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sábado, 17 de marzo de 2012

Luz y tinieblas


Publicado por Antena Misionera Blog

Domingo 4º de Cuaresma – 18 de Marzo de 2012
Evangelio: Jn 3, 14-21

Jesús no se andaba con vueltas. Sus palabras eran claras. Queda a la decisión de cada persona aceptarlas o no. En su encuentro con Nicodemo le dice: “El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios”.

Luz y tinieblas. Así podría resumirse la historia de cada persona.

Que el cristianismo debe ser luz, resulta indiscutible. Que Jesús fue un hombre libre, salta a la vista. Que Jesús trajo un mensaje nuevo revolucionario, que presentó a Dios de modo distinto a como lo vivía la sociedad de su tiempo; que dijo a los hombres cómo y por dónde se llegaba a ese Dios, resulta evidente.

Y también resulta evidente que Jesús predicó con toda sencillez, para que todos le entendiesen. Y que para que no hubiera duda acerca de su mensaje se dedicó a vivir lo que decía. Quizás sea esto lo que a nosotros nos falta.

Si hablaba de amor, vivía amando. Si hablaba de perdón, perdonaba sin límites. Si se atrevió a decir “bienaventurados los pobres”, él no tenía dónde reclinar la cabeza.

Si habló de un Dios al que había que adorar en espíritu y en verdad, fue al templo para fustigar cuanto en él se hacía y no tenía nada que ver con un Dios al que no satisfacía el sacrificio de animales ni el olor a incienso.

Si dijo que los hombres eran hermanos, dejó bien sentado cuán incomprensible era que el hombre pasase de largo cerca del hombre que sufre porque fuera samaritano; cuán absurdo resultaba que algún hombre guardara dos mantos si otro carecía de uno, y demostró con todo realismo que no hay amor más grande que dar la vida por el amigo, por el hermano, incluso por el enemigo, porque su vida se derramó generosamente por todos los hombres de todos los tiempos.

Jamás ningún liberador ha dicho y hecho cosas tan radicales como las de Jesucristo. Jamás ninguna luz de tal claridad ha aparecido en la historia. Lo que ha pasado es que los hombres, y concretamente los cristianos, hemos preferido las tinieblas a la luz y durante siglos el mundo ha vivido el espectáculo, que debiera de ser insólito, de unos hombres y mujeres que se llaman como Cristo y no entendían casi nada de lo que Él dijo e hizo. Estos hombres y mujeres apenas amaban, perdonaban poco; guardaban celosamente sus mantos, aunque el “otro” se muriera de frío, y distinguían entre los hombres según su categoría social y económica y, es más, utilizaban el templo para ocupar, con demasiada frecuencia, los primeros puestos.

Durante siglos los cristianos hemos huido de la luz, porque somos hombres y mujeres con nuestra pequeñez y nuestra flaqueza a cuestas.

Y ha sido una pena, porque ninguna doctrina de las que han hecho posible el avance de la Humanidad es más exigente que el Evangelio.

Si los cristianos nos dedicáramos con toda sinceridad a leer el Evangelio y tuviéramos la osadía de pasar de la lectura a la práctica; si nos decidiésemos a cambiar de una vez para siempre las tinieblas por la luz, el mundo vería asombrado el comienzo de una revolución que dejaría pequeñas a cuantas en el mundo han sido.

Pero esto es difícil. Por eso me parece muy necesario el recordatorio de: ¡MÁS EVANGELIO!, es lo que estamos necesitando todos. Sin duda alguna. Los resultados serían sorprendentes y posiblemente los primeros sorprendidos seríamos nosotros mismos.

San Pablo nos recuerda hoy: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”. Creo que es uno de los versículos más bonitos y más importantes de toda la Biblia. Dios es amor y lo demuestra una y otra vez con iniciativas y proyectos de amor dirigidos a nosotros. Y Jesucristo, muerto y resucitado, es la prueba. Mirar al crucificado es acoger el amor de Dios en nuestras vidas y decidirnos por Él. Es acercarnos a la luz, y convertirnos nosotros también en luz para otros hermanos y hermanas nuestros.


WebJCP | Abril 2007