos, por tanto, como el deseo de Dios de que el pan sea de todos y que todos puedan comer. ¿Hay panes más pequeños que los de la Eucaristía? Pero el pan de la Eucaristía es “el cuerpo entregado” y por eso siempre llega para todos. Nadie se queda sin comulgar por falta de ese pan. El hambre en el mundo no es culpa del pan, sino del corazón de los que tienen el pan.
A LA CÁRCEL POR ROBAR MEDIA BARRA DE PAN
Hace unos meses corría por Internet una noticia. A uno le habían condenado a un año de cárcel porque se había robado media barra de pan porque tenía hambre y no tenía con qué pagar.
Luego la panadera argumentó que la había amenazado con un cuchillo y, claro, el juez le creyó a la panadera y no al pobre hambriento. Claro que, si hubiese robado unos cuantos millones, de seguro que no faltarían abogados que le defendiesen, pero como el pobre hombre lo único que tenía era hambre, debió parar un año en la cárcel. Evidentemente que nadie decía que estaba por robar media barra de pan sino porque había amenazado a la panadera.
Los grandes y los fuertes siempre tenemos razón para hundir a los débiles. Los grandes siempre tienen la razón, los débiles nunca. A poco que miremos nuestro corazón nos daremos cuenta de que en el fondo muchos llevamos esa mentalidad dentro. Hablo en primera persona. Veo a alguien bien que está en la puerta y como que no me causa sospecha, pero veo a uno de esos pobres mendigos, y automáticamente me viene a la mente: cierra la puerta antes de que robe algo. Esto lo tengo que confesar porque me sucede con frecuencia. Lo cual indica que tampoco mi corazón tampoco está tan convertido como a veces me imagino. Luego me siento mal y me remuerde la conciencia y le pido perdón al Señor, pero esa es la realidad.
La verdad que, cuando leí la noticia, me sentí sacudido por dentro, como una especie de bofetada espiritual. Es que me gusta leer las noticias no en abstracto sino que me suele gustar meterme en ellas y hacerme partícipe de ellas. Es la mejor manera de que Dios también le habla a uno a través de las noticias aunque vengan por Internet. La realidad siempre nos tiene que cuestionar, es como la voz de Dios que nos habla sin darnos cuenta.
SE VA CREANDO UNA NUEVA CONCIENCIA
Es frecuente escuchar hoy a mucha gente lamentarse de haber desperdiciado “lo que les había sobrado”. “Me siento mal porque lo eché a la basura o dejé que se perdiera.” Lo cual significa que la gente, en medio de todo, va tomando conciencia de que, al menos “lo sobrante” como que no le pertenece, porque al lado hay quien lo necesita. Y dejarlo perderse es dejar que otros pasen necesidad.
Aquello me parece que es una manera ir tomando conciencia del uso de las cosas y también una mayor conciencia de las necesidades de los demás. Esto es un gran avance porque no se trata ya de imponerlo con nuevos preceptos o leyes que nunca llegan al corazón, sino que implica una nueva sensibilidad y también una nueva experiencia de los demás y una nueva valoración de los otros.
Jesús no es un hombre de leyes ni de preceptos, Jesús comienza siempre por pedir el cambio de corazón y el cambio de mentalidad. Para el que ama no son necesarias las leyes porque la mayor ley es el amor del corazón. Hemos vivido demasiado de las leyes, prohibiciones, mandatos y pecados, y nos hemos olvidado de tocar el corazón de los hombres y mujeres.
El Evangelio es “Buena Noticia”, no es una norma más, una ley más o un código de leyes. Dios va siempre al corazón del hombre. La prueba más clara Zaqueo, cuando Jesús tocó su corazón, inmediatamente reacciona y dice: “La mitad de mis bienes los repartiré entre los pobres y si a alguien he defraudado le devolveré cuatro veces más.” Esto no se logra por la ley, esto sólo se consigue cuando el corazón ha entrado en el clima de Dios y en la dinámica de Dios. El clima y la dinámica del amor y la gratuidad.
EL PAN
1. El pan que comes es regalo de muchos. La lluvia, la tierra, las semillas, el sol, el abono, el molinero, el panadero. ¡Cuántos han trabajado para que hoy en la mesa de mi casa haya pan! ¿Y qué hago yo para que otros también tengan pan?
2. Detrás del pan que comen mis hijos está Dios, que regala “el pan nuestro de cada día”, y aún nos permite que sobre algo para el día siguiente. A Dios le encanta una mesa donde cada uno pueda comer pan en abundancia.
3. Al comer hoy mi pan me vienen la mente y al corazón tantos niños que en sus casas no tienen pan. Para ellos el pan que yo como les sabría a rosquilla y yo me lamento de que está duro...
4. Hoy en mi casa hay pan suficiente y aún sobra. El otro día ví como unos mendigos rebuscaban en el tacho de la basura en la calle un pedazo de pan. Apenas encontraron nada porque el pan que nos sobra preferimos dárselo a los animales.
5. En mi casa, gracias a Dios abunda el pan. Está caro, pero puedo comprarlo. Muchos ven el pan en la panadería y pasan de largo. Tienen hambre, pero no pueden comprar pan. Me he dado cuenta de su tremenda resignación.
6. Hoy he ido a comprar pan, he traído una bolsa. Una señora me miraba. Ella pidió dos panes, no le alcanzaba para más. ¡Y pensar que Dios sembró pan para que todos pudieran comer hasta saciarse! ¡Y Jesús hizo el milagro de la multiplicación de los panes!
7. Hoy quisiera hacer un milagro con mi pan. No es mucho lo que tengo. Si me lo como ahí se acabó mi pan, pero si decido compartirlo, de seguro que alcanzará para mí y para los que también quieren comer de mi pan.








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