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MISIONEROS EN CAMINO: IV Domingo de Pascua (Jn 10. 11-18) - Ciclo B: Podríamos hacerlo mejor...
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sábado, 28 de abril de 2012

IV Domingo de Pascua (Jn 10. 11-18) - Ciclo B: Podríamos hacerlo mejor...



Siempre desconfío en silencio cuando oigo decir que la gente hoy no cree en nada. No tengo intención de entrar en ninguna polémica al respecto, pero mi experiencia sobre el tema no es esa.
Las personas hoy siguen necesitando lugares en los que apoyarse y experiencias tan humanas como la amistad, el compañerismo o ese modo de bondad que la gente llama el “no robar ni matar” siguen siendo palabras mayores.
Más aún: si nos metemos en el campo de las creencias religiosas seguimos viendo cómo el fenómeno de depositar la confianza en una religión, creencia, pseudoreligión o esoterismo está tan en boga como siempre: en cuanto tienes confianza con alguien te pregunta qué signo del zodíaco es el tuyo; las sectas se cuentan por miles; se convierte en sagrado el domingo por la tarde a la hora del fútbol... en fin, que hay algo que sigue muy vivo: necesitamos darle un sentido a nuestra vida; un sentido que nos salve, además, que nos haga más felices; nos redima de nuestras culpas y nos haga pueblo o comunidad. Y por eso, sería bueno destacar en esta celebración de hoy, domingo del Buen Pastor, dos ideas que resultan fundamentales para nosotros, los cristianos: ¡Tantas puertas...! Debemos tener, en primer lugar, la capacidad de mirar por qué puerta estamos intentando entrar en el redil de los salvados. En demasiadas ocasiones vemos imágenes por televisión de personas que acuden “llevadas por su fe” entre riscos de un pedregal reseco y lejano, tras cientos de kilómetros en un autobús, para ver aparecerse a la Virgen sobre una encina y a un personaje grotesco hablar con voz gutural en su nombre lanzando todo tipo de amenazas...

Otros se afanan por viajar hasta el extremo opuesto del país para hacinarse durante unas horas en una sala de espera del curandero de turno que les imponga las manos y les dé parte de esa gracia que dicho personaje afirma haber recibido desde pequeño.

Otros cumplen con los preceptos de la ley de Dios y la Santa Madre Iglesia: no roban, no matan, oyen misa entera todos los domingos y fiestas de guardar... pero jamás sonríen, ni hacen nada por el prójimo que no este mandado, ni se ilusionan por vivir cada amanecer, ni saben nada de la vida de su parroquia, puesto que eso es para unos cuantos ociosos que no tienen nada mejor que hacer.

¿Qué quiere decirnos el Señor invitándonos a entrar por la puerta? Pues quizás sea una llamada clara a revisar qué hay de esos compromisos bautismales que renovábamos hace cuatro semanas y que nos exigen no sólo renunciar al mal, sino también buscar lo bueno y trabajar por ello; no sólo renunciar al pecado, sino ir en pos de lo que construye el Reino de Dios –o mejor aún, ser nosotros sus constructores-; no sólo afirmar que creemos, sino digerir cada una de las palabras que decimos creer –más de uno tiene la tentación de callar ante el “creo en la Iglesia”, o las dudas le consumen y quiere creer, aunque no le sale, en la vida eterna.



Jesús es la puerta

¿Estamos entrando por la puerta? Para ello, lo primero es saber dónde está esa puerta. Se nos llena la boca hablando de nuestra fe en Cristo, pero no le conocemos. No sabemos bien qué nos exige nuestro ser cristianos, descuidamos nuestra formación demasiado a menudo. Nos escandalizamos ante las noticias que dan los medios de comunicación social acerca de nuestra Iglesia, pero nos quedamos en el escándalo sin dar el paso de preguntar, de acudir a las fuentes de la noticia, de leer los documentos, leerlos con visión crítica y de sentirnos constructores de este rebaño en el que debemos ser mejores ovejas, pero no borregos.

¿Por dónde intento yo entrar al rebaño? ¿Por qué puerta pretendo pasar para dar sentido a mi vida?



Jesús es el pastor

Y sus ovejas le conocen. Y ése es quizás el gran drama de los cristianos de hoy: no nos paramos a pensar en las cosas que hacemos.

No comprendemos los signos de las celebraciones en las que participamos, pero, además, no preguntamos.

No conocemos la doctrina de la Iglesia, ni sabemos qué debemos creer y qué no. Pero, peor aún: ni siquiera conocemos la Palabra del Buen Pastor, de Jesús.

Nos olvidamos de acudir a las fuentes: siglos de rezar rosarios y jaculatorias nos han hecho olvidar que a Él, al Amigo, sólo se le puede conocer si se le escucha, si se acude a su palabra, que está en la Sagrada Escritura, para preguntarle: ¿qué quieres de mí?

Asistimos a la Liturgia y dejamos de manera demasiado estática que el sacerdote repita oraciones sin esforzarnos en escuchar y ser co-presidentes de la celebración haciendo nuestras sus palabras.

No leemos los documentos de la Iglesia porque nos resultan indigeribles y pasados de moda... y a todo esto se añade que, sin embargo, nos sentimos capaces de renunciar ofertas de formación que nos llegan incesantemente diciendo “eso ya me lo sé”.

¿Conoces la voz de Jesús?

¿Acudes a menudo al Nuevo Testamento para escucharla?

¿Rezas con su Palabra?

¿Vives la Liturgia como lugar donde Él te habla?

¿Reconoces su voz en la Iglesia?

Seguro que podemos decir que podríamos hacerlo mejor... Pues bien: adelante. Esforcémonos en entrar por la puerta. Él nos espera dentro para cuidarnos con las mejores atenciones, como sólo sabe hacer Él, el Buen Pastor, y como deberíamos aprender a hacer nosotros, cada uno de los cristianos, llamados a ser también pastores para los demás.


WebJCP | Abril 2007