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MISIONEROS EN CAMINO: Qué difícil lo tendríamos sin la gracia / Vigesimoctavo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 10, 17-30 / 14.10.12
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domingo, 14 de octubre de 2012

Qué difícil lo tendríamos sin la gracia / Vigesimoctavo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 10, 17-30 / 14.10.12


17 Vamos a introducirnos a una escena muy conocida, muy utilizada pastoralmente, muy clave en el análisis teológico de la relación entre Jesús, el cristianismo y las riquezas. Seguramente, Marcos la ha heredado y la integró en esta sección para dar su visión del tema. Seis términos en griego aparecen sólo en esta perícopa y el autor no los utiliza en ninguna otra parte de su libro, dando cuenta de esta herencia que ha recibido narrativamente. Sí ha añadido un inicio particular que entronca la escena con el contexto general de su relato: Jesús está en camino. Nos encontramos muy cerca del final de esta sección de enseñanza discipular. Ahora toca el momento de abordar la cuestión de las riquezas. En general, Marcos ha dado su visión presentando un Jesús marginal con los marginados, pero ahora se focalizará en el tópico para que Jesús diga, en voz alta, su pensamiento sobre ricos y riquezas. Para eso se nos introduce al hombre desesperado que viene corriendo y se arrodilla para preguntar algo. No sabemos nada de él. El autor tampoco se gastará en describirlo. Puede ser un hombre que ha pasado noches enteras en vela intentado resolver el problema que tiene en su corazón. La pregunta sobre la vida eterna, sobre cómo llegar a ella, desvela a más de uno, y en su desesperación, es una pregunta de esperanza, una pregunta que da por sentada la eternidad, da por sentado al Dios de la vida, incapaz de dejar en el polvo su Creación. Pero también puede tratarse de una pregunta que esconde una interpretación farisea sobre cómo negociar con Dios una recompensa por las buenas obras. El hombre trata a Jesús de maestro bueno. No es un título ni un tratamiento acostumbrado en el judaísmo. Suena a adulación en vistas a obtener una respuesta favorable, pero no se puede descartar la oportunidad de la sinceridad, de que realmente el hombre considerara bueno a Jesús, más que bueno que los otros, y por eso digno de ser llamado así. Para la cuestión exclusivamente narrativa, el calificativo dará pie a un desarrollo teológico que expondremos a continuación: si sólo Dios es bueno, toda la bondad en el mundo se remite a Él, y el ser humano puede ser multiplicador de esa bondad. La pregunta que abre la discusión es de las más profundas que pueden hacerse: cómo vivir eternamente, cómo estar en la plenitud de Dios para siempre. Aquí, la vida eterna es equivalente a esa proyección escatológica de estar siempre con Dios, siempre en su presencia, llevando la vida humana a su máxima realización. Se remite a un estado de felicidad imposible de describir, pero anhelado por todos. Por eso podemos creer que es una pregunta con esperanza la del hombre desesperado. Se asume que hay una continuación de la vida más allá de la muerte y de esta existencia terrenal, y se asume que esa vida plena y maravillosa puede heredarse. No como una herencia donde el dueño decide sobre sus propiedades con un notario, sino como herencia de amor, como suceso lógico de entrega de lo que ya es en potencia. El hombre considera que esta heredad puede estipularse desde cosas que se hacen. Si hago esto consigo aquello. En principio es una visión mercantilista de la dinámica del Reino. En esta percepción, la vida plena puede ganarse, o peor aún, intercambiarse a manera de trueque con buenas obras. Para algunos comentaristas, la pregunta del hombre puede leerse desde el Sal 15, donde se inicia preguntando quién se hospedará en la Carpa del Encuentro y quién habitará la Montaña. A continuación de las preguntas, el salmista enumera quiénes tienen el honor de acceder a los lugares santos (Carpa y Montaña): estos son los que practican la justicia, los que dicen la verdad, el que no hace mal al prójimo, el que no embauca al inocente. El esquema es similar a la escena de Marcos. Alguien pregunta cómo acceder/heredar las cosas de Dios (vida eterna, carpa, lugares santos), y se le enumerarán una serie de actos que están relacionados con esa herencia. 

18 Esta respuesta de Jesús no es una regla comunitaria de no llamar bueno a nadie, ni tampoco es un rechazo a su cualidad personal de bondad. Aquí hay un juego literario-teológico. Sólo Dios es bueno porque la bondad del mundo sólo puede remitirse a su Creador. Los seres humanos son buenos como expresión de esa bondad primigenia, así como se entiende que el amor humano es una reproducción del amor de Dios. No hay una contraposición entre humanos malos y divinidad buena. Jesús no está haciendo un juego de oposiciones. Al contrario, se enfoca en la fuente de lo bueno. A partir de ese enfoque será posible explicarle al hombre cuál es la actitud de vida que se condice con la Vida Eterna. Jesús no se acepta a sí mismo como fuente de la bondad ni como fuente de lo que dirá a continuación. La fuente de la actitud que libera, que es actitud vital, actitud de proyección y plenitud, es Dios Padre. Lo que Jesús presentará como modelo, como camino, tiene su fundamento primero y último en Dios, porque de allí viene lo bueno. Decir que sólo Dios es bueno, es decir que todos somos buenos cuando nos conectamos y reproducimos y multiplicamos la bondad de Dios. 

19 Jesús le muestra el inicio del camino al hombre: los mandamientos. No están todos los que conforman el clásico y mal llamado decálogo (cf. Ex 20, 2-17 y Dt 5, 6-21). Es notorio en este pasaje del Evangelio la falta de los primeros mandatos, los que tratan sobre la relación humano-Dios: “No tendrás otros dioses fuera de mí” (Ex 20, 3), “No pronunciarás el nombre de Yahvé, tu Dios, en falso” (Ex 20, 7a) y “Recuerda el día del sábado para santificarlo” (Ex 20, 8). La enumeración de Jesús se limita a recordarle a su interlocutor aquellos mandamientos que regulan la relación del ser humano con los otros seres humanos, ya sean éstos compatriotas, vecinos, esposos, familiares o cualquier otro prójimo. Ante la pregunta sobre lo que se debe hacer para alcanzar la vida eterna, Jesús presenta la legislación de la fraternidad, el estatuto del amor al otro. Coinciden casi todos los hombres y mujeres en lo amoral del asesinato, el adulterio, el robo, el falso testimonio, la injusticia y la deshonra de los padres. Este mínimo imponible es mínimo porque está legislado, porque pudo ser expresado en frases concretas imperativas, y es imponible porque resulta intrínseco a la naturaleza humana. Antes que preguntarnos por qué no se debe matar, por qué no se debe robar o por qué no se debe cometer adulterio, es conveniente entender que no matar, no robar y no cometer adulterio son las maneras mínimas de amar. Por eso hablamos del inicio del camino. Jesús no está cerrando el tema, sino abriéndolo. Lo veremos en los versículos siguientes. La vida es mucho más que este cumplimiento específico de seis mandamientos, por más antiguos y lógicos que resulten. La vida es más que sobrevivir. El pensamiento mercantilista lleva, indefectiblemente, a la existencia mínima, a hacer lo justo y necesario, a no regalar nada, a intercambiar la posibilidad de ser felices dándose por la comodidad de guardarse todo. Una vida de supervivencia religiosa no es digna. Una vida entregada sólo a los mandamientos, cumplidos como una lista de agenda, no está ni remotamente a la par del camino del discipulado. La vida que se vive así, entre los mínimos imponibles, es una vida muy cercana a la muerte, y por lo tanto, muy lejos de la Vida Eterna, que es la expresión simbólica y sacramental de la vida más plena a la que podemos aspirar. 

 20 El hombre lo puede decir con claridad: ha cumplido esos mandamientos respecto al prójimo. Desde joven ha sido un cumplidor. Hasta aquí, Jesús no le ha dicho nada nuevo. No sabemos si eso tranquiliza o desespera aún más al interlocutor. ¿Esperaba esta respuesta? ¿Se queda tranquilo sabiendo que lo ha cumplido todo? ¿O realmente conoce la limitación de esta visión religiosa? Si ha llegado hasta el Maestro para preguntar, debemos suponer que ese cumplimiento no le bastaba, o al menos, no de la daba la seguridad suficiente como para seguir haciéndolo sin cuestionarse. 

21 Jesús, mirándolo amándolo, mirándolo con amor, amándolo con la mirada, le dio la clave hermenéutica para su vida. Todo lo anterior fue un preparativo. La teología del Dios bueno y la enumeración de los mandamientos apuntan a este momento, a este versículo. Se ha discutido sobre la generalización de lo que dice Jesús aquí: ¿es sólo para el hombre de la perícopa? ¿es una enseñanza para todos los discípulos? ¿es una exigencia exclusiva para los más íntimos del discipulado? El contexto es el camino de subida a Jerusalén, y este camino es para los que intentan ser discípulos, y dentro de estos discípulos hay variedad de formas de seguimiento, pero los principios básicos son para todos. Quien está encaminado desde los mandamientos tiene que dar un paso más para avanzar desde la supervivencia a la vivencia plena: vender los bienes y dárselos a los pobres. En nuestras mentes sabemos que el hombre era rico porque conocemos la escena, pero hasta aquí el texto no lo ha dicho. Es un hombre cualquiera con una duda existencial a quien el Maestro le indica como camino de plenitud el acto de despojarse. Y no es cualquier despojo: se trata de venderlo todo para darlo a los pobres. No debemos olvidar la hipérbole semítica que está siempre presente en los dichos de Jesús: venderlo todo puede significar quedarse sin nada, pero hiperbólicamente, puede significar vender lo que sobra. Más adelante, Pedro reforzará la idea de que no es una hipérbole cuando pregunte qué pasará con ellos que lo han dejado todo para seguir a Jesús. Aunque los historiadores creen entender que Pedro presenta una visión idealista más que real del despojo que realizaron para embarcarse en el discipulado. Volviendo al hombre, la exigencia no queda en vender y dar, sino que se continúa con un ven y sígueme, clásica expresión de llamado vocacional. Si el hombre ha preguntado sobre el camino que conduce a la plenitud, debería estar dispuesto a recorrer ese camino explícitamente, y el seguimiento de Jesús real, no tácito, es lo objetivo. El discipulado aparece, así, como camino de vida eterna. Recordemos que el concepto de esta vida eterna no es para después de la muerte, sino como inicio de una vida que se va haciendo más plena aquí y ahora. El tesoro en el cielo no es, específicamente, la contraposición entre las alturas de Dios y la tierra de los humanos. No significa que el hombre vende aquí para comprar allá. El tesoro en el cielo es esa posibilidad de una vida plena en la presencia activa y amorosa del Padre. El cielo es la imagen para ese lugar/estado de Dios. Allí pone el ser humano su tesoro cuando se embarca en el discipulado con las exigencias propias del abandono de los bienes. Un tesoro en el cielo es una cercanía a Dios que es ahora y que es herencia, como el tesoro es un bien de ahora, pero también para después cuando está guardado. Tenemos que hacer hincapié en la imagen simbólica para entenderla como tal y no entrar en un nuevo mercantilismo. Jesús no suplanta la mirada comercial inicial del hombre por una nueva mirada también comercial y especulativa donde se vende algo para comprar otra cosa. Tener un tesoro en el cielo es estar confiando en Dios activamente, siguiendo a Jesús, marginándose. 

22 El hombre se entristeció y se fue. Era un hombre rico, con muchos bienes. La respuesta que vino a buscar lo sobrepasó. Jesús le exigía pasar de una supervivencia religiosa, que era cómoda, a una vivencia total de lo trascendente, que implica dejarlo todo. No pudo hacerlo. No sabemos si lo hará más adelante. El Evangelio no vuelve a dar cuenta de él. Ensombrecido se marcha. 

23 El relato aprovecha para pasar a la opinión de Jesús. En definitiva, la narración parecía apuntar a ese lugar: ¿qué dice Jesús de las riquezas? Dice que es difícil que un rico entre al Reino de Dios. Pero más que difícil parece imposible, porque resulta más probable que un camello atraviese el ojo de una aguja. Por lo tanto, la afirmación de fondo es que las riquezas impiden el acceso al Reino. ¿Qué quiere decir esto? ¿Cuál es el sustento teológico de Jesús para tan categórica afirmación? Se esperaría que, en un contexto fuertemente religioso como lo era Israel, Jesús propusiera, como los demás maestros de su época, parámetros morales de salvación/condenación. Podrían entrar al Reino los probos, los puros en sus actos, los fieles a la Ley. Sin embargo, Jesús expresa abiertamente que el rico queda fuera. El hincapié en el tema de las riquezas como dato positivo (o negativo) pertenece a la mejor tradición profética del Antiguo Testamento. Los profetas de Israel han denunciado la idolatría religiosa, las faltas morales de sus monarcas, pero sobre todo, la injusticia social. El sólo hecho de que unos pocos tengan demasiado, en derroche, y otros pasen hambre, es signo evidente de que las cosas no están funcionando, y que se está contradiciendo el proyecto original de Dios. Ese proyecto tuvo siempre como referencia al Génesis, el Jardín del Edén, Adán y Eva antes del fruto. Más allá de todas las connotaciones teológicas que pueden extraerse de esa escena primigenia, podemos decir que en el principio no había dinero y la economía no se dividía en clases sociales. Adán y Eva (la humanidad) comen lo que hay en el Edén, gratuitamente (por gracia), y no tienen otra posesión que a sí mismos y al otro, al compañero. No hay una economía de ricos y pobres, sino una economía de la gracia. Ya con Caín y Abel las cosas han cambiado: uno produce ganado, el otro tiene producción agrícola. La irrupción de la economía del tener y el acumular destruyó el ideal del Génesis, o sea, el sueño de Dios para la humanidad. 

24 Los discípulos están sorprendidos por estas palabras del Maestro. La opinión de Jesús sobre las riquezas es fuerte y toma una posición. La palabra hijos, única vez que se emplea en el Evangelio según Marcos, introduce nuevamente el tema de la dificultad, esta vez sin aclarar que es sobre las riquezas. El discipulado del Reino, el seguimiento de Jesús, es difícil. La utopía, la Buena Noticia, la belleza de los milagros y parábolas son reales, pero también hay una dificultad propia de una actitud de vida que propone Jesús en un mundo con actitudes de muerte. En esa dicotomía, tomar un lugar, una posición, es enfrentarse y luchar. Y la posición marginal, adoptada por Jesús, implica decir algo respecto a las riquezas. Sería hipócrita que Jesús predicara el Reino de Dios que predica y no dijese nada al respecto. Estaría validando los reinos rapaces del mundo (en su caso, validando al Imperio Romano). Roma necesita las riquezas para sostenerse; necesita un estilo de vida para sus dirigentes, necesita fabricar armas para sus ejércitos, necesita ostentar para que las demás naciones la vean y tiemblen, necesita sobornar y comprar opiniones. Roma sin capital se cae a pedazos. El Reino de Dios es diametralmente opuesto: si se sostuviese en el dinero, sería una farsa. El Reino de Dios existe y se desarrolla en una perspectiva de gracia, de gratuidades y de amor. Al contrario de nuestros gobiernos (los de antes y los de ahora, dictatoriales o democráticos), el Reino de Dios no necesita generar un poder económico (que siempre se genera a costa de otros) para tener gobernabilidad. Por eso no necesita rodearse de ricos y poderosos que aporten regularmente para campañas políticas o para sobornos. 

25 Los rabinos conocen la expresión de un elefante y el ojo de la aguja. Jesús habla de un camello. Se han analizado muchas variantes de este dicho. Algunos creen que el ojo de la aguja es una puerta de ciudad llamada así por su forma, y que los camellos no ingresaban fácilmente porque les asustaba la puerta, pero jalando y maniobrando un poco se podía hacer que entraran. Otros analizan la posibilidad de que los manuscritos tengan un pequeño error de copiado y que, gracias a palabras similares, no se hable del camello pasando por el ojo de una aguja, sino de una soga de barco pasando por un orificio que se utilizaba para ella; otra tarea difícil, pero posible. Como vemos, ambos análisis intentan recalcar que hay una dificultad sorteable. La expresión que conservamos, en cambio, propone una dificultad imposible. Nunca, por más esfuerzo y maña que empleemos, un camello atravesará el ojo de una aguja. La imposibilidad parece tener más sentido para hacer contrapunto cuando inmediatamente Jesús diga que para Dios nada es imposible. Esta afirmación sólo puede entenderse como solución a una imposibilidad percibida desde lo humano. Es más fácil lo imposible que la asociación entre las riquezas y el Reino. Para Jesús, la posesión material contradice y dificulta sobremanera la plenitud de vida del ser humano. Por las posesiones se roba, se mata, se arman guerras, se destruye al otro. Por las posesiones se olvida el ser humano de su prójimo. Por las posesiones, unos tienen lo que a otros les falta. Por las posesiones hay hambre, hay miseria y hay muerte. Las riquezas se convierten así en un motor de potencia mortal. La acumulación de unos esparce la destrucción sobre millones. Si la riqueza es, entonces, agente de muerte, nada tiene que ver con la vida del Reino. A los ricos se les exige pasar de la muerte a la vida, de la riqueza a la pobreza, de estar con lo que mata a estar entre los muertos, de victimarios a víctimas. Es una conversión económica para pensar y sentir por fuera del capital. 

26 La pregunta de los discípulos es difícil de entender. No queda claro por qué preguntan quién puede salvarse, en general, si Jesús ha sido claro hablando de los ricos. No se comprende la generalización de un tema que está focalizado en las riquezas. La respuesta por antítesis sería: los pobres pueden salvarse, los que se hacen pobres por el Evangelio, los que no acumulan, los que no despilfarran. Quizás, la pregunta encierra el verdadero asombro ante la realidad de que la exigencia de vivir junto a Jesús es vivir despojado. En el fondo los discípulos conocen la respuesta, y ese conocimiento los perturba. 

27 La respuesta de Jesús también es extraña en el contexto. Parece que siguen hablando en términos generales, cuando los versículos anteriores se refirieron a los ricos y a las riquezas. Se asume un diálogo sobre la salvación en general, y sobre la aparente imposibilidad de ser salvados de todos. Cabe la posibilidad de que Marcos haya combinado dos textos aquí: uno sobre las riquezas y sobre el hecho de que los ricos tienen vedada la herencia del Reino, y otro sobre la salvación que viene de la gracia, y que nadie puede ganarse ni merecerse, sino que proviene de la mano de Dios. Sobre este segundo punto, se supone que el camello por el ojo de una aguja habla de todos los humanos frente a Dios; es una cosa imposible acceder a la Vida Eterna en presencia constante de Dios, pero esa imposibilidad propia de la naturaleza es vencida a propósito por el Padre que reúne a sus hijos humanos y les da la posibilidad de disfrutar la gracia en plenitud. Podemos plantear, entonces, lo siguiente: si Marcos ha unido dos tópicos de discusión diferentes, hay dos conclusiones para obtener. Se ha dicho una palabra sobre las riquezas, y ha sido lapidante: las riquezas son un lastre para el Reino, y quien no se desprende de ellas, como el hombre que consultó primeramente, limita su plenitud de vida. Pero se ha dicho una palabra sobre la salvación en general: es un tema de gracia, de regalo de Dios; no queda exenta la participación y el compromiso humano (si los ricos no se desprenden de sus riquezas…), pero teológicamente, estamos ante una imposibilidad que sólo puede ser vencida por el amor de Dios. 

 28 Tras todas las fuertes declaraciones, Pedro le hace recordar a Jesús lo acontecido en los inicios galileos, remarcando dos actitudes que podemos leer en Mc 1, 18.20: dejarlo todo y seguirlo. Las llamadas vocacionales de Simón, Andrés, Santiago y Juan cumplen con estas dos acciones fundamentales del discipulado: dejarlo todo y seguir al Maestro. De la misma forma puede leerse la vocación de Leví, el cobrador de impuestos (cf. Mc 2, 14), quien dejó su situación anterior para seguir a Jesús. Pedro presenta a Jesús esa realidad. No hace una pregunta directa, pero se sobreentiende que está buscando una confirmación, una certeza, una esperanza. Lo han dejado todo por Él, han abandonado sus vidas anteriores, se han embarcado a la locura. ¿Hay algo al final del camino? ¿El seguimiento concluye en algo bueno? Parecen preguntas desubicadas, pero el autor ha logrado poner en evidencia el pensamiento y el sentimiento de muchos discípulos, de antes y de ahora, y también de siempre. Es el sentimiento que aparece ante el abatimiento, ante el desconcierto. ¿Vale la pena todo esto? En cierto modo, un objetivo principal de la sección del camino del libro de Marcos es responder ese interrogante. Ante la cruz y las persecuciones, esta comunidad cristiana se está preguntando si realmente es provechoso dejar lo que dejan de lado por el Evangelio. ¿La Buena Noticia tiene una luz al final del túnel? ¿Jesús vale lo suficiente como para abandonar lo que uno era e ingresar a una redefinición de valores y actitudes? 

 29 Esta es la primera parte de la promesa-afirmación de Jesús. Hay una enumeración de cosas dejadas atrás por los discípulos: casa (entendida como hogar, núcleo vital de crecimiento y desarrollo, conocidos y familiares, seguridad en una sociedad fuertemente étnica), hermanos y hermanas (la doble denominación incluye a las mujeres, considerando la familia ampliada típica de Palestina, donde pueden incluirse primos y parientes lejanos), madre y padre (nuevamente la doble denominación, incluyendo a las mujeres madres, siendo un dato significativo en una sociedad patriarcalista), hijos (¿han dejado los discípulos a sus hijos, los han abandonado por salir a los caminos? Ya veremos que en el fondo de estas afirmaciones está la situación de la comunidad de Marcos), campos o tierras (las propiedades los que las tenían, que seguramente eran unos pocos, pero quizás en referencia a los ricos convertidos al Evangelio en la comunidad de Marcos, que han vendido sus bienes para sumarse a la Iglesia naciente). Unos manuscritos mencionan también a la esposa como algo dejado por el discipulado, pero la mayor tradición opta por no incluirla. Las cosas dejadas atrás más problemáticas son los hijos. ¿Puede ser que el discipulado exija un abandono tan radical que implique el abandono de los hijos? Debemos recordar que la comunidad de Marcos vive una tensión tan intensa a causa de la persecución contra el Evangelio, que hasta en las mismas familias unos entregaban a otros, los no convertidos a los nuevos cristianos, los padres a los hijos, los hijos a los padres y los hermanos entre sí. De alguna forma, quizás poco sutil y poco explicada, Marcos justifica a los que sufren esta situación en sus familias: si sus parientes los entregan porque los dejaron atrás aceptando la Buena Noticia, no hay que desesperar; es parte de la tribulación. El Evangelio, para muchos, ha significado convertirse en renegados en su propia casa, expulsados por sus padre, desconocidos por sus hermanos y hasta injuriados por sus hijos. El autor resalta así lo que considera absoluto: Jesús y la Buena Noticia. Lo demás es accesorio, prescindible. Marcos no invita a abandonar a la familia, sino a poner por encima de la familia el Reino de Dios, como muchos de su comunidad lo han hecho, sufriendo el destierro. 

30 Retomando una expresión bíblica conocida, Jesús promete que vendrá el ciento por uno (cf. 2Sam 24, 3; 1Cron 21, 3) en esta vida. La promesa no debe ser tomada al pie de la letra. Es una hipérbole de las imágenes semíticas. Pero sí debe considerarse como una promesa certera y una confirmación de que al final del camino hay algo, a pesar de las tribulaciones. Hay casa, hermanos, hermanas, madre, hijos y campos; no en bienes materiales; sino en su significado profundo. Antes de abandonarlo todo, el discípulos consideraba que esas cosas eran su vida; ahora recibirá una vida nueva donde probablemente no estén esas cosas exactamente, pero sí las cosas que le volverán a dar sentido a su existencia. Mejor aún, le darán sentido en medio de la persecución, en medio de las dificultades. No serán hermanos nuevos, ni hijos nuevos, ni una nueva madre, sino la potencia de sentido de esas cosas; puede que no sea una familia real nueva, pero sí lo que significa tener una familia y hallar el sentido de estar y permanecer en este mundo. Por eso se prolongará hasta la Vida Eterna esta plenitud encontrada aquí. Al no depender de lo material, sino del sentido de las cosas y del sentido que las cosas dan a nuestra existencia, pueden proyectarse hasta el infinito. El abandono de lo anterior es sólo el abandono de las cosas, arriesgando ese sentido por otro sentido superior, liberador y abarcativo. La promesa de Jesús es que, a pesar de todo, a pesar de la preocupación de Pedro, vale la pena embarcarse, porque encontraremos una vida renovada, cargada de un nuevo sentido, y aunque parezca que estamos solos, que todo lo que nos inspiraba se quedó atrás, hay una nueva inspiración en el Evangelio, en el Reino, en Jesús mismo.


WebJCP | Abril 2007