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jueves, 29 de mayo de 2008

La comida cuesta más cara, también para los pobres

Por Por José Carlos Rodríguez
Publicado por Misioneros Tercer Milenio

Lo que para un ciudadano de un país rico supone la privación de algún capricho, para los habitantes de muchos países empobrecidos supone una auténtica sentencia de muerte; la distancia que separa la supervivencia de un final trágico. Estas son las dramáticas consecuencias a las que está llevando en muchos países del llamado Tercer Mundo el espectacular crecimiento que están registrando los precios de los alimentos de primera necesidad.


En la familia de John Okelo nunca se pasó hambre. Nadie puede pasarla cuando se tienen 15 hectáreas de excelente tierra de cultivo, que todos los años, al caer las primeras lluvias de marzo, recibían miles de semillas de maíz, cacahuetes, mijo, sésamo, patatas dulces, alubias y sorgo, que él y los suyos trabajaban con afán y cuyas cosechas les proporcionaban una dieta sana, además de ganancias para pagar escuela, vestidos, medicinas y transporte. En su amplio recinto criaban también algunas vacas, cabras y gallinas. Pero, a mediados de 2002, todo cambió para este orgulloso campesino de la región de Lira, en el norte de Uganda. Los guerrilleros del Ejército de Resistencia del Señor (LRA, en inglés), que hasta aquella fecha sólo habían combatido más al norte, se extendieron por su región, sembrando el terror. John y su familia lo perdieron todo y no tuvieron más remedio que ir a vivir a uno de los campos de desplazados internos. A finales de aquel año había dos millones de personas en estas condiciones en su país.

A principios de 2007 parecía que las cosas cambiaban cuando la calma volvió a su zona, como consecuencia de las negociaciones de paz entre los rebeldes y el Gobierno. Sin guerrilla que temer, volvieron a su aldea y empezaron a reconstruir sus casas derruidas y a desbrozar sus campos. Pero en junio llegaron las lluvias torrenciales y durante varios meses todo quedó anegado. Tras abandonar su pueblo de nuevo, se marcharon a Lira, donde, con los pocos ahorros que tenían, alquilaron una casucha en uno de los arrabales. Ahora la familia de John Okelo tiene que comprar todos los alimentos que consumen, y cada vez están más caros. Como consecuencia, ahora sólo pueden comer una vez al día, algo por lo que nunca tuvieron que pasar antes.

John Okelo seguramente no lo sabe, pero la subida de precio de los alimentos está pasando en todo el planeta y afecta, sobre todo, a muchos millones de personas que, como él, se han convertido en los nuevos pobres urbanos del Tercer Mundo, que ya no disponen de ninguna parcela para cultivar. Naciones Unidas acaba de decir que, por primera vez en la historia de la humanidad, la población urbana supera a la rural. En África subsahariana, donde más gente sigue viviendo en el campo que en la ciudad, esta proporción se sitúa entre un 35% y un 50%, pero sigue creciendo con rapidez, ya sea porque la gente se ve empujada por guerras o desastres naturales, o simplemente por el señuelo de una vida urbana mejor y más independiente. Al tener que procurarse los alimentos en el mercado –donde los precios suben y no en sus huertas familiares, el hambre vuelve a formar parte de la vida de millones de africanos.

Fenómenos como este suceden hoy más que nunca porque hay menos comida y sus precios suben en todo el mundo. Pero, si para los que vivimos en los países más desarrollados, esto quiere decir simplemente que el pan está más caro y tenemos que apretarnos algo más el cinturón, para los que viven en el Tercer Mundo esto puede significar la diferencia entre la vida y la muerte. Ya en noviembre del año pasado el Wall Street Journal advertía que esta es la crisis de los mercados alimentarios más grave de los últimos 30 años y que cada vez más economistas creen que esto se va a prolongar al menos un decenio. El precio de los cereales ya subió el año pasado un 9%, pero este año se ha disparado un 40%. El arroz, base de la alimentación de 3.000 millones de personas, ha subido un 50% desde finales de marzo. Y lo peor está todavía por venir. No hace falta tener un doctorado en Economía para darse cuenta de que los países más vulnerables son los que tienen que importar una parte considerable de sus alimentos y no cuentan con recursos para financiar subsidios encaminados a mantener unos precios que sus habitantes se pudieran permitir.



Cambio climático y biocombustibles

Desde 1970 los stocks mundiales de cereales no habían descendido a niveles tan bajos. ¿Por qué hay hoy menos comida? Huelga decir que una de las causas es que somos más. La población mundial aumenta a un ritmo de 80 millones de personas al año, y todas ellas comen. Pero el tener más bocas para alimentar no sería un problema si no fuera porque la producción de comida ha bajado en picado, y esto ha ocurrido porque en muchos países ha habido sequías e inundaciones, y aquí entramos una vez más en un tema peliagudo: el famoso cambio climático. Uganda, donde vive John Okelo, es uno de los 17 países africanos que el año pasado sufrieron inundaciones nunca vistas en su historia y que dejaron a muchos millones de personas sin hogar y necesitadas de ayuda alimentaria de emergencia. También en Centroamérica y grandes zonas de Asia, ciclones, huracanes y lluvias torrenciales arrasan cosechas. En otros lugares, como en Australia o en África Austral, son las sequías las que dejan los graneros vacíos. Y en todo el mundo se acortan los ciclos de cosecha y los cambios de temperatura generan nuevas plagas a las que los campesinos con pocos recursos no pueden hacer frente.

Pero los precios han subido también porque ha aumentado el precio del petróleo, y como consecuencia los transportes suben. Esto ha hecho entrar, de rebote, un nuevo factor: el aumento mundial de la demanda de los biocombustibles. El último invento humano es que no se cultiva para comer, sino para producir energía. Por eso también sube el precio de la soja y el maíz, porque de la noche a la mañana se convierten en productos más valiosos y terminan por sustituir a otros cultivos. En Guatemala, por ejemplo, donde como en el resto de Centroamérica la base de la alimentación es la tortilla de maíz, el precio de este cereal ha subido un 50%. Si durante las épocas coloniales el “diente dulce” de los europeos obligó a los africanos a reducir su producción de alimentos para poder proveer a sus metrópolis de azúcar, café y té, hoy se hace algo muy parecido por el ansia de llenar el tanque de combustible a cualquier precio.

Además, en el mundo aumenta la clase media, sobre todo en países como China, India, Vietnam, Turquía y Brasil. El hecho, que en sí mismo es positivo, genera un fenómeno curioso: estas personas, al tener más dinero, modifican sus hábitos alimentarios y empiezan a comer tres veces al día y a consumir más carne y leche. La consecuencia es un alza en la demanda de cereales para la alimentación del ganado. En Estados Unidos, por ejemplo, hacen falta tres kilos de piensos para que una vaca engorde un kilo, y dos kilos para lograr el mismo resultado con un cerdo. Y, al final, las grandes fincas de agricultura comercial producen más para alimentar animales que para dar de comer a seres humanos.

Pero para muchos analistas lo que más determina la producción mundial de alimentos son las políticas gubernamentales, que suelen favorecer con creces a los productores, más que a los consumidores, que paradójicamente somos todos. Los agricultores de los países productores están bien organizados, son capaces de ejercer una gran presión social e incluso de paralizar la economía de un país y poner a sus Gobiernos contra las cuerdas, como ocurrió recientemente en Argentina. Esto explica los subsidios, tarifas comerciales y el sinfín de reglas que hacen que el comercio internacional de alimentos se rija más que nunca por la ley del más fuerte.



Los que pagan los platos rotos

No por muy repetido deja de ser verdad que, cuando hay crisis económicas, las peores consecuencias las acaban pagando los más pobres. Así lo manifestó el comisario para Desarrollo de la Unión Europea, Louis Michel, el pasado 7 de abril, cuando afirmó que el alza mundial de los precios de los alimentos amenaza con causar “un tsunami económico y humanitario en África”. Según datos de la FAO, 37 países (de los cuales, 26 en África) necesitaron ayuda alimentaria exterior durante 2007 debido a catástrofes naturales o guerras. Para este año, el Programa Alimentario Mundial (PAM) acaba de decir que necesita urgentemente 500 millones de dólares (sobre una cantidad prevista inicial de 2.900 millones) para cubrir su presupuesto y poder alimentar a 73 millones de personas, sobre todo en países donde la ayuda es más urgente, como Zimbabue, Eritrea, Sierra Leona, Madagascar y Afganistán. Según el PAM, una ración de comida en Ruanda cuesta hoy un 40% más que en junio de 2007. Y los que necesitan más su ayuda (el 80%) son mujeres y niños.

El alza mundial de los precios de los cereales influye también poderosamente en el desarrollo de conflictos sociales. Las revueltas populares han marcado el desarrollo de las recientes elecciones municipales en Egipto, país donde cada persona consume un promedio de 400 gramos de harina de trigo al día y que en un año necesita 13 millones de toneladas de trigo. En enero de 2008 el Gobierno importó 5,6 millones de toneladas, un 78% más que el año anterior; una pesada carga que su presupuesto no puede soportar. Las colas interminables para comprar el pan del día en las calles de El Cairo se han convertido en una estampa habitual que ilustra el desabastecimiento de pan y el origen de la ira de las multitudes. Por las mismas fechas grupos de manifestantes en Haití, que sigue siendo el país más pobre de América Latina, estuvieron a punto de ocupar el palacio presidencial durante las protestas callejeras por el coste de la vida.

Esta cólera también se ha visto durante los últimos meses en otros países de distintos rincones del globo: disturbios en Yemen, México, Uzbekistán y, sobre todo, en África negra, muchos de cuyos Gobiernos se están endeudando de nuevo para poder pagar sus importaciones de alimentos, si es que pueden importarlos. Senegal, por ejemplo, sólo produce 100.000 toneladas de arroz de las 800.000 que necesita anualmente. Pero Vietnam, el primer suministrador, ha suspendido sus exportaciones y sólo Tailandia y la India mantienen sus ventas, pero con cuentagotas.

A finales de febrero la capital de Camerún, Yaundé, fue escenario de manifestaciones violentas, sobre todo por parte de los sindicatos de transportistas, en las que murieron un centenar de personas. Y el 13 de marzo, en Burkina Faso, varias ciudades registraron incidentes violentos serios entre las fuerzas de seguridad y manifestantes que protestaban contra la carestía de la vida. En Guinea Conakry, la situación es también caótica. Así lo explica Macky Bah, director de la Asociación de Cooperación para el Desarrollo: “Un saco de 50 kilos de arroz importado cuesta ahora 150.000 francos (23 euros), en lugar de los 130.000 (20 euros) que costaba el año pasado, mientras que el salario de los funcionarios de base se ha estancado en 500.000 francos (76 euros). Y el arroz producido en el país cuesta más caro que el importado”.

A 3.000 kilómetros de distancia en el mismo continente, en Uganda, a John Okelo, a sus cincuenta y tantos años, le cuesta entender cómo es esto posible. A él sus padres le enseñaron que para alimentar a su familia tenía que preparar sus campos en febrero, plantar las semillas en marzo, quitar los hierbajos en abril, recolectar en junio y repetir el mismo ciclo a partir de julio, cuando empezaba la siguiente estación de lluvias. Pero ahora ya no llueve, o cae demasiada agua, o una guerra te empuja a la ciudad. Y en la ciudad ya no le vale la sabiduría ancestral que le transmitieron. Allí los alimentos hay que comprarlos, y cada vez son más caros. Lo malo es que cuanto más suben los precios, más se dispara también el hambre.

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WebJCP | Abril 2007