Publicado por Esquila Misional
Su nombre es Daria Gabardi, italiana de origen y misionera comboniana desde hace más de 40 años. Ella nos cuenta cómo ha mantenido su compromiso con los más pobres durante este tiempo.

«Puedo decir que mi vocación nació y creció a través de las actividades de la parroquia de mi pueblo, sobre todo en la Acción Católica, que en aquellos años era muy activa. En un momento dado de mi vida sentí el deseo de ensanchar mi horizonte y de orientarme hacia la misión; hacia las personas más lejanas y necesitadas. África me parecía la respuesta más adecuada a mis inquietudes, pero después de profesar como misionera comboniana, mi primera experiencia fue con los afroamericanos de Estados Unidos. Fue una vivencia muy fuerte, porque eran años de una dura discriminación, casi podríamos llamarla “persecución”. Era el tiempo de Martin Luther King. Más tarde, en los años 80 partí para África, donde viví experiencias muy variadas.
Experiencias africanas
En la vida sencilla de un pueblito del sur de Zambia constaté la lucha de la gente por sobrevivir. Allí donde faltaban los artículos básicos para la supervivencia como el agua, la leña, la comida, el jabón… aprendí a estimar los valores de este pueblo: la hospitalidad, el respeto, su gran confianza en la Providencia, el amor a la vida expresado en el canto, la danza y el redoble de sus tambores; una arraigada religiosidad, aún entre los no cristianos.
Años más tarde, trabajé en los campos de refugiados mozambiqueños en Malawi, donde compartí el sufrimiento de la gente que escapaba de la guerra. Cuando llegaban exhaustos de la selva, teníamos muy pocas cosas materiales que ofrecerles. A menudo llegaban heridos, desnutridos y despojados de todo. La mayoría eran mujeres y niños que habían perdido todo, incluso a sus seres queridos. Pude constatar cómo, al sentirse integrados en una comunidad cristiana en la misión, se les abría el corazón a la esperanza y el deseo de ver el futuro con optimismo.
Esta vivencia se completó en Lusaka (Zambia), con los refugiados ruandeses y burundeses que escapaban del genocidio en 1994. Fue extraordinario recibir y proteger a esta gente aterrorizada por lo que había vivido. Como misioneras, los asistimos, los animamos y rezamos con ellos; también preparamos un camino de aceptación, perdón y ayuda para reiniciar sus vidas. Encontré ejemplos admirables de valor y espíritu de adaptación a la precariedad de su nueva vida. Asimismo, resplandecían ejemplos luminosos de fe, un deseo insaciable de encontrar a Dios y una esperanza sin precedentes en su bondad, misericordia y protección.
Mi última experiencia misionera en África fue con los enfermos de sida en un centro de acogida al oeste de Zambia. Esta enfermedad causa un sufrimiento inaudito no sólo en el enfermo sino en toda la familia, en su tejido social, incluidos los niños. Las consecuencias son múltiples y muy dolorosas: la pérdida del trabajo, la incapacidad de procurar el sustento familiar y la educación de los hijos… Para muchos jóvenes, la enfermedad pone sobre sus familias una carga insoportable que se añade a la ya pesada lucha cotidiana. Esta enfermedad conduce a una muerte cierta, pero larga y dolorosa. La persona ve su cuerpo desintegrarse y se da cuenta de la impresión que causa a los que la rodean, por eso también la dignidad personal y la autoestima sufren terriblemente, llevándolos al desánimo, a la depresión y a veces, hasta al suicidio.
Como respuesta a esta situación se formaron grupos de apoyo y oración. El encuentro semanal ayuda a los enfermos a salir de sí mismos y de su marginación; los ayuda a conocerse, a ser solidarios y apoyarse mutualmente. La reflexión sobre la palabra de Dios les abre el corazón a la esperanza. Sentirse aceptados les hace superar la angustia de la deshumanización y del ostracismo.
Cuarenta años de compromiso
Al recordar esto, surgen en mí una multitud de nombres y rostros conocidos y amados. Quisiera llamarlos y preguntarles cómo están, pero están lejos de mí, dado que actualmente estoy en Italia. ¿Qué o quién me ha sostenido en este compromiso con los más pobres durante 40 años? Dos textos bíblicos me han acompañado continuamente durante este tiempo. El primero:
“El Espíritu del Señor está sobre mí, él me ha llamado y me ha ungido, me ha enviado para llevar la Buena Noticia a los pobres, para abrir los ojos de los ciegos, el oído a los sordos, liberar a los prisioneros de la esclavitud”. Y del Evangelio de san Juan: “Yo he venido para que tengan Vida, y la tengan en abundancia”.
El deseo que tenía de joven de compartir mi fe y mi amor por el Señor ha sido siempre mi guía y mi fuerza. Estoy muy agradecida con Dios porque me ha pedido mucho, pero es mucho más lo que me ha dado a través de todas estas experiencias con distintos pueblos, a través de todas las personas que he encontrado en mi vida y que me han enriquecido y transformado».
Hna. Daria Gabardi, mc

«Puedo decir que mi vocación nació y creció a través de las actividades de la parroquia de mi pueblo, sobre todo en la Acción Católica, que en aquellos años era muy activa. En un momento dado de mi vida sentí el deseo de ensanchar mi horizonte y de orientarme hacia la misión; hacia las personas más lejanas y necesitadas. África me parecía la respuesta más adecuada a mis inquietudes, pero después de profesar como misionera comboniana, mi primera experiencia fue con los afroamericanos de Estados Unidos. Fue una vivencia muy fuerte, porque eran años de una dura discriminación, casi podríamos llamarla “persecución”. Era el tiempo de Martin Luther King. Más tarde, en los años 80 partí para África, donde viví experiencias muy variadas.
Experiencias africanas
En la vida sencilla de un pueblito del sur de Zambia constaté la lucha de la gente por sobrevivir. Allí donde faltaban los artículos básicos para la supervivencia como el agua, la leña, la comida, el jabón… aprendí a estimar los valores de este pueblo: la hospitalidad, el respeto, su gran confianza en la Providencia, el amor a la vida expresado en el canto, la danza y el redoble de sus tambores; una arraigada religiosidad, aún entre los no cristianos.
Años más tarde, trabajé en los campos de refugiados mozambiqueños en Malawi, donde compartí el sufrimiento de la gente que escapaba de la guerra. Cuando llegaban exhaustos de la selva, teníamos muy pocas cosas materiales que ofrecerles. A menudo llegaban heridos, desnutridos y despojados de todo. La mayoría eran mujeres y niños que habían perdido todo, incluso a sus seres queridos. Pude constatar cómo, al sentirse integrados en una comunidad cristiana en la misión, se les abría el corazón a la esperanza y el deseo de ver el futuro con optimismo.
Esta vivencia se completó en Lusaka (Zambia), con los refugiados ruandeses y burundeses que escapaban del genocidio en 1994. Fue extraordinario recibir y proteger a esta gente aterrorizada por lo que había vivido. Como misioneras, los asistimos, los animamos y rezamos con ellos; también preparamos un camino de aceptación, perdón y ayuda para reiniciar sus vidas. Encontré ejemplos admirables de valor y espíritu de adaptación a la precariedad de su nueva vida. Asimismo, resplandecían ejemplos luminosos de fe, un deseo insaciable de encontrar a Dios y una esperanza sin precedentes en su bondad, misericordia y protección.
Mi última experiencia misionera en África fue con los enfermos de sida en un centro de acogida al oeste de Zambia. Esta enfermedad causa un sufrimiento inaudito no sólo en el enfermo sino en toda la familia, en su tejido social, incluidos los niños. Las consecuencias son múltiples y muy dolorosas: la pérdida del trabajo, la incapacidad de procurar el sustento familiar y la educación de los hijos… Para muchos jóvenes, la enfermedad pone sobre sus familias una carga insoportable que se añade a la ya pesada lucha cotidiana. Esta enfermedad conduce a una muerte cierta, pero larga y dolorosa. La persona ve su cuerpo desintegrarse y se da cuenta de la impresión que causa a los que la rodean, por eso también la dignidad personal y la autoestima sufren terriblemente, llevándolos al desánimo, a la depresión y a veces, hasta al suicidio.
Como respuesta a esta situación se formaron grupos de apoyo y oración. El encuentro semanal ayuda a los enfermos a salir de sí mismos y de su marginación; los ayuda a conocerse, a ser solidarios y apoyarse mutualmente. La reflexión sobre la palabra de Dios les abre el corazón a la esperanza. Sentirse aceptados les hace superar la angustia de la deshumanización y del ostracismo.
Cuarenta años de compromiso
Al recordar esto, surgen en mí una multitud de nombres y rostros conocidos y amados. Quisiera llamarlos y preguntarles cómo están, pero están lejos de mí, dado que actualmente estoy en Italia. ¿Qué o quién me ha sostenido en este compromiso con los más pobres durante 40 años? Dos textos bíblicos me han acompañado continuamente durante este tiempo. El primero:
“El Espíritu del Señor está sobre mí, él me ha llamado y me ha ungido, me ha enviado para llevar la Buena Noticia a los pobres, para abrir los ojos de los ciegos, el oído a los sordos, liberar a los prisioneros de la esclavitud”. Y del Evangelio de san Juan: “Yo he venido para que tengan Vida, y la tengan en abundancia”.
El deseo que tenía de joven de compartir mi fe y mi amor por el Señor ha sido siempre mi guía y mi fuerza. Estoy muy agradecida con Dios porque me ha pedido mucho, pero es mucho más lo que me ha dado a través de todas estas experiencias con distintos pueblos, a través de todas las personas que he encontrado en mi vida y que me han enriquecido y transformado».
Hna. Daria Gabardi, mc







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