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sábado, 16 de febrero de 2013

La tentación de “sobornar” a Dios

Publicado por Antena Misionera Blog

1º Domingo de Cuaresma. Ciclo C. 17 de Febrero de 2013
Evangelio: Lucas 4, 1-13.

Por Santos Benetti

La Cuaresma es un itinerario de búsqueda del rostro de Dios y de nuestro propio rostro. El desierto es un lugar desnudo, árido, sin caminos, sin esquemas hechos. Sólo invita al hombre-caminante a atravesarlo, dejándose invadir por el horizonte que siempre está delante. Penetrar en él es desprenderse de un mundo hecho para aventurarse por lo inseguro, lo deforme, lo inacabado.

Entrar, pues, al desierto de esta cuaresma, guiados por el Espíritu, es penetrar en un tiempo interior de búsqueda sincera y valiente de nuestro propio camino de hombres -de cristianos creyentes-. Es inútil pretender el camino o la respuesta ya elaborados, o señales taxativas que nos digan qué tenemos que hacer o cómo decidir.



Hoy la Palabra de Dios nos insinúa que solamente en el desierto podremos encontrar el camino de Dios, que se ha de cruzar con nuestro camino.

Jesús tenia treinta años cuando el Espíritu lo urgió a abandonar su familia, su pueblo, su comodidad, sus esquemas… para descubrir lo nuevo de una misión a la que era llamado. Penetrar en el desierto significa, en efecto, desprendernos de todos los esquemas en los que nos hemos «fijado y anclado»; es reconocer que eso pertenece a un mundo viejo y caduco. El desierto desnudo apela a nuestra total desnudez y pobreza interior. No basta decir: «Ya soy cristiano, ya tengo aprendidos los elementos básicos, conozco el catecismo…», etc. Ahora debemos dejar al borde del arenal nuestras respuestas hechas y… huecas, tantos lugares comunes, esos ritos vacíos, aquel modo rutinario y convencional de hacer la cosas.

Dejar al borde del desierto tantas mentiras e hipocresías, una vida aburguesada y autosatisfecha. Dejar esas trampas sutiles con las que pretendemos autoconvencernos, llegando incluso a torcer el sentido de las frases bíblicas para rehuir el cambio y demostrar que Dios piensa exactamente igual que nosotros (de la misma forma que lo hizo el diablo al tentar a Jesús) Al desierto hemos de entrar desnudos, para descubrir nuestra «aridez interior», para tener el coraje de mirarnos tal cual somos, sin las vestiduras que cubren la vergüenza, las llagas o la suciedad. Cuidado con entrar al desierto de esta cuaresma bien situados en nuestro carro -muchas veces un carro blindado- sobre el cual rebotará la Palabra exigente de Dios. Caminemos, en cambio, en la pobreza y el silencio interior, para llenarnos con la riqueza del Evangelio y con la Palabra del Señor, que nos invita a derribar los ídolos para revestirnos de Cristo vivo. Dejemos también los cómodos bastones y la pesada mochila. Apoyémonos en un Dios que nos ha de guiar por el camino de la libertad, cuya primera etapa es mirarnos y reconocernos tal cual somos…

Como Jesús, sentimos hambre, es decir, nos sentimos privados de eso mismo que hemos dejado al borde del desierto. «¿No será posible una componenda?», decimos. “¿Hace falta abandonar el egoísmo tan radicalmente?” Sentimos hambre del pasado, de una religión cómoda, de una salvación «asegurada» con algunos rezos y dos o tres limosnas.

Y hambre de poder, de influencias sociales, de prestigio. ¿Para qué la cruz si, con la espada en la mano, todos se nos rinden? ¿Para qué apoyarnos en la pobreza del evangelio, si escudados en el poder político y en el prestigio del dinero, podemos ahorrar energías y adueñarnos más fácilmente del mundo? Y damos un paso más: ¿No podremos usar a Dios -tentarlo- para que El también esté a nuestro servicio? Si nosotros somos su pueblo, sus fieles, sus hombres honestos, ¿por qué no nos ayuda en esta empresa, en aquella guerra, en ese negocio, en el litigio contra nuestro hermano? Al fin y al cabo, ya bastante hacemos por El…, y El… ¿qué hace por nosotros? Lucas nos señala las tres típicas tentaciones de Jesús, todas ellas encaminadas a desviar a Jesús del trance de la cruz. La historia nos muestra, a su vez, las numerosas tentaciones de la Iglesia, atraída por el Espíritu, pero también zarandeada por las riquezas, el poder político y el abuso del prestigio religioso.

Quizá hoy el mayor pecado de nuestro cristianismo no está en ignorar la Palabra de Dios sino en tergiversarla o manipularla para ponerla al servicio de tal filosofía o ideología política, para que encaje en tal esquema que no estamos dispuestos a abandonar, pero que debemos o necesitamos disfrazar de «evangélico» para que la conciencia duerma tranquila.

¿No se justificó, por ejemplo, la esclavitud o la segregación racial o los salarios de hambre con frases bíblicas? ¿No usamos el mismo método para negarnos al diálogo con los no cristianos o para no aceptar el proyecto de cambio dentro de la Iglesia? Por esto, en el mismo desierto somos juzgados. Ahí se hace el juicio del hombre en el tamiz de la sinceridad.

El cristiano enfrentado a la Palabra divina sólo tiene dos alternativas: aceptarla tal cual es y seguirla, o pretender «sobornar» a Dios para vivir en la trampa.

Jesús en el desierto se miró a sí mismo desde el punto de vista de Dios. Dejó a un lado sus intereses, su comodidad, su egoísmo, y se preguntó sinceramente por el camino a seguir. Su pregunta fue limpia, sin doble intención; como limpia, sincera, transparente fue su respuesta…


WebJCP | Abril 2007