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MISIONEROS EN CAMINO: La muerte de Cristo: Domingo de Ramos (Lc 22,14–23,56) - Ciclo C
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sábado, 23 de marzo de 2013

La muerte de Cristo: Domingo de Ramos (Lc 22,14–23,56) - Ciclo C



La liturgia nos ha invitado a la lectura de la Pasión de Cristo. Estamos en la Semana Santa, días llenos de la presencia de Jesús que sabe que camina hacia su muerte, es el misterio de su amor por nosotros, que le lleva a afrontar las traiciones violentas, injustas, que van a acabar con su vida. Acerquémonos a Jesús para participar en nuestro interior de la angustia con que vive estos días, hagamos nuestro el mensaje de amor que nos trasmite con su sufrimiento y su muerte.

Son páginas que nos trasmiten la gran verdad de Dios. Jesús es nuestro salvador, nos trae la salvación. Nos preguntamos, ¿es posible que una muerte traiga salvación?. Cada uno hemos de responder a esta pregunta.



Dios envió a su hijo a nuestro mundo para salvarnos, Dios no quiere el sufrimiento, no le envió para que le mataran, ningún sufrimiento salva por sí mismo, ni siquiera el de Jesús, Dios quiere la misericordia, Él es amor y sobre todo amor con los que más necesiten amor.

Y nos preguntamos, ¿por qué murió Jesús? ¿por qué le mataron? Es importante descubrir el porqué de su muerte y cuáles fueron las consecuencias para él y para sus discípulos.

Jesús es el enviado por Dios para presentarnos con su palabra, con su vida y su muerte a todos los seres humanos, hermanos suyos, la buena noticia de Dios Padre, es su llamada para que toda la humanidad vivamos en el gozo del mismo Padre.

Jesús, al demostrar, que para Él el amor era más importante que la vida, nos enseña el camino de la verdadera Vida, es nuestra vida definitiva nunca perturbada por la muerte biológica, es el camino que nos lleva a la verdadera plenitud humana, que no consiste en asegurar nuestra persona ni aquí ni en un más allá, sino en alcanzar la plenitud del amor que nos identifica con Dios. Amando potenciamos nuestro verdadero ser y lo llevamos al máximo de sus posibilidades.

La muerte de Jesús no fue ni exigida, ni programada, ni querida por Dios. El Dios de Jesús no necesita sangre para salvarnos. El continuar hablando de la muerte de Jesús como condición para que Dios nos libre de nuestros pecados, es la negación más rotunda del Dios de Jesús. La manera de explicar así el sentido de su muerte no nos explica hoy nada, es más, nos introduce en un callejón sin salida.

Jesús presentó la nueva noticia de Dios y le condenan y crucifican las autoridades religiosas apoyadas en el poder político. Aquellos jerarcas religiosos decidieron terminar con Él porque la creencia del Dios que Jesús predicó no coincidía con la que ellos tenían de su dios. Jesús les denunció por utilizar a Dios y a la religión que ellos presentaban para oprimir al pueblo conjuntamente con el poder civil. Le mataron porque Jesús afirmó, con hechos y palabras, que el hombre, que toda persona humana está por encima de la Ley y del Templo que ellos proclamaban. Le mataron a Jesús porque estorbaba a todos aquellos que habían hecho de su dios y de su religión un instrumento de dominio y opresión de los más débiles.

Jesús nos ha comunicado su Espíritu, el Espíritu de Dios. Al comunicarnos su espíritu, Él es ya nuestra nueva vida, San Pablo dirá: “Es Cristo quien vive en mi”. El Espíritu de Dios es amor, Jesús nos lo ha comunicado para que amemos como Dios ama.

Jesús murió por ser fiel a sí mismo y a Dios, al Dios Padre como amor incondicional a los hombres. Jesús quiso dejar claro que seguir amando como Dios ama, es más importante que conservar la vida biológica. Jesús no murió para que Dios nos amara, sino para demostrar que ya nos ama y nos ama con un amor incondicional.

Si seguimos pensando en un dios de “gloria” ausente del sufrimiento humano, será muy difícil comprender el sentido de la muerte de Jesús.

La muerte de Jesús nos obliga a plantear la verdadera hondura de toda vida humana, la verdadera religión. Amando hasta el extremo, Jesús nos dio la verdadera medida de lo humano. Así murió por ser fiel a sí mismo y a Dios. Así cumplió el deseo de Dios Padre.

La muerte de Jesús no fue un accidente, sino un hecho fundamental en su vida, consecuencia de su manera de ser y de actuar.

El hecho de que le mataran, podía no tener mayor importancia, pero el hecho de que le importara más la defensa de sus convicciones, que la vida, nos da la verdadera profundidad de su opción vital. Jesús fue mártir (testigo) en el sentido estricto de la palabra. Aceptó la muerte como ratificación de que su palabra y su vida fue manifestar la verdad de Dios que Él vino a presentarnos. Nuestra salvación consiste en descubrir y vivir su verdad, el amor, que es Dios y está ya en nosotros.

Reflexionemos en estos días ante Jesús crucificado en las palabras que Él mismo pronunció durante su agonía.

El silencio de Jesús durante sus últimas horas de dolor es sobrecogedor. Sus palabras son muy breves. Lucas ha recogido en su evangelio las que dice mientras está siendo crucificado. Entre estremecimientos y gritos de dolor, logra pronunciar palabras que descubren lo que hay en su corazón: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen". Así es Jesús. Ha pedido a los suyos "amar a sus enemigos" y "rogar por sus perseguidores". Ahora es Él mismo quien muere perdonando. Convierte su crucifixión en perdón. Su misericordia no tiene fin.

Marcos recoge un grito dramático del crucificado: "¡Dios mío. Dios mío! ¿por qué me has abandonado?". Son el grito de Jesús, identificado con todas las víctimas de la historia, pidiendo a Dios alguna explicación a tanta injusticia, abandono y sufrimiento de toda la humanidad doliente, ultrajada.

Del evangelio de Juan son también estas palabras suyas. María su madre está allí, presente en la agonía de su hijo, traspasada de dolor. Jesús le mira con la ternura de siempre y dice al discípulo fiel que le acompaña: “es tu madre, cuídala, recíbela en tu casa”.

Y Lucas recoge una palabra en la que a pesar de su angustia mortal, Jesús mantiene hasta el final su confianza en el Padre. "Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu". El Padre ha estado animando con su espíritu toda su vida. Jesús lo deja todo en sus manos. El Padre romperá su silencio y lo resucitará.

Al ver a Cristo en la cruz, sintamos el amor que nos tiene, que sufre así por nosotros, Dispongámonos a seguirle, a amar como Él ama. Será una respuesta de buena ley.


WebJCP | Abril 2007